Por:
Carlos Arturo Gamboa Bobadilla
Docente
Universidad del Tolima
En el juego político hay quienes
optan por mantenerse coherentes a unas ideas aunque tarden en alcanzar los
escenarios de poder. Otros, en cambio, mutan constantemente, acción que desde
Lampedusa se ha llamado gatopardismo. Las ideas cambian de piel, pero en el
fondo siguen siendo lo que son.
Este fenómeno es evidente en
acciones como las de Abelardo de la Espriella, quien se volvió ultrarreligioso
en un par de meses, solo porque en el toldo de los religiosos hay un buen
caudal de votos. Uribe prefirió a Paloma, incluso traicionó a Cabal, Lafaurie y
a la extrema extrema, porque él sabe que la única opción que le queda es
hacerse pasar por una mansa oveja de la derecha menos radical; en eso es en lo
que quiere convertir a Paloma. Pero en el fondo, Cabal, Paloma y Abelardo son
papas del mismo costal, con algunos gradientes diferenciales.
Ahora con Oviedo se da el mismo
fenómeno. Él pudo optar por tratar de darle vida a un centro que solo existe en
el imaginario transitorio porque se compone de fragmentos de izquierda y
derecha, más un grupo de indecisos; es decir, es una fuerza que se caracteriza
por su ambivalencia, factor que siempre los termina dejando a la deriva; de ahí
la metáfora realista en la que siempre terminan “huyendo a ver las ballenas”.
Oviedo no se traicionó, decidió reafirmarse en lo que es, un técnico de derecha
no radical, que por cuestiones del momento terminó copando un escenario
político polarizado en el cual él pareciera ser de centro. Pero no olviden que
de esos políticos transitorios hay mil ejemplos; me acuerdo ahora de Lucho el
embolador o Angelino Garzón. Como surgen, se olvidan, precisamente por su
ambigüedad.
Por el otro lado, está la
política que se hace basada en la coherencia de las ideas, y ahí se sitúa la
fórmula presidencial de Iván Cepeda, quien pudo optar por un personaje que lo
acercara a la derecha moderada, como un empresario de esos que cultivan un
enfoque social y que creen que la riqueza se debe redistribuir. Aunque no
parezca, de esos también existen varios y buenos. Pero Cepeda prefirió quedarse
con la base social; eso es Aida Quilcué, un símbolo de los escenarios de lucha
y transformación de base. Cepeda, prefiero sumar coherencia y no solo votos, al
menos en esta fase de la contienda.
Veremos cómo el país votante
valora cada acción, porque esto no se trata de sumar personas y creer que ellas
se vuelven votos de manera utilitaria; la política no es así de simple. Muchos van
a las urnas movidos por símbolos sujetos al cambio. Por ejemplo, los votantes
que vociferan odio hacia lo que denominan “ideología de género”, los machistas
que abundan en la ultraderecha, aquellos que todo lo que ven diferente a lo que
son lo convierten en comunismo, quienes creen que el homosexualismo es una
aberración excremental, los que piensan que los pobres son pobres porque
quieren y mil prejuiciosos más: ¿terminarán votando en contra de su opinión o
cambiarán de opinión por la coyuntura política?
Recuerdo que cierta vez sectores
alternativos votaron por Juan Manuel Santos por un punto de honor: La paz. En
otro momento, muchos votaron en contra de la paz para respaldar a un líder (Uribe)
que no creía en la paz, o más bien no le convenía esa paz, porque lo ponía en
riesgo ante la justicia, como al final sucedió.
Así es la política, vive en
movimiento, está sujeta a los ires y venires y a veces lo olvidamos. Por eso, el
31 de mayo tendremos una radiografía más cercana a la realidad y entonces
veremos qué resultados arrojó cada estrategia y qué nuevas estrategias se
plantearán camino a la Casa de Nariño, porque aún hay muchos elementos que
pueden alterar la percepción ciudadana, que, aunque no parezca, cada vez se
cualifica más.

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