abril 23, 2017

Nairo Quintana, un escalador en un país de trepadores

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Las grandes figuras del deporte, la farándula o el jet set, tienden a mantener un llano nivel discursivo para los medios, lo cual se traduce en respuestas políticamente correctas. Es decir, no discuten más allá de su interés profesional, lo cual gusta al orden político, puesto que, por el impacto de la opinión de un sujeto con alto índice de audiencia, su sentir puede generar sentir de masas.
Nairo no juega a eso. Su origen campesino curtido por el coraje, el embate de los días y las dificultades para triunfar en un contexto lleno de adversidades, le ha dotado de un silencioso rostro y una economía de palabras, palabras que solo usa cuando algo certero tiene que expresar. Por eso Nairo no se limita a hablar de grandes vueltas, etapas de alta montaña, sufrimientos sobre la bicicleta o luchas por el sueño amarillo; Nairo también se expresa, y certeramente, como ciudadano colombiano.
Para el Cóndor de Boyacá, no solo el Tour de Francia es importante, aunque sueña con ganarlo y seguro que lo conseguirá; también es importante resaltar la labor del campesino y su lucha por la tierra, la educación de los niños, la posibilidad de paz de los colombianos, el combate contra el machismo y por supuesto, la forma en que se organiza su deporte en el país.
Su última intervención, antes de irse para Europa a enfrentar el reto de correr el Giro de Italia y el Tour de Francia en una sola temporada, tuvo un tinte contundente de denuncia para los señores que manejan la Federación Nacional de Ciclismo. Preciso y contundente Nairo le dijo a los medios lo que todos los colombianos sabemos, y, más aún, los aficionados al ciclismo: Colombia es una potencia del ciclismo gracias al coraje de los ciclistas y a una larga tradición que se remonta al uso de la bicicleta en la vida cotidiana, pero la dirigencia, la inversión y la organización son un remedo para un país que posee hoy mismo una de las canteras más preciadas de las bielas mundiales.
La respuesta del presidente de Fedeciclismo, Jorge Ovidio González, fue tan patética como la de cualquier otro dirigente inepto de los que abundan en el zoológico público colombiano: “Nairo no sabe de ciclismo”. Es decir, un hombre de escritorio, que lleva muchos años sentado tras Fedeciclismo sin mostrar resultados fructíferos para el deporte, encontró la frase perfecta para justificar su mediocridad, su única arma ante la contundencia de los hechos fue descalificar a Nairo como interlocutor.
Quién más que la Federación de Ciclismo debe dar respuesta sobre el sinnúmero de deficiencias que presenta el deporte insigne de Colombia: la ausencia de fuertes escuelas de formación en las regiones, la falta de apoyo a las competencias locales, la escasez de controles antidopaje en todos los niveles, la falta de carreras con participación  internacional, entre muchos aspectos que no le competen solucionar a Nairo, pero que le preocupan porque él sabe que si este deporte se organiza, Colombia tendría un amplio soporte para que muchos niños y jóvenes encuentren en el ciclismo una opción digna de proyecto de vida.
Lamentablemente al burócrata de Ovidio lo nombraron (en una especie de farsa democrática) otros burócratas de las regiones que poco o nada hacen por la construcción de un sistema ciclístico nacional acorde a sus retos. Por eso aunque doloroso, no fue muy extraño que la Vuelta al Tolima se suspendiera por falta de trámites para que Invías prestara las carreteras y ofreciera la seguridad al paso de la caravana ciclística. Por eso en el Tolima, y en muchas regiones más, no se tiene velódromo, ni buenas pistas de bicicrós, ni escuelas para que los niños empiecen a emular a sus grandes ídolos y le rompan el espinazo a la falta de oportunidades.
Muy bien que Nairo no se calle, que les diga la verdad en la cara y que ponga los medios a revolotear, porque un deportista no debe preocuparse solo por darle triunfos a Colombia, sino que además, como ciudadano, debe denunciar y velar porque las cosas se hagan bien. Hoy todos tenemos un claro compromisos con la reconstrucción del país y siendo una figura pública se puede generar buena opinión para contrarrestar tanto amañamiento de los medios.
No queda duda, Nairo es un escalador para imitar, en un país que requiere llamar al orden a tanto infame trepador.




marzo 13, 2017

LA MUJER DEL ANIMAL O EL HORROR DE NUESTRA REALIDAD


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

“El cine es una verdad 24 veces por segundo”
Jean Luc Goddard

Debo confesar que hace un buen tiempo una película no me generaba tantas contrariedades como La mujer del animal, del cineasta colombiano Víctor Gaviria. Lo primero que rememoré, después de esos 120 minutos de agonía, fue la pesadumbre que me alertó los sentidos cuando vi Saló o los 120 días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini; aunque las estéticas distan entre sí, la crueldad de la imagen emparenta estas dos obras que logran colocar frente a nuestros ojos el zumo horrorizado de la condición humana; por eso se torna arte, doloroso, propio del realismo sucio.
Con una apuesta estética y actoral que ya dejó huella en el cine, esta vez Gaviria se adentra en esa realidad de las otras violencias, la del género, que pervive como hermana siamés de la miseria, la delincuencia y la insolidaridad. La mujer violentada es una metáfora cruel que hace crispar los nervios y logra el efecto de hacernos sentir que no estamos frente a una pantalla, sino que asistimos como testigos indefensos (igual que todos los coprotagonistas), a la gran función de la barbarie patriarcal, en donde la injustica danza al ritmo de una sociedad destrozada. Pegados a la silla del cine soportamos el horror de la inmovilidad. Uno quisiera levantarse, apagar el proyector para evitar que la protagonista siga sufriendo y, quizás, en una especie de necesidad catártica, deseamos que al “anti-héroe” lo ajusticien pronto, solo así nuestra mente podrá soportar que tanta inhumanidad siga taladrando los sentidos.
Hay un paisaje en el cual sucede la película y es el territorio de la ignominia. Miseria, ausencia del Estado y sus instituciones y crueldad, encarnada en “El animal”, ese siniestro personaje que merodea por todos lados dejando una estela de dolor por donde cruza y que cada vez vuelve a Amparo, el cuerpo violentado, la vida desgarrada; pero también esa crueldad habita en los ojos de “los otros”, incapaces de actuar al ver tanta atrocidad, quizás porque eso es lo primero que genera la violencia; inmovilidad.
La actriz española Ana Diosdado alguna vez expresó que “Los auténticos actores son esa raza indomable que interpreta los anhelos y fantasmas del inconsciente colectivo”, y acá sí que logran darle vida a nuestros fantasmas, porque uno podría afirmar, sin temor a fallar, que no existe un colombiano que no haya sido testigo cercano de la violencia contra una mujer; porque en la película se narra:
(…) la historia de un maltrato, pero a la vez es la historia de cómo se ha hecho del abuso de la mujer un tema común y corriente, cómo de puertas para adentro se convirtió en normal el acto abominable de pasar por encima del otro. Quizá lo más difícil en la película no sean los golpes, sino la indiferencia de los testigos: una mujer humillada en público, sacada de los pelos de una taberna, y todos en silencio, como si todo fuera un paisaje atroz y común. (Rivera, 2017, párraf. 4)
El mismo Víctor Gaviria dijo en alguna entrevista que durante la investigación para la película se encontró de frente con tantos casos de este tipo, que sintió la necesidad urgente de culminar el proyecto, porque: “A medida que íbamos investigando nos dábamos cuenta que animales hay muchos, y todos muy crueles, todos terribles: tíos, abuelos, padres”. Y ese es el mayor efecto que causa la película en los espectadores, recordarnos que ese animal desaforado, violento y sanguinario, está tan emparentado a nosotros que quizás podría llevar el mismo apellido, al menos ya tenemos la certeza de que lleva el mismo gentilicio: colombiano.
La mujer del animal es una película necesaria para Colombia, porque muestra la verdad de frente y sin anestesia. Si Gabriel García Márquez nos enseñó a vernos a través de la metáfora del realismo mágico, hace rato que Víctor Gaviria nos construyó un espejo fílmico en donde al asomarnos nos asustan nuestros propios horrores.
Referencias bibliográficas
GAVIRIA, Víctor. (2017). La mujer del animal. Colombia: Polo a Tierra / Viga Producciones
PASOLINI, Pier Paolo. (1975). Saló o los 120 días de Sodoma. Italia: United Artists
RIVERA MARÍN, Daniel. (2017). La mujer del animal: la brutalidad de la indiferencia. En. Revista Arcadia. Disponible en: http://www.revistaarcadia.com/cine/articulo/la-mujer-del-animal-pelicula-de-victor-gaviria/62498

