julio 15, 2014

LA COLOSA: UNA MUERTE ANUNCIADA



Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Acaba de pasar por imprenta el libro titulado La colosa: una muerte anunciada, cuyo subtítulo nos aclara de lleno la intencionalidad de un debate y una denuncia: Informe alternativo del proyecto de Minería de Oro de AngloGold Ashanti en Cajamarca, Tolima, Colombia. Este texto, elaborado desde una mirada académico-científica, pone al descubierto el plan bursátil más grande del país que dejará dividendos en la bolsa de valores, pero que a los tolimenses, y por extensión a los colombianos, solo nos dejará una que otra migaja repartida entre los politiqueros de turno y los avivatos de la región; mezquina fortuna cuando ponemos en riesgo nuestras reservas alimenticias y el agua tan necesaria para un siglo de sequías.

Compuesto por once capítulos, estas 174 páginas se me antojan necesarias para que los tolimenses tengamos bases suficientes para desmentir las supuestas bondades del proyecto, y desenmascarar las intenciones mercantilistas de una empresa que ya ha sido nefasta en Sudáfrica, en donde tiene a su haber demandas multimillonarias por incumplimiento a sus trabajadores y por daños colaterales causados por la minería a cielo abierto.

Del mismo modo, el libro nos ofrece datos sobre lo que denomina “El cartel de la minería”, proyecto que sin reparo alguno ha violado los Principios Constitucionales del cuidado del territorio, ha violentado las normas con el fin de favorecer el tráfico de licencias ambientales y ha contribuido a seguir corrompiendo un Estado proclive al despilfarro público. Así mismo, nos presenta un panorama documentado sobre los negativos impactos económicos, sociales y culturales que el proyecto “La colosa” nos heredará cuando levante vuelo con nuestro oro, dejando un enorme cráter que la historia no olvidará. Finalmente, el informe nos ofrece un paisaje sobre los movimientos de resistencia por defensa del territorio, del agua, de los recursos, en una sola palabra: LA VIDA.

Aunque el panorama de lucha es desigual, por la cantidad de dinero que se está usando para comprar medios de comunicación locales y nacionales, para corromper la conciencia hasta el punto de negociar LA VIDA por unas míseras monedas, es de resaltar que cada vez son más los habitantes, que viven a la sombra del gran Nevado de Tolima, quienes asumen la responsabilidad de impedir que el desastre que nos venden como desarrollo deprede nuestro mundo.

Bienvenido este libro producto del informe elaborado por BM Colombia Solidarity Compaign, y publicado por el Sello Editorial de la Universidad del Tolima, y enhorabuena dedicado a la memoria de César García, un campesino asesinado en las laderas de su territorio, quien logró trasmitirnos el amor por la tierra, valor tan alto en un mundo en decadencia.

El libro será lanzado el próximo viernes 18 de julio en el Concejo Municipal de Ibagué. Esperamos se convierta en documento de referencia para la argumentación de quienes defendemos la vida, y de lectura obligada para aquellos pocos que se dejan enamorar con espejitos de colores traídos por los nuevos colonizadores del siglo XXI.

julio 07, 2014

¿QUÉ SE GANÓ EN BRASIL 2014?

