marzo 16, 2011

Túnez/Egipto La chispa que incendia la llanura

Revista Ñ, Buenos Aires, 8-3-11
(http://www.revistaenie.clarin.com/)

Traducción de Elisa Carnelli

El viento del este prevalece sobre el viento del oeste. ¿Hasta cuándo el Occidente ocioso y crepuscular, la “comunidad internacional” de quienes se creen todavía los amos del mundo, va a seguir dando lecciones de buena gestión y buena conducta a todo el planeta?
¿No es ridículo ver a algunos intelectuales de turno, soldados derrotados del capitalismo-parlamentarismo que sirve de paraíso apolillado, entregar su vida a los magníficos pueblos tunecino y egipcio, con el fin de enseñar a esos pueblos salvajes el abc de la “democracia”?
¡¿Qué preocupante persistencia de la arrogancia colonial! En la situación de miseria política en la que estamos desde hace tres décadas, ¿no es obvio que somos nosotros los que tenemos todo que aprender de las sublevaciones populares de esta hora?
¿Acaso no debemos examinar minuciosamente con toda urgencia todo lo que allá ha hecho posible, por la acción colectiva, el derrocamiento de gobiernos oligárquicos, corruptos, y además –y quizás sobre todo– en situación de vasallaje humillante con respecto a los estados occidentales?
Sí, debemos ser los alumnos de estos movimientos y no sus estúpidos profesores. Porque son ellos los que dan vida, con el espíritu propio de sus descubrimientos, a algunos principios de la política de cuya obsolescencia intentamos convencernos desde hace mucho. Y, sobre todo, al principio que Marat no se cansaba de recordar: en cuestiones de libertad, igualdad y emancipación, le debemos todo a los levantamientos populares. Tenemos derecho a rebelarnos. Así como, en la política, nuestros estados y aquellos que sacan provecho de ella (partidos, sindicatos e intelectuales serviles) prefieren la administración; en la rebelión, prefieren la reivindicación, y en toda ruptura, la “transición ordenada”, lo que los pueblos de Túnez y Egipto nos recuerdan es que la única acción que corresponde a un sentido compartido de ocupación escandalosa del poder del Estado es el levantamiento en masa. Y en este caso, la única consigna que puede unir a los elementos dispares de la multitud es: “Tú que estás allí, vete”. En este caso, la importancia excepcional de la revuelta, su poder decisivo, es que la consigna repetida por millones de personas, da la medida de lo que será, indudable e irreversiblemente, la primera victoria: la huida del hombre así señalado. Pase lo que pase después, este triunfo de la acción popular, ilegal por naturaleza, habrá sido para siempre victorioso.
Que una rebelión contra el poder del Estado pueda ser absolutamente victoriosa es una enseñanza de alcance universal. Esta victoria señala el horizonte sobre el cual se destaca toda acción colectiva que se sustrae a la acción de la ley, aquello que Marx denominó “la decadencia del Estado”. A saber, que un día, libremente asociados en el despliegue de la potencia creadora que poseen, los pueblos podrán arreglárselas sin la funesta coerción del Estado. Es por esto, por esta idea última, que en todo el mundo un levantamiento que echa abajo una autoridad instalada provoca un entusiasmo sin límites.
Resonancias
Una chispa puede incendiar la llanura. Todo comienza con la inmolación por el fuego de un hombre reducido al desempleo, a quien se le quiere prohibir el miserable comercio que le permite sobrevivir y a quien una mujer policía abofetea para hacerle entender aquello que en ese bajo mundo es real. En días, en semanas, ese gesto se extiende a millones de personas que gritan su alegría en una plaza lejana y reclaman la partida apresurada de poderosos potentados.
¿De dónde viene esta fabulosa expansión? ¿Es la propagación de una epidemia de libertad? No. Como dice poéticamente Jean-Marie Gleize, “un movimiento revolucionario no se extiende por contagio sino por resonancia. Algo que se forma aquí resuena con la onda de choque emitida por algo que se forma allá”. A esta resonancia llamémosla “acontecimiento”.
El acontecimiento es la brusca creación, no de una nueva realidad, sino de un sinnúmero de posibilidades. Ninguna de ellas es la repetición de lo ya conocido. Por eso, es oscurantista decir que “este movimiento reclama democracia” (se sobreentiende que es aquella de la que gozamos en Occidente) o “este movimiento reclama mejoras sociales” (se sobreentiende que es la prosperidad promedio del pequeño burgués occidental). Salido prácticamente de la nada, el levantamiento popular resuena por todos lados y crea para todo el mundo posibilidades desconocidas. La palabra “democracia” casi no se pronuncia en Egipto. Se habla de un “nuevo Egipto”, de un “verdadero pueblo egipcio”, de asamblea constituyente, de cambio total de vida, de posibilidades inauditas y antes desconocidas. Se trata de la “nueva llanura” que llegará allí donde ya no está aquella a la que la chispa del levantamiento finalmente prendió fuego.
Esta llanura que vendrá se encuentra entre la declaración de una inversión de las fuerzas y la de un hacerse cargo de nuevas tareas. Entre lo que dijo un joven tunecino: “Nosotros, hijos de obreros y campesinos, somos más fuertes que los criminales”; y lo que dijo un joven egipcio: “A partir de hoy, 25 de enero, me hago cargo de los asuntos de mi país”.
El pueblo, sólo el pueblo, es el creador de la historia universal. Es sumamente sorprendente que en nuestro Occidente los gobiernos y los medios de comunicación consideren que los revoltosos de una plaza de El Cairo son “el pueblo egipcio”. ¿Cómo es esto? Para ellos, el pueblo, el único pueblo razonable y legal, ¿no se reduce en general a la mayoría de una encuesta o a la de una elección? ¿Cómo es que de repente cientos de miles de revoltosos son representativos de un pueblo de ochenta millones de personas? Esta es una lección para no olvidar, que no olvidaremos. Pasado cierto nivel de decisión, obstinación y coraje, el pueblo puede concentrar su existencia en una plaza, una avenida, unas fábricas, una universidad… El Mundo entero será testigo de ese coraje, y sobre todo de las sorprendentes creaciones que lo acompañan. Esas creaciones serán la prueba de que un pueblo se mantiene allí. Como dijo un manifestante egipcio: “Antes yo miraba la televisión, ahora es la televisión la que me mira a mí”.
Sin ayuda del Estado
En el arranque de un acontecimiento, el pueblo se compone de aquellos que saben cómo resolver los problemas que el acontecimiento les plantea. Como en la ocupación de una plaza: alimento, lugar para dormir, vigilancia, pancartas, plegarias, combates defensivos, de tal forma que el lugar donde sucede todo, el lugar que se convierte en símbolo, quede reservado al pueblo a cualquier precio. Problemas que, con centenares de miles de personas venidas de todas partes, parecen insolubles, y tanto más cuanto que el Estado ha desaparecido.
Resolver sin ayuda del Estado problemas insolubles es el destino de un acontecimiento. Y es esto lo que hace que un pueblo, de repente y por un tiempo indeterminado, exista allí donde decidió unirse. Sin movimiento comunista, no hay comunismo. El levantamiento popular del que hablamos manifiestamente no tiene partido ni organización hegemónica ni dirigente reconocido. Ya habrá tiempo de evaluar si esta característica es una fortaleza o una debilidad. En cualquier caso, es esto lo que hace que, en una forma muy pura, sin duda la más pura desde la Comuna de París, tenga todos los rasgos de lo que es necesario denominar un comunismo de movimiento. “Comunismo” quiere decir aquí: creación en común del destino colectivo. Este “común” tiene dos rasgos particulares.
Primero, es genérico, porque representa, en un lugar, a toda la humanidad. En ese lugar, están todas las clases de personas de las que se compone un pueblo, todas las voces son escuchadas, toda propuesta analizada, toda dificultad tratada por lo que es.
Segundo, supera todas las grandes contradicciones que, según el Estado, él es el único capaz de manejar, sin llegar nunca a dejarlas atrás: entre intelectuales y trabajadores manuales, entre hombres y mujeres, entre pobres y ricos, entre musulmanes y coptos, entre los habitantes de las provincias y los habitantes de la capital … Miles de nuevas posibilidades, relacionadas con estas contradicciones, surgen en todo momento, posibilidades a las que el Estado, todo Estado, es completamente ciego. Vemos a jóvenes médicas, venidas de las provincias para curar a los heridos, dormir en medio de un círculo de jóvenes violentos, y están más tranquilas de lo que han estado jamás. Saben que nadie les tocará un pelo. Vemos también una organización de ingenieros dirigirse a los jóvenes de los suburbios para pedirles que defiendan la plaza, que protejan el movimiento con energía en el combate. Vemos a una fila de cristianos hacer guardia de pie para cuidar a los musulmanes inclinados para orar. Vemos a los comerciantes alimentar a los desempleados y a los pobres. Vemos a todos hablando con vecinos desconocidos. Leemos miles de pancartas donde la vida de cada uno se mezcla sin fisuras con la gran historia de todos. El conjunto de estas situaciones, de estos descubrimientos, constituye el comunismo de movimiento. Hace dos siglos que el único problema político es este: ¿cómo instaurar de manera duradera los descubrimientos del comunismo de movimiento? Y el único enunciado reaccionario sigue siendo: “Eso es imposible, incluso dañino. Confiemos en el Estado”.
Gloria a los pueblos de Túnez y Egipto, que nos recuerdan el verdadero y único deber político: frente al Estado, la fidelidad organizada al comunismo de movimiento. No queremos la guerra, pero no le tenemos miedo. Se ha hablado en todas partes de la calma pacífica de las manifestaciones gigantescas y se ha relacionado esa calma con el ideal de democracia electiva que le atribuíamos al movimiento. Comprobamos, sin embargo, que hubo centenares de muertos y que todavía los hay cada día. En muchos casos, estos muertos fueron combatientes y mártires de la iniciativa del movimiento y luego de su protección. Los lugares políticos y simbólicos del levantamiento tuvieron que ser protegidos al precio de feroces combates contra los milicianos y la policía de los regímenes amenazados. ¿Y quién pagó con su vida sino los jóvenes salidos de las poblaciones más pobres? Que las “clases medias”, de las que nuestra inesperada Michele Alliot-Marie dijo que el resultado democrático de los hechos en curso dependía de ellas y sólo de ellas, recuerden que en el momento crucial la continuidad del levantamiento sólo estuvo garantizada por el compromiso sin restricciones de los destacamentos populares. La violencia defensiva es inevitable. Además, continúa en condiciones difíciles en Túnez, después de que se enviara de regreso a la miseria a los jóvenes activistas provincianos.
¿Puede alguien pensar que este sinnúmero de iniciativas y estos sacrificios crueles sólo tienen por objetivo fundamental conducir al pueblo a “elegir” entre Suleiman y ElBaradei, así como en nuestro país nos resignamos lastimosamente a elegir entre Sarkozy y Strauss-Khan? ¿Esa es la única lección de este esplendido episodio? ¡No, mil veces no! Los pueblos de Túnez y Egipto nos dicen: sublevarse, construir el espacio público del comunismo de movimiento, defenderlo por todos los medios, imaginando las etapas sucesivas de la acción, eso es lo real de la política popular de emancipación. Por cierto, los Estados de los países árabes no son los únicos que son antipopulares y, en el fondo, ilegítimos, con o sin elecciones. Pase lo que pase, los levantamientos de Túnez y Egipto tienen una significación universal. Crean posibilidades nuevas cuyo valor es internacional.
* Alain Badiou (Rabat, Marruecos, 1937), uno de los más prestigiosos filosofos de izquierda en Francia, autor entre otras obras, de “El ser y el acontecimiento”, y el “Manifiesto por la filosofía”.