marzo 07, 2017

EL FRACASO DE LA POLÍTICA EN EL TOLIMA

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

El Gobernador Conservador, Oscar Barreto, dice estar tranquilo, aunque le quedan siete (7) procesos en su contra. Todo un prontuario por resolver en los estrados. ¿Le seguirá favoreciendo el panorama político nacional?
Los liberales (en cabeza de Mauricio Jaramillo) estaban esperando el canazo de Barreto para celebrar, pero enmudecen ante la noticia de que Osorio, un liberal de pura cepa, queda en detención domiciliaria.
Un abogado, del círculo fraterno de los delincuentes con diplomas, Arciniegas, es condenado a 36 años por robarse (junto a otros pícaros aún no judicializados) los juegos nacionales y los escenarios deportivos de Ibagué.
Luis H, otro liberal desteñidito y tirando a azul, aliado con casi toda la clase política de la región (que ahora le da la espalda), sigue esperando el turno para ingresar a la celda.
El Polo Tolima (versión chiquita y exprimida), se agarra de las mechas entre sí para ubicarse en la próxima contienda electoral, su única apuesta de futuro.
El Centro Democrático en su tarea de siempre, inventando mentiras y escándalos para engañar incautos, como lo hace Milton Restrepo en Cajamarca, apoyando los devoradores de tierras de la Anglo Gold y llevando el santificado y virulento mensaje del senador Uribe.
El Moir, es decir, Robledo y los robledistas del Tolima, la república independiente de la izquierda, le dan la espalda a la paz y no le ofrece al país la posibilidad de superar la violencia, esa que tanto criticaron cuando hablaban de estar en contra de todas las formas de lucha, pero no de locha.
Jaramillo, el otro, Guillermo el alcalde, es interrogado por la Fiscalía ante un sonado caso de unas ya famosas escrituras. El menos enconchinado… por ahora, diría el tendero.
Muchos otros, encerrados en sus cafetines y oficinas haciendo “cálculos políticos” para caer en la senda del triunfo en las próximas elecciones. Ninguno pensando en que el Tolima se hunde como un barco viejo, oxidado y devorado por la desidia.
Y detrás de todos los antes nombrados una gran recua de aduladores, activistas, tutumeros, contratistas, leguleyos, periodistas y ciudadanos de a pie, mendigando presupuesto público y armando proyectos electoreros de urnas mentirosas que en nada cambiarán nuestra angustiosa realidad.

Con razón decía Louis Dumur que: “La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve a ellos”.

Reír para no quedar atrapado en las vanguardias

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
No es extraño encontrarnos de plano enredados en la disputa del valor del arte contemporáneo: ¿Ha decaído el arte? ¿Se ha desdibujado la estética? ¿Son tantas las expresiones del arte actual que es imposible de encasillar? Estos y otros interrogantes pululan en las academias y en los círculos artísticos y estas preguntas, al parecer, llevaron a Enrique Vila-Matas a construir su divertida novela Kassel no invita a la lógica.
La historia es sencilla en su relato: un escritor catalán (el mismo Vila—Matas quizás) es invitado al festival de arte vanguardista Documenta 13, festival que se celebra cada 5 años en la ciudad de Kassel (Alemania). Hasta ahí todos los elementos son reales, existe el escritor, el festival y la ciudad, pero no debemos olvidar que estamos en manos de un narrador que altera la realidad, eso es novelar.
El papel que debe cumplir el escritor consiste en sentarse en un restaurante chino a «escribir», permitiendo que los asistentes (al festival y/o al restaurante) lo contemplen e interactúen como si fuese una instalación. Ante muchas dudas termina por aceptar, viendo en ello la posibilidad de adentrarse en lo desconocido y en explorar el real valor del arte de vanguardia; para lo cual también solicita que le sea permitido dar una charla a la que titula: “La conferencia sin nadie”. Ya entonces el fino humor que construye la ironía se abre como gran agregado de la historia.
La ciudad de Kassel se nos dibuja, entonces, como el epicentro universal de la vanguardia, que durante cien días acoge a los artistas más novedosos del planeta con el único fin de renovar el arte, de abrirle nuevas posibilidades a las interpretaciones; eso lo va entendiendo el escritor a manera que des-anda la ciudad como si estuviese intentando descifrar las reglas de un nuevo juego, porque “era perfecto jugar a algo tan ilógico en una ciudad como Kassel, que no invita a la lógica porque no estaba relacionada con ella, pues exigía a los creadores invitados moverse por los parámetros vanguardistas de una locura de altura” (Vila-Matas, 2014, p. 250). Día a días, rehuyendo su oficio de instalación y apostándole más por convertirse en visitante de este gran museo-ciudad-instalación, el narrador-personaje nos involucra en sus propias divagaciones sobre el arte, sobre el sentido del arte en la sociedad y sobre el valor de lo artístico en un planeta en declive. Él también duda, como dudamos los lectores, sobre la real “calidad estética” de los juegos que múltiples autores instalan en la ciudad, pero de alguna manera va descubriendo la forma irónica que el arte usa para burlase o autorrepresentarse. Es como si cada obra necesitase un marco teórico para existir, o como, siguiendo los intereses posmodernos, el arte solo existiera si existe un sujeto que valora el “objeto” como arte. Veamos un ejemplo, -muchos que abundan en el texto-, que construyen la trama decorativa de esa búsqueda por el significado del arte, en donde aparentemente no hay arte; o la reivindicación psicótica del arte en donde indudablemente no existe:
(…) estaba empeñada en hablarme de una obra ya antigua de Ceal Floyer que le había gustado mucho; la había visto hacía tres años en Berlín y se titulaba, si no recordaba mal, Overgrowth, y era un bonsái fotografiado desde abajo y proyectando una diapositiva que aumentaba la imagen al tamaño de un árbol, como queriendo situar al espectador por debajo, o bien al bonsái por encima, o ambas cosas. Le pareció, dijo Boston, una forma maravillosa de desmontar el acto estúpido de haber manipulado un árbol para que permaneciera enano. La obra de Ceal Floyer le restauraba el tamaño al tiempo que alertaba de la cantidad de gente siniestra que en la vida nos salía al paso para tratar de pulverizar, fueran las que fueran, todas nuestras aspiraciones. (p. 281)
¿Estamos ante una obra que amplía su significado desde lo cotidiano o simplemente estamos ante una especulación del tamaño del Titanic? Ese es el juego al que invita la novela, la cual, a manera de intertexto, combina en cada página citas de obras, autores, dialogando constantemente con la tradición, para descubrir que quizás “cuanto más de vanguardia es un autor, menos puede permitirse caer bajo ese calificativo”. (p. 9)
Y así, entre elucubraciones que a veces se tornan pastosas, citas que pueden saturar el texto, narraciones demasiadas al detalle de las obras de arte y repeticiones narrativas, Vila-Matas lo que busca es hacernos reír, quizás porque él sabe que todos esos debates sobre el arte son tan infructíferos como los que en siglos anteriores ha dado la humanidad sobre el tema. Por eso, la novela Kassel no invita a la lógica, se me antoja como una gran carcajada con referentes epistemológicos, porque “La risa no nace nunca sino de la percepción repentina de la incongruencia entre un concepto y los objetos reales que en algún respecto se habían pensado con él, y ella misma es la simple expresión de la incongruencia”. (Schopenhauer, 2004, p. 109)
Y la risa final llega con el surgimiento de la ironía, esa risa que nos frunce el ceño y llama a seria reflexión; es cuando entonces entendemos que sin importar a lo que nombremos arte, sigue, “eso nombrado”, siendo esencial para lo humano:
¿Quién había dicho que el arte contemporáneo estaba de capa caída? Sólo los intelectuales de países incultos y deprimidos como el mío podrían llegar a pensar este tipo de barbaridades. Europa había muerto, quizás tenía razón la joven Kassel en su riguroso luto, pero el arte del mundo estaba muy vivo, era la única ventana abierta que les quedaba a los que todavía buscaban la salvación del espíritu. (Vila-Matas, 2014, p. 273)
Seguro que la novela tendrá muchas aristas para ser estudiadas, su complejidad y simbolismo así lo permiten, pero me quedo con la risa que provoca, con la invitación a no ser tan serios al momento de valorar el arte, porque quizás estemos negando el valor lúdico que es la esencia primigenia del artista: nada se puede crear sin atreverse al juego y a la risa, solo de esa manera podemos no quedar atrapados en la búsqueda infructuosa de la vanguardia.

