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julio 25, 2025

CUATRO MIRADAS SOBRE LA NUEVA LITERATURA COLOMBIANA

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Durante el siglo XXI, la literatura producida en el contexto colombiano ha continuado generando una multiplicidad de voces en los diferentes géneros. Más allá del Premio Nobel de Gabo, las letras colombianas han consolidado un corpus rico en nuevas temáticas, aunque la violencia sigue presente como leitmotiv en muchas obras. Pero ahora tiene cabida en la narrativa, poesía y teatro temáticas como las angustias de la posmodernidad, la ciudad, las relaciones en un siglo intercomunicado, la mirada feminista, entre muchas otras más. No obstante, falta ahondar más en el estudio y la crítica a dichas producciones, para que de esa manera se consoliden los autores y sus obras y, además, estos estudios sirvan como referentes a los lectores.

En esa línea, recientemente ha sido publicado el libro titulado “Cuatro miradas sobre la nueva literatura colombiana”, el cual se desprende de la investigación “Múltiples miradas críticas a la literatura colombiana del siglo XXI (2000-2015)”, liderado por el Grupo de Investigación Argonautas del Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima. Este nuevo libro se constituye en un compendio de cuatro apartados, los cuales son resultantes de la construcción de textos críticos por parte de los investigadores, ejercicio previsto en la última fase de la investigación señalada. Sobre esa base, cada uno de los textos da cuenta de una problemática específica de la literatura colombiana estudiada, aspecto que justifica la unidad estructural del libro en su diversidad.

Al respecto, se debe considerar que cada texto es autónomo, toda vez que ha surgido de la reflexión y la crítica de sus autores, quienes han contado con la decisión propia para la escogencia de la temática, la estructura textual y la expresión estilística. Cada uno se convierte en un capítulo y estos son:

• Una mirada a la poesía colombiana escrita por mujeres en lo corrido del siglo XXI.

• Reflexiones en torno al devenir literario de la poesía colombiana del siglo XXI.

• El reflejo de la realidad social en la narrativa colombiana del siglo XXI.

• La literatura en la escuela y la escuela en la literatura: un diálogo posible.

El libro que fue ganador de la Convocatoria 09-2023 para publicación promovida por la Vicerrectoría de Investigación-Creación, Innovación, Extensión y Proyección Social, (UT) ya se encuentra disponible en el repositorio en línea del Sello Editorial de la Universidad del Tolima. Los invitamos a su lectura, estudio y uso pedagógico. Pueden acceder a la descarga gratuita en el siguiente link: https://repository.ut.edu.co/entities/publication/3f6d6c3d-ebdb-414a-844b-5cbce383168d

mayo 11, 2025

SANGRE ROJA ESCARLATA

 

Nota:

A propósito de los abusos sexuales en los entramados religiosos, los invito a leer ese cuento incluido en mi libro "Sueño imperfecto", publicado por la Editorial Universidad del Tolima en el año 2009.

*******

El fondo siempre es gris, pensó mientras hojeaba el libro escueto de verdades escogidas al azar. La tos no cesaba de incomodarlo, y sobre aquella almohada de algodón viejo su cabeza parecía un molino rústico. Un olor a ungüento se esparcía por cada esquina de aquel cuarto efímero. Nada comparado con el lujo de la mansión donde acostumbraba a vacacionar sus engaños. Llevaba aquí más de tres semanas, contadas largamente, desde la aparición de ciertas úlceras en sus brazos. Al principio, cuando invadieron sus testículos, las logró disimular bajo su manta apostólica, pero luego se encaminaron norte arriba. Aunque constantemente padecía de vértigos, no cesaba de predicar el santo oficio. El último sábado se incorporó a las cinco de la mañana, como de costumbre, y al revisar su barba se encontró asediado por cientos de granos rojo-amarillos que desfilaban por sus pómulos. El espejo no mentía.

Entonces escribió una nota a Jhon Eskiner dándole las respectivas instrucciones: “Encárgate del oficio. Di que partí a una misión a la Sierra Nevada de Santa Marta. Después te explico”. La brevedad pausada de su enmienda mostraba su poca preocupación por el asunto. Con algunos baños de ajenjo expirarán estas granujas, se prometió a sí mismo, como para reforzar su tesis. Pero las llagas continuaron anidando en su cara y en pocas horas eran las dueñas de su cuero cabelludo. Para no provocar rumores, pues los sacramentos así lo exigen, contactó a un cómplice amigo dedicado a la medicina; se dedicó a leer los diarios y a planear su próxima incursión nacional para expandir el evangelio. El dictamen fue severo. Reposo total y ciento de exámenes metódicos. “El virus es extraño. Cuídese mucho, reverendo”.

Fue así como apareció a mi puerta, vestido como cualquier mortal que busca desahogo. Su cara surcada por arrugas concéntricas, su cabello ajedrezado y un tufo de santo inconfundible. Llevaba más de dos años sin verlo en persona, puesto que sus milagros eran noticia obligada en los telenoticieros. Recuerdo que la última vez que se atrevió a llegar hasta mi casa fue para indagar sobre el comportamiento de las prostitutas. Según él, yo debía conocer a cabalidad el quehacer. Su inquietud se debía a cierto plan macro religioso para expandir el evangelio en las calles olvidadas por su dios. Accedí sin muchos misterios, como siempre suele suceder ante alguna de sus patrañas.

Ahora era distinto; un dejo de pesar cosquilleó en mi mente al observar aquella silueta desproporcionada. Sus brazos rozando el suelo y sus pies semejantes a dos árboles gemelos en edad. Sus ojos, entre negros y azules, ya no poseían el brillo místico que me desnudó aquella tarde frente al púlpito, en donde avasallaba con palabras retumbantes. De eso hace más de veinte años, y mi inocencia en grado subcero; hoy es una sombra. Aquel día tuve el presentimiento de estar frente a un dios personificado, porque de su lengua brotaban versos melodiosos, sustantivos mágicos y látigos verbales. “¡Hermanos!, la carne es la perdición del hombre. En el reino de los cielos el pecado no tiene lugar; por eso la lascivia debe ser combatida con ayunos…”. Los rumores de admiración se esparcían entre las grandes sillas de madera que se organizaban en filas mudas y sombrías. El centro, justo donde se ubicaba el púlpito, estaba iluminado por una extraña luz de colores combinados, y la figura esbelta del predicador daba al recinto un aire de total reverencia. Era como si Dios mismo estuviera allí postrado, increpando y tratando de salvar a los pobres feligreses. Se quedó mirándome con tanta frialdad que me hizo sudar bajo los senos.

