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julio 28, 2026

EL GAÑÁN

 


Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Escritor colombiano

 

Cuento corto e incorrecto, inspirado en cierto personaje que sube videos en calzoncillos mientras lanza billetes al aire para bañarse en popularidad y mal gusto.

 

En el barrio donde vive mi madre habita un gañán, de los clásicos. Ha estado preso varias veces por hurto, lesiones personales y microtráfico.

Debe tener cerca de 50 años y, como suelen decir los ancianos, "aún no sienta cabeza". Lo distingo desde la época de mi juventud, cuando su ímpetu desbocado lideraba la patota de energúmenos del sector que se aglomeraban en una temida pandilla llamada "Los Pelechos".

"El Piojo", como le han llamado desde siempre, vive con su madre, una adorable anciana que sobrevive con los subsidios del Estado y alguna que otra moneda que una hija que migró a México le envía sacramente.

Hoy, cuando pasé a visitar a mi madre, "El Piojo" se acercó y me pidió un cigarrillo. Le dije que hace años dejé de fumar. Entonces me pidió la liga. Busqué en mi cartera y le pasé cinco mil pesos, más por miedo que por caridad.

—Gracias, profe —me dijo—, usted es un bacán.

Antes de irse, me sorprendió con una pregunta que nunca esperé de este gañán curtido en el arte de la vagancia:

- Profe, ¿no sabe de algún trabajito para mí?

— No, nada, mi viejo —le respondí ipso facto, sin abrir más espacio a inútiles explicaciones.

Entonces, sin decir más nada, se fue rumbo a la tienda de la esquina, batiendo al aire el billete de cinco mil.

Mientras tocaba en la puerta de la casa de mi madre, pensé: “Debí decirle que enviara la hoja de vida al nuevo gobierno; con ese prontuario que tiene, de seguro algo de altura le consiguen”.

enero 12, 2026

LA CASA LIBERADA (Un cuento geopolíticamente incorrecto)

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Escritor colombiano / Docente Universidad del Tolima

En casa teníamos todo para ser felices, pero no lo éramos. Nuestra madre había heredado una jugosa cantidad de dinero representado en propiedades de toda índole, más una solvente cuenta bancaria. Era hija única de aquel matrimonio entre abuelos petroleros. Aun así, como dije al comienzo, no éramos felices.

Mi hermano había huido de casa antes de cumplir la mayoría de edad, hacía ya más de 10 años, cuando las cosas empezaron a enrarecerse. Mi padre, quien se había mostrado proclive al diálogo familiar, de pronto se tornó déspota. Fue por esa misma época cuando quedó a cargo de toda la fortuna de mamá, debido a un giro legal. Mamá aceptó sin pelear, pues confiaba en él y en sus buenos propósitos para toda la familia. Por entonces yo no había nacido, pero los relatos de esa época siempre tienen un tinte feliz. Entonces todo empezó a cambiar. Mi padre se hizo adicto a los lujos y al alcohol. Descuidó los negocios y se dedicaba a despilfarrar los ahorros con sus amigos, mientras en casa pasábamos necesidades. Fue por esa época que Venezio huyó.

Madre soportaba estoicamente los malos tratos de papá y el desbarajuste de todo lo que se había construido en los orígenes de aquel idilio; aún soñaba que quizás un día mi padre entendería la ruta trazada en los inicios y retornaríamos al proyecto familiar feliz. Mi padre no pensaba igual, solo se dedicaba al derroche y empezó a hacer enemigos por todos lados. «Cuando hay dinero de por medio no hay lealtades», solía decir mi abuelo; lo sé porque mamá repetía sus historias en la mesa, cuando aún en casa se podía hablar. «El abuelo Vezcha sí que sabía liderar esta familia», solía decir, «lástima que muriese tan joven». Él confiaba en tu padre, vio en él ese talante que necesita un proyecto familiar como el nuestro. Por esa época de las historias en la mesa, hubo un apaciguamiento pasajero; mi padre pareció retornar el rumbo y vivimos en calma una pequeña temporada. Madre habla de esa época como la de la reconciliación.

Al poco tiempo nací yo, «para colmo de males», dijo años después mi madre. Mi padre volvió a la bebida, y le dio por coleccionar coches de lujo. Tiempo después, un vecino, hombre avaro y bullicioso, empezó a acecharnos, porque, según él, mi padre le había quitado un negocio que tenían en común, y, como decía el abuelo, «en cuestiones de dinero, la amistad es un delgado hilo que se tensa con pérdidas y ganancias».

La enemistad creció hasta el punto de que los antiguos socios se declararon la guerra, aunque solo era una contienda verbal en sus inicios. La disputa generó más infelicidad en casa, las cosas empezaron a escasear y pasamos días muy duros. Mi madre resistía junto a mi hermana y yo, quien crecía en medio de lágrimas y deseos de que todo volviera a la normalidad. Mi hermano mayor de vez en cuando llamaba y terminaba insultando a mamá, pidiéndole que hiciera algo, que papá se había vuelto un tirano. Siempre la discusión telefónica terminaba generando más enemistad familiar.

Hace un par de días la discusión con el vecino avaro escaló a tal punto que mi padre llegó a casa y nos dio instrucciones en las que debíamos prepararnos para una batalla. Dijo que vendrían por nuestra riqueza, instruyó a mi hermana para que se dispusiera a pelear por la familia. Mi madre no decía nada; a ella le tocaba redoblar esfuerzos y vigilar de noche. Yo, apenas una niña, debía encargarme de estar pendiente de una campana de alerta, para avisar cualquier intromisión en nuestras propiedades. Nadie entendía nada, excepto mi padre, que iba de aquí para allá, insultando al aire y tomando grandes copas de coñac.