marzo 11, 2011

AQUE PAJARILLO PARDO


Las nuevas épocas, con sus antiguas crisis, requieren de nuevos discursos. Reiventar los símbolos de resistencia es una necesidad urgente, los jóvenes así lo entienden, por eso sus miradas superan los viejos slogans y proponen otras posibilidades a las voces que enfrentan el cinismo de un época en donde la mentira viste su traje de verdad y sale a pregonar su ideología. La siguiente crónica pertenece a esos nuevos discursos que oxigenan la sensación de otras posibilidades y con un lenguaje creador reinventa el escenario de la Universidad Pública.
AQUEL PAJARILLO PARDO 
Por: July Lizeth Bolívar R.
Estudiante Comunicación Social Y Periodismo. UT

Los resuellos de la capa grisácea de la cumbre se oyen con motivo desconocido. El escenario, un centro de aprendizaje para el eterno ensayo de una obra sin estrenar, tan inasible pero vivificador, tan libre pero a la vez virulento: la Universidad del Tolima, con sus frondosos árboles que abrazan las identidades perdidas de las promesas del cambio, con la mirada del Che subyacente y los relatos de una juventud que teme perderse en la muchedumbre o que busca hacerlo para denegar el pensamiento a sus devenires incomprensibles. Sus curvos caminos, hoy con el aroma de las cenizas del viento,  que cercan las villas desconocidas de los que viven inmersos en el universo asimétrico del caos, besarán en poco tiempo el cuero del calzado desgastado de las voces que no callan pero si lloran. La pujanza en sus esquinas, el pavimento intransitable y  los motivos de estar allí: escasos.
En ese dieciocho de febrero del dos mil once vuela un pajarillo pardo, tan tácito, inquieto y endeble que traza una línea imaginaria en lo que sería la congregación de lo que se creía imposible; su agitar de plumas se desnuda al compás del rebotar de las gotas de invierno sobre los hombros de los transeúntes. Tres y treinta y cinco de la tarde, el Coliseo, lugar acordado para levantar el brazo, agitar las manos de un lado a otro y decir con ánimo extasiado: ¡hola camarada! El designio: mostrar que los rostros no son armónicos y que el conocimiento se agarra a los bordes pidiendo auxilio. En los charcos en que flotaban colillas, naturaleza muerta o algún insecto desventurado, se hundirían con entereza los pasos sin sombra de los estudiantes de Comunicación Social y Periodismo carentes de garantías, ansiosos de salvarse del monstruo aglutinante de la modernidad. Gargantas dispuestas a la emisión del verbo embelesado, piernas petrificadas por el olvido de chamarras, todos se preparan para caminar, unos cuantos metros, caminar hacia un resultado desconocido. Eran aproximadamente cuarenta cuerpos que reflejaban la viveza de su alma, bajo el techo metálico y con el sonido predecible de la nostalgia congelada. Qué importaba que el sol se escudriñara en la luna, que los muchos no fueran tantos, que la aurora quisiera fulgurar la vista de los que miraban más allá del horizonte. Bailaba la pesadumbre, pero con mochila terciada y tez pálida por el frío, los fuertes voceros del cuerpo estudiantil guiaban la oscura y anónima sensatez de esas almas no muertas.
Alrededor de las cuatro y dos minutos, se inició el andar uniforme pero variopinto de todos en uno. En la carretera, las rocas se ocultaban, porque sabían que la grandeza inspiradora de los portavoces de la verdad se acercaba; las líneas de vigilancia y orden corrían despavoridas por las huellas compactas de cada ojo guiándose a sí mismo, invitando al espectador inmóvil, adornando un andén que aguardaba la resaca de la imparable llovizna que cobijaba las brasas tan fulgurantes y suyas de esos jóvenes devoradores de sueños y atizadores de derrotas.
La consigna: “sin docentes no aguanta, exigimos los de planta”. Unos dirían: qué bella magnificación de lo efímero y otros tratarían de insolente el acto que se abría ante su mirada. Los temibles eran aquellos que se quedarían cómodos en su desventura, mutilados en el despertar de una pantera en reposo. Bloque a bloque pasaban, ventana a ventana fijaban su mano empuñada al cielo, ese azulino extraviado que los revestía y animaba. Recorren pie con pie por el asfalto el Centro de Idiomas, las oficinas de administración y los prados húmedos, que los esperaba y mordían las rosas de la ansiedad. Su destino: la Facultad de Ciencias Humanas y Artes, con sujetos de corbata, ademanes distinguidos y claro discurso preparado.
Las puertas antes abiertas son cerradas como si un viento intempestivo se hubiera enmarañado en las rejas haciendo erizar los silencios. De inmediato, y luego de una introducción acompasada al movimiento de los labios, arribaba el decano elegido en el mes de diciembre del año anterior: Miguel Espinosa, con su camisa azul celeste y su pantalón de tela oscuro, divisando desde su perspectiva la maravilla que se abría ante sí. Se dirige a los grandes espíritus, otorga esperanzas de organización y garantiza soluciones casi inmediatas a las problemáticas que esa tarde, a las cuatro y cuarenta y tres de la tarde desplegaban con soporte argumental aquellos párvulos en experiencia: falta de profesores de planta y calidad académica, además de otros cuestionamientos para los cuales aún no había espacio, pues ello se trataba de un aviso, de una señal de la inexistencia de una masa, de la presencia de un conglomerado provisto de diplomacia y aura de grandeza. Los altos mandos hacen de aquel canto esgrimido una futilidad, una serie de graznidos corrientes, esperados. Refutaciones y debates de los voceros de intereses colectivos con el director del programa Rafael Gonzales no cesaban, al igual que los paraguas que le impedían ese cielo que los acompaña divisar lo que ocurría. Las directivas reiteraban el hecho de haber abiertos convocatorias a docentes para evitar su ausencia, pero al contar infortunios impredecibles se registraron atrasos. No habría un acuerdo definitivo, puesto que ni siquiera se estaba discutiendo formalmente con condiciones establecidas o con la presencia de todos los implicados. Ni triunfos ni neutralizaciones. Queda labrar el camino y esperar conseguir lo estipulado unánimemente el día anterior por la mayoría de alumnos del programa. He aquí algo irrenunciable: lo bello de la diferencia, en los términos del arte de la palabra, del libre albedrío conservando la dignidad, de la conservación del respeto al otro y sus expresiones.
Con un revés del dorso y marcha cantada finalizó el hecho por ese día, bajo los lagrimeos de un pincel sin dedos que agolpaba en las frentes de ambiciosos por aprender. Retornan al punto inicial: el Parque Ducuara, esa tarde solitario con el ambiente perdido en el humo de los habanos criollos de algunos y el hervir crispado del café de otros. Todos, desorbitados, parecían sumidos en esas paredes que escudan suspiros inconclusos, pero que a veces operan lacerantes escupiendo arcilla y asolando intentos fallidos en búsqueda del nirvana. No hay final escrito, de hecho no hay final; los acontecimientos siguen su curso y a las seis menos cuarenta minutos, alguien se pregunta por aquel pajarillo pardo, tan tácito, inquieto y endeble, que ese dieciocho de febrero del dos mil once, algunas horas atrás, hacía su vuelo y trazaba una línea imaginaria en lo que fue la congregación de lo que se hizo posible; su agitar de plumas se desnudaba al compas del rebotar de las gotas de invierno sobre los hombros de los transeúntes ahora refugiados contra los muros coloridos, solitarios y mudos que veían deslizar los alientos congelados de la divinidad.               

