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agosto 15, 2025

Cobertura de programas universitarios en los territorios, la apuesta de futuro para el Tolima

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Recién se ha dado a conocer la noticia de un significativo avance en la ampliación de cobertura para el año 2025 de programas académicos de la Universidad del Tolima, en lo que corresponde a la oferta del Instituto de Educación a Distancia (IDEAD). La noticia no es menor teniendo en cuenta el impacto contundente de estos programas para mejorar los indicadores de acceso a la educación superior del departamento del Tolima, porque, como es conocido, los porcentajes se encuentran por debajo de la media nacional. Esto indica que los tolimenses que desean acceder a un programa de formación en educación superior tienen menos opciones que en otros departamentos, solo un poco por encima de La Guajira y El Chocó.

Durante años, la Universidad del Tolima ha procurado políticas buscando estrechar estas brechas, pero es esencialmente a través del Instituto de Educación a Distancia que se está haciendo realidad. Lo anterior se debe a que, a pesar de que actualmente el sistema público goza de gratuidad en la matrícula, muchos aspirantes aún no pueden acceder a la oferta debido a que deben desplazarse a la sede de la Universidad del Tolima en Ibagué, lo cual es costoso por temas como pagos de arriendo y manutención, la cual no puede ser cubierta por la mayoría de las familias, sobre todo por la población rural. Igualmente, la competencia de pruebas de Estado para el ingreso impide que la diáspora educativa acceda a estos programas y ocurre, como en Medicina, que los cupos se quedan en su mayoría en manos de población estudiantil procedente de otros departamentos.

Si bien el IDEAD, bajo la premisa de que no se debe esperar que el estudiante vaya a la universidad, sino que debe ser la universidad la que vaya a donde está el estudiante, ha logrado llevar programas a varios municipios del Tolima, el impacto aún no es suficiente. Esto se debe en parte al modelo de cobertura que se ha estado implementando, las exigencias del MEN para abrir programas y la falta de apoyo institucional de los territorios. Si entendemos que la educación es un derecho y, por lo tanto, un compromiso de todos, se deben aunar esfuerzos con tal propósito. A continuación vemos la nueva oferta del IDEAD:

Tabla: ampliación de cobertura IDEAD, 2025. 

Es así como, en la nueva oferta que presenta el IDEAD-UT, se encuentra la génesis de ese nuevo modelo que ayudará a reducir las brechas, yendo a los territorios en donde más se requiere la presencia de la universidad y ofreciendo programas pertinentes que impacten el desarrollo de las regiones. El caso más contundente se da en Icononzo, municipio en el que se tendrán dos programas de alto impacto: Ingeniería de Sistemas e Ingeniería en Agroecología, ambos apalancados por el programa nacional Educación Superior en Tu Colegio, con la convergencia de la alcaldía municipal, el departamento del Tolima y, por supuesto, el esfuerzo del IDEAD y la Universidad del Tolima. En ese modelo, el IDEAD garantiza la presencia de los programas con toda la logística académica y administrativa que esto demanda; el Ministerio de Educación genera una partida, distinta a las transferencias de ley, es decir, nuevos recursos que apalancan estos nuevos cupos; y el municipio, en este caso, paga la inscripción de cincuenta aspirantes de Icononzo. Con los cupos ofertados (ver tabla), la Universidad del Tolima recibe cerca de 1900 millones de pesos, que ingresan a hacer base en el presupuesto general.

En este modelo de convergencia educativa encontramos la clave para superar los índices de exclusión de formación superior de nuestro departamento, porque dejarle la tarea solamente a la universidad o al IDEAD es no comprender las variables del momento y las necesidades educativas en contexto. Si la universidad diseña y oferta programas pertinentes para el desarrollo de las regiones, bienvenidos sean los esfuerzos del gobierno nacional, departamental y municipal en esa misión. Esperamos que las alcaldías de Planadas, Purificación y Chaparral emulen el buen ejemplo de Icononzo y no dejen solo al IDEAD y sus estudiantes en estos proyectos. Las necesidades son múltiples, como interconexión, apoyo psicosocial y bienestar.

Bajo estas premisas, muchos municipios cuyos indicadores de población que ingresa a estudios superiores son muy bajos pueden articular y activar este modelo, no solo para tener un Centro de Atención Tutorial (CAT) en su municipio, sino también para preparar a sus estudiantes para acceder a los cupos en el CAT más cercano, para subsidiar transporte y alimentación, para ofrecer una línea de apoyo institucional que garantice programas con manifiesto impacto en el desarrollo social, cultural y económico para sus territorios. Además, acercando la universidad a los contextos de los estudiantes, se minimiza la fuga de talentos y de profesionales formados. Igual, la normatividad de la universidad debe pensar maneras de priorizar los cupos para personas de esos territorios; lo que implica modificar el sistema de acceso.

Por ello, siendo el Sur y el Oriente del Tolima, y en particular Icononzo, el punto de avanzada de este modelo, justo en unas zonas cuyo historial de exclusiones condujo a la proliferación de violencias y que gracias al acuerdo de paz se generaron nuevas oportunidades, el impacto de esta propuesta es más que pertinente. Solo resta felicitar al IDEAD, en cabeza de su directora Marien Gil y su equipo de trabajo, al alcalde de Icononzo, Hugo Nelson Jiménez, al programa del gobierno nacional y a la Universidad del Tolima en su conjunto, por entender el panorama actual y apostar por una cobertura distinta, con enfoque territorial y equitativa.

No lejos estará el día en que los profesores de planta de la Universidad del Tolima, replicando el ejemplo del accionar de catedráticos durante más de 40 años, desborden el encierro de la sede de Santa Helena y vayan a los territorios a contribuir a estos procesos de formación tan urgentes, como otrora lo hiciera con el programa Extramuros. Para ello es necesario actualizar las normatividades internas, casi siempre estancadas frente a los cambios de la realidad. Quizás también con apuestas innovadoras se puedan replantear algunos programas de la modalidad presencial y, avanzando con la modalidad híbrida, llevarlos a dichos territorios. Esta es una manera efectiva de darle respuesta a las necesidades del momento, del entorno y de los nuevos modelos que deben delinear la universidad del futuro, pero del futuro inmediato.


julio 31, 2025

UT-ÓXICA

 


Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Hace un buen tiempo he venido reflexionando sobre la calidad de vida emocional de quienes hacemos parte de la Universidad del Tolima, esto debido a varias situaciones que, a mi parecer, han convertido los espacios universitarios en un escenario tóxico para la estabilidad emocional. Es cierto que no es un fenómeno nuevo, pues las universidades públicas siempre han sido territorios de disputas que, más allá de ser meramente académicas o políticas, se tornan personales y, por lo tanto, mediadas por las emociones.