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Como muchos de los colombianos jugué los últimos días a ser hincha de la selección. Y digo jugué porque hay mil maneras lúdicas y esquizofrénicas de ser un aficionado. Desde sentarse con los amigos a “especular” sobre los resultados de los partidos, las alineaciones y los cambios, hasta emborracharse y salir con el palo de la bandera a golpear a otros eufóricos colombianos de vuvuzelas estridentes, botella guaro en mano y paquete de harina. En fin, muy pocos colombianos estuvieron ajenos a la selección durante el último mes y contrario a las elecciones, en cuestiones de fútbol todos queremos meter las narices, opinar y no quedarnos en la abstención.
Ahora bien, en la resaca de la euforia cabe preguntarnos: ¿qué ganamos en Brasil? Claro que primero deberíamos caminar hacia atrás para preguntarnos ¿por qué antes no fuimos capaces de llegar a cuartos de final en un mundial? Siempre hemos tenido buenos futbolistas, gambeteros, ágiles, correlones, pero dados a lo individual, facilistas a la hora de construir retos y como buenos colombianos, propensos a buscar atajos. Eso es lo primero que se ganó en Brasil, la capacidad de construir un equipo, no una sumatoria de jugadores como casi siempre pasaba en otras épocas, y se formó un conjunto porque se abandonó la manía colombiana de la rosca escudada en una seudo-meritocracia. Necesitamos de un extranjero para que nos quitara el resabio de escoger los jugadores por amiguismo, negocio o recomendaciones y convocáramos a los mejores y necesarios (desde la mirada objetiva del técnico); esa es una de las grandes enseñanzas de Pekerman. Por fin eliminamos las paranoias regionales, esto debido en gran parte a que la mayoría de los jugadores juegan en equipos internacionales; y de paso se evitó que surgieran miles de contradicciones y tropeles por colores de camisetas de equipos de tinte localista. En estos días no se mataron entre hinchas de Nacional, Millonarios, Tolima, Santa Fe…No, en estos días se mataron entre eufóricos hinchas de la selección.
También ganamos en aprendizaje colectivo porque nos dimos cuenta que los colombianos, si sumamos alcohol, fútbol y una que otra victoria, somos capaces de hacer arder las ciudades. No imagino el día en que seamos campeones mundiales, sería algo así como el apocalipsis latinoamericano. Pero esa imagen desoladora de la celebración puso a pensar a más de uno en ese discurso de la violencia que siempre le achacamos al “otro”, pero que nos negamos a ver en el “nosotros”. Eso también es un aprendizaje, si queremos la paz debemos de dejar de ver la guerra como algo extrínseco, para asumirlo desde el yo.
Colombia también ganó porque descubrió cómo nuestro periodismo (en este caso el deportivo) se encuentra a años luz de una verdadera profesión. Gritones, aulladores, coleccionistas de adjetivos arcaicos y habladores de macumba, quedaron al descubierto; las facultades de comunicación deben hacer balance de ello y proponer. Algunos que se hacen llamar periodistas en otras franjas también quedaron muy mal parados, porque no pudieron evitar que un balón les cambiara la agenda, a pesar del mundial el mundo sigue, pero en los medios colombianos no. También aprendimos que el apellido Vélez (en política y en comunicación), tiende al desprestigio, no por el apellido si no lamentablemente por esas tres figuras mediáticas que lo ostentan. En Colombia la política y el periodismo están en el abismo, y eso es parte de lo que tenemos que transformar.
Después de Brasil 2014 los colombianos podemos seguir ganando, más allá de ser la estadística de un equipo entre los ocho mejores del mundo, lo que a la larga será poco en el próximo mundial porque a esa selección le pediremos más. Los colombianos debemos aprender de que somos creativos, talentosos, capaces de construir objetivos en equipo, que debemos reconocer al otro en la diferencia porque esa diferencia aporta, que no somos superiores a nadie, que se puede celebrar sin romperle la madre al vecino, que propendemos históricamente por la violencia y debemos curarnos, que tenemos un trazo social de corrupción heredado de los narcos que debemos superar. Esa es para mí la verdadera ganancia de estos días, lo demás es una anécdota deportiva, digna de exaltar y recordar con alta emoción, pero las anécdotas no cambian la sociedad sino la actitud y el aprendizaje de los sujetos que la conforman. Es la verdad, el fútbol no cambia la realidad, de lo contrario Brasil tierra de Pelé, Sócrates, Zico, Ronaldinho, Ronaldo, Romario, Neymar y demás talentosos, sería el paraíso, y como lo pudimos ver, no por los canales colombianos, sino a través de los medios alternativos, no lo es.
Lo que se ganó en Brasil no se puede cuantificar hoy, pero si entendemos el reto de futuro que nos depara el ser colombianos, lo podremos valorar dentro de unos años. Aunque todo esto lo podemos olvidar y quedarnos naufragando en el nacionalismo trasnochado, y el problema es que no conozco ningún nacionalismo que sea benéfico, ni siquiera en el fútbol.