Sus ojos penetraron en mis entrañas y llegué a pensar en estar poseída por un espíritu maligno. Su juzgadora voz ahora se escuchaba como un trueno: “Hermanos míos, den la bienvenida a una nueva alma. El reino de los cielos se regocija. Siempre hay un lugar en nuestra casa para las ovejas descarriadas”. Sus grandes ojos azules seguían devorando mi debilidad; aquel sudor de mil poros parecía mojarme. Sola como una autómata, a merced de aquel semidiós del mundo moderno, lo vi acercarse y descargar su gran mano derecha sobre mi frente durante treinta largos segundos, y sin que pudiera hacer nada, su metacarpo izquierdo sujetó mi pecho a la altura de mis senos erectos que no parecían disgustados ante tal provocación. “Hermanos, oremos por el alma de esta joven, y que Dios la reciba en sus omnipotentes brazos”.

Creo que perdí el conocimiento durante siglos, pues al recobrar la realidad estaba siendo atendida por una anciana de mirada diminuta que escondía sus cabellos tras una pañoleta negra. El salón estaba desierto y una música de piano agonizaba en mis oídos. No terminaba de huir mi perplejidad cuando apareció el reverendo Mesarín con un atuendo normal. Le hizo una señal a la anciana, que abandonó el recinto. Se acercó y sujetó levemente mi brazo derecho. Me enseñó algunos cuartos donde se hacía penitencia, un enorme piano Yamaha en donde sus manos parecían aladas al ir de Do a Do; me leyó un salmo de David del cual nada entendí, pues estaba estupefacta ante aquella aparición divina. Después de media hora gastada en discursos, me recostó en un gran sofá rojo, como la sangre del salvador que proclamaba. Con sus dedos lisos y yertos rozó mis labios y, cuando pensé reaccionar, su voz imperativa rompió mis tímpanos: “Hija, mi reino no es de este mundo; a donde yo voy tú puedes ir y encontrarás sosiego para tu abatida alma. No desperdicies tu oportunidad, no todos los días el reino de Dios llama a tu puerta...”. Una pausa recóndita y luego me atrajo bruscamente contra su pecho: “Hija, yo sé que tú sufres por tus pecados, que la lujuria ha socavado tu cuerpo inocente y de noche despiertas con pensamientos abominables. Es tu carne, hija, pero la redención es oportuna”.

Al concluir el sermón, sus manos se abrieron paso entre mis piernas y, con gran velocidad, mis senos quedaron flotando en el aire con olor a incienso. Sus dedos penetraron como agujas en mis calzoncitos de franela y mi sexo parecía una laguna de encantos musicales. Me desvistió con un ritual sagrado, inundando mi cuerpo con una saliva vivificante y erótica. Su boca se amoldó a mis senos en los que la pulcritud asemejaba un nevado en llamas. Me poseyó con una magia tal, que no sentí el momento en que el cántaro estallaba contra su sexo de piedra antigua.

Se levantó como si acabara de ganar un alma para su inventario celestial, acomodó su ropa que nunca terminó de quitarse y me brindó una sonrisa complaciente. Luego se alejó. Mientras me vestía, pensé en las consecuencias religiosas de aquel acto carnal, pero me reconfortaba la idea de haber sido desflorada por un hombre que quizás sería el mismo Dios en persona. Calcé mis sandalias y, al incorporarme del sofá, vi un hilillo de sangre que buscaba la curvatura de la caída. Sangre roja escarlata, como la sangre del salvador que proclamaba.

marzo 18, 2025

LA FRAGILIDAD Y LA VIOLENCIA: NOTAS SOBRE LA SERIE “ADOLESCENCIA”

 


Por: Carlos Arturo Gamboa

Docente Universitario

 

If blood will flow when flesh and steel are one
Drying in the colour of the evening Sun
Tomorrow's rain will wash the stains away
Something in our minds will always stay

Perhaps this final act was meant
To clinch a lifetime's argument
Nothing comes from violence
And nothing ever could
For all those born beneath an angry star
Let's we forget how fragile we are

Sting (Fragile)

 

Hay un lugar común que se repite hasta la saciedad cuando se habla de arte y es que toda expresión artística verdadera procura reflejar la condición humana. Pero, ¿qué es la condición humana? Se podría decir que es la forma en que los humanos expresamos esa tensión única que nos diferencia de las demás especies, y se compone de esas pulsiones propias que nos hacen, al mismo tiempo, amar y odiar, llorar y reír, asombrarnos y embotarnos. En sí, la condición humana es la esencia de la misma contradicción que poseemos al nombrarnos seres humanos. En ese sentido, el arte lo que hace es recordarnos que somos humanos, contradictorios, frágiles, depredadores, amorosos… que somos la mejor y la peor especie de la que hasta hoy se tenga conocimiento en el universo.

Ahora bien, frente a un producto artístico (poema, novela, cuadro, obra de teatro, cine, serie, etc.), siempre tendemos a buscar una marca identitaria que nos identifique y cuando esta aparece se presenta como un temblor estético — extrañamiento le llaman algunos teóricos— y nos deja resonando ciertos aspectos durante mucho tiempo más allá del momento mismo del encuentro con la expresión artística.

Incluso sin saberlo, millones de personas experimentan el síntoma que deja el arte cuando nos encontramos con él. Sentimos el vértigo frente a una pintura, una película, una melodía, ante cualquier expresión artística; es algo así como el descubrimiento de «la música oculta de las cosas». Que un producto artístico alcance esa capacidad de resonancia requiere que muchos elementos estéticos se hayan conjugado adecuadamente. Algunos logran emocionarnos durante un breve periodo, luego la curva del asombro desciende, por eso rara vez un producto logra mantenernos levitando de placer estético durante todo el tiempo de la contemplación. Como sujetos imbuidos en la cibercultura, a diario nos enfrentamos a la admiración o consumo de cientos de productos que pretenden ser arte; es decir, que pretenden ir más allá del simple entretenimiento; pocos alcanzan dicha pretensión.

Ese goce estético, ese temblor o ese extrañamiento es lo que ocurre al ver una obra como la miniserie “Adolescentes”. De entrada, el espectador siente que se encuentra ante un producto cuya dimensión explora la condición humana y logra trasmitirnos ese sentir, generando un estado de inmersión que sigue rondándonos incluso cuando culmina. La historia es sencilla y, lamentablemente, cotidiana: un joven de trece años apuñala a una compañera del colegio, es detenido y procesado por homicidio mientras nos van narrando el drama social, familiar y jurídico. Acá lo importante no es responder la pregunta ¿qué pasó?, el interrogante central que mueve el guion, y a nosotros como espectadores, es: ¿por qué pasó?, como en la novela “A sangre fría” de Truman Capote. Y de ahí surge toda la tensión que se compendia en cuatro capítulos.

