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febrero 11, 2026

La adolescencia como autodestrucción

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Escritor colombiano / Docente Universidad del Tolima.

 

A veces en los anaqueles duermen los mejores libros sin ser abiertos; igual pasa con ciertas películas o series televisivas que no alcanzan un gran rating en el momento de su estreno, pero quedan alojadas en las plataformas y de vez en cuando algún curioso espectador da cuenta de ellas. Es lo que sucedió en este caso cuando encontré, en Netflix, la serie de dos temporadas y 16 capítulos titulada “The End of the F***ing World”, que data de los años 2017-2019.

La serie presenta la historia de dos adolescentes (James y Alyssa), quienes se encuentran palpitando en esa edad en la cual el mundo parece no contener los elementos mínimos para albergar la inquietud de esa esplendorosa y terrible etapa de la vida. Se encuentran para atraerse y rechazarse, pero no es simple encuentro hormonal; es la coincidencia de dos temperamentos guiados por la autodestrucción, el nihilismo y la búsqueda de un lugar fijo en el mundo. Lo que viene después de ese encuentro es cine puro, aunque sea una serie.

Huidas, preguntas, crímenes, dudas, fugas y todos esos elementos dramáticos de la historia convierten a los despabilados jóvenes en una reencarnación más letrada de Bonnie y Clyde, con un lenguaje más obsceno pero, por lo mismo, más sincero; con una búsqueda más desesperada y con la esperanza de hallar algo que aún no se sabe qué es. “The End of the F***ing World” nos muestra ese mundo actual en el cual los sueños juveniles poseen un destino claro y prefijado, pero cuya ruta no configura los deseos de los jóvenes. Las familias colapsadas son el síntoma de un tiempo en el cual se sobrevive, pero no se vive, atados a las demandas de una sociedad que pareciera estar dispuesta a que nadie sea feliz y que, en una especie de venganza colectiva, nos quiere conducir a todos al mismo pantano de la cotidianidad.

El humor negro y la ironía son los escenarios predilectos para contar la historia, acompañada de una banda sonora pulcra a cargo de Graham Coxon, quien fuera guitarrista de Blur. La fotografía también destaca, aportando unos tonos secos que van con la sensación de tristeza y pérdida constante que transmite la trama. Todo esto dirigido por Jonathan Entwistle y Lucy Tcherniak, quienes aciertan ordenando cada uno de los elementos.

La serie da vida a la novela gráfica del mismo nombre, de la autoría de Charles Forsman (1982), un dibujante estadounidense, quien es autor de otros trabajos llevados a la pantalla como “Esta mierda me supera”. Los actores principales que dan vida a los dos adolescentes hacen un trabajo superlativo y, en parte, gracias a ellos logramos conectarnos con ese mundo que nos proponen los directores y el autor; se trata de Jessica Barden y Alex Lawther.

En definitiva, “The End of the F***ing World” es una joya que da vueltas por ahí en el mundo algorítmico de las plataformas actuales en espera de que espectadores ansiosos de buenas historias y buenos montajes la saquen de su famoso anonimato.

octubre 30, 2025

Homenaje a la historia de los libros

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Hay libros que hablan de libros, y por lo tanto son metalibros, como este que les voy a reseñar. Se trata de El infinito en un junco, de la escritora española Irene Vallejo. Aunque Irene no solo nos pasea por los recovecos atemporales por donde ha circulado el libro desde su invención, sino que también usa ese hilo de Ariadna para recrearnos bellos y trágicos episodios de la invención de la escritura, del nacimiento de la lectura y de la evolución de eso que hoy conocemos como cultura letrada.

Usando un acervo de información muy completa sobre las culturas griegas y romanas, la autora nos va paseando por los caminos que tejió la leyenda de Alejandro el Grande como excusa para depositarnos en el epicentro de la metáfora más propicia para el hábitat de los libros: la biblioteca de Alejandría. Y desde allí, y con sobresaliente destreza narrativa, dosificación de datos y habilidad poética, nos ofrece una extensa panorámica de esa fascinante historia.

Hablar de los libros es hablar de la humanidad, sus sueños, derrotas y utopías; de eso da fe cada página de este libro, por eso a través de cada subcapítulo vamos obteniendo una herramienta más para guardar en la alforja de la expedición a la que la autora nos invita. Mesopotamia, Roma, África, Europa, Asía, cada lugar palpita en los relatos de la transformación de esos rústicos trazos de las cuevas en tablillas, en pergaminos, en rollos, en papiros, en bibliotecas, en guerras, en nombres de emperadores letrados y gobernantes ignorantes. En navíos que llevan por el mundo el naciente invento que se encargará de guardar la memoria de los pueblos, sin que los emisarios sepan lo vital de aquella empresa para el futuro de la humanidad.

Anécdotas y ficciones, datos y testimonios extraídos de los libros son las herramientas predilectas de la autora para engancharnos a su apuesta, para llevarnos plácidamente por esta extensa, pero entretenida ruta. El saber enciclopédico de Irene Vallejo, así como sus pesquisas investigativas, hacen que El infinito en un junco sea un compendio elaborado de relatos que no se queda en un discurso, sino que se abre a la imagen poética, a la argumentación histórica, al relato académico y, por supuesto, a la forma ensayística, como bastión de su engranaje.

Este es un libro de esos que te exige un ritmo sosegado; la idea no es llegar rápido al final, más bien se trata de degustar en cada recodo del camino las mieles que ofrece. Un libro que hace amar los libros, y a quienes ya los amamos, nos reafirma en ese propósito. Un libro que nos recuerda que los libros no dejarán de existir porque es uno de los mejores inventos del ser humano, porque garantizan la memoria de la misma humanidad. Como la autora lo afirma varias veces, también es un homenaje a los miles y miles de hombres y mujeres que durante siglos de oscuridad protegieron el saber de los libros, aun a costa de su propia vida.

Hoy, cuando escuchamos que otro imperio en decadencia vuelve al constante delirio dictatorial de satanizar los libros (me refiero a la noticia de Trump en EE. UU., prohibiendo la obra de Gabriel García Márquez en las escuelas, junto a cerca de 4500 títulos más), El infinito en un junco nos recuerda que muchas ruinas de imperios han resguardado los textos de la humanidad. De eso son testigo los libros que perduraron bajo los escombros de Pompeya y Herculano, quienes con el paso de los siglos se erigen como vestigio de aquella catástrofe. Los seres de esos tiempos ya no están, pero el recuerdo de ellos vive en los papiros, porque, como concluye la autora: “La invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción”.

octubre 05, 2025

Un poeta: la radiografía del malditismo poético en el cine

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Los llamados poetas malditos franceses (siglo XIX) se dieron a la tarea de la destrucción de todos los sentidos y con el zumo de sus escombros hicieron poesía. Rimbaud, quizás el mayor de sus exponentes, fue el más eficiente en ese oficio. Su legado quedó en la historia de las letras y su método se propagó por el mundo, generando imitadores a diestra y siniestra. En Colombia, esta semilla encontró buena tierra para su lamentable y pintoresco desarrollo.  A la par de los poetas malditos nacionales, se malformaron sujetos poéticos bastante sui géneris: los poetas malitos.

