enero 24, 2017

COGER EL TORO POR LOS CUERNOS

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Para empezar este texto es necesario aclarar que jamás he asistido a una corrida de toros, mi más cercano interés por este tipo de actividades se limita a la ansiedad de ver la película “Sangre y arena” (1989) - que en realidad era un deseo de ver una corrida de Sharon Stone- y el asistir como televidente a algunos episodios de la serie “Puerta grande” que se hizo como homenaje a César Rincón, pero la mala actuación de Julio Sánchez Coccaro me ahuyentó rápidamente. Tampoco soy vegetariano radical y creo que nunca lo seré porque tengo una dependencia cárnica comprobada. Sin embargo, me interesa el tema que esbozaré a continuación:

Hace poco pregunté en mi muro es Facebook lo siguiente:


¿Quién sufre más?
A- El toro torturado por el banderillero y traspasado por la espada del torero
B- La vaca desangrada por el cuchillo en el matadero
C- La gallina despescuezada por la abuela para el sancocho
D- El marrano desangrado para la lechona

La reacción de mis inter-lectores fue variada, lo cual hizo más interesantes sus respuestas. Leerlas y contestar algunas provocó el deseo de escribir este texto un poco más elaborado sobre el tema, usando, por supuesto, algunas ideas de lo debatido allí. No pretendo dar cátedra, solo exponer algunos puntos de vista, en el sentido literal de la palabra “exponer”.
Según entiendo, la tauromaquia o toreo, tal como la conocemos hoy, es una actividad que pertenece a la tradición española; llegó a nosotros junto a otras barbaridades que trajeron los conquistadores en sus barcos. Como tradición la podemos juzgar imposición del colonialismo, como afirman algunos de los participantes de la discusión, lo cual no significa que los habitantes de nuestros pueblos aborígenes fueran unos santos, ellos también tenían costumbres y tradiciones que hoy podríamos llamar inhumanas; hacían sacrificios de animales a sus dioses, incluso Mayas e Incas sacrificaban seres humanos en algunas de sus festividades. Creer lo contrario es caer en la inocente teoría del “buen salvaje” promovida hace mucho por Rousseau, y que a la luz de los estudios actuales no tiene asidero.
De igual manera, alimentarse de animales es una tradición tan antigua como la aparición del homo sapiens sobre la faz de la tierra. Estudios serios afirman que el consumo de carne generó un escenario propicio para la evolución del cerebro humano, con las consecuencias positivas (o negativas) del surgimiento de la especie como la conocemos hoy.
Entonces, las tradiciones son estereotipos culturales no despojados de violencia, como el matrimonio católico, la circuncisión y el castigo físico a los hijos (y a los guardaespaldas). El hecho de que sean tradición, tanto la tauromaquia o el consumo de carne de animales, no implica que se deba aceptar ese alto simbolismo y realismo de violencia, más cuando los humanos están dotados de una capacidad de pensamiento, lo cual nos hace únicos en el planeta.  El libre albedrío que llaman otros. ¿Entonces cómo dirimir la disputa frente al toreo? Siendo radical deberíamos volvernos todos veganos, en el sentido de la total protección de las especies, lo cual tampoco garantiza la supervivencia, no olvidemos que a los dinosaurios no los mataron los humanos.
Las tradiciones deben cambiar, ese es el devenir inevitable de la evolución humana. Y deben cambiar para la preservación del yo y de lo otro. Hoy no solo los animales peligran, nosotros también ante la inevitable catástrofe que se nos avecina como un apocalipsis provocado por auto-desaforado sistema de consumo. ¿Seguimos evolucionando? Seguro, solo que el tiempo de la evolución ocurre en otras medidas más universales. Quizás, si sobrevivimos a nosotros mismos, al transcurrir algunos años la tauromaquia solo sea un hecho histórico visto como salvaje por quienes lo practicaban, de la misma manera que vemos hoy la forma en que la iglesia católica quemaba en hogueras a las llamadas brujas. En ese tiempo también una minoría se oponía, la mayoría lo disfrutaban. Lo que si no debemos olvidar es que como humanos estamos construidos de violencia y con violencia, quizás el estado último de la evolución sea vivir en paz, con nosotros y los otros. Sin devorarnos.

enero 17, 2017

Salir de las aulas, leer el territorio e intervenir los problemas


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla
Director Grupo Argonautas
Apartes del Prólogo al libro
Memorias Proyecto Aula Viva: Naturaleza, saber y aulas.