Entonces podemos ver los dramas que se cruzan: la familia de cara a la ley como en una encrucijada kafkiana. La ley estupefacta ante su propia inutilidad que sólo se limita a castigar bajo unos cánones que resultan obsoletos frente a la cruda realidad, de ahí que los investigadores den tumbos constantemente. La escuela como institución oficial retratada como el lugar inviable para la formación de estos adolescentes puestos en trance por unas urgencias generacionales que el mundo adulto ya no entiende. Los lenguajes cifrados de un mundo juvenil que remite a sus deseos, sueños y frustraciones y que ya no le dice nada a esa sociedad envejecida.

El gran choque de mundos que allí presenciamos es el de diferentes generaciones. Unos padres educados bajo los parámetros de la corrección moral, en donde el agravio era amonestado físicamente, frente a una juventud producto de una tendencia a eliminar la violencia formativa que desaparece para dejar un vacío que es reemplazado por la inseguridad, dando espacio a la fragilidad. Es memorable la ambientación musical de la clásica canción de Stign titulada “Fragile”, para recordarnos dicha tensión generacional y mostrarnos la inevitable levedad de vivir en un tiempo sin raíces profundas.

El tercer capítulo es una oda psicológica que da cuenta del comportamiento humano de este adolescente puesto en situación de abismo. Sus deseos, frustraciones e iras contenidas generan una de las mayores implosiones narrativas que se hayan visto en series recientes. En esos 45 minutos se condensa un llamado de alerta que podemos intuir como el rasgo universal adolescente que impera en esta década del siglo XXI, el siglo de las soledades intercomunicadas.

La serie es un artefacto redondo en el cual cada pieza, cada actuación, cada plano está dando cuenta de esa totalidad discursiva guiada por la pregunta constante: ¿qué significa ser adolescente en un mundo como el actual? Obviamente, ese contexto narrado es Inglaterra, pero de ese mundo podemos extrapolar muchos elementos de nuestras sociedades en situación de alarma permanente.

Ver “Adolescencia” es una bocanada de aire fresco ante tanto producto light, pero también una señal de que el arte sigue presente en los artefactos audiovisuales y que los emisarios que profetizaban el fin del arte debido a la proliferación de los contenidos en las plataformas no han acertado. “Adolescencia” es un asombro, un llamado de alerta, una loable provocación para que miremos de cerca nuestra realidad y entendamos lo que a veces no logramos comprender: la condición humana.

Posdata: Esta serie debería convertirse en una disculpa para promover una reflexión pedagógica que conduzca a repensar la cuestión de ser joven hoy, algo que urge en nuestras instituciones de formación.


octubre 21, 2024

DE LIBROS Y LIBROS EXTRAÑOS

Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

 


Hay libros que provocan ser leídos de una sola sentada, otros, por el contrario, son para leerlos gota a gota, con la incertidumbre placentera de nunca concluirlos. Hay libros que llegan a nuestras manos por accidente, no sabíamos de su existencia, si acaso algo de su autor. Cuando seleccionamos libros se actualiza el ritual que conecta a los lectores con nuestros antepasados recolectores: ellos iban por ahí probando nuevos alimentos, supongo que muchos murieron envenenados por hongos antes de descubrir el champiñón.

Las formas accidentales en que accedemos a algunos libros también tienen una fuerte relación con los flujos del mercado, ese mismo del que algunos ilusos aún siguen creyendo que se autorregula. El libro hecho mercancía cumple su ciclo y se devalúa, porque todo lo que sube baja, excepto lo que se queda arriba. Y cuando el libro pierde valor en términos comerciales se vuelve accesible en términos culturales. La mayoría de los libros merecen esa devaluación, incluso debieron no haber sido escritos o al menos no haber sido publicados, pero en el mundo de las mercancías también hay espacio (de por sí ese es el mayor lugar que existe) para la fugacidad y la obsolescencia. Nada más generoso, para un libro banal, que continuar en el anonimato a pesar de ser publicado y promocionado.

Aun así, existen excepciones. Hay libros que merecieron mejor suerte (lectores), pero el capricho editorial y las leyes del mercado (es decir de quienes lo controlan), no se basan en la plusvalía estética, sólo les interesa el valor comercial, aunque ellos saben que no todos los valores se miden en pesos. Hay una leyenda de un libro y un autor famoso, tan famoso que muchos citan apartes sin haberlo leído, como ocurre con La Biblia. Ese libro se titula Una temporada en el infierno, y alguna vez escuché o leí, (eso que importa) que Arthur Rimbaud financió la edición de 500 ejemplares y que 490 de ellos permanecieron casi tres décadas en una bodega. Alguien los encontró por allá avanzado el siglo XX y dio a conocer esa joya de la literatura moderna que iba a generar un tsunami en la poesía. De pasó ese alguien que lo recuperó generó un buen escenario para su plusvalía.

Los datos de esa historia pueden variar. Quizás fueron menos ejemplares, no imagino al vaciado e imberbe poeta Rimbaud autofinanciando todos esos libros. O quizás sí y por esa deuda fue que tuvo que huir hacia Abisinia a traficar con marfil. Quizás no pasaron tantos años para el descubrimiento de esos libros, o quizás no fue un descubrimiento sino una estrategia de marketing editorial. Quizás toda la historia es una distorsión surgida en mi época de lecturas de los poetas malditos y mi caprichosa bohemia buscando su rastro estético. Lo único cierto es que aún los poetas seguimos autofinanciando la edición de nuestros libros y muchos de ellos (por no decir casi todos) merecíamos seguir inéditos.

Pero vuelvo al punto, disculpen que me enredé un rato en el siglo XIX y de allá uno corre el riesgo de no salir ileso. Decía que los libros llegan a uno también porque pierden valor comercial y terminan en ventorrillos, canastas de rebajas y remates. Sabemos que el papel reciclado sirve para hacer cartón, lo irónico que esas cajas luego se usarán para empacar nuevos libros cuyo único destino es convertirse en cartón. Es como la ley del eterno retorno de mala escritura. Sí Nietzsche viviera enloquecería de nuevo.

Bueno, la verdad es que todo eso que dije en los párrafos anteriores fue una excusa para contarles que me encontré un libro extraño en una remate de libros. No digo el nombre de la librería para no comprometerme comercialmente, aunque les diré que fue en una librería de Ibagué (Hay tan poquitas que es imposible no acertar). El autor es el periodista Gustavo Gómez Córdoba y el título del libro es 41 mil palabras sobre Colombia, el dinero, el sexo, la masturbación, el infierno, los bebés, el periodismo, la pereza, el fútbol y Twitter. Sí, ese el título y es la primera razón por la que mis ojos se fijaron en él. Al principio creía que la carátula era un abstract de esos que tenemos como manía hacer los escritores de la academia y que sirve para que el lector no lea más de nuestros sosos artículos. Pero no, ese era el título. Luego husmeé su contracarátula, ahí (si está bien hecha) encontramos la información necesaria para cerrar la compra. Aunque para ser sincero, lo que me terminó de convencer fue el precio, ya les había dicho que estaba en la sección de rebajas.

