abril 23, 2020

Pandemia y destino


Por: Mitón Fernando Dionicio
Docente Catedrático UT
I
En las vacaciones de pascua de 1862, Nietzsche escribe Fatum und Geschichte (Fatum e historia), donde discute los conceptos filosóficos de libertad y determinismo. En sus obras de juventud, Hegel realiza un análisis histórico-sistemático de la noción de destino. Dilthey, gran conocedor de los escritos hegelianos tempranos, muestra que la fuente de esta concepción se remonta a la Grecia homérica. La preocupación fundamental de los griegos fue la pregunta por el ser de la existencia, por la estructura constitutiva esencial de la vida. La respuesta a esta cuestión es, en sí misma, un misterio, un acertijo oracular: la existencia es destino (vita est fatum). La filosofía moderna intentó interpretar y comprender este dictum. Algunos pensadores modernos sostienen que el hombre tiene libertad en la toma de decisiones. Sus acciones, en consecuencia, son producto de la fuerza de su voluntad. Los hechos del mundo, los sucesos históricos, se fundamentan, pues, en los actos de los hombres, sobre todo, de los grandes personajes de la humanidad, en los que el fuego interno es brutalmente destructor y transformador.
Contrariamente, Schelling y Schopenhauer, que parten de la Ethica ordine geométrico demostrata de Spinoza, han evidenciado el carácter absoluto del mundo. No existe la libertad, es una quimera religiosa y moral, estamos determinados por una substancia (substantia) universal y plena. Damos pasos a través de un camino sellado desde antiguo, como miserables entidades fantasmagórica, que se acercan, entre lamentos, a los campos infernales del olvido y la desaparición. La historia no es propiedad del hombre, ni su obediente sirviente. Todo lo que ocurre ya ha sido dicho y posee una finalidad específica. La historia, en tanto télos y búsqueda de un horizonte despejado, tiene un mensaje, un lógos eterno, esperando salir a la luz.
La pandemia del Covid-19 no es la primera en el tiempo. Ha habido muchas otras en el pasado. ¿Posee este nuevo virus un propósito existencial? ¿Tiene un mensaje, un lógos oculto, que nosotros, debamos descifrar? ¿Hay algo que nos quiera enseñar? Para responder estas cuestiones, iniciaré mi reflexión con el examen de una epidemia similar que tuvo lugar hace dos mil años en la Roma Clásica.
II
Del 165 al 180 d.C., se desató en el Imperio Romano la Peste Antonina, también llamada la Plaga de Galeno. El reputado médico describió por primera vez la enfermedad de manera científica. Galeno se convirtió en médico a los veinte años. Amplió y completó sus estudios en Esmirna y Corinto, donde tuvo contacto con la obra de Hipócrates de Cos, su fuente principal de conocimiento. En la mágica y misteriosa Alejandría, estudió anatomía y fisiología. Con la disección de cadáveres animales, aprendió los métodos empíricos y el funcionamiento de los órganos del cuerpo. Sus análisis se centraron en los riñones y la médula espinal. Al morir su padre, regresó a Pérgamo, su ciudad natal, donde fue médico de la escuela de gladiadores durante un lustro. Ganando experiencia en traumatología, viajó en 162 d. C. a la Capital Imperial.
En Roma escribió y publicó varias obras, en las que puso de manifiesto su erudición en anatomía, obteniendo fama de científico experto. La relación con el cónsul Flavio Boecio, uno de sus más importantes e influyentes pacientes, le permitió acceder al tribunal romano y convertirse en médico oficial de la corte del emperador Marco Aurelio y su corregente, Lucio Vero. En el 168, Galeno fue convocado por los dos Augustos y estuvo presente en uno de los fuertes brotes de la peste entre las tropas militares, estacionadas en las cercanías de Aquileia, una pequeña población romana en el Mar Adríatico.
La pandemia antonina fue llevada al Imperio por el ejercito romano, de campaña en el Cercano Oriente. Los historiadores antiguos consideran que la plaga apareció en el asedio a Seleucia, o Seleucia del Tigris, una de las ciudades de mayor tamaño en la época helenística, comparable en los siglos III y II a. C. con Alejandría o Antioquía. Seleucia se ubicaba en Mesopotamia, a la orilla oeste del río Tigris, cercana a la población de Ctesifonte, en la actual República de Irak. En Rerum gestarum[1], el historiador romano Amiano Marcelino sostuvo que el virus se había propagado por todo el territorio romano, extendiéndose a la Galia y los territorios del Rin.
En el tratado Methodus medendi vel de morbis curandis libri XIV, Galeno describe los síntomas de la plaga antonina[2]. Inflamación de faringe, fuerte e incontrolable diarrea, fiebre alta y terroríficas e impactantes erupciones cutáneas, secas y purulentas; esto añadía una fuerte impresión visual al brote. Sensación de abrasamiento, fetidez en el aliento, tos violenta, piel enrojecida e irritada, ardor en ojos, boca y fosas nasales; una tremenda sed, sudor, gangrenas en la garganta, delirios y visiones. Las erupciones aparecían a los nueve días de contraer la infección. Con la supuración y pudrición de Roma se escuchaban cercanos los pesados pasos del ángel de la muerte, que con su tenebroso y inmenso manto cubría de oscuridad y miseria las calles de la città eterna. Los datos de Galeno no son suficientes para determinar con certeza la naturaleza de la epidemia. Sin embargo, los científicos contemporáneos sostienen que se trató de viruela, cuyas únicas formas de prevención en la actualidad son la inoculación o la vacunación. Tuvieron que pasar casi dos milenios para que en 1959 se aprobase una campaña mundial de erradicación. El último caso de viruela contagiada de manera natural fue reportado en 1977 en la población de Merca, Somalia, y la muerte más reciente a causa del virus, una médica de Gran Bretaña, Janet Parker, infectada por la mala manipulación de una muestra de laboratorio en la Universidad de Birmingham.
En las Meditaciones[3], un pesimista Marco Aurelio acepta que la infección se había esparcido y dominaba la totalidad del aire que respiraba el Imperio. Agonizando, en Vindobona Austria, el 17 de marzo del 180, pronunciaría las famosas palabras: “No lloréis por mí. Pensad en la pestilencia y la muerte de tantos otros”[4]. Según la opinión del Eunuco Eutropio[5], funcionario romano en Oriente, y de Amiano Marcelino[6], la epidemia cobró la vida de millones, se calculan cinco. Dion Casio[7], el político, militar, historiador y Consul de Roma desde el 229, registra dos mil muertes al día en la Capital y una gran mortandad en los barrios de esclavos y pordioseros. Como es constumbre en nuestro mundo, en la desgraciada historia gobernada por demonios capitalistas, por un sistema que obedece las leyes del liberalismo, la fuerza, la imposición sobre otros, la destrucción y el aniquilamiento de los débiles y vulnerables, los que más sufren son los pobres, humillados, ofendidos y desposeidos. Se debe aceptar, no obstante, que la infección también afectó a la nobleza, a los adinerados, aunque en menor medida. No discriminó por razas, credo, profesión o ideología. 
