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noviembre 12, 2025

Sede sur de la Universidad del Tolima: tradición y nuevos retos

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

"Hace años se venía gestando un sueño, el de abrir la Universidad del Tolima a las regiones", dijo alguien en medios a propósito de la noticia de la reactivación del plan de apertura de la sede sur. La grata noticia engalana el cumpleaños número ochenta de la Universidad del Tolima.

No obstante, toca recordar que hace más de 40 años la Universidad del Tolima tiene ascendencia en varias de nuestras regiones. Especialmente a través del Instituto de Educación a Distancia (IDEAD), cuya presencia ha sido histórica en casi todos los municipios del departamento del Tolima, y muchos más de Colombia.

Siendo así, la apertura de la licitación para la construcción de la sede sur de la Universidad del Tolima se instala en una tradición que desde los años setenta, con el plan de extramuros, se ha interiorizado en el ADN del principal claustro académico de educación superior del Tolima: ir a las regiones con propuestas de formación superior. No más basta recordar que el actual plan de gestión del Instituto se titula “IDEAD en los territorios”.

Por citar algunas de las zonas de impacto de esta nueva apuesta, hay que recordar que en Chaparral (1987), Rioblanco (1989) y Planadas (1995) se han ofertado programas de formación superior hace más de tres décadas, lo cual es tierra abonada para esta nueva fase en la que no solamente se podrán llevar programas en la modalidad a distancia, virtuales u oferta de Educación Continuada, como lo ha venido haciendo el IDEAD, sino que además se podrán aperturar programas bajo la modalidad presencial. En esto último es donde está el gran avance de tener una sede propia en el sur (Chaparral), así como se proyecta una sede en el norte (Marquita).

Esta nueva ruta de impacto beneficiará en gran medida la cobertura de educación superior en el Tolima y debe marcar un hito en la transformación de las prácticas de una universidad regional que hace rato dejó de serlo y que, por su presencia en el país, presenta las condiciones e impactos de un claustro del orden nacional. De seguro a esta nueva sede llegarán estudiantes de muchas otras regiones, como ocurre actualmente en los programas ofertados en la sede presencial de Ibagué, porque en este momento la educación y sus múltiples modalidades han borrado las fronteras territoriales y, paradójicamente, es cuando más debemos hacer presencia en las regiones.

Aspectos como la gestión docente y administrativa agrupadas en el campus de Santa Helena o los programas de investigación localizados deberán ser replanteados, rompiendo la lógica centralizada en la ciudad capital, lo cual hasta ahora ha primado en la visión directiva de privilegiar el centro sobre las periferias. Es necesario replantear esa visión para avanzar en la consolidación de un Alma Mater que en su totalidad hable, construya y piense desde las regiones, papel que le había sido delegado, a regañadientes y muchas veces sin los soportes adecuados, al Instituto de Educación a Distancia.

Si tanto la sede sur como la sede norte se consolidan en el corto plazo, deben acompañarse de nuevos programas, enfocados en las líneas de desarrollo de futuro, con formación tecnológica y posgradual de alto impacto. Ampliar el eje de acción implica ensanchar la visión institucional. Vienen muchos desafíos, retos que necesariamente deben oxigenar la octogenaria universidad que se ha visto beneficiada por los impactos de las políticas educativas del gobierno nacional actual y las exigencias de un tiempo cambiante.

