marzo 28, 2022

Extralimitación de funciones y riesgos institucionales

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

En las Instituciones Públicas abundan personajes que suelen creerse plenipotenciarios, todopoderosos y dueños de los cargos, algo que en sí mismo contradice el concepto de lo público como un bien común, con responsabilidad compartida y cuya administración debe centrarse en el cuidado y bien recíproco.

Como dice un viejo dicho popular, “Entre más mal jefe se es, menos merecimiento se tiene para serlo”, y ese parece ser el inri de quienes acuden a todo tipo de argucias para ascender en los organigramas institucionales, casi siempre mediante acciones de subalternidad y menoscabo de los objetivos comunes. Creerse dueño de un cargo es uno de los males que profundizan la inoperancia de los procesos administrativos de las instituciones públicas.

Dentro la normatividad que direcciona el empleo público existe un concepto bien interesante para regular la toma de decisiones institucionales y clarificar la ruta “de mando” de las mismas, se denomina «extralimitación de funciones». En el nuevo código disciplinario[1] (Ley 1952 de 2019) se plantea que:

La falta disciplinaria puede ser realizada por acción u omisión en el cumplimiento de los deberes propios del cargo o función, o con ocasión de ellos, o por extralimitación de sus funciones. (Artículo 27)

Del mismo modo, según concepto 228441 del Departamento Administrativo de la Función Pública (2019), se recuerda que: “(…) a todo servidor público le está prohibido extralimitar las funciones contenidas en la Constitución, las leyes y los estatutos o reglamentos de la entidad, caso en el cual podría ser sujeto de una investigación disciplinaria”.

 No obstante, en la vida cotidiana de lo público, la extralimitación de funciones es pan de cada día. A ciertos funcionarios les encanta dar órdenes que no le competen, tomar decisiones más allá de las que han sido impartidas en el manual de funciones, parece que de esa manera disfrazan su incapacidad de liderazgo. En la administración del siglo XXI las formas obsoletas de mando quedaron relegadas a estructuras poco flexibles como las fuerzas armadas o las iglesias, lamentablemente lo público (en especial las universidades) es casi igual de rígido, como diría Gutiérrez Girardot. Por eso en el mundo universitario pulula la leguleyada como síndrome.

Para el caso de la Universidad del Tolima, la extralimitación de funciones genera un escenario de ingobernabilidad que hace la vida cotidiana administrativa caótica. Este fenómeno, sumado a una estructura premoderna, que alarga los procesos y aumenta las normatividades, hace lento la toma de decisiones y paquidérmica la ejecución de las mismas. “Acá todos se creen jefes”, me dijo una vez una señora de servicios generales y en sus palabras estaba poniendo de plano lo que aquí comento.

La proliferación de este fenómeno genera varios riesgos institucionales. El primero de ellos es que crea “cuello de botellas” de los procesos, oficinas en donde se acumulan “aprobaciones pendientes” por capricho del “sub-jefe” de turno. Casi siempre son los mandos medios quienes más generan estos reprocesos. Un segundo aspecto es la pérdida de liderazgo institucional y, por ende, de credibilidad. Al nivel directivo le compete, como su nombre lo indica, direccionar de manera estratégica el cumplimiento de la Misión Institucional, pero ante el aumento de la extralimitación de funciones, el nivel directivo pierde funcionalidad y credibilidad.

Es normal encontrar, en la vida cotidiana de la Universidad del Tolima, a niveles medios tomando las decisiones estratégicas y a sub-alternos dándole órdenes a los jefes. Estos deterioros de las líneas de decisión crean caos operacional y, por lo general, es el culpable de que lo académico quede supeditado a lo administrativo. Un nuevo diseño curricular, un proyecto de investigación, una acción direccionada desde un órgano académico, son acciones que pueden quedar truncadas por el efecto de este fenómeno.

Esta es una de las razones por las cuales se hace necesario modernizar los procesos, asumiendo las formas organizacionales del siglo XXI, eliminando pasos incensarios, usando herramientas digitales que aligeren los procesos y, sobre todo, fortaleciendo una cultura organizacional que entienda el valor y uso de lo público.

Lamentablemente, siempre tendremos esa clase funcionaria que por “un tiempo” se cree dueña de los puestos y de la Institución, pero la historia nos muestra claramente cuál es su destino, sólo basta mirar hacia atrás.

Referencias

Departamento Administrativo de la función Pública. Ley 1952 de 2019. Disponible en: https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=90324

https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=100783

Sentencia del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, Sección Segunda, Subsección A, 12 de julio de 2012. M. P. José María Armenta Fuentes. Exp. 2006-03691.



[1] Este código empieza a regir a partir del 29 de marzo de 2022.

febrero 14, 2022

De regreso al carnaval pictórico-poético

 


Por: Carlos Arturo Gamboa[1]

 

Nelson Romero nos tiene acostumbrados a sus dardos punzantes cada vez que publica un nuevo poemario. Con Proverbios & Carnavales, no podía ser distinto.

Su voz se hace inagotable y, sobre todo, asombra. Nelson no es un escritor que se repita así mismo, aunque aborde puntos de partida similares en algunas obras.  De vez en cuando el arte sirve para atar de pies y manos al diablo, pero sin alejarlo tanto de nuestra juerga[2] nos recuerda el poeta de Ataco cuya voz cada vez se hace más universal.

De nuevo, usando la pintura como enclave poético, el autor nos llama la atención al decirnos que “Mi arte no es más que un cielo invertido. Donde los cerdos se volvieron serafines y los ángeles se revuelcan en el lodo”. Así se hace presente ese empuje desacralizador siempre retumbando en su obra.

Esta vez se adentra en la reconstrucción simbólica de la obra de Brueghel el Viejo, un pintor desconocido para casi todos nosotros. De seguro, en algún momento cuando se cuece la génesis de una obra, el pintor le habló desde la distancia de los años a Nelson, para provocarlo, para sumirlo en los insomnios de la creación. Quizás le haya dicho “Es maravilloso ver como tu arte ensancha el mundo”.

Y así, en ese diálogo cultural separado por miles de kilómetros y años, Nelson vuelve a repasar ese juego visual carnavalesco que propone el pintor, para darle una nueva reencarnación a su propuesta. Hace arder sus cuadros y bocetos, pero no importa porque la voz retumba: “No te preocupes por la casa que se quema mientras puedas calentarte en sus llamas”.