No obstante, después del periodo de hacinamiento debido a la pandemia, la salud mental ha venido en picada, causando silenciosos pero agudos problemas entre los actores de la vida universitaria. Casos de estrés agudo, ansiedad, depresión y hasta suicidios hacen parte de este lamentable inventario. ¿Las causas? Muchas, y corresponde a los expertos darnos luces sobre el tema, pero se hace necesario dejar en evidencia algunas ideas en torno a este fenómeno, que de alguna manera hemos normalizado y, por lo tanto, se torna más peligroso.

La noticia más reciente al respecto sobre este tema llegó a mi correo, cuyo remitente es el profesor Robinson Ruiz Lozano, quien en una sentida carta de renuncia a la representación profesoral ante el Consejo Superior nos informa que:

(…) he decidido dar por terminada mi representación profesoral. Esta decisión responde a una necesidad personal: priorizar mi estabilidad emocional y procurar una vida tranquila, alejada de ambientes marcados por el conflicto, el odio y el rencor que, lamentablemente, se han hecho presentes en algunos espacios académicos.

Si bien en la vida universitaria, y en un país tan polarizado como el nuestro, es muy difícil conseguir una vida tranquila, es cierto que el entorno afectivo y académico en la Universidad del Tolima parece más un escenario de riesgo constante que un ethos. Y comparto con el profesor Robinson que, más allá de tramitar los problemas por la vía del diálogo, el argumento y el consenso, los actores universitarios hemos privilegiado la agresión, el grito y el irrespeto del Otro, devastando los principios de una comunidad cuya razón de ser está en la construcción del conocimiento, la solución de problemas y la apuesta por la transformación social.

Ante la incapacidad del argumento, solo queda transitar el territorio de la destrucción del Otro y para ello contamos con muchas herramientas: El viejo pasquín que atenta contra la dignidad de los actores, panfleto sin rostro que abunda en la academia, ese territorio que se jacta de construir pensamiento científico. El señalamiento sin pruebas, otra de las formas predilectas de agresión, mediante el cual pongo en duda los valores del Otro, solo basado en mi opinión sin fundamentos. Ocultarse tras un membrete para despotricar de los demás es un ejercicio vano, pero lamentablemente genera simpatías; es que el morbo vende. Las redes sociales, territorio propicio para el anonimato y la opinión irresponsable. Y últimamente los mismos medios de comunicación, que carentes de todo rigor periodístico se convierten en altoparlantes de “denuncias anónimas” cuya finalidad es la destrucción de alguien, no de informar o investigar un asunto. Algo reciente al respecto se vio con cierta “noticia” divulgada en donde enlodaban el nombre de una colega, la profesora Martha Núñez, sin aportar pruebas, solo opiniones de un juez sin rostro que ya daba por culpable a la docente.

Estas formas mercenarias de tramitar los conflictos solo generan silencio, ausencia de debate real y encaminan la vida universitaria hacia la judicialización permanente, lo cual amputa la argumentación como fuente de construcción del saber y la posibilidad del consenso como ruta para el cumplimiento de la misión universitaria y de la solución a los problemas que nos aquejan como comunidad. A este ritmo, para asistir a una asamblea, un comité o un consejo, tocará llevar abogado.

De esa forma, la salud mental también se va deteriorando, no solo la de los involucrados directos en estos hechos, sino la de toda la comunidad que se pregunta en silencio (porque expresarse sobre estos temas también se volvió un riesgo) si esta situación se corresponde con el ambiente que debe cohabitar en una universidad. ¿Y de quién es la culpa? Pues de algo estoy seguro: es que la salud mental es un bien colectivo y nos corresponde a todos velar por ella.

Estudiantes, docentes, funcionarios y, por supuesto, los directivos, todos debemos entender que la mejor manera de cuidar mi salud mental es cuidar la del Otro, evitar hacerle al Otro lo que no deseo que me hagan a mí, evitar el ambiente Twitter en donde el respeto está en vía de extinción y el insulto es el rey de la pradera. No se trata de evadir la discusión de los problemas propios de la vida universitaria o de construir un documento más que dormite en los anaqueles. Se trata de recuperar el espíritu universitario dándole cabida a la crítica con fundamento, a la discusión con pruebas y a la argumentación con rostro, como elementos para tramitar los conflictos y consensuar soluciones. No es fácil, pero debemos luchar contra esa nueva imposición cultural; al fin y al cabo, somos una universidad y de ella deben surgir propuestas transformadoras.

Postada: Al profesor Robinson Ruiz, mi solidaridad en su decisión; la vida tranquila es un alto valor.

enero 22, 2024

Elogio a la palabra escrita: 30 años en la UT

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universitario

 

En enero de 1994 ingresé a trabajar en la Universidad del Tolima. Lo hice apoyando la revisión de material editorial que se producía para los procesos de formación de los programas del Instituto de Educación a Distancia. El corto contrato (tres meses) estaba direccionando por Martha Faride Stefan Upegui a quien había conocido como docente de escritura mientras estudiaba Mercadotecnia en la Cooruniversitaria, hoy Universidad de Ibagué.

El trabajo consistía en recepcionar el material impreso (módulos, cartillas, guías), proceder a realizarle control de calidad, empaquetar y entregar a los estudiantes de los diversos programas del IDEAD, que entonces estaba dirigido por Luis Alberto Malagón. Éramos unos cinco “muchachos” los que nos encargábamos de este proceso. Para entonces mis aspiraciones académicas pasaban por estudiar literatura, por lo cual pensaba en migrar a Bogotá o Manizales, lejos estaba de imaginar que ya había pisado el territorio en el cual mis sueños empezaban a tomar forma.

En junio de 1994 el IDEAD abrió el programa de Español y Literatura, el cual operaba en convenio con la Universidad de Quindío, y para entonces, ya como supernumerario en las funciones de auxiliar de bodega del Fondo Rotatorio, decidí inscribirme al programa, el cual culminaría sin contratiempos. Durante esos años tuve la oportunidad de ver surgir algunos espacios comunicativos en los cuales me fui articulando como la Revistas Tertulia Circular, Universidad Abierta, El Salmón, y muchas más expresiones que se convirtieron en parte de mi pasión como universitario y en donde publiqué mis primeros textos.

En el año de 1996 gané un concurso de cuento y otro de poesía, los cuales fueron convocados por el Centro Cultural de la Universidad del Tolima en el marco de la celebración del día del idioma. El cuento ganador se titulaba “El teorema de Jorge” y los poemas llevaban por título “La rendija de los tiempos”, el cual terminó siendo mi primer libro de creación (poesía) publicado con el dinero obtenido en los premios y editado por Grafilasser Impresores. En 1998, siendo aún estudiante de la licenciatura, obtuve el Premio nacional de poesía para talentos menos de 30 años, convocado por Ministerio Nacional de Cultura, en representación del departamento del Tolima. Todos estos avances en mi formación literaria se iban moldeando desde los espacios académicos y extracurriculares que siempre ha tenido la Universidad del Tolima y que en cada época ha contado con adalides, talleristas, publicaciones y demás entramados formativos. La cultura, con sus agonías presupuestales, sus luchas colectivas e individuales, sus confrontaciones y logros, se ha erigido a lo largo de la vida universitaria en un bastión y un paradigma. Los ejemplos son muchos y valdría la pena un día hacer el esfuerzo de documentarlos de manera más sistematizada.