En Historiae adversus paganos, Commonitorium y Liber apologeticus, el teólogo e historiador cristiano Paulus Osorius[8], figura intelectual y cultural de su tiempo, a la altura de Agustín de Hipona y Jerónimo de Estridón, ilustra la situación social de Europa durante la tragedia. Las ciudades imperiales de mayor tamaño perdieron la mitad de su población. En Roma, los cadáveres eran apilados por cientos, pudriéndose unos sobre otros, destilando el repugnante aroma de la muerte y la miseria humana, insoportable, angustioso, como si de un terrible castigo de los dioses se tratase o de los efectos de un poderosísimo hechizo de magia negra, cuyo propósito fuese la eliminación de la vida humana sobre la faz de la tierra. A estas actitudes supersticiosas y desesperadas, que reflejan la perplejidad de los romanos ante la lamentable situación y la absoluta falta de una explicación coherente, científica y racional de las causas de la enfermedad, se refiere de forma irónica y burlesca el humorista sirio Luciano de Samósata en varias de sus composiciones literarias[9]. Por otra parte, en las poblaciones rurales, los efectos no fueron más alentadores que en territorio urbano; todo lo contrario. Hubo territorios en la Península Ibérica, Asía Menor, el río Danubio y tierras galas, en los que no quedó un solo habitante. Se convirtieron en pueblos fantasmagóricos, desolados y melancólicos. La pesadilla del exterminio y la ruina se materializó como destino fatal.
Algunas de estas ciudades se localizaban en las fronteras al norte del Imperio. Las tropas estacionadas en los límites fronterizos, cuya función era la contención de los bárbaros, se vieron seriamente afectadas y diezmadas por el virus. Esto les impidió frenar y rechazar los continuos avances de las tribus germanas, que reclamaban nuevas tierras y posesiones en suelo romano; también venganza, por las afrentas y humillaciones; no soportaban más el yugo de los Emperatores, bajo el cual habían estado por siglos.    
Las dificultades del ejército para defender las fronteras hicieron que Marco Aurelio dirigiese personalmente las legiones Felix, que combatían en cercanías del Danubio. Si bien el genio estratégico del Sabio consiguió un éxito relativo en la empresa de defensa, la escasez de soldados romanos y la pérdida de poder activo de contienda y conflagración al interior de las filas de combate constituyeron el inicio del fin del Imperio Romano.
Con el ascenso de Cómodo, inicia la ruina de Roma, como afirman Gibbon y Rostovtsev[10]. En Römische Geschichte, Niebuhr, uno de los fundadores del historicismo y la ciencia filológica en Alemania, mantiene una actitud melancólica y pesimista con respecto a la Peste Antonina[11]. El reinado de Marco Aurelio habría significado un punto de inflexión en el arte, la cultura y el espíritu del Imperio.  La peste le asestó un golpe mortal a Roma, una puñalada letal que la desangró y aniquiló, como años atrás a Julio Cesar, asesinado vilmente en el Pórtico del Teatro de Pompeyo por Decimo Junio Bruto Albino y otros veintidós miembros del Senatus Romanus[12]. El majestuoso Imperio Romano, modelo de la Antigüedad, jamás llegó a recuperarse de la enfermedad. Sus órganos internos se corroyeron hasta desaparecer por completo. Solo sobrevivió el recuerdo de la grandeza, plasmada en las eternas ruinas del Forum Romanum. Todos los hombres, todos nosotros, tras esfumarse la imagen del trono imperial, somos y seremos hasta el final de los tiempos simples sombras en búsqueda de la belleza perdida. La humanidad murió con Roma.
III
En la época de la pandemia, el Imperio Romano era la potencia máxima del planeta. Existen al menos tres ámbitos en los que esto se evidencia. En lo filosófico, había bebido de las caudalosas aguas griegas. Si bien ninguna nación ha superado ni superará las intuiciones puras, la verdad de los helenos, los romanos supieron hacer de la filosofía una forma de vida, un manual de comportamiento para alcanzar la templanza del ser, la serenidad en medio de furiosas tempestades. Este aspecto, por sí solo, es suficiente para que todo hombre, en cada nueva generación, vuelva a los escritores latinos. No hay mejor opción educativa que atender el llamado del estoicismo, la voz clara, concreta, sin arandelas, de Séneca o Cicerón.
En el terreno artístico, Roma constituye el primer lugar-espacio-momento-tiempo de Occidente en el que surge un arte universal, cosmopolita, multiculti; de diversas tradiciones, diferentes lenguajes y expresiones religiosas separadas ideológicamente por abismos insondables. Este arte del devenir no es el resultado de un diálogo de saberes, de una comunicación cordial, racional y prudente, de una dinámica dialéctica organizada según una estructura originaria y esencial del universo, donde los opuestos se unifican, configurando una totalidad armónica, absoluta y móvil. Nada de esto ocurre en el Imperio Romano. La diferencia, la separación, el alejamiento, la monstruosidad abisal de lo artístico, se presentan atadas a la guerra y la confrontación sin tregua. La multiculturalidad del arte latino, su universalidad, su cosmopolitismo hallan su ser en el gusto incontrolable por la sangre, vertida en la lucha a muerte de los espectáculos de gladiadores de la arena del Coliseo.
En el plano científico, se hace evidente su supremacía a partir del análisis de un caso histórico. En el 165 d. C., la ciudad egipcia de Alejandría se encontraba bajo dominio romano. Alejandría fue fundada por Alejandro Magno el 331 a. C., después de vencer al dictador Darío III de Persia, en una batalla inolvidable. Los egipcios aceptaron al glorioso Alejandro con cánticos de alabanza y magníficos festejos, llamándolo libertador y proclamándolo Faraón plenipotenciario. Al cabo de pocas décadas, Alejandría se convirtió en una ciudad rica, próspera y poderosa. El trono de la emblemática ciudad fue heredado por Ptolomeo I, amigo cercano de Alejandro y uno de sus insignes generales durante las famosas campañas de conquista. La Dinastía Ptolemaica se mantuvo tres siglos. Ptolomeo I construyó el palacio real que daría aposento a sus descendientes. Su hijo, Ptolomeo II, erigió el Museo, una obra dedicada a las musas griegas, diosas de las artes, la sabiduría y las ciencias. La edificación fue el fundamento de la Paideia alejandrina. En su configuración y diseño, se encuentran las raíces de la universidad moderna. Se trataba de un centro de educación superior, que en su cumbre tuvo más de catorce mil estudiantes y cientos de investigadores y maestros, quienes dictaban cursos públicos de diversas materias.  
El Museo tenía varias divisiones; un ensoñador jardín botánico, que contó con una colección completa de plantas de todos los países conocidos, una sección de zoología, un observatorio astronómico y una sala de anatomía. Sin duda, la parte más conocida y románticamente recordada es la Biblioteca, ese kósmos del espíritu, devenido cenizas, desperdigadas en el viento para siempre, a causa del fuego destructor, que le robó a la Humanidad su memoria, su elemento vital y su alma. No hay un lugar que represente con mayor claridad la grandeza y elevación humanas y a un mismo tiempo su estupidez, brutalidad, maldad y bajeza que la Biblioteca de Alejandría.
Cuando Julio César, por pedido de Cleopatra, se apoderó de la ciudad en el 47 a. C. y su heredero, Octavio Augusto, durante el 30 a. C., hizo del majestuoso Egipto una provincia romana más, terminando así con cuatro milenios de independencia política, social y religiosa, por el Museo y la Biblioteca alejandrinos habían pasado las mentes científicas más brillantes del mundo antiguo. Filósofos, poetas, literatos y retóricos; geógrafos, matemáticos, físicos, astrónomos y médicos, quienes habitaron sus salones o cuyas obras fueron recopiladas, editadas y traducidas, es decir, estuvieron presentes en el Museo, ya en cuerpo, ya en mente y espíritu. En Alejandría fueron publicadas cientos de libros, que contenían los resultados intelectuales más portentosos de la Antigüedad. Bajo el dominio de Roma, que se extendió por siglos, la magnificencia de la ciudad no decayó, sino llegó a su cúspide. ¡A la altura de las deidades inmortales!
Al arribo de la Peste Antonina, el Imperium se hallaba, pues, en posesión del conocimiento, químico, farmacéutico y médico más avanzado de su tiempo. Sin embargo, los romanos no pudieron hacerle frente a la enfermedad. La gran ciencia fue vencida de manera categórica por la infección.