Referencias bibliográficas

MARTÍN, Jorge. (2011). El humor y la ironía en La Risa de Henry Bergson. En: Revista Filosofía UIS. Volumen 10. No 1, pp. 143-159.

SCHOPENHAUER, Arthur. (2004). El mundo como voluntad y representación I. Madrid: Editorial Trotta.

VILA-MATAS, Enrique. (2014). Kassel no invita a la lógica. Barcelona: Seix Barral. Biblioteca breve.

febrero 10, 2017

ALGUNOS PERSONAJES DE LA UNIVERSIDAD DEL TOLIMA

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente IDEAD-UT

Algunos personajes de la Universidad del Tolima, incluyendo a un puñado que poseen etiqueta de “añejos luchadores”, hasta hoy descubren que el Alma Máter de los tolimenses está supeditada al gobierno de las élites regionales y que ellas han dirigido (lamentablemente) el destino de la educación superior púbica y por eso, en gran parte, es que nos encontramos en este atroz estado.  Hoy son los conservadores, hace unos meses eran los liberales en complicidad con muchos “librepensadores de izquierda” y otros conservadores, y si seguimos hacia atrás encontraremos que personajes “ilustres” como Delgado Peñón, Gaitán, Guillermo Santos, Gómez Méndez, Castilla, Gómez Gallo, Andrade, Santofimio y cientos de politiqueros más han criado sus polluelos en el campus, pero solo son capaces de ver a Barreto quien hoy monta sus galpones por aquí.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, incluyendo a muchos que en el pasado fueron nombrados a dedo en cargos directivos, hoy se rasgan las vestiduras clamando por democracia, incluso varios que cuando llamábamos a la construcción de Democracia Profunda, se reían en nuestras caras. Muchos de ellos hicieron naufragar la Asamblea Universitaria porque los supuestos 142 delegados no representaban a nadie, pero si fueron a sabotear e impedir que desde allí se gestara una propuesta de transformación de la UT. Hoy extrañan la democracia, esa que se negaron a construir cuando estaban en el poder o se amamantaban de él.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, creen que el gobernador Oscar Barreto es el salvador porque ayudó a tramitar el aumento de transferencias del departamento, pero vale la pena recordar que él como presidente del Consejo Superior Universitario está cumpliendo con su deber de velar por la formación pública y la universidad de la región. Claro está que en beneficio de inventario hay que recordar que al anterior gobernador, Delgado Peñón, quien supuestamente era amigo de la UT y de las directivas, terminó por extenderle una cuenta de cobro de 30 mil millones a la universidad: le salimos a deber. En ese sentido, este gobernador está avanzando, pero la deuda social del Tolima con su universidad sigue vigente. Igual, su gestión no le da derecho a instalar sus galpones por acá.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, siguen creyendo que “aquí no va a pasar nada”, continúan defendiendo esa vieja universidad burocrática que les ha dado gabelas, esa universidad estancada en la mitad del siglo pasado, parroquial, confesional y gamonalesca. Y mientras siguen llamando a su mesías o aglutinados después de mil disputas pero hoy unidos por el “destetamiento” o haciendo puntos o vegetando en oficinas o transitando indiferentes por el campus, la historia nos demuestra que si no somos capaces de gestionar el cambio, otros vendrán y nos cambiaran, y como en el cuento de Gabo alguien terminará por decirles: “Yo lo dije que algo grave iba a pasar, y... me dijeron que estaba loca”.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, claman el retorno de los brujos que les restablezca ese des-orden político que tantos dividendos les dio, cuando con tamales, arroz chino, pancartas, diplomados gratis, cooptación de seudo-líderes estudiantiles, busetadas de egresados y whisky conseguían elegirse como decanos para después repartir los puesticos a dedo. Ahora asumen que están siendo vulnerados, cuando ellos con su comportamiento deshonesto y anti-universitario contribuyeron a la debacle.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, se creen con el derecho de concentrar el poder y vetar la democracia, anclados en el discurso de “Recuperar la UT”, cuando todos sabemos que los males de la democracia no se curan limitando la democracia, sino puliéndola en el debate, en la argumentación y en la construcción colectiva, aunque sepamos que ese es un camino tortuoso en medio de una comunidad enseñada a que el grito opaca el argumento. Pero se supone que somos una institución que educa y por lo tanto, debe educarse en democracia.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, no dimensionan el valor y el peso específico que el Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) le ha dado a la región y al país, y, quizás cometiendo errores repetidos, asumen que la lógica que debe imperar es la de los indicadores que midan lo inmedible, muy en la línea de las administraciones anteriores quienes por falta de visión descuidaron un proyecto clave en la vida de la UT. Por lo tanto, debemos asumir el debate del IDEAD a la altura de las circunstancias actuales, -y sin la pasividad que hoy adormece los cuerpos del IDEAD-, pero sin olvidar cuál es la misión social del Instituto, porque si reducimos todo a indicadores y estándares, caemos en la trampa global y debemos cerrar más de la mitad de las universidades públicas de este país que no cumplen con los famosos (y letales) estándares de calidad, los cuales nunca fueron capaces de medir la potencia del saber y la cultura, mucho menos la labor social de la educación pública: ni en presencial, ni en distancia.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, empiezan a mostrarse los dientes porque según ellos se acerca el momento para definir los candidatos a la rectoría en propiedad, y en medio de esta disputa no son capaces de vislumbrar que la UT sigue en cuidados intensivos y que de las decisiones que se tomen hoy depende la recuperación financiera y académica, sobre todo está última que apenas se dibuja en el horizonte. Quizás en su lucha por un botín, terminen por darle cabida a un motín.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, viven murmurando e inventando mil historias sobre traiciones y entregas de quienes hemos asumido una posición crítica constante, quizás porque como dice el adagio popular “quien las usa, las imagina”; pero son incapaces de comprender que la universidad debe ser el interés máximo y que hoy no podemos quedarnos defendiendo la baldosa de la comodidad porque hace rato tocamos fondo.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, afortunadamente cada vez son más, (ojalá fueran todos) siguen aportando desde las cotidianidades a la reconstrucción de un proyecto vital para la sociedad como lo es la UT, y en medio de las penurias, la zozobra, la falta de claridad en las políticas y las mentiras que muchos hacen circular para evitar que las cosas cambien, se asumen como sujetos universitarios más allá de las diferencias y concepciones que sobre la Universidad se tengan. Por ellos y con ellos, vale la pena seguir en la idea de construir una universidad distinta.