marzo 10, 2011

LA SERVIDUMBRE SIMBÓLICA DE LA UNIVERSIDAD

Por: Pedro Baquero M.
Tomado de: Con-fabulación. No 172


La servidumbre simbólica, una de las tantas manifestaciones del autoritarismo, que de manera tan aguda devela el ensayista y poeta Carlos Fajardo en  una  de las lúcidas columnas publicadas en este medio y recogidas en el libro de ensayos “Los rostros del autoritarismo”, tiene expresiones tan dolorosas como invisibles a los ojos de muchos de nuestros confabuladores. Una de ellas se manifiesta en la Universidad, en la que discurre, de manera solapada, la lógica implacable del mercado y sus correlatos discursivos con los que se enmascara, en la retórica de un humanismo trastocado y en la aparente precisión del lenguaje técnico-científico, el adoctrinamiento exquisito, la servidumbre simbólica de la Universidad a los fines del neoliberalismo.
De la misma manera como se manipula el concepto de democracia para someter a los pueblos a las leyes del mercado e instaurar regímenes que les sean fieles, se usa el concepto de calidad como el caballito de batalla para adherir la voluntad de académicos, administradores y estudiantes-clientes de las Universidades a los mecanismos de control, censura, homogenización y estandarización de los  saberes  y de los procesos académicos  que requiere el floreciente mercado de la educación. 
El dispositivo es sutil, pero poderoso. ¿Quién puede atreverse a dudar de la calidad como un bien deseable, como búsqueda permanente de perfeccionamiento, de prestigio y reconocimiento social,  como criterio de supervivencia, vinculado, por demás, a  la historia misma de la humanidad? La calidad, en efecto, es expresión  del deseo de perfectibilidad humana. ¿Cómo  resistirse al embrujo avasallante de ese bien supremo? Y esa es justamente la estrategia. Ganado ya el consenso desde  el sentido común, lo que sigue es sólo asunto de diseño, de adoctrinamiento exquisito. Los gurús  de la calidad, pontífices del bussines administration, debidamente instalados en las Universidades, constriñen entonces el concepto, lo acotan, lo precisan, lo pulen, lo embellecen y lo instauran como la única verdad posible. En adelante  será sólo una la idea de calidad, heredera de la “administración científica” del trabajo, que en su largo recorrido de la fábrica a la Universidad, redujo la vocación formadora del Alma Mater a los criterios de eficacia, eficiencia,   efectividad;  a la medición como evidencia y a la aplicación de estándares, indicadores y logros como  aparataje técnico y discursivo de la Acreditación y de la Certificación con las que se asegura su legitimación en el universo social.
Y la Universidad, que no es ajena a esa realidad social, parece capitular ante semejante forma  de fundamentalismo. La Acreditación de Alta Calidad, un terreno cenagoso de exigencias y contra exigencias, convertida en credo, en religión  de la excelencia, fascina, atrapa la voluntad, posterga el debate y la crítica y  naturaliza esa suerte de sumisión consentida, de resignación cómplice, de obediencia debida  con la que académicos y administrativos se entregan a la febril tarea de asegurar la calidad.
Surgen por todas partes las oficinas de acreditación, los comités de acreditación, los consejos de Acreditación sin otro horizonte que satisfacer la demanda evaluadora de la Calidad. Los colegas académicos saltan del aula al Comité de Acreditación, se los empodera  y ahora van por las oficinas de las facultades, por los pasillos, por las aulas, recogen evidencias de investigación, hacen inventarios  de las publicaciones de los docentes, actualizan sus hojas de vida, acopian evidencias de flexibilidad curricular,  calculan los créditos académicos que definen la formación de un profesional según un número limitado de horas de docencia, revisan los resultados de los exámenes ECAES (hoy remozados  con el nuevo nombre de SABER PRO) y los publican, orgullosos, como evidencia contundente de la Calidad; hacen cuadros, llenan casillas, responden uno a uno los  factores, acopian los trescientos y tantos indicadores de gestión de la Calidad para asegurar que no habrá fisuras, que el organismo censor de la calidad, el Consejo Nacional de Acreditación, CNA otorgará, en consecuencia la ansiada certificación.
Convertida en ideología, la Acreditación de Alta Calidad ha puesto a soñar a la universidad periférica en que, por obra y gracia de la competitividad del mercado, nuestros estudiantes y profesores se movilizarán  por las universidades extranjeras a proponer de igual a igual los destinos de la ciencia y a contribuir sin diferencias ni de uso, ni de creación, ni de fronteras, los bienes simbólicos, técnicos y científicos que produce o promueve la Universidad. Una internacionalización sospechosa que abre el mercado educativo y se lanza a la captura de clientes que sueñan con la doble titulación en Colombia y en Oxford o en Paris y que no se preguntan por la otra calidad, la de pensar las realidades y dimensiones geopolíticas del conocimiento. 

El reconocimiento internacional, parece ser el bocadillo, el señuelo de esa idea de calidad  que promueve, en últimas, el mercado de la educación y  la justificación misma  de la Acreditación de Alta Calidad. La estrategia  es la misma  que en otros sectores de la escala productiva propone abrir las fronteras a la libre circulación de mercancías, bienes y servicios, bajo el eslogan de que el mercado, sus lógicas de competitividad y sus estrategias para alentar  el consumo (pues se pueden adquirir tantos títulos como pueda comprar el cliente) son suficientes para garantizar la distribución social  del conocimiento, la igualdad de oportunidades,  la justicia social  y el desarrollo humano  y autónomo de los  pueblos.
Entretanto, se posterga el debate entorno a la formación superior, la Universidad se desdibuja en el entrenamiento técnico,  se  asienta la experticia como única dimensión de la formación profesional,  mientras la crítica, el disenso, la formación política y social se destierran  del currículo o se convierten en una suerte de retiro ignaciano para fin de mes, es decir,  para los claustros de comienzo y finalización de cada semestre académico o para las conferencias ocasionales que como agua fresca  salpican el escenario cada vez más árido del aula y de las prácticas pedagógicas compelidas a rendir tributo a la eficacia. Esa Universidad sin condición que propone Derrida parece  en  palabras mismas del filósofo, “una ciudadela expuesta (…) simplemente ocupada, tomada, vendida, dispuesta a convertirse en la sucursal de consorcios y de firmas internacionales”.
El sometimiento elegante que denuncia Ignacio Ramonet se instaura, la calidad de la educación es ahora como el CNA nos dice que es. No hay otra calidad posible. Estamos voluntariamente “Acreditados”. Nadie nos obliga. Porque la Acreditación de Alta Calidad es voluntaria. Sólo que mientras la “Comunidad Académica Internacional” (léase el mercado educativo) exija “asegurar la calidad”, mientras las alianzas estratégicas que ofrecen, por ejemplo, la doble titulación, se fortalezcan, la Acreditación de Alta Calidad, será un requisito, que “de manera voluntaria” habrá que cumplir para no quedarse por fuera, para que  quienes hacen bien la tarea de acreditarse no terminen eliminando a los que se resisten. Ese es el  cinismo de la hegemonía. 

