octubre 28, 2013

LA CORRUPCIÓN



Por: Carlos Arturo Gamboa B.

El sistema imperante se basa en la trampa. Las sociedades modernas, ancladas en el juego de la productividad, nos han inculcado que debemos ganar a toda costa. El dilema del capital no se mueve sobre una superficie de eticidad, sino de obtención; el mejor ejemplo es una anécdota de la cual fui testigo; un gerente de una fábrica cementera una noche, en una «junta de producción», le gritó a los subalternos:

-          Mire señores, si me toca traer a mi mamá y echarla en ese horno para que al otro lado salga cemento, pues la traigo, pero no quiero más excusas.

Ese es el ritmo del mercado. Sin escrúpulos. Sin alma. Ganar a toda costa. Reducir costos y ampliar las ganancias para unos pocos. Y para ganar todo es válido, entonces la corrupción aparece en escena. El bien común es la gran víctima de la corrupción.

Se corrompe el bien público, lo común, pero también el alma. Hacernos creer que un modelo de vida imperante de consumo es la única forma de vivir, es la gran ideología de la corrupción y sus ideólogos se reproducen por millares. Los medios reproducen los discursos, la educación moldea las mentes para la recepción-aceptación de ese modus vivendi, hasta la familia elabora discursos en ese camino: «debes triunfar en la vida», le suelen decir los padres a sus hijos, pero nunca le dicen cómo, solo colocan sobre sus hombros ese imperativo, lo demás lo hace el sistema social que le enseña al joven que triunfar es tener capacidad adquisitiva, gabela bancaria y propiedades: sin importar el método. En las Islas Caimán no te preguntan cómo obtuviste tus dólares.  

Corrompe quien engaña con discursos de seudo-bienestar. Corrompe quien usa lo público para fines privados o particulares. Corrompe el sindicalista que busca el beneficio propio. Corrompe quien roba, pero también quien permite robar. Corrompe el hombre-mujer que desde su silencio acepta que los demás depreden lo común. Son distintos enfoques de la corrupción, pero todos ellos construyen una relación societal de complicidad autista.

El capitalismo en sí es corrupto, por eso a la multitud, a la mayoría, les parece una cualidad en vez de un anti-valor; el lenguaje lo expresa: al tramposo llaman abeja; al politiquero designan ágil, al narco tildan de mágico (hacen plata de la nada)… como dice una canción de José Alfredo Jiménez. “cuando el cajón está abierto, el más honrado pierde”; ese parece ser el lema cultural de este tiempo.

Ahora bien, el oportunismo es la forma más delicada de la corrupción, y al oportunista suelen llamarlo «estratega». Estamos en un tiempo en que se deben volver a definir las palabras, porque el lenguaje también fue corrompido.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente. Gracias Carlitos.

liliana del basto

Luz Aydeen Rayo Nagles dijo...

Todo gira en torno a la producción .Se acepta el triunfo como sinónimo de dinero ,el triunfo por capacidades intelectuales y camino recto y justo no es reconocido. Alguna vez un niño robó en un supermercado,el padre manifestó que era "pila" o "abeja". Lastima, se acabaron esos días en que el robar generaba escarnio y repudio, cuantas palizas por aparecer en casa con un lápiz o borrador ajeno, debemos actuar y hacer caso omiso a esas personas con" don de gentes" que aprietan nuestra mano o nos palmotean haciéndonos sentir lo ignorantes que somos por seguir sus discursos repetitivos y obsoletos. La nuestra única verdad es la corrupción y el hurto que golpea a la puerta, cruel realidad que sumerge al pueblo;contra esos antivalores debemos hacer oposición férrea, empoderarnos en la lucha por los modelos antivalores gestados de la entrañas de la política para retomar los valores que enaltecen al hombre, sus capacidades,ideas,perseverancia manifestadas en procesos sólidos de servicio al ser humano, sólo así apostaremos a formar una sociedad menos facilista y con horizontes definidos.