Será bebiendo de la tradición y evaluando el presente que las nuevas sedes de la Universidad del Tolima consolidarán el futuro de un Tolima más abierto y presto a la formación superior. Esto se hará con programas pertinentes, calidad en contexto y escenarios de equidad para la construcción del conocimiento y la recuperación de los saberes de nuestros territorios, que deben coadyuvar a la solución de sus múltiples problemáticas.

septiembre 15, 2025

Un poeta (en estado crudo), la reciente película colombiana de Simón Mesa Soto

 


Por: Nelson Romero Guzmán

Profesor Universidad del Tolima, IDEAD

 El título de la película es escueto: Un poeta, como si desde ya nos anunciara su retrato. Y precisamente, uno de los logros del cortometraje es la verosimilitud del protagonista Óscar Restrepo con el estereotipo del poeta fracasado en vida y obra. Por su parte, el acierto del actor Ubeimar Ríos, pareciera coincidir de manera física y existencial con la realidad y la fábula del personaje que encarna. Además, el realismo de las escenas se muestra en la ambientación del marco de la Medellín marginal de sus zonas urbanas con sus nichos de bajo mundo. De esta manera, el director colombiano Simón Mesa Soto crea un personaje poeta que no encaja en la familia, en la sociedad ni en la poesía misma. Con la aparente sencillez de un poeta crudo, que se mueve en escenarios callejeros lánguidos y una narración sarcástica punzada por el humor burlesco, Simón Mesa logra llevarse el premio de la Sección Un Certain Regard del Festival de Cine de Cannes.

 Una de las grandes apuestas del director de la película, fue haber optado por la construcción precisa del prototipo del poeta visto como el artista fracasado, al que Óscar Restrepo encarna de manera perfecta: un ser crudo, feo, grotesco, bufón, contrahecho, pero fascinante,  venido como anillo al dedo para mostrar la imagen social desgarradora del poeta que nos heredó el siglo XIX, configurado por Rimbaud como "el gran maldito, el que se siembra verrugas en el rostro" o como “el Gran Criminal”, que se vale del método visionario de la autodestrucción, pero que, en el caso de Óscar, contrario al genio de Rimbaud, a sus 54 años vive vaciado de la Musa, proscrito de la poesía y mantenido por su anciana madre, su único refugio de comprensión y ternura. De ahí que su papel sea el de exponerse permanentemente al rechazo social, a la burla, a la expulsión del cenáculo literario, a la explotación de los avivatos de los festivales de poesía, al veto de la familia, hundido en el alcoholismo y hasta soportando la violencia física y el señalamiento de mal poeta. Se trata de una película donde todos los actores sufren al poeta y nadie se ríe; solo reímos los espectadores una risa cómplice, cortada de repente por escenas truculentas que provocan la conmiseración y la repulsión por el personaje.

 Lo que por otra parte enriquece al protagonista de Un poeta (porque la mayor fuerza de la película es su personaje protagónico), es la atmósfera melodramática del humor negro, la estética del grotesco y la extravagancia, acentuados estos rasgos por el manejo del primer y primerísimo plano de las fotografías que hacen ver el alma turbada del poeta a través de la exageración de sus más mínimas expresiones: la mirada profunda y desencantada detrás los lentes de sus gafas, sus gestos de frustración, su barba descuidada, sus ademanes de aflicción, su dentadura irregular, su figura maltrecha, su indumentaria descuidada, su caminar caricaturesco y la intemperie de cuerpo y espíritu, en fin, su profunda soledad y rechazo, como apuesta visual de los valores más decadentes de un poeta, tal como aparece en la representación de la sociedad misma que lo juzga y rechaza. Los bares, el alcohol, la noche y los andenes son sus hábitats naturales.