Vendrá quizás un tiempo en que los hombres,
Al contemplar sus manos,
Descubran que no todo está perdido.
José Manuel Díez


El Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima, tiene una ya extensa tradición como universidad formadora de sujetos, cuya relación con el contexto es fundamental en la construcción del diálogo de saberes, requeridos para que el modelo de la autonomía para la autoformación sea un concepto viable. Hacer presencia en múltiples espacios es una fortaleza para los programas de pregrado y posgrado que oferta e IDEAD, porque esa relación currículo Vs. contexto se retroalimenta desde las preguntas que el entorno genera y las respuestas que sobre los problemas le pueden ofrecer la realidad educativa, cuestionada por la cotidianidad.
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El programa de investigación formativa ha sido inherente al modelo pedagógico del IDEAD, un valor agregado cognitivo, suelen afirmar los pares visitantes cuando se enteran de la trayectoria del sistema. Pensada como una estrategia pedagógica le permite a la comunidad (estudiantes, sector externo y docentes) establecer diálogos y aprovechar los saberes culturales (tradición) y los saberes oficiales (academia) para proyectar soluciones a los múltiples problemas del laboratorio de la realidad.
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Los imperativos, globales y nacionales, condicionan la investigación de las universidades públicas a dar respuestas a los postulados de la innovación, la ciencia y la tecnología, descartando u otorgándole un ínfimo valor a los esfuerzos por solucionar problemas en contexto. Por tal razón, los grupos de investigación, los semilleros y los colectivos investigadores en general, han emprendido una carrera de ránquines, de mediciones y estandarizaciones, es decir se jugaron (o fueron seducidos u obligados) por el mundo discursivo de las competencias. En esa loca carrera por alcanzar reconocimientos, indexaciones y demás artilugios del momento imperante, la sociedad queda al margen de los intereses universitarios y los estudiosos vivimos atrapados en los muros de la fantasía académica, sin ver que fuera de los muros existe un mundo que podríamos ayudar a transformar.
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Para la investigación formativa, entonces, es casi una necesidad salir de las aulas, leer el territorio e intervenir los problemas. Y ese salir no solo es físico, es ante todo mental, es la construcción de una nueva actitud de dialogar con el vulgo, alejados de los dramas grotescos que la Ilustración engendró en los dogmas educativos. Es volcarse a la realidad y hacerse sensible ante las problemáticas cotidianas, para ayudar a pensar las salidas. No es avanzar como profetas, repletos de verdades, es más bien erigirse explorador y caminar junto a los sujetos, las comunidades y las instituciones que padecen las vicisitudes; es ayudar a construir sueños comunes para transformar las pequeñas cosas.
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A pesar de los negros panoramas que se ciernen sobre la educación, sobre todo la pública, debemos seguir intentándolo, ese es el oficio del verdadero pedagogo, porque como lo anuncia el poeta Manuel Díez, al iniciar este texto:
Vendrá quizás un tiempo en que los hombres,
Al contemplar sus manos,
Descubran que no todo está perdido.