Hacia el año 2001, tuve la oportunidad de ingresar como docente catedrático (tutor) en el Instituto. Empecé con cursos de extensión, de los cuales recuerdo la experiencia de enseñar escritura creativa con un grupo de presos en la cárcel de Picaleña, labor de proyección social que generaba un impacto importante en términos sociales, abarcando poblaciones excluidas. Allí, desde el IDEAD, la Universidad del Tolima cumplía, como siempre lo ha hecho, -algunas veces con más ahínco y otras con timidez-, la función de entablar diálogos sociales con las realidades. Luego gané una convocatoria para orientar cursos en el Nivel Introductorio, un semestre que obligatoriamente cursaban todos los estudiantes que ingresaban a los programas de la modalidad a distancia. A la par seguía laborando en el Fondo Rotatorio, ya como Técnico Administrativo-Almacenista. Mi relación con los libros crecía, y desde allí veía fortalecerse la producción académica de los docentes quienes elaboraban material didáctico, guías de clase, compilaciones y módulos tanto para distancia como para presencial.

En el año 2005, ingresé a la Especialización en Gerencia de Instituciones Educativas, el primer posgrado en modalidad a distancia que ofertó la Universidad del Tolima. Por entonces el IDEAD había crecido de manera consistente y hacía presencia en múltiples territorios, incluso más allá de las fronteras del departamento del Tolima. La vocación de ofrecer formación contextuada, en las regiones y con programas que coadyuvan al desarrollo local y nacional, siempre ha estado en el ADN de la Universidad del Tolima, incluso desde 1969 cuando a través del programa Extramuros decidió romper los diques de Santa Helena e ir a los municipios del departamento. Hoy cuando se habla de educación con pertinencia regional, con enfoque rural y territorial, bueno es recordar este valor agregado, en especial con los programas de modalidad a distancia, las granjas, el Bajo Calima y tantos esfuerzos que constituyen un legado y un sello particular del Alma mater de los tolimenses.

En el año 2012, tuve la posibilidad de estar a cargo de la dirección del Centro Cultural de la Universidad del Tolima, en reemplazo de Julio César Carrión, quien estaba en licencia por enfermedad, allí hice parte del Comité Editorial de la Revista Aquelarre, en cuyos números también aparecen varios artículos de mi autoría. El entonces rector Héctor Villarraga (q.e.p.d) me nombró en ese cargo directivo, una vez retornó el titular y en el marco de la reorganización de la planta dada ese mismo año, pude volver al IDEAD como profesional a cargo de las publicaciones. Por entonces la directora Dra. Liliana del Basto me encomendó el reto de fortalecer dicho proceso. Ya había publicado mi primer libro de cuentos “Sueño Imperfecto”, en una convocatoria que realizó en 2009 el naciente sello Editorial de la Universidad del Tolima, el cual es hoy símbolo de producción académica, científica y cultural de la comunidad universitaria. También había participado en la creación de la Revista “Ideales, otra forma de pensar”, durante la dirección de Gerardo Montoya, la cual se editó para la celebración de los 25 años del IDEAD. Esta revista aún se edita, a finales de 2023 presentamos el número 16.

En el Sindicato de profesores universitarios (Aspu – Tolima), del cual hago parte desde el año 2008, como afiliado, secretario y luego presidente de la Junta Directiva de la Seccional Tolima, siempre lideré la construcción de pensamiento a través de publicaciones, como el blog y el Boletín Aspu Presente, en los cuales aporté como editor y muchas veces autor. En el año 2013 gané el concurso nacional de cuento RCN modalidad docente con el texto titulado “Díganle a Julio que la guerra terminó” y al año siguiente gané la convocatoria de docente de planta. Mi producción escritural académica y de creación ha estado ligada en gran parte a la Universidad del Tolima, más de diez libros publicados en su Sello Editorial dan cuenta de ello. Muchos escritos en compañía de otros docentes, productos de proyectos de investigación, ensayos, artículos y, por supuesto, poesía y cuentos.

Desde el año 2018, cuando fui nombrado en el cargo de Director del IDEAD, he procurado contribuir al fortalecimiento de la línea editorial de la Universidad y en particular del IDEAD. Por ello hemos abierto convocatorias de libros para docentes catedráticos, avanzamos en el fortalecimiento de 5 publicaciones seriadas (revistas de divulgación) de diferentes áreas del conocimiento en las cuales publican estudiantes, docentes, egresados y autores del orden nacional e internacional, y hemos apostado por la consolidación del proyecto IDEAD a través de la palabra escrita en boletines, separatas, libros institucionales, entre otros.

Ahora que hago balance de mi estadía en la Universidad del Tolima, y que celebro 3 décadas habitando sus sueños, viene a mi memoria la importancia de la palabra escrita en este largo y fructífero periplo. Quizás en este escrito olvide algunos proyectos en los que participé durante estos años, lo que sí es seguro es que las palabras hacen parte de la historia de la universidad y a través de ellas yo he podido cumplir mis sueños. Podría decir que en la Universidad del Tolima he escrito mi vida y ella, en gran parte, me ha dotado de las palabras.

septiembre 16, 2022

¿Qué nos enseña la tristeza?

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

La muerte o su alusión

convierte en preciosos y patéticos

a los hombres. J. L. Borges

 

A veces olvidamos lo efímero que somos. Nos dedicamos de lleno a vivir de la manera que el tiempo nos obliga a vivir y entonces relegamos a la vida misma. Olvidamos que somos finitos, que el tiempo que nos ha sido otorgado es apenas una bocanada de aire.

Por estos días, en nuestro pequeño y gran mundo llamado Universidad del Tolima, hemos sido estremecidos por el dolor. Una compañera ha decidido darle fin a su existencia en un acto misterioso y sublime. Un acto que hace parte de la historia misma de lo humano, un acto consumado que nos recuerda lo frágiles que somos.

Su partida nos conmueve, su decisión estremece las bases de las creencias individuales y colectivas. Algunos la conocieron muy de cerca, quizás lo suficiente para entender sus miedos, sus sueños, sus deseos. Otros quizás apenas cruzamos con ella una mirada, un saludo, una actividad cotidiana de muchas realizadas en esos trece años que habitó sus días laborales junto a nosotros.