julio 03, 2014

SOBRE LA CRÍTICA EN LA EDUCACIÓN











Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Hace algunos años en una reunión institucional en la cual se trabajaba sobre el tema de la cultura organizacional, quien lideraba el ejercicio  preguntó sobre los fines y principios de la educación. La mayoría de los asistentes expresamos nuestras ideas las cuales fueron listadas de manera tal que al final teníamos un tablero lleno de adjetivos. Luego fueron agrupadas por categorías, puesto que muchas eran sinónimas entre sí. La palabra que más apareció fue: «crítica». Dicha palabra fue incluida posteriormente en un ejemplo de misión que esbozamos entre los asistentes. En medio de la discusión de cierre realicé una observación sobre cómo los discursos educativos se llenan de conceptos que a veces no comprendemos del todo. La mayoría de los asistentes me miraron desconcertados, estaban felices con el ejercicio, pero nadie me contradijo. Más adelante levanté de nuevo la mano, noté que esta vez los asistentes, incluyendo a quien lideraban el supuesto “debate”, expresaban en sus rostros una amarga inconformidad: “Tranquilos, le dije, si quieren no pregunto, pero entonces sugiero saquemos la palabra “crítica” del texto de la misión”.

La anécdota aún me sigue rondando y cuando veo mis estudiantes sumisos ante las supuestas verdades que emitimos los docentes, me atormenta más y se vuelve pregunta: ¿por qué somos incapaces de cuestionar o aceptar que cuestionen las figuras paternas del conocimiento? No creo que exista una ciencia, disciplina o saber que no haya develado un error sobre el cual se sostenían ciertos aspectos de su formulación, dicho en otras palabras, no se puede avanzar en un conocimiento si no se cuestionan los existentes. En las denominadas ciencias exactas esto puede ser fácil de entender, pero no ocurre lo mismo cuando cuestionamos enunciados del mundo de la vida, de las ciencias humanas y sociales, o simplemente cuando refutamos nuestra cotidianidad.

La educación actual casi se trata solamente de trasmitir supuestas verdades que aceptan quienes las trasmiten, aún sin haberlas cuestionado; y de esa manera se hace cada vez más enorme la bola de nieve de nuestra conformidad a priori del mundo, sus fenómenos y las perspectivas del mismo. Conozco autores que construyen discursos “críticos” sobre la educación pero sus prácticas son de total sumisión, lo que en términos reales no vendría siendo una postura crítica, puesto que el enunciado requiere reafirmación en la acción.

La figura paterna del conocimiento es nociva para la construcción de un nuevo conocimiento. No contradecir al maestro, por el simple hecho de creer que porque ostenta un mayor grado académico tiene la verdad, es comparable a aceptar que la tierra es plana para no ser tildado de hereje. Las sumisiones del siglo XXI se premian con diplomas, las herejías se castigan con expulsiones de las cofradías del conocimiento. Lejos estamos de la construcción colectiva de una sociedad predispuesta al uso del pensamiento crítico, por eso aun miramos con recelo a quien levanta la mano para interrogar al poder, sea este simbolizado en el docente, en el dirigente político, en el científico, en el padre o en el jefe que dormita en la oficina al lado de sus verdades. En algún lado Piaget escribió que uno de los objetivos de la educación era “formar mentes capaces de ejercer la crítica, que puedan comprobar por sí mismas lo que se les presentan y no aceptarlo simplemente sin más”, estoy de acuerdo en ello, aunque muchas de sus otras posturas sean criticables y sus seguidores se incomoden.