Esta madrugada oímos una explosión. La puerta cayó y, tras la dispersión del humo y en medio del olor a pólvora, el hombre avaro, el vecino gruñón que tanto odia a papá, ingresó con varios escoltas. Tomaron la casa por asalto, abrieron una gran caja fuerte y empacaron todo lo que allí había y lo sacaron junto a papá. Cuando el estruendo del asalto pasó, el hombre fortachón nos reunió y nos dijo —a mamá, a mi hermana y a mí— que estuviéramos tranquilas, que él era el nuevo dueño de esta casa, que nuestro padre no nos haría más daño. Mi madre sacó algo de su escasa valentía para preguntarle por qué se llevaban el dinero y las pertenencias familiares, a lo que el avaro respondió: "«Ya le dije que ahora soy el patrón de esta casa», luego se fue sin antes dejar a sus sabuesos cuidando el desbarajuste causado.

Mi madre, mi hermana y yo seguimos naufragando en el asombro; no sabemos qué ha pasado. Todo fue tan rápido. Lo cierto es que ahora estamos peor que antes, sin papá, sin dinero y con un nuevo amo. En medio de la incertidumbre escuchamos sonar el teléfono; es mi hermano. Mamá pone la función de altavoz y lo escuchamos gritando alborozado:

—Gracias a Dios, por fin nos han liberado.

Madre nos abraza y mira hacia el cielo; sabe que no hay nada que celebrar.

Enero de 2026

noviembre 14, 2025

Nunca me sirvió ningún sombrero: breve reseña

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Cada vez son más los escritores que cultivan la minificción, aunque pocos llegan a dominar el arte del minicuento. La escritura breve requiere la sencillez de la concreción y la profundidad de una historia concisa pero bien contada. En un minirelato debe pervivir el arte de saber contar, de impactar, de permitirle al lector que se haga partícipe de la onda posterior a la lectura, eso que algunos llaman interpretación. Recuerdo lo anterior para resaltar el trabajo de la escritora bogotana María del Rosario Laverde, en el libro titulado Nunca me sirvió ningún sombrero, publicado por la editorial Cuadernos Negros, en el año 2024.

En este compendio de cincuenta minificciones, María del Rosario nos pasea por sucesos cotidianos de la vida moderna, con reflexiones acertadas sobre el amor, las relaciones de pareja, el trabajo y la ciudad. Estos son aspectos que la autora convierte en materia prima para dejarnos, en la mayoría de los casos, sucintos y bien logrados minicuentos.

La mayoría de estos textos pocas veces superan las 100 palabras; curiosamente, pierden potencia cuando sobrepasan dicha extensión. En general, María del Rosario deja entrever un trabajo juicioso y decantado que permite a un texto no convertirse en simple chiste, o una frase de superación, o quizás un pensamiento suelto, algo que muchas veces se confunde con el microrrelato.

Para mayor ilustración, veamos algunos ejemplos de su escritura en este libro, que sobra decir que recomiendo para una cuidada biblioteca sobre minificción:

Mal de ojo

Ese desconocido que pasa sin quitarme los ojos de encima, es el mismo que me decía en otra vida que nunca se iría de mi lado.

 

Circense

Ahora tengo una vida común y corriente, cada noche duermo en la misma cama y voy al trabajo de ocho a cinco. Pero no me importa. Alimentar a los leones nunca me divirtió y jamás pude caminar por la cuerda floja, tampoco me recuperé de la infidelidad del payaso, y me harté de empacar y desempacar. De vez en cuando sueño con que soy una estrella...

 

Fijación

No olvido el día que se fue de casa. Empaqué sus maletas, le ayudé a ponerse su abrigo, aunque todavía no comenzaba el invierno. Y lo vi alejarse desde la ventana. Desde entonces, todos los días son ese día.

 

julio 25, 2025

CUATRO MIRADAS SOBRE LA NUEVA LITERATURA COLOMBIANA

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Durante el siglo XXI, la literatura producida en el contexto colombiano ha continuado generando una multiplicidad de voces en los diferentes géneros. Más allá del Premio Nobel de Gabo, las letras colombianas han consolidado un corpus rico en nuevas temáticas, aunque la violencia sigue presente como leitmotiv en muchas obras. Pero ahora tiene cabida en la narrativa, poesía y teatro temáticas como las angustias de la posmodernidad, la ciudad, las relaciones en un siglo intercomunicado, la mirada feminista, entre muchas otras más. No obstante, falta ahondar más en el estudio y la crítica a dichas producciones, para que de esa manera se consoliden los autores y sus obras y, además, estos estudios sirvan como referentes a los lectores.

En esa línea, recientemente ha sido publicado el libro titulado “Cuatro miradas sobre la nueva literatura colombiana”, el cual se desprende de la investigación “Múltiples miradas críticas a la literatura colombiana del siglo XXI (2000-2015)”, liderado por el Grupo de Investigación Argonautas del Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima. Este nuevo libro se constituye en un compendio de cuatro apartados, los cuales son resultantes de la construcción de textos críticos por parte de los investigadores, ejercicio previsto en la última fase de la investigación señalada. Sobre esa base, cada uno de los textos da cuenta de una problemática específica de la literatura colombiana estudiada, aspecto que justifica la unidad estructural del libro en su diversidad.

Al respecto, se debe considerar que cada texto es autónomo, toda vez que ha surgido de la reflexión y la crítica de sus autores, quienes han contado con la decisión propia para la escogencia de la temática, la estructura textual y la expresión estilística. Cada uno se convierte en un capítulo y estos son:

• Una mirada a la poesía colombiana escrita por mujeres en lo corrido del siglo XXI.

• Reflexiones en torno al devenir literario de la poesía colombiana del siglo XXI.

• El reflejo de la realidad social en la narrativa colombiana del siglo XXI.

• La literatura en la escuela y la escuela en la literatura: un diálogo posible.

El libro que fue ganador de la Convocatoria 09-2023 para publicación promovida por la Vicerrectoría de Investigación-Creación, Innovación, Extensión y Proyección Social, (UT) ya se encuentra disponible en el repositorio en línea del Sello Editorial de la Universidad del Tolima. Los invitamos a su lectura, estudio y uso pedagógico. Pueden acceder a la descarga gratuita en el siguiente link: https://repository.ut.edu.co/entities/publication/3f6d6c3d-ebdb-414a-844b-5cbce383168d

mayo 11, 2025

SANGRE ROJA ESCARLATA

 

Nota:

A propósito de los abusos sexuales en los entramados religiosos, los invito a leer ese cuento incluido en mi libro "Sueño imperfecto", publicado por la Editorial Universidad del Tolima en el año 2009.