Ellos, ebrios en todos los sentidos, nocturnales hasta la médula, tocados por una extraña musa de la autodestrucción en busca de la metáfora perfecta, hacen parte de un enorme inventario de vidas arruinadas, y más bien pocos poemas destacados. Los nadaístas fueron parte de esa cosecha, quizás los más notorios. En mi opinión, el mejor y más coherente de ellos fue Darío Lemos, porque el bardo antioqueño fue capaz de llegar al límite del arrojo para terminar solicitando, al final de su trágica vida, que alguien le cambiara su obra por una silla de ruedas. Su autodestrucción estaba por encima de su producción poética: “Mi vida es mi obra, lo demás son papelitos”, dijo orgulloso mientras su pierna gangrenosa se amputaba.

Aún en este siglo pervive ese malditismo, no solo entre poetas, también entre pintores, escritores de todos los géneros y los desgéneros, artistas del trampolín de la vida y de las artes. Parece que el malditismo es una agria etapa de quienes aspiran a hacer sangrar las musas del arte. Algunos se quedan toda su existencia habitando aquella oscura noche, otros huyen a los brazos de la religión -porque el camino a las iglesias está empedrado de vicios-; pocos, muy pocos alcanzan el fulgor de la palabra.

Esta reflexión la escribo como emoción posterior a mi encuentro con la película "Un poeta" (2025), la cual se erige como artefacto estético que encumbra ese personaje estereotipado. Este es un filme hecho con fragmentos de mil vidas que se le asemejan y, como un espejo, refleja la angustia, la desolación y la agonía de sentirse poeta en un mundo sin poesía, pero con enormes toneladas de material para hacerla brotar si los poros dejaran de supurar tristeza.

El director, Simón Mesa, logra construir una ópera que nos conduce a los senderos de la lástima, la desesperación, la risa y la solidaridad con el personaje central Óscar Restrepo, quien se erige como la reencarnación de todos los poetas malditos y malitos de estas latitudes. Como espectadores sabemos de su tragedia, pero nos declaramos impedidos para extender una mano solidaria que lo ayude a brotar de su mísera cotidianidad. Eso sí, guardamos la esperanza de que la poesía lo asista en cualquier momento, porque la película también funciona como metáfora de la creación, del trance del artista entre la realidad y la obra. Para encontrar las palabras adecuadas se debe bucear en lo profundo y no siempre las aguas son claras; por lo general permanecen putrefactas.

De "Un poeta" se han escrito ya una buena cantidad de reseñas, análisis, elogios, todos ellos merecidos; ahondar más en esas visiones es redundar. Va a convertirse en una producción de esas que cada tiempo surgen en Colombia para recordarnos que la mejor materia prima para el arte es la introspección de la mirada para recrear la realidad. Por ello, esta película será premiada y recordada, porque es un homenaje transparente a quienes siguen buscando las palabras para hacer un poema, en medio de las urbes atestadas de dramas humanos que cada vez repelen más la poesía y naufragan en la triste prosa de los días.

septiembre 15, 2025

Un poeta (en estado crudo), la reciente película colombiana de Simón Mesa Soto

 


Por: Nelson Romero Guzmán

Profesor Universidad del Tolima, IDEAD

 El título de la película es escueto: Un poeta, como si desde ya nos anunciara su retrato. Y precisamente, uno de los logros del cortometraje es la verosimilitud del protagonista Óscar Restrepo con el estereotipo del poeta fracasado en vida y obra. Por su parte, el acierto del actor Ubeimar Ríos, pareciera coincidir de manera física y existencial con la realidad y la fábula del personaje que encarna. Además, el realismo de las escenas se muestra en la ambientación del marco de la Medellín marginal de sus zonas urbanas con sus nichos de bajo mundo. De esta manera, el director colombiano Simón Mesa Soto crea un personaje poeta que no encaja en la familia, en la sociedad ni en la poesía misma. Con la aparente sencillez de un poeta crudo, que se mueve en escenarios callejeros lánguidos y una narración sarcástica punzada por el humor burlesco, Simón Mesa logra llevarse el premio de la Sección Un Certain Regard del Festival de Cine de Cannes.

 Una de las grandes apuestas del director de la película, fue haber optado por la construcción precisa del prototipo del poeta visto como el artista fracasado, al que Óscar Restrepo encarna de manera perfecta: un ser crudo, feo, grotesco, bufón, contrahecho, pero fascinante,  venido como anillo al dedo para mostrar la imagen social desgarradora del poeta que nos heredó el siglo XIX, configurado por Rimbaud como "el gran maldito, el que se siembra verrugas en el rostro" o como “el Gran Criminal”, que se vale del método visionario de la autodestrucción, pero que, en el caso de Óscar, contrario al genio de Rimbaud, a sus 54 años vive vaciado de la Musa, proscrito de la poesía y mantenido por su anciana madre, su único refugio de comprensión y ternura. De ahí que su papel sea el de exponerse permanentemente al rechazo social, a la burla, a la expulsión del cenáculo literario, a la explotación de los avivatos de los festivales de poesía, al veto de la familia, hundido en el alcoholismo y hasta soportando la violencia física y el señalamiento de mal poeta. Se trata de una película donde todos los actores sufren al poeta y nadie se ríe; solo reímos los espectadores una risa cómplice, cortada de repente por escenas truculentas que provocan la conmiseración y la repulsión por el personaje.

 Lo que por otra parte enriquece al protagonista de Un poeta (porque la mayor fuerza de la película es su personaje protagónico), es la atmósfera melodramática del humor negro, la estética del grotesco y la extravagancia, acentuados estos rasgos por el manejo del primer y primerísimo plano de las fotografías que hacen ver el alma turbada del poeta a través de la exageración de sus más mínimas expresiones: la mirada profunda y desencantada detrás los lentes de sus gafas, sus gestos de frustración, su barba descuidada, sus ademanes de aflicción, su dentadura irregular, su figura maltrecha, su indumentaria descuidada, su caminar caricaturesco y la intemperie de cuerpo y espíritu, en fin, su profunda soledad y rechazo, como apuesta visual de los valores más decadentes de un poeta, tal como aparece en la representación de la sociedad misma que lo juzga y rechaza. Los bares, el alcohol, la noche y los andenes son sus hábitats naturales.