Y es que así uno se puede imaginar el arte, como un oficio que destruye y reconstruye para al final exclamar al unísono, pintor y poeta: “Gasté la fortuna de mi alma, pintando este infortunio”. Y ni siquiera nos debe una respuesta de sus juegos paralelos entre mundos artísticos, porque: “… el arte no es una explicación, no tiene por qué vivir de explicaciones”.

Los trazos de Nelson siempre son voces que indagan, preguntan, que usa pre-textos y post-textos para dejarnos provocados más allá de la lectura. Es ambivalente, por eso nos dice con la misma claridad que Brueghel elaboraba trazos: “No me arrepiento de haber pintado, al mismo tiempo al lobo y al cordero”.

Darle forma a la poesía es oficio propio de los seres pacientes, de esos que pueden tomarse el tiempo necesario para encontrar la palabra correcta, el adjetivo preciso. El arte poético es casi hechicería, porque “el diablo es mañoso, no se deja pintar por fuera”. No obstante, pintor y poeta, en distintos mundos y distintos tiempos, logran la conexión.

Así es, son tiempos distintos los de la pintura y los del poema, sin embargo, ambos sentencian esa memoria antigua que sigue vigente, por eso ambos exclaman: “Es fácil cagarse en el mundo. Lo difícil es limpiarlo”. Siglos y siglos han transcurrido en esa penosa labor y cada día, durante un sin-tiempo ambos exclaman: “Esta mañana me asomé al mundo. Sólo vi espinas y cardos y todo estaba sucio y desordenado y vacío”.

Este es el balance del carnaval, es la sentencia de los proverbios. Ahora debemos celebrar, darle forma al festín de la existencia, porque somos inocentes: “Que el amor sea el culpable del cerdo desollado entre el blanco rebaño de ovejas”.

Por eso estamos acá, en este otro tiempo y en este otro espacio, para celebrar, porque “el sombrero es un mundo encantado cuando está puesto sobre tu cabeza”. Así es la vida y el arte. Es el descubrimiento de las pequeñas grandes cosas. Es la lección que me dejan Nelson Romero y Brueghel, desde los trazos sobre el lienzo y sobre el papel.

Esta edición de Proverbios & Carnavales, publicada por Frailejón Editores es en sí de una redondez estética muy extraña en estos tiempos de prisas y fugacidades. Los invito a degustarla, y sólo tendría como cierre repetir unos versos del poeta: “Llegó el momento de brindar a tu salud y a la salud del Reino de este mundo”. SALUD POETA.



[1] Texto leído en el lanzamiento del libro. Febrero 12 de 2022

[2] Todas las citas (entrecomillados) corresponden a: Romero, Nelson. (2021) Proverbio & Carnavales. Frailejón Editores.

febrero 06, 2022

NO TODO VALE

 


Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Estos días he tenido algunas “discusiones” en redes sociales debido a mis opiniones en tres temas específicos: la “música” de Bad Bunny, el fútbol como mecanismo de alienación de masas y la valoración estética de artefactos que se hacen llamar arte. Me ha causado curiosidad que en todas esas discusiones algunos interlocutores me han “conminado” a que debo aceptar a rajatabla las opiniones contrarias: que lo que Bad Bunny vende es música, que el fútbol, más allá de ser un deporte de masas regido por los principios comerciales, no debe ser valorado desde una óptica crítica, por ejemplo, como mecanismo de distractor social para ocultar los problemas “reales” del país.

En el caso del arte, algunos han sugerido que se debe valorar toda expresión “artística” como tal, sin importar que la historia cultural de la humanidad haya fijado unos cánones para el mismo y que dicho artefacto no lo respete, como el famoso busto de Quintín Lame que colocaron en reemplazo del genocida Galarza. Todas esas conversaciones me hicieron acordar del debate de la posmodernidad, en donde se planteó que, con el fin de la historia y la modernidad, ahora todo valía.

Si hay algo que potenció las redes sociales es la posibilidad de que mucha gente opine sobre muchas cosas, algunos a esto lo han denominado “democratización de la opinión”. Sobre lo mismo hay posiciones a favor y en contra. Algunos afirman que estamos viviendo el apocalipsis de la verdad y otros que las redes son la mejor expresión de que hemos alcanzado la capacidad de comunicarnos a nivel planetario y eso favorece el entramado comunicativo y, por ende, las relaciones sociales.

Personalmente creo que las redes y los entramados digitales, siendo herramientas inventadas por los seres humanos, pueden traer beneficios o problemas, todo dependen del uso que hagamos de las mismas. Usar los medios para posicionar una idea no es nuevo, forma parte de la historia universal, y, sobre todo, del proyecto humanista que consideró la razón como el eje central de la construcción de las múltiples verdades. El tema es que han cambiado los medios y ahora millones de personas puede usarlos para expresarse, con el efecto de pérdida del rigor de lo que se dice.

Así, lo que está en juego no es sólo la deconstrucción de valores antiguos, formas estéticas obsoletas o cambios de paradigmas, lo cual es consecuente con la evolución de la vida y de lo humano, el problema está en pretender “imponer” el relato de que todo vale en medio de una discusión sin moderador. Así, una producción musical que no sea producto de una construcción estética (ritmo, letra, melodía, ensamble) debe ser aceptada como tal, sólo porque es consumida por millones de seres que la consideran “música”. De no aceptar eso se puede ser calificado de “policía del gusto musical”, como alguien lo afirmó en una de las conversaciones. Yoko Ono estará muy feliz ahora con esta medida estética sin parangón. Como dijo el poeta Rabindranath Tagore: “La verdad no está de parte de quién grite más”.

Igual pasa con las opiniones sobre política, vida social, mundo de la vida, deportes o cualquier otro tema que abordemos, porque el principal argumento que se esgrime esconde una trampa, es que “todo vale”. Tratar de defender una idea, un punto de vista, una tesis, ha sido el sustento de la modernidad, atrás quedaba la aceptación a priori de los fenómenos como expresiones místicas o divinas de la existencia. Aceptar que todo vale es negar la autonomía del pensamiento, la discusión y el debate y la búsqueda de “las verdades” que rigen los fenómenos, las leyes y las cosas del universo.

