Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla
Escritor colombiano / Docente Universidad del Tolima
En casa teníamos todo para ser
felices, pero no lo éramos. Nuestra madre había heredado una jugosa cantidad de
dinero representado en propiedades de toda índole, más una solvente cuenta
bancaria. Era hija única de aquel matrimonio entre abuelos petroleros. Aun así,
como dije al comienzo, no éramos felices.
Mi hermano mayor había huido de
casa antes de cumplir la mayoría de edad, hacía ya más de 20 años, cuando las
cosas empezaron a enrarecerse. Mi padre, quien se había mostrado proclive al
diálogo familiar, de pronto se tornó déspota. Fue por esa misma época cuando
quedó a cargo de toda la fortuna de mamá, debido a un giro legal. Mamá aceptó
sin pelear, pues confiaba en él y en sus buenos propósitos para toda la
familia. Por entonces yo no había nacido, pero los relatos de esa época siempre
tienen un tinte feliz. Entonces todo empezó a cambiar. Mi padre se hizo adicto
a los lujos y al alcohol. Descuidó los negocios y se dedicaba a despilfarrar
los ahorros con sus amigos, mientras en casa pasábamos necesidades. Fue por esa
época que Venezio huyó.
Madre soportaba estoicamente los
malos tratos de papá y el desbarajuste de todo lo que se había construido en
los inicios de aquel idilio; aún soñaba que quizás un día mi padre entendería
la ruta trazada en los inicios y retornaríamos al proyecto familiar feliz. Mi
padre no pensaba igual, solo se dedicaba al derroche y empezó a hacer enemigos
por todos lados. «Cuando hay dinero de por medio no hay lealtades», solía decir
mi abuelo; lo sé porque mamá repetía sus historias en la mesa, cuando aún en
casa se podía hablar. «El abuelo Vezcha sí que sabía liderar esta familia»,
solía decir, «lástima que muriese tan joven». Él confiaba en tu padre, vio en
él ese talante que necesita un proyecto familiar como el nuestro. Por esa época
de las historias en la mesa, hubo un apaciguamiento pasajero; mi padre pareció
retornar el rumbo y vivimos en calma una pequeña temporada. Madre habla de esa
época como la de la reconciliación.
Al poco tiempo nací yo, «para
colmo de males», dijo tiempo después mi madre. Mi padre volvió a la bebida, y
le dio por coleccionar coches de lujo. Tiempo después, un vecino, hombre avaro
y bullicioso, empezó a acecharnos, porque, según él, mi padre le había quitado
un negocio que tenían en común, y, como decía el abuelo, «en cuestiones de
dinero, la amistad es un delgado hilo que se tensa con pérdidas y ganancias».
La enemistad creció hasta el
punto de que los antiguos socios se declararon la guerra, aunque solo era una
contienda verbal en sus inicios. La disputa generó más infelicidad en casa, las
cosas empezaron a escasear y pasamos días muy duros. Mi madre resistía junto a
mi hermana y yo, que crecía en medio de lágrimas y deseos de que todo volviera
a la normalidad. Mi hermano mayor de vez en cuando llamaba y terminaba
insultando a mamá, pidiéndole que hiciera algo, que papá se había vuelto un
tirano. Siempre la discusión telefónica terminaba generando más enemistad
familiar.
Hace un par de días la discusión
con el vecino avaro escaló a tal punto que mi padre llegó a casa y nos dio
instrucciones en las que debíamos prepararnos para una batalla. Dijo que
vendrían por nuestra riqueza, instruyó a mi hermana para que se dispusiera a
pelear por la familia. Mi madre no decía nada; a ella le tocaba redoblar
esfuerzos y vigilar de noche. Yo, apenas una niña, debía encargarme de estar
pendiente de una campana de alerta, para avisar cualquier intromisión en
nuestras propiedades. Nadie entendía nada, excepto mi padre, que iba de aquí
para allá, insultando al aire y tomando grandes copas de coñac.
Esta mañana oímos una explosión.
La puerta cayó y, tras la dispersión del humo y en medio del olor a pólvora, el
hombre avaro, el vecino gruñón que tanto odia a papá, ingresó con varios
escoltas. Tomaron la casa por asalto, abrieron una gran caja fuerte y empacaron
todo lo que allí había y lo sacaron junto a papá. Cuando el estruendo del
asalto pasó, el hombre fortachón nos reunió y nos dijo —a mamá, a mi hermana y
a mí— que estuviéramos tranquilas, que él era el nuevo dueño de esta casa, que
nuestro padre no nos haría más daño. Mi madre sacó algo de su escasa valentía
para preguntarle por qué se llevaban el dinero y las pertenencias familiares, a
lo que el avaro respondió: "«Ya le dije que ahora soy el patrón de esta
casa», luego se fue sin antes dejar a sus sabuesos cuidando el desbarajuste
causado.
Mi madre, mi hermana y yo
seguimos naufragando en el asombro; no sabemos qué ha pasado. Todo fue tan
rápido. Lo cierto es que ahora estamos peor que antes, sin papá, sin dinero y
con un nuevo amo. En medio de la incertidumbre escuchamos sonar el teléfono; es
mi hermano. Mamá pone la función de altavoz y escuchamos a mi hermano gritando:
—Gracias a Dios, por fin nos han
liberado.


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