La causa de esta estrepitosa derrota radica en la esencia misma del conocimiento científico, en la naturaleza de la razón humana. El progreso de la ciencia estriba en la existencia de preguntas y cuestiones que ella no puede responder de inmediato. La resolución de estos problemas se convierte en la meta y el reto a alcanzar y superar por parte del conocimiento científico. Cuando los grandes científicos superan estos retos, resolviendo los enigmas y las máximas preguntas, se habla de un avance científico, se da un salto en el proceso evolutivo de la ciencia. El avance científico será mayor, en la medida en que se resuelva una pregunta más grande o compleja. Las revoluciones científicas, los cambios de paradigma, que ocurren muy pocas veces en la historia del conocimiento, son el resultado de la resolución de cuestionamientos que parecen imposibles de resolver, que pertenecen más al ámbito de la metafísica que al orbe de la empereia.
Aquellos que descubren estos misterios dan la impresión de haber tenido contacto con dioses antiguos, que les comunican verdades secretas a través de visiones y trances religiosos. Una inexplicable intuición, un noûs platónico, surge en conexión con el universo sagrado de lo absoluto. Los científicos metafísicos que han sido iluminados por el poder de la totalidad del noûs, transforman por completo la interpretación de la realidad y configuran un horizonte alternativo. Súbitamente, las oscuras nubes de la tormenta se apartan, el azul eterno del cielo infinito se presenta ante los ojos y el pico nevado de una nueva montaña, inmensa y majestuosa, colma de júbilo y ambición el alma de los nuevos hombres, quienes así hablan: “he ahí una gigantesca, inexplorada y desconocida cima, hacía ella marcharemos, sin freno, hasta quedarnos sin aliento”.
El hecho de que la ciencia haya llegado, en buena medida, a controlar y dominar, por ejemplo, la viruela, el sarampión, la tuberculosis o el cólera significó un avance científico de primer orden. Pero este logro no fue inmediato. Se requirieron cientos de intentos fallidos, hubo de pasar siglos, se dieron millones de muertes y catástrofes humanas para que la creación de vacunas y tratamientos efectivos fuese una realidad. Es cierto que la ciencia avanzó significativamente con los geniales aportes del alemán Robert Koch. El precio fue, empero, demasiado alto. 
IV
Al leer las descripciones de guerras y batallas históricas en los grandes poemas épicos, el alma se emociona hasta el llanto. Nos identificamos con aquellos personajes heroicos, colocándonos sus armaduras y uniformes militares; experimentamos el poderío de la espada y la lanza del guerrero. Habitamos el campo de fuego y admiramos la destrucción, el caos, la miseria y la muerte, mientras cabalgamos un noble caballo azabache. En verdad, a los poetas, como dice el Divino Platón, les ha sido impuesta una misión oracular: “dejad que los niños saboreen la sangre”. De igual manera, sufrimos con las pobres y desamparadas gentes, que se consumen en las poblaciones aniquiladas tras la invasión de las tropas enemigas. Mujeres, niños y ancianos, campesinos, asesinados de manera infame. Los inocentes se hunden en la oscuridad y el horror de la contienda. Con ellos nos hacemos puro dolor, devenimos por completo las lágrimas que salen de sus tiernos y nostálgicos ojos.
Pese a la empatía catárquica ofrecida por el arte y las letras, a ese páthos de la consumación, salimos de aquellas obras con la firme convicción de que aquellos conflictos bélicos son materia del ayer. Nuestra civilización, nos libra de toda posibilidad, en la actualidad – Aktualität –, de un estado de guerra, de un cruel y salvaje bellum omnium contra omnes. Nos convencemos completamente de que la guerra pertenece al ámbito de la ficción y la imaginación, no, por supuesto, a la realidad del presente.  
Este mismo escenario teatral aparece en el caso del virus. La confianza plena en la ciencia contemporánea, en la tecnología y en un estado de bienestar diseñado por el neoliberalismo de hoy, nos habían conducido a la férrea idea de que las catástrofes causadas por enfermedades infecciosas eran algo superado, enterrado, una pesadilla de la Edad Media, o de épocas de suciedad, donde las ratas se amontonaban en la basura y fetidez de las urbes europeas, contagiando a millones y haciendo del Viejo Continente un infierno dantesco sobre la tierra.  Con la aparición del Covid-19, el tenebroso pasado romano renace en un organismo poderoso. Por ejemplo, la sintomatología de la infección es similar a la Plaga Antonina. Como si no hubiesen pasado casi veinte siglos, la virosis cobra dos mil doscientas vidas en un día en New York al igual que la Peste de Galeno lo hiciese en la Capital Romana. También Galeno vio como única salida para contrarrestar el mal la medida de cuarentena en las tropas castrenses que se agrupaban y esperaban en las fronteras del Imperio.
Los científicos y los líderes de estado son optimistas frente a la crisis del 2020. Afirman que la ciencia encontrará una vacuna. En Oxford – particularmente, Sarah Gilbert del Jenner Institute/Nuffield Department of Medicine, Medical Science Division – dicen septiembre de este año, si se dan condiciones óptimas. Melanie Brinkman del Helmholtz Zentrum für Infektionsforschung piensa en abril del 2021. ¡Puede ser! Quizá la infección llegue a ser una anécdota más, que ocupó los medios un corto de tiempo, pero fue olvidada con rapidez. Por el contrario, veo el virus como el anuncio de la caída y destino fatal del Imperio de Occidente. Esta dolencia es el primer síntoma de un inmenso cáncer que corroerá desde su interior el sistema capitalista de consumo humano, la civilización de la esclavitud. Los emperadores romanos nunca creyeron que la magnífica estructura de su reino había iniciado el recorrido oscuro hacia el abismo y la desaparición. Así los hombres del Ahora, que fijan su mirada en el aquí (hic et nunc), cierran sus ojos frente al trágico futuro. ¡No es fácil aceptar la destrucción!
Ésta, con todo, constituye el resultado lógico de la esencia y la naturaleza intrínseca del hombre. La ciencia y la razón son suicidas. El logro último de la razón pura – del conocimiento pleno –: verse doblegada, aplastada, desmembrada por el poder de lo desconocido, lo oculto, lo entre la niebla, frente a lo cual cabe simplemente cerrar la boca, inclinar la dócil cabeza y decir adieu.
Epílogo
En Guerra y paz, Tolstoi acepta haber relatado el conflicto entre Rusia y Napoleón no como un historiador, sino con voz de poeta, de artista espiritual[13]. Yo no vislumbro el porvenir de la humanidad desde la perspectiva de la ciencia y la lógica. Su final aparece escenificado en una dramática obra teatral. Todo gran drama tiene un doloroso END, The end. Soy feliz ante esta circunstancia. Tiene una moraleja, una enseñanza, esconde un mensaje. La infección hace parte de la naturaleza, siempre lo ha sido, quiere decirnos algo. La vida en sociedad, junto a otros seres, tocar la piel, aspirar el sudor, los fluidos, crear planes comunes, construir comunidades, administrar, la miserable política, el orden económico internacional, ser dependientes de aquel, aquella, este o esta, la esclavitud, estar en el mundo para ti y contigo, crear inmensos imperios y fortunas, hallar el éxito y la felicidad… todo eso representa el camino errado, es una guillotina, el arma preferida de Dios, el gran verdugo. El nuevo hombre, el Übermensch, debe regresar a la soledad, a su yo interior, apartado. Vivir en la separación, en la calma del bosque de niebla, hacer de la desidia hacia el humano bandera de liberación. Es en este sentido que somos lobos, no en el de Hobbes. Viejos lobos esteparios (Steppenwölfe).