Por expresar la opinión, en otros tiempos algunos eran conducidos a los campos de concentración, expulsados de sus países, condenados a Siberia o desaparecidos. Hoy la opinión está vulgarizada y cada vez pierde más valor especifico, justo porque creemos que cualquier opinión es válida.

Lo siento si hiero susceptibilidades, pero no todo vale. Hay lugar para el rigor del pensamiento y para la argumentación, así el mundo transite por lo que Bauman denominó acertadamente, el efecto líquido. No importa que lo que se exprese esté en un tratado científico, en una columna de opinión o en un estado de Twitter. Si queremos contribuir en la construcción de un entramado social que piense y actúe en consonancia de la posibilidad de un mundo mejor, debemos entender que hay formas válidas y ciertas que configuran la existencia y otras no. De eso se trata el debate.

diciembre 10, 2021

El IDEAD de la Universidad del Tolima hoy ¿un nuevo déjà vu?

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima –IDEAD-

 

El Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima cumplirá 40 años de existencia en el año 2022. Durante esas cuatro décadas ha enfrentado múltiples retos para sostenerse como proyecto educativo válido para la formación superior, y, aunque parezca contradictorio, los principales obstáculos han surgido desde el seno mismo de la comunidad, en especial de las direcciones universitarias de turno. Lo que sí es una constante es que el mayor factor de error frente a la toma de decisiones ante el IDEAD se debe al desconocimiento estructural del mismo.

No obstante, hoy el IDEAD parece vivir una nueva época dorada, después de la última crisis que atravesó la Universidad del Tolima, crisis que tuvo un alto componente negativo debido a las malas decisiones en el orden de la cobertura y el fortalecimiento del IDEAD, lo que repercutió de manera contundente en las finanzas generales de la UT. De antaño es sabido que los aportes que ingresan por el Instituto, contribuyen a balancear los débiles presupuestos de la universidad.

Desde el 2018, el IDEAD empezó una constante recuperación de cobertura, generando nuevas ofertas, ampliando los programas y los Centros de Atención Tutorial. Se abrió con decisión a los posgrados, con nuevas especializaciones y maestrías. Esta apuesta tuvo mucho que ver con el plan del rector Omar Mejía y su compromiso de fortalecer el IDEAD, compartiendo la apuesta estratégica de “Cobertura con responsabilidad”. A cifras de hoy, el IDEAD alberga el 70 % de los estudiantes de la UT, el otro 30 % lo poseen las nueve (9) Facultades de la modalidad presencial.

Con la llegada de la pandemia y los nuevos retos, el IDEAD, que ya venía creciendo de manera sostenida, disparó su oferta. Lo anterior se debió a que con el buen uso de las mediaciones tecnológicas el proceso formativo pudo continuar su marcha rápidamente y, además, la matrícula cero hicieron que miles de estudiantes en 9 departamentos del país y 24 sedes, vieran muy atractiva la oferta del IDEAD. 

Al día de hoy, dicho crecimiento favorece a cerca de 18 mil estudiantes de todo el país en programas de pregrado y posgrado, entonces ¿en dónde está el asunto de la preocupación? Pues es muy sencillo, al crecer en oferta educativa se necesita crecer en otros indicadores como: infraestructura física y tecnológica, puntos o sistemas de atención a los estudiantes, procesos de matrículas, laboratorios para atender programas con altos contenidos de prácticas, necesidades de nuevo personal para atender a los estudiantes y a los docentes, que obviamente también aumentan por vía de la contratación de hora cátedra, soportes de todos los programas de bienestar, financiación para proyectos de investigación y semilleros, protocolos de salud para las 24 sedes en el plan de retorno seguro, entre muchos aspectos más propios de la administración educativa de un proyecto de tal magnitud e impacto como es el IDEAD.

A la par de los elementos anteriormente enunciados, la autoevaluación constante ha llevado al IDEAD a repensar su oferta desde otros aspectos como la viabilidad de programas que ya han saturado ciertos municipios y cuyo impacto en los planes de desarrollo de las regiones no es el adecuado, es decir, no se trata de formar por titular, si no de articular las necesidades de la región con los currículos ofertados. Por ello, la nueva apuesta se vislumbra con mayor impacto en posgrados en áreas en donde se tienen muchos graduados de pregrado y nuevos programas de pregrado para oxigenar la oferta.

Como dije antes, el IDEAD parece estar en nueva época dorada. ¿Cuáles son los riesgos? De nuevo el desconocimiento estructural de un proyecto por parte de quienes están al frente de la Universidad del Tolima. Durante los dos últimos años el crecimiento en inversión ha sido supremamente inferior al crecimiento en cobertura, lo cual genera un desequilibrio en el proyecto. La escasa adquisición en tecnología para los CAT por ejemplo, ha sido una constante en este último periodo, por no nombrar si una sola línea de trabajo, pero así podemos tomar cada indicador y encontrar un saldo negativo. Esto es todo lo contrario a lo que el rector Omar Mejía le planteó a la comunidad del IDEAD y asumió como compromiso del último periodo rectoral.

Para rematar, el día 9 de diciembre, el rector encargado John Jairo Méndez y la secretaria de la Vicerrectoría Académica, Yolanda Ospina, presentaron un proyecto de oferta académica para el semestre A de 2022 sin tener en cuenta los elementos de planeación estratégica plateados desde el Consejo Directivo del IDEAD. En dicha oferta se desconocen de fondo las necesidades sentidas de los Centros de Atención Tutorial, los programas académicos y por supuesto, las necesidades de los cerca de 18 mil estudiantes y 1200 docentes. Estos elementos ya han sido abordados en tres documentos de planeación estratégica que la comunidad del IDEAD ha venido construyendo, como son: “En la marea de las transformaciones. Política de acciones pedagógicas mediadas por TIC”; “Propuesta de alternancia educativa: por un retorno seguro, responsable y progresivo" y “Requerimientos para oferta académica del IDEAD –A2022”. Estos documentos están disponibles a la comunidad para verificación de una apuesta seria y responsable.

Ahora bien, aprobar una oferta que puede generar el ingreso de cerca de 3.000 estudiantes nuevos, en principio, puede parecer el camino indicado, el problema llega cuando a esos estudiantes se les deba proveer todos los derechos que se adquieren cuando realizan su matrícula: soporte tecnológico, espacio virtuales y físicos, laboratorios, nuevos tutores (sin nombrar la deficiencia en número de profesores de planta) y todo el soporte académico administrativo para atender los múltiples procesos de la vida universitaria.