enero 08, 2017

UN PARAÍSO EN CRISIS O LA TIRANÍA DE LOS PROBLEMAS

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Leer a Žižek siempre es una aventura, porque desde que formuló su propuesta de «visión de paralaje» nos ha ido a acostumbrando a abordar el mismo objeto desde otra óptica, un igual fenómeno desde otra mirada o a releer la historia para hallar en ella otras interpretaciones, incluso unas “aberrantes” como las clasificara alguna vez Umberto Eco. También en Žižek encontramos la proliferación de elementos de la cultura popular, de la sociedad de masas y un sinfín de anécdotas que se producen en un mundo cada vez más interconectado por los problemas globales, elementos muchas veces despreciados por la alta cultura que considera que el vulgo no produce, o reproduce, nada de valor conceptual para entender el mundo.
Son estos mismos elementos los que aparecen en el texto titulado Problemas en el paraíso. Del fin de la historia al fin del capitalismo, en donde nos invita a revisar varios temas que forman parte de lo que se considera el paquete de la crisis global que la humanidad enfrenta. De ese modo, nos encontramos analizando, junto al filósofo esloveno, el ascenso del populismo de derecha que el año 2016 marcó un hito con el advenimiento de Trump; el fenómeno del crecimiento desaforado y la construcción de un nuevo capitalismo en Corea del Sur y en China, lo cual más que fortalecer la idea de un mundo unificado nos enseña que en medio de ese paraíso deseado por el libre mercado, lo que hallamos es la más cruenta pesadilla de la especie humana que se enfrenta al espejo de su autodestrucción. Temas como un balance del fracaso de los movimientos de la Primavera Árabe, los Occupy Wall Street, el avance del anti-eurocentrismo, la crítica constante al papel de la izquierda en todo el mundo, la propuesta decolonial y muchos otros temas se sostienen en la tesis fundante que solo es posible un cambio en el sistema, si el cambio es radical porque: “Pueda que esto suene utópico, pero la verdadera utopía es la idea de que podemos sobrevivir con pequeños cambios cosméticos” (2016, p. 44).
Ante la tormenta de sucesos que no dan tiempo siquiera para ser interpretados, porque se superponen a nuevos hechos, el mundo pareciera estar llegando a un momento de alto pragmatismo y cinismo político, cubriéndose de un velo democrático que se ampara en la falsedad de lo que elige, como se pudo constatar en la elección de Trump o en la derrota del plebiscito de la paz en Colombia; quizás como lo expone Žižek se deba a que: “(…) la mayoría de la gente no está cualificada para decidir: lo único que quiere es mantener sus privilegios intactos, sin darse cuenta de las consecuencias catastróficas que se producirían si sus exigencias se cumplieran” (p. 50), en concordancia exclama de nuevo el autor: “No basta con liberarse del tirano; la sociedad que dio origen al tirano debe transformarse por completo”. (p. 125)
Un constante reclamo que Žižek hace, no solo en este libro sino en casi toda su obra, es acerca del papel de la izquierda, si es que aún es posible agrupar ideas y personas alrededor de este adjetivo. Por el planeta entero deambulan-mos seres aferrados a movimientos y/o consignas que parecen revolucionarias, pero que, según el esloveno, lo que hacen es enmascarar la impotencia de hacer una revolución de verdad, es decir, son revolucionarios sin revolución: ecologistas, defensores de los animales, vegetarianos, feministas y demás islas ideológicas que buscan cambiar el mundo dejando intacto el sistema. Frente a esta postura uno puede estar en desacuerdo con Žižek, aunque sus sólidos argumentos son también una invitación a revisar los derroteros que guían el quehacer político de los movimientos que se hacen llamar “alternativos”, que a la luz de los hechos se convierten en parte del sistema y avalan el cinismo de la democracia actual que domina el planeta, por eso la pregunta a resolver es la siguiente: “¿Cómo podemos pasar, entonces, del globalismo de las mercancías a un globalismo político más radical?” (p. 188).
Así, entre análisis de películas, anécdotas, citas eruditas clásicas, alusiones a discursos de la cultura de masas y referentes filosóficos de la cultura popular y de la tradición letrada, Žižek nos regala de nuevo una sonata para intentar entender un tiempo caótico que se cierne a una velocidad descomunal sobre nuestro presente. El reto siempre sigue siendo el mismo pero con otro contenido debido a que “Hoy el comunismo no es el nombre de una solución, sino el nombre de un problema, el problema del bien común en todas sus dimensiones: el bien común de la naturaleza como sustancia de nuestras vidas, el problema del bien común de nuestra biogenética, el problema de nuestros bienes comunes culturales («La propiedad intelectual»), y por último, pero no menos importante, el bien común como espacio universal de la humanidad del que nadie debería ser excluido” (p. 250).
Ojalá nos quede tiempo para ahondar en su lectura y en el debate de sus propuestas. Hoy más que nunca la izquierda, y sobre todo la colombiana, debe hacer un alto en su máquina repetitiva de los viejos manuales y detenerse a interpretar los actuales signos de la historia presente, ya no basta con seguir aferrados a los postulados pensados para otros tiempos, postulados que muchos ni leyeron de sus fuentes primigenias y menos confrontaron con las realidades de los contextos. Hoy más que nunca debemos entender los problemas que derriten esos paraísos que buscamos afanosamente, nosotros que siempre anduvimos errantes, expulsados de un lugar que deseamos pero que quizás solo es otro infierno disfrazado de democracia, globalización, libre mercado y capitalismo.

Posdata: Un caluroso saludo de año nuevo a todos los lectores de este blog.

noviembre 21, 2016

LA UNIVERSIDAD DEL TOLIMA EN LA ERA DE LA MARMOTA

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

El día de la marmota es una célebre película de 1993 dirigida por Harold Ramis; en ella se cuenta la historia de unos personajes atrapados en el tiempo cíclico, en donde vuelven siempre sobre los mismos errores. Para el protagonista cada día que empieza es el inicio de la misma tragicomedia, está sometido a un sinsentido.
Cada vez que intento hablar o escribir sobre la crisis que co-existe en la Universidad del Tolima, siento que estamos viviendo la década de la marmota. Son los mismos males los que se ciernen cada día sobre la comunidad y las respuestas de “los protagonistas” son recetas ya aplicadas y fracasadas.
Los males se pueden caracterizar en los intereses de los diversos grupos de poder que han venido rotándose los puestos de alta dirección y de cuales no salvaría a ninguno como gestor universitario, aunque entre ellos suelen culparse o alabarse de esto o aquello. La verdad si de algo ha carecido la UT es de un proyecto universitario, pero lo que si ha habido es proyecto politiquero, proyecto mercantilista, proyecto burocrático, proyecto depredador de recursos públicos y proyecto mezquino de actores de diferentes bandos y colores que al final vienen siendo “la misma cosa con otra ropa”. En medio de todo esto que la academia perviva como lo hace, es un milagro digno de otra película.
Otro mal de siempre es el Consejo Superior Universitario, ese órgano amorfo que se sostiene en la Ley 30 y que en el mayor de los casos responde a los intereses de grupos que están en el poder o se disponen a negociar con el poder. Pero lo que se pacta no es una “mejor universidad”; son puesticos para un amigo o un familiar, una dádiva, una prebenda y miles de mercancías más que hacen parte del mercado universitario. De vez en cuando llega uno que otro consejero con ganas de intentar cambiar algo, pero al final queda solo, aislado y, en el mejor de los casos, resignados a que “todo siga igual”. Si vemos el papel del CSU en lo que va de esta última crisis, entenderemos que ese Consejo se puede eliminar y quizás la Universidad funcionaría mejor, ese es su nivel de ineptitud.
Un tercer mal de la década es el de la despolitización de los actores, lo cual se refleja en esa gran margen de sujetos que la UT “ni les va, ni les viene”, esa misma franja enorme que no participa en nada, que vino por un diploma, a dictar un curso o a ganarse el pan, como suelen decirlo con un “orgullo” que lesiona la inteligencia. Ellos están ahí, son muchos, pero como en el país, permiten que los demás decidan a su antojo.
Otro mal que viene de hace décadas es el que construye la vieja ideología que alguna vez creyó que la universidad pública era un campo de batalla, pero no exactamente del saber. Con el paso de los años terminaron siendo puestas en escenas teatrales de verborreicos discursos que se repiten hasta no significar nada. Simulaciones, alaridos, gritos, performance en el sin tiempo que para subsistir está dispuesto a subastarse.