febrero 06, 2017

Los mismos problemas ¿la misma escuela?

Carlos Arturo Gamboa B.
Director Grupo Investigación Argonautas

Cada vez que volvemos a los contextos educativos encontramos la ebullición de viejos problemas fermentando la realidad de la escuela. Pereciera ser que el tiempo escolar es cíclico, estamos sometidos al eterno retorno impidiendo que la escuela evolucione y dé cuenta de un mundo que cambia vertiginosamente. De la tiza al marcador, del pizarrón al acrílico, de la campana al timbre, de viejo cuaderno amarillo a la tableta, todos estos dispositivos escolares se enunciaron como elementos salvadores de la escuela y sus prácticas, pero todo parece seguir igual. Las nuevas tecnologías, los enfoques hibridados de las teorías pedagógicas, los avances de la psicología, entre cientos saberes más, parecen ser insuficientes para responder al reto de las muchedumbres de niños que cada año inundan las aulas con gritos, deseos, conflictos, angustias, desánimos, risas…
Y si los mismos problemas de siempre agobian la escuela, ¿por qué la escuela se empecina en seguir siendo la misma? Hace décadas se reclama «otra escuela», casi desde su misma fundación la escuela ha estado supeditada a transformarse. Decir que sigue siendo igual es un desafuero, lo que pasa es que no cambia al ritmo del «mundo de la vida», cambia a una velocidad imperceptible y en un planeta repleto de clics, su parsimonia desespera. Para tratar de cambiar la escuela debemos preguntar y responder otra vieja pregunta: ¿para qué la escuela hoy? Ya nadie ignora que el saber no está ubicado en la escuela como institución formal, ahora más que nunca el saber está fuera de sus muros, lejos de las aulas; se podría decir con sólidos argumentos que en donde menos pulula el conocimiento es en los salones de clases. Ahora el conocimiento está en las redes, en la web, ese laberinto de saberes que flota en el mar de la humanidad. Los docentes ya no son los símbolos de la sabiduría, ahora cualquier portal sabe más que un magister ¿entonces, para qué el docente? Otra pregunta por resolver.
No obstante, a pesar de todos estos avances, seguimos sometidos a la tiranía de la realidad. En la escuela cada día enfrentamos cientos de problemáticas y los nuevos licenciados que llegan asumen esta complejidad casi que derrotados. «La realidad es muy distinta a lo que vimos en la universidad», esta suele ser la frase más común entre los egresados de los programas formadores de maestros. Tienen razón. Si algo ha estado desconectado de los planes formativos universitarios, es la realidad.

En ese sentido, desde el Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima, hemos venido asumiendo, hace años, un modelo de trabajo basado en el enfoque problémico curricular, el cual pretende imbricar los contextos escolares, los estudiantes de pregrado y los saberes universitarios, buscando de esa manera construir un puente dialógico con la realidad. No se trata solo de saber que existen problemas (diagnosticarlos), sino que además se debe avanzar a plantear soluciones a los denominados «pequeños problemas» que no por ser pequeños dejan de ser importantes. Quizás de esta manera le aportemos más a la escuela y podamos soñar en que algún día se transforme.
----
Aparte del prólogo a Memorias del Seminario de Investigación Formativa en Contexto. IDEAD-UT-2016.