Otros quizás llegaron a enterarse que existía, justo ahora. Pero de muy cerca o de lejos todos fuimos tocados por su decisión. Y en nuestras cabezas las preguntas rondan. Somos el resultado de la relación con los otros, somos nos-otros, y como institución que enseña, su principal objetivo es aprender de las experiencias, por dolorosas que estas sean.

Escuchar lo que se dice en momentos como éste puede ser esclarecedor para la comunidad, porque el lenguaje siempre deja una huella. Pero también debemos ser capaces de preguntarnos a nosotros mismos sobre el territorio de lo profundamente humano: ¿lo estamos transitando?

Padecemos un tiempo, somos sobrevivientes pasajeros de una pandemia que aún no termina, pues sus efectos seguirán dando cuenta de ella. Como sociedad fuimos escindidos, encerrados, removidos de nuestras cotidianidades durante dos eternos años y ahora no podemos retornar a ese viejo lugar confortable que habitábamos antes, ¡cómo si nada hubiese sucedido! Hemos mutado. Nuestras emociones fueron puestas a prueba y los resultados están por verse.

Cuando se sobrevive quedan huellas profundas de la experiencia transitada, y como estábamos encerrados debemos readaptarnos, reaprender a vivir juntos. Son estos los tiempos de volver a pensarnos en colectivo, con nuestras diferencias a cuestas, pero juntos.

Hay algo inevitable y bello en la existencia, es la certeza que todos tenemos de que un día la muerte saltará sobre nosotros o nosotros saltaremos a ella. Por eso cada minuto, cada día, cada mes o año que tengamos a favor debemos apreciarlos y dotarlos de las maravillas de la existencia. 

Debemos vivir asombrados de la vida. Es lo que nos debe enseñar, o recordar, esta tristeza.

In memoriam de Claudia Sánchez

Ibagué septiembre 16-2022

abril 03, 2022

EL DERECHO A DECIR Y DISENTIR

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima.

 

Resulta extraño, anómalo, incoherente y casi fuera de lugar tener que escribir sobre la necesidad e importancia de decir y disentir en el mundo universitario. Nada que se considere riguroso, científico o académico se construyó desde una sola mirada, al contrario, la pluridiversidad de voces son las que generan la posibilidad de trasformación, creación y cambio. Los relatos únicos de la realidad, los fenómenos o las cosas siempre terminan en totalitarismos discursivos, que impiden el diálogo con los demás, con el Otro.

No hay mayor riqueza en la interacción que cuando esta se hace con el distinto, porque el diálogo con uno mismo, en el espejo de nuestra propiedad, sólo genera un reflejo y este esconde lo que no queremos ver. Lanzarse al otro, como lo propone Mélich[1], implica tener la capacidad/posibilidad de desnudar la cara oculta de lo que pretendemos auscultar. Por eso, resulta casi antinómico tener que reclamar el derecho a disentir en la universidad.

En la acción cotidiana del mundo universitario, se han instalado unas formas de decir que construyen sus autónomas maneras de tramitar los conflictos, ya sean estos académicos, científicos o políticos. Figuras como las asambleas de los actores (estudiantes, profesores, trabajadores), organizaciones informales, colectivos, grupos de interés más allá de lo institucional, comunicaciones no-oficiales y otras formas de expresión, son válidas en la construcción de un proyecto público.

No obstante, estas “otras formas” son desconocidas en la mayoría de las veces por los entramados oficiales, quienes consideran que, si una comunicación, propuesta o proyecto no está en los “formatos” discursivos institucionales, no tienen validez. Por ello desautorizan y anulan constantemente esas otras formas de decir y, sobre todo, de disentir.

Un matemático que resuelva un teorema no se considerará enemigo de la junta de científicos, al contrario, se admirará como un aportante al desarrollo y consolidación de ese campo de la ciencia. Entonces ¿por qué un sujeto universitario que asume una posición distinta dentro de un debate político en la vida universitaria es, casi siempre, considerado un enemigo? Debería ser escuchado, contra-argumentado o derrotado en el campo de la discusión. Pero no es así, constantemente nos “volvemos enemigos” por decir y disentir.

Hay que tener la valentía, sobre todo desde las estructuras de poder y gobierno, de respetar y dialogar con esas otras formas válidas de hacer universidad. Por ejemplo, reconocer los espacios asamblearios como legítimas maneras de tramitar las diferencias, reconstruir los derroteros y poner en tensión el estado de las cosas. ¿Cómo pedirle, por ejemplo, a una asamblea profesoral que reconozca un “acto institucional”, si la institución ignora el trascurrir de la asamblea? En la diversidad está la ganancia, la posibilidad de consensos y la reafirmación de los disensos. El mundo no es sólo de una tonalidad, mucho menos de la tonalidad que quiere imponer el grupo de poder de turno.

Para que la Universidad conserve su esencia de centro de construcción del saber, la ciencia, la cultura y la formación de lo humano, debe prevenir el silenciamiento como estrategia y, en consecuencia, promover el decir, respetar el disentir. Hoy, en nuestra Alma mater, debemos reclamar ese derecho, para mí, para el otro, para el distinto e incluso para el oponente, de lo contrario estaremos asistiendo a la consolidación de la anti-universidad.

La historia cíclica y reciente de la Universidad del Tolima escenifica cuáles son los caminos que deparan la soberbia y el autismo. No más en los años 2014-2015 asistimos, muchos de quienes construimos universidad desde distintas miradas, a una crisis que no queremos repetir. Negar los avances y/o ocultar las enormes necesidades que aún tenemos por resolver, es abrir el camino que de nuevo nos conduzca al abismo. Salir de ahí es lo más difícil, evitar la caída es una propuesta.

Pero para que el diálogo fluya se deben aprestar los oídos. La sordera institucional impide que el otro pueda decir, y, sobre todo, disentir.



[1] Mélich, Joan-Carles. Del extraño al cómplice. La educación en la vida cotidiana.

marzo 28, 2022

Extralimitación de funciones y riesgos institucionales

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

En las Instituciones Públicas abundan personajes que suelen creerse plenipotenciarios, todopoderosos y dueños de los cargos, algo que en sí mismo contradice el concepto de lo público como un bien común, con responsabilidad compartida y cuya administración debe centrarse en el cuidado y bien recíproco.

Como dice un viejo dicho popular, “Entre más mal jefe se es, menos merecimiento se tiene para serlo”, y ese parece ser el inri de quienes acuden a todo tipo de argucias para ascender en los organigramas institucionales, casi siempre mediante acciones de subalternidad y menoscabo de los objetivos comunes. Creerse dueño de un cargo es uno de los males que profundizan la inoperancia de los procesos administrativos de las instituciones públicas.