 El hecho principal que desencadena los componentes de la trama, ocurre cuando Óscar llega a ser contratado en la Escuela de Poesía donde es profesor de un taller, en la temporada en que se organiza un Festival de Poesía. Es justamente en dicha escuela donde conoce a la adolescente Yurlady, estudiante de bachillerato que también asiste a las secciones de los talleres. Aquí vale la pena preguntarse: ¿es un rodaje sobre el poeta sin poesía en una “sociedad de poetas”? La cinta intriga fuertemente a este despropósito. Yurlady, la antagonista de Óscar, es una muchacha talentosa para escribir poesía, pero a su vez manifiesta abiertamente que sus rumbos en la vida son otros. Sin embargo, Yurlady se convierte para Óscar en una obsesión, ya que él transfiere en ella la conquista de sus ideales, al pretender transparentarse y verse en el talento de su estudiante como un poeta verdadero, donde por fin cree encontrar alivio a sus frustraciones literarias. Óscar, entonces, viene a ser el perfecto poeta sin poesía; Yurlady, por su parte, es la otra cara: la poesía sin poeta. Al final ella renuncia a ser la media naranja poética de Óscar. Aquí el director Simón Mesa construye un juego cautivador y una crítica oculta demoledora, poco perceptible, sobre el destino del poeta. El sacrificio de Óscar por Yurlady lo lleva a ponerla por encima del bienestar material y afectivo de su propia hija Alisson, quien vive con su madre en estrechez económica, pero Óscar prefiere convertirse en protector de Yurdaly al descubrir su talento poético y concentra sus esfuerzos materiales para que la muchacha pueda tener momentos holgados que le permitan dedicarse a la poesía, lo que al final resulta siendo otro de sus sueños frustrados. Así que la gesta de este antihéroe del cine es vivir la poesía como una hazaña superior a su propia vida, sacrificando los valores de su familia, aunque en lo más profundo llega a descubrir que no representa los ideales de la poesía, porque sus versos son bastante pobres, como se muestran en la película. Así, Óscar resulta siendo el sacrificado por la poesía, el gran fracasado que encuentra en Yurlady el talento que él mismo no tiene y lo hace por momentos suyo como rey en cuerpo ajeno. Pero los sueños de la adolescente están en otra orilla, ya que para ella son más importantes los proyectos materialmente vitales que los artísticos. La poesía, entonces, para citar al poeta Hölderlin, reencarna en Yurlady el más inocente de todos los bienes y, por el contrario, en Óscar, el más peligroso. Moraleja: No vale la pena sacrificarse, entregar su vida por la poesía. Si bien la poesía anda errante por el mundo, la morada de su ser está definitivamente en el lenguaje, como lo escribió Heidegger, y es allí donde hay que ir tras su encuentro; su sacrificio impone la sencillez y el silencio, solo así el poeta podrá convertirse en la casa de su ser. Por eso Óscar es más el bufón del arte que el poeta auténtico; encarna el escándalo del poeta y no el silencio de la poesía, en fin, resulta engañado por la poesía y pasa a ser un espejismo del poeta, su cascarón vacío. 

 Pues bien, esta parte de la trama de la película Un poeta nos lleva a pensar que el protagonista Óscar, es un poeta con carencia de poesía, aunque la sienta en lo profundo de su alma y la viva de una manera tragicómica. Pero si aceptamos que funge de poeta, con todo, es un poeta sincero, porque al menos reconoce no tiene talento. El anverso de Óscar en esta “sociedad de poetas” es el poeta burócrata, que al igual carece de poesía, aunque viva aplaudido y coronado de banquetes; el artista burócrata, que el ojo del espectador no ve, pero lo atisba o se le revela muy en su interior, es quien vive de las mieles del poder, sabe ocultar su fracaso y se escuda en la higiene, en los buenos modales, pasa por decente, aplica las reglas de glamour en sus relaciones sociales, es respetado y hasta admirado por los incautos. Este poeta burócrata es el rescate de Óscar al menos en su apariencia física. Generalmente es excelente para fundar Festivales y Escuelas. Encaja perfectamente en la sociedad, se le cree y además vive de la producción comercial de la poesía. Este poeta burócrata (oculto detrás de Óscar), es el que Simón Mesa Soto deja entrever y denuncia en su película a través de sus personajes secundarios que lo sugieren. Fíjese que, en la película, el protagonista los expone, pues ellos ven en el mismo Óscar la mancha de la Escuela de Poesía como institución. Esto ocurre cuando en la Fiesta del Festival de poesía, Yurdaly termina borracha por su propia cuenta, pero culpan al poeta de la embriaguez de la joven, además de ser golpeado por los mismos dueños del festival, quienes ofrecen dinero a los padres de la adolescente para no ser denunciados ante la ley. Óscar defiende su inocencia y se opone a la entrega del dinero, sometiéndose a la verdad, pues es claro que defiende la poesía, poniendo así la inocencia del poeta por encima de los peligros del poeta burócrata quien, a través de la promoción de la poesía, busca su propia riqueza económica.

 El director de Un poeta nos arrastra a reconstruir la imagen del artista en el contexto social de la gran ironía del capitalismo, esto es, el poeta instrumentalizado, mercantilizado, pese a que el verdadero artista no es un mercader. De ahí que en la película se deslicen de manera sutil, planos de personajes icónicos de la literatura colombiana convertidos en estampas de billetes: el poeta José Asunción Silva y el novelista Gabriel García Márquez, de los que Óscar es devoto, principalmente de Silva, de quien aspira ser su réplica y por eso en una escena aparece dibujándose el corazón en su pecho. Pero vuelvo a la gran ironía que es la del poeta captado por el capitalismo: Silva, suicidado por la insolvencia económica mientras agonizaba el siglo XIX, ahora puesto a circular en el mundo del mercado como un valor de cambio: el billete de $5.000; por su parte, Gabo, arruinado económicamente mientras escribía Cien años de soledad, es rescatado con su sonrisa de costeño satisfecho en el billete de $50.000, siendo estas las formas socarronas del homenaje, a través de las cuales el capitalismo explota la figura del artista, creando a su vez una plusvalía simbólica del capital. Así es como el capitalismo voraz copta el espíritu del artista sufrido y, al poner su estampa en el billete, le devuelve al arte su falsa recompensa. 