*******

El fondo siempre es gris, pensó mientras hojeaba el libro escueto de verdades escogidas al azar. La tos no cesaba de incomodarlo, y sobre aquella almohada de algodón viejo su cabeza parecía un molino rústico. Un olor a ungüento se esparcía por cada esquina de aquel cuarto efímero. Nada comparado con el lujo de la mansión donde acostumbraba a vacacionar sus engaños. Llevaba aquí más de tres semanas, contadas largamente, desde la aparición de ciertas úlceras en sus brazos. Al principio, cuando invadieron sus testículos, las logró disimular bajo su manta apostólica, pero luego se encaminaron norte arriba. Aunque constantemente padecía de vértigos, no cesaba de predicar el santo oficio. El último sábado se incorporó a las cinco de la mañana, como de costumbre, y al revisar su barba se encontró asediado por cientos de granos rojo-amarillos que desfilaban por sus pómulos. El espejo no mentía.

Entonces escribió una nota a Jhon Eskiner dándole las respectivas instrucciones: “Encárgate del oficio. Di que partí a una misión a la Sierra Nevada de Santa Marta. Después te explico”. La brevedad pausada de su enmienda mostraba su poca preocupación por el asunto. Con algunos baños de ajenjo expirarán estas granujas, se prometió a sí mismo, como para reforzar su tesis. Pero las llagas continuaron anidando en su cara y en pocas horas eran las dueñas de su cuero cabelludo. Para no provocar rumores, pues los sacramentos así lo exigen, contactó a un cómplice amigo dedicado a la medicina; se dedicó a leer los diarios y a planear su próxima incursión nacional para expandir el evangelio. El dictamen fue severo. Reposo total y ciento de exámenes metódicos. “El virus es extraño. Cuídese mucho, reverendo”.

Fue así como apareció a mi puerta, vestido como cualquier mortal que busca desahogo. Su cara surcada por arrugas concéntricas, su cabello ajedrezado y un tufo de santo inconfundible. Llevaba más de dos años sin verlo en persona, puesto que sus milagros eran noticia obligada en los telenoticieros. Recuerdo que la última vez que se atrevió a llegar hasta mi casa fue para indagar sobre el comportamiento de las prostitutas. Según él, yo debía conocer a cabalidad el quehacer. Su inquietud se debía a cierto plan macro religioso para expandir el evangelio en las calles olvidadas por su dios. Accedí sin muchos misterios, como siempre suele suceder ante alguna de sus patrañas.

Ahora era distinto; un dejo de pesar cosquilleó en mi mente al observar aquella silueta desproporcionada. Sus brazos rozando el suelo y sus pies semejantes a dos árboles gemelos en edad. Sus ojos, entre negros y azules, ya no poseían el brillo místico que me desnudó aquella tarde frente al púlpito, en donde avasallaba con palabras retumbantes. De eso hace más de veinte años, y mi inocencia en grado subcero; hoy es una sombra. Aquel día tuve el presentimiento de estar frente a un dios personificado, porque de su lengua brotaban versos melodiosos, sustantivos mágicos y látigos verbales. “¡Hermanos!, la carne es la perdición del hombre. En el reino de los cielos el pecado no tiene lugar; por eso la lascivia debe ser combatida con ayunos…”. Los rumores de admiración se esparcían entre las grandes sillas de madera que se organizaban en filas mudas y sombrías. El centro, justo donde se ubicaba el púlpito, estaba iluminado por una extraña luz de colores combinados, y la figura esbelta del predicador daba al recinto un aire de total reverencia. Era como si Dios mismo estuviera allí postrado, increpando y tratando de salvar a los pobres feligreses. Se quedó mirándome con tanta frialdad que me hizo sudar bajo los senos.

Sus ojos penetraron en mis entrañas y llegué a pensar en estar poseída por un espíritu maligno. Su juzgadora voz ahora se escuchaba como un trueno: “Hermanos míos, den la bienvenida a una nueva alma. El reino de los cielos se regocija. Siempre hay un lugar en nuestra casa para las ovejas descarriadas”. Sus grandes ojos azules seguían devorando mi debilidad; aquel sudor de mil poros parecía mojarme. Sola como una autómata, a merced de aquel semidiós del mundo moderno, lo vi acercarse y descargar su gran mano derecha sobre mi frente durante treinta largos segundos, y sin que pudiera hacer nada, su metacarpo izquierdo sujetó mi pecho a la altura de mis senos erectos que no parecían disgustados ante tal provocación. “Hermanos, oremos por el alma de esta joven, y que Dios la reciba en sus omnipotentes brazos”.

Creo que perdí el conocimiento durante siglos, pues al recobrar la realidad estaba siendo atendida por una anciana de mirada diminuta que escondía sus cabellos tras una pañoleta negra. El salón estaba desierto y una música de piano agonizaba en mis oídos. No terminaba de huir mi perplejidad cuando apareció el reverendo Mesarín con un atuendo normal. Le hizo una señal a la anciana, que abandonó el recinto. Se acercó y sujetó levemente mi brazo derecho. Me enseñó algunos cuartos donde se hacía penitencia, un enorme piano Yamaha en donde sus manos parecían aladas al ir de Do a Do; me leyó un salmo de David del cual nada entendí, pues estaba estupefacta ante aquella aparición divina. Después de media hora gastada en discursos, me recostó en un gran sofá rojo, como la sangre del salvador que proclamaba. Con sus dedos lisos y yertos rozó mis labios y, cuando pensé reaccionar, su voz imperativa rompió mis tímpanos: “Hija, mi reino no es de este mundo; a donde yo voy tú puedes ir y encontrarás sosiego para tu abatida alma. No desperdicies tu oportunidad, no todos los días el reino de Dios llama a tu puerta...”. Una pausa recóndita y luego me atrajo bruscamente contra su pecho: “Hija, yo sé que tú sufres por tus pecados, que la lujuria ha socavado tu cuerpo inocente y de noche despiertas con pensamientos abominables. Es tu carne, hija, pero la redención es oportuna”.