[1] Marcelino, A., Historias. Obra completa, Gredos, Madrid, 1999. 
[2] Los síntomas de la enfermedad según Galeno: “exantemas de color negro o violáceo oscuro que después de un par de días se secan y desprenden del cuerpo, pústulas ulcerosas en todo el cuerpo, diarrea, fiebre y sentimiento de calentamiento interno por parte de los afectados, en algunos casos se presenta sangre en las deposiciones del infectado, pérdida de la voz y tos con sangre debido a llagas que aparecen en la cara y sectores cercanos, entre el noveno día de la aparición de los exantemas y el décimo segundo, la enfermedad se manifiesta con mayor violencia y es donde se produce la mayor tasa de mortalidad”. Galeno, Methodus medendi vel de morbis curandis libri XIV, Hittorpius, 1519, p. 200.
[3] Véase Marco Aurelio, Meditaciones, Gredos, Madrid, 2000, p. 89. “Propio de un hombre bastante agraciado sería salir de entre los hombres sin haber gustado la falacia, y todo tipo de hipocresía, molicie y orgullo. Pero expirar, una vez saciado de estos vicios, sería una segunda tentativa para navegar. ¿Continúas prefiriendo estar asentado en el vicio y todavía no te incita la experiencia a huir de tal peste? Pues la destrucción de la inteligencia es una peste mucho mayor que una infección y alteración semejante de este aire que está esparcido en torno nuestro. Porque esta peste es propia de los seres vivos, en cuanto son animales; pero aquélla es propia de los hombres, en cuanto son hombres”.
[4] Véase Historia Augusta, “surgió una epidemia tan grande que los cadáveres se transportaron en distintos vehículos y carruajes. Los Antoninos promulgaron entonces leyes severísimas respecto a la inhumación y a las sepulturas, pues prohibieron que nadie las construyera a su gusto, reglamentación que se observa todavía hoy. Por cierto, dicha epidemia acabó con muchas miles de personas, muchas de ellas de entre los primeros ciudadanos”. Magie, D., The Historia Augusta. London & Harvard: Loeb Classical Library, 1921, p. 79.
[5] Eutropio, Breviario/ Libro de los Césares. Madrid, 2000.
[6] Marcelino, A., Historias. Obra completa, Gredos, Madrid, 1999. 
[7] Dion, Casio. Historia Romana. Obra completa, Gredos, Madrid, 2005
[8] Osorius, Paulus, Historiae adversus paganos, Colonia, 1952; Osorius, Pablo, Commonitorium, Colonia, 1561. Osorius, Paulus, Liber apologeticus, Colonia, 1561.
[9] En la época de la peste existió un curioso y estravagante personaje llamado Alejandro que sostenía que ésta se debía a un hechizo maligno y a un castigo de los dioses. Alejandro se hizo pasar por profeta sanador. Se volvió millonario vendiendo unos oráculos que protegían supuestamente a los moradores de las casas contra la pestilencia. Al respecto, dice Luciano de Samosata, "el verso era el siguiente: Febo, el de incortable cabellera, aleja una nube de peste. Y en todas partes se podía ver el verso grabado en los portales como fármaco para rechazar la epidemia. Pero para la mayoría de las casas, las cosas salían al revés. Con la suerte de espaldas, se quedaban vacías las casas en cuyo portal estaba grabado el verso". Luciano, Obras. Obra completa, Gredos, Madrid, 1997, p. 128. Al parecer, los romanos no encontraban otra solución a la enfermedad diferente a la superstición y las falsas esperanzas de algunos charlatanes religiosos.
[10] Gibbon, E., The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, London: Strahan & Cadell, 1789. Rostovsev, M., The Social and Economic History of the Roman Empire, Harvard, 1926.
[11]El reinado de Marco Aurelio es un punto de inflexión en muchas cosas, y más en la literatura y el arte; no tengo duda alguna de que esta crisis fue provocada por aquella plaga. El mundo antiguo jamás se recuperó del golpe asestado a ella por la peste, que lo visitó en el gobierno de Marco Aurelio” . Niebuhr, B. G., Römische Geschichte, 3 Bände, Berlin, 1811, p. 56.
[12] En 2019, Kyle Harper publicó un libro muy importante para la historia del mundo clásico, El fatal destino de Roma, en el que defiende una tesis similar a la de Niebuhr. Pese a esto, varios estudiosos del mundo greco-romano han recibido la obra de Harper como una novedad en las investigaciones clásicas. 
[13] Tolstoi, L. Guerra y paz, Aguilar, Madrid, 2003, p. 1018.