*Escritor y profesor universitario.

marzo 06, 2011

MUJER, MÁS QUE UN DÍA

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

El mundo de las superficiales igualdades pretende hacernos creer que mediante celebraciones se pueden ocultar los dramas humanos, por eso se inventaron un día anual para izar las banderas de la mujer. Entonces los hombres iremos por ahí buscando regalos para exaltar la belleza, pretendiendo con ello ocultar la realidad. Los restaurantes venderán sus mejores platos, las floristerías harán su agosto, los centros comerciales agotarán su stock de bolsos, los moteles estarán a reventar; pero más allá de esas recetas modernas los sujetos excluidos siguen palpitando en sus ignominias. ¿Qué sentido tiene celebrar el día de la mujer, homogenizando con ello la idea de que la palabra “Mujer” indica un solo sujeto en conjunto? La mujer cuya presencia ha poblado la historia, sigue reclamando su lugar en la historia; por eso hablaré de las mujeres cuyos silencios ocultan un eterno llanto, para ello otearé sobre nuestro panorama, el de la mujer colombiana.
Quizás no exista un sujeto en esta dolorosa nación en cuyo epicentro se acumule tanta atrocidad; por eso es inevitable imaginar mujeres valientes abandonando poblados enteros, con sus hijos a cuesta, mientras al mirar hacia atrás el fuego de la barbarie consume sus hogares. Esa imagen es tan antigua en nuestro territorio que a veces parece ser parte de los anaqueles del mito. La misma imagen de las indígenas violadas por los colonizadores, la imagen de la mujer que prestó su cuerpo y mente a las revoluciones de libertad, que ahora se desdibujan en pírricos melodramas televisivos. Mujeres cuyo llanto dio origen a los torrentes acuosos en las montañas. Mujeres desplazadas, vilipendiadas, olvidadas, condenadas a la errancia por las calles asfaltadas. Mujeres que han protegido miles de generaciones de hijos agobiados por la barbarie del poder, mujeres invisibles para los ojos hambrientos de belleza superficial; por eso muchas terminaron siendo parte del comercio de los seres y quizás cuando se piensa en la mujer surge la idea de un cuerpo terso con medidas calculadas en el deseo, con senos trabajados bajo el pincel del consumo y esa mujer ya no es la imagen de la verdadera mujer, sino la idea que el hombre ha proyectado sobre ella.
Miles de mujeres no recibirán flores, ni regalos caros, ni siquiera un abrazo, pero estarán ahí forjando con su silencio y su tesón un país que los hombres hemos insistido en depredar, en destruir. Se levantarán cuando los ebrios retornan a sus guaridas y emprenderán la epopeya de sus días, cuidarán sus hijos, organizarán sus pertenencias y saldrán radiantes de energía antes de que el sol agobie con sus rayos. Caída la noche retornarán a velar por su descendencia. Otras irán por ahí clamando justicia, ante una sociedad sorda que muestra su peor rostro para ellas, pero que con la celebración de un día pretenderá ocultar su culpa de siglos; porque así se trate de encubrir con lisonjas, hace tiempo el hombre determinó el papel de la mujer en la sociedad. Por eso hoy debe retumbar esa frase melódica de Amparo Ochoa cuando canta: “Mujer si te han crecido las ideas, de ti van a decir cosas muy feas. Mujer semilla, fruto, flor, camino; pensar es altamente femenino”

febrero 25, 2011

HISTORIA DE EDUCACIÓN Y LA PEDAGOGÍA


Historia de la Educación y la Pedagogía en Colombia from Boletín UT on Vimeo.

He aquí un interesante documento sobre la historia de la pedagogía y la educación en Colombia, en donde encontramos posiciones distintas para alimentar el debate sobre el presente y el futuro de la Universidad Pública; en un momento de crisis nacional del sistema educativo más preocupado por cumplir las exigencias del mercado, que por reconstruir la sociedad. Quizás la educación ya no sea un Aparato Ideológico del Estado (AIE), sino de las multinacionales (AIM).

febrero 21, 2011

PERFECCIONANDO LA DEMOCRACIA


 Por: William Ospina
HAY TRES CLASES DE PAÍSES, LOS QUE tienen democracia, los que no la tienen y los que creen tenerla. Sospecho que nosotros pertenecemos al tercer grupo.
Nuestros dirigentes suelen reivindicar frente al mundo la más larga tradición democrática de América Latina: dos antiguos partidos políticos, la división de los poderes públicos, la prensa libre, el régimen de libertades, “el ejercicio de la propiedad privada y de los demás derechos adquiridos con justo título”. Cada cuatro años en el último siglo hemos tenido urnas electorales abiertas para los ciudadanos varones, y desde hace medio siglo también para las mujeres.
Sin embargo, una larga historia de frustraciones ha calado hondo en la conciencia de buena parte de los ciudadanos y los ha llevado a la decisión de no votar. El hecho de que los poderes conservadores, después de perder el poder en 1930, desataran con el apoyo del clero una campaña de exterminio contra los liberales; el hecho de que a partir de 1946 esa campaña se hubiera hecho desde el Estado, con la politización de la policía; el hecho de que los liberales, quizás al principio para defenderse, pero después por costumbre, hubieran alentado la lucha armada y el fratricidio; el hecho de que el seguro ganador de las elecciones de 1950 hubiera sido asesinado dos años antes; el hecho de que el pacto antidemocrático del Frente Nacional prohibiera durante 20 años todo pluralismo político y eternizara en el poder los vicios de los dos violentos partidos; el hecho de que en 1970, gracias a un fraude de última hora, se le hubiera arrebatado el triunfo a la oposición; el hecho de que durante los años 60 toda oposición crítica hubiera sido perseguida y acosada, hasta el punto de que un líder de reconocida nobleza y generosidad, un soñador de la democracia como Camilo Torres, hubiera terminado en su desesperación arrojándose en brazos de las guerrillas; el hecho de que en los años 80 la oposición legal, desarmada, de izquierda, fuera masacrada en las calles; el hecho de que hubiéramos llegado al extremo de permitir, hace apenas veinte años, que en una sola campaña electoral cuatro candidatos a la Presidencia de la República fueran asesinados; el hecho de que no se hubiera impedido a tiempo, con democracia y con espíritu patriótico, que muchos campesinos víctimas de la violencia se organizaran en guerrillas; el hecho de que no se hubiera impedido que esas guerrillas, que al comienzo, según creen muchos, tenían un ideario político, se pervirtieran y se degradaran hasta convertirse en terroristas y narcotraficantes; el hecho de que para combatir a esas guerrillas, convertidas en peste nacional, en lugar de recurrir a los instrumentos de la legalidad, muchos empresarios y dueños de tierra, aliados con el narcotráfico, hubieran preferido alentar la aventura escabrosa del paramilitarismo, con la culpable colaboración de muchos miembros de las Fuerzas Armadas; el hecho de que se haya permitido en los años 50 el holocausto de 300.000 personas; el hecho de que se haya permitido en los últimos veinte años el holocausto de otras 200.000; el hecho de que se haya permitido el robo de millones de hectáreas a los campesinos y se haya arrojado a las ciudades a sus dueños; el hecho de que la mitad de la población siga sumida en la pobreza y un porcentaje muy alto en la miseria; el hecho de que la corrupción haya alcanzado niveles pasmosos; el hecho de que la única solución de los gobiernos al problema endémico de la violencia hayan sido cíclicas campañas de aniquilación; el hecho de que no se hayan abierto camino en un siglo ni la reforma agraria ni la reforma urbana ni la revolución de infraestructura ni la revolución educativa que el país necesita; todas esas cosas han alentado en buena parte de la población un justo escepticismo que se traduce en abstención a la hora de las urnas, cuando los políticos vuelven con su rosario de soluciones que, sin el respaldo y la vigilancia de la ciudadanía, no pueden solucionar nada esencial.
Nuestra democracia es, por lo menos, harto imperfecta, y ya se sabe que para que la justicia obre con toda severidad sólo se necesita en Colombia una cosa: que el procesado sea pobre. Habría que añadir el estado pasmoso de la justicia, millares y millares de procesos represados que no sólo delatan la inoperancia del sistema, sino un caos social que quizá no pueden resolver los tribunales, que ya sólo se puede resolver con alta política.
¿Por qué extrañarnos de que los abstencionistas no voten? Están en su derecho, y a veces parecen los únicos cuerdos en este mar embravecido. Pero no: a pesar de todo, y aunque somos minoría, votamos. Votamos por unos partidos que intentan sostener la democracia, aunque a veces su preocupación sea apenas alcanzar el poder, no cambiar el país, ni hacerlo avanzar hacia una verdadera civilización. A veces, fallos como el de la Corte Constitucional rechazando la segunda reelección nos devuelven la fe en las posibilidades de la democracia colombiana. Pero, por supuesto, eso no basta para que la mitad del electorado se decida a hacer oír su voz.
Como Antonio Caballero, como Eduardo Posada Carbó, yo también me indigno ante la asombrosa iniciativa de borrar a quince millones de ciudadanos del censo electoral. ¿Será que alguien cree que esa política de ninguneo es el camino para que nuestra democracia funcione? ¿Estarán tratando de lograr que esos quince millones se indignen? En los tiempos de la caída de Mubarak, tal vez todo es posible.