Que buen ejercicio sería para la educación recuperar la conjetura, la pregunta, el acertijo, la inconformidad, para que cuando le diga a mis estudiantes:  «saquen una hojita y formulen cinco preguntas», no me miren como si estuviese loco. Debemos ejercer la crítica, sobre todo en educación, si queremos ayudar a reconstruir el pensamiento social, insumo básico para el cambio real.

junio 13, 2014

DÍGANLE A JULIO QUE LA GUERRA TERMINÓ



Carlos Arturo Gamboa B.
Mientras trataba de retomar el aliento iba pensando en la lejana posibilidad de encontrarlo esta vez. Ya eran muchos los intentos terminados en frustración, pero no se le ocurría desistir. Terminó de ascender entre riscos espinosos y luego tuvo que luchar contra un camino arenisco que le hacía perder el equilibrio. Miró hacia el cielo, como intentando establecer una señal de ubicuidad, pero parecía estar enmarañado por la vegetación. Supuso que aún estaba empezando la tarde porque el sol se colaba entre el herbaje. De repente, como si alguien lo hubiese presentido con ganas de claudicar, apareció frente a su mirada una especie de cambuche maltrecho. Frenó en seco y se enfrentó a la posibilidad del miedo.
-           Buenas tardes… ¿hay alguien aquí? Gritó lo más alto que pudo, exhalando de sus pulmones la última ración de oxígeno.
-           Buenas tardes… buenas tardes… ¿Hay alguien…?
-           Santo y seña. Patria o muerte. Contestó una voz desde algún lugar incierto de aquella choza.
-           Buenas tardes señor.
-           Santo y seña. Patria o muerte. ¿Qué busca el individuo?
-           Ando buscando a Julio Calarcá, mi hermano.
Hubo un silencio inquietante que Eustacio aprovechó para inspeccionar rápidamente el lugar. Estaba frente a una choza construida con hojas anchas que cubrían un soporte de troncos de arbustos, no muy gruesos.
-           ¿Y para qué lo busca el señor?
-           Para darle un mensaje
-           ¿De quién?
-           De nuestra madre
-           ¿Y cómo llama la señora en cuestión?
-           Dorotea Cuellar
-           Dígale a la señora que Julio está al servicio de la revolución.
Luego vino otro silencio más largo y mientras trataba de precisar sus siguientes palabras, por primera vez Eustacio pensó en la posibilidad de que aquella voz fuera la de Julio.
-           Señor, señor, ¿conoce usted a Julio?
-           Lo suficiente para informarle que él no se distraerá por mensajes proveniente del mundo esclavizado.
-           ¿Y no existe la posibilidad de que pueda hablar con él?
-           No señor, la revolución no da tregua, ya tendrán tiempo de hablar cuando la justicia se tome las ciudades.
-           La verdad me urge hablar con él. Esto último lo dijo un poco desconsolado, casi seguro que Julio eran un nombre perdido en aquella selva, carcomido por los jejenes, alterado por la pesadez de la clorofila.
-           Es mejor que se apee señor, allá en la esquina hay una vasija con agua, beba un poco, y debajo de esas ramas hay un atado de panela, coma también una ración, no mucha.
Eustacio obedeció al detalle, llevaba horas sin probar alimento diferente a frutos extraños que el hambre convertía en manjares.
-           ¿Cómo es que alguien de ciudad se interna en estos parajes? – Interrumpió de nuevo la voz un poco amenazante.
-           Ya le dije señor, busco a mi hermano Julio
-           ¿No será usted un hijueputa del gobierno?
-           Para nada señor, soy hermano de Julio, Eustacio Calarcá, y le traigo una razón de mamá.
-           No tiene usted pinta de hermano de Julio, mucho más bajito y debilucho y con esa cara de trabajar para algún empresario promotor del capitalismo salvaje. Usted tiene pinta de vasallo del sistema y por aquí esa gente no la pasamos
-           Lo siento señor, sólo busco a Julio, mi hermano
-           Julio nunca me dijo que tenía hermanos amanerados
Eustacio guardó silencio. Ahora se sentía prisionero de aquella conversación. No sabía qué decir, cualquier argumento sería inútil. ¿Qué podría saber de la realidad aquel hombre enclaustrado en la selva? Se sentía profundamente indefenso. Estaba a la merced de un fermentado revolucionario. Pero tenía que hallar a Julio.
-           Miré señor, retornó la voz desde la choza, es mejor que se marche, descanse un poco y devuélvase para la ciudad a cuidarle el capital a su patrono.
-           Lo siento señor, pero me es imperativo darle la razón de mamá a mi hermano.
-           No joda hombre, no entiende que para nosotros lo único imperativo es la revolución. Cuando uno se viene pa`l monte se compromete es a luchar, lo demás es una anécdota del pasado. Si uno estuviera pensando en lo otro no podría enfrentar al enemigo.
-           Pero…
-           Pero mejor no diga más, y devuélvase y dígale a la tal señora Dorotea que Julio está bien, que su sueño de libertad se hizo realidad y que pronto, cuando los defensores del pueblo se tomen las ciudades lo verá, y entonces la gente entenderá nuestra lucha.
Eustacio agachó la cabeza y su cuerpo tradujo el lenguaje de la derrota. Descargó la vasija en la que bebió agua, y juntó las sobras de la panela. Parecía hacerse de noche.
-           Señor, hágame un gran favor, si se ve con Julio dígale que su hermano vino a buscarlo, Eustacio Calarcá, y dígale que le traía un mensaje de mamá, Dorotea es el nombre.
-           Con gusto señor, pero no olvide usted que él anda muy ocupado con la revolución y tal vez ni le interese el dato.
-           Sólo dígale eso, tal vez se pueda comunicar conmigo, ¿si quiere le dejo la dirección?
-           ¿Y para qué hombre? Ya le dije que él  está comprometido con la justicia y la lucha, no se va a poner a pensar en su madre y su hermano cara de empresario…
-           De todas maneras dígaselo
-           ¿Y cuál es el mensaje de su madre?
-           Lo siento, eso sólo se lo puedo decir a él en persona
Entonces Eustacio vio un rostro poblado de barba que se asomaba entre los juncos que rodeaban la choza, un rostro curtido de selva, repleto de arrugas revolucionarias, un cuerpo cubierto por un traje camuflado por el barro y en cuya mano sostenía un fusil.
-           No dispare señor –imploró el visitante-
-           Tranquilo Eustacio, deme el mensaje para Julio, el mensaje de su mamá
-           Mi madre manda a decir: “Díganle a Julio que la guerra terminó”
-           ¿Y cómo está ella?
-           Muerta, llorada y sepultada. Hace ya cinco años.
Julio descargó el fusil sobre el tronco de un árbol. Miró a su hermano indefenso, como cualquier citadino extraviado en un parque, luego dio la vuelta y tomó un pequeño sendero detrás del rancho, como buscando la fosa común de sus recuerdos.