abril 19, 2020

Meet: Relato de una Experiencia Pedagógica


Por: Marien Alexandra Gil Serna
Secretaría Académica y Docente Catedrática
Instituto de Educación a Distancia – Universidad del Tolima

“Promover una pedagogía para la formación del profesorado supone tener en cuenta la experiencia y traer al aula relatos de experiencias educativas. Son estas narraciones, propias y ajenas, las que nos permiten conectar con las dimensiones subjetivas de quienes las viven y con las circunstancias en que se producen. Una conexión que nos pone a pensar de manera singular: apegados a la experiencia.”
Jesús Contreras Domingo
Las narrativas pedagógicas, son una invitación a hacer de la experiencia y de las vivencias singulares pretextos para reflexionar sobre nuestra práctica como docentes y configurar con ellas saberes personales, que se convierten en nuestras maletas de viaje en el aula de clase. Desde hace más de un año, he emprendido el viaje pedagógico de explorar la formación de formadores desde las narrativas pedagógicas; es así, como los cursos de práctica pedagógica que vivencio en el programa de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana del IDEAD, se han convertido en una fábrica de relatos, emanados de la experiencia misma de los estudiantes, quienes desde sus narrativas se descubren a sí mismo en su devenir como maestros.
Hoy, quiero compartir con ustedes una serie de fragmentos de narrativas dibujadas por mis estudiantes, a partir de la experiencia de encuentros mediados por Tic, a la que nos vimos avocados por la pandemia mundial del Covid-19. Aquí, los estudiantes del curso de Práctica Pedagógica II, tejen un tapiz de experiencias de una vivencia que ha de transformar sus vidas y su configuración de subjetividades como maestros en formación.
Empezaré citando a Freire, en Cartas a quien pretende enseñar, ya que ese fue el libro en torno al cual giró nuestro primer encuentro:
 Asumir el miedo es no huir de él, es analizar su razón de ser, es medir la relación entre lo que lo causa y nuestra capacidad de respuesta. Asumir el miedo es no esconderlo, solamente así podremos vencerlo. (2002, pp. 88)
Miedo es lo que nos circunda en estos tiempos: miedo al afuera, miedo al otro, miedo al virus, miedo al contagio, miedo a las clases virtuales, miedo a estar en casa. Con ese miedo latente mis estudiantes se conectaron a nuestra primera tutoría virtual, así lo expresa Karen:

Las expectativas ante lo desconocido, siempre nos harán fusionar sensaciones por un lado de miedo, nerviosismo o incertidumbre y por otro de certeza –esperando hacer lo correcto-, llenos de valor y tratando de encontrar la calma. Es por esto que, en la sesión de hoy sábado 21 de marzo de 2020, la modalidad virtual implementada en la clase de Prácticas II, me invitó ante la dificultad de emergencia sanitaria enfrentada en la realidad social a nivel mundial, a no sucumbir, a encontrar otros senderos y sobre todo a mantenerme dispuesta de ayudar, siempre cuidando de sí y del otro, así sea en la distancia. (Karen Adriana Montoya)

Karen nos invita a pensar sobre los muros que nosotros mismos construimos, de pronto esa era la barrera que muchos teníamos con las estrategias mediadas por TIC. Un muro construido con nuestros miedos, con nuestros prejuicios, con nuestra resistencia a salir de lo cotidiano. Después de la primera experiencia de encuentro, a través de la herramienta Meet, nos dimos cuenta que el asunto no era tan difícil, que era posible el encuentro, que era posible desde lo virtual seguir tejiendo la imprescindible relación entre estudiantes y maestros. Lyda algo nos narra al respecto:

Ya cuando iniciamos clase a la 1: pm, mi expectativa cambió porque las herramientas TIC que utilizaron las profes son muy buenas, ya que la clase fue más didáctica y se pudo interactuar mejor, aunque sentía un poco de nervios y timidez me gustó mucho la interacción de las profes porque fueron muy didácticas y su metodología fue muy buena, a pesar de las fallas de la red se realizó la tutoría con éxito y todos quedamos satisfechos. (Lyda Fernanda Vargas)

Como en toda clase la incertidumbre está a flor de piel y la realidad se torna resbaladiza. Al igual que en la puesta en escena presencial, esta puesta en escena virtual también tiene sus altibajos. A veces el internet no funciona como deseamos, a veces debemos esperar un poco a que los compañeros resuelvan asuntos técnicos, a veces el audio no funciona, a veces, a veces, a veces… Pero cuantas veces también en nuestra aula de clase presencial el video proyector se apaga, el interne no funciona, el computador falla. En este punto le daré la voz a María:

En un inicio tenía una perspectiva baja, pensando que quizás se iba a dificultar la clase en caso tal que no sirviera la herramienta virtual propuesta por la docente, y ya en el transcurso de la clase mis perspectivas iban cambiando para bien; tanto, que propuse a otros docentes de otras materias implementar esta herramienta. (María Lisbeth Valencia)

Pero esa realidad resbaladiza también nos sorprende y resulta que, a veces, también las cosas salen bien. Esta vez, parece que las cosas salieron bien, logramos conectarnos en línea 23 estudiantes y la docente, logramos hablar un poco de Freire, pudimos ver nuestros rostros, e incluso conocer un poco más al otro, ver los contornos de sus hogares, así lo lee Marilin:

Me pareció muy bueno el medio por el que nos comunicamos, la conversación fue muy fluida al igual que la participación de mis compañeros de estudio, fue muy chévere ver a mis compañeros desde otro ángulo, ya que vi que también tienen vida. Porque al verlos en las clases presenciales se ven diferentes. (Marilin Cortes)

Tengo claro que la herramienta no es el fin. Meet, fue tan solo un medio, a través del cual nuestro vínculo permaneció vivo. Karen uso una bella metáfora:

El uso de las TIC fue, por tanto, el hilo que sujetamos cada participante, buscando tejer y confeccionar ideas respecto a su utilidad y su interacción. Y hay que decir, en ambos casos el tejido avanzó, pero no culminó. Por ahora, sólo resta esperar el próximo encuentro que, de acuerdo con las medidas implementadas desde el gobierno nacional, nos permitirá extender dicho trabajo arduo, pero que estoy segura dará un lienzo fuerte sobre el cual podamos re-escribirnos. (Karen Adriana Montoya)

Las mediaciones nos permitieron sujetar los hilos que nos vinculan como comunidad académica, para seguir tejiendo esta experiencia de devenir maestros juntos. Es claro que esta experiencia mundial de llevar la escuela a la virtualidad, como camino para mantener viva la educación, nos llevará a re-escribir y re-descubrir nuevas formas de ser maestros y estudiantes. Hoy puedo decir, que el Covid-19 nos quitó la libertad de salir de casa, en incluso la libertar de estar en contacto físico con el otro; pero no nos quitó el vínculo entre maestro y estudiante. Para el IDEAD, este vínculo sigue vivo y muy seguramente emerja, al finalizar este aislamiento, fortalecido. Anabeiba, así lo expresa:

Lo que experimenté fue una alegría, porque así fuera por internet, al menos nos pudimos ver y escuchar.
Para finalizar, lo que imaginé fue que sería aburrido, pero en realidad fue muy interesante. No es igual que en presencial así que ese aspecto le dio algo novedoso. (Anabeiba Varón)

En medio del caos y de la hasta ahora incomprensible pandemia, las tutorías mediadas son una “poiesis”, una manera de resistir y re-crear, de mantener viva la esperanza en nuestros proyectos y en nuestros sueños, de retener, en palabras de Jaqueline, algo de nuestra normalidad:

Es grato el poder observar que ante esta calamidad que se está viviendo aún podemos contar con un aspecto normal de nuestra vida como lo son los encuentros tutoriales. ya que en nuestra modalidad este es el único espacio físico que compartimos con la mayoría de nuestros compañeros y que estas se sigan haciendo es un acto significativo; ya que retomando una de las anteriores reflexiones puedo presenciar como la profesión para la cual nos estamos formando es necesaria aun en tiempos difíciles (Jaqueline Peña)

Por último, esta puesta en escena de encuentros tutoriales mediados fue también “una especia de lección de vida” para este grupo de maestros en formación, una reafirmación de que el maestro también se configura desde sus experiencias vitales, desde las lecturas que hacemos de los contextos (Freire) y las re-escrituras del mismo. Así lo narran Indira y Cristhian:

En conclusión, este espacio me llena de agrado al convencerme que para un buen maestro no hay impedimento alguno, que un buen tutor busca las herramientas necesarias para llevar a cabo su clase, un buen maestro hace lo posible por facilitar el proceso de enseñanza. (Indira Tatiana Amaya)

No niego mi incredulidad sobre la idea de reemplazar las tutorías presenciales por virtuales. Hablando con franqueza, en primera instancia no daba mi voto de confianza a desarrollar las clases virtuales, prefería que se aplazaran las tutorías, creo que era ese miedo en mi interior a lo desconocido o quizás mi acomodo y confort. Pero hoy pude vivir una nueva experiencia, admiro a la Universidad por buscar diferentes metodologías haciendo uso de las TIC, a los profesores por su compromiso, lo cual me hizo cambiar mi pensamiento.
Creo que es una gran herramienta, sentí mucha incertidumbre, pero me llevó un gran concepto "La educación se puede desarrollar en cualquier ámbito y con cualquier medio, siempre y cuando las personas decidan que así sea". (Cristhian Castro)

Grupo de Práctica Pedagógica II. Marzo 7 de 2020. Acuerdo Pedagógico. Antes de el decreto de la cuarentena. 


abril 18, 2020

El desempeño docente frente a la didáctica digital: una reflexión

Luz Stella Sánchez Álvarez
Docente Universidad del Tolima - IDEAD
La sociedad actual de la información enuncia las diferentes formas de la construcción del conocimiento en las instituciones de educación o formación, mediante técnicas, procedimientos y características del proceso de aceleración económica y política que vive el mundo entero. Necesariamente ello impacta el rol del docente en aras de la excelencia en la ejecución de su desempeño.
La pedagogía evolucionó, hacia finales del siglo XX, desde la gramática y la semántica, hasta la inserción de toda una era digital, que desafortunadamente no fue tan contundente en el impacto del desempeño de docentes y facilitadores en los procesos de enseñanza y aprendizaje, lo que sí logró el Coronavirus en el primer trimestre del 2020. El cambio repentino permitió reflexionar sobre las habilidades representadas en siglas del argot pedagógico como NTIC, -nuevas tecnologías de la Información y la Comunicación, TIC –tecnologías de la Información-, TAC-Tecnologías de Aprendizaje y conocimiento y el lenguaje E-Learning que es el aprendizaje en línea.
Es así que, el momento requiere de docentes, facilitadores, estudiantes y aprendices que vivencien los conceptos de aprendizaje, enseñanza y evaluación desde la resignificación de la «didáctica digital» y de la tendencia de autogestión mediante el uso y aplicación de plataformas y herramientas como E-learning en la modalidad a distancia. El E-learning, presenta características propias para los procesos de formación en la modalidad presencial y también a distancia, centradas en el uso de máquinas, equipos y redes de comunicación y de telecomunicación.
Además, el rol del docente cambia a facilitador de procesos de una manera contundente, generando una la relación dialógica del constructo, forjando un mundo de posibilidades en relaciones de equilibrio, comunicación más personalizada y mayor exploración en mundo de las redes propias del pensamiento global. El E-learning invita hoy al compromiso del docente en la estrategia, ya que como concepto “La didáctica no pasa de moda”, sino que ubica al profesor en plataformas y aplicaciones educativas con todas sus herramientas de difusión a nivel asincrónico y sincrónico.
Esto permite el desarrollo y la mejora del trabajo cooperativo y colectivo reflejado en los denominados CIPAS en el modelo del IDEAD. Gracias a la comunicación e interacción que genera sinergia, simbiosis entre los estudiantes y el docente-tutor-, las comunidades virtuales dinamizan la enseñanza y el aprendizaje, virando hacia la autoevaluación, coevaluación y heteroevaluación en la formación a distancia, pero es un reto que debe instalarse también en la modalidad presencial.
Esta pandemia evidenció la potencia de la formación E-learning o aprendizaje electrónico, sin descuidar la “didáctica”, porque ella permanece independiente de la modalidad, sea esta presencial, a distancia o virtual: con acercamientos a herramientas de interacción como el chat, sesiones en línea, videoconferencias, anuncios, mensajerías, notificaciones, entre muchas más. Todo esto, a través de dispositivos que permiten enviar mensajes, recomendaciones, instrucciones, compartir videos en entornos como el casco urbano y rural del país, siempre y cuando se posea conectividad y herramientas de trabajo. 
En este sentido, sin que fuera esa su intención, el Coronavirus impactó en el uso de tecnologías y acciones de formación en línea, con estrategias y técnicas metodológicas que dejen huella en el tiempo y que retan a los docentes del IDEAD, y de la universidad en su conjunto, a estar preparados para dar respuestas asertivas, de cobertura, calidad y de alto impacto.

