Mostrando las entradas con la etiqueta CONSTITUYENTE UNIVERSITARIA UT. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta CONSTITUYENTE UNIVERSITARIA UT. Mostrar todas las entradas

agosto 30, 2025

Cuando se trata de educar niños, hasta los libertarios se vuelven godos

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Esta reflexión la hago a partir de un hecho noticioso. La noticia que se divulgó por redes el 21 de agosto de 2025 anunciaba lo siguiente: “El Salvador impone nuevo reglamento escolar. Saludo obligatorio, uniforme impecable y corte de cabello adecuado”. La nota parecía extraída de un viejo manual educativo digno del siglo XIX, con una visión bastante retrógrada de lo que debe ser un modelo educativo para el siglo XXI. Desconozco la reglamentación general aprobada que contiene estos elementos, por lo cual no comentaré nada al respecto; lo que sí me causó gran inquietud como educador que soy es ver la cantidad de comentarios favorables en torno a los aspectos mencionados.

Muchos usuarios de la red avalaban, casi con histeria, la acción de imponer el saludo obligatorio, el uniforme y el corte de cabello adecuado, como fundamental para la educación de una generación que, en palabras de ellos, se está perdiendo por falta de valores, lo que está destruyendo la sociedad. Y es ahí donde quiero resaltar algunos aspectos.

Primero toca recordar que “imponer” no es educar, al menos en el diccionario de una pedagogía que busca la construcción de un mejor sujeto, para un mejor mundo. Imponer implica desconocer el deseo del otro, su individualidad, su particularidad. El sujeto, sujetado por unas reglas como imperativo educativo, desconoce el yo para construir una sociedad uniforme en la cual todos piensen lo mismo y actúen igual. Es la arcaica idea de la educación como fábrica, decantada en aquella imagen que hizo famosa la agrupación Pink Floyd en su video “Another brick inthe wall”.

La escuela hace años experimentó esa idea retrógrada que acá se celebra como gran novedad. No más recordemos la advertencia que hacía Hannah Arendt en “La banalidad del mal” sobre cómo se construyeron las personalidades de los administradores de los campos de concentración nazis: Bien educados, bien peluqueados, bien hablados, bien instrumentalizados en función del mal. En el modelo que muchos celebran, se cree que un niño que saluda es mejor que uno que no lo hace, que llevar el pelo distinto al corte impuesto es una falta y que el uniforme determina al sujeto.

Más allá de la discusión pedagógica, que se puede solventar invitando a leer tantas páginas de discusión en torno al verdadero valor de educar; lo que más alerta es ver cómo la democracia sigue siendo asediada por discursos mesiánicos, totalitarios y dictatoriales. La historia nos muestra cómo restringir la educación ha sido el sueño de todo totalitarismo para imponer la “escuela del pensamiento único”, como lo devela George Orwell en su aclamada novela “1984”, en un mundo en el cual el Ministerio de la Verdad y la Policía del Pensamiento velan por ese ideal.

Pero lo que más me sorprendió en el seguimiento que hice en redes de esta noticia es que muchos educadores estaban de acuerdo con las tres sentencias: saludo respetuoso, uniforme limpio y corte adecuado. Es como si esos docentes añoraran el viejo manual de urbanidad que calificaba a los sujetos según el cumplimiento de sus líneas, sin importar su personalidad. Decía los viejos: «Lo importante es la fachada, no ser, sino aparentar». ¿Cuántos asesinos bien vestidos, bien hablados, bien educados ha visto desfilar la historia?

Ahora bien, la noticia se logra entender a profundidad cuando descubrimos que la ministra de Educación de El Salvador es una militar, quien tiene la misión de “fortalecer la disciplina y los valores cívicos”. ¿Para qué privilegiar el conocimiento en las escuelas públicas? Con que los niños se sepan comportar y obedecer, el futuro del régimen está garantizado. A los profesores obnubilados por estas medidas les recomiendo leer algunos textos como “Pedagogía del oprimido” o “La educación como práctica de la libertad” de Paulo Freire, aunque, si no se quieren sentir muy extraños leyendo libros de gente sospechosamente de izquierda, pueden leer “Lecciones de los maestros” de George Steiner, o “Mal de escuela” de Daniel Pennac.  Y si gusta poco de la lectura, al menos vean una película como “La lengua de las mariposas”, “La ola” o “El último vagón del tren”, para que logren entender que educar es todo lo contrario a encasillar en un uniforme, en un corte de cabello o en un saludo.

Por mi parte, lo que noto en esta medida de Bukele es el advenimiento de una dictadura light impuesta por un sujeto cuya melomanía y creencias religiosas ha proyectado la imagen de un país creado a su semejanza. Bukele, más allá de tener contentos a muchos habitantes de El Salvador, ahora se considera un mesías capaz de cambiar la conducta de los niños para crear la sociedad del futuro. Ojalá los adoradores de este sujeto, que por ahora abundan, se puedan ver la serie “El cuento de la criada” antes de que Bukele, mediante otro decreto, empiece a prohibir este tipo de relatos por contradecir su visión de mundo.

No olvidemos que el deseo de un dictador es que todos se parezcan a lo que él cree, empezando por su aspecto físico, de ahí la idea de limpieza del uniforme y del corte de cabello adecuado. El "otro" debe ser una prolongación de sus deseos, una copia. Si no lo logra con modelos educativos llamativos ante el amplio público, lo hará más tarde con la imposición de otras fuerzas más represivas. Y el día lejos no está; ya logró un cambio en la Constitución para perpetuarse en el poder; ahora quiere modelarlo todo a su antojo, contando con el beneplácito de muchos sujetos en cuyo espíritu no hay cabida para la libertad humana. Ver que muchos aplauden esta medida me hizo acordar del adagio que reza: “Cuando se trata de educar niños, hasta los libertarios se vuelven godos”.

mayo 17, 2024

Universidad Nacional: ¿democracia o caos?

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

 

Desconocer lo que piensa la comunidad universitaria no es el mejor camino para gobernar una institución educativa. Pero, hacer a rajatabla lo que la comunidad desea, tampoco; sobre todo porque es imposible tener consensos definitivos sobre el rumbo que debe adoptar una institución pública. ¿Qué hacer entonces?

Hay que empezar por entender que las formas de gobernanza están en constante ebullición, mientras que las normas tienden a petrificarse rápidamente, impidiendo que las nuevas tensiones sociales y culturales se incorporen a la vida institucional.

En ese sentido, el problema de la elección de rector en la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) refleja el momento de tensión que viven las Instituciones públicas educativas de todo orden en Colombia. Después de muchos años de ser gobernadas bajo unos principios "democráticos" estólidos, se enfrentan a la posibilidad de ahondar en la participación como estrategia de gobierno. Para lograr lo anterior se requieren reglas claras que permitan trazar rutas de participación de sus actores, entender hasta dónde va el campo de acción de cada actor y cuáles son sus límites. Lo anterior se enfrenta a un dique construido con muchos años de burocratización de la vida universitaria, en especial desde que se aprobó la Ley 30.