Al concluir el sermón, sus manos se abrieron paso entre mis piernas y, con gran velocidad, mis senos quedaron flotando en el aire con olor a incienso. Sus dedos penetraron como agujas en mis calzoncitos de franela y mi sexo parecía una laguna de encantos musicales. Me desvistió con un ritual sagrado, inundando mi cuerpo con una saliva vivificante y erótica. Su boca se amoldó a mis senos en los que la pulcritud asemejaba un nevado en llamas. Me poseyó con una magia tal, que no sentí el momento en que el cántaro estallaba contra su sexo de piedra antigua.

Se levantó como si acabara de ganar un alma para su inventario celestial, acomodó su ropa que nunca terminó de quitarse y me brindó una sonrisa complaciente. Luego se alejó. Mientras me vestía, pensé en las consecuencias religiosas de aquel acto carnal, pero me reconfortaba la idea de haber sido desflorada por un hombre que quizás sería el mismo Dios en persona. Calcé mis sandalias y, al incorporarme del sofá, vi un hilillo de sangre que buscaba la curvatura de la caída. Sangre roja escarlata, como la sangre del salvador que proclamaba.

noviembre 14, 2021

TODOS PERDIERON LA CABEZA

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

La Corona de Castilla fue la primera en perder la cabeza, quizás enloquecida por la fiebre del oro que ya había inundado toda Europa. Por eso nombró a Andrés López de Galarza como tesorero de la Real Hacienda en el nuevo continente. Muy de buenas don Andrés quien a duras penas había hecho unos cursitos de economía, y no precisamente en la San Marino, pero quien además de conquistador terminó haciendo una nutrida carrera burocrática.

Sin necesidad de llevar el cartón bajo el brazo, López de Galarza llegó a las nuevas tierras conquistadas y le fue encomendado abrir camino por la cordillera, topándose en esta lid con los Pijaos. Con su aguerrida resistencia los indígenas de estas tierras estuvieron a punto de hacerle perder, y rodar, la cabeza. No obstante se dio mañana para fundar Ibagué, eran esos los años de 1550.

Muchos años después, aunque no frente a un pelotón de fusilamiento, pero si ante una turba enfurecida, Andrés López de Galarza, por fin perdería su cabeza. Aunque entonces era lo único que poseía, porque sus restos seguían guardados en la Catedral Basílica Metropolitana Santiago de Tunja, libre de los manifestantes y glorificado por los adoradores de conquistadores en nombre de una fe antigua, por la cual muchos también han perdido la cabeza.

La turba de manifestantes, en su mayoría jóvenes, arrastró la cabeza de López de Galarza por las calles de Ibagué. (Arrastrar cadáveres es una tradición heredada de los conquistadores, aunque en este caso se trataba más de un simbolismo que de un acto de sevicia). Fue así que la cabeza perdida del conquistador terminó en el campus de la Universidad del Tolima y fue sometida a un “juicio histórico”. Un transeúnte que observaba a través de las rejas exclamó: “dizque juzgando un montón de chatarra, estos jóvenes perdieron la cabeza”.

Después de muchas horas de juzgamiento, la cabeza fue condenada a permanecer encerrada en el campus universitario, acto bastante atroz para un conquistador que odiaba la academia, recordemos que apenas hizo unos cursitos de economía.  Cerrado el juicio sólo quedaba por determinar ¿quién vigilaría la cabeza de Galarza?, cuestión que aún ignoramos.

Los restos de la cabeza de Galarza terminaron rondando por el vacío campus azotado por la pandemia y de vez en cuando hacía apariciones para asustar a los viejos historiadores que se negaban a aceptar la caída de sus antiguos monumentos. A ese ritmo, decían, todos perderemos la cabeza. Ante estas afirmaciones, otros docentes formados en otros ritmos de la historia, querían tumbar las cabezas añejas de sus antecesores, pero en la academia el parricidio es mal visto, mucho más que la negligencia.

Los días pasaron, las vacunas contra el Covid-19 llegaron, el campus empezó a recobrar un poco de vida y desde la Alcaldía de la ciudad llegó la notificación para que la cabeza del antiguo colonizador fuera devuelta. Quizás por falta de recursos, la Secretaría de Hacienda quería chatarrizar la historia y obtener algunos dividendos. Se supo que en el antiguo lugar en donde estaba la cabeza del susodicho, ahora habían erigido otra cabeza, una que, según los promotores, si poseía un símbolo respetuoso con los antepasados. Aunque a ojo de buen cubero, parecía que los creadores de la nueva cabeza habían sometido la estética a otro juicio histórico, declarándola inexistente.

¿Y la cabeza? No aparecía. En el campus de la Universidad del Tolima nadie daba razón de sus restos. Los posmodernos, quienes aseguran que la historia ha llegado a su fin, decidieron dar por inexistente la susodicha cabeza. Los señalamientos empezaron a ir de aquí a allá, algunos culparon a los jóvenes que protestaban, otros a los profesores que lideraron el juicio, incluso algunos culparon a la administración por ocultar la cabeza, entre otras cosas. A tal deliro llegó el asunto, que se supo que una de las tantas abogadas contratadas para vigilar, enredar y castigar el mundo de la vida universitaria, terminó poniendo una demanda en la Fiscalía por la pérdida de una cabeza.

Ahora todos deambulamos sin saber por qué perdimos la cabeza. Los jóvenes de vez en cuando gritan que irán detrás de más cabezas. Los viejos profesores, al parecer, hace mucho les importan poco lo que pase por las cabezas. Los nuevos docentes están construyendo una categoría de análisis para estudiar el fenómeno y publicar un artículo en algunas de esas revistas indexadas que nos hacen perder la paciencia y la cabeza. La abogada espera la respuesta de la Fiscalía mientras impaciente se rasca su atribulada cabeza. La Alcaldía espera que le devuelvan la cabeza que anda embolata, tan embolatada como la pobre gestión del mismo alcalde.