Ahora voy por ahí con el libro, leyéndolo por pedazos. Es un inventario de palabras y frases, pariente del Diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, pero este tiene algo más de misterio, porque está construido con frases, fragmentos e ideas extraídas de los medios de comunicación colombianos, no sólo los tradicionales como periódicos, revistas actuales y extintas, televisión, radio; sino también de redes sociales, blogs y sobre todo Twitter (también extinto por ley inevitable del mercado y uno de sus controladores, un tal Elon Musk). Y en ese divertido inventario de 180 páginas, se reconstruye de manera escrita parte de la idiosincrasia de este infernal y paradisiaco país. Hay humor, citas de autores universales parafraseados, ironía, realidad a chorros, verdades que provocan risa y luego llanto, historia de nuestras alocadas ideas como país y no poca estupidez de esa que se cultiva sin esfuerzo en nuestra extensa terraza cultural. Todo ello lo ha compilado meticulosa (y paranoicamente) Gustavo Gómez.

Valió la pena el esfuerzo de buscar entre tanto libro devaluado y cosechas de ácaros, al fin y al cabo, ahora tengo en mi poder un texto que no leeré de una sentada, sino que lo dejaré por ahí en el escritorio, en la mesita de noche o en la guantera del carro y de vez en cuando lo abriré en cualquier página para recordar que soy colombiano y formo parte de este circo. Un libro que no se lee de una sentada adquiere mayor vigencia y tendré réditos de ello, es decir, me generará plusvalía cultural.

 






junio 04, 2024

DESPEDIDA

 




Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

 

La gente buena no se entierra

Se siembra

Pedro Capó


Es la ley inevitable de la vida, todos debemos detenernos un instante y hacernos ausencia. Esta vez le tocó a Gabriel Arturo Castro, un ser cuya grandeza en vida labrará una mayor al no estar con nosotros. Hombre de letras rigurosas y fino humor fue un gran cultor y sembrador de la palabra. Como crítico fue protagonista de la separación de la obra de la alabanza fatua y el amiguismo ramplón; aunque admiró y exaltó a muchos escritores juiciosos y fue amigo como pocos. Siempre certero en sus apreciaciones y consumado lector.

Un tres de junio estaba destinado como día declarado para su partida. La muerte de alguien cercano siempre nos genera una profunda tristeza y si ese ser querido ha sido ejemplo digno de imitar, la tristeza se triplica. Casi siempre se muere para ser olvidado, pocas veces al morir se empieza a trascender, este último es el caso de Gabriel Arturo.

Su obra es prolífera. No más en septiembre de 2023 pudimos asistir en la Universidad del Tolima, a la presentación de su libro titulado La literatura, el límite y la extrañeza. Summa Ensayistica 1986-2022. Aquella noche, en el evento organizado por el Centro Cultural de la UT, pudimos conversar con Gabriel Arturo y escuchar sus punzantes apreciaciones sobre literatura colombiana y regional.  Con esta última siempre sostuvo una férrea discusión y su mirada no fue condescendiente con muchos autores y muchas obras debido a la ligereza literaria de ambos. No obstante, a muchos escritores jóvenes impulsó con sus consejos, correcciones y lecturas sinceras de sus escritos. Gran parte de su buen nombre lo construyó como un certero crítico y comentarista de libros desde los ya lejanos años del Magazín Dominical del periódico El Espectador.

Como poeta su obra es de calidad y consistencia, ganador de varios premios nacionales de poesía, entre ellos el premio nacional de Porfirio Barba Jacob (2009) con el poemario Tras los versos de Job, en mi opinión una rareza de libro por su lenguaje hermético y cuidado. Ese mismo año su mano generosa escribía el prólogo para mi único libro de cuentos publicado: Sueño imperfecto. Recuerdo que en la lectura previa del proyecto redujo mi propuesta inicial de 45 textos a sólo 22, ese era el tamaño de su rigor.

Como ensayista su valor radica en las pesquisas y valoraciones pertinentes de muchos libros y autores. La Universidad el Tolima, en su sello editorial, le publicaría el texto Ceniza inconclusa (2012) el cual fue presentado en la 25 Feria Internacional del libro en Bogotá y de la cual tuve el placer de hacer una breve reseña en la cual destacaba:

 

(…) encontramos entre estos ensayos y reflexiones, miradas que invitan a renovar la lectura de autores como Horacio Quiroga, Aurelio Arturo, García Lorca, Kafka, Rojas Herazo y otros más cuya dimensión estética los convierte en referente de infinitas interpretaciones. Así mismo, a manera de pinceladas decantadas, encontramos breves escritos en donde el autor nos provoca con reflexiones sobre el sentido del arte, de la imagen, de la estética, la palabra, como si quisiese adobarnos un inventario para el que se atreva a deambular por el complejo mundo de la creación.[1]

 

Y es que Gabriel Arturo fue un provocador de la palabra, un conocedor de la estética refinada y el trabajo escritural. En la reciente FILBO 2024 Domingo Atrasado Editores, había presentado el libro Alegoría del buen escriba. Poesía completa, 1990-2019. Su obra reunida quizás ya era presagio de su pronta partida.

Como docente su calidez, exigencia y enseñanzas son conocidas de sobra. Muchos años fue catedrático de la Universidad del Tolima, en donde sus innumerables exalumnos son testigos de su dedicación. Quienes compartimos con él más de cerca, pudimos constatar su ironía constante, su calidez y su punzante lenguaje. Durante los años que fuimos compañeros de estudio en la Maestría en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, descubrimos la pasión por la escritura y la lectura, pero también su humor fino y alegría constante.

Al irse nos deja muchas palabras y conversaciones pendientes, enseñanzas que se truncaron en ese diálogo que practicaba como herramienta pedagógica. Pero nos queda su obra, sus poemas, sus ensayos, sus notas y reseñas, pero sobre todo su recuerdo y esa gran lección de vida de que se puede ser un escritor sencillo y completo, aún en estos tiempos de altivez y facilismo.

Adiós poeta, escritor y amigo Gabriel Arturo Castro, sólo estas breves palabras puedo dejar ahora como homenaje de quien usted llamaba, -siempre sonriendo-, Charles Artur Gambó, otro «maldito poeta», que, -solía hacer énfasis- no es lo mismo que un «poeta malito». Extrañaré tu calidez y tu ironía.

 Junio 4 de 2024.



[1] Disponible en: Revista Aquelarre. Universidad del Tolima. No 22, años 2012. Pp. 225- 231

enero 31, 2024

Humboldt: un puente de diálogo entre Europa y América

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla[1]

 

Ese tejido de montañas y selvas, de flores y pájaros que Humboldt mostraba, era una prueba que la naturaleza tenía cosas nuevas que decir a los humanos, de que la vieja Europa perdida en sus laberintos de sangre y de fuego podían encontrar rostros distintos con quienes dialogar, mentes distintas con las cuales examinar la historia.