Otro aspecto clave en esta construcción es la vocación democrática de la comunidad, entendida como la capacidad de concebir el papel individual y colectivo en la solidificación de la gobernanza. Entender el sentido máximo de una Institución Educativa pasa primero por comprender que el bien individual está debajo del bien colectivo y que el bien colectivo jamás debe estar por encima del bien social.

Así, la ecuación resultante es sencilla de enunciar, pero supremamente compleja de llevar a la práctica. ¿Cómo construir mecanismos de cooperación que permitan una participación real y al mismo tiempo preserve lo público como valor máximo? Existe un camino viable, pero es lento y tortuoso, se trata de trabajar con la comunidad y que sea la comunidad quiénes construyan esas rutas, mecanismos y normas, para que luego sean institucionalizadas. Es decir, el camino es educarnos en democracia para construir democracia. La solución hace parte del campo de la pedagogía política.

Ante ese panorama, la realidad actual de las universidades públicas colombianas demanda certezas contundentes y apertura a la construcción colectiva. Muchos años de juegos de poder al interior de las universidades han creado castas dedicadas a configurar formas obtusas de llegar o mantenerse en el poder, como se hace evidente en las últimas líneas de gobierno de la UNAL. A ello ha contribuido una interpretación acomodada, en muchos casos, de la Autonomía Universitaria.

Pero al mismo tiempo, esos juegos de poder han estado amparados por los gobiernos nacionales de turno, quienes desean una universidad al servicio de sus ideologías o intereses políticos del momento. Así se configura el triángulo que asfixia la democracia: la comunidad y sus múltiples intereses, la casta gobernante y los intereses estatales.

Si la casta gobernante se perpetúa a toda costa, termina por sofocar cualquier intento de renovar la democracia al interior de las instituciones, generando un clima de anormalidad normativa. La comunidad tiende a aceptar la derrota en los procesos electorales, lo que al final es una regla implícita en una apuesta democrática. Lo que no acepta una comunidad es que las reglas se acomoden para favorecer los intereses del momento. El continuo desconocimiento de las consultas en la UNAL es claro ejemplo de ello.

Por otro lado, si la comunidad no tiene claros sus límites y roles en esta construcción democrática, confundirá participación con decisión, ya que las instituciones tienen formas de participar, pero al final alguien debe asumir las decisiones y las acciones legales de una comunidad universitaria no pueden ser firmadas por todos los actores, pero sí legitimadas porque pertenecen al orden de la apuesta colectiva. Por decirlo de otra manera: el rumbo de un barco puede ser concertado por la tripulación, pero el timón se le delega a un experto que sepa de navegación.

Por su parte, el gobierno central debe dotar de garantías a la Institución Educativa para que navegue en busca de los intereses sociales máximos: en este caso que la Universidad cumpla su función como estructura de formación social, cultural y económica de una nación. Debe darle rutas claras sin cohesionarla en su andar, algo que ningún gobierno anterior ha entendido a cabalidad y que el actual parece tampoco ha logrado descifrar, puesto que los síntomas de intervención delatan la imposibilidad de un diálogo franco que active la necesaria transformación.

En la UNAL se encuentran, en este momento, las tres tensiones: una comunidad que se siente birlada, una casta que se niega a ceder los escenarios de poder y un gobierno sin rutas claras de acción que se encamina a hacer lo que siempre han hecho los gobiernos de turno, imprimir su sello a toda costa.

Si los roles de los actores no están claros, llegamos a un escenario como el que actualmente se está configurando: democracia o caos.

mayo 13, 2023

Donde se reseñan algunos sucesos descritos en Barrio Bomba, la saga novelada de Triple J, y al final exclamo: “Si quiere saber más, vaya y póngase a leer”

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

A mí me da por pensar[1] que ciertos libros son como gritos colectivos que alguien se atrevió a escribir, pero que muchas manos debieron intervenir en sus historias; libros para recordar que el mundo antes era distinto, quizás más libre o más loco o menos lleno de formalidades de esas que se acumulan y no dejan respirar. Eso es lo que hace Triple J (John Jairo Junieles), un sucreño que creció en Cartagena y ahora, siguiendo ese estigma de los costeños desubicados, le dio por vivir en Bogotá, esa enorme caldera mitad paraíso, mitad infierno, mitad limbo.

El susodicho texto lleva por nombre “Barrio Bomba”, un extendido charrasquillo que publica Taller de Edición ROCCA novela, y cuyos veintidós apartados no dan abasto para contener tantas historias porque en Barrio Bomba lo extraordinario era pan de todos los días. Y debido a eso, muchas de esas hazañas quedan inconclusas, ramificadas en la memoria del lector y quizás esperando que Triple J tenga tiempo para seguirlas recuperando del crisol del olvido, pero esa es otra historia.

Así que señoras y señores, generación retro y millennials, desempleados e infelices, los voy a tratar de introducir (en el sentido pedagógico de la expresión), a la lectura de Barrio Bomba, un libro que no pude leer despacio, pareciera que los múltiples hechizos de sus páginas o el olor constante a ron de corozo, me impidieron la lectura reposada. Repleta de refranes, dichos y expresiones populares, la novela requiere de un lector des-academizado, mejor dicho, despojado de la pedantería del lenguaje de la crítica y que no haya sido aún encadenado a la corrección política, que por estos días funge como la nueva inquisición, pero esa es otra historia.

Empiezo por recordar que hubo una vez un tiempo en el que el mundo era pequeño y había gente que nacía y se moría sin salir nunca del barrio, y entonces se vivía entre mitos, asombros, descubrimientos y carcajadas. Nada estaba terminado, todo estaba en construcción, en cada esquina germinaba un nuevo suceso y lo mágico era posible, aún sin los aromas paliativos del cannabis. Entonces se trata de recuperar ese mundo, aunque recordar es como intentar ver a través del culo de una botella; pero toca reconstruir la versión de los hechos, la historia de antes, porque hay que vivir para contarla, mejor dicho, como dice Adán Bonanza: contar el mundo ayuda a entenderlo.

Y volviendo a los Bonanza, son ellos los protagonistas de una saga familiar quienes un día llegan a un lugar olvidado de Dios a fundar lo que más tarde sería conocido como Barrio Bomba, un lugar de intersecciones culturales (me niego a citar a Canclini), en donde trascurren otros cien años, pero no de soledades, sino de fiestas, infidelidades, inventos, descubrimientos y luchas por encontrar un lugar en el mundo, porque en el barrio la vida no descansaba y la muerte menos.