Y mientras tanto, de noche, en el campus de la Universidad del Tolima algunos dicen ver rodando una cabeza. Va pregonando una vieja letanía que aún estremece el Valle de las Lanzas. Nadie puede traducir de manera exacta lo que murmura, pero de seguro que, si te detienes a escuchar sus lamentos, también perderías tu cabeza.

abril 10, 2020

Literaturas del encierro: una isla en medio del naufragio.


Por: Omar Alejandro González Villamarín
Docente IDEAD - CAT Ibagué-

No es desconocido para nadie que, en términos literarios, todo acto de escritura provenga de una caverna, en todo el sentido que pueda tener la palabra “Caverna” en tanto representación platónica o como lugar de aislamiento desde el que se ve el mundo. El escritor Santiago Kovadloft nos refiere en su libro El silencio primordial, que en sentido estricto el escritor es un lugar, la más de las veces, aislado y en ruinas, y que el acto de escritura es entonces un intento por recomponer, con los pedazos, con el lenguaje, ese lugar para los otros. Añadiría a esto la idea de que el lugar se encuentra en ruinas porque fue consumido por el fuego y que escribir es revelar lo que el incendio interior hizo cenizas.
Por estos días en que nos encontramos confinados puede la literatura ser el aliciente que saque nuestra bien temida claustrofobia,  y en vez de exorcizarla como a un demonio, haga de ella la base sobre la que reposa el pensamiento. Precisamente esa es la idea que me ha permitido movilizar, a través de las redes, un espacio que he denominado Literaturas del encierro, espacio para el disfrute vertiginoso de textos literarios que tengan por trama y argumento circunstancias de encierro, bien sea físico, mental, emocional, hasta aquellas en las que se explora con más hondura el aislamiento social, político y económico; literaturas en las que sale a relucir la condición humana propia de las crisis existenciales, o aquellas que vaticinan tiempos de catástrofe moral, de rupturas culturales y filosóficas.
Explorar la literatura desde la condición de soledad y aislamiento durante esta crisis de salud pública mundial, no debiera ser visto como un acto de oportunismo, antes bien, se esperaría que se entendiese la voluntad de urgente remedio que desea ofrecerse para los cientos y miles de personas que soportan con tedio los días. Por eso la iniciativa de compartir una narración corta o un poema y, a través de ellos, tender puentes de interpretación que nos acerquen  a dimensionar las crisis como algo que hace parte de nuestra evolución, como algo que resulta intrínseco en nuestra naturaleza finita y vulnerable.
Una dosis de humor, un poco de tragedia, algo de maravilla, quizá una pisca de incertidumbre, se esconde en cada uno de los textos que a diario se comparten en Literaturas del encierro. Nos son dádivas salvadoras, son humanas píldoras que en su breve sustancia acarician un poco del tiempo que  parece irse  y en su aplastante paso nos deja inermes.
Quizá no sea mayor cosa este impulso virtual, nacido también, como es natural, de mi condición de aislamiento, pero es un honesto llamado, una búsqueda ansiosa de dialogar y tener contacto con los otros, con esos mundos que aún sostienen deseos vitales y aunque aislados, bullen por manifestar sus ideas y pensamientos… ¿por qué no, entonces, reunirnos en las posibilidades de la virtualidad, por qué no ceder ante las redes si estas movilizan el fluctuar de lo sensible?
Que sea pues Literaturas del encierro ese lugar en el que hermanemos desde la distancia.
Les comparto los enlaces en los que pueden encontrar las primeras cinco intervenciones que se han realizado hasta el día de hoy.


enero 15, 2020

CONVOCATORIA REVISTA ÚSTELEE No 7.


La Revista Ústelee: Hojas para reciclar, es un proyecto editorial encaminado a salvaguardar la palabra que casi siempre desechamos. Esa palabra  borrosa de los trabajos académicos los cuales, después de sopesados por el ojo del docente, terminan, por lo general, en las canecas de la basura. Muchos de esos trabajos poseen el germen de la escritura, y en algunos casos, ya son capaces de consolidar un discurso en busca de lectores.

Durante seis entregas, Ústelee se ha alimentado de esos textos producidos por estudiantes de las diversas Facultades de la Universidad del Tolima y del Instituto de Educación a Distancia. Es significativa la participación de estudiantes de diversas sedes de IDEAD en todo el país.

Hoy damos apertura a convocatoria para la construcción de la séptima entrega. Pueden participar enviando cuentos, poemas, ensayos, textos de opinión y reflexión, crítica literaria y reseñas de cine, y demás textos productos de sus ejercicios académicos de diversas áreas, temas y tópicos. Así mismo, tenemos un espacio para los amantes de la fotografía en donde pueden participar enviando sus capturas.

Los textos e imágenes pueden ser remitidos al siguiente correo: cgamboa@ut.edu.co. El plazo dado para el envío de trabajos es hasta el 29 de febrero de 2020.

Los textos no deben superar las 3 cuartillas, excepto para ensayos que se recibirán hasta 5 cuartillas.

Revise aquí en línea el último número: Revista Ústelee No. 6.


febrero 11, 2019

Abierta la convocatoria para participar en la Revista Ústelee, hojas para reciclar. No .6

Introducción
La Revista Ústelee, Hojas para reciclar, es un proyecto editorial encaminado a salvaguardar la palabra agonizante. Esa palabra  borrosa de los trabajos académicos los cuales, después de sopesados por el ojo del docente, terminan en las canecas de la basura. Muchos de esos trabajos fueron intentos por decir algo y no hay que olvidar que toda obra nace con esa misma pulsación.
Durante cinco entregas, Ústelee se ha alimentado de esos textos producidos en los cursos del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Facultad de Ciencias Humanas y Artes; así como del programa de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana del Instituto de Educación a Distancia, con algunas participaciones externas a la Universidad del Tolima. Poco a poco se ha ampliado el rango de participación, con aportes de diversos Centros de Atención Tutorial del IDEAD y de otras Facultades y Programas de la UT. Esperamos que esta lógica siga creciendo.
Convocatoria
Hoy empezamos la construcción de la sexta entrega. Los textos e imágenes pueden ser remitidos al siguiente correo: cgamboa@ut.edu.co. El plazo dado para el envío de trabajos es hasta el 15 de abril de 2019. Para revisar cada una de la sesiones y sus respectivos tipos de textos, dejamos los links en donde encontrarán los cinco número anteriores. Contamos con su participación porque estamos convencidos de que Ústelee…

noviembre 17, 2018

En el bosque de Tuput (Fábula sobre el poder)