abril 15, 2020

Los nuevos escenarios de la universidad en tiempos de virus

Guiomar Machado González
IDEAD – Universidad del Tolima
Coordinadora Centro de Atención Tutorial Ibagué y Cajamarca

En este tiempo de pandemia mundial nos correspondió asumir, en medio de la improvisación global, la planeación estratégica de la universidad, lo cual que implica cambios abruptos en las relaciones entre los actores y los procesos académicos-administrativos, entendiendo que todo lo nuevo actúa como desafío a la zona de confort, construida en medio de la costumbre y la institucionalidad propia que nos diseña el sistema.

En medio de lo posible y de la realidad actual, debimos ajustar desde lo más sencillo hasta lo más complejo de nuestras múltiples actividades, acciones, conversaciones, interacciones. Desde saludar, besar, abrazar, pasando por dejar de salir libremente, hasta dejar de ver a otras personas físicamente, dejar de compartir espacios comunes como nuestros sitios de trabajo, y actividades de la vida cotidiana como el estudio, diversión, deporte, entretenimiento, religiosidad, vida social y costumbres.

En estos días se refleja, de manera más contundente, la fragilidad de creernos dueños absolutos de la verdad, la única razón y la obsesiva terquedad, para abrirnos en una invitación al diálogo, a escuchar a los otros y abandonar la intolerancia como discurso y acción.  En este tiempo en que nos estrellamos contra “el muro del Corona”, la invitación es a reencontrarnos, a reaprender, a reconsiderar, a reutilizar, a reciclar, a revaluar, a recomponer, a reinventar.

La presente realidad sacó de tajo esas pequeñas luchas por habitar espacios físicos abiertos y la ansiedad de todos por compartir el mismo lugar, por marcar y apropiarse de un territorio bajo la justificación de lo común. Así se alteraron los intereses personales y particulares por conservar las ideas cautivas de quienes inician en las lides universitarias y se ven identificados para posesionarse de un espacio que era de todos y de nadie a la vez. Hoy el debate y la lucha se dan en otros contextos, pero buscan garantizar la vida universitaria.

Bajo el nuevo escenario de la marca registrada Coronavirus-Covid 19, se nos permitió generar transformaciones instantáneas de chip, cambios de comportamientos, adopción de medidas de autocontrol, autoprotección y autorregulación; hasta permitió flexibilizar procesos y procedimientos que sólo y únicamente se tramitan en original y varias copias, abriendo por fin las mentes. Obligó a los procesos a mutar como el virus, de lo físico a lo digital, demostrando la teoría de que la virtualidad siempre fue viable como un soporte legal ante la realidad que nos cubre con su manto.

Para el Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima, sin ser la excepción del Corona, generó otras dinámicas, para las cuales debió ponerse a tono y acelerar la marcha de la estrategia del uso de herramientas tecnológicas. Pero, además asumir, por parte de docentes y estudiantes, una actitud de fraternidad, disposición, amor e invitación a remar juntos en esta barca. Ello implica acompañar a miles de estudiantes que, con su ingenio, creatividad, emprendieron el camino de la adecuación de tecnología en la modalidad distancia; en medio de las innumerables incertidumbres e inquietudes, pero que ya tenía unos antecedentes válidos y un recorrido histórico de gran realce, aunque desconocido para muchos miembros de la comunidad.

Como hacen las enfermeras y los médicos, que quieren inventar e inyectar la vacuna que mitigue tantos miedos y preguntas sobre el virus, los directivos y docentes del IDEAD, y la Universidad del Tolima, deben hacerlo con las mediaciones tecnológicas. La vacuna es urgente porque el virus mata,  por su parte, la tecnología permite avanzar garantizando el derecho de la educación, permitiendo que la educación siga viva.

abril 14, 2020

COVID-19: EDUCACIÓN Y POSTMODERNIDAD



Por: Álvaro Ríos
Docente Instituto de Educación a Distancia. CAT Bogotá

En estos días de cuarentena, en los que a través de cadenas de WhatsApp se reivindica la importancia del aula presencial de clase como elemento vital en el aprendizaje y como aquello que añoran los estudiantes en su situación de encierro, vinieron a mi mente algunas líneas que recordaba de un texto de Jean Francois Lyotard titulado La condición postmoderna. En este texto, Lyotard afirma que sólo desde la perspectiva de la modernidad el reemplazo de enseñantes por máquinas podría parecer injusto o incluso intolerable. Han pasado casi treinta años desde esta afirmación y hoy, en nuestro presente marcado por el COVID-19, compruebo más que nunca que Lyotard tenía razón: los profesores podrían llegar a ser reemplazados por máquinas.
El profesor hoy día no es indispensable como actor de legitimación del Estado y sus políticas, como se concebía en la modernidad. Incluso, se podría pensar que su razón de ser es, si acaso, la de ser crítico y contestatario, lo cual implica ya un distanciamiento sustancial de la concepción moderna del maestro. Hoy, como vislumbraba Lyotard, quizás el maestro no es indispensable en el aula de clase. Hoy no solo se cuenta con infinidad de herramientas para favorecer los encuentros virtuales, sino que también los estudiantes, autónomos y deseosos de aprender y conocer, tienen a la mano muchas plataformas que ofrecen posibilidades de conocimiento que en muchas ocasiones no requieren la mediación de un profesor.
Aristóteles comienza su metafísica diciendo que todos los hombres desean por naturaleza saber y conocer. Un estudiante investigador con esta característica, porque parece no ser característica de todos los estudiantes, tiene acceso a cualquier cantidad de información a la que puede acceder sin poner un pie fuera de su casa, así como a películas, libros, enciclopedias digitales, museos, tutoriales y plataformas como YouTube entre otras. Incluso, es posible acceder sin costo a las mejores ediciones de algunos libros en formato PDF. En ese sentido, más importante que la presencialidad, se hace necesario capacitar a los estudiantes en el manejo de la información y garantizar el buen acceso a la misma a través de un buen artefacto y una buena conexión de internet.
En este escenario de pandemia mundial y gracias a la necesidad de buscar alternativas virtuales para trabajar con los estudiantes del IDEAD, en la Universidad del Tolima, y con estudiantes de secundaria de un colegio distrital en Bogotá (donde soy profesor de tiempo completo), conocí y aprendí a usar herramientas como Google Meet. Las posibilidades que ofrece esta herramienta para hacer una clase con todos los recursos que se usan en una clase presencial (como exposiciones, interacción y discusión grupal) me hicieron entender el planteamiento del filósofo francés. No es que en los últimos años no hubiéramos usado las TIC, pues siempre han sido útiles los correos, las redes sociales y los blogs; es que estoy convencido de que la coyuntura hace evidente que trabajar y asesorar a los estudiantes se puede hacer sin necesidad de reunión presencial, lo cual no implica desconocer la importancia de los procesos de socialización que ofrece lo presencial.
Las universidades y los colegios, en donde hay más rezago, irán entrando poco a poco a estas alternativas de ofrecer a los estudiantes cursos a través de plataformas virtuales como las que ofrecen muchas instituciones en la actualidad, con cursos en donde la mediación docente es mínima, ya que todo está programado para que no se requiera el docente. En este sentido, me llama la atención los cursos que ofrece la UNAM en México en su plataforma aprendo+, cursos que están dirigidos a miles de personas y en donde usted puede estudiar y adquirir certificaciones, sin entrar en contacto con ningún profesor, ya que todo se da a través de procesos estandarizados informáticamente, lo cual puede ser un poco inquietante para el medio y para el oficio de la docencia. ¿Podremos ser reemplazados por máquinas? Las máquinas no se cansan, están disponibles las 24 horas y se puede repetir una y otra vez la lección sin que nadie le recrimine nada, no te gritan, no te discriminan. Realmente si es o puede parecer bastante inquietante todo esto, ¿qué nos deparará a los docentes el futuro? Seguramente reinventarnos y seguir haciendo de la escuela y nuestras aulas de clase (físicas o virtuales) espacios más llamativos y motivantes para los estudiantes.