La verdad si me dedicara a contarles todo lo que encontré en Barrio Bomba terminaría formando una secta cuyo símbolo sería una serpiente de dos cabezas, como la del Tío Caribú, uno de esos pintorescos personajes que habitan esas páginas; y como no es mi intención quedarme con sus monedas, mejor los voy provocando, aunque: ¿Para qué esforzarme en que me crean sí de todas formas pensarán que todo es mentira? Lo cierto es que en esos lares uno podría “toparse sumercé” con extraterrestres, vampiros, politiqueros (esos otros chupasangres, tan comunes en los barrios populares), sicarios, artistas, futuros actores porno, divas desencantadas y abuelas fumando sus tabacos y presagiando el futuro con una certeza que ni Nostradamus.

Y la vida se iba reconstruyendo a la medida del sonsonete de los prostíbulos y los deseos más sublimes, sin descuidarse mijo porque “papaya servida, papaya partida”. Allí la gente aprende a caminar sobre las cenizas que dejan los incendios, como en esos otros territorios novelados de Caicedo en ¡Que viva la música!, o los de Chaparro Madiedo en Opio en las nubes. Para qué les digo que no, si sí, encontré una conexión con esas otras locuras narrativas de la tradición colombiana. De no ser así, cúlpenme a mí, no al escritor.

Barrio Bomba es la recuperación de ese pasado que ya nos es imposible atrapar, a no ser bajo el influjo de la memoria y la escritura. A eso juega Triple J y es muy consciente de su ejercicio porque la memoria es un álbum de fotos invisibles. Como en la vida real, al final los barrios son devorados por la ciudad allá donde la gente estaba limpia y sin mancha, dejando una estela enorme de nostalgia que siempre nos convoca a volver; pero no les voy a contar todo porque faltarían páginas y ¡ni yo soy tan chismoso!

Hay quienes dicen que, en la pasada Feria Internacional del Libro en la caótica nevera capitalina, encontraron a Triple J en uno de esos estands independientes (en donde se esconde la buena literatura emergente). Estaba feliz hablando de su Barrio Bomba, y escucharon que dijo algo así como que alguien había dicho o que alguien había escuchado a alguien decir, que esta novela era la segunda parte de Cien años de soledad, pero escrita por un marihuanero. A decir verdad, se escuchan rumores de Macondo en esas calles de Barrio Bomba, empolvadas en verano y cenagosas en invierno; también hallé en esas páginas cierto olor a maracachafa, no más tengan en cuenta que los de hoy son otros tiempos y otros lenguajes, de los cuales, si quiere saber más, vaya y póngase a leer.

Ibagué, mayo 13 de 2023.



[1] Las frases en negrilla y cursiva en este texto corresponden a expresiones literales extraídas de la novela. Referencia: John Jairo Junieles. (2023). Barrio Bomba. Taller de Edición ROCCA Novela. Bogotá, Colombia.

febrero 27, 2023

¿Y dónde está el profesorado?

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

 

El profesorado es parte fundamental de la transformación de la cultural de un país, eso lo hemos dicho con mucho convencimiento en miles de escenarios. No creo que exista una universidad pública colombiana en donde no se haya escrito, en sus paredes, esta máxima de Paulo Freire: «La educación no cambia al mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo» Quizás este sea el mayor consenso al que hemos llegado los maestros, sin importar la ideología en la que estemos inmersos.

Durante años los educadores, en su gran mayoría, hemos visto desde la barrera el actuar del gobierno de turno y en especial del Ministerio de Educación. Digo desde la barrera porque no hemos tenido, (aunque lo hemos querido) la oportunidad de intervenir de plano en el diseño de las políticas educativas de Colombia. Quizás nuestro mayor logro durante las tres últimas décadas consista en que nos hemos constituido en una oposición informada y, en contadas ocasiones, dispuesta al movimiento frente a las directrices, casi siempre fatales, de las políticas educativas en todos sus niveles.

Con la llegada de Gustavo Petro a la presidencia y con la inclusión de la agenda educativa con un llamado de prioridad, el sector educativo universitario parece tener, después de mucho tiempo, la posibilidad de concretar algunos de sus anhelos. La reforma a la Ley 30, un lema de muchas jornadas de protestas; la modificación de las reglas de transferencia, un elemento invaluable para avanzar a la equidad educativa; la implementación de un modelo que cobije con respeto, seriedad y dignidad las poblaciones marginales, en especial la rural, otro asunto aplazado; y, por supuesto, la dignificación de la labor docente, una arenga permanente de foros, marchas, congresos y cientos de eventos.

Los cuatro anteriores temas, y otros más, están en hoy la agenda del ministro Alejandro Gaviria y su equipo de trabajo, ya se han anunciado en varios espacios como ejes fundantes de la posible transformación educativa que Colombia requiere. No obstante, no encontramos en el sector educativo el animus necesario para erigirse protagonistas de este llamado. Al contrario, parece ser que la parsimonia es el derrotero.

Quizás por vivir tantos años perteneciendo al mundo de los silenciados, los profesores nos hemos acostumbrado a esperar pacientemente mientras “otros” construyen las políticas que rigen el día a día educativo. A lo mejor es la misma incredulidad en el proceso lo que tiene inactivos a los docentes, dictando clase, investigando y esperando que desde el Ministerio “todo se solucione”. Lo cierto es que el momento requiere otra dinámica, no se puede esperar un cambio con esa actitud pasiva que como gremio se está tomando.

Salvo contados eventos en algunas universidades públicas, el panorama se mueve entre apatía y desencanto, pasando por la incredulidad. Empero, hoy más que nunca la acción y la reflexión educativa, como lo reclamara Freire, deben ser parte de nuestra apuesta. Las reformas educativas necesitan de cuerpos y mentes que se dispongan a un constante debate para construir consensos y guiar las transformaciones.

De nada sirven las buenas intenciones gubernamentales sin la gran masa de docentes, en todos sus niveles, no despierta del letargo y asume el papel protagónico que el momento histórico demanda. El tiempo apremia, el periodo de gobierno exige prontitud y entereza en avanzar para conquistar territorios que durante décadas hemos reclamado. No olvidemos, como lo dijera Herbert Spencer, que: «El objeto de la educación es formar seres aptos para gobernarse a sí mismos, y no para ser gobernados por los demás».

Es hora de salir a escena: ¿Dónde estás profesorado?


julio 07, 2022

Ideas preliminares sobre el nombramiento de Alejandro Gaviria, el nuevo Ministro de Educación

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

De los nombres que ha ratificado Gustavo Petro para conformar su equipo de gobierno, el que más ha generado discusiones es el de Alejandro Gaviria, anunciado como Ministro de Educación. Quizás esto se deba a que uno de los ejes centrales de la transformación de Colombia se basa en la consolidación de un buen sistema educativo, a la euforia que despertó en los jóvenes el nombre del reciente presidente elegido y a esa enorme masa de docentes y actores de la educación que han puesto su confianza en una reforma aplazada por décadas.