Todo esto último pasa mientras el Rector Omar Mejía se encuentra en comisión en España y obviamente este no era lo presupuestado en su plan de gobierno que termina en el año 2022. Uno puede preguntarse ¿será que ante la usencia del gato los ratones hacen fiesta?, o ¿estás fueron las instrucciones que dejó?

El IDEAD el año entrante celebrará 40 años de existencia, motivo para encontrarnos como comunidad, valorar nuestros logros y solidificar los retos. Esperemos que el rumbo se enderece, de lo contrario esta visión chata de un proyecto de la estatura del IDEAD nos puede hacer pensar, como dirías Borges, que la realidad es circular, es decir, que retornamos a cometer los mismos errores del pasado. Sólo espero como egresado, docente, director del IDEAD y como sujeto comprometido con el fortalecimiento del proyecto de educación pública, que este no sea un nuevo déjà vu.

 Posdata:

Es grato compartir que en esa línea de fortalecimiento posgradual, en la sesión del 9 de diciembre, el Consejo Superior Universitario aprobó dos nuevos programas para el IDEAD, estos son: Especialización Virtual en Ambientes y Recursos Digitales para la Educación y Especialización en Seguridad e Higiene en el Ámbito Laboral.

noviembre 27, 2021

Grupo de investigación Argonautas del IDEAD-UT, presenta Revista dedicada a la recuperación escritural


El grupo de investigación Argonautas del Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima, presenta la Revista Ústelee, hojas para reciclar No. 8. Esta publicación está dedicada a recuperar trabajos que los estudiantes realizan en el marco de sus espacios de formación universitaria y que, casi siempre, se desechan después de cumplir su misión de actividad de curso. Recuperar textos y evitar que terminen en los archivos del olvido o en las bandejas de reciclaje es una oportunidad para acrecentar el trabajo sobre la escritura. Dejamos acá la Editorial y el archivo en pdf para que pueda ser descargado.














Bitácora de los recolectores

 

Hemos tardado un poco en volver a escena, pero hemos estado por ahí tratando de sobrevenir a la pandemia, al caos social y a la pérdida de rumbo.

Durante el año 2021, luego de haber recibido un buen número de textos para esta edición, debimos frenar el proceso debido a que el antiguo equipo de redacción también entró en reciclaje.

La Revista Ústelee, hojas para reciclar, es un proyecto que nació en los ejercicios de clase de «Escritura creativa» en el programa de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad del Tolima. Luego, con el ánimo de sobrevivir, se trasladó al Instituto de Educación a Distancia y finalmente, fue apadrinada por el grupo de Investigación Argonautas.

Desde allí y alimentada especialmente por estudiantes del programa de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana, así como por la Maestría en Pedagogía de la Literatura, el proyecto debe adquirir nuevos aíres.

Por esta razón, y como parte integral del lanzamiento de la edición No. 8, queremos extender una abierta invitación a los estudiantes que deseen hacer parte de este proyecto, para que se inscriban y formen parte del Comité Editorial. Allí, como desde el génesis de esta revista, el objetivo es formar nuevos editores, productores textuales y amantes de las letras.  

Reciclar los textos que dormitan en las gavetas del olvido, sigue siendo nuestro derrotero. En eso estamos, por ahí nos vemos y seguiremos insistiendo porque estamos convencidos de que Ústelee. 

LEER EN LÍNEA O DESCARGAR AQUÍ



noviembre 14, 2021

TODOS PERDIERON LA CABEZA

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

La Corona de Castilla fue la primera en perder la cabeza, quizás enloquecida por la fiebre del oro que ya había inundado toda Europa. Por eso nombró a Andrés López de Galarza como tesorero de la Real Hacienda en el nuevo continente. Muy de buenas don Andrés quien a duras penas había hecho unos cursitos de economía, y no precisamente en la San Marino, pero quien además de conquistador terminó haciendo una nutrida carrera burocrática.

Sin necesidad de llevar el cartón bajo el brazo, López de Galarza llegó a las nuevas tierras conquistadas y le fue encomendado abrir camino por la cordillera, topándose en esta lid con los Pijaos. Con su aguerrida resistencia los indígenas de estas tierras estuvieron a punto de hacerle perder, y rodar, la cabeza. No obstante se dio mañana para fundar Ibagué, eran esos los años de 1550.

Muchos años después, aunque no frente a un pelotón de fusilamiento, pero si ante una turba enfurecida, Andrés López de Galarza, por fin perdería su cabeza. Aunque entonces era lo único que poseía, porque sus restos seguían guardados en la Catedral Basílica Metropolitana Santiago de Tunja, libre de los manifestantes y glorificado por los adoradores de conquistadores en nombre de una fe antigua, por la cual muchos también han perdido la cabeza.

La turba de manifestantes, en su mayoría jóvenes, arrastró la cabeza de López de Galarza por las calles de Ibagué. (Arrastrar cadáveres es una tradición heredada de los conquistadores, aunque en este caso se trataba más de un simbolismo que de un acto de sevicia). Fue así que la cabeza perdida del conquistador terminó en el campus de la Universidad del Tolima y fue sometida a un “juicio histórico”. Un transeúnte que observaba a través de las rejas exclamó: “dizque juzgando un montón de chatarra, estos jóvenes perdieron la cabeza”.

Después de muchas horas de juzgamiento, la cabeza fue condenada a permanecer encerrada en el campus universitario, acto bastante atroz para un conquistador que odiaba la academia, recordemos que apenas hizo unos cursitos de economía.  Cerrado el juicio sólo quedaba por determinar ¿quién vigilaría la cabeza de Galarza?, cuestión que aún ignoramos.

Los restos de la cabeza de Galarza terminaron rondando por el vacío campus azotado por la pandemia y de vez en cuando hacía apariciones para asustar a los viejos historiadores que se negaban a aceptar la caída de sus antiguos monumentos. A ese ritmo, decían, todos perderemos la cabeza. Ante estas afirmaciones, otros docentes formados en otros ritmos de la historia, querían tumbar las cabezas añejas de sus antecesores, pero en la academia el parricidio es mal visto, mucho más que la negligencia.