 

 William Ospina

William Ospina se ha convertido en uno de los autores colombianos, del siglo XXI, más exitosos. Sus libros abarcan una serie de cuestiones que pasan por la reflexión profunda de este tiempo convulsionado, su mirada retrospectiva que incluye el bucle de la historia del continente americano y un repaso a la realidad de colombiana, sus causas y consecuencias. Su más reciente libro titulado “Pondré mi oído en la piedra hasta que hable”, publicado por Penguin Random House Grupo Editorial, será el objeto de las siguientes líneas.

Lo primero por decir es que me sorprendió la variedad lingüística del libro, esa capacidad para ir a la época del relato y describir con nombres propios los utensilios, labores, modismos y entornos allí narrados. Lo primero que un lector puede intuir es un enorme trabajo archivístico detrás de ese resultado. Al basarse en la vida de Alexander von Humboldt (1769-1859), debe retrotraer su relato y jugarse a la construcción de una narrativa en contexto, de lo contrario se haría poco verosímil, contradiciendo una de las leyes intrínsecas de la literatura de ficción. Se puede inventar lo que se desee, pero el relato debe ser creíble y, para ello, el lenguaje debe ser soporte de la acción.

De seguro haber leído los diarios de Humboldt, sus libros y muchos relatos de la época, -los cuales han estructurado otras de sus apuestas narrativas-, ha ido convirtiendo a Ospina en un experto en los usos lingüísticos de aquellos tiempos, cuestión que en este caso pone en juego con total apropiación. Esto apunta a favor del libro, más aún en este momento de la historia narrativa llamada postmoderna, en la cual la fugacidad se ha entronizado en la realidad y el lenguaje con que se narra este tiempo tiende a ser ligero, carente de esfuerzos y dado a enumerar lo apenas visible.

Ahora bien, “Pondré mi oído en la piedra hasta que hable”, no es un libro clasificable dentro de los géneros canónicos de la literatura, se escapa a los ornamentos de la forma, eso es agradable para el lector. Aunque en su contra carátula se anuncie como una novela, lo cierto es que su estructura es maleable, vas desde la prosa poética a la novela histórica; pasa por la crónica y se bifurca en la ficción; es relato de viajes y testimonio. Su riqueza y variedad, que ponen en función de la construcción de la visión de mundo de una época, de una ideología y de un personaje, se compagina con esa apuesta “desgenerada[2]. Incluso logra emerger la sensación de estar frente a un documento histórico verídico, -si eso es posible de escribirse-, llevando al lector acucioso a verificar las fuentes que soportan el relato. Y es ahí en donde toca aclarar que evidentemente echa mano de los diarios de Humboldt, de Carlos Montúfar, de crónicas de aquellos tiempos y de relatos históricos, pero permitiéndose las licencias propias de quien asume la narrativa desde un juego que busca recrear el pasado, sin limitarlo al pasado.

A la par de la narración del viaje demencial y maravilloso que emprende Alexander von Humboldt en busca de las aventuras que sacien su deseo de saber, Ospina se detiene en algunos episodios propios de la historia de ese nuevo mundo que para entonces (y en parte aún), era un misterio para esa Europa que se debatía entre revoluciones sociales e ideológicas. En ese sentido, el libro articula hechos históricos del viejo continente que tienen pequeñas réplicas en el mundo nuevo y acciones del mundo nuevo que dialogan o ponen en tensión el orden del viejo mundo. La Ilustración, las luchas por las independencias de las naciones de América, la reafirmación de los pueblos ya descubiertos, pero aún ignotos, el inventario de una realidad que emergía con asombro ante los ojos auscultadores de los europeos y la desconfianza de las mitologías y cosmovisiones de ese nuevo continente que reñían con la agonía de una Edad Media que aún se negaba a morir, sobre todo en España.

Y en ese camino de exploraciones nos muestra la grandeza de Mutis, el acartonamiento de Caldas, las ilusiones de Bolívar y las tiranías del régimen colonizador manteniendo la esclavitud de negros e indígenas, negando el protagonismo de esa América mestiza que empezaba con fuerza a reclamar su lugar en el mundo. Pero, sobre todo, lo que más estremece es el relato de ese encuentro mágico con Carlos Montúfar, ese prócer criollo sin gran protagonismo en la historia de las valentías latinoamericanas, pero cuyo encuentro con el sabio alemán generó una serie de sucesos que demarcaron la historia de la lucha de independencia como si fuera un capítulo digno del realismo mágico. Ese encuentro extasiado de dos genios, de dos mundos, de dos cosmologías, resumen la intención de Ospina por hacer dialogar a Europa con América, cada uno con un destino, pero abocados al abrazo que provocó la historia.

Ahora bien, la descripción constante con un detalle minucioso, -como si Ospina estuviese reescribiendo un diario y las imágenes poéticas que usa constantemente-, convierten la lectura en un viaje de ensoñación. Como lectores vamos de la mano del narrador, prestos a dejarnos sorprender por vistosidad de una Guacamaya o la certeza de una metáfora colgando de los riscos inmensos de la geografía americana. Para oídos finos, imágenes bien talladas.

Aun así, debo resaltar algunos factores disonantes del libro, entre ellos que me sorprende que tomando como base ese viaje demencial y telúrico de Alexander von Humboldt, no se narren con mayor ahínco sus angustias humanas, esos tropiezos enormes que debió tener al enfrentar una empresa de tal magnitud. Ese descuido -u omisión voluntaria- da la idea de que estamos ante un ser semidiós, casi un híbrido griego hijo de la ciencia y la aventura, una progenie de Atenea y Apolo. Esto le da un aire mítico al libro, pero sacrifica el relato de las penurias de andar en un continente agreste, en un tiempo de muchas limitaciones para los viajeros, para los exploradores y, sobre todo, para una mente tan abierta y arriesgada como la de Alexander.

El cierre también me parece apresurado, quizás ya se habían escrito muchas páginas y las editoriales modernas también prefieren obras no tan extensas para estos tiempos. Pero Ospina no se detiene mucho en narrar con más aliento ese retorno a Europa y el impacto de la monumental obra que Humboldt presentaba a la humanidad. Apenas le dedica unas breves descripciones de ese otro periplo de quien retorna después de muchos años a su terruño y debe readaptarse. Un hombre con tantas experiencias vividas debió resultar fascinante para la sociedad europea y las historias surgidas de esos momentos pudieron ser múltiples. Empero, me agradó sobremanera descubrir la relación entre Humboldt y Edgar Allan Poe, Ospina me provocó la lectura de Eureka, ese extraño ensayo del genio del terror (aunque qué no era extraño en Poe); y esa ganancia de lectura es propia de los libros que quedan resonando en el lector una vez agotada su página final.