Alejandro Gaviria posee unos antecedentes como rector de la Universidad de los Andes, pero también como actor activo de los últimos años de la política colombiana. Asimismo, como Ministro de Salud durante el gobierno de Santos, en donde ejecutó acciones que hoy de nuevo son objeto de contradicciones. Sabe lo que es enfrentar duras decisiones, ha sido actor y protagonista.

Es necesario recalcar que estamos en un momento en donde hemos sido convocados a un “Pacto Histórico” por la transformación del país, y un pacto no se hace con una sola mirada. Tampoco hay que desconocer que los apoyo a Petro candidato llegaron de diversas corrientes, muchas de ellas contradictorias entre sí. Esos mismos actores hoy pujan por la conformación de su gabinete.

En temas de educación la tarea es enorme, ella es un eje central de toda transformación cultural, ya que un país que avance derribando barreras de ostracismo educativo, logra perfilar su población hacia otro tipo de discusiones y determinaciones. Durante muchas décadas hemos asistido a una opereta de país en donde la ignorancia ha sido usada como Caballo de Troya para perpetrar el statu quo. Por eso, las esperanzas en esa transformación son enormes.

La puja se daba en dos líneas concretas. Un sector de lo público que consideraba que el Ministerio debía estar en manos de un profundo conocedor del sector público, que contará con el respaldo del mismo y que pudiera de esa manera concertar raudamente los temas estructurales como financiación, regulación, enfoque y políticas de inclusión educativa; estos elementos pensados para todos los niveles, desde preescolar hasta sistema postgradual. Y otro sector enfocado en la visión un poco más tecnócrata, basados en indicadores, gestión del conocimiento, fortalecimiento de la investigación de punta y obviamente, financiación (o gratuidad). A mi parecer ganó la segunda fuerza, pero el presidente le puso la agenda de la primera. Veamos los retos que marca Petro en la hoja de ruta de Gaviria:

. Lograr la educación superior pública y gratuita.

. Lograr centros de excelencia universitarios públicos centrados en la investigación.

. Aumentar sustancialmente el número de niños y niñas en el preescolar.

. Generalizar el bienestar universitario con restaurantes y guarderías para las jóvenes con hijos.

. Lograr que la expansión de la educación cubra las regiones más olvidadas.

. Lograr una articulación eficaz en el Sena y en los últimos años de la secundaria con la educación superior.

. Lograr la extensión de la jornada escolar con el arte y la música, el deporte, la preparación matemática para programación, la historia.

. Buscaremos que la agencia nacional de infraestructura maneje los campos de la construcción de infraestructura educativa, conectividad y salud.

. A Alejandro Gaviria le corresponde la difícil tarea de iniciar nuestra marcha hacia una sociedad del conocimiento

 

De esta lista, si observamos con detenimiento, pocos aspectos corresponden a las líneas de la burocracia tecnócrata que hoy se posiciona en el MEN y sus órganos de control y evaluación de los niveles educativos. Cumplir muchos de ellos implica la reforma de la Ley 30, la revisión y modificación de la Ley General de Educación, la reforma del sistema de financiación de las Instituciones Públicas, la modificación de los lineamientos de la labor docente, en fin, una reforma estructural, no cosmética.

Por su parte, el nuevo Ministro anuncia, de manera escueta, que:

Agradezco la confianza del presidente electo Gustavo Petro. Lo hago con alegría y plena conciencia de mis responsabilidades. Me comprometo a trabajar por un cambio por la vida, por la inclusión, la generación de oportunidades y la reconciliación. Vamos a construir entre todos.

Hay mucha generalidad en estas últimas palabas y bastante precisión en la agenda que Petro ha puesto sobre la mesa. Debió ser difícil para el nuevo presidente la decisión, él sabe que en el campo de la educación se juega gran parte del proyecto de país, no de este periodo, si el futuro de muchas generaciones. Quizás haya recordado al maestro Estanislao Zuleta y su reafirmación de la educación como un campo de combate y un fortín para la construcción de la democracia. Pero debía decidir, eso hace un presidente. Esperemos que Alejandro Gaviria se aleje de la escuela de los estándares, ránquines e indicadores que tanto gusta en estos tiempos de educación pastiche y se centre en los ejes fundantes de una nueva mirada educativa.

Por ahora, toca confiar y alistar el verbo, las ideas y los aportes. Los actores del sector educativo estamos llamados a ser protagonistas del cambio esperado, de nada sirven los ministerios sino activamos los cuerpos y los cerebros. En el orden que se requieran.

junio 22, 2022

Petro y la educación ¿hacia dónde virar?

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Rápidamente se hizo viral un tuit de Gustavo Petro en donde invita a gobernadores y alcaldes a disponer de lotes saneados para construir sedes universitarias y así darle cabida a su propuesta de convertir a Colombia en una sociedad de conocimiento. Sin haber tomado posesión, Petro anuncia que las promesas de campaña se convertirán en políticas de Estado, algo fundamental para unir el país y derrotar definitivamente el discurso del miedo que la oficialidad se niega a soltar como banderita de batalla.

Lo que diré a continuación no es nada nuevo, son viejas discusiones en torno a la definición de hacia dónde se debe encaminar la educación pública en Colombia. Estos debates los hemos dado desde la década de los noventa, no más aprobada la Ley 30 que ya se avizoraba, en su primera infancia, como un remedio peor que la enfermedad. Se dio en movimientos posteriores como la recordada MANE, en el gran debate nacional de la Constituyente Universitaria, en las organizaciones estudiantiles, en cientos de Asambleas Universitarias, en el Seno de la Asociación Sindical de Profesores Universitarios, en fin, en mil eventos. Lo nuevo acá es el presidente y el enfoque que le va a dar a la educación del país ¿hacia dónde virar?

Construir nuevas universidades públicas en un país en donde el acceso total a la educación es una utopía, es más que plausible. Miles de jóvenes, pero también adultos, porque la formación superior debe recuperarse como derecho para todos, tienen aplazados sus sueños de educación universitaria. Pero ese proceso, que como se puede intuir de manera fácil es un plan a mediano plazo, debe ir acompañado de acciones inmediatas que oxigenen el sistema educativo y lo dispongan para contribuir a diseñar el devenir.

En el caso de las Universidades Públicas es urgente dar respuesta a las necesidades de inversión en infraestructura, dotación tecnológica y fortalecimiento de la labor docente. El mundo pospandémico nos ha generado una nuevas dinámicas y retos a los que se debe responder con audacia. La política de gratuidad educativa (lo que existe no es una política) debe ir acompañada de una considerable inversión en planes de permanencia estudiantil, en fortalecimiento del bien-estar de la población universitaria para que se pueda “estudiar sabroso”. Pero también toca invertir en tecnología de punta, laboratorios, escenarios culturales y deportivos, abriendo los campus a las nuevas formas de aprendizaje, con plataformas interactivas y simuladores en todas las disciplinas. Esto es urgente, porque la brecha del conocimiento se ensancha cuando no se reacciona de manera inmediata.