febrero 06, 2011

UNA IDEA QUE ME DA VUELTAS

Por: Carlos Arturo Gamboa

La Universidad del Tolima atraviesa una crisis en su conjunto. Los actores actúan a la deriva de unos deseos y unas prácticas que no logran cohesionar unos mínimos que le permitan responder a las altas exigencias de una región, un país y un mundo en ebullición. Los estudiantes naufragan entre su apatía y la desconfianza; los docentes, en su mayoría parecieran estar indiferentes a los debates que deben liderar desde sus distintos escenarios de producción de saber: el aula, las prácticas pedagógicas y la investigación; los trabajadores apenas logran vislumbrar el accionar universitario, unos refugiados en la cotidianidad de hacer y no repensar sus acciones, otros apalancados en sus trincheras del “nada se puede remediar”. Los llamados líderes parecen moverse al ritmo del oleaje de lo coyuntural del día, sin tiempo para pensar en acciones de largo aliento que le devuelvan a la universidad su lugar social. Y todos, en medio de ese maremágnum de sucesos, van de arriba-abajo buscando culpables, no proponiendo acciones reales que oxigenen la vida universitaria.
Mientras tanto la Universidad se encuentra subsumida en retos que definirán su futuro, y los debates no avanzan, las medidas externas y sus propias dinámicas le impelen a redimensionar sus acciones. Aspectos cruciales para la vida universitaria requieren la atención inmediata, entre ellos la aproximación de una nueva reforma universitaria de orden nacional que debe esperarse como otro duro embate contra la educación pública; la construcción de un Plan de Desarrollo para la próxima década, el cual debe partir por una evaluación profunda de lo realizado durante los últimos diez años; la construcción de unos lineamientos académicos que vayan más allá de cumplir con los indicadores y competencias que el mundo del mercado exige y que de alguna manera desate el cuello de botella en que se encuentran algunos procesos académicos que hace tiempo se quedaron instalados en la categoría del hacer, sin avanzar en el pensar, en el ser y en el vivir juntos. Así mismo, se requiere de una reorganización administrativa que le permita responder a las lógicas cambiantes de su conformación, por ejemplo, el modelo de Educación a Distancia, que necesita de otros tiempos y espacios, con una población estudiantil cercana a los 30.000 estudiantes, la mayoría de ellos en áreas de impacto vitales para el desarrollo regional y que debido a la desactualización de los mecanismos de participación no influyen en los derroteros de la Universidad; y la reforma de participación democrática, que en medio de discusiones obtusas, dejan el sabor de que son muchos quienes desean que las cosas sigan como están.
De la misma manera, en el caso de la región, grandes retos requieren la atención de la comunidad académica en aspectos tan vitales como los proyectos de megaminería que no sólo amenazan la vida y el equilibrio alimentario, sino que no se remiten sólo al proyecto de la Colosa, sino a distintas zonas que terminarían por convertir la región en un foco de inestabilidad social. La política local, carente de unos lineamientos que retribuyan la confianza en la ciudadanía, debe ser campo de investigación que generen nuevas propuestas de gobernabilidad, sobre todo desde la facultad de Artes y Humanidades. Las estructuras y acciones económicas de la región también se tornan en aspectos que deben ser estudiados y ante las cuales la Universidad debe “decir algo”. En general, hoy más que nunca la región requiere de nuestro participación, pero debe ser un esfuerzo dialéctico con lo universal para poder plantear posibles respuestas, porque hace años que las acciones de lo local perdieron su autodeterminación y se vienen moviendo desde otros intereses que en nada solucionan nuestros problemas reales.
Basten sólo estas ideas para entender el gran reto de la Universidad del Tolima, cada vez más asediada por los intereses particulares, y cada vez más distante de su verdadera misión social. Quizás el único punto que se puede tejer, en estos momentos de profunda desconfianza, y que sirve como epicentro de acción de todos sus actores, debe ser el de preservar lo público por encima de las contrariedades, quizás ese sea el punto que pueda abrir un escenario real de discusión mediada por la argumentación. Por tal motivo sólo podría cerrar esta disertación con una idea que me da vueltas: Es el momento de proponer y liderar una Constituyente Universitaria.

febrero 03, 2011

LA IMPORTANCIA DE LA SOLIDARIDAD



Por: Carlos Arturo Gamboa
Solidario por predestinación y por oficio. Solidario por atavismo, por convencionalismo. Solidario a perpetuidad. Solidario de los insolidarios y solidario de mi propia solidaridad.
Oliverio Girondo

El mundo actual es profundamente individualista, los sujetos deambulan solitarios por el asfalto del desarrollo, buscando el bien personal sin voltear a mirar el panorama desolador de las multitudes excluidas. Si errabundos caminamos, solos moriremos. El día en que seamos prescindidos, otros mirarán y entonces no tendremos la dimensión ética de solicitar ayuda.
¿Quién o qué ha fulminado la solidaridad? Atreveré algunas ideas al respecto. Un sistema basado en el confort es altamente egoísta. Ya olvidamos que como humanos nuestro deber sería propender por la dignidad de todos, pero durante el siglo XX se creó la falsa imagen del hombre exitoso; aquel cuyo dormitorio está situado en los rascacielos; aquel cuya acumulación de dinero le hace dueño de bienes y de vidas; aquel que por estar imbuido en la cotidianidad productiva olvida a los demás. Como el protagonista de la película Ciudadano Kane la soledad terminará por carcomer su propia existencia, recordando con dolor el valor de las cosas verdaderamente importantes. La magia de la muerte consiste en que nos recuerda que somos profundamente humanos.
El miedo es otro factor que altera la movilidad. Habitamos en la época del miedo, ahora nos asustan con todo, con dietas, con virus, con memorandos, con ganancias y con pérdidas, con estigmatizaciones,  porque aquel que reclama justicia se hace sospechoso para la sociedad. Nuestros héroes terminan siendo aquellos que encarnan la injustica. Miles ejemplos demuestran que algunos que ofrecían nuestra salvación fueron los mayores tiranos, porque nadie nos salvará, nos preservaremos entre todos. El miedo del siglo XXI es un personaje encarnado en millones de seres. Ahora quienes reclamamos un mundo mejor, somos “el coco” con que aspavientan cualquier posibilidad de cambio.
La solidaridad puede ser definida, de manera muy cotidiana, como la colaboración recíproca entre seres humanos, (incluso los animales son solidarios) que se convierte en un sentimiento manteniendo a las personas unidas en todo momento, sobre todo cuando se enfrentan situaciones de las que no resulta fácil recuperarse. Esa solidaridad debe ser reconquistada y debe establecerse como un valor ético, no es suficiente con aterrarse de un mundo repleto de miseria, inequidad y horror, se hace necesario actuar para poder transformar esa realidad del otro, que es también mía. El miedo nos hace insolidarios y la insolidaridad nos deshumaniza. Como lo expresó Gioconda Belli: “La solidaridad es la ternura de los pueblos

enero 27, 2011

ALGUNAS CONSIDERACIONES NECESARIAS PARA DESPRIVATIZAR LA UNIVERSIDAD PÚBLICA

Por:  Carlos Arturo Gamboa Bobadilla


Ensayo publicado en la Revista Universitaria Aquelarre No. 19. UT. 2010.
                                                                                                 
