Por: Carlos Arturo
Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima
Hace un buen tiempo,
muchos teóricos vienen hablando de los grandes impactos (positivos y negativos)
que la inteligencia artificial tendrá sobre la cultura humana. Casi todos
coinciden en que serán muchos los oficios, actividades y profesiones que se verán
intervenidos ante la capacidad de ser ejecutadas de manera más “eficiente” por
la IA.
En ese sentido, estos días ha
surgido una gran polémica por la generación de imágenes con el formato de los
estudios Ghibli que han inundado las redes, causando alarma entre los
dibujantes tradicionales de caricaturas y cómics, lo que evidencia de alguna
manera el tamaño del debate que debemos asumir como especie.
Viendo lo que está sucediendo,
aún no alcanzamos a calcular los desarrollos de la IA en campos como la
medicina, la industria armamentística, el derecho, la política, el periodismo,
la industria del entretenimiento, la música y el arte en general. Libros
escritos por la IA, películas, candidatos diseñados para atraer a los votantes
con algoritmos que extraen las tendencias de la ciudadanía, diagnósticos
médicos mucho más precisos, valoraciones y asesorías jurídicas con un ilimitado
backup de normas, creación de pinturas, retratos, imágenes y un sinfín de
artefactos que hasta ahora eran dominio de la mente, creatividad y habilidades
humanas, ahora se pueden generar y multiplicar hasta el infinito.
En el campo educativo, el
impacto de la IA será también trascendental, aunque la educación dada a
permanecer estancada ante los cambios de la cultura aún no reacciona del todo.
Lo cierto es que hasta ahora los humanos habíamos creado herramientas que usábamos,
en la mayor parte de los casos, para mejorar nuestras condiciones de vida en el
planeta, pero durante la segunda mitad del siglo XX emprendimos una carrera
desaforada por crear artefactos letales, de los cuales la bomba atómica
detonada en Hiroshima era hasta ahora la más representativa. Pero hoy tenemos
drones de precisión matando niños en Gaza y sí, son operados por la IA; ese es
el nivel de nuestro desafuero.
El reto que nos depara el futuro
es enorme, ya que, si el miedo de que la IA logre su total autonomía y se pueda
redefinir a sí misma se concreta, traerá consigo el apocalipsis que se
pronosticaba en “Terminator” por allá en el distante año de 1985. Pero antes de
eso, muchos elementos cotidianos de nuestra cultura mutarán inevitablemente,
siguiendo la línea de evolución (o involución en muchos casos) a la que hemos
asistido sin darnos cuenta durante las últimas cinco décadas.
Esta es la gran encrucijada que,
junto a una posible extinción masiva de la vida, se convierte en uno de los
elementos centrales del debate y de los cuales pocos hablan, porque la mayoría
están viviendo, sin saberlo, un gran cambio cultural reflejado en una total
inmersión que impide apreciar la urgencia central del planeta. Así, la lucha
menor es contra los dibujos animados producidos por la IA; es más bien la
concepción de quienes promueven la IA, concibiendo la humanidad como simples
muñequitos.