Otro tema urgente para las universidades tiene que ver con las políticas Ministeriales y sus organismos de control que tienen ahogadas a las universidades con indicadores, lineamientos y políticas obtusas, como los de acreditación, o el Decreto 1279 del régimen salarial de los profesores. Estas proliferaciones de normas no responden a la realidad colombiana, en su mayoría son importaciones deformadas de otros contextos, que buscan cumplir las exigencias internacionales pero que lejos están de atacar los males endémicos de nuestras necesidades educativas.

Lo que debe promover el MEN y demás organismos afines es la actualización de los programas de formación, la cualificación de los actores y la proliferación de programas pertinentes para el desarrollo nacional y regional. Para ello se deben motivar los nuevos enfoques de formación, programas pensados para la vida, la convivencia, el desarrollo sostenible, la producción rural y urbana, programas que permitan consolidar el país como un escenario para productividad solidaria.

Igualmente, en el campo de los posgrados, fortalecer “las investigaciones” con escenarios reales para que el conocimiento genere el impacto en la transformación de los territorios, las geografías y los problemas de la cotidianidad. Miles de estudiantes que lograron su formación en pregrado esperan oportunidad de avanzar en sus procesos formativos, la oferta del país es escasa, costosa y en muchos casos, poco pertinente para las necesidades urgentes. En esa misma línea, se debe promover y fortalecer los modelo de la educación a distancia, la educación virtual, la formación técnica y la educación continuada, así se construyen pilares de diversidad para que los ciudadanos puedan escoger sus propias líneas de formación.

 Un aspecto vital consiste en reformar la carrera docente, se hace necesario establecer un sistema que le permita a los niños y adolescentes tener la mejor educación posible, con infraestructuras adecuadas, pero con los mejores docentes. Dignificar y delinear la carrera docente permite que el profesor en Colombia deje de ser un profesional del rebusque, para convertirse en actor fundamental de la transformación política, cultural, científica y económica de la nación.

Quizás quedarán muchas otras líneas en el tintero, pero es urgente que los docentes, las universidades y sus actores, así como las Instituciones Educativas de toda índole, generen debates, propuestas y se activen en la dinámica de transformación educativa. El equipo que Gustavo Petro designe para liderar estos procesos debe tener claro este panorama, lo urgente y lo estructural, para dar respuesta a ese sentir colectivo de tener un país con mayores índices de formación en todos sus niveles.

Bien vale la pena recordar esa frase de Mandela que tantas veces hemos visto en las marchas de los jóvenes exigiéndoles a los gobiernos de turno: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”, pues hoy más que nunca, en Colombia, se debe dimensionar la potencia de su significado.

marzo 28, 2022

Extralimitación de funciones y riesgos institucionales

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

En las Instituciones Públicas abundan personajes que suelen creerse plenipotenciarios, todopoderosos y dueños de los cargos, algo que en sí mismo contradice el concepto de lo público como un bien común, con responsabilidad compartida y cuya administración debe centrarse en el cuidado y bien recíproco.

Como dice un viejo dicho popular, “Entre más mal jefe se es, menos merecimiento se tiene para serlo”, y ese parece ser el inri de quienes acuden a todo tipo de argucias para ascender en los organigramas institucionales, casi siempre mediante acciones de subalternidad y menoscabo de los objetivos comunes. Creerse dueño de un cargo es uno de los males que profundizan la inoperancia de los procesos administrativos de las instituciones públicas.

Dentro la normatividad que direcciona el empleo público existe un concepto bien interesante para regular la toma de decisiones institucionales y clarificar la ruta “de mando” de las mismas, se denomina «extralimitación de funciones». En el nuevo código disciplinario[1] (Ley 1952 de 2019) se plantea que:

La falta disciplinaria puede ser realizada por acción u omisión en el cumplimiento de los deberes propios del cargo o función, o con ocasión de ellos, o por extralimitación de sus funciones. (Artículo 27)

Del mismo modo, según concepto 228441 del Departamento Administrativo de la Función Pública (2019), se recuerda que: “(…) a todo servidor público le está prohibido extralimitar las funciones contenidas en la Constitución, las leyes y los estatutos o reglamentos de la entidad, caso en el cual podría ser sujeto de una investigación disciplinaria”.

 No obstante, en la vida cotidiana de lo público, la extralimitación de funciones es pan de cada día. A ciertos funcionarios les encanta dar órdenes que no le competen, tomar decisiones más allá de las que han sido impartidas en el manual de funciones, parece que de esa manera disfrazan su incapacidad de liderazgo. En la administración del siglo XXI las formas obsoletas de mando quedaron relegadas a estructuras poco flexibles como las fuerzas armadas o las iglesias, lamentablemente lo público (en especial las universidades) es casi igual de rígido, como diría Gutiérrez Girardot. Por eso en el mundo universitario pulula la leguleyada como síndrome.

Para el caso de la Universidad del Tolima, la extralimitación de funciones genera un escenario de ingobernabilidad que hace la vida cotidiana administrativa caótica. Este fenómeno, sumado a una estructura premoderna, que alarga los procesos y aumenta las normatividades, hace lento la toma de decisiones y paquidérmica la ejecución de las mismas. “Acá todos se creen jefes”, me dijo una vez una señora de servicios generales y en sus palabras estaba poniendo de plano lo que aquí comento.

La proliferación de este fenómeno genera varios riesgos institucionales. El primero de ellos es que crea “cuello de botellas” de los procesos, oficinas en donde se acumulan “aprobaciones pendientes” por capricho del “sub-jefe” de turno. Casi siempre son los mandos medios quienes más generan estos reprocesos. Un segundo aspecto es la pérdida de liderazgo institucional y, por ende, de credibilidad. Al nivel directivo le compete, como su nombre lo indica, direccionar de manera estratégica el cumplimiento de la Misión Institucional, pero ante el aumento de la extralimitación de funciones, el nivel directivo pierde funcionalidad y credibilidad.

Es normal encontrar, en la vida cotidiana de la Universidad del Tolima, a niveles medios tomando las decisiones estratégicas y a sub-alternos dándole órdenes a los jefes. Estos deterioros de las líneas de decisión crean caos operacional y, por lo general, es el culpable de que lo académico quede supeditado a lo administrativo. Un nuevo diseño curricular, un proyecto de investigación, una acción direccionada desde un órgano académico, son acciones que pueden quedar truncadas por el efecto de este fenómeno.

Esta es una de las razones por las cuales se hace necesario modernizar los procesos, asumiendo las formas organizacionales del siglo XXI, eliminando pasos incensarios, usando herramientas digitales que aligeren los procesos y, sobre todo, fortaleciendo una cultura organizacional que entienda el valor y uso de lo público.