 Al haberse logrado en la película la puesta en sociedad del estereotipo del artista fracasado, con los tintes de humor y tragedia a través de un personaje que lo encarna con fuerza, como tomado directamente de la realidad, sin maquillajes, ¿es permitido preguntarse, ya en las afueras del cinema, si en la película de Simón Mesa Soto ganó el cine, pero perdió la poesía? Pues sí y no. Es indudable que la poesía del cine está presente en la película de diferentes maneras: la semiótica de planos en movimiento, piezas musicales intercaladas a la narración, el recaudo fotográfico de los primeros planos del protagonista convertidos en poesía visual que emana emociones, entre otros recursos. Más bien la ausencia de la poesía está muy a propósito en el poeta protagonista, que es otra cosa. Entonces la poesía no es el fracaso, es su liberación, y esto lo logra el cineasta Simón Mesa a través de sus personajes Óscar, el poeta, y de Yurdali, su aprendiz, que son a su vez contradicciones y complementos de la trama.

julio 25, 2025

CUATRO MIRADAS SOBRE LA NUEVA LITERATURA COLOMBIANA

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Durante el siglo XXI, la literatura producida en el contexto colombiano ha continuado generando una multiplicidad de voces en los diferentes géneros. Más allá del Premio Nobel de Gabo, las letras colombianas han consolidado un corpus rico en nuevas temáticas, aunque la violencia sigue presente como leitmotiv en muchas obras. Pero ahora tiene cabida en la narrativa, poesía y teatro temáticas como las angustias de la posmodernidad, la ciudad, las relaciones en un siglo intercomunicado, la mirada feminista, entre muchas otras más. No obstante, falta ahondar más en el estudio y la crítica a dichas producciones, para que de esa manera se consoliden los autores y sus obras y, además, estos estudios sirvan como referentes a los lectores.

En esa línea, recientemente ha sido publicado el libro titulado “Cuatro miradas sobre la nueva literatura colombiana”, el cual se desprende de la investigación “Múltiples miradas críticas a la literatura colombiana del siglo XXI (2000-2015)”, liderado por el Grupo de Investigación Argonautas del Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima. Este nuevo libro se constituye en un compendio de cuatro apartados, los cuales son resultantes de la construcción de textos críticos por parte de los investigadores, ejercicio previsto en la última fase de la investigación señalada. Sobre esa base, cada uno de los textos da cuenta de una problemática específica de la literatura colombiana estudiada, aspecto que justifica la unidad estructural del libro en su diversidad.

Al respecto, se debe considerar que cada texto es autónomo, toda vez que ha surgido de la reflexión y la crítica de sus autores, quienes han contado con la decisión propia para la escogencia de la temática, la estructura textual y la expresión estilística. Cada uno se convierte en un capítulo y estos son:

• Una mirada a la poesía colombiana escrita por mujeres en lo corrido del siglo XXI.

• Reflexiones en torno al devenir literario de la poesía colombiana del siglo XXI.

• El reflejo de la realidad social en la narrativa colombiana del siglo XXI.

• La literatura en la escuela y la escuela en la literatura: un diálogo posible.

El libro que fue ganador de la Convocatoria 09-2023 para publicación promovida por la Vicerrectoría de Investigación-Creación, Innovación, Extensión y Proyección Social, (UT) ya se encuentra disponible en el repositorio en línea del Sello Editorial de la Universidad del Tolima. Los invitamos a su lectura, estudio y uso pedagógico. Pueden acceder a la descarga gratuita en el siguiente link: https://repository.ut.edu.co/entities/publication/3f6d6c3d-ebdb-414a-844b-5cbce383168d

marzo 18, 2025

LA FRAGILIDAD Y LA VIOLENCIA: NOTAS SOBRE LA SERIE “ADOLESCENCIA”

 


Por: Carlos Arturo Gamboa

Docente Universitario

 

If blood will flow when flesh and steel are one
Drying in the colour of the evening Sun
Tomorrow's rain will wash the stains away
Something in our minds will always stay

Perhaps this final act was meant
To clinch a lifetime's argument
Nothing comes from violence
And nothing ever could
For all those born beneath an angry star
Let's we forget how fragile we are

Sting (Fragile)

 

Hay un lugar común que se repite hasta la saciedad cuando se habla de arte y es que toda expresión artística verdadera procura reflejar la condición humana. Pero, ¿qué es la condición humana? Se podría decir que es la forma en que los humanos expresamos esa tensión única que nos diferencia de las demás especies, y se compone de esas pulsiones propias que nos hacen, al mismo tiempo, amar y odiar, llorar y reír, asombrarnos y embotarnos. En sí, la condición humana es la esencia de la misma contradicción que poseemos al nombrarnos seres humanos. En ese sentido, el arte lo que hace es recordarnos que somos humanos, contradictorios, frágiles, depredadores, amorosos… que somos la mejor y la peor especie de la que hasta hoy se tenga conocimiento en el universo.

Ahora bien, frente a un producto artístico (poema, novela, cuadro, obra de teatro, cine, serie, etc.), siempre tendemos a buscar una marca identitaria que nos identifique y cuando esta aparece se presenta como un temblor estético — extrañamiento le llaman algunos teóricos— y nos deja resonando ciertos aspectos durante mucho tiempo más allá del momento mismo del encuentro con la expresión artística.

Incluso sin saberlo, millones de personas experimentan el síntoma que deja el arte cuando nos encontramos con él. Sentimos el vértigo frente a una pintura, una película, una melodía, ante cualquier expresión artística; es algo así como el descubrimiento de «la música oculta de las cosas». Que un producto artístico alcance esa capacidad de resonancia requiere que muchos elementos estéticos se hayan conjugado adecuadamente. Algunos logran emocionarnos durante un breve periodo, luego la curva del asombro desciende, por eso rara vez un producto logra mantenernos levitando de placer estético durante todo el tiempo de la contemplación. Como sujetos imbuidos en la cibercultura, a diario nos enfrentamos a la admiración o consumo de cientos de productos que pretenden ser arte; es decir, que pretenden ir más allá del simple entretenimiento; pocos alcanzan dicha pretensión.

Ese goce estético, ese temblor o ese extrañamiento es lo que ocurre al ver una obra como la miniserie “Adolescentes”. De entrada, el espectador siente que se encuentra ante un producto cuya dimensión explora la condición humana y logra trasmitirnos ese sentir, generando un estado de inmersión que sigue rondándonos incluso cuando culmina. La historia es sencilla y, lamentablemente, cotidiana: un joven de trece años apuñala a una compañera del colegio, es detenido y procesado por homicidio mientras nos van narrando el drama social, familiar y jurídico. Acá lo importante no es responder la pregunta ¿qué pasó?, el interrogante central que mueve el guion, y a nosotros como espectadores, es: ¿por qué pasó?, como en la novela “A sangre fría” de Truman Capote. Y de ahí surge toda la tensión que se compendia en cuatro capítulos.

Entonces podemos ver los dramas que se cruzan: la familia de cara a la ley como en una encrucijada kafkiana. La ley estupefacta ante su propia inutilidad que sólo se limita a castigar bajo unos cánones que resultan obsoletos frente a la cruda realidad, de ahí que los investigadores den tumbos constantemente. La escuela como institución oficial retratada como el lugar inviable para la formación de estos adolescentes puestos en trance por unas urgencias generacionales que el mundo adulto ya no entiende. Los lenguajes cifrados de un mundo juvenil que remite a sus deseos, sueños y frustraciones y que ya no le dice nada a esa sociedad envejecida.