Hoy que de nuevo la crisis se cierne sobre la Universidad del Tolima, como un oscuro manto que baja de la Martinica, no queda más, como en la película, que esperar que de tanto repetirse la realidad se autodestruya, porque con estos males, estos sujetos y estas mañas quizás solo podamos escenificar una pesadilla.

octubre 31, 2016

TRANSCURRIR UT (Octubre 31- 2016)

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente UT
1.
Celebramos que las brujas siguen vivas sin entender por qué querían quemarlas. Olvidamos que la iglesia condenó sus cuerpos a la hoguera porque se salieron de la horma de su doctrina. Y en la Universidad del Tolima la edad media sigue vigente, con todo y dogmas, con todo y oscurantismo, no parece una academia, parece un monasterio. Lo que alumbra, que debe ser el conocimiento, se apaga tristemente ante el embate continuo de los monjes del poder.
2.
Hablar de Universidad del Tolima y crisis parece un pleonasmo. Pero hay que entender que no se derrota una tradición de clientelismo y corrupción con solo buenas voluntades. La pelea es larga, el compromiso debe ser cotidiano y las voluntades férreas. Quienes de verdad deseamos “otra universidad”, peleamos y nos aferramos a la idea de que es posible. Muchos pelean por ser parte del grupo de poder que gobierna, otros pelean por un lugar en el organigrama, otros pelean porque se sienten huérfanos de poder, pero el verdadero sentido debe estar ubicado en la necesidad de hacer de la Universidad del Tolima un centro del saber, a la altura del tiempo y sus retos.
3.
Mientras giren a las cuentas bancarias de los empleados y docentes, las aguas siguen quietas. Los rumores van y vienen, pero para la mayoría la palabra crisis tiene una relación semántica directa con nómina. Muchos se tranzan con monedas o usan sus disfraces para obtener los dulces que siempre reparte, en sus primeros días, el poder de turno. No hay peor escenario para una institución pública que saberse prisionera de una tradición mediocre y mezquina que considera que todo es “comprable”. Mantener las vestiduras limpias es la mejor carta de presentación de quien reclama coherencia, y por el campus caminan muchos “luchadores” impregnados del tufo del poder de esta administración de Omar Mejía, de la Herman Muñoz, la de Villarraga y hasta la de Rivera Bulla, el pasado está ahí para recordarlo. Muchos gritan, no por un proyecto de universidad digno, sino porque perdieron esos privilegios que otorga la universidad del amiguismo, el clientelismo, el nepotismo y otros ismos, practicado siempre por los mismos: Por este gobernador y el anterior, la diferencia es el color, no el proceder.
4.
La Universidad del Tolima no debe estar habitada por ángeles, sino por humanos éticos, no queremos disfraces con alas blancas cubriendo cuerpos demoniacos. No nos llamemos a engaños, muchos quienes hoy ven el desastre, la hecatombe y otros males (que son reales), hace dos meses veían solo tranquilos paraísos, es que el opio de los contratos, las prebendas, los amiguismo y las repartijas, crean visiones pertinentes y obligan a la lengua a callar.
5.
Quienes deseamos otra universidad estaremos siempre dispuestos a su construcción, desde nuestros discursos y desde nuestras acciones. Se pelea también dando ejemplo. Ahí nos encontramos, con honestidad y desprendimiento por salvaguardar lo público, ese último bastión de lo que quizás podemos defender como común, pero que hace rato está en manos de las élites y sus apetitos. Pero dejen de usar mascaritas de Halloween, desnuden sus intereses, no intenten santificar demonios burocráticos con el cuento de que el pasado fue mejor. La UT aún tiene posibilidades de ser una institución pública ejemplar, pero eso no se construye de la noche a la mañana, la pelea es larga, de frente y con honestidad. Si no es así, usted no busca salvar la universidad, busca es salvarse, aferrarse a su puestico, conservar el de su pariente o continuar con sus gabelas. Entonces mejor siga con su mascarita, alguien siempre te ofrecerá un dulce si cantas lo que se te pide cantar.