Los días pasaron, las vacunas contra el Covid-19 llegaron, el campus empezó a recobrar un poco de vida y desde la Alcaldía de la ciudad llegó la notificación para que la cabeza del antiguo colonizador fuera devuelta. Quizás por falta de recursos, la Secretaría de Hacienda quería chatarrizar la historia y obtener algunos dividendos. Se supo que en el antiguo lugar en donde estaba la cabeza del susodicho, ahora habían erigido otra cabeza, una que, según los promotores, si poseía un símbolo respetuoso con los antepasados. Aunque a ojo de buen cubero, parecía que los creadores de la nueva cabeza habían sometido la estética a otro juicio histórico, declarándola inexistente.

¿Y la cabeza? No aparecía. En el campus de la Universidad del Tolima nadie daba razón de sus restos. Los posmodernos, quienes aseguran que la historia ha llegado a su fin, decidieron dar por inexistente la susodicha cabeza. Los señalamientos empezaron a ir de aquí a allá, algunos culparon a los jóvenes que protestaban, otros a los profesores que lideraron el juicio, incluso algunos culparon a la administración por ocultar la cabeza, entre otras cosas. A tal deliro llegó el asunto, que se supo que una de las tantas abogadas contratadas para vigilar, enredar y castigar el mundo de la vida universitaria, terminó poniendo una demanda en la Fiscalía por la pérdida de una cabeza.

Ahora todos deambulamos sin saber por qué perdimos la cabeza. Los jóvenes de vez en cuando gritan que irán detrás de más cabezas. Los viejos profesores, al parecer, hace mucho les importan poco lo que pase por las cabezas. Los nuevos docentes están construyendo una categoría de análisis para estudiar el fenómeno y publicar un artículo en algunas de esas revistas indexadas que nos hacen perder la paciencia y la cabeza. La abogada espera la respuesta de la Fiscalía mientras impaciente se rasca su atribulada cabeza. La Alcaldía espera que le devuelvan la cabeza que anda embolata, tan embolatada como la pobre gestión del mismo alcalde.

Y mientras tanto, de noche, en el campus de la Universidad del Tolima algunos dicen ver rodando una cabeza. Va pregonando una vieja letanía que aún estremece el Valle de las Lanzas. Nadie puede traducir de manera exacta lo que murmura, pero de seguro que, si te detienes a escuchar sus lamentos, también perderías tu cabeza.

octubre 24, 2021

¿Qué está pasando en Galilea?

 

Bosque Galilea -Foto tomada de la red-

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

El Bosque de Galilea cuenta con alrededor de 33 mil hectáreas, de las cuales, la Universidad del Tolima posee cerca de cuatro mil. La cifra exacta no la conocemos, precisamente por el hermetismo con el que distintas administraciones han manejado el tema: “(…) ubicado al oriente del Tolima, es un corredor natural que conecta con el páramo más grande del mundo, Sumapaz, y ahora es ahora una zona de reserva y parque natural regional”.[1]

La Universidad del Tolima hace años viene teniendo relación directa con el desarrollo de este proyecto, y hoy, tiene mucho que explicar a la región sobre su presencia en el Bosque de Galilea, declarado recientemente por Cortolima como zona protegida. De eso es importante hablar, saber qué está pasando y esa es la razón de esta columna.

El Parque Natural Regional Bosque de Galilea - denominado así por la Corporación – tiene más de 26 mil hectáreas. Eso quiere decir que la zona protegida es menor que la extensión toral del territorio, y deja por fuera su zona de amortiguación biológica y social, según lo determinado por investigadores de la UT, desde la Facultad de Ingeniería Forestal.

Según informes recientes, la comunidad en esas veredas no está conforme con el manejo que le están dando al proyecto, las razones no son del todo claras, pero es necesario indagar. Cortolima se lava las manos y la universidad no puede asumir el síndrome de Shakira: ciega, sorda y muda.

Las hectáreas de las que es “dueña” la UT están dentro del área protegida del Bosque, cuyo Plan de Manejo Ambiental es adelantado actualmente por la Universidad Tecnológica de Pereira a través de un convenio con Cortolima. Pero en esa zona protegida no sólo “tiene tierras la UT”, sino otras organizaciones privadas, cooperativas y viven un número indeterminado de colonos campesinos que, por supuesto, no cuentan con títulos de propiedad sobre las mismas y que tampoco lograron iniciar procesos legales de pertenencia.

Haciendo pesquisas, se puede determinar que la historia de las tierras de la UT en el Bosque se remonta a 2003, cuando algunas empresas más grandes del país se las donaron para mitigar (¿evadir?) impuestos ante la DIAN. Es decir, la UT, su administración para la época, se prestó para que empresas como Hyundai, Mayagüez, entre otras, rebajarán ostensiblemente sus impuestos de renta argumentando que le estaban donando a la ciencia. Es la lógica del capital, destruir el planeta y hacer pequeñas donaciones de arrepentimiento.

Hasta 2021 es realmente poco lo que la ciencia ha avanzado en Galilea, no hemos conocido sus esperados impactos, pero los ahorros en impuestos merecen un balance serio. Ahora, por cuenta del loable discurso de la conservación, resulta que esas tierras están sirviéndole a unos pocos para un negocio multimillonario: la venta de bonos de carbono, o, lo que, en jerga pseudocientífica, los negociantes del medioambiente denominan: compensación de gases de efecto invernadero, o negocios/mercados verdes, una de las últimas panaceas del capitalismo.

La protagonista de ese negocio es la Fundación AMÉ, o FUNDAME, como aparece en los papeles, que, según voces autorizadas, administra a través de una fiducia en España (lejos del ridículo control fiscal de la DIAN) cerca de $20.000 millones, en el marco del proyecto RED++. Al igual que la adquisición de las tierras por parte de la universidad en Galilea, FUNDAME también arrastra un pecado original: el de la puerta giratoria. Al parecer, Rafael Vargas, decano de la Facultad de Ingeniería Forestal para la época en que se realizó la donación de las tierras, fue miembro fundador y el primer representante legal de la Fundación Amé. Dice un viejo refrán, que algunos achacan a Maquiavelo: piensa mal y acertarás.