Dentro la normatividad que direcciona el empleo público existe un concepto bien interesante para regular la toma de decisiones institucionales y clarificar la ruta “de mando” de las mismas, se denomina «extralimitación de funciones». En el nuevo código disciplinario[1] (Ley 1952 de 2019) se plantea que:

La falta disciplinaria puede ser realizada por acción u omisión en el cumplimiento de los deberes propios del cargo o función, o con ocasión de ellos, o por extralimitación de sus funciones. (Artículo 27)

Del mismo modo, según concepto 228441 del Departamento Administrativo de la Función Pública (2019), se recuerda que: “(…) a todo servidor público le está prohibido extralimitar las funciones contenidas en la Constitución, las leyes y los estatutos o reglamentos de la entidad, caso en el cual podría ser sujeto de una investigación disciplinaria”.

 No obstante, en la vida cotidiana de lo público, la extralimitación de funciones es pan de cada día. A ciertos funcionarios les encanta dar órdenes que no le competen, tomar decisiones más allá de las que han sido impartidas en el manual de funciones, parece que de esa manera disfrazan su incapacidad de liderazgo. En la administración del siglo XXI las formas obsoletas de mando quedaron relegadas a estructuras poco flexibles como las fuerzas armadas o las iglesias, lamentablemente lo público (en especial las universidades) es casi igual de rígido, como diría Gutiérrez Girardot. Por eso en el mundo universitario pulula la leguleyada como síndrome.

Para el caso de la Universidad del Tolima, la extralimitación de funciones genera un escenario de ingobernabilidad que hace la vida cotidiana administrativa caótica. Este fenómeno, sumado a una estructura premoderna, que alarga los procesos y aumenta las normatividades, hace lento la toma de decisiones y paquidérmica la ejecución de las mismas. “Acá todos se creen jefes”, me dijo una vez una señora de servicios generales y en sus palabras estaba poniendo de plano lo que aquí comento.

La proliferación de este fenómeno genera varios riesgos institucionales. El primero de ellos es que crea “cuello de botellas” de los procesos, oficinas en donde se acumulan “aprobaciones pendientes” por capricho del “sub-jefe” de turno. Casi siempre son los mandos medios quienes más generan estos reprocesos. Un segundo aspecto es la pérdida de liderazgo institucional y, por ende, de credibilidad. Al nivel directivo le compete, como su nombre lo indica, direccionar de manera estratégica el cumplimiento de la Misión Institucional, pero ante el aumento de la extralimitación de funciones, el nivel directivo pierde funcionalidad y credibilidad.

Es normal encontrar, en la vida cotidiana de la Universidad del Tolima, a niveles medios tomando las decisiones estratégicas y a sub-alternos dándole órdenes a los jefes. Estos deterioros de las líneas de decisión crean caos operacional y, por lo general, es el culpable de que lo académico quede supeditado a lo administrativo. Un nuevo diseño curricular, un proyecto de investigación, una acción direccionada desde un órgano académico, son acciones que pueden quedar truncadas por el efecto de este fenómeno.

Esta es una de las razones por las cuales se hace necesario modernizar los procesos, asumiendo las formas organizacionales del siglo XXI, eliminando pasos incensarios, usando herramientas digitales que aligeren los procesos y, sobre todo, fortaleciendo una cultura organizacional que entienda el valor y uso de lo público.

Lamentablemente, siempre tendremos esa clase funcionaria que por “un tiempo” se cree dueña de los puestos y de la Institución, pero la historia nos muestra claramente cuál es su destino, sólo basta mirar hacia atrás.

Referencias

Departamento Administrativo de la función Pública. Ley 1952 de 2019. Disponible en: https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=90324

https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=100783

Sentencia del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, Sección Segunda, Subsección A, 12 de julio de 2012. M. P. José María Armenta Fuentes. Exp. 2006-03691.



[1] Este código empieza a regir a partir del 29 de marzo de 2022.

diciembre 10, 2021

El IDEAD de la Universidad del Tolima hoy ¿un nuevo déjà vu?

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima –IDEAD-

 

El Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima cumplirá 40 años de existencia en el año 2022. Durante esas cuatro décadas ha enfrentado múltiples retos para sostenerse como proyecto educativo válido para la formación superior, y, aunque parezca contradictorio, los principales obstáculos han surgido desde el seno mismo de la comunidad, en especial de las direcciones universitarias de turno. Lo que sí es una constante es que el mayor factor de error frente a la toma de decisiones ante el IDEAD se debe al desconocimiento estructural del mismo.

No obstante, hoy el IDEAD parece vivir una nueva época dorada, después de la última crisis que atravesó la Universidad del Tolima, crisis que tuvo un alto componente negativo debido a las malas decisiones en el orden de la cobertura y el fortalecimiento del IDEAD, lo que repercutió de manera contundente en las finanzas generales de la UT. De antaño es sabido que los aportes que ingresan por el Instituto, contribuyen a balancear los débiles presupuestos de la universidad.

Desde el 2018, el IDEAD empezó una constante recuperación de cobertura, generando nuevas ofertas, ampliando los programas y los Centros de Atención Tutorial. Se abrió con decisión a los posgrados, con nuevas especializaciones y maestrías. Esta apuesta tuvo mucho que ver con el plan del rector Omar Mejía y su compromiso de fortalecer el IDEAD, compartiendo la apuesta estratégica de “Cobertura con responsabilidad”. A cifras de hoy, el IDEAD alberga el 70 % de los estudiantes de la UT, el otro 30 % lo poseen las nueve (9) Facultades de la modalidad presencial.

Con la llegada de la pandemia y los nuevos retos, el IDEAD, que ya venía creciendo de manera sostenida, disparó su oferta. Lo anterior se debió a que con el buen uso de las mediaciones tecnológicas el proceso formativo pudo continuar su marcha rápidamente y, además, la matrícula cero hicieron que miles de estudiantes en 9 departamentos del país y 24 sedes, vieran muy atractiva la oferta del IDEAD. 

Al día de hoy, dicho crecimiento favorece a cerca de 18 mil estudiantes de todo el país en programas de pregrado y posgrado, entonces ¿en dónde está el asunto de la preocupación? Pues es muy sencillo, al crecer en oferta educativa se necesita crecer en otros indicadores como: infraestructura física y tecnológica, puntos o sistemas de atención a los estudiantes, procesos de matrículas, laboratorios para atender programas con altos contenidos de prácticas, necesidades de nuevo personal para atender a los estudiantes y a los docentes, que obviamente también aumentan por vía de la contratación de hora cátedra, soportes de todos los programas de bienestar, financiación para proyectos de investigación y semilleros, protocolos de salud para las 24 sedes en el plan de retorno seguro, entre muchos aspectos más propios de la administración educativa de un proyecto de tal magnitud e impacto como es el IDEAD.