Lamentablemente, siempre tendremos esa clase funcionaria que por “un tiempo” se cree dueña de los puestos y de la Institución, pero la historia nos muestra claramente cuál es su destino, sólo basta mirar hacia atrás.

Referencias

Departamento Administrativo de la función Pública. Ley 1952 de 2019. Disponible en: https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=90324

https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=100783

Sentencia del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, Sección Segunda, Subsección A, 12 de julio de 2012. M. P. José María Armenta Fuentes. Exp. 2006-03691.



[1] Este código empieza a regir a partir del 29 de marzo de 2022.

mayo 07, 2019

DEMOCRACIA PARA MÍ ¿Y PARA EL OTRO?


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima

Como docente de la Universidad del Tolima he debatido durante mucho tiempo sobre el gobierno universitario, ahora que soy profesor de planta lo hago, pero siendo catedrático (durante cerca de 12 años) lo hice también. Dentro de las variadas formas de gobierno universitario siempre he apostado por la ampliación de la participación de los actores que intervienen en el devenir diario de la Universidad Pública. Considero que es debatiendo, dialogando, contraponiendo argumentos y sustentando que se construye el conocimiento; por lo tanto, una institución que se dedica a la producción del saber, la cultura y la ciencia, no puede ser ajena a este mecanismo.
En ese sentido, pienso que la Asamblea de Profesores de la Universidad del Tolima, la cual constituye un escenario legítimo de discusión para la vida universitaria, se equivoca cuando, a través del comunicado fechado del 11 de abril de 2019, plantea, -bajo mis consideraciones-, un escenario antidemocrático frente a sus iguales, los profesores catedráticos. Veamos casos puntuales:
Afirma el comunicado que: “Consideramos totalmente inoportuno y contrario a la doctrina constitucional que los catedráticos y ocasionales puedan ser representantes profesorales a Consejos de Facultad, Consejo Académico y Consejo Superior…”, lo cual más bien desconoce la doctrina que la misma Constitución Política de Colombia plantea, cuando en su Artículo 103, afirma que:
El Estado contribuirá a la organización, promoción y capacitación de las asociaciones profesionales, cívicas, sindicales, comunitarias, juveniles, benéficas o de utilidad común no gubernamentales, sin detrimento de su autonomía con el objeto de que constituyan mecanismos democráticos de representación en las diferentes instancias de participación, concertación, control y vigilancia de la gestión pública que se establezcan.
Siendo la Universidad del Tolima de carácter público y los catedráticos constituyéndose como mayoría en una de sus labores misionales de dicha organización (cerca del 80 % de las labores docentes está a cargo de los catedráticos), no se entiende cómo la Asamblea afirma tal imprecisión. Cabe preguntar entonces: ¿Los catedráticos y tutores de la Universidad del Tolima tienen nuestra total confianza para que orienten los procesos de formación superior de los estudiantes, pero están incapacitados para ser elegidos en los escenarios de gobierno universitario? ¿Es más importante representar un gremio que ejercer la labor misional de formar en los diferentes niveles académicos en la universidad?
La misma Asamblea, más adelante, en el ítem No 7 del citado comunicado, afirma que:
Consideramos conveniente que, en las elecciones de Rector y de representaciones profesorales, los catedráticos y ocasionales participen con un 20% del peso ponderado de los votos, y que los profesores de planta cuenten con el 80% del peso restante. Lo anterior busca proteger a los profesores con este tipo de vinculación de la fragilidad que tienen sus vinculaciones ante las potenciales presiones clientelistas que puedan recibir.
Según la lógica democrática (¿?) de la Asamblea, un docente de cátedra está capacitado para votar por un docente de planta, pero no para ser elegido como su representante; y además, su voto vale la cuarta parte de un voto de un profesor de planta. No deja de ser curiosa esta comparación que habla de un velado desprecio por el profesor catedrático y su papel en el mundo universitario.
Más aún, la precisión que sigue en el comunicado es más reprochable aún al afirmar que por este tipo de vinculación los catedráticos son más vulnerables a “presiones clientelistas”, quedamos ante una paradoja del tamaño de un camello que entra por el ojo de una aguja: se pretende proteger a los catedráticos quitándoles sus derechos. Qué generosos resultan acá los profesores de planta. ¡Pamplinas!, ese desconocimiento del otro hace evidente, así se intente ocultar, una prepotencia elitista y no se corresponde a la realidad que viven las universidades públicas y privadas de Colombia en donde la precarización laboral de este amplio sector se profundiza ante la ausencia de una voz que los defienda en todos los escenarios de decisión.
No es negando derechos que se construye democracia, la democracia es un juego de apertura a los distintos, a los excluidos. Así la Universidad Pública sea un centro de poder académico, debe ser también un laboratorio de apuestas que le permitan a la sociedad aprehender nuevas formas de interactuar. La realidad de la labor docente en Colombia está mediada por un desprecio a la condición de profesor y mal hace un profesor de planta que lucha por sus derechos, desconocer los de sus semejantes.
De seguro que el debate nos llevará a buscar fórmulas equilibradas que le permitan a los docentes de planta y catedráticos a debatir y coadyuvar a construir la universidad pública, y en ello la Universidad del Tolima puede ser ejemplo nacional. Ahora que estamos reformulando nuestros Estatutos tenemos una gran oportunidad para avanzar.
En ese sentido, propongo una ruta para ello: planteemos representaciones profesorales mixtas, de esa manera en cada escenario de participación (superior, académico, facultades y demás) se podrían presentar duplas de un profesor de cátedra y uno de planta. Esta opción suena mucho más convincente que tratarlos de menores de edad política. Vale también recordar que en la historia reciente de la Universidad del Tolima, muchas de las acciones que llevaron a la UT a una crisis aguda, fueron pensadas y ejecutadas en su mayoría por profesores de planta.

diciembre 05, 2018

CARTA ABIERTA: CONTEXTO SOCIO ECONÓMICO DEL PROBLEMA DE LAS UNIVERSIDADES PÚBLICAS

A continuación reproducimos la carta del profesor y amigo Julio Sabogal Tamayo, quien le escribe al mundo desde la Universidad de Nariño.

Nos encontramos ante una antinomia, ante dos derechos encontrados, sancionados y acuñados ambos por la ley que rige el cambio de mercancías. Entre derechos iguales y contrarios, decide la fuerza (K. Marx).  