A manera de cierre, debo decir que William Ospina nos deja un nuevo libro que enriquece la biblioteca colombiana y americana, de paso les brinda a otros entornos la posibilidad de asistir a la narración de esa América que tanto desearon narrar Andrés Bello, Simón Rodríguez, Mutis, Bolívar, Yupanqui, y cientos de miles de pobladores de este continente cuyas vidas aún tienen muchas mitologías por recuperar.

Referencias bibliográficas

Lopera, Jaime. (2023). Humboldt en Herveo. (sobre Pondré mi oído en la piedra hasta que hable, de William Ospina). Disponible en: https://letralia.com/lecturas/2023/07/28/pondre-mi-oido-en-la-piedra-hasta-que-hable-de-william-ospina/

 

Ospina, William. (2023). Pondré mi oído en la piedra hasta que hable. Penguin Random House Grupo Editorial. Bogotá: Colombia.



[1] Docente de planta de la Universidad del Tolima, adscrito al departamento de Estudios Interdisciplinarios del Instituto de Educación a Distancia. Magister en Literatura Universidad Tecnológica de Pereira. Director del Grupo de Investigación Argonautas. Sus libros más recientes como coautor son: Memorias pedagógicas del IDEAD (2023) y El ensayo: cuatro modelos para su composición (2023).

[2] Expresión usada para caracterizar un texto cuya construcción formal desborda los límites clásicos impuesto para los géneros literarios.

enero 22, 2024

Elogio a la palabra escrita: 30 años en la UT

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universitario

 

En enero de 1994 ingresé a trabajar en la Universidad del Tolima. Lo hice apoyando la revisión de material editorial que se producía para los procesos de formación de los programas del Instituto de Educación a Distancia. El corto contrato (tres meses) estaba direccionando por Martha Faride Stefan Upegui a quien había conocido como docente de escritura mientras estudiaba Mercadotecnia en la Cooruniversitaria, hoy Universidad de Ibagué.

El trabajo consistía en recepcionar el material impreso (módulos, cartillas, guías), proceder a realizarle control de calidad, empaquetar y entregar a los estudiantes de los diversos programas del IDEAD, que entonces estaba dirigido por Luis Alberto Malagón. Éramos unos cinco “muchachos” los que nos encargábamos de este proceso. Para entonces mis aspiraciones académicas pasaban por estudiar literatura, por lo cual pensaba en migrar a Bogotá o Manizales, lejos estaba de imaginar que ya había pisado el territorio en el cual mis sueños empezaban a tomar forma.

En junio de 1994 el IDEAD abrió el programa de Español y Literatura, el cual operaba en convenio con la Universidad de Quindío, y para entonces, ya como supernumerario en las funciones de auxiliar de bodega del Fondo Rotatorio, decidí inscribirme al programa, el cual culminaría sin contratiempos. Durante esos años tuve la oportunidad de ver surgir algunos espacios comunicativos en los cuales me fui articulando como la Revistas Tertulia Circular, Universidad Abierta, El Salmón, y muchas más expresiones que se convirtieron en parte de mi pasión como universitario y en donde publiqué mis primeros textos.

En el año de 1996 gané un concurso de cuento y otro de poesía, los cuales fueron convocados por el Centro Cultural de la Universidad del Tolima en el marco de la celebración del día del idioma. El cuento ganador se titulaba “El teorema de Jorge” y los poemas llevaban por título “La rendija de los tiempos”, el cual terminó siendo mi primer libro de creación (poesía) publicado con el dinero obtenido en los premios y editado por Grafilasser Impresores. En 1998, siendo aún estudiante de la licenciatura, obtuve el Premio nacional de poesía para talentos menos de 30 años, convocado por Ministerio Nacional de Cultura, en representación del departamento del Tolima. Todos estos avances en mi formación literaria se iban moldeando desde los espacios académicos y extracurriculares que siempre ha tenido la Universidad del Tolima y que en cada época ha contado con adalides, talleristas, publicaciones y demás entramados formativos. La cultura, con sus agonías presupuestales, sus luchas colectivas e individuales, sus confrontaciones y logros, se ha erigido a lo largo de la vida universitaria en un bastión y un paradigma. Los ejemplos son muchos y valdría la pena un día hacer el esfuerzo de documentarlos de manera más sistematizada.

Hacia el año 2001, tuve la oportunidad de ingresar como docente catedrático (tutor) en el Instituto. Empecé con cursos de extensión, de los cuales recuerdo la experiencia de enseñar escritura creativa con un grupo de presos en la cárcel de Picaleña, labor de proyección social que generaba un impacto importante en términos sociales, abarcando poblaciones excluidas. Allí, desde el IDEAD, la Universidad del Tolima cumplía, como siempre lo ha hecho, -algunas veces con más ahínco y otras con timidez-, la función de entablar diálogos sociales con las realidades. Luego gané una convocatoria para orientar cursos en el Nivel Introductorio, un semestre que obligatoriamente cursaban todos los estudiantes que ingresaban a los programas de la modalidad a distancia. A la par seguía laborando en el Fondo Rotatorio, ya como Técnico Administrativo-Almacenista. Mi relación con los libros crecía, y desde allí veía fortalecerse la producción académica de los docentes quienes elaboraban material didáctico, guías de clase, compilaciones y módulos tanto para distancia como para presencial.

En el año 2005, ingresé a la Especialización en Gerencia de Instituciones Educativas, el primer posgrado en modalidad a distancia que ofertó la Universidad del Tolima. Por entonces el IDEAD había crecido de manera consistente y hacía presencia en múltiples territorios, incluso más allá de las fronteras del departamento del Tolima. La vocación de ofrecer formación contextuada, en las regiones y con programas que coadyuvan al desarrollo local y nacional, siempre ha estado en el ADN de la Universidad del Tolima, incluso desde 1969 cuando a través del programa Extramuros decidió romper los diques de Santa Helena e ir a los municipios del departamento. Hoy cuando se habla de educación con pertinencia regional, con enfoque rural y territorial, bueno es recordar este valor agregado, en especial con los programas de modalidad a distancia, las granjas, el Bajo Calima y tantos esfuerzos que constituyen un legado y un sello particular del Alma mater de los tolimenses.

En el año 2012, tuve la posibilidad de estar a cargo de la dirección del Centro Cultural de la Universidad del Tolima, en reemplazo de Julio César Carrión, quien estaba en licencia por enfermedad, allí hice parte del Comité Editorial de la Revista Aquelarre, en cuyos números también aparecen varios artículos de mi autoría. El entonces rector Héctor Villarraga (q.e.p.d) me nombró en ese cargo directivo, una vez retornó el titular y en el marco de la reorganización de la planta dada ese mismo año, pude volver al IDEAD como profesional a cargo de las publicaciones. Por entonces la directora Dra. Liliana del Basto me encomendó el reto de fortalecer dicho proceso. Ya había publicado mi primer libro de cuentos “Sueño Imperfecto”, en una convocatoria que realizó en 2009 el naciente sello Editorial de la Universidad del Tolima, el cual es hoy símbolo de producción académica, científica y cultural de la comunidad universitaria. También había participado en la creación de la Revista “Ideales, otra forma de pensar”, durante la dirección de Gerardo Montoya, la cual se editó para la celebración de los 25 años del IDEAD. Esta revista aún se edita, a finales de 2023 presentamos el número 16.