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Cuento ganador del  7o Concurso Nacional de Cuento RCN - Ministerio de Educación Nacional de Colombia (2013). Modalidad Docentes.

junio 03, 2014

EL SÍNDROME DE BORGES

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Para William Ospina y Harold Alvarado Tenorio

Años después, frente al pelotón de fusilamiento, dos poetas habrían de recordar que alguna vez Borges dijo que todos los hombres eran uno solo, y que, ese hombre llamado Borges, dijo alguna vez sin ruborizarse:
«El general Pinochet me pareció un hombre muy grato. Es un hombre admirable que ha salvado a su patria. Estoy orgulloso de haberle estrechado la mano a ese prócer de América. La democracia es sólo superstición. Franco fue un beneficio para su pueblo»
Latinoamérica era entonces una aldea de casitas de barro y cañabrava, y los dictadores llegaban al poder con las armas. Pero en el otro tiempo, en la época de los fusilamientos futuros, los dictadores usaban las urnas y ellas se llenaban de votos sangrientos gracias a cierta peste del insomnio que se había esparcido como fuego por la llanura, devorando incluso la franja amarilla de las esperanzas.
-          ¡Qué irónica es la historia!, -dijeron al unísono los poetas- terminar en el mismo paredón. Mejor labor hubiésemos hecho escribiendo o traduciendo bellos versos para Aquitrave.
Qué iban a sospechar siquiera los dos insignes poetas que, como creían los hechiceros, las lecturas trasmiten ideologías, y sus espíritus terminarían siendo sometidos por el síndrome de Borges. 