enero 29, 2017

LA MUERTE DEL TITÁN

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Tuvo que ser en 1988, año en que Kraken emprendió su primera gran gira nacional, cuando disfruté el derroche de su energía en el Coliseo Cubierto de las hoy difuntas Piscinas Olímpica. No sé quién hizo el contacto para traerlo, pero recuerdo bien la ansiedad de días completando el dinero para la boleta. Ingresamos al Coliseo repleto de energía, oliendo a cigarrillos President y Tapa Roja. Luego la voz de Elkin completó la magia. Entonces entendí que Colombia tenía una frecuencia privilegiada para el rock. Eran los días del casete, del parche en la esquina para intercambiar melodías que llegaban de todos los rincones de Latinoamérica y su apogeo rocanrolero en español. Eran los días de la consolidación de Kraken I y el tema “Muere libre” ya empezaba a dejar huella en las generaciones de jóvenes colombianos nacidos en medio de la sujeción del pensamiento oficial.
Desde entonces el Titán se encariñó con Ibagué, por acá transitó con cada uno de sus majestuosos trabajos. La última vez que lo vi en vivo fue precisamente en el Teatro Tolima en el 2014, cuando celebraba 30 años de vida artística. Elkin fue una estrella de rock sin las ínfulas de las estrellas de rock. En algunas de sus asiduas visitas a Ibagué uno podía encontrarlo en un bar de rock local, tranquilo, dialogante, como si el peso de ser leyenda no lo doblegara.
Sus canciones rápidamente se pegaron en los cuerpos sudorosos, cubiertos de esas camisetas negras que marcan en la juventud el gusto musical. Particularmente el álbum Kraken III me parece uno de los más completos del rock colombiano. Sus letras denuncian, gritan, claman, dejan evidencias intactas de los sueños, miedos y frustraciones de los jóvenes de aquellos tiempos, que por calamitoso que parezca, siguen siendo los mismos miedos y sueños de los jóvenes de estos tiempos. Temas como “Hijos del sur”, un canto universal a Latinoamérica, a su deseo de liberación; “Seres de barro y miedo”, un grito de los sin voz, de los desposeídos que inundan nuestras ciudades, que vagan en las noches solitarias de la miseria, tema que amplía en “Residuo social”. “Imperios de soledad”, “Lágrimas de fuego” y “Eres profecía”, entre otros temas, completan este álbum en donde Kraken adquiere la madurez como banda y Elkin Ramírez despliega toda la potencia de voz.
Los Kraken Siguieron recorriendo ciudades, tornándose en leyendas que desempacaban sus guitarras y teclados para cantar en medio de un país que con el ruido de sus bombas hizo perder lo mejor de nuestros sueños juveniles. Pero el Titán resistió, no se acomodó al influjo de las ventas, como si lo hizo Juanes, quien también estuvo por estas tierras con su “Niño gigante”, cuando Ekhymosis olía a futuro. Pero Kraken siguió, entonces vino “Piel de cobre” y “El símbolo de la huella”; muchos conciertos y su voz se coló en Suramérica, en los festivales de rock que sobreviven gracias a cientos de otros titanes, en las tabernas, en las nuevas caras del rock quienes nacidos en el nuevo siglo ya tararean el legado de sus sonidos. En el 2006 el trabajo “Kraken filarmónico” demostró una vez más la calidad musical de la banda, la sonoridad limpia de sus riffs, la búsqueda de letras elaboradas más allá de lo que pide la precariedad comercial y la lírica de la garganta de Elkin que se acompasaba a los violines. Todo un monumento para la posteridad.
Hoy 29 de enero de 2017, la noticia de la muerte de Elkin Ramírez conmueve, al menos a quienes entendemos que desde muchos lugares se hace cultura y que desde las cuerdas vibrantes de una guitarra y desde el grito desaforado de una lírica garganta, se dejan profundas huellas sociales para la cultura.
Nos queda volver a sus sonidos, a su legado. Ya es otro tiempo, los casetes son historia, el humo de cigarro apenas un recuerdo, pero la energía para gritar con el Titán sigue intacta, por eso hoy para recordarlo y despedirlo solo hace falta agradecerle por permitimos crecer con su voz, con su sonido y por poder gritar igual que en 1988:
Rompe el silencio de un grito,
que el mundo te escuche, no temas actuar.
No seas el sueño vencido
que teme y vence a quien teme soñar.
No seas la copia de un falso bufón,
sé uno, sé tú y nada más.
Se es libre al momento de actuar con razón.

No vivas para ser, por temor,
la presa de otros sueños.
Se vive una vez para ser
eternamente ¡libre!, ¡libre!

enero 24, 2017

COGER EL TORO POR LOS CUERNOS

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Para empezar este texto es necesario aclarar que jamás he asistido a una corrida de toros, mi más cercano interés por este tipo de actividades se limita a la ansiedad de ver la película “Sangre y arena” (1989) - que en realidad era un deseo de ver una corrida de Sharon Stone- y el asistir como televidente a algunos episodios de la serie “Puerta grande” que se hizo como homenaje a César Rincón, pero la mala actuación de Julio Sánchez Coccaro me ahuyentó rápidamente. Tampoco soy vegetariano radical y creo que nunca lo seré porque tengo una dependencia cárnica comprobada. Sin embargo, me interesa el tema que esbozaré a continuación:

Hace poco pregunté en mi muro es Facebook lo siguiente:


¿Quién sufre más?
A- El toro torturado por el banderillero y traspasado por la espada del torero
B- La vaca desangrada por el cuchillo en el matadero
C- La gallina despescuezada por la abuela para el sancocho
D- El marrano desangrado para la lechona

La reacción de mis inter-lectores fue variada, lo cual hizo más interesantes sus respuestas. Leerlas y contestar algunas provocó el deseo de escribir este texto un poco más elaborado sobre el tema, usando, por supuesto, algunas ideas de lo debatido allí. No pretendo dar cátedra, solo exponer algunos puntos de vista, en el sentido literal de la palabra “exponer”.
Según entiendo, la tauromaquia o toreo, tal como la conocemos hoy, es una actividad que pertenece a la tradición española; llegó a nosotros junto a otras barbaridades que trajeron los conquistadores en sus barcos. Como tradición la podemos juzgar imposición del colonialismo, como afirman algunos de los participantes de la discusión, lo cual no significa que los habitantes de nuestros pueblos aborígenes fueran unos santos, ellos también tenían costumbres y tradiciones que hoy podríamos llamar inhumanas; hacían sacrificios de animales a sus dioses, incluso Mayas e Incas sacrificaban seres humanos en algunas de sus festividades. Creer lo contrario es caer en la inocente teoría del “buen salvaje” promovida hace mucho por Rousseau, y que a la luz de los estudios actuales no tiene asidero.
De igual manera, alimentarse de animales es una tradición tan antigua como la aparición del homo sapiens sobre la faz de la tierra. Estudios serios afirman que el consumo de carne generó un escenario propicio para la evolución del cerebro humano, con las consecuencias positivas (o negativas) del surgimiento de la especie como la conocemos hoy.
Entonces, las tradiciones son estereotipos culturales no despojados de violencia, como el matrimonio católico, la circuncisión y el castigo físico a los hijos (y a los guardaespaldas). El hecho de que sean tradición, tanto la tauromaquia o el consumo de carne de animales, no implica que se deba aceptar ese alto simbolismo y realismo de violencia, más cuando los humanos están dotados de una capacidad de pensamiento, lo cual nos hace únicos en el planeta.  El libre albedrío que llaman otros. ¿Entonces cómo dirimir la disputa frente al toreo? Siendo radical deberíamos volvernos todos veganos, en el sentido de la total protección de las especies, lo cual tampoco garantiza la supervivencia, no olvidemos que a los dinosaurios no los mataron los humanos.
Las tradiciones deben cambiar, ese es el devenir inevitable de la evolución humana. Y deben cambiar para la preservación del yo y de lo otro. Hoy no solo los animales peligran, nosotros también ante la inevitable catástrofe que se nos avecina como un apocalipsis provocado por auto-desaforado sistema de consumo. ¿Seguimos evolucionando? Seguro, solo que el tiempo de la evolución ocurre en otras medidas más universales. Quizás, si sobrevivimos a nosotros mismos, al transcurrir algunos años la tauromaquia solo sea un hecho histórico visto como salvaje por quienes lo practicaban, de la misma manera que vemos hoy la forma en que la iglesia católica quemaba en hogueras a las llamadas brujas. En ese tiempo también una minoría se oponía, la mayoría lo disfrutaban. Lo que si no debemos olvidar es que como humanos estamos construidos de violencia y con violencia, quizás el estado último de la evolución sea vivir en paz, con nosotros y los otros. Sin devorarnos.

enero 17, 2017

Salir de las aulas, leer el territorio e intervenir los problemas


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla
Director Grupo Argonautas
Apartes del Prólogo al libro
Memorias Proyecto Aula Viva: Naturaleza, saber y aulas.