En el Sindicato de profesores universitarios (Aspu – Tolima), del cual hago parte desde el año 2008, como afiliado, secretario y luego presidente de la Junta Directiva de la Seccional Tolima, siempre lideré la construcción de pensamiento a través de publicaciones, como el blog y el Boletín Aspu Presente, en los cuales aporté como editor y muchas veces autor. En el año 2013 gané el concurso nacional de cuento RCN modalidad docente con el texto titulado “Díganle a Julio que la guerra terminó” y al año siguiente gané la convocatoria de docente de planta. Mi producción escritural académica y de creación ha estado ligada en gran parte a la Universidad del Tolima, más de diez libros publicados en su Sello Editorial dan cuenta de ello. Muchos escritos en compañía de otros docentes, productos de proyectos de investigación, ensayos, artículos y, por supuesto, poesía y cuentos.

Desde el año 2018, cuando fui nombrado en el cargo de Director del IDEAD, he procurado contribuir al fortalecimiento de la línea editorial de la Universidad y en particular del IDEAD. Por ello hemos abierto convocatorias de libros para docentes catedráticos, avanzamos en el fortalecimiento de 5 publicaciones seriadas (revistas de divulgación) de diferentes áreas del conocimiento en las cuales publican estudiantes, docentes, egresados y autores del orden nacional e internacional, y hemos apostado por la consolidación del proyecto IDEAD a través de la palabra escrita en boletines, separatas, libros institucionales, entre otros.

Ahora que hago balance de mi estadía en la Universidad del Tolima, y que celebro 3 décadas habitando sus sueños, viene a mi memoria la importancia de la palabra escrita en este largo y fructífero periplo. Quizás en este escrito olvide algunos proyectos en los que participé durante estos años, lo que sí es seguro es que las palabras hacen parte de la historia de la universidad y a través de ellas yo he podido cumplir mis sueños. Podría decir que en la Universidad del Tolima he escrito mi vida y ella, en gran parte, me ha dotado de las palabras.

agosto 10, 2023

La infancia evocada en los poemas de Alex Silgado

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Hace apenas unos días llegó a mis manos, de las mismas manos del autor Alex Silgado Ramos, el libro titulado “Antología Inacabada”. Sé que es costumbre colombiana no leer todos los libros que se compran, mucho menos los que se obsequian, pero en mi caso me ha gustado siempre contradecir las costumbres. Aunque muchos de los libros que se obsequian, y no pocos de los que se compran, no trascienden en el lector más allá de las primeras páginas, debo decir que la “Antología Inconclusa”, -que ni es antología ni está inconclusa-, logró sentarme a leer.

Debo decir también que la poesía posee una estrategia oculta que facilita su lectura y son la brevedad y el impacto de sus imágenes los ejes que guían esa provocación. Los dos artificios los encontré de plano en el poemario en cuestión, que tampoco es sólo poemario, es también bitácora de palabras narradas para viajar al pasado en donde la evocación es la trampa, porque “Un recuerdo es la piel de la infancia[1]

Aunque el libro se divide en dos grandes capítulos (El patio y Retorno), creo que la división es sólo un pretexto para tomar aire y seguir mirando el pasado a través de la ventana del lenguaje. El libro todo es una evocación, porque quizás toda obra literaria no sea más que eso, un recuerdo que va tomando forma en un presente que lo convoca, como el médium hace con los fantasmas que habitan las habitaciones de la existencia.

Para Silgado esos fantasmas perviven en la “ancha tierra / que es mi infancia”. Es un mundo intemporal, que conecta el presente y va y viene trayendo esquirlas de la felicidad que la vida desgastó. La voz poética es consciente de ello al expresar: “El tiempo ha causado estragos en la piel que ahora visto

Recordar, volver al patio de la infancia, escuchar de nuevo la voz de los abuelos, contemplar el mundo joven a través de los ojos asombrados de aquel niño que era capaz de ver que, “/el árbol de mangos / está cargados de canarios /o / que el canto de los canarios / tiene el sabor del mango maduro/”. Ese mundo distante es un mundo sinestésico, lejano pero vivo en la memoria de los sentidos. Traer de nuevo ese espacio es el clamor porque “ese patio era nuestra infancia” y lo recalca al recordar: “Habité ese patio como mi propia piel”.

El presente, el lugar desde donde se evoca, está construido de otros materiales porque la misma vida ha trastocado los paisajes, los entornos y por eso ahora se siente:

Un silencio entre tanto ruido

Una soledad entre tanta compañía

Un aroma entre tantos olores

 

De esa manera, el pasado es materia perfecta para darle forma a la nostalgia, podemos evocar para intentar sobrevivir, pero al final nos sentiremos lejanos de ese camino transitado, todo se ha transformado, los elementos han mutado y hasta:

La lluvia que

apenas ayer cantábamos

Hoy inunda todas las cosas.

 

Por eso la única redención está en recordar los rostros idos, los olores mixturados, los espacios diluidos en el tiempo; el presente sólo es posible si volvemos la mirada a lo evocado, por eso: “Ahora / es como caminar de espaldas”.

Tratar de explicar el tiempo ido es inútil, las palabras sólo sirven para construir un dique que ayude a soportar el presente. No es función de la poesía construir respuestas a esas antiguas conjeturas porque: “Los poetas no tenemos respuestas claras, sino que poetizamos para encontrar la oscuridad en la claridad y oscurecerla aún más”.

Los poemas compilados en “Antología Inacabada” de Silgado, son un pretexto completo para caminar el tiempo actual con el bordón del pasado, porque como afirma Jorge Gallarza: “El arte siempre ha sido un espejo, un medio de catarsis: da consuelo a aquel que se siente abrumado y abruma a aquel que tiene paz, no podría ser de otra manera, por eso es fascinante.”



[1] SILGADO RAMOS, Alex (2023). Antología Inacabada. Poemas. Editorial Caza de Libros. Colombia. En adelante todas las citas corresponden a esta edición.

julio 09, 2023

EL APRENDIZAJE DE LAS DESGRACIAS

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

La culpa y la salvación son abstracciones.