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente universitario

Hace muchos años, en el bosque de Tuput, reinaba el león a sus anchas. Unos pocos animales no compartían su manera de gobernar, pero tenían miedo y callaban. Los demás le aplaudían y con eso ganaban más, el león de vez en cuando compartía con ellos su opulencia.
Durante un largo verano el bosque fue azotado por la canícula y solo abundó la precariedad. Los pocos que sabían las astucias y derroches del león decidieron protestar. Él y sus lacayos se habían comido las reservas en la época de abundancia, ahora el hambre era lo único que se podía repartir.
El oso citó a una asamblea, al principio fueron muy pocos, pero el hambre destroza hasta los más finos lazos de lealtad. Al final llegaron enojados hasta los aduladores, quienes en ausencia de comida y agua, tildaban ahora al rey león de ser un total inepto.
El oso iba generando cada vez más simpatía. La asamblea decidió entonces que el león debía renunciar al trono, era la única manera de salvar el bosque y emprender su recuperación. Todos aplaudían al oso cuando hablaba, quizás porque era el único que no temía las represalias del león.
El león tuvo que abandonar su cargo, sin embargo, le fue permito de vivir en el bosque. Con el trono vacío algunos propusieron que el nuevo rey fuera el oso, había mostrado gallardía y se merecía dirigir tan preciado lugar. La mayoría se opuso, no se veía bien –dijeron- que un oso que había estado en la oposición, ahora gobernara. Al final eligieron como nuevo rey al tigre. En ese bosque siempre habían gobernado los leones y los tigres, no los osos.
Pocos días después el bosque de Tuput parecía estar en total normalidad. Cada quien cumplía su rutina hasta que una mañana el agua empezó a escasear. El gran lago presentaba un nivel muy bajo y todos se alarmaron. Llamaron al oso para preguntarle qué pasaba, a lo que respondió -¿Y por qué no le preguntan al tigre?, al fin y al cabo él es el rey. Todos asintieron. Citaron a una asamblea y le pidieron al oso que la dirigiera, él sabía de esas lides.
El tigre no supo dar razón de la escasez de agua, aunque muchos rumoraban que la estaba vendiendo al bosque vecino. La única solución que encontraron fue traer el líquido desde el lejano río, para lo cual las horas de trabajo se aumentaron. El oso siguió investigando, hasta que descubrió que el tigre y sus secuaces habían construido un canal subterráneo para sacar el agua y venderla, se habían enriquecido con las ganancias.
El oso citó a una asamblea y condujo a los animales del bosque para que vieran con sus propios ojos el engaño del rey tigre. La turba enfureció y obligó al rey a renunciar. No obstante, no lo expulsaron del bosque. Con el trono vacío algunos de nuevo propusieron al oso como rey. La mayoría se opuso, no estaba bien –gritaban enfurecidos- que alguien como el oso que siempre había estado en la oposición hoy se sentara en el trono. Fue así como eligieron como nuevo rey al silencioso león.
La calma volvió al bosque… durante unos días. El león de nuevo en el trono volvió a sus andanzas, malgastando las reservas en grandes fiestas, a las cuales eran constantes invitadas las panteras. Incluso decían que en esas bacanales era común ver el tigre entre los asistentes. Pero todos callaban, en ese bosque siempre habían gobernado los leones y los tigres, eso generaba respeto.
Cuando se aproximaba el invierno el oso llamó a una asamblea, quería verificar los inventarios de alimentos, se había trabajado muy duro esos años y la temporada de lluvias se pronosticaba muy larga. Debían estar preparados. El león se negó a mostrar las cifras, dijo que todo estaba en orden. El tigre caminaba entre los asistentes azuzando y murmurando –algo aquí me huele mal- pero no lo decía en voz alta.
Como siempre fue el oso y su valentía la que convocaron a una marcha de todos los animales con el fin de verificar las existencias de alimentos. Todos iban enfurecidos, sabían que algo andaba mal. Al llegar a las cuevas de almacenamiento lo pudieron entender. El león y sus secuaces se habían gastado la mitad de los ahorros en sus fiestas. Le pidieron la renuncia y la expulsión, era la segunda vez que dejaba en quiebra el bosque. El tigre intercedió – no es para tanto, conque abandoné el trono es suficiente-
De nuevo se citó a la asamblea para elegir otro rey. Quienes acompañaron al oso desde el inicio de sus luchas insistían en que él debía ser el rey del bosque de Tuput. La mayoría los abucheó. Gritaban con furia: -¿cómo es posible que el oso, quien siempre ha liderado la oposición hoy quiera ser rey? Fue así como por amplia mayoría eligieron al tigre como su nuevo monarca.
He de decir que el tigre volvió a llevar el bosque a la quiebra. Los animales buscaron al oso para que se pusiera al frente de la situación. Lo hallaron cansado en su cueva, viejo y resignado. - Luché toda mi vida por tener un bosque mejor, les dijo, pero ustedes siempre eligieron al tigre y al león como sus reyes. Han de saber queridos animales, que el que no lucha para gobernar, siempre será mal gobernado.
Así es como en el bosque de Tuput, toda la vida, han reinado los leones y los tigres, siempre respaldados por la mayoría de los animales porque, según ellos, allí nunca ha sido y nunca será rey un oso opositor.