A la par de los elementos anteriormente enunciados, la autoevaluación constante ha llevado al IDEAD a repensar su oferta desde otros aspectos como la viabilidad de programas que ya han saturado ciertos municipios y cuyo impacto en los planes de desarrollo de las regiones no es el adecuado, es decir, no se trata de formar por titular, si no de articular las necesidades de la región con los currículos ofertados. Por ello, la nueva apuesta se vislumbra con mayor impacto en posgrados en áreas en donde se tienen muchos graduados de pregrado y nuevos programas de pregrado para oxigenar la oferta.

Como dije antes, el IDEAD parece estar en nueva época dorada. ¿Cuáles son los riesgos? De nuevo el desconocimiento estructural de un proyecto por parte de quienes están al frente de la Universidad del Tolima. Durante los dos últimos años el crecimiento en inversión ha sido supremamente inferior al crecimiento en cobertura, lo cual genera un desequilibrio en el proyecto. La escasa adquisición en tecnología para los CAT por ejemplo, ha sido una constante en este último periodo, por no nombrar si una sola línea de trabajo, pero así podemos tomar cada indicador y encontrar un saldo negativo. Esto es todo lo contrario a lo que el rector Omar Mejía le planteó a la comunidad del IDEAD y asumió como compromiso del último periodo rectoral.

Para rematar, el día 9 de diciembre, el rector encargado John Jairo Méndez y la secretaria de la Vicerrectoría Académica, Yolanda Ospina, presentaron un proyecto de oferta académica para el semestre A de 2022 sin tener en cuenta los elementos de planeación estratégica plateados desde el Consejo Directivo del IDEAD. En dicha oferta se desconocen de fondo las necesidades sentidas de los Centros de Atención Tutorial, los programas académicos y por supuesto, las necesidades de los cerca de 18 mil estudiantes y 1200 docentes. Estos elementos ya han sido abordados en tres documentos de planeación estratégica que la comunidad del IDEAD ha venido construyendo, como son: “En la marea de las transformaciones. Política de acciones pedagógicas mediadas por TIC”; “Propuesta de alternancia educativa: por un retorno seguro, responsable y progresivo" y “Requerimientos para oferta académica del IDEAD –A2022”. Estos documentos están disponibles a la comunidad para verificación de una apuesta seria y responsable.

Ahora bien, aprobar una oferta que puede generar el ingreso de cerca de 3.000 estudiantes nuevos, en principio, puede parecer el camino indicado, el problema llega cuando a esos estudiantes se les deba proveer todos los derechos que se adquieren cuando realizan su matrícula: soporte tecnológico, espacio virtuales y físicos, laboratorios, nuevos tutores (sin nombrar la deficiencia en número de profesores de planta) y todo el soporte académico administrativo para atender los múltiples procesos de la vida universitaria.

Todo esto último pasa mientras el Rector Omar Mejía se encuentra en comisión en España y obviamente este no era lo presupuestado en su plan de gobierno que termina en el año 2022. Uno puede preguntarse ¿será que ante la usencia del gato los ratones hacen fiesta?, o ¿estás fueron las instrucciones que dejó?

El IDEAD el año entrante celebrará 40 años de existencia, motivo para encontrarnos como comunidad, valorar nuestros logros y solidificar los retos. Esperemos que el rumbo se enderece, de lo contrario esta visión chata de un proyecto de la estatura del IDEAD nos puede hacer pensar, como dirías Borges, que la realidad es circular, es decir, que retornamos a cometer los mismos errores del pasado. Sólo espero como egresado, docente, director del IDEAD y como sujeto comprometido con el fortalecimiento del proyecto de educación pública, que este no sea un nuevo déjà vu.

 Posdata:

Es grato compartir que en esa línea de fortalecimiento posgradual, en la sesión del 9 de diciembre, el Consejo Superior Universitario aprobó dos nuevos programas para el IDEAD, estos son: Especialización Virtual en Ambientes y Recursos Digitales para la Educación y Especialización en Seguridad e Higiene en el Ámbito Laboral.

noviembre 14, 2021

TODOS PERDIERON LA CABEZA

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

La Corona de Castilla fue la primera en perder la cabeza, quizás enloquecida por la fiebre del oro que ya había inundado toda Europa. Por eso nombró a Andrés López de Galarza como tesorero de la Real Hacienda en el nuevo continente. Muy de buenas don Andrés quien a duras penas había hecho unos cursitos de economía, y no precisamente en la San Marino, pero quien además de conquistador terminó haciendo una nutrida carrera burocrática.

Sin necesidad de llevar el cartón bajo el brazo, López de Galarza llegó a las nuevas tierras conquistadas y le fue encomendado abrir camino por la cordillera, topándose en esta lid con los Pijaos. Con su aguerrida resistencia los indígenas de estas tierras estuvieron a punto de hacerle perder, y rodar, la cabeza. No obstante se dio mañana para fundar Ibagué, eran esos los años de 1550.

Muchos años después, aunque no frente a un pelotón de fusilamiento, pero si ante una turba enfurecida, Andrés López de Galarza, por fin perdería su cabeza. Aunque entonces era lo único que poseía, porque sus restos seguían guardados en la Catedral Basílica Metropolitana Santiago de Tunja, libre de los manifestantes y glorificado por los adoradores de conquistadores en nombre de una fe antigua, por la cual muchos también han perdido la cabeza.

La turba de manifestantes, en su mayoría jóvenes, arrastró la cabeza de López de Galarza por las calles de Ibagué. (Arrastrar cadáveres es una tradición heredada de los conquistadores, aunque en este caso se trataba más de un simbolismo que de un acto de sevicia). Fue así que la cabeza perdida del conquistador terminó en el campus de la Universidad del Tolima y fue sometida a un “juicio histórico”. Un transeúnte que observaba a través de las rejas exclamó: “dizque juzgando un montón de chatarra, estos jóvenes perdieron la cabeza”.

Después de muchas horas de juzgamiento, la cabeza fue condenada a permanecer encerrada en el campus universitario, acto bastante atroz para un conquistador que odiaba la academia, recordemos que apenas hizo unos cursitos de economía.  Cerrado el juicio sólo quedaba por determinar ¿quién vigilaría la cabeza de Galarza?, cuestión que aún ignoramos.

Los restos de la cabeza de Galarza terminaron rondando por el vacío campus azotado por la pandemia y de vez en cuando hacía apariciones para asustar a los viejos historiadores que se negaban a aceptar la caída de sus antiguos monumentos. A ese ritmo, decían, todos perderemos la cabeza. Ante estas afirmaciones, otros docentes formados en otros ritmos de la historia, querían tumbar las cabezas añejas de sus antecesores, pero en la academia el parricidio es mal visto, mucho más que la negligencia.