mayo 27, 2014

COMO NO PUEDO DECIDIR, ELIJO LA PAZ

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Dentro de la tradición clásica griega existe un personaje que encarna el espacio conflictivo de la tragedia, se trata de Antígona, hija de Edipo. La tensión es la siguiente, en Tebas se le ha prohibido hacer los ritos fúnebres a Polinices, su hermano. Tal prohibición fue dictada por el rey Creonte, con el argumento de que él había traicionado la patria. En ese escenario Antígona no tiene salida, si entierra a su hermano viola la ley y será condenada a muerte, si no lo hace, desacata la tradición familiar, religiosa y moral que obliga a cumplir el rito fúnebre. Antígona está atrapada, no puede decidir, solo elegir. Está sometida a un destino que ella no ha construido.
Este parece ser el panorama de hoy en Colombia, como Antígona estamos enfrentados a una elección, no a una decisión. Nuestras últimas décadas han sido predeterminadas por el vaivén de una esquiva paz y una profunda guerra. Desde inicio de los ochentas se mezclaron el narcotráfico  y los fusiles, haciendo inviable el país y condensando en los últimos 30 años, toda esa desidia y barbarie que cargamos en nuestros cuerpos desde hace más 200 años cuando fuimos invadidos. Por eso el próximo 15 de junio los colombianos no decidiremos, solo elegiremos entre Santos y Zuluaga, en una especie de burla ciega del destino.
Zuluaga no es Zuluaga, es apenas una silueta de Uribe, y Uribe es el Frankenstein de la época, sus manos son extensiones de la guerra, sus pies fueron fundados por el narcotráfico, su cuerpo es un cúmulo de odio. Solo puede respirar guerra porque fue engendrado por ella y por ella sucumbirá. Su gobierno solo ha dejado una estela de sangre, 3000 jóvenes y campesinos inmolados como falsos positivos, chuzadas a medios periodísticos y a distintos personajes, violencia contra la ley la cual ha cambiado a su amaño, millones de colombianos enviados a las trincheras, todos ellos hijos de los pobres, porque los ricos diseñan la guerra y los pobres la pelean. Los campos colombianos han sido abonados con la sangre de los pobres y los campesinos, y de esa cosecha nos alimentamos la mayoría sin estremecernos.
Santos fue parte de ese proyecto de Uribe, convivió con él, ayudó a diseñar esos planes mortíferos, sabía del desangre del país. Luego activó las locomotoras del falso desarrollo, depredó los páramos, entregó el país a las multinacionales, firmó pactos comerciales que favorecen a las potencias  y a eso llamó prosperidad económica. Santos golpeó los campesinos, esos mismos que Uribe llama terroristas cuando protestan. Santos engañó a los estudiantes, esos mismos que Uribe llama guerrilleros cuando piden educación. Santos ahondó la crisis de la salud, la cual Uribe condenó a la ignominia cuando desde el Senado promovió la ley 100.
Santos y Uribe-Zuluaga encarnan el país que necesitamos cambiar. El uribismo terminó por corromper lo poco honesto que quedaba del Estado, aquí todo vale con tal de que ellos continúen en el poder, ya lo hicieron para reelegir a Uribe y para elegir a Santos, ahora lo hacen para elegir a Zuluaga, y la idea es quedarse en el poder muchos años, la dictadura seudo-democrática es su proyecto.
En medio de todo el caos y la desazón que esto produce, la paz surge como alternativa, pero no es la paz sino el inicio de la misma cuyo punto de partida es el desarme. Quizás la única gota de agua en este desierto extenso es la esperanza de lograr el desarme y barajar de nuevo. El problema es que ni siquiera es nuestra decisión, es la de ellos. Hoy lanzan sus dados para repartirse de nuevo el país y como Antígona parecemos condenados por el destino. ¡Qué triste tiempo el nuestro cuando fuimos condenados a elegir entre bárbaros!
Si deciden continuar la guerra no cuenten con mis manos, ni mucho menos con las de mis hijos. Lleven sus cuerpos y sus hijos a la eterna guerra. Condenen este país a 1000 años más de miseria y soledad. Como no puedo decidir, elijo la paz.