Detrás de todo hay muchas cosas que aclarar, para ello se requiere tener acceso a la información. Información a la que, al día hoy, no posee la ciudadanía, ni la comunidad universitaria ni siquiera quien escribe, en calidad de miembro del Consejo Superior. Todo parece indicar que los negocios de FUNDAME y la Universidad del Tolima, en nombre de la ciencia, es el privilegio de algunos pocos. ¿Por qué? ¿Acaso qué se esconde?

En hechos más recientes, el Director del CERE, Andrés Tafur, hizo llegar al CSU una misiva en donde brindaba un informe de su participación en la Mesa comunitaria e interinstitucional para la formulación del plan de manejo ambiental del PNR Bosque de Galilea. Lee uno allí entre líneas, que la comunidad está siendo desconocida, vulnerada y quizás, hasta timada, el viejo código colonialista. Ya ha sido enviada la agenda del CSU del 29 de octubre y la discusión brilla por su ausencia.

De igual manera, el pasado 11 de octubre, la comunidad organizada que quiere participación en el marco de la construcción del Plan de Manejo Ambiental de la zona protegida del Bosque, invitó a la Universidad a participar de una mesa interinstitucional y comunitaria el próximo 30 de octubre, y a su vez, le solicitó información a la Universidad acerca de sus relaciones con la FUNDAME. La respuesta, 11 días después y firmada por el actual decano de la Facultad de Ingeniería Forestal, genera varias preocupaciones:

Primero, porque no confirma su participación en la mesa, y segundo, porque solicita 30 días más de plazo para responder a la petición. Ante esta clara dilación, me uno a la petición y a las preocupaciones todavía no resueltas de la comunidad, y dejo los siguientes interrogantes:

¿Quién o quiénes son los responsables directos de la relación Universidad del Tolima - FUNDAME? ¿Existen convenios y/o contratos en la Universidad del Tolima y FUNDAME? La camioneta que dicha Fundación le donó a la Universidad ¿es parte de esos convenios? ¿Qué recursos reciben la universidad por parte de FUNDAME aparte de apoyos para la “ciencia”? ¿Qué trabajos, obras y actividades ha llevado a cabo la Universidad con las comunidades que habitan en el Bosque y su área de influencia? ¿Con qué recurso se paga un contratista quien, según las comunidades, lleva 14 meses en el territorio (vereda La Colonia) haciendo talleres de empoderamiento comunitario a nombre de la Universidad del Tolima? ¿Qué viene haciendo el Centro de Estudios Regionales y el Observatorio de Paz y Derechos Humanos en esta zona?

Espero que den respuesta a estos y otros interrogantes que viene haciendo la comunidad. La protección de los ecosistemas es de vital importancia para el futuro de la humanidad, pero con esa manía de todo volverlo negocio quizás lo que menos importa es la vida. No hay que olvidar que las comunidades también forman parte del ecosistema y si las grandes empresas contaminantes del mundo desean pagar por sus pecados, que las limosnas no vayan al bolsillo de los curas.

[1] https://canaltrece.com.co/noticias/parque-natural-bosque-galilea-ubicacion-cortolima-tolima/

octubre 13, 2021

GRADUADOS UT: EL MOMENTO DE CONSOLIDARSE COMO COMUNIDAD

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Los graduados, a veces llamados egresados, de las Instituciones Universitarias, son parte fundamental del gobierno universitario, tanto así que desde la promulgación de la Ley 30 de 1992, son incluidos como actores protagónicos en los Consejos Superiores, máximo órgano de dirección universitaria (Artículo 64).

No obstante, existen otros espacios propios de la gobernanza y la vida universitaria en donde su presencia resulta importante para la toma de decisiones, como los Consejos de las Facultades, el Consejo Directivo del IDEAD, el Consejo Académico (máximo órgano de dirección académica) y los Comités Curriculares de los programas. Como se puede observar, su presencia cubre un amplio espectro en la estructura universitaria.

Sin embargo, son los graduados quienes históricamente menos presencia tienen en la toma de decisiones del rumbo de la Universidad y casi siempre estos espacios permanecen vacíos, excepto en el Consejo Superior, cuya presencia casi siempre se justifica en las coyunturas de elección de rector. Esa ausencia marcada impide el fortalecimiento de la comunidad.

En la Universidad del Tolima se tenía un procedimiento para la elección de egresados a las representaciones del Consejo Superior basados en una Junta que operaba bajo una lógica de representación por Facultad, allí en dicha Junta se privilegiaban las Asociaciones de Egresados de cada unidad académica, quienes en una especie de tribunato de 10 integrantes, se elegían entre ellos. Este procedimiento impedía la amplia participación de los cientos de miles de egresados que la Universidad ha formado durante 76 años en sus modalidades de presencial y distancia.

Afortunadamente, el nuevo Estatuto General abrió las puertas a una participación más amplia y de esta manera los representantes de egresados a sus diferentes espacios pueden ser elegidos por la comunidad de sus facultades en los casos de los Consejos de Facultad e Instituto, y por todos los graduados de las dos modalidades para el Consejo Académico y Consejo Superior. Sin lugar a dudas este nuevo territorio abre un amplio espectro de participación que debe ser llenado por el interés de la comunidad en cuestión.

Hablar de los ejes de acción y aportes de los egresados a la construcción de la universidad del siglo XXI nos reta de lleno en retroalimentar el sistema a través de una amplia comunidad que vivió la universidad desde adentro y que, desde su graduación, la proyecta hacia el afuera. El egresado conoce el mundo de la vida más allá de la universidad, sabe de las afujías laborales, conoce aspectos que le faltan a los programas y tiene una amplia experiencia de la aplicación de un saber disciplinar obtenido durante su formación.

Por eso, es de vital importancia su presencia en estos espacios, para establecer diálogos desde lo que la universidad propone y lo que, la vida cotidiana de los profesionales, accionan. Si hay alguien que le puede decir con franqueza a la universidad cómo está resultando su trabajo de formación, son los egresados. Ese diálogo que siempre se propone entre la sociedad y la universidad, puede fluir a través del egresado.

Ahora que nos disponemos a elegir representante de egresados en la Universidad del Tolima, es clave recordar estos aspectos e invitar a toda la comunidad a participar activamente en el debate y las decisiones. En estos tiempos es mucho más fácil dar cuenta de este ejercicio, ya que la consulta se hará a través de correo electrónico, lo que permite que todos puedan participar sin los limitantes geográficos.

