Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla
Docente Universidad del Tolima
Uno escucha a la actual Vicky Dávila y ya no sabe cuál voz
escucha.
Ella empezó siendo una periodista referente en Colombia,
admirada por un sector que la consideró como la imagen de una mujer
independiente y exitosa en su campo.
Luego, con el pasar (y el pesar) de los años, terminó en
Revista Semana siendo una voz panfletaria contra el gobierno de Petro. Hay
quienes afirman que se debió a que ya la periodista había desaparecido y estaba
incubándose la candidata del Grupo Gilinski, y claro, su periodismo ya no
buscaba la imparcialidad, sino la construcción de su plataforma política.
Después, como se evidenciaba a pesar de sus negacionismos, se
lanzó de lleno como candidata presidencial, con un prometedor inicio en su
popularidad, pero sin la experiencia mínima en el sector público, ni en la
política del mundo real, en donde no se perdona nada.
Con el tiempo se fue desinflando, hasta caer en esa amplia
coalición que no era más que la plataforma que Álvaro Uribe diseñó para poder
tener un protagonismo que de entrada no poseía. Por eso traicionó a Cabal y su
esposo; debía imponer una candidata que pareciera de centro, así actuara en la
rancia derecha, es decir, Paloma. Así Vicky Dávila terminó siendo la reina del
“me divierte”, el único premio que cosechó de todo ese tiempo de embrujo.
Al perder estrepitosamente en aquella consulta, quedando con
un déficit económico, político y profesional muy alto, le tocó reversar e
intentar volver al periodismo, solo que la reversa no funciona como ella cree.
Ahora carga el estigma de una voz demasiado parcializada, con deudas políticas,
sin un lugar en el periodismo medio serio de este país y jugando a ser
política, periodista y oposición, todo al mismo tiempo.
Por eso al escuchar a Vicky Dávila hoy, uno siente que está
de frente a Gerión, aquel monstruo mitológico griego de tres cabezas y un solo
cuerpo, el cual se desplaza penosamente, pues todo el tiempo recibe órdenes
sensoriales contrarias e incoherentes. Sirva este trasegar de Vicky Dávila para
entender cómo alguien se puede perder en los laberintos en los cuales se
confunden fama, liderazgo, política y ambigüedad. Sirva también de ejemplo para
quienes desean ejercer un periodismo ético; mejor espejo de lo que no se debe
hacer no van a encontrar.

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