febrero 16, 2018

SE AMPLÍA PLAZO PARA ENVIAR TEXTOS A LA REVISTA ÚSTELEE No 5

La Revista Ústelee, Hojas para reciclar, nació como un proyecto encaminado a no dejar morir la palabra agonizante. Esa palabra  borrosa de los trabajos académicos los cuales, después de sopesados por el ojo del docente, terminan en las canecas de la basura. Muchos de esos trabajos fueron intentos por decir algo y no hay que olvidar que toda obra nace con esa misma pulsión.
Durante cuatro entregas, Ústelee se ha alimentado de esos textos producidos en los cursos, inicialmente del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Facultad de Ciencias Humanas y Artes; luego se amplió su rango y entraron a participar estudiantes del programa de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana del Instituto de Educación a Distancia y en el último número participaron estudiantes de varias facultades, incluso de Centros de Atención Tutoriales de distintos territorios en donde la Universidad del Tolima hace presencia con su modalidad a distancia.
Hoy abrimos la apuesta para la construcción de la quinta entrega. Los textos e imágenes pueden ser remitidos al siguiente correo: cgamboa@ut.edu.co. El plazo dado para el envío de trabajos es hasta el 15 de abril de 2018. Para revisar cada una de la sesiones y sus respectivos tipos de textos, dejamos los links en donde encontrarán los cuatro número anteriores. Contamos con su participación porque estamos convencidos de que Ústelee…

diciembre 05, 2017

EL PODER DE LA PALABRA

En el II Concurso nacional universitario de microrrelato 2017, convocado por la Universidad EAFIT, destacan como uno de los 8 trabajo seleccionados un minincuento de mi autoría el cual comparto aquí:

El poder de la palabra
Aldemar nunca creyó en el poder de la palabra, para él las frases eran solo vacíos en el vacío, murmullos carentes de autoridad. Nada más le agradaba que lo concreto y, según él, el lenguaje era muy ambiguo.
La noche que fue detenido, como sospechoso de dar refugio a un rebelde, firmó el formulario de la comisaría con su puño y letra. Alegó que lo confundían y pensó que todo se aclararía pronto.
Durante los dos meses que estuvo en los calabozos de la Sexta Brigada, guardó la esperanza de que los gobernantes reconocieran el marco de su ideología. Odiaba los discursos de cambio, ellos deberían notarlo en sus pesquisas. Sin embargo cada tres días era torturado, aunque no tenía nada que “cantar”.
Pasaron los meses. Las batidas aumentaron en la misma proporción que la resistencia. Pronto los calabozos estaban saturados. Aldemar ya no era útil. No tenía nada que decir. El comandante firmó la orden.
De pie frente a los cuatro soldados Aldemar reiteró su inocencia. Entonces entendió el poder de la palabra, justo cuando escuchó al comandante, sin ambigüedad, gritar:

-¡Alisten, apunten, fuego!

diciembre 04, 2017

PRESENTACIÓN REVISTA ÚSTELEE, HOJAS PARA RECICLAR No 4

Bitácora de los recolectores
Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Coordinador Editorial

Escribir a pesar de todo, esa es la consigna. El mundo en crisis, el continente devastado por la crisis, Colombia al borde del colapso por la crisis, la ciudad intentando superar la crisis y la Universidad del Tolima, como el ave fénix de lo público, queriendo resurgir de las cenizas de una hoguera que la condujo al extremo de la crisis. Y en medio de los escombros, la palabra.
Y mientras afuera todo parece derrumbarse, adentro de las aulas algo fluye. Se escribe para el curso, se escribe en los bordes de las agendas, se escribe sobre los pupitres, se escribe en los muros virtuales de las nuevas multitudes de mutantes de mensajes de texto. Y luego se borra, se arruga el papel en el puño de la mano que pronto lo condenará al olvido, se rompe y se lanza al vacío de una indiferencia letal que mata los minutos del escribiente. Antes se escribía para ser recordado, ahora parece escribirse para el olvido.
Aun así, los textos se van compilando. Los pocos recicladores que sobrevivieron a la crisis o que aún no se han marchado a buscar otras crisis, siguen en la tarea noble de contrarrestar el olvido. Rebrujan entre los arrumes de textos cotidianos y hallan muchas palabras, fonemas curativos, enunciados airosos, frases sobrevivientes, párrafos sentidos… entonces por un momento se encienden de nuevo las teas y desde el fondo del mutismo del día a día se escucha el clamor: Debemos continuar a pesar de la crisis, la palabra siempre ha sobrevivido a ella.
En esa estamos, por ahí nos vemos y seguiremos insistiendo porque vivimos convencidos de que Ústelee…
VERSIÓN DIGITAL: AQUÍ
Posdata: Por ahora degusten la versión digital. En el 2018, si la crisis lo permite, intentaremos tener una versión impresa.

agosto 28, 2017

De la irrealidad de la rutina

Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla
Docente IDEAD-UT
Publicado en el suplemento Facetas de El nuevo Día

En el texto que cierra el libro titulado Cuentos de los extremos, se leen los siguientes versos:

Los vidrios, el ladrillo, el cemento, el plástico
se reparten el mundo.   
En la esquina hay escrita una historia. (Pérez, 2017, p. 32)

Se me antoja que en esas tres líneas se resumen el hilo conductor de esta propuesta que nos presenta Ricardo Pérez, un libro de relatos que dan cuenta de un tiempo consumido por la cotidianidad, en donde los personajes, extraídos de la fábrica humana del mundo real, se entrecruzan con la irrealidad. Este mundo no es ajeno a nuestra mirada, es más bien un reflejo a manera de espejo urbano que bifurca los días enmarcados por la soledad o la multitud, qué más da, en ese mundo soledad y multitud parecen ser sinónimos.
Terry Eagleton, en su laborioso libro Cómo leer literatura, hablando específicamente de los personajes literarios, nos recuerda que “Lo artístico, por consiguiente, está muy cerca de lo ético. Ojalá pudiéramos percibir el mundo desde el punto de vista de otra persona, porque de ese modo comprenderíamos mejor cómo y por qué actúa como lo hace” (2016, p. 90); es decir, que el escritor lo que busca delineando personajes, es tratar de ubicar una mirada distinta para los problemas reales que agobian su tiempo. Quizás por eso, se siente una irrealidad cruzando los personajes de Cuentos extremos, como el asesino reflexivo capaz de entender que la justicia y la condición social son amanuenses del crimen y por eso concluye que “(…) en el sur pude matar tranquilamente a todas las que quise, porque sin plata no cuentas igual para la sociedad”. (Pérez, 2017, p. 27); o ese otro futbolista fracasado que termina en la cárcel y que puede entender su destino al margen de la sociedad y exclamar: “En este patio en el que somos los apartados, estamos como en una escuela, acá uno puede elegir perfeccionarse en el crimen o en otras cosas.” (2017, p. 25).
Esas secuencias narrativas que propone el autor, hacen que, como lectores, entremezclemos ficción y realidad; así pasa en el cuento titulado No fumar, en donde un espectador, que está en el cine, sale del teatro pero se siente perseguido por la trama de la película; o en Drink Hollywood, en donde la película que se rueda es, al parecer, la vida misma de la protagonista cuyo guion no es más que el reflejo de su miserable existencia: “En aquél día se sentía especialmente agobiada por la vida de farsa que había llevado desde hacía seis años, cuando había empezado a actuar en películas.” (2017, p. 11)