octubre 03, 2016

SOLO LOS OBSTINADOS HEREDARÁN SUS SUEÑOS

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Ayer 2 de octubre de 2016 Colombia vivió uno de sus más expectantes momentos, desde las 4:30 hasta pasadas las 5:00 pm, muchos creímos estar atrapados en una película de horror, padecimos el vértigo de la verdad. Cansado de tanta alharaca televisiva y mediática, decidí, después de votar, irme a cine con mis dos hijos de 16 y 15 años. Cuando salí noté la pesadumbre que acompañaba los rostros de la gente. El taxista que nos recogió llevaba en su cara la marca de un dolor que no contuvo, por eso me preguntó:
- ¿Cómo vio los resultados?, luego así mismo se contestó: ganó el No.
No podía creerlo, pero esa opción estaba anidada entre mis miedos. Miré a mis hijos, quienes también abrieron sus ojos casi acuosos. Luego el chofer intentó explicarme algunas cosas, dijo que era de Anzoátegui (Tolima), que su pueblo había sido muy azotado por la violencia, culpó al presidente Santos de esta derrota, dijo que todo se pondría peor. Le subió el volumen al radio para escuchar un nuevo boletín, era inevitable, las urnas daban su veredicto. Lo miré por el espejo, sus ojos estaban rojos, parecía haber llorado:
- Este país está loco, me dijo, la cagamos.
Miré de nuevo a mis hijos, mientras escuchaba al taxista que decía con un profundo lamento:
- Voté por el No, creí que el Si ganaba ampliamente.
No le dije nada, entendí su angustia, la mía, la de los colombianos que a esa hora nos unía un silencioso llanto de angustioso porvenir. Le pagué el servicio y le deseé suerte.
Llegué donde mi madre, nos habíamos puesto cita para celebrar el triunfo del Si. Mi madre ha vivido muchas guerras, los 52 años de este conflicto, que pretendíamos sellar, se los patió toditos, más otras violencias no inventariadas. La encontré contrariada mirando los boletines electorales. Nos saludamos con la complicidad de la zozobra, ella, sus nietos y yo. El tema era inevitable:
- Van ganando, me dijo. En su enunciación se notaba una leve esperanza en los últimos resultados.
- Ganaron, les respondí apesadumbrado.
Preparó un tinto el cual nos ofreció con achiras. Conversamos de algunas cosas cotidianas, de su salud, de mi trabajo, de sus nietos que siguen creciendo como varas. Pero volvimos a la inevitable realidad:
- Los colombianos aún seguimos matándonos entre godos y liberales, dijo-, la culpa no es del presidente, pueden poner ahí el más bueno y nosotros seguiremos en guerra, así somos, estamos malditos, concluyó sentenciando su argumento.
Volví a mirar a mis hijos y por un instante los imaginé obligados a prestar servicio militar, enfrentados en la selva a otro colombiano, ambos sin saber exactamente por qué, quizás porque los colombianos somos así. Sentí ira.
El 2 de octubre terminó muy silencioso, aunque los medios hacían mucha bulla. Las redes sociales se inundaron de lamentos, la desolación parecía ser la reina de las frases. La rabia en muchos no se pudo ocultar, sentían que Colombia era inviable, agónica, condenada a cien años más de soledad y guerra. Pensé entonces por qué la mayoría votó por el No, estas son mis conclusiones: Seguimos atados al miedo y la mentira, son las ganancias que nos ha dejado vivir siempre en guerra. 
Muchos de los simpatizantes del No celebraron dando gracias a Dios por el milagro. Ahí ya tenemos un síntoma. Las diferentes sectas que apoyaron el No, argumentaban que el comunismo se tomaría el país, que los gais serían presidentes, que la ideología de género destruiría la familia. Conozco profesores universitarios, con formación posgradual, que están convencidos de lo anterior, he ahí otro síntoma. De algo estoy seguro, si el Dios de los católicos y cristianos existiera celebraría la guerra, leyendo la Biblia se comprueba, es un Dios de ira, incluso alguna vez inundó el mundo para matarlos a todos, según el mito solo salvó al borracho de Noé y su familia. Por eso en Colombia necesitamos una educación laica, vivimos en la edad media, quemamos libros, perseguimos al diferente, actuamos como inquisidores. Ahí tenemos una gran tarea que hacer.
Otro aspecto relevante en esta decisión fue el miedo, lo vi en el rostro del taxista. Tenemos miedo de ser distintos, nos dijeron que los colombianos somos así, lo ratificó mi madre. Si algo mata la guerra es la esperanza, nos hunde en la desolación y nos ata a las pesadas cadenas de la resignación. Ayer muchos fueron a las urnas con miedo, otros no fueron por miedo. El miedo es hermano siamés de la mentira. 
Para alguien que desea y sueña con transformar la realidad, el 2 de octubre de 2016 puede ser la renuncia, pero solo los obstinados heredarán sus sueños. Si algo queda claro para Colombia hoy 3 de octubre, es que quienes nos empeñamos en construir un futuro mejor para este país tenemos muchos retos, y para los educadores el reto se potencia. Rendirse ahora sería quedar atrapado en las redes del miedo y la mentira. Ayer se ratificó la necesidad de cambio, hoy me levanto refirmando un mensaje para mí, para mis hijos, para mi madre, para los que sueñan: "El día en que me despierte sin ganas de cambiar el mundo, será el día en que el mundo me habrá cambiado", y ese día no es hoy.