El gran choque de mundos que allí presenciamos es el de diferentes generaciones. Unos padres educados bajo los parámetros de la corrección moral, en donde el agravio era amonestado físicamente, frente a una juventud producto de una tendencia a eliminar la violencia formativa que desaparece para dejar un vacío que es reemplazado por la inseguridad, dando espacio a la fragilidad. Es memorable la ambientación musical de la clásica canción de Stign titulada “Fragile”, para recordarnos dicha tensión generacional y mostrarnos la inevitable levedad de vivir en un tiempo sin raíces profundas.

El tercer capítulo es una oda psicológica que da cuenta del comportamiento humano de este adolescente puesto en situación de abismo. Sus deseos, frustraciones e iras contenidas generan una de las mayores implosiones narrativas que se hayan visto en series recientes. En esos 45 minutos se condensa un llamado de alerta que podemos intuir como el rasgo universal adolescente que impera en esta década del siglo XXI, el siglo de las soledades intercomunicadas.

La serie es un artefacto redondo en el cual cada pieza, cada actuación, cada plano está dando cuenta de esa totalidad discursiva guiada por la pregunta constante: ¿qué significa ser adolescente en un mundo como el actual? Obviamente, ese contexto narrado es Inglaterra, pero de ese mundo podemos extrapolar muchos elementos de nuestras sociedades en situación de alarma permanente.

Ver “Adolescencia” es una bocanada de aire fresco ante tanto producto light, pero también una señal de que el arte sigue presente en los artefactos audiovisuales y que los emisarios que profetizaban el fin del arte debido a la proliferación de los contenidos en las plataformas no han acertado. “Adolescencia” es un asombro, un llamado de alerta, una loable provocación para que miremos de cerca nuestra realidad y entendamos lo que a veces no logramos comprender: la condición humana.

Posdata: Esta serie debería convertirse en una disculpa para promover una reflexión pedagógica que conduzca a repensar la cuestión de ser joven hoy, algo que urge en nuestras instituciones de formación.


enero 31, 2024

Humboldt: un puente de diálogo entre Europa y América

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla[1]

 

Ese tejido de montañas y selvas, de flores y pájaros que Humboldt mostraba, era una prueba que la naturaleza tenía cosas nuevas que decir a los humanos, de que la vieja Europa perdida en sus laberintos de sangre y de fuego podían encontrar rostros distintos con quienes dialogar, mentes distintas con las cuales examinar la historia.

 

 William Ospina

William Ospina se ha convertido en uno de los autores colombianos, del siglo XXI, más exitosos. Sus libros abarcan una serie de cuestiones que pasan por la reflexión profunda de este tiempo convulsionado, su mirada retrospectiva que incluye el bucle de la historia del continente americano y un repaso a la realidad de colombiana, sus causas y consecuencias. Su más reciente libro titulado “Pondré mi oído en la piedra hasta que hable”, publicado por Penguin Random House Grupo Editorial, será el objeto de las siguientes líneas.

Lo primero por decir es que me sorprendió la variedad lingüística del libro, esa capacidad para ir a la época del relato y describir con nombres propios los utensilios, labores, modismos y entornos allí narrados. Lo primero que un lector puede intuir es un enorme trabajo archivístico detrás de ese resultado. Al basarse en la vida de Alexander von Humboldt (1769-1859), debe retrotraer su relato y jugarse a la construcción de una narrativa en contexto, de lo contrario se haría poco verosímil, contradiciendo una de las leyes intrínsecas de la literatura de ficción. Se puede inventar lo que se desee, pero el relato debe ser creíble y, para ello, el lenguaje debe ser soporte de la acción.

De seguro haber leído los diarios de Humboldt, sus libros y muchos relatos de la época, -los cuales han estructurado otras de sus apuestas narrativas-, ha ido convirtiendo a Ospina en un experto en los usos lingüísticos de aquellos tiempos, cuestión que en este caso pone en juego con total apropiación. Esto apunta a favor del libro, más aún en este momento de la historia narrativa llamada postmoderna, en la cual la fugacidad se ha entronizado en la realidad y el lenguaje con que se narra este tiempo tiende a ser ligero, carente de esfuerzos y dado a enumerar lo apenas visible.

Ahora bien, “Pondré mi oído en la piedra hasta que hable”, no es un libro clasificable dentro de los géneros canónicos de la literatura, se escapa a los ornamentos de la forma, eso es agradable para el lector. Aunque en su contra carátula se anuncie como una novela, lo cierto es que su estructura es maleable, vas desde la prosa poética a la novela histórica; pasa por la crónica y se bifurca en la ficción; es relato de viajes y testimonio. Su riqueza y variedad, que ponen en función de la construcción de la visión de mundo de una época, de una ideología y de un personaje, se compagina con esa apuesta “desgenerada[2]. Incluso logra emerger la sensación de estar frente a un documento histórico verídico, -si eso es posible de escribirse-, llevando al lector acucioso a verificar las fuentes que soportan el relato. Y es ahí en donde toca aclarar que evidentemente echa mano de los diarios de Humboldt, de Carlos Montúfar, de crónicas de aquellos tiempos y de relatos históricos, pero permitiéndose las licencias propias de quien asume la narrativa desde un juego que busca recrear el pasado, sin limitarlo al pasado.

A la par de la narración del viaje demencial y maravilloso que emprende Alexander von Humboldt en busca de las aventuras que sacien su deseo de saber, Ospina se detiene en algunos episodios propios de la historia de ese nuevo mundo que para entonces (y en parte aún), era un misterio para esa Europa que se debatía entre revoluciones sociales e ideológicas. En ese sentido, el libro articula hechos históricos del viejo continente que tienen pequeñas réplicas en el mundo nuevo y acciones del mundo nuevo que dialogan o ponen en tensión el orden del viejo mundo. La Ilustración, las luchas por las independencias de las naciones de América, la reafirmación de los pueblos ya descubiertos, pero aún ignotos, el inventario de una realidad que emergía con asombro ante los ojos auscultadores de los europeos y la desconfianza de las mitologías y cosmovisiones de ese nuevo continente que reñían con la agonía de una Edad Media que aún se negaba a morir, sobre todo en España.

Y en ese camino de exploraciones nos muestra la grandeza de Mutis, el acartonamiento de Caldas, las ilusiones de Bolívar y las tiranías del régimen colonizador manteniendo la esclavitud de negros e indígenas, negando el protagonismo de esa América mestiza que empezaba con fuerza a reclamar su lugar en el mundo. Pero, sobre todo, lo que más estremece es el relato de ese encuentro mágico con Carlos Montúfar, ese prócer criollo sin gran protagonismo en la historia de las valentías latinoamericanas, pero cuyo encuentro con el sabio alemán generó una serie de sucesos que demarcaron la historia de la lucha de independencia como si fuera un capítulo digno del realismo mágico. Ese encuentro extasiado de dos genios, de dos mundos, de dos cosmologías, resumen la intención de Ospina por hacer dialogar a Europa con América, cada uno con un destino, pero abocados al abrazo que provocó la historia.