Desde que recuerdo las luchas por la reivindicación de las universidades públicas han estado tamizadas por un lugar común, que como todos ellos, a fuerza de tanto ser discursados terminan por no significar nada para quienes lo usan como plataforma ideológica y menos para los antagonistas. El desuso de las palabras es lo más finito en las causas ideológicas, y eso tal vez ha ocurrido con la tan nombrada y esperada «privatización de la universidad pública» La presente reflexión pretende demostrar por medio de varios aparatados que la universidad pública no debe preocuparse por su privatización sino por su desprivatización, condición en la cual está enmarcada desde hace lustros.
Consideraciones iniciales
El concepto de universidad es tan amplio y disímil como los son aquellos que complejizan el tema de la educación. Sin embargo se pueden realizar algunas aproximaciones que contienen los siguientes elementos en común: la universidad es productora de saber, pero no sólo de saber científico como algunos proponen, sino de todo tipo de saber; de igual manera la universidad se puede erigir como la principal institución cultural del entramado social, pues se supone allí confluyen las diferentes corrientes del pensamiento en cada momento histórico y por lo tanto es el lugar de las argumentaciones. Desde una concepción sistémica, se puede decir que la universidad se comporta como un continum del pensamiento que permite retroalimentar las estructuras sociales y por lo tanto es el epicentro de un debate científico, cultural, político, estético, etc. Como se puede observar la institución universitaria, al menos desde el punto de vista teórico, se comporta como una organización antropo-cultural[1] que se entrelaza a los sucesos de una comunidad, región, país o universo.
Ahora bien, estas características no son condito sine quanon para que algunas organizaciones sean llamadas universidades, es más, se puede decir que son escasas las universidades públicas (por supuesto que también privadas pero no me ocuparé de ellas), que llegan a tener una proximidad real con estos preceptos. El saber que se produce o reproduce en la universidad es parcializado, es una pequeña dosis del mundo del conocimiento, es decir, la verdad del momento que debe ser retransmitida según las consideraciones de los diseñadores del currículo. Esos contenidos no son ajenos al mundo dinámico del conocimiento, por el contrario, responden a unas condiciones externas del universo que manipula la universidad, ese es el problema. La universidad ha vivido y subsistido a una serie de oleadas de necesidades externas que modifican su pensamiento independiente, si es que alguna vez lo tuvo; y esa falta de identificación como proyecto único pero sistémico, le ha impedido poseer un rostro frente a las demás instituciones públicas por ejemplo, y ni qué decir de los condicionamientos privados que son los que en verdad subviven en la universidad.
En general, se puede advertir sin mucho margen de error, que durante décadas la universidad ha logrado mantenerse en el mundo institucional vigente, gracias a una labor ajena a sus principios: la trasmisión plana del conocimiento, pero aludiendo en sus discursos a que también realiza construcción de conocimientos por medio de la investigación y además coadyuva a transformar la sociedad en un proyecto de intervención. Y si esa es la realidad entonces ¿A qué se ha dedicado la universidad pública?
El síndrome nunca superado
La universidad pública siempre ha sido un proyecto político, no hay que ser ingenuo en ello, y como tal ha sufrido la degradación de la política. Después de las luchas utópicas de las décadas posteriores a los años sesenta, el mundo entró en la dinámica de permitir la participación como fundamento esencial de la democracia. Los seres nunca más podrán decir que la democracia los excluyó,  pareciera el objetivo de las instituciones durante estos años, sólo que no fue incluyéndolos como lo alcanzó, sino haciéndoles creer que estaban incluidos. Para lograr eso se basó en un concepto empresarial de participación, como la siguiente: “Participar es dar y recibir, es formar parte de una causa, es compartir una visión, es intervenir para que ésta se cumpla, es asociarse para obtener objetivos comunes”[2] Este concepto de participación lleva implícita la idea de homogenización, no hay espacio para la diferencia porque se deben tener “objetivos comunes”, pero lo más peligroso de este concepto es concebir la participación como un proceso de “dar y recibir”. Ese fue el concepto que se arraigó en la nueva democracia y que rápidamente hizo carrera en las instituciones educativas, en especial en la universidad. El dar y recibir dio el advenimiento a la politiquería como ejercicio plenipotencial de la entidad pública y abrió las puertas de par en par para la señora corrupción. Uno observa la estructura de poder en las universidades públicas actuales en donde los participantes de los Consejos Superiores tienen toda una incidencia politiquera del contexto y se pregunta ¿Qué transparencia institucional puede tener cabida en un organismo permeado por las costumbres octogenarias de la repartición del poder? ¿Para qué se hace uso de la participación dentro de las estructuras democráticas? ¿Será para obtener un lugar en el escenario del “dar y recibir”?
Por mucho que se hable de transparencia y de mecanismos de control que regulan los procesos administrativos y académicos de la universidad pública, la verdad es que la politiquería es la forma predilecta de su funcionamiento organizacional. Sólo basta observar las artimañas de todos los niveles jerárquicos en los momentos cruciales de repartición de poder, para hacerse a una idea de las raíces culturales, sociales y políticas que estas prácticas han logrado profundizar en el mundo de la universidad. Y es que cuando se habla de politiquería no sólo se debe dirigir la mirada hacia los dirigentes de altos rangos, es a todo los niveles, hasta tal absurdidad ha llegado este mecanismo que un puesto de aseador o vigilante puede estar supeditado a las transacciones del poder entre el mismo gremio. Siempre hay inconformidades esporádicas frente a estas transacciones pero el juego sigue y quien pierde hoy tiene buenas posibilidades de ganar mañana si se mantiene en el circuito de “dar y recibir”, hay que tener paciencia, somos muchos y todos queremos una parte del ponqué. Los esquemas politiqueros de la institución pública parecen estar guiados por aquella sentencia del poeta: “Tazando el bien y el mal”. Los mecanismos de supervivencia de este pulpo antropo-social parecen no tener obstáculos. Ante una nueva intención de erradicarlos ellos se camuflan y toman formas diferentes, además existe una complicidad muda ante su accionar porque quienes pueden denunciar están en la lista de espera o simplemente se conforman con vivir cómodos, esperando las migajas del festín del rey o atados a la cheque-dependencia moderna. Hay cientos de formas de evadir conceptos como igualdad, equidad, estímulos, asensos, meritocracia, etc. Es más, unos pueden ser usados en contra de otros, por ejemplo si alguien es ingenuo y reclama por un asenso, obviamente si no está en la lista de espera o es alguien ajeno a los mecanismos de poder, tendrá como respuesta que el puesto se le otorgó a otro por cuestiones de meritocracia, o por estímulos, etc, las normas están dadas para eso, o si no se crea una y punto.
Frente a ese síndrome de la politiquería, el cual no ha podido ser superado por la universidad pública ni por ninguna de las instituciones ídem, uno se pregunta si la democracia no es un mal. El concepto de política es apenas una luz resplandeciente en el horizonte de las mentes honestas cada vez más escasas, y por eso las transacciones, las reparticiones y la depredación de los valores públicos los solemos disfrazar con discursos de alabanza hacia los actores, los cuales catalogamos como: estrategas políticos.
Entre clanes, brujos y amiguismo
La concepción Weberiana de burocracia ha adquirido nuevas dimensiones en las universidades públicas. Ese organigrama extenso el cual es difícil de recorrer hacia arriba, se ve ahora animado por una serie de personajes que han creado nuevas formas de relación con el poder. Herederos de los «estrategas políticos», estos seres han conformado clanes de resistencia laboral, académica, social, política, cultural y de toda índole que provengan de otros clanes que igual hacen resistencia a otros y así sucesivamente hasta encontrarnos en el ambiente marino de las islas en donde cada una de ellas pertenece a un clan. Si la universidad no ha podido configurar un proyecto en común no es por las múltiples discusiones y debates sobre su razón de ser, sino porque cada clan la quiere para una función especifica y el poder no se negocia en lo vital sino en lo superficial. A ninguno de esos clanes les conviene que la universidad se dedique a su razón de ser, ese es el cordón umbilical que los une y les permite convivir sin destrozarse.
Además de los clanes existe una forma de subsistir en los entramados del mundo público universitario haciendo uso del llamado amiguismo. Hay personas que no poseen las cualidades para sobrevivir entre las artimañas de los clanes y deciden ser buenos con los que tienen el poder y perversos con los perdedores de turno. Los simpáticos de la organización están dispuestos ha dar la pelea por sus amigotes siempre y cuando sus amigotes hagan lo mismo por ellos. Estos personajes sí que saben desentrañar el sentido de “dar y recibir”. Las contrataciones públicas suelen estar rodeadas por estos protagonistas, dadivosos con los mandos medios y cautelosos con los mandos altos. Ellos saben en qué lugar se puede vulnerar la normatividad  y saben quiénes son los expertos en ella y recurren sin ambages. El amiguismo traiciona los principios de equidad, porque prevalece la dádiva material sobre la virtud humana, se pierde la dimensión de respeto por el otro, como cuando alguien llega al banco y pasa directamente a la ventanilla en donde su amigo socarronamente lo atiende mientras guarda la botella de whisky sin considerar que ejerce un atropello contra esas treinta personas que llevan dos horas esperando turno. El amiguismo malsano en las instituciones públicas tiene un único momento de grandeza, cuando se disuelve y casi siempre se convierte en antagonismo fatal, porque entonces salen a relucir las más fétidas formas de la hipocresía.