El censo se establecerá entre el 8 y 29 de octubre, para lo cual todos los interesados en participar como votantes deben inscribirse a través de un sencillo formulario disponible en red. (VER AQUÍ) Por su parte, los candidatos pueden presentar sus postulaciones entre el 8 y 19 de octubre. El calendario está de igual manera disponible en la web institucional. (VER AQUÍ)

Un dato importante para tener en cuenta es que, para poder ejercer la representación de egresados de la Universidad del Tolima, se debe cumplir con lo dispuesto en Artículo 17, literal e del Estatuto General que dice: “El(La) representante de los/as egresados/as graduados(as) y su suplente deberán ser graduados(as) y no tener vínculo contractual con la Universidad y serán elegidos para un período de tres (3) años por egresados(as) graduados(as) de la Universidad”.

El llamado respetuoso a nuestros miles de egresados es a que ejerzan su derecho democrático a elegir y ser elegidos y de esa manera contribuir a la consolidación del tejido universitario, porque todos cuantos nos hemos formado en la Universidad del Tolima, la llevamos anclada a nuestra experiencia de vida y debemos velar para que muchos más tengan esa gran oportunidad.

octubre 07, 2021

Elogio al funcionario público

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Se ha establecido en el imaginario social que los funcionarios que laboran en las empresas estatales son ineficientes y, en su gran mayoría, los causantes de los males de tales instituciones. Largas filas, trámites engorrosos, idas y venidas de los usuarios sin que se atiendan sus reclamos, en fin, un sinnúmero de angustias de la vida cotidiana pareciera darle la razón a dicho imaginario.

No obstante, cuando se verifica a profundidad las normas y las formas en que funcionan las instituciones públicas, nos encontramos con aspectos de mayor calado que explican lo engorroso que resulta navegar en los trámites estatales. Las normas que rigen la función pública parecen estar dictadas para que nada funcione de manera expedita.

Miles de Decretos, Resoluciones, Leyes, Normas obtusas, disposiciones legales que contradicen otras disposiciones legales y demás artefactos jurídicos, ahogan el sentido común de las actividades diarias de los funcionarios. Jairo Enrique Angarita, en un provocador texto titulado “Colombia: país donde abundan las leyes y escasea la legalidad”, nos recuerda acertadamente que:

Una abundancia normativa no conlleva per se a tener controlada la totalidad de comportamientos calificados por el legislador como reprochables: si las normas no son eficaces, se puede llegar al fenómeno social de la anomia, en el que muchas normas válidas y vigentes resultan ineficaces porque sus destinatarios no tienen la voluntad mayoritaria de cumplirlas o ponerlas en práctica. (2018, p. 200)

Y esa anomia pública recorre los pasillos de alcaldías, ministerios, universidades y demás entes nacionales o territoriales que están, en principio, concebidas para el trámite y la solución de los problemas sociales. Unas veces se escudan en las leyes para evitar que las cosas cambien y otras veces las leyes son ignoradas, porque como bien lo dice el adagio: “La ley es para el de ruana”.

Y en medio de ese maremágnum el funcionario público de base está a la deriva. Los procesos y procedimientos de las Instituciones Públicas parecen enormes laberintos en donde hasta el mismo Minotauro moriría de desesperación. Esa proliferación de normas obtusas hace que la burocracia crezca y el aparato público sea lento en respuesta. Aún en el siglo XXI y con el gran auge de las tecnologías, uno abre sus ojos desorbitados ante oficinas cuyos archivos añejos, amarillos y decadentes, son la fuente de toma de decisiones.

El funcionario público, en ese medio, es una víctima más del sistema. Si él no cumple con cada uno de los pasos diseñados de cualquier proceso, será objeto inevitable de la amenaza que acecha sobre su cabeza: incumplimiento de funciones, extralimitación, omisión, desacato y miles de conceptos más forman parte de su inventario de temores.

Recuerdo que alguna vez, mientras agonizaba de tedio frente una ventanilla pública, una señora muy candorosa me dijo en tono casi suplicante: “mijo, yo lo entiendo, pero no me voy a ganar un disciplinario por su culpa, acá revisan cada formulario y si falta algo por llenar, llevamos del bulto nosotros”. Llenaba tres veces el mismo formulario porque según no sé cuál norma, no se aceptaban fotocopias.

Cuando un funcionario público hace bien su oficio, nadie dice nada, su eficiencia no es noticia. “Para eso se le paga” suele ser la frase de cajón en estos casos. Pero si hay un error de por medio, la ira de los superiores y los entes de control cae sobre ellos. Estos entes, que son muchos y revisan cada detalle de la minucia del día a día, a su vez permiten tanta corrupción y desorganización estatal por el orden macro, que uno termina creyendo que fueron creados para hacer engorrosos los proceso, distraer la audiencia, proteger los grandes desfalcos y no para velar por la ética de lo público.

A ese mundo de telarañas procesuales, súmele a los empleados públicos las lamentables maneras de contratación que cada día proliferan en el medio, generando formas de subordinación laboral como las Órdenes de Prestación de Servicios, cuya esencial consiste en degradar los derechos constitucionales bajo el amparo de normas vigentes. Cada vez son menos los empleados estatales cuyas formas de contratación responden a la dignidad de sus empleos.

Y para colmo de males, muchos funcionarios públicos están sometidos al vaivén político de turno, generando escenarios en donde es más importante militar en un partido o corriente, que realizar una función que aporte a la solución de los usuarios de lo público. Es decir, al final quienes padecen también son los menos favorecidos del entramado social quienes, en gran mayoría, acceden a estos derechos, muchos de los cuales se han tornado en servicios.