Ahora bien, la descripción constante con un detalle minucioso, -como si Ospina estuviese reescribiendo un diario y las imágenes poéticas que usa constantemente-, convierten la lectura en un viaje de ensoñación. Como lectores vamos de la mano del narrador, prestos a dejarnos sorprender por vistosidad de una Guacamaya o la certeza de una metáfora colgando de los riscos inmensos de la geografía americana. Para oídos finos, imágenes bien talladas.

Aun así, debo resaltar algunos factores disonantes del libro, entre ellos que me sorprende que tomando como base ese viaje demencial y telúrico de Alexander von Humboldt, no se narren con mayor ahínco sus angustias humanas, esos tropiezos enormes que debió tener al enfrentar una empresa de tal magnitud. Ese descuido -u omisión voluntaria- da la idea de que estamos ante un ser semidiós, casi un híbrido griego hijo de la ciencia y la aventura, una progenie de Atenea y Apolo. Esto le da un aire mítico al libro, pero sacrifica el relato de las penurias de andar en un continente agreste, en un tiempo de muchas limitaciones para los viajeros, para los exploradores y, sobre todo, para una mente tan abierta y arriesgada como la de Alexander.

El cierre también me parece apresurado, quizás ya se habían escrito muchas páginas y las editoriales modernas también prefieren obras no tan extensas para estos tiempos. Pero Ospina no se detiene mucho en narrar con más aliento ese retorno a Europa y el impacto de la monumental obra que Humboldt presentaba a la humanidad. Apenas le dedica unas breves descripciones de ese otro periplo de quien retorna después de muchos años a su terruño y debe readaptarse. Un hombre con tantas experiencias vividas debió resultar fascinante para la sociedad europea y las historias surgidas de esos momentos pudieron ser múltiples. Empero, me agradó sobremanera descubrir la relación entre Humboldt y Edgar Allan Poe, Ospina me provocó la lectura de Eureka, ese extraño ensayo del genio del terror (aunque qué no era extraño en Poe); y esa ganancia de lectura es propia de los libros que quedan resonando en el lector una vez agotada su página final.

A manera de cierre, debo decir que William Ospina nos deja un nuevo libro que enriquece la biblioteca colombiana y americana, de paso les brinda a otros entornos la posibilidad de asistir a la narración de esa América que tanto desearon narrar Andrés Bello, Simón Rodríguez, Mutis, Bolívar, Yupanqui, y cientos de miles de pobladores de este continente cuyas vidas aún tienen muchas mitologías por recuperar.

Referencias bibliográficas

Lopera, Jaime. (2023). Humboldt en Herveo. (sobre Pondré mi oído en la piedra hasta que hable, de William Ospina). Disponible en: https://letralia.com/lecturas/2023/07/28/pondre-mi-oido-en-la-piedra-hasta-que-hable-de-william-ospina/

 

Ospina, William. (2023). Pondré mi oído en la piedra hasta que hable. Penguin Random House Grupo Editorial. Bogotá: Colombia.



[1] Docente de planta de la Universidad del Tolima, adscrito al departamento de Estudios Interdisciplinarios del Instituto de Educación a Distancia. Magister en Literatura Universidad Tecnológica de Pereira. Director del Grupo de Investigación Argonautas. Sus libros más recientes como coautor son: Memorias pedagógicas del IDEAD (2023) y El ensayo: cuatro modelos para su composición (2023).

[2] Expresión usada para caracterizar un texto cuya construcción formal desborda los límites clásicos impuesto para los géneros literarios.

agosto 10, 2023

La infancia evocada en los poemas de Alex Silgado

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Hace apenas unos días llegó a mis manos, de las mismas manos del autor Alex Silgado Ramos, el libro titulado “Antología Inacabada”. Sé que es costumbre colombiana no leer todos los libros que se compran, mucho menos los que se obsequian, pero en mi caso me ha gustado siempre contradecir las costumbres. Aunque muchos de los libros que se obsequian, y no pocos de los que se compran, no trascienden en el lector más allá de las primeras páginas, debo decir que la “Antología Inconclusa”, -que ni es antología ni está inconclusa-, logró sentarme a leer.

Debo decir también que la poesía posee una estrategia oculta que facilita su lectura y son la brevedad y el impacto de sus imágenes los ejes que guían esa provocación. Los dos artificios los encontré de plano en el poemario en cuestión, que tampoco es sólo poemario, es también bitácora de palabras narradas para viajar al pasado en donde la evocación es la trampa, porque “Un recuerdo es la piel de la infancia[1]

Aunque el libro se divide en dos grandes capítulos (El patio y Retorno), creo que la división es sólo un pretexto para tomar aire y seguir mirando el pasado a través de la ventana del lenguaje. El libro todo es una evocación, porque quizás toda obra literaria no sea más que eso, un recuerdo que va tomando forma en un presente que lo convoca, como el médium hace con los fantasmas que habitan las habitaciones de la existencia.

Para Silgado esos fantasmas perviven en la “ancha tierra / que es mi infancia”. Es un mundo intemporal, que conecta el presente y va y viene trayendo esquirlas de la felicidad que la vida desgastó. La voz poética es consciente de ello al expresar: “El tiempo ha causado estragos en la piel que ahora visto

Recordar, volver al patio de la infancia, escuchar de nuevo la voz de los abuelos, contemplar el mundo joven a través de los ojos asombrados de aquel niño que era capaz de ver que, “/el árbol de mangos / está cargados de canarios /o / que el canto de los canarios / tiene el sabor del mango maduro/”. Ese mundo distante es un mundo sinestésico, lejano pero vivo en la memoria de los sentidos. Traer de nuevo ese espacio es el clamor porque “ese patio era nuestra infancia” y lo recalca al recordar: “Habité ese patio como mi propia piel”.

El presente, el lugar desde donde se evoca, está construido de otros materiales porque la misma vida ha trastocado los paisajes, los entornos y por eso ahora se siente:

Un silencio entre tanto ruido

Una soledad entre tanta compañía

Un aroma entre tantos olores

 

De esa manera, el pasado es materia perfecta para darle forma a la nostalgia, podemos evocar para intentar sobrevivir, pero al final nos sentiremos lejanos de ese camino transitado, todo se ha transformado, los elementos han mutado y hasta:

La lluvia que

apenas ayer cantábamos

Hoy inunda todas las cosas.

 

Por eso la única redención está en recordar los rostros idos, los olores mixturados, los espacios diluidos en el tiempo; el presente sólo es posible si volvemos la mirada a lo evocado, por eso: “Ahora / es como caminar de espaldas”.

Tratar de explicar el tiempo ido es inútil, las palabras sólo sirven para construir un dique que ayude a soportar el presente. No es función de la poesía construir respuestas a esas antiguas conjeturas porque: “Los poetas no tenemos respuestas claras, sino que poetizamos para encontrar la oscuridad en la claridad y oscurecerla aún más”.