Vendrá quizás un tiempo en que los hombres,
Al contemplar sus manos,
Descubran que no todo está perdido.
José Manuel Díez


El Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima, tiene una ya extensa tradición como universidad formadora de sujetos, cuya relación con el contexto es fundamental en la construcción del diálogo de saberes, requeridos para que el modelo de la autonomía para la autoformación sea un concepto viable. Hacer presencia en múltiples espacios es una fortaleza para los programas de pregrado y posgrado que oferta e IDEAD, porque esa relación currículo Vs. contexto se retroalimenta desde las preguntas que el entorno genera y las respuestas que sobre los problemas le pueden ofrecer la realidad educativa, cuestionada por la cotidianidad.
☼☼
El programa de investigación formativa ha sido inherente al modelo pedagógico del IDEAD, un valor agregado cognitivo, suelen afirmar los pares visitantes cuando se enteran de la trayectoria del sistema. Pensada como una estrategia pedagógica le permite a la comunidad (estudiantes, sector externo y docentes) establecer diálogos y aprovechar los saberes culturales (tradición) y los saberes oficiales (academia) para proyectar soluciones a los múltiples problemas del laboratorio de la realidad.
☼☼☼
Los imperativos, globales y nacionales, condicionan la investigación de las universidades públicas a dar respuestas a los postulados de la innovación, la ciencia y la tecnología, descartando u otorgándole un ínfimo valor a los esfuerzos por solucionar problemas en contexto. Por tal razón, los grupos de investigación, los semilleros y los colectivos investigadores en general, han emprendido una carrera de ránquines, de mediciones y estandarizaciones, es decir se jugaron (o fueron seducidos u obligados) por el mundo discursivo de las competencias. En esa loca carrera por alcanzar reconocimientos, indexaciones y demás artilugios del momento imperante, la sociedad queda al margen de los intereses universitarios y los estudiosos vivimos atrapados en los muros de la fantasía académica, sin ver que fuera de los muros existe un mundo que podríamos ayudar a transformar.
☼☼☼☼
Para la investigación formativa, entonces, es casi una necesidad salir de las aulas, leer el territorio e intervenir los problemas. Y ese salir no solo es físico, es ante todo mental, es la construcción de una nueva actitud de dialogar con el vulgo, alejados de los dramas grotescos que la Ilustración engendró en los dogmas educativos. Es volcarse a la realidad y hacerse sensible ante las problemáticas cotidianas, para ayudar a pensar las salidas. No es avanzar como profetas, repletos de verdades, es más bien erigirse explorador y caminar junto a los sujetos, las comunidades y las instituciones que padecen las vicisitudes; es ayudar a construir sueños comunes para transformar las pequeñas cosas.
☼☼☼☼☼
A pesar de los negros panoramas que se ciernen sobre la educación, sobre todo la pública, debemos seguir intentándolo, ese es el oficio del verdadero pedagogo, porque como lo anuncia el poeta Manuel Díez, al iniciar este texto:
Vendrá quizás un tiempo en que los hombres,
Al contemplar sus manos,
Descubran que no todo está perdido.

enero 08, 2017

UN PARAÍSO EN CRISIS O LA TIRANÍA DE LOS PROBLEMAS

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Leer a Žižek siempre es una aventura, porque desde que formuló su propuesta de «visión de paralaje» nos ha ido a acostumbrando a abordar el mismo objeto desde otra óptica, un igual fenómeno desde otra mirada o a releer la historia para hallar en ella otras interpretaciones, incluso unas “aberrantes” como las clasificara alguna vez Umberto Eco. También en Žižek encontramos la proliferación de elementos de la cultura popular, de la sociedad de masas y un sinfín de anécdotas que se producen en un mundo cada vez más interconectado por los problemas globales, elementos muchas veces despreciados por la alta cultura que considera que el vulgo no produce, o reproduce, nada de valor conceptual para entender el mundo.
Son estos mismos elementos los que aparecen en el texto titulado Problemas en el paraíso. Del fin de la historia al fin del capitalismo, en donde nos invita a revisar varios temas que forman parte de lo que se considera el paquete de la crisis global que la humanidad enfrenta. De ese modo, nos encontramos analizando, junto al filósofo esloveno, el ascenso del populismo de derecha que el año 2016 marcó un hito con el advenimiento de Trump; el fenómeno del crecimiento desaforado y la construcción de un nuevo capitalismo en Corea del Sur y en China, lo cual más que fortalecer la idea de un mundo unificado nos enseña que en medio de ese paraíso deseado por el libre mercado, lo que hallamos es la más cruenta pesadilla de la especie humana que se enfrenta al espejo de su autodestrucción. Temas como un balance del fracaso de los movimientos de la Primavera Árabe, los Occupy Wall Street, el avance del anti-eurocentrismo, la crítica constante al papel de la izquierda en todo el mundo, la propuesta decolonial y muchos otros temas se sostienen en la tesis fundante que solo es posible un cambio en el sistema, si el cambio es radical porque: “Pueda que esto suene utópico, pero la verdadera utopía es la idea de que podemos sobrevivir con pequeños cambios cosméticos” (2016, p. 44).
Ante la tormenta de sucesos que no dan tiempo siquiera para ser interpretados, porque se superponen a nuevos hechos, el mundo pareciera estar llegando a un momento de alto pragmatismo y cinismo político, cubriéndose de un velo democrático que se ampara en la falsedad de lo que elige, como se pudo constatar en la elección de Trump o en la derrota del plebiscito de la paz en Colombia; quizás como lo expone Žižek se deba a que: “(…) la mayoría de la gente no está cualificada para decidir: lo único que quiere es mantener sus privilegios intactos, sin darse cuenta de las consecuencias catastróficas que se producirían si sus exigencias se cumplieran” (p. 50), en concordancia exclama de nuevo el autor: “No basta con liberarse del tirano; la sociedad que dio origen al tirano debe transformarse por completo”. (p. 125)
Un constante reclamo que Žižek hace, no solo en este libro sino en casi toda su obra, es acerca del papel de la izquierda, si es que aún es posible agrupar ideas y personas alrededor de este adjetivo. Por el planeta entero deambulan-mos seres aferrados a movimientos y/o consignas que parecen revolucionarias, pero que, según el esloveno, lo que hacen es enmascarar la impotencia de hacer una revolución de verdad, es decir, son revolucionarios sin revolución: ecologistas, defensores de los animales, vegetarianos, feministas y demás islas ideológicas que buscan cambiar el mundo dejando intacto el sistema. Frente a esta postura uno puede estar en desacuerdo con Žižek, aunque sus sólidos argumentos son también una invitación a revisar los derroteros que guían el quehacer político de los movimientos que se hacen llamar “alternativos”, que a la luz de los hechos se convierten en parte del sistema y avalan el cinismo de la democracia actual que domina el planeta, por eso la pregunta a resolver es la siguiente: “¿Cómo podemos pasar, entonces, del globalismo de las mercancías a un globalismo político más radical?” (p. 188).
Así, entre análisis de películas, anécdotas, citas eruditas clásicas, alusiones a discursos de la cultura de masas y referentes filosóficos de la cultura popular y de la tradición letrada, Žižek nos regala de nuevo una sonata para intentar entender un tiempo caótico que se cierne a una velocidad descomunal sobre nuestro presente. El reto siempre sigue siendo el mismo pero con otro contenido debido a que “Hoy el comunismo no es el nombre de una solución, sino el nombre de un problema, el problema del bien común en todas sus dimensiones: el bien común de la naturaleza como sustancia de nuestras vidas, el problema del bien común de nuestra biogenética, el problema de nuestros bienes comunes culturales («La propiedad intelectual»), y por último, pero no menos importante, el bien común como espacio universal de la humanidad del que nadie debería ser excluido” (p. 250).
Ojalá nos quede tiempo para ahondar en su lectura y en el debate de sus propuestas. Hoy más que nunca la izquierda, y sobre todo la colombiana, debe hacer un alto en su máquina repetitiva de los viejos manuales y detenerse a interpretar los actuales signos de la historia presente, ya no basta con seguir aferrados a los postulados pensados para otros tiempos, postulados que muchos ni leyeron de sus fuentes primigenias y menos confrontaron con las realidades de los contextos. Hoy más que nunca debemos entender los problemas que derriten esos paraísos que buscamos afanosamente, nosotros que siempre anduvimos errantes, expulsados de un lugar que deseamos pero que quizás solo es otro infierno disfrazado de democracia, globalización, libre mercado y capitalismo.