septiembre 23, 2016

LA CULTURA EN LA UNIVERSIDAD DEL TOLIMA: OTRA HUÉRFANA MÁS

Carlos Arturo Gamboa B.
Docente IDEAD
I
Las diversas expresiones culturales que se generen al interior de una comunidad reflejan la madurez de la sociedad. La eliminación de las mismas demuestra el camino a hacia los totalitarismos. Cuando el arte es acallado, el mundo ensombrece. ¿Quién quería suprimir el arte en tiempos de crisis? Los idiotas.
II
Freud alguna vez expresó que: "La función del arte en la sociedad es edificar, reconstruirnos cuando estamos en peligro de derrumbe". En la Universidad del Tolima parece que no han leído a Freud, ni esta administración, ni las anteriores. Las expresiones culturales han sobrevivido a la intemperie, sorteando el agua y el sol de las vicisitudes, cosa contraria a la burocracia que ha sido resguardada pulcramente por los señores del poder. Por eso hay más burócratas que artistas, aunque la sociedad necesita más a los últimos.
III
Expresiones como las revistas literarias, las revistas políticas, las publicaciones críticas, los talleres de escritura, los cine-foros, los ciclos de cine alternativo, las expresiones musicales de contracultura, los artistas plásticos, los poetas, la danza contemporánea, los talleres de pintura, el teatro, los zancos, los títeres y muchas expresiones más, han sido siempre relegadas al cuarto oscuro del olvido en la Universidad del Tolima. No es sino recordar las luchas por mantener viva la revista El Salmón, quizás la expresión crítica que más se ha intentado acallar en la UT, en la que han sido portada los más “idiotas” del poder (y seguirán siendo algunos, porque la lista es larga).
 IV
Tiempo crisis ¿qué hacer? Casi todos corren donde sus padrinos politiqueros a pedir protección de sus pequeñas baldosas. La cultura no tiene a dónde ir. Primero porque no debe correr a suplicar. Segundo porque los artistas no pueden ser emuladores de los males sociales. Entonces los proyectos culturales quedan a la deriva y son arrasados por los tsunamis que recortan sueños.
V
De esos males padece la Universidad del Tolima hace muchos años. Hablaré de algunos nombres, para evitar que el olvido nos carcoma: La administración de Ramón Rivera intentó bloquear muchas veces la revista El Salmón. En el IDEAD, por esa época, cerraron revistas como La Tertulia Circular y Universidad Abierta, el argumento era que no había recursos. Cuando Rivera por fin salió y Héctor Villarraga fue encargado por nueves meses, se hizo una reforma laboral y los únicos funcionarios no promovidos ni estabilizados laboralmente fueron los del Centro Cultural, incluso muchos que llevaban años aportándole a la construcción cultural de la UT. Eso sí, cada vez que hay que mostrar “resultados”, todos deben salir a escena y “hacer quedar bien la cultura en la UT”. Con la anterior administración de Herman Muñoz se intentó incluso hasta indexar la revista Aquelarre, lo cual era casi similar a solicitar que la dirigiera Ordoñez. Nada cambió, los talleristas siguieron siendo contratados por tres o cuatro meses, sin estabilidad laboral, las tensiones siguieron y los proyectos se financiaban de acuerdo con el estado de ánimo de los Vicerrectores de Desarrollo Humano y de las temperamentales disparadas del Director del Centro Cultural. Pocos dijeron algo, quizás creyeron que estas migajas eran eternas, pero hasta las migajas nos las pueden arrebatar.
VI
Ahora resulta que la “nueva” administración de Omar Mejía decide, en vez de recuperar la cultura, continuar acabando lo poco que queda. ¿Y El festival de teatro? Ya no se puede hacer. ¿Y el festival de danza contemporánea? Ya no se puede hacer. ¿La revista El Salmón? No se puede imprimir. ¿La revista Candilejas? No se podrá financiar. ¿La Revista Aquelarre? No tiene editor y quizás no se imprimirá. ¿Los talleres de apreciación cinematográfica? No tendrá quien los dirija. Argumentos: No hay plata, pero la contratación de burocracia no cesa.
VII

Acá no ha cambiado mucho, seguimos en la tradición de subvalorar lo importante que debe hacerse en una Universidad Pública, y los proyectos culturales son fundamentales en tiempo en que soñamos reconstruir el tejido social. No podemos resignarnos, seguiremos luchando desde los bordes, claro está que si no han leído Freud, mucho menos sabrán que André Malraux sentenció: “La cultura es lo que, en la muerte, continúa siendo la vida”.

septiembre 15, 2016

LAS TAREAS DE LA UT (I): LA ASAMBLEA UNIVERSITARIA



Por: Carlos Arturo Gamboa B.