Los poemas compilados en “Antología Inacabada” de Silgado, son un pretexto completo para caminar el tiempo actual con el bordón del pasado, porque como afirma Jorge Gallarza: “El arte siempre ha sido un espejo, un medio de catarsis: da consuelo a aquel que se siente abrumado y abruma a aquel que tiene paz, no podría ser de otra manera, por eso es fascinante.”



[1] SILGADO RAMOS, Alex (2023). Antología Inacabada. Poemas. Editorial Caza de Libros. Colombia. En adelante todas las citas corresponden a esta edición.

julio 09, 2023

EL APRENDIZAJE DE LAS DESGRACIAS

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

La culpa y la salvación son abstracciones.

J. M. Coetzee

 

Perder el centro es al mismo tiempo: despertar en un escenario sin bases sólidas de lo vivido y adentrarse en una oportunidad para redescubrir otros rostros del mundo. Pocos están preparados para ello. La vida se trata de ser expulsados del vientre de la madre y buscar, desesperadamente, un espacio confortable en donde anidar la existencia. Para el ser humano común, que somos el 99.9% de quienes respiramos oxígeno, la tranquilidad es el camino, así no lo sepamos con claridad. Retornar al vientre de la madre, alimentarse sin angustias y esperar el fin del ciclo natural de la existencia es la ruta. ¿Qué pasa cuando esa confortabilidad construida durante años se rompe? De eso trata la novela “Desgracia” del escritor sudafricano J. M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura del año 2003.

Durante toda su existencia David Lurie ha construido un mundo en donde él es el protagonista de sus decisiones, aciertos y errores. Como profesor de la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo ha labrado un nombre promedio, como se suele desear en el mundo moderno. Con aires de intelectual añejo logra vivir cómodamente fajado a ese estilo que considera cómodo. Dos divorcios, una hija, un confortable apartamento, una calculada soledad que distrae con disertaciones de su próxima obra sobre Byron y sus encuentros sexuales comprados para mitigar una sed de dandi y mujeriego que, a sus 52 años, se niega a dejar de buscar.

En ese mundo elaborado a su medida todo parece estar puesto en su lugar, nada riñe. Es docente en un espacio-  tiempo en donde enseñar es una de las actividades más insulsas, porque “Nunca ha sido ni se ha sentido muy profesor; en esta institución del saber tan cambiada y, a su juicio emasculada, está más fuera de lugar que nunca[1]. Y es allí en esa baldosa existencial previamente delimitada en donde su vida empieza a descentrarse, las vivencias empiezan a tomar un giro inesperado y la novela dibuja una trama cuya ruta nos llevará a entender que en la vida todo está en situación de abismo.

Un encuentro sexual con una de sus jóvenes estudiantes de poesía romántica inglesa desata la cuerda y, como en la tragedia griega, da lugar a lo inevitable. Lurie ha sido un hombre de aventuras amorosas, se sabe experto en la conquista y es conocedor de los límites de las mismas, no obstante: “Pasada cierta edad, todas las aventuras van en serio. Igual que los ataques cardiacos”. La joven Melanie Isaacs se convierte entonces en su punto de quiebre, la seduce con viejas artimañas estudiadas y practicadas durante muchos años y va siendo, él mismo, presa de su instinto.

Como es de esperarse aquel pasional encuentro se vuelve público y el profesor debe ser juzgado, condenado, arrojado del paraíso de su comodidad, ha perpetuado un disloque moral, debe asumir el precio. Pero, nuestro protagonista se aferra a su molde intelectual, aunque en decadencia. No acepta que su actuar sea un error, es parte de la existencia humana, el deseo es un derecho y aunque sea ya considerado un anciano, Melanie no fue obligada a ese pasajero encuentro, ella aceptó, quizás supeditada a una tradición en donde el hombre opera como macho, pero aceptó. Por eso la reflexión del profesor es contundente:

Vivimos en una época puritana. La vida privada de las personas es un asunto público. La lascivia es algo respetable; la lascivia y el sentimiento. Lo que ellos querían era un espectáculo público: remordimiento, golpes en el pecho. Llanto y crujir de dientes a ser posible. Un espectáculo televisivo, la verdad. Y yo a eso no me presto.

Y ante la negativa de asumir la culpa desde la dimensión del espectáculo, el profesor David Lurie es expulsado de la universidad y alejado de su mundo cotidiano. Él lo acepta con resignación, es el pago de debe asumir por romper las normas sociales establecidas. Estamos en Sudáfrica, asistimos al periodo de transición entre el final del Apartheid y el establecimiento de un nuevo orden, esas conductas propias de los comportamientos coloniales y esclavistas deben ser abolidas.

No le queda más que la huida. Abandonar el confort, descentrarse, caminar hacia el abismo de la incertidumbre. Y de esa manera decide emprender el camino de la búsqueda hacia un paraje aislado, una hacienda en donde vive hace años su hija Lucy. En este cambio de espacio, Coetzee nos provee una trama ideal para que como lectores podamos configurar la imagen de dos mundos opuestos: la ciudad, la universidad, la modernidad y el campo, la tosquedad y los valores de un mundo premoderno. Un gran acierto de espacios que permiten configurar la reflexión de la forma en que seguimos siendo parte de un devenir histórico; las grandes tensiones humanas que nos preceden siempre estarán presentes.

Aunque el proscrito profesor sabe que “Los padres y los hijos no están hechos para vivir juntos”, decide pasar una temporada junto a su hija y redescubre otras formas de la sexualidad, otras violencias, otros dramas, otras angustias existenciales y, por ende, otra pulsión vital de natura. Así entendemos, a través de esa nueva tensión, que la vida tiene miles de rostros y que, en cada intersección de los caminos de los años, un nuevo asalto a los sentidos nos puede acechar. El protagonista en medio de esa nueva forma de modus vivendi descubre que “Yo más bien era lo que antes se llamaba un erudito. Escribía libros sobre personas que ya han muerto”. ¿Existe acaso una forma más inocua y prepotente de gastar nuestros días que en esas labores? Quizás al dejar de habitar la realidad, el intelectual no tiene otra opción más allá que de la de hablar con los muertos y de los muertos. 

Allá en esa aldea el viejo profesor debe reconstruir sus principios, no sin antes atravesar el duro desierto del cambio. ¿Para qué un viejo debe replantearse cosas?  Ya no hay tiempo, los designios de la vida han demarcado un derrotero, para qué virar. Pero todo cambia inevitablemente, las sociedades, los modelos de vida, los gobiernos, todo, aunque: “Cuanto más cambian las cosas, más idénticas permanecen. La historia se repite, aunque con modestia. Tal vez la historia haya aprendido una lección”. Esa es la ironía, todo cambiará en la vida del exprofesor David, pero él seguirá atrapado en un espiral en donde sus creencias y el pasado actúan como bloqueo constante.