J. M. Coetzee

 

Perder el centro es al mismo tiempo: despertar en un escenario sin bases sólidas de lo vivido y adentrarse en una oportunidad para redescubrir otros rostros del mundo. Pocos están preparados para ello. La vida se trata de ser expulsados del vientre de la madre y buscar, desesperadamente, un espacio confortable en donde anidar la existencia. Para el ser humano común, que somos el 99.9% de quienes respiramos oxígeno, la tranquilidad es el camino, así no lo sepamos con claridad. Retornar al vientre de la madre, alimentarse sin angustias y esperar el fin del ciclo natural de la existencia es la ruta. ¿Qué pasa cuando esa confortabilidad construida durante años se rompe? De eso trata la novela “Desgracia” del escritor sudafricano J. M. Coetzee, Premio Nobel de Literatura del año 2003.

Durante toda su existencia David Lurie ha construido un mundo en donde él es el protagonista de sus decisiones, aciertos y errores. Como profesor de la Universidad Técnica de Ciudad del Cabo ha labrado un nombre promedio, como se suele desear en el mundo moderno. Con aires de intelectual añejo logra vivir cómodamente fajado a ese estilo que considera cómodo. Dos divorcios, una hija, un confortable apartamento, una calculada soledad que distrae con disertaciones de su próxima obra sobre Byron y sus encuentros sexuales comprados para mitigar una sed de dandi y mujeriego que, a sus 52 años, se niega a dejar de buscar.

En ese mundo elaborado a su medida todo parece estar puesto en su lugar, nada riñe. Es docente en un espacio-  tiempo en donde enseñar es una de las actividades más insulsas, porque “Nunca ha sido ni se ha sentido muy profesor; en esta institución del saber tan cambiada y, a su juicio emasculada, está más fuera de lugar que nunca[1]. Y es allí en esa baldosa existencial previamente delimitada en donde su vida empieza a descentrarse, las vivencias empiezan a tomar un giro inesperado y la novela dibuja una trama cuya ruta nos llevará a entender que en la vida todo está en situación de abismo.

Un encuentro sexual con una de sus jóvenes estudiantes de poesía romántica inglesa desata la cuerda y, como en la tragedia griega, da lugar a lo inevitable. Lurie ha sido un hombre de aventuras amorosas, se sabe experto en la conquista y es conocedor de los límites de las mismas, no obstante: “Pasada cierta edad, todas las aventuras van en serio. Igual que los ataques cardiacos”. La joven Melanie Isaacs se convierte entonces en su punto de quiebre, la seduce con viejas artimañas estudiadas y practicadas durante muchos años y va siendo, él mismo, presa de su instinto.

Como es de esperarse aquel pasional encuentro se vuelve público y el profesor debe ser juzgado, condenado, arrojado del paraíso de su comodidad, ha perpetuado un disloque moral, debe asumir el precio. Pero, nuestro protagonista se aferra a su molde intelectual, aunque en decadencia. No acepta que su actuar sea un error, es parte de la existencia humana, el deseo es un derecho y aunque sea ya considerado un anciano, Melanie no fue obligada a ese pasajero encuentro, ella aceptó, quizás supeditada a una tradición en donde el hombre opera como macho, pero aceptó. Por eso la reflexión del profesor es contundente:

Vivimos en una época puritana. La vida privada de las personas es un asunto público. La lascivia es algo respetable; la lascivia y el sentimiento. Lo que ellos querían era un espectáculo público: remordimiento, golpes en el pecho. Llanto y crujir de dientes a ser posible. Un espectáculo televisivo, la verdad. Y yo a eso no me presto.

Y ante la negativa de asumir la culpa desde la dimensión del espectáculo, el profesor David Lurie es expulsado de la universidad y alejado de su mundo cotidiano. Él lo acepta con resignación, es el pago de debe asumir por romper las normas sociales establecidas. Estamos en Sudáfrica, asistimos al periodo de transición entre el final del Apartheid y el establecimiento de un nuevo orden, esas conductas propias de los comportamientos coloniales y esclavistas deben ser abolidas.

No le queda más que la huida. Abandonar el confort, descentrarse, caminar hacia el abismo de la incertidumbre. Y de esa manera decide emprender el camino de la búsqueda hacia un paraje aislado, una hacienda en donde vive hace años su hija Lucy. En este cambio de espacio, Coetzee nos provee una trama ideal para que como lectores podamos configurar la imagen de dos mundos opuestos: la ciudad, la universidad, la modernidad y el campo, la tosquedad y los valores de un mundo premoderno. Un gran acierto de espacios que permiten configurar la reflexión de la forma en que seguimos siendo parte de un devenir histórico; las grandes tensiones humanas que nos preceden siempre estarán presentes.

Aunque el proscrito profesor sabe que “Los padres y los hijos no están hechos para vivir juntos”, decide pasar una temporada junto a su hija y redescubre otras formas de la sexualidad, otras violencias, otros dramas, otras angustias existenciales y, por ende, otra pulsión vital de natura. Así entendemos, a través de esa nueva tensión, que la vida tiene miles de rostros y que, en cada intersección de los caminos de los años, un nuevo asalto a los sentidos nos puede acechar. El protagonista en medio de esa nueva forma de modus vivendi descubre que “Yo más bien era lo que antes se llamaba un erudito. Escribía libros sobre personas que ya han muerto”. ¿Existe acaso una forma más inocua y prepotente de gastar nuestros días que en esas labores? Quizás al dejar de habitar la realidad, el intelectual no tiene otra opción más allá que de la de hablar con los muertos y de los muertos. 

Allá en esa aldea el viejo profesor debe reconstruir sus principios, no sin antes atravesar el duro desierto del cambio. ¿Para qué un viejo debe replantearse cosas?  Ya no hay tiempo, los designios de la vida han demarcado un derrotero, para qué virar. Pero todo cambia inevitablemente, las sociedades, los modelos de vida, los gobiernos, todo, aunque: “Cuanto más cambian las cosas, más idénticas permanecen. La historia se repite, aunque con modestia. Tal vez la historia haya aprendido una lección”. Esa es la ironía, todo cambiará en la vida del exprofesor David, pero él seguirá atrapado en un espiral en donde sus creencias y el pasado actúan como bloqueo constante.

La novela “Desgracia” es un excelente retrato de ese mundo en permanente combustión, nos permite una reflexión profunda acerca de los eventos que transforman la ruta de nuestra vida y, sobre todo, como el arte, nos conduce a redescubrir el placer de intentar llenar nuestros espacios vacíos, que siempre tendrán un lugar dispuesto para esa degustación. Buscando información para esta nota descubrí que existe una versión fílmica de la novela, dirigida por Steve Jacobs y quien da vida al profesor Lurie es, nada más y nada menos, que John Malkovich. Espero tener el placer de ver esa adaptación y ensanchar un poco más el placer del buen arte.



[1] Todas las citas en: Coetzee, J. M. (2021). Desgracia. Penguin Random House Grupo Editorial. Octava reimpresión. Traducción de Miguel Martínez-Lage.