“La crisis es como una vigorizante ducha fría.
Una oportunidad para despertar”
Jordi Pigem.

La crisis de la Universidad del Tolima no ha cesado. No se puede reparar el daño realizado durante tantos años en apenas el primer intento. Las tareas son varias. La primera de ellas consiste en recuperar la esencia de la vida universitaria: el debate, el argumento, el conocimiento y la diferencia. Todos estos principios tienen cabida en la Asamblea Universitaria.

Para quienes llevamos una buena sumatoria de años habitando en la cotidianidad de la Universidad del Tolima, las asambleas han formado parte de la existencia. Como asistentes mudos, como sujetos activos o como simple espectadores que observan desde lejos, las asambleas han sido puntos de referencia; pero cayeron en letargo de la inacción, se vieron de pronto sometidas al grito, a la bullaranga de turno, a la manipulación de los grupos de poder para legitimar esta o aquella posición. Muchas reuniones asamblearias terminaron siendo parodias de la participación, montajes teatrales de la seudo-democracia, escenarios para las confrontaciones verbales sin sentido y hasta cuadriláteros predispuestos para la agresión. No olvido la imagen de una asamblea en donde un estudiante hizo el “show”, pataleó, corrió por el coliseo, alguien lo agredió y al final la asamblea se disolvió entre gritos y manotazos. A los 20 minutos, vi a un alto funcionario de la administración de turno felicitarlo y quizás (acá especulo) prometerle una dádiva. Se había logrado un objetivo que siempre es bueno para el poder de turno, que las asambleas no funcionen, no lleguen a ningún lado, no decidan nada, se desgasten y desanimen la participación.

La Asamblea que necesitamos hoy debe ser distinta, no podemos continuar en la misma lógica, ese camino se transitó y fracasó. La Asamblea Universitaria pendiente debe ser un espacio para el debate sobre los puntos centrales que hoy deben proveer a la Universidad del Tolima de instrumentos suficientes para su transformación, pero un debate con argumentos y, sobre todo, con la generación de productos concretos en el lenguaje de la academia: la escritura.  Si seguimos discursando sin concretar las ideas en documentos y acciones, pasarán muchos años para dar cuenta de las transformaciones que hoy se necesitan; diagnósticos se tienen a la mano, y podrán surgir más, pero hoy estamos impelidos a generar acciones de cambio.

La Asamblea Universitaria está pensada y convocada para que algunos actores lleguen como delegatarios, pero eso no implica que la democracia se reduzca a lo que ellos decidan. Los asamblearios deben trabajar por comisiones, deben abordar temas puntuales para no terminar hablando de todo y de nada, deben presentar productos concretos en tiempos definidos y deben construir metodologías para consultar a la comunidad en la toma final de las decisiones. En ese sentido, ser Asambleario implica asumirse como sujeto universitario, académico y político cuya responsabilidad va más allá de ser un transeúnte común del campus universitario, debe ser capaz de entender y activar su capacidad de articular las realidades y de coadyuvar a las transformaciones; de su accionar depende en gran medida el futuro de la Universidad de los tolimenses.

La potencia de la Asamblea Universitaria está atravesada por los momentos históricos que se viven en el país y la región: la búsqueda de otros espacios sociales generados a través del proceso de paz y la autodeterminación de los territorios a través de las consultas populares. Ojalá la comunidad de la Universidad del Tolima no sea inferior al reto de autodefinirse y autorregularse, porque caso contrario le dará la razón a quienes acechan con el fin de arrebatarnos los últimos estertores de la autonomía. Tendremos palos en la rueda, quizás de nuevo aparezcan los vendedores de humo y los títeres del poder que deseen convertir el espacio en una nueva arena para las batallas infructíferas que tienen hoy la UT en la cuerda floja. Solo basta desear que prime la inteligencia universitaria por encima de los intereses particulares, si eso es factible haremos historia.


septiembre 07, 2016

CICLISMO Y CONSTRUCCIÓN DE NACIÓN

Por: Carlos Arturo Gamboa

En Colombia aprendí lo que significa la palabra coraje
José Beyaert
Francés Campeón de la 2ª Vuelta a Colombia (1952)