abril 12, 2020

LA VENTANA AL REVÉS


Por: Carlos Vicente Sánchez H.
Docente Universidad del Tolima CAT Pereira
Director del Bibliobús Trazasueños Pereira

Uno podría empezar este artículo con la estrofa de la canción de Fito Páez “Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón” Pero a riesgo de caer en un lugar común, peor aún; en un sacrificio reiterativo que suele hacer el docente, diré que, en estos días de peste y cuarentena, es precisamente el corazón lo que no se puede dejar guardado.
Ante la avalancha de bits, megas, redes sociales, mentiras y actividades que se sobrevino con el Covid 19, también surgieron los retos, y uno de ellos es el de saber cómo aprovechar la coyuntura para replantear nuestras existencias y de paso nuestro devenir pedagógico. Es decir, que esta crisis nos empujó de manera brusca e inevitable a un futuro tecnológico que estábamos tratando de evitar a toda costa y para el cual no estábamos preparados.
Con la pandemia se evidenciaron dos cosas que no son menores: La terrible desigualdad social que padecemos en nuestras aulas y universidades. Lo segundo ha sido la presión que ha recaído sobre el cuerpo docente del país, que ante la emergencia han tenido que soportar una carga laboral repentina y no prevista que los ha puesto frente a la ventana negra, tratando de cerrar los huecos dejados.
De cara a lo primero, hay mucho qué decir y todo tiene que ver con la corrupción. Pero, quizás lo más complicado es abrir los ojos y descubrir que durante años no fuimos capaces de construir una sociedad equitativa, gracias a… bueno ya saben a quiénes.  Pero, alguien podría decir que estamos mejor que hace dos décadas atrás. Quizás tenga razón y debamos asentir con una insoportable resignación. ¿Si estamos mejor? Se preguntará un profesor que debe transitar los senderos rurales por horas para ver el colegio abandonado. U otro que no solo debió soportar el miedo de la violencia por décadas, sino ahora el de un virus invisible que terminó por ahuyentar a sus estudiantes.
Frente a este tema de inequidad y desolación, surge la necesidad de brotar de entre el fango, no bajo los criterios del coaching, que tanto quiere imponer un ministerio de educación y un mercado monstruoso, sino del superviviente que solo anhela mantenerse de pie, con un soplo de vida, sin un plan claro. Lo paradójico es que en este momento todos quisieran estar lejos, en el campo, pero es en el campo en donde precisamente no están todos. Es decir, ese “todos” que son como fantasmas, voces, bits, pixeles que se hacen y deshacen en una nube lejana que orbita sobre nosotros, esa piel de fantasma que llamamos red. Y ese, es precisamente el terreno a conquistar, no importa lo efímero, falso, inconsistente que pueda ser. Un lugar de arenas movedizas en el cuál deberemos intentar sembrar, ante todo, un nuevo ser. Bauman debe estar revolcándose de risa en su tumba líquida.
Pero, la corrupción, porque no fue otra cosa, no solo impidió que nuestros avances tecnológicos, representados en computadores para la gente, zonas wifi, tablets, bibliotecas virtuales, tan propios del sector urbano, no llegaran a las periferias ni a las zonas rurales en las proporciones requeridas, sino que nos dimos cuenta que estábamos parados sobre cifras falsas de los prodigiosos alcances de unos gobiernos que hacían fiesta con sus inflados programas virtuales. Ahora lo tecnológico resultó ser la medida de una brecha social que dejamos abrir con nuestra falta de educación ciudadana, democrática y ética.
Alguien dirá que, (siempre alguien dice) en las comunidades hay niños y jóvenes con más celulares y televisores, en vez de comida. Y pude ser verdad. Pero, también es cierto que durante años nos olvidamos de darle un buen uso pedagógico a semejante herramienta, (preferimos exigir que no ingresaran con esos aparatos a clase, en vez de hacer provecho de ellos para el aprendizaje, los satanizamos) y tampoco el Estado hizo mucho para dejar un escenario posible, como consecuencia perdimos años de avance y ahora nos enfrentamos a un hecho inédito, en el que cualquier uso tecnológico podría ser útil. Pero también es cierto que el reto debe ser una apuesta pedagógica sin precedentes en la cual lo último que podemos perder es la libertad, como invita los postulados de Freire y Foucault.
Saltamos repentinamente de un pensamiento binario, en el que éramos sujeto y significado, a un pensamiento unario, en el que somos sujeto y espejo, atados a una ventana en donde me simulo, y el Covid-19, esa cosa orgánica descifrable solo por científicos, terminó siendo un bucle que nos adelantó el vacío. Ahora todos deben estar conectados y el papel del docente deberá ser el de impedir que se pierda la humanidad frente a esta realidad, el maestro deberá lograr por encima de cualquier cosa, formar sujetos sensibles que sepan trabajar, estudiar, interactuar en red, no imbuirse en ella para terminar esclavos a los intereses de algo o alguien. Es decir, deberá ejercer un papel revolucionario, no reproductor.
Hay pruebas de la manera cómo viven los esclavos de Japón, jóvenes encerrados en pequeños cubículos de enormes edificios de cajones y cuyo único asomo es una pantalla de computador que hace las veces de ventana, pero al revés. Esclavos asalariados a los que no les interesa vestir de manera diferente y que, en caso de crisis, pueden asistir al bosque de los suicidios y liberarse. Dicen que hay maquilas flotantes en el mar, en enormes barcos adecuados para ser fábricas de dinero, ocupadas por miles de chinos obreros que en caso de rebeldía terminan arrojados al mar, como en los viejos tiempos. Marx tenía razón.
En Colombia no distamos mucho de esa realidad que nos sobreviene, pero, paradójicamente nuestro atraso, es nuestra posible ruta de escape. Sin embargo, esta no se puede trazar sino logramos configurar un escenario pedagógico diferente, basado en la lectura y la mediación consiente, y ante todo en un postulado de libertad y ética que se logra a través de la solidaridad. Es necesario que la presión de las reivindicaciones sociales también le apueste a la consolidación de una red, representada no solo en una interconectividad, sino en dimensionar el concepto de red que será el que va a regir el futuro social de nuestras comunidades.
El docente, por su lado, ya no puede ser un foco de poder, deberá bajarse del pedestal y convertirse en un inspirador de conocimiento, no un coaching, ni un depositario de conocimiento (ya google nos sobrepasó), sino un mediador entre la red y el sujeto, un guía que ayude a traspasar semejante mar y salir airosos y transformados. Margarita Maass habla de la red como una capa neuronal en la que una idea poderosa estimula otras neuronas, activándose así una transformación social y cultural. En ese sentido, el docente debe convertirse en parte de esas neuronas, no en la gran neurona, Nigromante ciber punk portador de poder, al servicio de esa Inteligencia Artificial que se convierte en un monstruo, porque sufrirá del rechazo y no encenderá la capa. Esa red es humana, física, con sentido. Pero, el problema para alcanzar una revolución cultural de estas dimensiones radica en la lectura.
Ong (2011) clasifica la oralidad en dos momentos, dos oralidades, la primera cuando traspasábamos el conocimiento voz a voz, a través del ritual del encuentro, una oralidad propia de las tribus primitivas y civilizaciones que aún mantienen apartadas del mundo. La otra devino con la invención de la imprenta, que exigió la decodificación de las palabras, la congelación de las mismas a través del texto impreso, para que el conocimiento pudiera permanecer en el tiempo y traspasar a través de los siglos el conocimiento. Pero, Havelock (2008) plantea que hemos llegado a una tercera oralidad y los dispositivos ya no son los libros. Todo inició con la radio, según Havelock, luego la tele, los computadores, la red… ahora, los twitteres, el youtube, el Facebook, etc. Nuestra historia de la educación a distancia ha hecho uso de estas herramientas con cuestionables alcances, uso inadecuado de las mismas, aburridísimas apuestas pedagógicas, etc.; pero que ha funcionado para sostener a medias una modalidad que ahora exige lo que en más de cincuenta años no se ha logrado alcanzar. El problema en nuestro país es que parece que saltamos de la primera a la tercera oralidad sin mediar o traspasar el libro de manera exitosa, con serios vacíos en la comprensión lectora que no es otra cosa que la comprensión del mundo, y esto nos deja en serios aprietos, más ahora, en medio de una pandemia que exige al docente leer (cuestión que no ha sido fácil) en todas las dimensiones que el joven ahora lee.
No es cierto, dijo el chileno Cristian Celedón experto en educación digital, que esta sea una generación nativa digital, esta es una generación nativa de redes sociales. Pero poco aportan en la construcción o lectura de un sistema de conocimiento en red. Sin embargo, se mueven en ella con gran habilidad. Pueden ser convocados de manera clandestina a conciertos de rap en un parque, encuentro de combos, juegos online y hasta marchas de protesta. De alguna manera están interconectados, han construido sus propios sistemas de comunicación. El profesor, por el contrario, no, y peor aún, está proscrito de esos sistemas, porque su figura de poder le impide imbuirse en ella y comprender los parámetros bajo los que se mueven culturalmente en las comunidades.
Esta situación global ha puesto a los docentes en actitud nerviosa, aun así, considero que surgen grandes ventajas que no pueden ser desaprovechadas.
La primera, y quizás la más importante, ha sido la exigencia de la sistematización del conocimiento que el docente debe alcanzar bajo esta modalidad. Es decir, sus métodos de impartir conocimiento que poco se han escrito. Escribir ha sido una necesidad a la cual le hemos dado aplazamientos irresponsables. No es lo mismo el método que utiliza un maestro de una comunidad periférica de la costa para impartir conocimiento que el que usa uno del centro de Bogotá, pero, no conocemos dichos contextos metodológicos, sus secuencias, sus conclusiones, porque tanto leer como escribir, ha sido una apuesta en deuda por parte de varios, no todos, los docentes colombianos y Latino americanos, tan acostumbrados a la primera oralidad, como forma enseñanza. Ahora, con el apogeo de la internet en tiempos del Covid-19, nos vemos obligados a planear, escribir, bajar de google el conocimiento y luego ponerlo en contexto a través de un sin número de apoyos tecnológicos; videos, fichas, textos, exposiciones, etc… para que el niño y el joven puedan comprender y ante todo acceder. El conocimiento queda al fin consignado, sistematizado, expuesto a la reflexión, crítica, y por qué no a la construcción colectiva. Ya se es parte de una red de conocimiento compartido, ya el aula no es un laboratorio secreto para el sometimiento de poder. Ahora cualquier docente puede delatarse. El panóptico de Foucault está más vigente que nunca, pero esta vez la ventana se pone al revés.
En esa medida, también el estudiante se verá en la obligación de hacer argumentaciones más precisas, de escribir, de hacer uso de todas las técnicas, juegos y búsquedas posibles para expresar lo aprendido. Escribirá, sin duda alguna, incluso para oponerse, para mostrar su inconformidad, otros modos de ver el mundo, con terrible o buena ortografía. Y en ese ejercicio todos; profesores, padres, estudiantes, deberán aprender a ser asertivos en la comunicación, porque la red no lee ironías, solo memes, ni tiene matices grises de doble intencionalidad, las suele censurar, y las susceptibilidades flotan a flor de esa piel del fantasma.  Los afectos entonces se verán en riesgo. Habrá que ser cuidadosos en extremo. El docente ya no será impartidor del conocimiento, ni de sus propias apreciaciones políticas de la vida, sino un guía que navegará entre ambos mundos para tratar de construir un saber conjunto, reformular viejas creencias, establecer nuevas transformaciones, pero, ante todo, generar un sentido de Autodeterminación en el otro, para mantener viva la llama de la humanidad desde los preceptos de libertad, no de post verdad. Un docente capaz de tener criterio para ayudar a definir cuando una cuestión es verdad o no, cuando un saber es el correcto.
Esto hará más exigente el quehacer docente y los horarios establecidos no serán suficientes, incluso el celular se convertirá en un aparato invasivo en el que se deberá atender a padres y estudiantes sin posibilidad de escape. Entonces se desatarán nuevas exigencias dentro de los pliegos, nuevas reivindicaciones económicas que alerten sobre la inmediatez. Los gastos de grandes infraestructuras educativas, mega colegios, deberán replantearse para una infraestructura de redes. Cambia el paradigma.
El otro reto será el de educar sin el excesivo afán de contenidos, una educación diferente, adecuada a los tiempos, una formación amparada en el ser, no en el tener. Eso es una ruptura que dejo abierta a múltiples opciones.
La ventana se ha puesto al revés, ahora es un paisaje al interior de nosotros mismos, una mirada introspectiva e íntima que va a cuestionar nuestra vocación, que va a exigir mayor humanismo y criterio ético que nunca, porque de lo contrario esa cosa llamada Inteligencia Artificial nos vencerá y la pandemia será peor, arrojará esclavos sin ton ni son que perderán en primera instancia, su propia autonomía.  
Es ahora, más que nunca, ahora que se funda un nuevo universo pedagógico, atravesado por lo tecnológico en todas sus dimensiones, en el que se debe poner el corazón, es decir que ese monstruo de microchips llamado red, deberá tener alma, y en ella está un docente humano, intenso, activo, precioso, capaz de darle un impulso a esta humanidad que exige mayor sensibilidad y sentido en vez de extraños mercados, con sus campanas, guerras, violencia y destrozos. El mundo ya habló y pide que nos miremos a través de esa ventana al revés.
Referentes bibliográficos
Bauman, Z. (2013). La cultura en el mundo de la modernidad líquida. México, Buenos Aires: Fondo de cultura económica.
Maass, M. (2006). Gestión cultural, comunicación y desarrollo. México.
Foucault, M. (1999). Los intelectuales y el poder. En Estrategias de poder. Obras esenciales. Volumen II (págs. 106-115). Barcelona: Paidós
Havelock, Eric A. (2011) La musa aprende a escribir
Ong, Walter J. (1997) Oralidad y escritura, tecnologías de la palabra.
Havelock, Eric A. (2011) La musa aprende a escribir.