Los días pasaron, las vacunas contra el Covid-19 llegaron, el campus empezó a recobrar un poco de vida y desde la Alcaldía de la ciudad llegó la notificación para que la cabeza del antiguo colonizador fuera devuelta. Quizás por falta de recursos, la Secretaría de Hacienda quería chatarrizar la historia y obtener algunos dividendos. Se supo que en el antiguo lugar en donde estaba la cabeza del susodicho, ahora habían erigido otra cabeza, una que, según los promotores, si poseía un símbolo respetuoso con los antepasados. Aunque a ojo de buen cubero, parecía que los creadores de la nueva cabeza habían sometido la estética a otro juicio histórico, declarándola inexistente.

¿Y la cabeza? No aparecía. En el campus de la Universidad del Tolima nadie daba razón de sus restos. Los posmodernos, quienes aseguran que la historia ha llegado a su fin, decidieron dar por inexistente la susodicha cabeza. Los señalamientos empezaron a ir de aquí a allá, algunos culparon a los jóvenes que protestaban, otros a los profesores que lideraron el juicio, incluso algunos culparon a la administración por ocultar la cabeza, entre otras cosas. A tal deliro llegó el asunto, que se supo que una de las tantas abogadas contratadas para vigilar, enredar y castigar el mundo de la vida universitaria, terminó poniendo una demanda en la Fiscalía por la pérdida de una cabeza.

Ahora todos deambulamos sin saber por qué perdimos la cabeza. Los jóvenes de vez en cuando gritan que irán detrás de más cabezas. Los viejos profesores, al parecer, hace mucho les importan poco lo que pase por las cabezas. Los nuevos docentes están construyendo una categoría de análisis para estudiar el fenómeno y publicar un artículo en algunas de esas revistas indexadas que nos hacen perder la paciencia y la cabeza. La abogada espera la respuesta de la Fiscalía mientras impaciente se rasca su atribulada cabeza. La Alcaldía espera que le devuelvan la cabeza que anda embolata, tan embolatada como la pobre gestión del mismo alcalde.

Y mientras tanto, de noche, en el campus de la Universidad del Tolima algunos dicen ver rodando una cabeza. Va pregonando una vieja letanía que aún estremece el Valle de las Lanzas. Nadie puede traducir de manera exacta lo que murmura, pero de seguro que, si te detienes a escuchar sus lamentos, también perderías tu cabeza.

julio 12, 2021

Pensar y actuar en contexto: El papel de la universidad en la movilización social

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Educación, realidad y contexto

Cuando se habla de las dimensiones del currículo se suelen recordar con frecuencia dos conceptos: pertinencia y contextualización. El primero de ellos tiene que ver con la respuesta que desde los contendidos se da a las demandas del entorno, por lo cual se infiere que ningún currículo es fijo, que debe estar en constante transformación, ya que los entornos reclaman esa misma dinámica. El segundo concepto, el de contextualización, hace énfasis en los procesos, estrategias y metodologías que permiten la articulación al entorno antes mencionado.

Según múltiples postulados, dichas dimensiones son esenciales cuando se piensa en la educación como un factor de transformación social, cultural, económica y científica de una sociedad. Esta es la ruta fundamental del proyecto educativo moderno, que en términos de Durkheim consiste en avanzar en la formación de un mejor ser humano, quien, a su vez, contribuye a la formación de una mejor sociedad.

Ahora bien, estos postulados no siempre se cumplen. La educación está determinada por múltiples aspectos que condicionan el currículo a otros intereses que se decantan en indicadores, rankings. Mediciones y determinantes casi siempre ajenos al entorno y, por supuesto, descontextualizados. Cuando, por ejemplo, el MEN aprueba la apertura de un programa, este queda sujeto a una serie de condicionantes de “calidad” que, en muchos casos, riñen con los entornos en donde el programa va a operar. Se pide el cumplimiento de unos indicadores que por sí solos no generan un impacto transformador en la realidad. La mayoría de los indicadores son enunciados, no realidades.

¿Por qué esta discusión? En el escenario del estallido y la movilización social acaecidos en Colombia durante el año 2021, que es un acumulado de muchas décadas de ausencias de políticas que de verdad impacten positivamente la realidad, estos aspectos toman profunda importancia. Han surgido de nuevo esas preguntas antiguas: ¿para qué la universidad? ¿Qué es lo se debe enseñar? ¿Cómo se debe articular la educación con la realidad?

De algún modo estas preguntas han estado siempre en los entornos educativos y muchas veces las respuestas han sido suplantadas por los tecnócratas de los indicadores, quienes, aunque parezca increíble, tienen grandes aliados en la universidad pública y viven “midiendo” la importancia de la institución a través de los puestos que ocupe en esos listados. Lo que poco se “mide” es precisamente la pertinencia y la contextualización, quizás porque transformar la realidad no les interesa tanto a los actores, es mejor exhibir galardones, primeros puestos, diplomas, indicadores de gestión, buenas notas, certificados y un largo etcétera de artilugios. 

Ahora, cuando la mayoría de universidades públicas han quedado atrapadas en el mutismo propio de la sin salida del momento actual, mucho se discute si volver a la actividad académica o seguir en paro permanente. Para responder a esta disyuntiva habrá entonces que repreguntar: ¿De qué manera se cumple la función social de la universidad, estando en paro o estando activa? Intuyo que la respuesta es unánime. Pero entonces ¿Cómo responder a las necesidades del entorno? ¿Cómo articular la universidad colombiana del siglo XXI para que de una vez por todas se vuelque a contribuir con todos sus esfuerzos a la reconstrucción del país? Volver a pensar estas dos dimensiones del currículo es una de las tantas posibilidades.

La propuesta

El Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima, igual que casi todo el sistema educativo colombiano, suspendió actividades académicas después del 28 de abril de 2021. Ese día se concretó la hora cero que generó la reacción en cadena del tsunami de indignación de millones de habitantes, ciudadanos, campesinos, estudiantes, jóvenes, hombres, mujeres y diversos azotados por la precariedad que se profundizó por los efectos del Covid-19.

Después de un mes de paro y sabiendo que las soluciones a las demandas del mismo tardarían en llegar, empezó la discusión sobre el retorno o no. Para algunos el retorno a clases era una traición, para otros, era necesario garantizar el derecho a la educación aún en medio de la crisis, no en vano la educación siempre ha pervivido en medio de una sociedad en permanente convulsión. Desde el Consejo Directivo del IDEAD se realizaron varias sesiones de trabajo debatiendo los pro y contras de cada medida, se procedió a diseñar un sondeo de opinión para los estudiantes y profesores de posgrado obteniendo una marcada tendencia a retornar, (73% en estudiantes y 83% en profesores), pero bajo unas condiciones distintas a las que se realizaban en un periodo de “normalidad”.

Uno de los aspectos resaltados en la Circular No 1, expresaba tajantemente que el retorno se haría: “Retomando los principios propios del modelo pedagógico de flexibilidad, pertinencia y coherencia, los docentes deben dialogar con los estudiantes sobre la coyuntura del momento y generar acuerdos que permitan armonizar las tutorías de cara al importante movimiento social que vive el país”. (Consejo Directivo IDEAD, mayo 26 de 2021). Este llamado fue la clave para construir el proyecto que acá se comenta.