Por estos días en Colombia se vive una euforia ciclística no vista desde los años ochenta cuando Lucho Herrera y Fabio Parra aglomeraban transeúntes con sus hazañas.  Colombia y ciclismo parecen sinónimos, hay algo arraigado en el genotipo colombiano que se corresponde al relieve montañoso y que fue construyendo una leyenda en nuestro imaginario y en las páginas mundiales. No obstante, el ciclismo no ha contado, al menos en las dos últimas décadas, con el patrocinio, las escuelas de formación y la difusión mediática necesaria, por eso muchos hasta ahora empiezan a entender la relación que se teje entre ciclismo y país.
Movido por una afición ciclística de años, y a la par de las hazañas de Nairo Quintana en la actual Vuelta a España, he comenzado a recorrer las páginas del libro Reyes de las montañas. De cómo los héroes del ciclismo colombiano incidieron en la historia del país, del periodista británico Matt Rendell. El libro fue escrito inicialmente en inglés (Kings of the Mountains: How Colombia's Cycling Heroes Changed Their Nation's History) y este año (2016) aparece una traducción ampliada de Juan Manuel Pombo, publicada por Semana Libros. Estas 342 páginas contienen una amplia visión de dos relatos que sorprenden: ciclismo Vs construcción de nación colombiana.
En ese sentido, el autor nos pasea magistralmente por los hechos ciclísticos más importantes de los colombianos pero conectados a sucesos históricos, a la violencia, al narcotráfico, al fenómeno de las guerrillas, a las realidades tan nuestras como el ciclismo. Hablando de la Vuelta a Colombia, que inicia en 1951, tres años después del bogotazo, se da entender que nace pensada para convertirse en un río de pasiones porque “La vuelta a Colombia sana heridas de la psiquis nacional” (Rendell, 2016, p. 103), pero también en una especie de acercamiento al denominado progreso, porque los impulsores del ciclismo soñaban tener competencias como el Tour de Francia, porque “El ciclismo logra convertir ese movimiento circular (la historia) en progreso lineal” (p. 102).
Y en la medida que se nos narran las gestas de Efraín “El Zipa” Forero, Ramón Hoyos Vallejo, Hernán Medina Calderón, Roberto Buitrago, Álvaro Pachón, Rafael Antonio Niño, Cochise Rodríguez, Patrocinio Jiménez, entre cientos de figuras más, se nos va relatando ese mundo que intenta ser cosmopolita pero que se cruza con montañas indomables y con problemas fundamentales que aun hoy intentamos resolver: “(…) el único tráfico que en verdad quedó al margen del conflicto fue el de los ciclistas. «En los valles-me dijo el Zipa-, nos saludábamos con los generales y en las montañas veíamos a las guerrillas a la vera del camino» (p. 110); la dimensión de la violencia en sus más fervorosos gérmenes no estaba aislada de la construcción de una tradición ciclística en Colombia: “La salida de la tercera etapa de la Vuelta de 1962 se retuvo durante tres horas tras detectar tropas de Tirofijo en las laderas de la Línea” (p. 112); sin embargo, como lo recuerda Ruskin “En la cabeza de la gente, la Vuelta tenía más peso que la violencia”.
Y así se nos va narrado, o más bien recordando, la historia de Colombia, mientras las bielas tragan el polvo de un país subdesarrollado, mientras Lucho Herrera gana en Alpe d'Huez y la apoteosis nos embarga en una década plagada de narcotráfico, bombas y aplausos a Fabio Parra devorando las cumbres de Francia, para lograr el primer podio en la más grande de las vueltas: El Tour, nuestro eterno sueño de gloria. Más adelante, en los años noventa se profundiza la crisis cafetera, lo cual conlleva a la desaparición del equipo insigne Café de Colombia y además, “con los narcos ahora impedidos para hacer despliegues públicos de generosidad, también el dinero de la droga dejó de circular. El ciclismo que siempre había ofrecido metáforas curativas, ahora se veía en la angustiosa urgencia de fondo”. (p. 240)
La delicadeza del lenguaje con el que Rendell va contando, va trayendo datos, va reconstruyendo anécdotas, nos hace placentero el tránsito por las páginas. En algún momento recordamos que Roberto “el osito” Escobar era ciclista en las épocas en que su hermano Pablo construía el más grande imperio delincuencial en el país, imperio que aun doblega la justicia y la institucionalidad; vemos como el auge de los escaladores construyó una leyenda de caballitos de acero, de comentaristas quienes a través de la radio crearon paraísos ciclísticos, de patrocinadores que entregaron hasta su último centavo con tal de ver surgir sus pupilos, de trampas, de dopaje, de sueños, de llantos y risas. La historia del ciclismo, en la visión de Rendell, es la historia de un país que hoy vuelve a tener su momento de gloria, aunque “(…) hoy son muy distintos los retos que enfrenta Colombia, sus instituciones y sus ciclistas”. (p. 286).
Reyes de la montaña es un libro esencial para los amantes del ciclismo, para los amantes de la historia e incluso para el desprevenido espectador que vibra viendo la sonrisa de Chaves mientras devora pavimento, la impavidez de Nairo subiendo cumbres y el arrojo de Urán, Atapuma, Henao, Pantano, López y cientos de ciclistas quienes con sus actuaciones corajudas han resignificado el nombre de este territorio llamado Colombia. Espero los antoje de su lectura, bien vale la pena saber que tenemos un pasado corajudo y un presente esperanzador, para el ciclismo y para el país.