Así entonces, el tiempo, la irrealidad, lo cotidiano que agobia y se torna inexplicable o simplemente se acepta como parte de la existencia, moldea los relatos y construye los personajes. Todo el libro es, en mi opinión, un guion sobre una mirada al presente que se interconecta, inexplicablemente, con lo fantástico, como debe hacerlo la escritura literaria. Solo que nuestras escenas no se podrán repetir después de que llegue la muerte y grite sin contemplaciones: ¡Corten!

agosto 08, 2017

El arte del desgenero

Por: Luis Fernando Abello
Lic. Lengua Castellana IDEAD-UT.
Publicado en el Suplemento Facetas de El Nuevo Día

Julio Cortázar, en su polémico libro Rayuela, instaura una advertencia sin la cual no podemos pasar desapercibidos en su lectura:

A su manera este libro es muchos libros, pero sobre todo es dos libros. El primero se deja leer en la forma corriente, y termina en el capítulo 56, al pie del cual hay tres vistosas estrellitas que equivalen a la palabra Fin… El segundo se deja leer empezando por el capítulo 73 y siguiendo luego en el orden que se indica al pie de cada capítulo. En caso de confusión u olvido, bastará consultar la lista siguiente.”

Así mismo, nos da un “orden” de manera cronológicamente virtuosa y desentendida para continuar con dicha lectura del escritor argentino. De esta misma manera, el escritor ibaguereño Carlos Arturo Gamboa, nos advierte, de manera distinta y diversa a la de Cortázar, que su libro no tiene un género definido, o así lo hace parecer su lectura, y directamente en su nombramiento cuando de él se lee “Un juego desgenerado”.
Adentrarnos a él, significa que estamos expuestos a una “tomadera del pelo” en toda su sincronía musical y lírica, puesto que hacemos una interacción con un lector no desprevenido, sino lleno de simbolismo que Gamboa, al igual que Dédalo, generan una aparente confusión, pero que nuestra risa puede ser una simulación acordada con el autor para interpretar los textos que de allí subyacen.

El juego de palabras que Gamboa nos suscita en la intervención literaria, no deja de pensarse como una sátira en gran magnitud de todo su libro, cuando menciona que “los ángeles conspiraron… / Y todos vagarán por la eternidad”. De aquí se desprende el primer poema del libro, y nos hace partícipes de los cuestionamientos diversos y sátiros que continuarán en dicha lectura. Paralelamente podemos decir, que el libro se revela como Lucifer en la revelación de los ángeles, o en John Milton, cuando menciona, siendo vocero de lucifer “Es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo”.

 

Y es la angustia que se pregunta Carlos Gamboa por la modernización que ha dejado de sacralizar la tierra y el propio cosmos y su escenografía literaria, que se anuncia en los escritos de “La ira del hombre”.

 

Dicho sacrificio de lo sagrado por lo tecnológico, lo podemos, también ver, en el poema de William Ospina, llamado “Canción de los dos mundos”, donde los autores tolimenses, hacen alusión a la importancia del sur como epicentro de los acontecimientos histórico como urgentes y necesarios para el sostenimiento de la sensibilidad humana.

 

Pero si por un lado el autor nos somete a esa angustia kierkeggiana, por el otro acude a tomar lo local como universal, en su segunda parte llamada “Barrio Paraíso”.  En esta parte, ya el hombre debe haberse despojado de lo apolíneo en lo cual hace parte del primer capítulo y convocar a las solemnidades de lo dionisiaco y su fiesta desgenerada.

 

Como hemos mencionado con anterioridad, el libro toma rumbo aparte para clasificarse en un género literario, puesto que si está dividido por secciones, se lee como una totalidad de sus desesperanzas, parecido a una novela en su lectura lineal, pero también encontramos la inclusión del género literario como el minicuento, en la medida en que se construye con ironía y sátira, un humor fino para deleitarse sobre su simbolismo.

 

El texto no busca definirse entre lo prosaico o versátil, sino en jugar con esos escombros de vivencia y palabras; desde esa mirada, no podemos dejar de pensar en otro Borges, cuando escribe el “verdadero” autor del Quijote, Pierre Menard, de la misma manera, Gamboa resignifica los simbolismos de ese vecindario, puesto que Noé es un bohemio, verbo carne, se convierte en vegetariano, Dios mismo, creador de las leyes, es licitador de organismos de control como la policía, o es una “administrador” que derriba casas con relámpagos. Se puede decir que ubica en el centro a un Dios más humano, que tiene erecciones a través de los matorrales, ya que es un “Voyerista de tiempo completo”. 

 

Es así que la intención nitzscheana se convierte en palabra con Artefacto Ludens, puesto que está en otro plano escritural, donde se debe jugar con la seriedad con que jugaba el niño, nuestro niño.

 

Finalmente, la comunidad de este libro, del Barrio, tiene un tinte bíblico-urbano en todo su contexto, mira definitivamente a la escenografía del sur, y crea nuevos símbolos creados de realidades amplias para la memoria, que se hace difícil olvidar con una simple lectura, y una pérdida de memoria.

 

El juego no solamente está en la lectura, sino en apropiar la palabra como un juego sin ubicación concreta, pero sincera de toda la amalgama de insinuaciones literarias que surgen al cobrar nuevamente una lectura instaurada en el placer de una palabra que huye de la seriedad.