La experiencia

Bajo esos parámetros establecidos por el Consejo Académico y ratificados por el Consejo Directivo, se dio la reactivación académica de todos los posgrados del IDEAD (4 especializaciones y 2 maestrías). Y bajo esas mismas condiciones se dio el aprestamiento del seminario “Narrativas Literarias Digitales”, perteneciente al plan de estudio de la Maestría en Pedagogía de la Literatura, en el cual se encontraban matriculados 14 estudiantes.

Se empezó por plantear un Acuerdo Pedagógico encaminado a articular la realidad social, los ejes del seminario (literatura, medios digitales y pedagogía) y desde esa unión plantear la posibilidad de dar trámite al seminario sin abandonar la movilización, por el contrario, priorizando los elementos del entorno como componentes fundamentales de la actividad curricular. Después de una fructífera discusión colectiva, se llegó a la conclusión que era posible y que, en esencia el proyecto final del seminario, debía dar cuenta de estos aspectos propuestos, con lo cual necesariamente se adecuaron los tiempos, la evolución, la secuencia y otros temas esenciales para el nuevo rumbo adquirido.

Describir los pormenores de cada sesión, los profundos debates sobre la realidad que vivían los otros, los estudiantes y la sociedad en general, así como el seguimiento al proceso, haría muy extenso este artículo; lo que sí nos permite evidenciar y valorar los alcances son las producciones finales del seminario.

La primicia que sirvió como derrotero consistía en articular los proyectos finales usando como referentes algunos de los múltiples aspectos presentes en la movilización social, la categoría de literatura y por supuesto el de narrativas digitales, todo esto propendiendo por un enfoque pedagógico, es decir que dichos insumos o artefactos, se constituyeran en insumos para otros contextos educativos formales o informales. De ahí que sea necesario la divulgación de los mismos que a continuación se realiza.

Los productos

Cada uno de los proyectos elaborados en el marco del seminario “Narrativas literarias digitales”, contaba con los insumos epistemológicos provistos a través de las lecturas básicas propuestas en el microcurrículo. Se dio la opción que fuesen pensados, diseñados y elaborados por parejas de estudiantes o de manera individual, se contó con un procedimiento constante de asesoría y verificación durante el transcurso de los encuentros mediados por TIC, además de las asesorías extracurriculares. Estos son los resultados:

MAESTRÍA EN PEDAGOGÍA DE LA LITERATURA

Seminario: Narrativas literarias digitales

Docente: Carlos Arturo Gamboa B.

Autores y proyectos

Descripción

 

Karen Natalia Arias / Pedro Giraldo:

 

Resignificación: pasajes literarios de protestas

A través de un video documental se recrean textos de trasfondo religioso para darles una resignificación en el marco de la movilización social. Combinan creación literaria, imágenes y música, para hacer un homenaje a los procesos de resistencia en Villahermosa (Tolima)

 

Edna Salazar / Camila Páramo:

 

Mini-crónicas: Relatos de resistencia

Las autoras crean una miniserie a través de Instagram, en la cual, amanera de crónica, dan cuenta de 5 momentos fundamentales de la movilización social en Colombia. En “Relatos de  resistencia” se plantea la memoria como eje pedagógico de la formación crítica.

 

Cynthia Torres:

 

Concursando por los sesos del ero guro de Colombia

Usando el comic y en particular la propuesta de Shintaro Kago, la autora presenta una obra cercana al realismo sucio y a partir de esas imágenes construye mini-relatos que tienen un alto contenido social, totalmente articulado a los aspectos del actual estallido social en Colombia. Nos da a conocer una obra y la articula con la realidad de nuestro momento de estallido social por medio de la creación literaria.

 

Ana María Homez / Elizabeth Homez.

 

Mamás en la resistencia desde la primera línea: Crear, moldear y capturar historias

Rescatar el significado de las madres de la primera línea, a través de testimonios, imágenes, música y usando la técnica del stop motion, es la apuesta de este sensible trabajo que muestra con precisión las expresiones legítimas de la resistencia.

 

Vanessa Delgado:

 

Ensayo-blog: lenguajes de la resistencia

Usar el blog como un artefacto dinámico es la apuesta de este proyecto, retomando de base el ensayo académico, aborda la caricatura (Matador) como expresión crítica que constituye un discurso en la movilización social. Al final nos presenta un blog interactivo que da cuenta de las diversas expresiones mediadas en conjunto.

 

Vicky Alejandra:

 

Despertando sueños Literarios a partir del uso de la Biblioteca digital

Este proyecto asume la construcción de un reservorio de diversos textos literarios, usando las herramientas digitales que permiten enlazar diversas formas de lecturas. Además presenta una estrategia didáctica mediada para que los niños puedan construir sus propio comic sobre la movilización social.

 

Viviana Torres / Viviana Mendoza:

 

Diccionario literario infantil para entender la movilización social.

El diccionario es una apuesta por reconstruir los significados de las palabras para que ellas actúen como testimonio de la construcción cultural de la crisis social. Recrea el uso de las palabras preguntándole a los niños sus significados, lo cual permite rastrear la apropiación infantil del momento actual. Usa diversas mediaciones para hacerlo dinámico y navegable y muy pedagógico.

 

Hernán Ruiz / Laura Zamudio:

 

El color de la palabra

En palabras de sus autores: “La movilización establece distintos espacios de expresión desde el arte y la palabra, es entonces en este proyecto que se analiza el grafiti como una manera de denuncia hechos atroces y violación de derechos humanos. El uso del cuerpo, la palabra, la imagen y el baile genera nuevas perspectivas y condensa los elementos en favor de la protesta”.

 

De esta manera se genera una apuesta sonora y visual que impacta y recrea las estéticas de las resistencias.

 Finalmente, dejando la invitación para que visiten cada uno de los espacios, se puede concluir que mediante este ejercicio se recuperaron esas dos dimensiones curriculares que poseen todos los programas académicos (pertinencia y contextualización) y al hacerlo, encontramos una manera de mantener vivos los espacios de los encuentros tutoriales sin desconectarnos de la realidad. En otras palabras, cumplimos con los fines de la educación que plantean la construcción de conocimiento para entender la vida, las cosas y los fenómenos, y de esa manera aportar al individuo y a la transformación social.

Por tal razón, retornar a las actividades académicas tiene sentido cuando desde las disciplinas pensamos y actuamos en consonancia con el tiempo y las crisis que padecemos. Esperamos que de estas iniciativas surjan muchas más, en otras disciplinas y bajo variadas ópticas.

Colectivo Seminario Narrativas Literarias Digitales