 El hecho principal que desencadena los componentes de la trama, ocurre cuando Óscar llega a ser contratado en la Escuela de Poesía donde es profesor de un taller, en la temporada en que se organiza un Festival de Poesía. Es justamente en dicha escuela donde conoce a la adolescente Yurlady, estudiante de bachillerato que también asiste a las secciones de los talleres. Aquí vale la pena preguntarse: ¿es un rodaje sobre el poeta sin poesía en una “sociedad de poetas”? La cinta intriga fuertemente a este despropósito. Yurlady, la antagonista de Óscar, es una muchacha talentosa para escribir poesía, pero a su vez manifiesta abiertamente que sus rumbos en la vida son otros. Sin embargo, Yurlady se convierte para Óscar en una obsesión, ya que él transfiere en ella la conquista de sus ideales, al pretender transparentarse y verse en el talento de su estudiante como un poeta verdadero, donde por fin cree encontrar alivio a sus frustraciones literarias. Óscar, entonces, viene a ser el perfecto poeta sin poesía; Yurlady, por su parte, es la otra cara: la poesía sin poeta. Al final ella renuncia a ser la media naranja poética de Óscar. Aquí el director Simón Mesa construye un juego cautivador y una crítica oculta demoledora, poco perceptible, sobre el destino del poeta. El sacrificio de Óscar por Yurlady lo lleva a ponerla por encima del bienestar material y afectivo de su propia hija Alisson, quien vive con su madre en estrechez económica, pero Óscar prefiere convertirse en protector de Yurdaly al descubrir su talento poético y concentra sus esfuerzos materiales para que la muchacha pueda tener momentos holgados que le permitan dedicarse a la poesía, lo que al final resulta siendo otro de sus sueños frustrados. Así que la gesta de este antihéroe del cine es vivir la poesía como una hazaña superior a su propia vida, sacrificando los valores de su familia, aunque en lo más profundo llega a descubrir que no representa los ideales de la poesía, porque sus versos son bastante pobres, como se muestran en la película. Así, Óscar resulta siendo el sacrificado por la poesía, el gran fracasado que encuentra en Yurlady el talento que él mismo no tiene y lo hace por momentos suyo como rey en cuerpo ajeno. Pero los sueños de la adolescente están en otra orilla, ya que para ella son más importantes los proyectos materialmente vitales que los artísticos. La poesía, entonces, para citar al poeta Hölderlin, reencarna en Yurlady el más inocente de todos los bienes y, por el contrario, en Óscar, el más peligroso. Moraleja: No vale la pena sacrificarse, entregar su vida por la poesía. Si bien la poesía anda errante por el mundo, la morada de su ser está definitivamente en el lenguaje, como lo escribió Heidegger, y es allí donde hay que ir tras su encuentro; su sacrificio impone la sencillez y el silencio, solo así el poeta podrá convertirse en la casa de su ser. Por eso Óscar es más el bufón del arte que el poeta auténtico; encarna el escándalo del poeta y no el silencio de la poesía, en fin, resulta engañado por la poesía y pasa a ser un espejismo del poeta, su cascarón vacío. 

 Pues bien, esta parte de la trama de la película Un poeta nos lleva a pensar que el protagonista Óscar, es un poeta con carencia de poesía, aunque la sienta en lo profundo de su alma y la viva de una manera tragicómica. Pero si aceptamos que funge de poeta, con todo, es un poeta sincero, porque al menos reconoce no tiene talento. El anverso de Óscar en esta “sociedad de poetas” es el poeta burócrata, que al igual carece de poesía, aunque viva aplaudido y coronado de banquetes; el artista burócrata, que el ojo del espectador no ve, pero lo atisba o se le revela muy en su interior, es quien vive de las mieles del poder, sabe ocultar su fracaso y se escuda en la higiene, en los buenos modales, pasa por decente, aplica las reglas de glamour en sus relaciones sociales, es respetado y hasta admirado por los incautos. Este poeta burócrata es el rescate de Óscar al menos en su apariencia física. Generalmente es excelente para fundar Festivales y Escuelas. Encaja perfectamente en la sociedad, se le cree y además vive de la producción comercial de la poesía. Este poeta burócrata (oculto detrás de Óscar), es el que Simón Mesa Soto deja entrever y denuncia en su película a través de sus personajes secundarios que lo sugieren. Fíjese que, en la película, el protagonista los expone, pues ellos ven en el mismo Óscar la mancha de la Escuela de Poesía como institución. Esto ocurre cuando en la Fiesta del Festival de poesía, Yurdaly termina borracha por su propia cuenta, pero culpan al poeta de la embriaguez de la joven, además de ser golpeado por los mismos dueños del festival, quienes ofrecen dinero a los padres de la adolescente para no ser denunciados ante la ley. Óscar defiende su inocencia y se opone a la entrega del dinero, sometiéndose a la verdad, pues es claro que defiende la poesía, poniendo así la inocencia del poeta por encima de los peligros del poeta burócrata quien, a través de la promoción de la poesía, busca su propia riqueza económica.