Posdata: Un caluroso saludo de año nuevo a todos los lectores de este blog.

noviembre 21, 2016

LA UNIVERSIDAD DEL TOLIMA EN LA ERA DE LA MARMOTA

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

El día de la marmota es una célebre película de 1993 dirigida por Harold Ramis; en ella se cuenta la historia de unos personajes atrapados en el tiempo cíclico, en donde vuelven siempre sobre los mismos errores. Para el protagonista cada día que empieza es el inicio de la misma tragicomedia, está sometido a un sinsentido.
Cada vez que intento hablar o escribir sobre la crisis que co-existe en la Universidad del Tolima, siento que estamos viviendo la década de la marmota. Son los mismos males los que se ciernen cada día sobre la comunidad y las respuestas de “los protagonistas” son recetas ya aplicadas y fracasadas.
Los males se pueden caracterizar en los intereses de los diversos grupos de poder que han venido rotándose los puestos de alta dirección y de cuales no salvaría a ninguno como gestor universitario, aunque entre ellos suelen culparse o alabarse de esto o aquello. La verdad si de algo ha carecido la UT es de un proyecto universitario, pero lo que si ha habido es proyecto politiquero, proyecto mercantilista, proyecto burocrático, proyecto depredador de recursos públicos y proyecto mezquino de actores de diferentes bandos y colores que al final vienen siendo “la misma cosa con otra ropa”. En medio de todo esto que la academia perviva como lo hace, es un milagro digno de otra película.
Otro mal de siempre es el Consejo Superior Universitario, ese órgano amorfo que se sostiene en la Ley 30 y que en el mayor de los casos responde a los intereses de grupos que están en el poder o se disponen a negociar con el poder. Pero lo que se pacta no es una “mejor universidad”; son puesticos para un amigo o un familiar, una dádiva, una prebenda y miles de mercancías más que hacen parte del mercado universitario. De vez en cuando llega uno que otro consejero con ganas de intentar cambiar algo, pero al final queda solo, aislado y, en el mejor de los casos, resignados a que “todo siga igual”. Si vemos el papel del CSU en lo que va de esta última crisis, entenderemos que ese Consejo se puede eliminar y quizás la Universidad funcionaría mejor, ese es su nivel de ineptitud.
Un tercer mal de la década es el de la despolitización de los actores, lo cual se refleja en esa gran margen de sujetos que la UT “ni les va, ni les viene”, esa misma franja enorme que no participa en nada, que vino por un diploma, a dictar un curso o a ganarse el pan, como suelen decirlo con un “orgullo” que lesiona la inteligencia. Ellos están ahí, son muchos, pero como en el país, permiten que los demás decidan a su antojo.
Otro mal que viene de hace décadas es el que construye la vieja ideología que alguna vez creyó que la universidad pública era un campo de batalla, pero no exactamente del saber. Con el paso de los años terminaron siendo puestas en escenas teatrales de verborreicos discursos que se repiten hasta no significar nada. Simulaciones, alaridos, gritos, performance en el sin tiempo que para subsistir está dispuesto a subastarse.

Hoy que de nuevo la crisis se cierne sobre la Universidad del Tolima, como un oscuro manto que baja de la Martinica, no queda más, como en la película, que esperar que de tanto repetirse la realidad se autodestruya, porque con estos males, estos sujetos y estas mañas quizás solo podamos escenificar una pesadilla.

octubre 31, 2016

TRANSCURRIR UT (Octubre 31- 2016)

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente UT
1.
Celebramos que las brujas siguen vivas sin entender por qué querían quemarlas. Olvidamos que la iglesia condenó sus cuerpos a la hoguera porque se salieron de la horma de su doctrina. Y en la Universidad del Tolima la edad media sigue vigente, con todo y dogmas, con todo y oscurantismo, no parece una academia, parece un monasterio. Lo que alumbra, que debe ser el conocimiento, se apaga tristemente ante el embate continuo de los monjes del poder.
2.
Hablar de Universidad del Tolima y crisis parece un pleonasmo. Pero hay que entender que no se derrota una tradición de clientelismo y corrupción con solo buenas voluntades. La pelea es larga, el compromiso debe ser cotidiano y las voluntades férreas. Quienes de verdad deseamos “otra universidad”, peleamos y nos aferramos a la idea de que es posible. Muchos pelean por ser parte del grupo de poder que gobierna, otros pelean por un lugar en el organigrama, otros pelean porque se sienten huérfanos de poder, pero el verdadero sentido debe estar ubicado en la necesidad de hacer de la Universidad del Tolima un centro del saber, a la altura del tiempo y sus retos.
3.
Mientras giren a las cuentas bancarias de los empleados y docentes, las aguas siguen quietas. Los rumores van y vienen, pero para la mayoría la palabra crisis tiene una relación semántica directa con nómina. Muchos se tranzan con monedas o usan sus disfraces para obtener los dulces que siempre reparte, en sus primeros días, el poder de turno. No hay peor escenario para una institución pública que saberse prisionera de una tradición mediocre y mezquina que considera que todo es “comprable”. Mantener las vestiduras limpias es la mejor carta de presentación de quien reclama coherencia, y por el campus caminan muchos “luchadores” impregnados del tufo del poder de esta administración de Omar Mejía, de la Herman Muñoz, la de Villarraga y hasta la de Rivera Bulla, el pasado está ahí para recordarlo. Muchos gritan, no por un proyecto de universidad digno, sino porque perdieron esos privilegios que otorga la universidad del amiguismo, el clientelismo, el nepotismo y otros ismos, practicado siempre por los mismos: Por este gobernador y el anterior, la diferencia es el color, no el proceder.
4.
La Universidad del Tolima no debe estar habitada por ángeles, sino por humanos éticos, no queremos disfraces con alas blancas cubriendo cuerpos demoniacos. No nos llamemos a engaños, muchos quienes hoy ven el desastre, la hecatombe y otros males (que son reales), hace dos meses veían solo tranquilos paraísos, es que el opio de los contratos, las prebendas, los amiguismo y las repartijas, crean visiones pertinentes y obligan a la lengua a callar.
5.
Quienes deseamos otra universidad estaremos siempre dispuestos a su construcción, desde nuestros discursos y desde nuestras acciones. Se pelea también dando ejemplo. Ahí nos encontramos, con honestidad y desprendimiento por salvaguardar lo público, ese último bastión de lo que quizás podemos defender como común, pero que hace rato está en manos de las élites y sus apetitos. Pero dejen de usar mascaritas de Halloween, desnuden sus intereses, no intenten santificar demonios burocráticos con el cuento de que el pasado fue mejor. La UT aún tiene posibilidades de ser una institución pública ejemplar, pero eso no se construye de la noche a la mañana, la pelea es larga, de frente y con honestidad. Si no es así, usted no busca salvar la universidad, busca es salvarse, aferrarse a su puestico, conservar el de su pariente o continuar con sus gabelas. Entonces mejor siga con su mascarita, alguien siempre te ofrecerá un dulce si cantas lo que se te pide cantar.