A la par de estos personajes se erigen los brujos, esos seres metafísicos que son capaces de cambiar de apariencia en cuestión de minutos. Radicales de izquierda que terminan erigiéndose como los más fordistas del lugar, líderes sindicales que de la noche a la mañana termina apoyando una acción lesiva para el conjunto, señores de traje y corbata que un día salen airosos a pregonar la igualdad y miles de mixturas más que dan lugar al collage de lo publico. Los brujos tienen la habilidad de estar presente en las acciones de poder o tienen una conexión directa con quienes toman decisiones. Ese don de ubicuidad les permite adelantarse a las «estrategias políticas» y desechar jugadas, acomodar intereses y buscar el árbol que más sombra dé. Casi siempre sobreviven durante mucho tiempo en los entramados del poder porque saben vender sus principios, nunca los venden todos en una sola subasta, lo hacen a cuenta gotas y así logran permanecer en el carrusel de las ignominias humanas. Los brujos también pueden ser llamados cazadores de causas, porque se alistan en las que más se adecuen a su talante mediocre, porque casi nunca tienen un poder real, sólo poseen una manipulación imaginaria pero el conjunto de personas de la organización les creen y además son utilizados con frialdad por los altos estamentos, porque se convierten en mediadores o mejor decirlo, idiotas útiles.
El imperio de la información restringida
La información pública debiera ser un bien público, no una mercancía privada.  Cada suceso público que acontece en la universidad tiene que ser expuesto a la comunidad en general, pero de manera oficial, no por medio de susurros des-informantes. Pero lo anterior no ocurre por una razón contundente, las instituciones públicas todavía creen que quien tiene la información tiene el poder, lo cual fue válido hasta hace unas dos décadas, porque ahora la información está en todas partes y lo vital es la decodificación, interpretación y uso de la misma. En ese sentido, la universidad es lenta en proceder, porque la artimaña de esconder la información conlleva a una parsimoniosa actividad, claro está que mucha de esa información se esconde porque permite la manipulación del otro, y esa es la verdadera causa de su ocultamiento. Se podría aceptar, desde sus referentes conceptuales y principios, que una empresa privada oculte información a sus miembros porque puede considerar que arriesga cierto capital privado en ello, pero ¿Por qué prescindir de mostrar lo público cuando su esencia es esa, hacerse público? El consenso de las actuaciones públicas debe ser trasparente y si así ocurriera las acciones fuesen reveladas sin tapujo, pero todo ocurre a la inversa. Cuando hay ocultación, en lo público, se genera una sospecha y las acciones emprendidas pierden legitimidad. Es preferible el debate público frente a una acción válida, que el ocultamiento de la misma. Pero todo ocurre porque no hay un lugar para la argumentación.
Existe un mundo totalitario que habita en el corazón de la democracia, porque la igualdad es un ideal no un mecanismo de gobierno. Cuando se combinan  dos estructuras poderosas como conocimiento y poder, surge una dictadura atractiva. Maquievelo está vigente, y con la información adecuada y la comodidad que proporciona una institución pensada por otros y no por sí misma, la universidad se torna muy maleable. La universidad debería ser el lugar ideal para el debate y la argumentación. ¿No es acaso allí en donde se construye el saber? Y para hacerlo ¿No hay que poner en jaque los dogmas y paradigmas históricos? Sin embargo, la voz diferente en el contexto universitario es extraña porque sólo se reconocen unas líneas bien marcadas de pensamiento, quien no comulgue en alguna de estas dos orillas parece estar condenado a la indeferencia. Definitivamente el mundo universitario, aquel que sugiere la totalidad, el universo, lo complejo, terminó siendo reducido a pequeñas parcelas que manipulan el conocimiento y hacen de la información una plataforma amorfa que termina nublando todo, es decir que la información sale de lo público a manera de antitesis, convertida en desinformación.
Cada cual en su baldosa
¿Cómo luchar contra la privatización de un lugar que ya fue repartido? Uno podría realizar un juego cantinflesco con el organigrama de una universidad pública, tomarlo en las manos y empezar a decir de quién es cada escalón o quiénes son los dueños de las dependencias, a quién pertenecen tales y tales decanaturas, etc. Al final el mapa de propiedad estaría tan bien delimitado que se podría manejar como una inmobiliaria. Hasta aquí no hay problema para los actores, la cuestión complicada surge a través de la avaricia, esa carga elemental de la naturaleza humana. Nadie, bueno casi nadie, quiere quedarse a morir en su baldosa, queremos la del otro y entonces surge el conflicto de propiedades. Como los bienes públicos no se pueden adquirir con dinero en transacciones bursátiles, surgen las nuevas formas de negociación engendradas por la politiquería y el seudo poder. La miseria de la subasta de lo público ha empobrecido los países latinoamericanos, han enriquecido la supuesta clase dirigente y ha logrado que muchos ineptos y mediocres alcancen un nivel de vida cómoda y sin sacrificios. El desangre se hace al unísono por parte de la mayoría de los actores de lo público, no nos llamemos a engaño diciendo que sólo los poderosos han comido de lo público, muchos han actuado como depredadores ante lo público, porque no tienen conciencia del bienestar de todos, sino del beneficio individual.
Las universidades, como casi todo lo público, están muy bien parcelizadas, ese campo fragmentado además está a la venta y se puede negociar. El latifundio público nos remota al más hogareño espacio socio cultural, a la época del trueque. ¿Qué se puede ofrecer por una pequeña parcela, con aspiraciones de convertirla mañana en latifundio? Pues dadivas actuales o futuras, recompensa directa como puestos burocráticos, contratos, malversación de fondos, predilección en gastos, sexo, lo que quiera, el mundo de lo privado se transplantó con lo peor de su cosecha a los plantíos de lo público. La nueva posesión debe ser defendida contra los posibles invasores, entonces hay que crear los castillos para defenderla, ¿cómo? Trámites, nuevas normas, desinformación, manipulación, lentitud en los procesos, no importa cuáles sean los mecanismos, lo importante es que a toda costa, se quiere seguir siendo el amo del latifundio. ¿Y en dónde queda la función de la universidad, la de formar mejores seres para una mejor sociedad?  La verdad sería muy extraño encontrar en este maremagno a alguien pensando en la universidad.
Guerreros de pasillo
Como no hay organización perfecta, la universidad pública con el esquema aquí denunciado tiene contradictores, y, alármese, son casi todos sus miembros. La verdad es que son escasos los profesores, administrativos o los estudiantes que expresan satisfacción parcial frente a la forma como opera la universidad pública, pero la contradicción surge porque son ellos los actores activos de la misma. Por deducción simple se puede expresar que los actores universitarios al no estar de acuerdo con el rol de la universidad, están poniendo en evidencia que se sienten insatisfechos con su accionar en la misma. Pero, ¿por qué aceptan  la contradicción fundamental de la academia? La pregunta parece conducirnos a las mismas instancias antes comentadas, sin embargo hay que entrar a poner en evidencia un fenómeno singular, el ejercicio de la crítica.
La concepción de crítica está ligada a la potestad que se obtiene cuando se es autoridad sobre algo específico. La diferencia entre poder y autoridad radica en la legitimidad de cada concepto, el ideal sería que quien ostentara la autoridad, detentara el poder; pero la mayoría de los casos, sino es siempre, el poder se muestra como una categoría desarticulada de las potestas. El poder, demarcado en estas condiciones, se convierte en un problema para la población sujeta a las normas que crea él mismo para protegerse o unificar reglas sociales de adaptabilidad. Pero, igual, esa insatisfacción frente al poder y sus reglas no se hace evidente mediante ningún tipo de estructura de participación dada, si acaso surgen diferencias materiales (no conceptuales) estas se dan en torno al manejo de los recursos económicos, aspecto casi siempre oculto en discursos seudo-académicos.
Al no existir un espacio de debate, un lugar para la argumentación, la opinión personal y colectiva que socialmente debe aparecer, y que es imposible de evadir, se manifiesta como rumor, como chisme, como opinión sin rostro que surge en los lugares más informales: cafeterías, parques, tertuliaderos y bares aledaños. Los lugares en donde más se habla de la universidad son aquellos espacios casi no universitarios. Hay quienes contradecirán este argumento apelando a la enumeración de grupos organizados que hacen oposición o resistencia cultural, como grupos de teatro, periódicos, pasquines, folletos, comunicados, etc, mecanismos que se usan normalmente en el contexto universitario y que son sinónimos de discrepancia, sin embargo éstos responden a unos intereses particulares cuando no individuales, y muchos de los voceros de los mismos ya están inscritos en la lista de espera burocrática. ¿No han visto ustedes los fogosos líderes estudiantiles de hace años vestidos de paños en los cócteles de los administradores de las ganancias?