Amigos universitarios:
En esta oportunidad, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones sobre el contexto general del mundo y, por lo tanto de Colombia, en el cual se encuentra el actual problema de desfinanciación de la educación superior pública.  La información que ha circulado hasta el momento de parte de los universitarios es verdadera, pero, en primer lugar, es básicamente cuantitativa y, en segundo lugar, no está inmersa en el ámbito neoliberal del mundo.  Por lo tanto, lo que voy a plantear a continuación puede ser de alguna utilidad.
 Después de Los treinta años gloriosos –nombre que suelen darle al crecimiento continuo que disfrutó la economía capitalista después de la Segunda Guerra Mundial, hasta la crisis de los años setenta– al regresar la crisis, como era de esperar, el capital empezó a sufrir la caída de la tasa de ganancia.  El capital –su personificación la burguesía– decidió tomarse aquellos sectores que hasta entonces no había explotado: la educación, la salud, las comunicaciones, etc., a fin de recuperar la tasa de ganancia.  Eso pudo hacerlo fácilmente porque el poder político, más que antes, estaba a su servicio. 
En la era neoliberal se acaba la dicotomía Estado-mercado, predicada por Keynes, y el Estado pasa a ser un sirviente del capital.  Piénsese en el gobierno de Pinochet, presidente de Chile, el primer país neoliberal del mundo, o en los gobiernos de Margaret Tatcher, primera ministra británica,  y Ronald Reagan presidente de Estados Unidos.  La Tatcher solía repetir: La sociedad no existe. Sólo existen hombres y mujeres individuales que compiten libremente en el mercado.  Esto lo había aprendido de su maestro, Friedrich Hayek, el padre del pensamiento neoliberal y, en general, de la economía ortodoxa que enseñan actualmente en todas las universidades del mundo.  El pensamiento crítico fue desterrado de los programas de Economía, desde la década de los años noventa.
A la apropiación de estos nuevos sectores por el capital es lo que el economista marxista David Harvey llama acumulación por desposeción; lo que se está apropiando el capital no es una nueva plusvalía creada en un proceso productivo sino un valor que ya existía y el gobierno se lo entrega a un precio inferior a su valor.
Esto fue lo que sucedió en Colombia desde el gobierno de Virgilio Barco y se intensificó con el gobierno de César Gaviria.  Algunas empresas fueron puestas en venta, como fue el caso de Telecom, pero una universidad pública no puede ser puesta en venta, sino que se privatiza en forma indirecta.  El mecanismo utilizado es la restricción del presupuesto para obligarla a salir parcialmente al mercado.  La universidad se ve obligada a vender posgrados, asesorías e investigaciones y a precarizar el salario de los docentes, a través de la contratación de profesores hora cátedra y OPS.  En el caso de Colombia, se puso en práctica la estrategia de privatización indirecta con la Ley 30 de 1992.  Téngase en cuenta que se acababa de aprobar una Constitución híbrida, medio neoliberal y medio democrática; no se olvide que los líderes de la Constituyente de 1991 eran unos de derecha dura y otros de derecha blanda.
El otro camino consiste en financiar la demanda y no la oferta.  El gobierno no entrega los recursos financieros a las universidades sino a los estudiantes, de esta manera logra que dineros públicos vayan a la universidad privada –es decir al capital– o pone a las familias pobres a pagar créditos a la banca.  Esto no es solo en nuestro país.  Veamos lo que sucede en Estados Unidos: En Harvard, según informa Emmanuel Jaffelin en Le Monde del 28 de mayo de 2012, las relaciones entre profesores y estudiantes parecen fundarse sustancialmente en una suerte de clientelismo: “Dado que paga muy cara la matrícula en Harvard, el estudiante no sólo espera de su profesor que sea docto, competente y eficaz: espera que sea sumiso, porque el clien­te siempre tiene razón”. En otros términos: las deudas con­traídas por los alumnos estadounidenses para financiar sus estudios, cercanas a los mil millardos de dólares, los obligan a ir “más a la búsqueda de ingresos que de saber”.[1]  Por eso aquellas teorías que enseñan a pensar van desapareciendo y su lugar es ocupado por disciplinas “practicas”.
Al negociar con el gobierno nacional no hay que olvidar que este no toma decisiones libres, porque forma parte de un entramado mundial –dirigido por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional– además de que esos funcionarios han interiorizado el pensamiento único neoliberal, hasta estar convencidos de que es la única verdad posible.
Aquí hay dos fuerzas enfrentadas, de un lado la búsqueda de plusvalía que es un derecho económico del sistema imperante, a cuyo servicio están los gobiernos, y, de otro, los universitarios que nos empeñamos en defender la educación como derecho.  Y, Entre derechos iguales y contrarios, decide la fuerza.  La fuerza de los universitarios, en este momento, es la organización, la movilización y la solidaridad de la población independiente.
Pero no basta con la sola movilización, debemos fortalecernos con el arma del pensamiento crítico, este pensamiento hay que recuperarlo.  Si los estudiantes y los docentes no nos armamos de la teoría antineoliberal, nos puede pasar lo siguiente:
Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encon­traron por casualidad con un pez más viejo que nadaba en direc­ción contraria; el pez más viejo los saludó con la cabeza y les dijo: “Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?”. Los dos peces jóve­nes siguieron nadando un trecho; por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: “¿Qué demonios es el agua?”[2]
Pasto, 30 de noviembre de 2018
Cordialmente,

Julián Sabogal Tamayo
Profesor Titular de Economía, Universidad de Nariño




[1] ORDINE, Nuccio (2013) La utilidad de lo inútil, Barcelona: Acantilado, pág. 79.
[2] Ibídem, pág. 29.

octubre 05, 2017

¿NUEVA CRISIS O DEJÁ VU?

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima

De nuevo se agitan las aguas en las Universidades Públicas. La alarma fue activada por un viejo problema, que como un tumor convive con el Sistema de Educación Estatal desde inicios de los años noventa, la desfinanciación.
Lentamente las universidades públicas han ido deteriorándose. Física y académicamente. Mientras el sistema mundo, la sociedad y los gobiernos de turno le reclaman mayor impacto, más calidad, mayor cobertura y mejores indicadores, las universidades pasan afujías para cumplir con lo básico del día a día: el pago de sus nóminas administrativas, el salario de los docentes y una poca inversión en infraestructura e investigación.
Las transferencias cada vez son menores, de parte del gobierno central y de parte de los gobiernos locales en el caso de las universidades de corte regional. Por eso muchas andan en el rebusque, sin aumentar el costo el de matrículas, porque allí se forma la población menos favorecida, cerca de 600.000 colombianos.
Poco tiempo para pensar la academia tienen hoy los directivos académicos de las universidades, deben estar hurgando aquí o allá para obtener recursos. El Estado parece desatendido de esta complejidad problemática. ¿Ignora acaso la importancia de un saludable sistema educativo para la reconstrucción del país? Queremos ser un país de punta con una educación de retaguardia. Eso es imposible. Miremos el mundo y obtendremos evidencias.
Hemos sobrevivido durante décadas en un tira y afloje entre las comunidades universitarias y los gobiernos de turno para que asuman la responsabilidad de la educación con todos sus bemoles. Paros, marchas, ceses de actividades, cierres temporales, desmanes, atropellos, muertos, detenidos, desapariciones y mil acontecimientos más hacen parte del inventario de una lucha por sostener la educación de los más pobres. Jamás hemos recibido del Estado lo merecido, siempre hemos trabajado con las uñas. La educación en Colombia ha vivido 200 años de soledad.
Y si al problema de la desfinanciación de la universidad le sumamos los otros: la corrupción, la politiquería, la mercantilización, la desvalorización del saber, la primacía del capital sobre el conocimiento, la cosificación de la formación y muchos otros, llegaremos a la conclusión que la universidad apenas sobrevive y su condición es la crisis permanente.
Por eso hoy cuando nos convocamos de nuevo a defender la Universidad Pública, sentimos que esta crisis ya la hemos vivido. Esto es un dejá vu.