 El director de Un poeta nos arrastra a reconstruir la imagen del artista en el contexto social de la gran ironía del capitalismo, esto es, el poeta instrumentalizado, mercantilizado, pese a que el verdadero artista no es un mercader. De ahí que en la película se deslicen de manera sutil, planos de personajes icónicos de la literatura colombiana convertidos en estampas de billetes: el poeta José Asunción Silva y el novelista Gabriel García Márquez, de los que Óscar es devoto, principalmente de Silva, de quien aspira ser su réplica y por eso en una escena aparece dibujándose el corazón en su pecho. Pero vuelvo a la gran ironía que es la del poeta captado por el capitalismo: Silva, suicidado por la insolvencia económica mientras agonizaba el siglo XIX, ahora puesto a circular en el mundo del mercado como un valor de cambio: el billete de $5.000; por su parte, Gabo, arruinado económicamente mientras escribía Cien años de soledad, es rescatado con su sonrisa de costeño satisfecho en el billete de $50.000, siendo estas las formas socarronas del homenaje, a través de las cuales el capitalismo explota la figura del artista, creando a su vez una plusvalía simbólica del capital. Así es como el capitalismo voraz copta el espíritu del artista sufrido y, al poner su estampa en el billete, le devuelve al arte su falsa recompensa. 

 Al haberse logrado en la película la puesta en sociedad del estereotipo del artista fracasado, con los tintes de humor y tragedia a través de un personaje que lo encarna con fuerza, como tomado directamente de la realidad, sin maquillajes, ¿es permitido preguntarse, ya en las afueras del cinema, si en la película de Simón Mesa Soto ganó el cine, pero perdió la poesía? Pues sí y no. Es indudable que la poesía del cine está presente en la película de diferentes maneras: la semiótica de planos en movimiento, piezas musicales intercaladas a la narración, el recaudo fotográfico de los primeros planos del protagonista convertidos en poesía visual que emana emociones, entre otros recursos. Más bien la ausencia de la poesía está muy a propósito en el poeta protagonista, que es otra cosa. Entonces la poesía no es el fracaso, es su liberación, y esto lo logra el cineasta Simón Mesa a través de sus personajes Óscar, el poeta, y de Yurdali, su aprendiz, que son a su vez contradicciones y complementos de la trama.

agosto 30, 2025

Cuando se trata de educar niños, hasta los libertarios se vuelven godos

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Esta reflexión la hago a partir de un hecho noticioso. La noticia que se divulgó por redes el 21 de agosto de 2025 anunciaba lo siguiente: “El Salvador impone nuevo reglamento escolar. Saludo obligatorio, uniforme impecable y corte de cabello adecuado”. La nota parecía extraída de un viejo manual educativo digno del siglo XIX, con una visión bastante retrógrada de lo que debe ser un modelo educativo para el siglo XXI. Desconozco la reglamentación general aprobada que contiene estos elementos, por lo cual no comentaré nada al respecto; lo que sí me causó gran inquietud como educador que soy es ver la cantidad de comentarios favorables en torno a los aspectos mencionados.

Muchos usuarios de la red avalaban, casi con histeria, la acción de imponer el saludo obligatorio, el uniforme y el corte de cabello adecuado, como fundamental para la educación de una generación que, en palabras de ellos, se está perdiendo por falta de valores, lo que está destruyendo la sociedad. Y es ahí donde quiero resaltar algunos aspectos.