En ese panorama de ausencia total de verdadera critica, la especie dominante son «los guerreros de pasillo» personajes híbridos, mutantes intelectuales que devoran tinto y carátulas de textos, aprendices de todo que igual citan a Cioran o a Revel sin encontrar diferencias, que creen en un proyecto humanista para la universidad pero reclaman ganancia económica y se alarman cuando sus cheques no tienen los dígitos deseados. Ellos viven al reflujo de los pocos proyectos que la universidad emprende, primero están al acecho, luego son los primeros criticones (no críticos) y buscan protagonismo en sus intervenciones, aman la improvisación y están prestos a cambiar de opinión, siempre y cuando se reciba algún beneficio intelectual o económico de su adhesión. Acomodan y desacomodan fichas en el tablero de las posibilidades y parecen ser los iniciados en el arte de gobernar, pues según ellos nadie sirve para nada. «Los guerreros de pasillo» se alimentan con la desesperanza y tienen muchas reservas a su disposición.
Las secuelas del poder
¿En qué otra instancia institucional se refleja más el despotismo que engendra el poder, que en los llamados mandos medios? La fluctuación malsana del poder se refleja allí, puesto que no encarnan, ante el gran público, los sustratos del poder, por lo tanto no son tan visibles ante la mayoría. Los ojos están puestos sobre el líder de la manada, así los más letales sean los segundos. Pero los que están debajo de ellos saben la cuantiosa prepotencia que les otorgó el poder, y saben también que ellos no medirían consecuencias para sostenerse en esa posición privilegiada, y muchos menos para ascender. Para los sustratos superiores, ellos son columnas centrales que sostienen el entramado burocrático, y como columnas, su permanencia es indispensable, además, muchos de ellos conocen los «pecaditos» de los superiores y se hacen cómplices que callan pero otorgan.
Para ellos existen múltiples denominaciones coloquiales, pero me gusta cuando los llaman «reyezuelos del poder» Están en transito hacia el poder, ya conocen muchos de los trucos que acercan al hombre corriente e inescrupuloso a su ostentación, pero igual, muchos saben que tendrán que estar despiertos puesto que la depredación a ese nivel es mortal. Igualmente, ellos entienden que sus aspiraciones son más grandes que su capacidad de liderazgo, de trabajo o de reflexión intelectual, por eso se escudan en el antiquísimo truco de tramitomanía. “Déjame estudiarlo detalladamente”, es la frase que más se acomoda a su personalidad, esa ambigüedad discursiva le permite ostentar un falso protagonismo institucional necesario para controlar la parodia del poder, le permite además jugar con las posibilidades de desespero del otro, con la urgencia y con las necesidades reales del mundo que él quiere gobernar. Siempre tienen a su merced un séquito de seres pisoteados por la mediocridad quienes no son más que sirvientes incondicionales, huérfanos de poder que reclaman migajas de protagonismo o simples personas que apenas están descubriendo los horrores que esconde el mundo pseudo-democrático de lo público, pero quienes hacen la verdadera labor que le permite al «reyezuelo» reinar en el mundo del oscurantismo.
La fabrica de normas
Si quiere realizar un oficio vano, vaya a una universidad pública y solicite la normatividad vigente para determinado proceso, y de seguro obtendrá múltiples versiones. Cada clan tiene una forma procedimental de enfrentar los sucesos cotidianos de la organización. Para unos es válido el sello, para otros eso está abolido, unos dicen saber con exactitud que un proceso requiere de ciertos trámites, pero otros no están de acuerdo. Es una mar de angustia en el que naufraga alguien externo que solicite un servicio en la universidad pública, y hasta cuando se es cliente interno ocurre lo mismo. Para lograr la benevolencia administrativa de una dependencia se debe ser brujo, pertenecer a un clan o estar inscrito en el amiguismo de turno, sino su trámite será mucho más demorado. Pero todo está normalizado, haciendo alusión al antiguo dogma cristiano: ni las hojas de los árboles se mueven, sino es por su poder.
En ese sentido, la universidad pública es una fábrica de normas con marquillas de moda como las siguientes: Resoluciones, Actas, Acuerdos, Estatutos, Elementos de regulación. Etc. Y entre más normas existen mayor confusión se genera para los procesos de contratación, de adjudicación de licencias, y esto favorece a la corrupción. Las normas son regulaciones propias de los seres razonados, regulaciones que se hacen en consenso y que ponen de manifiesto las necesidades de unos mínimos para la convivencia y el respecto por el otro. Dentro del mundo de lo público las normas deben existir para proteger a las personas y lo público, pero cuando la regulación se hace obtusa se degradan los mecanismos de regulación y cada cual toma la ley a la deriva. Si alguien desagradable llega a una oficina a realizar un trámite, la normatividad se convierte en un arma rígida, letal; pero si ese personaje pertenece al entrañable mundo del amiguismo, la norma se hace tan flexible que desaparece, se vulnera con tal facilidad que no debería existir.
Una estructura antropo- social sin reglas claras, tiende al caos, y la universidad pública naufraga en ello. Al final, son los usuarios de ese bien público quienes sufren las consecuencias de la inoperancia de la norma, porque hoy usted puede estar inscrito bajo unos estatutos, pero mañana, por obra y gracia de tres o cuatro representantes a un Comité, usted ya no cumple con las normas. Si redujéramos las reglas del accionar universitario a unas  pocas premisas, los parásitos del sistema empezarían a preocuparse porque su margen de maniobrabilidad se vería altamente restringido.
Consideraciones finales
Hasta ahora, en esta reflexión, ha estado ausente el verdadero sumun de la universidad, pero he hablado de la universidad que se vive. Nada de lo aquí descrito es mentira, pero sí bastante pesimista. El caos y la degeneración real de lo público han penetrado las entrañas de una de las instituciones más vitales para la raza humana. Claro que existen bondades muy loables dentro de ese mundo en descomposición, las cuales no se enumeran ni explican aquí, porque requieren una argumentación distinta, pero aún así el horizonte no se vislumbra como alentador, más aún cuando a la universidad pública le espera sus peores años, pues ahora no estará defendiendo su razón de ser, sino su viabilidad económica, política y social; bajo ese nuevo régimen universal al que somete el mercado global.
¿Y quiénes saldrán a defender el proyecto de universidad pública? Hay muchos interesados que este proyecto fracase y la universidad privada como empresa del conocimiento se posicione como líder, hay otros que no quieren acabar con la gallinita de los huevos de oro y por reducción al absurdo tendrán que entrar en su defensa, y un tercer grupo en disputa debe ser el de los intelectuales. Hasta ahora el panorama ha sido elaborado por los actores que se lucraron de la universidad, pero al dejar de ser un proyecto económicamente viable muchos huirán en estampida y es el momento en que aquellos que siempre dijeron que no participaban para no involucrarse, tomen las riendas de la universidad. No es el momento ni el lugar para recordar los desencantos marxistas de otrora, ni por abogar por la economía del mercado como la nueva diosa mundial, ni mucho menos para huir bajo el letargo de la indiferencia. Es el momento para que la generación de los jóvenes desencantados se deje encantar por algo, y la universidad pública sí que es un proyecto encantador.
Recuperar el Alma Mater como protagonista del devenir social es restituir una de las más gratificantes instituciones que ha podido engendrar el tejido social humano, pero la tarea no es fácil y hay que empezar por hacer una lectura real de nuestra universidad, alejándonos de las recetas de moda, de los modelos extranjeros descontextualizados, de los males aquí denunciados. El primero de todos los esfuerzos que se pueden emprender frente a la universidad pública, es hacer entender a los estudiantes, a los administrativos y a los profesores, que la universidad no es lo que ellos piensan, ni lo que ellos hacen, que universidad es una categoría que lleva implícita las mejores dimensiones humanas, solamente que nunca lo supimos o lo hemos olvidado, porque sin querer aun vivimos vociferando que no queremos que el Estado privatice la universidad y hace años que con nuestras actuaciones la tenemos privatizada.


[1] Esta concepción se puede ampliar retomando a: OROZCO SILVA, Luis Enrique. “Universidad y proceso cultural”. Ensayo compilado en: ¿La Universidad a la deriva? Uniandes. Tercer Mundo Editores. Bogotá. 1988.
[2] TAMAYO LOPERA, Ovidio y Otros. El poder de la participación. Fundación universitaria CEIPA. Medellín. 1999.

enero 24, 2011

NOTAS FINALES DEL SEMINARIO DE NARRATIVAS DIGITALES



Un cordial saludo para tod@s los participantes del Seminario de Profundización. Agradesco su apertura a estos nuevos escenarios pedagógicos para el abordaje de la literatura. Espero continuen las inicitativas propuestas en sus ámbitos de enseñanza y con ello contribuyan a la innovación del las prácticas pedagógicas, tan necesarias para recuperar el espíritu de la escuela. 

Dejo aquí las valoraciones fianles del módulo que acompañé. Dar click en la imagen para ampliar.