febrero 10, 2017

ALGUNOS PERSONAJES DE LA UNIVERSIDAD DEL TOLIMA

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente IDEAD-UT

Algunos personajes de la Universidad del Tolima, incluyendo a un puñado que poseen etiqueta de “añejos luchadores”, hasta hoy descubren que el Alma Máter de los tolimenses está supeditada al gobierno de las élites regionales y que ellas han dirigido (lamentablemente) el destino de la educación superior púbica y por eso, en gran parte, es que nos encontramos en este atroz estado.  Hoy son los conservadores, hace unos meses eran los liberales en complicidad con muchos “librepensadores de izquierda” y otros conservadores, y si seguimos hacia atrás encontraremos que personajes “ilustres” como Delgado Peñón, Gaitán, Guillermo Santos, Gómez Méndez, Castilla, Gómez Gallo, Andrade, Santofimio y cientos de politiqueros más han criado sus polluelos en el campus, pero solo son capaces de ver a Barreto quien hoy monta sus galpones por aquí.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, incluyendo a muchos que en el pasado fueron nombrados a dedo en cargos directivos, hoy se rasgan las vestiduras clamando por democracia, incluso varios que cuando llamábamos a la construcción de Democracia Profunda, se reían en nuestras caras. Muchos de ellos hicieron naufragar la Asamblea Universitaria porque los supuestos 142 delegados no representaban a nadie, pero si fueron a sabotear e impedir que desde allí se gestara una propuesta de transformación de la UT. Hoy extrañan la democracia, esa que se negaron a construir cuando estaban en el poder o se amamantaban de él.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, creen que el gobernador Oscar Barreto es el salvador porque ayudó a tramitar el aumento de transferencias del departamento, pero vale la pena recordar que él como presidente del Consejo Superior Universitario está cumpliendo con su deber de velar por la formación pública y la universidad de la región. Claro está que en beneficio de inventario hay que recordar que al anterior gobernador, Delgado Peñón, quien supuestamente era amigo de la UT y de las directivas, terminó por extenderle una cuenta de cobro de 30 mil millones a la universidad: le salimos a deber. En ese sentido, este gobernador está avanzando, pero la deuda social del Tolima con su universidad sigue vigente. Igual, su gestión no le da derecho a instalar sus galpones por acá.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, siguen creyendo que “aquí no va a pasar nada”, continúan defendiendo esa vieja universidad burocrática que les ha dado gabelas, esa universidad estancada en la mitad del siglo pasado, parroquial, confesional y gamonalesca. Y mientras siguen llamando a su mesías o aglutinados después de mil disputas pero hoy unidos por el “destetamiento” o haciendo puntos o vegetando en oficinas o transitando indiferentes por el campus, la historia nos demuestra que si no somos capaces de gestionar el cambio, otros vendrán y nos cambiaran, y como en el cuento de Gabo alguien terminará por decirles: “Yo lo dije que algo grave iba a pasar, y... me dijeron que estaba loca”.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, claman el retorno de los brujos que les restablezca ese des-orden político que tantos dividendos les dio, cuando con tamales, arroz chino, pancartas, diplomados gratis, cooptación de seudo-líderes estudiantiles, busetadas de egresados y whisky conseguían elegirse como decanos para después repartir los puesticos a dedo. Ahora asumen que están siendo vulnerados, cuando ellos con su comportamiento deshonesto y anti-universitario contribuyeron a la debacle.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, se creen con el derecho de concentrar el poder y vetar la democracia, anclados en el discurso de “Recuperar la UT”, cuando todos sabemos que los males de la democracia no se curan limitando la democracia, sino puliéndola en el debate, en la argumentación y en la construcción colectiva, aunque sepamos que ese es un camino tortuoso en medio de una comunidad enseñada a que el grito opaca el argumento. Pero se supone que somos una institución que educa y por lo tanto, debe educarse en democracia.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, no dimensionan el valor y el peso específico que el Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) le ha dado a la región y al país, y, quizás cometiendo errores repetidos, asumen que la lógica que debe imperar es la de los indicadores que midan lo inmedible, muy en la línea de las administraciones anteriores quienes por falta de visión descuidaron un proyecto clave en la vida de la UT. Por lo tanto, debemos asumir el debate del IDEAD a la altura de las circunstancias actuales, -y sin la pasividad que hoy adormece los cuerpos del IDEAD-, pero sin olvidar cuál es la misión social del Instituto, porque si reducimos todo a indicadores y estándares, caemos en la trampa global y debemos cerrar más de la mitad de las universidades públicas de este país que no cumplen con los famosos (y letales) estándares de calidad, los cuales nunca fueron capaces de medir la potencia del saber y la cultura, mucho menos la labor social de la educación pública: ni en presencial, ni en distancia.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, empiezan a mostrarse los dientes porque según ellos se acerca el momento para definir los candidatos a la rectoría en propiedad, y en medio de esta disputa no son capaces de vislumbrar que la UT sigue en cuidados intensivos y que de las decisiones que se tomen hoy depende la recuperación financiera y académica, sobre todo está última que apenas se dibuja en el horizonte. Quizás en su lucha por un botín, terminen por darle cabida a un motín.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, viven murmurando e inventando mil historias sobre traiciones y entregas de quienes hemos asumido una posición crítica constante, quizás porque como dice el adagio popular “quien las usa, las imagina”; pero son incapaces de comprender que la universidad debe ser el interés máximo y que hoy no podemos quedarnos defendiendo la baldosa de la comodidad porque hace rato tocamos fondo.
Algunos personajes de la Universidad del Tolima, afortunadamente cada vez son más, (ojalá fueran todos) siguen aportando desde las cotidianidades a la reconstrucción de un proyecto vital para la sociedad como lo es la UT, y en medio de las penurias, la zozobra, la falta de claridad en las políticas y las mentiras que muchos hacen circular para evitar que las cosas cambien, se asumen como sujetos universitarios más allá de las diferencias y concepciones que sobre la Universidad se tengan. Por ellos y con ellos, vale la pena seguir en la idea de construir una universidad distinta.