Primero toca recordar que “imponer” no es educar, al menos en el diccionario de una pedagogía que busca la construcción de un mejor sujeto, para un mejor mundo. Imponer implica desconocer el deseo del otro, su individualidad, su particularidad. El sujeto, sujetado por unas reglas como imperativo educativo, desconoce el yo para construir una sociedad uniforme en la cual todos piensen lo mismo y actúen igual. Es la arcaica idea de la educación como fábrica, decantada en aquella imagen que hizo famosa la agrupación Pink Floyd en su video “Another brick inthe wall”.

La escuela hace años experimentó esa idea retrógrada que acá se celebra como gran novedad. No más recordemos la advertencia que hacía Hannah Arendt en “La banalidad del mal” sobre cómo se construyeron las personalidades de los administradores de los campos de concentración nazis: Bien educados, bien peluqueados, bien hablados, bien instrumentalizados en función del mal. En el modelo que muchos celebran, se cree que un niño que saluda es mejor que uno que no lo hace, que llevar el pelo distinto al corte impuesto es una falta y que el uniforme determina al sujeto.

Más allá de la discusión pedagógica, que se puede solventar invitando a leer tantas páginas de discusión en torno al verdadero valor de educar; lo que más alerta es ver cómo la democracia sigue siendo asediada por discursos mesiánicos, totalitarios y dictatoriales. La historia nos muestra cómo restringir la educación ha sido el sueño de todo totalitarismo para imponer la “escuela del pensamiento único”, como lo devela George Orwell en su aclamada novela “1984”, en un mundo en el cual el Ministerio de la Verdad y la Policía del Pensamiento velan por ese ideal.

Pero lo que más me sorprendió en el seguimiento que hice en redes de esta noticia es que muchos educadores estaban de acuerdo con las tres sentencias: saludo respetuoso, uniforme limpio y corte adecuado. Es como si esos docentes añoraran el viejo manual de urbanidad que calificaba a los sujetos según el cumplimiento de sus líneas, sin importar su personalidad. Decía los viejos: «Lo importante es la fachada, no ser, sino aparentar». ¿Cuántos asesinos bien vestidos, bien hablados, bien educados ha visto desfilar la historia?

Ahora bien, la noticia se logra entender a profundidad cuando descubrimos que la ministra de Educación de El Salvador es una militar, quien tiene la misión de “fortalecer la disciplina y los valores cívicos”. ¿Para qué privilegiar el conocimiento en las escuelas públicas? Con que los niños se sepan comportar y obedecer, el futuro del régimen está garantizado. A los profesores obnubilados por estas medidas les recomiendo leer algunos textos como “Pedagogía del oprimido” o “La educación como práctica de la libertad” de Paulo Freire, aunque, si no se quieren sentir muy extraños leyendo libros de gente sospechosamente de izquierda, pueden leer “Lecciones de los maestros” de George Steiner, o “Mal de escuela” de Daniel Pennac.  Y si gusta poco de la lectura, al menos vean una película como “La lengua de las mariposas”, “La ola” o “El último vagón del tren”, para que logren entender que educar es todo lo contrario a encasillar en un uniforme, en un corte de cabello o en un saludo.

Por mi parte, lo que noto en esta medida de Bukele es el advenimiento de una dictadura light impuesta por un sujeto cuya melomanía y creencias religiosas ha proyectado la imagen de un país creado a su semejanza. Bukele, más allá de tener contentos a muchos habitantes de El Salvador, ahora se considera un mesías capaz de cambiar la conducta de los niños para crear la sociedad del futuro. Ojalá los adoradores de este sujeto, que por ahora abundan, se puedan ver la serie “El cuento de la criada” antes de que Bukele, mediante otro decreto, empiece a prohibir este tipo de relatos por contradecir su visión de mundo.