Según informe del Departamento Administrativo de la Función Pública del año 2016, en Colombia había 172 entidades públicas del orden nacional, que albergaban cerca de 134.465 empleados, claramente faltan inventariar muchos más del orden departamental y municipal, pero una de las conclusiones sobre esta población llama la atención al decir que:

(…) la estructura salarial del empleo público en Colombia es dispersa, inequitativa y no parece obedecer a un lineamiento de política pública general. Al contrario, lo que los datos reflejan es la manera como diversas entidades han logrado separarse del régimen general y cómo, incluso dentro de este régimen, existen sectores y/o entidades ganadoras o perdedoras en términos del régimen salarial. (2016, p. 22)

Por estos aspectos enunciados, debemos hacer un elogio a los empleados públicos. A esos que sobreviven a las marañas de las formas leguleyas, los que sobrellevan sus funciones a pesar de los escasos recursos con que cuentan, los que ven la lenta fila frente a sus ojos y quisieran hacer algo más por los usuarios en medio del caótico sistema. Los que hicieron de su casa la oficina en la pandemia, los que a pesar de su nivel de formación no han sido promovidos y llevan años haciendo funciones para las cuales están sobre calificados, los que esperan agonísticamente que les paguen un contrato de OPS o que el Gobierno de turno decrete el pírrico aumento. Para todos ellos mi admiración e invitación a que no desistan de defender lo público, porque ese es un bastión de sociedades tan desiguales como las nuestras.

Para los parásitos de lo público, que también los hay, no olviden que contribuir al menoscabo de las instituciones públicas es un atentado contra el bien de todos. Sobre ellos luego escribiré mi reproche.

septiembre 18, 2021

De la “izquierda barretista” y otros embustes

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

 

Si quieres descalificar el trabajo de alguien es muy fácil, habla mal de él masivamente. La gente no entrará a verificar si lo dicho es cierto, somos una sociedad del rumor. En la política el chisme, la habladuría y el rumor han sido trasmisores ideales para potenciar o desmeritar una figura pública. En el siglo XXI el coctel ideal se fortalece al agregarle el combustible de las redes sociales, lugar donde la opinión se confunde con la ignorancia.

Tendríamos miles de ejemplos extraídos de la cotidianidad colombiana de cómo mentiras o verdades a medias se han constituido en dogmas que la gente repite y dan por sentado como verdades absolutas. Acá no importa la tendencia política o ideológica del sujeto de la mentira, ni tampoco del enunciante de la misma. Cómo no recordar ese verso popular: “Miente el rico, miente el pobre, el de izquierda y el derecho, el de arriba y el de abajo, mienten todos, porque mentir es un decreto”.

Por esta razón, cada cuánto aparecen sentencias que se posicionan como verdades y la gente las va aceptando, muchos porque no tienen mirada crítica de los sucesos y otros porque esa mentira, vuelta verdad, es favorable a sus intereses. ¿Se acuerdan de ese majestuoso dogma de que nos íbamos a volver como Venezuela? Mejor ejemplo no hay.

Fue así como alguien dijo que, en el Tolima, y en particular en la Universidad del Tolima, había una corriente de “izquierda barretista” y desde entonces militantes, periodistas, replicadores de opinión y chismosos, repiten la frasecita dando por sentado su contenido. La adjetivación de por si es una antítesis, igual que el enunciado de “seguridad democrática”, porque sus dos partículas se anteponen, y forman parte de esa extensa lista de jeringonzas que construyen la seudocultura política de la región.

Recordemos las historias del Tolima con sus famosos santofimismo, gomezgallismo, jaramillismo y en estos últimos años el barretismo, descripciones arbitrarias que toman como punto de partida la figura del gamonal del momento, no hay que olvidar que los electores son adictos a las figuras gamonalescas. Acá tampoco importa el partido o ideología, gamonal es gamonal.

Decir “izquierda barretista” es sonoro para esos oídos de pasillos y redes, sobre todo para un grupo de fanáticos del odio que lo pregonan en bares, muros de Facebook y publicaciones de dudosa rigurosidad. Tal grupo sólo existe en esas pequeñas mentes delirantes, porque en la real realidad, el exgobernador Barreto no sostiene ninguna relación política con las personas que agrupan arbitrariamente en ese coloide paranoide.

¿Por qué lo hacen? Fácil, para intentar desprestigiar a un grupo de personas que hemos sido actores de transformación durante los últimos años en la Universidad del Tolima, sobre todo por aquello que perdieron sus prebendas y llevaron a la Alma Mater a tener un déficit de 24 mil millones y estar ad portas de ser intervenida por el Ministerio de Educación.

Los estudiantes y docentes nuevos poco conocen de las afujías de la UT en el año 2015, crisis profunda que llevó a una huelga de hambre de estudiantes, trabajadores y docentes y que desencadenó la salida del entonces rector Herman Muñoz y su grupo de poder. Muchos de ellos hoy son quienes pregonan el eslogan de “izquierda barretista”, eslogan que les sirve para tapar su pasado funesto frente a los destinos de la universidad de los tolimenses y, de paso, soñar con volver al poder.

Adenda 1:

El exgobernador Oscar Barreto, durante su primer periodo, gestionó de manera fatal la relación entre la gobernación y la Universidad del Tolima, en su segundo periodo cumplió con las funciones de presidente del Consejo Superior y generó mejores transferencias que coadyuvó a superar la crisis. Es la verdad innegable, alejado de las pasiones militantes, pero de ahí a decir que se ha aliado con la izquierda, hay mucho camino y mucho delirio. El exgobernador tendrá sus amigos en la UT, como los tienen los liberales, el Centro Democrático, la izquierda y los alternativos, todos ellos actores políticos de la región, lo demás son estrategias de desinformación y ocultamiento.

Adenda 2:

En el portal virtual El Cronista, apareció una nota en donde se afirma lo siguiente: “De otro lado, a la denominada 'izquierda barretista' sí le fue como se esperaba en las elecciones del Instituto de Educación a Distancia (IDEAD). El director de los últimos años, Carlos Arturo Gamboa, fue el más votado, con una arrolladora mayoría de 3.184”.

Debido al fatal grado de desinformación allí planteado, es que decidí escribir esta columna, porque afirmar que un proyecto educativo como el IDEAD, que tiene presencia en 9 departamentos y 24 sedes, cerca de 20 mil estudiantes y 1.200 profesores, es liderado por un aliado del llamado barretismo, resulta más que insultante para su comunidad, cuyo despliegue académico, investigativo y cultural va más allá de las mezquindades de quienes lo afirman. En otros lares deben saber la verdad del asunto y, es mi deber como docente ayudar a superar la ignorancia, porque poco se puede hacer con la tozudez de los ignorantes.

Adenda 3:

En mi defensa, y como dato curioso, debo decir que tengo más amigos entre los que me acusan de ser parte de la “izquierda barretista”, que en el barretismo.