octubre 03, 2016

SOLO LOS OBSTINADOS HEREDARÁN SUS SUEÑOS

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Ayer 2 de octubre de 2016 Colombia vivió uno de sus más expectantes momentos, desde las 4:30 hasta pasadas las 5:00 pm, muchos creímos estar atrapados en una película de horror, padecimos el vértigo de la verdad. Cansado de tanta alharaca televisiva y mediática, decidí, después de votar, irme a cine con mis dos hijos de 16 y 15 años. Cuando salí noté la pesadumbre que acompañaba los rostros de la gente. El taxista que nos recogió llevaba en su cara la marca de un dolor que no contuvo, por eso me preguntó:
- ¿Cómo vio los resultados?, luego así mismo se contestó: ganó el No.
No podía creerlo, pero esa opción estaba anidada entre mis miedos. Miré a mis hijos, quienes también abrieron sus ojos casi acuosos. Luego el chofer intentó explicarme algunas cosas, dijo que era de Anzoátegui (Tolima), que su pueblo había sido muy azotado por la violencia, culpó al presidente Santos de esta derrota, dijo que todo se pondría peor. Le subió el volumen al radio para escuchar un nuevo boletín, era inevitable, las urnas daban su veredicto. Lo miré por el espejo, sus ojos estaban rojos, parecía haber llorado:
- Este país está loco, me dijo, la cagamos.
Miré de nuevo a mis hijos, mientras escuchaba al taxista que decía con un profundo lamento:
- Voté por el No, creí que el Si ganaba ampliamente.
No le dije nada, entendí su angustia, la mía, la de los colombianos que a esa hora nos unía un silencioso llanto de angustioso porvenir. Le pagué el servicio y le deseé suerte.
Llegué donde mi madre, nos habíamos puesto cita para celebrar el triunfo del Si. Mi madre ha vivido muchas guerras, los 52 años de este conflicto, que pretendíamos sellar, se los patió toditos, más otras violencias no inventariadas. La encontré contrariada mirando los boletines electorales. Nos saludamos con la complicidad de la zozobra, ella, sus nietos y yo. El tema era inevitable:
- Van ganando, me dijo. En su enunciación se notaba una leve esperanza en los últimos resultados.
- Ganaron, les respondí apesadumbrado.
Preparó un tinto el cual nos ofreció con achiras. Conversamos de algunas cosas cotidianas, de su salud, de mi trabajo, de sus nietos que siguen creciendo como varas. Pero volvimos a la inevitable realidad:
- Los colombianos aún seguimos matándonos entre godos y liberales, dijo-, la culpa no es del presidente, pueden poner ahí el más bueno y nosotros seguiremos en guerra, así somos, estamos malditos, concluyó sentenciando su argumento.
Volví a mirar a mis hijos y por un instante los imaginé obligados a prestar servicio militar, enfrentados en la selva a otro colombiano, ambos sin saber exactamente por qué, quizás porque los colombianos somos así. Sentí ira.
El 2 de octubre terminó muy silencioso, aunque los medios hacían mucha bulla. Las redes sociales se inundaron de lamentos, la desolación parecía ser la reina de las frases. La rabia en muchos no se pudo ocultar, sentían que Colombia era inviable, agónica, condenada a cien años más de soledad y guerra. Pensé entonces por qué la mayoría votó por el No, estas son mis conclusiones: Seguimos atados al miedo y la mentira, son las ganancias que nos ha dejado vivir siempre en guerra. 
Muchos de los simpatizantes del No celebraron dando gracias a Dios por el milagro. Ahí ya tenemos un síntoma. Las diferentes sectas que apoyaron el No, argumentaban que el comunismo se tomaría el país, que los gais serían presidentes, que la ideología de género destruiría la familia. Conozco profesores universitarios, con formación posgradual, que están convencidos de lo anterior, he ahí otro síntoma. De algo estoy seguro, si el Dios de los católicos y cristianos existiera celebraría la guerra, leyendo la Biblia se comprueba, es un Dios de ira, incluso alguna vez inundó el mundo para matarlos a todos, según el mito solo salvó al borracho de Noé y su familia. Por eso en Colombia necesitamos una educación laica, vivimos en la edad media, quemamos libros, perseguimos al diferente, actuamos como inquisidores. Ahí tenemos una gran tarea que hacer.
Otro aspecto relevante en esta decisión fue el miedo, lo vi en el rostro del taxista. Tenemos miedo de ser distintos, nos dijeron que los colombianos somos así, lo ratificó mi madre. Si algo mata la guerra es la esperanza, nos hunde en la desolación y nos ata a las pesadas cadenas de la resignación. Ayer muchos fueron a las urnas con miedo, otros no fueron por miedo. El miedo es hermano siamés de la mentira. 
Para alguien que desea y sueña con transformar la realidad, el 2 de octubre de 2016 puede ser la renuncia, pero solo los obstinados heredarán sus sueños. Si algo queda claro para Colombia hoy 3 de octubre, es que quienes nos empeñamos en construir un futuro mejor para este país tenemos muchos retos, y para los educadores el reto se potencia. Rendirse ahora sería quedar atrapado en las redes del miedo y la mentira. Ayer se ratificó la necesidad de cambio, hoy me levanto refirmando un mensaje para mí, para mis hijos, para mi madre, para los que sueñan: "El día en que me despierte sin ganas de cambiar el mundo, será el día en que el mundo me habrá cambiado", y ese día no es hoy.