La novela “Desgracia” es un excelente retrato de ese mundo en permanente combustión, nos permite una reflexión profunda acerca de los eventos que transforman la ruta de nuestra vida y, sobre todo, como el arte, nos conduce a redescubrir el placer de intentar llenar nuestros espacios vacíos, que siempre tendrán un lugar dispuesto para esa degustación. Buscando información para esta nota descubrí que existe una versión fílmica de la novela, dirigida por Steve Jacobs y quien da vida al profesor Lurie es, nada más y nada menos, que John Malkovich. Espero tener el placer de ver esa adaptación y ensanchar un poco más el placer del buen arte.



[1] Todas las citas en: Coetzee, J. M. (2021). Desgracia. Penguin Random House Grupo Editorial. Octava reimpresión. Traducción de Miguel Martínez-Lage.

junio 25, 2023

CICLISMO Y FILOSOFÍA: PENSANDO Y SUDANDO

 

Guillaume Martin ciclista profesional y autor del libro.

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Los libros sobre ciclismo profesional tienden a tener una gran franja para exaltar, en su gran mayoría, a protagonistas mundiales y nacionales quienes han construido la leyenda de este mítico deporte. Otros se dedican a mostrar elementos técnicos y metodologías de entrenamiento, aspectos claves para el buen desempleo en la bicicleta que son procesos fundamentales del deporte del siglo XXI, época de grandes saltos tecnológicos y novedosos métodos de entrenamiento.

No obstante, en el libro que hablaré a continuación se aborda la relación entre ciclismo y filosofía, algo que no había encontrado en textos precedentes. Se trata de “Sócrates en bicicleta. El Tour de Francia de los filósofos”, del francés Guillaume Martín. El autor, siendo ciclista profesional de alto rendimiento y además Máster en Filosofía, nos ofrece una obra única en donde combina elementos propios de sus experiencias en esos “dos mundos” que parecieran opuestos, pero, que él se empeña en demostrar que guardan una estrecha relación. En mi concepto lo logra con gran pericia narrativa.

Con base en anécdotas, experiencias y apostándole a una trama de narrativa ficcional bien hilada, Guillaume Martin nos lleva pedalazo a pedalazo por los recovecos, descensos y pendientes del mundo del ciclismo y el pensamiento. Sus rutinas ciclísticas quedan plasmadas en una especie de bitácora del corredor del pelotón moderno. Las reflexiones que hace sobre deporte en general enriquecen la mirada del lector experto y el aficionado que se atrevan a sus páginas. Su fino humor ayuda a tejer una trama en la cual filósofos se preparan y disputan la mayor carrera de ciclismo del mundo “El Tour de Francia”. ¿Por qué este giro que propone el autor?, pues el mismo lo dice: “La filosofía, a pesar de sus aires austeros, es también una forma de juego. Lo mismo que este libro[1]. Escribir como lúdica, montar bicicleta como activador de pensamiento, me gusta mucho esa idea.

Los ciclósofos, como denomina a esta nueva especie de seres dedicados a pensar las cosas y los fenómenos de la existencia y, al mismo tiempo, pedalear por grandes avenidas, caminos escarpados o llenos de adoquines, son capaces de entender que el esfuerzo físico y las ideas no riñen, como erróneamente creía Platón. Madrugan a entrenar, luchan contra las adversidades climáticas y compiten sin abandonar sus reflexiones fundamentales. Por eso en el pelotón de ciclósofos podemos encontrar al rebelde de Nietzsche atacando desaforadamente, a Marx tratando de organizar los competidores para transformar el sistema ciclístico, a Freud disertando sobre el placer de montar en bicicleta o a Sartre luchando contra la realidad y el pesimismo de la profesión. Todos suman esfuerzo físico e intelectual, todos demuestran que no hay distancia entre pedalear y pensar.

En definitiva, el autor logra su propósito, hilar dos mundos de la vida distantes pero cuya relación simbiótica nos permite descubrir cómo todo lo existente en el mundo posee relaciones intrínsecas. Estas disertaciones permiten valorar con mayor ahínco los deportistas y romper algunos mitos modernos que han convertido los atletas en meros elementos de espectáculo y consumo, para regresarnos a esa concepción helénica de los atletas como sujetos vitales para la construcción de mundo ideal, porque: “Aunque pueda parecer algo totalmente primitivo, el entrenamiento atlético está, de hecho, movido por una auténtica sabiduría

Pero como G. Martin es un estudioso de la filosofía, nos propone una tesis que ayuda a recuperar, o mejor diríamos liberar, al deporte moderno del puro mecanismo de consumo en lo que lo ha convertido en modelo de vida actual, por eso nos invita a reflexionar: “Cosificado demasiado a menudo, el deportista merece recuperar un estatus más honorable, el de un actor del deporte, el de un artista del cuerpo”. La propuesta que estructura el libro sigue esta lógica.

Es así que, más allá de la rutina, del entrenamiento, del coraje necesario para vencer las adversidades de la vida y de la competencia, el ciclista se torna en un sujeto cuya acción no está condicionada por el triunfo o la mera banalidad de ser tratado como estrella del deporte. La apuesta del autor va más lejos, es la de hacer entender que: “El deporte se transforma, entonces, en arte. La actividad física, deviene actuación estética

En ese sentido, la lectura se torna amena e ilustrativa, sirve como lección de filosofía para repasar algunos de los más importantes postulados filosóficos desde la antigua Grecia (filosofía clásica), hasta el siglo XX (Filosofía moderna). Estos postulados siempre son articulados al mundo del ciclismo o el deporte en general. Si hay algo que reprocharle a G. Martín es no incluir mujeres pensadoras como Hipatía de Alejandría, Rosa de Luxemburgo, Simone de Beauvoir, Hannah Arendt o Judith Butler, entre tantas más, hubiesen alimentado esa caravana del reflexionar y pedalear. Igualmente, en el libro no aparecen referencias de pensadores de América, al parecer en el canon formativo del autor no se incluye este amplio panorama, nada de extraño en las universidades europeas.  

Para finalizar, es importante recordar que el texto fue publicado inicialmente en su idioma original (francés) en el año 2020. Un año después la editorial Libros de Ruta Ediciones, lo traduce al castellano. Como lo indica el autor en el epílogo: “Escribir un libro sobre ciclistas con una dimensión filosófica buscaba mostrar que nada es definitivo, que debemos dar un paso atrás de la tentación natural de eternizar nuestro estado inmediato. La bicicleta es un ciclo. Una temporada pasa. Y la vida es un eterno…retorno”, por lo cual y apelando a esa invitación, también invito dejarse imbuir en este libro que no sólo divierte, sino que también ayuda a pensar.



[1] Todas las citas de: MARTIN, Guillaume. (2021). Sócrates en bicicleta. El Tour de Francia de los filósofos. Libros de Ruta Ediciones. Barcelona (España).