No olvidemos que el deseo de un dictador es que todos se parezcan a lo que él cree, empezando por su aspecto físico, de ahí la idea de limpieza del uniforme y del corte de cabello adecuado. El "otro" debe ser una prolongación de sus deseos, una copia. Si no lo logra con modelos educativos llamativos ante el amplio público, lo hará más tarde con la imposición de otras fuerzas más represivas. Y el día lejos no está; ya logró un cambio en la Constitución para perpetuarse en el poder; ahora quiere modelarlo todo a su antojo, contando con el beneplácito de muchos sujetos en cuyo espíritu no hay cabida para la libertad humana. Ver que muchos aplauden esta medida me hizo acordar del adagio que reza: “Cuando se trata de educar niños, hasta los libertarios se vuelven godos”.

agosto 15, 2025

Cobertura de programas universitarios en los territorios, la apuesta de futuro para el Tolima

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Recién se ha dado a conocer la noticia de un significativo avance en la ampliación de cobertura para el año 2025 de programas académicos de la Universidad del Tolima, en lo que corresponde a la oferta del Instituto de Educación a Distancia (IDEAD). La noticia no es menor teniendo en cuenta el impacto contundente de estos programas para mejorar los indicadores de acceso a la educación superior del departamento del Tolima, porque, como es conocido, los porcentajes se encuentran por debajo de la media nacional. Esto indica que los tolimenses que desean acceder a un programa de formación en educación superior tienen menos opciones que en otros departamentos, solo un poco por encima de La Guajira y El Chocó.

Durante años, la Universidad del Tolima ha procurado políticas buscando estrechar estas brechas, pero es esencialmente a través del Instituto de Educación a Distancia que se está haciendo realidad. Lo anterior se debe a que, a pesar de que actualmente el sistema público goza de gratuidad en la matrícula, muchos aspirantes aún no pueden acceder a la oferta debido a que deben desplazarse a la sede de la Universidad del Tolima en Ibagué, lo cual es costoso por temas como pagos de arriendo y manutención, la cual no puede ser cubierta por la mayoría de las familias, sobre todo por la población rural. Igualmente, la competencia de pruebas de Estado para el ingreso impide que la diáspora educativa acceda a estos programas y ocurre, como en Medicina, que los cupos se quedan en su mayoría en manos de población estudiantil procedente de otros departamentos.

Si bien el IDEAD, bajo la premisa de que no se debe esperar que el estudiante vaya a la universidad, sino que debe ser la universidad la que vaya a donde está el estudiante, ha logrado llevar programas a varios municipios del Tolima, el impacto aún no es suficiente. Esto se debe en parte al modelo de cobertura que se ha estado implementando, las exigencias del MEN para abrir programas y la falta de apoyo institucional de los territorios. Si entendemos que la educación es un derecho y, por lo tanto, un compromiso de todos, se deben aunar esfuerzos con tal propósito. A continuación vemos la nueva oferta del IDEAD:

Tabla: ampliación de cobertura IDEAD, 2025. 

Es así como, en la nueva oferta que presenta el IDEAD-UT, se encuentra la génesis de ese nuevo modelo que ayudará a reducir las brechas, yendo a los territorios en donde más se requiere la presencia de la universidad y ofreciendo programas pertinentes que impacten el desarrollo de las regiones. El caso más contundente se da en Icononzo, municipio en el que se tendrán dos programas de alto impacto: Ingeniería de Sistemas e Ingeniería en Agroecología, ambos apalancados por el programa nacional Educación Superior en Tu Colegio, con la convergencia de la alcaldía municipal, el departamento del Tolima y, por supuesto, el esfuerzo del IDEAD y la Universidad del Tolima. En ese modelo, el IDEAD garantiza la presencia de los programas con toda la logística académica y administrativa que esto demanda; el Ministerio de Educación genera una partida, distinta a las transferencias de ley, es decir, nuevos recursos que apalancan estos nuevos cupos; y el municipio, en este caso, paga la inscripción de cincuenta aspirantes de Icononzo. Con los cupos ofertados (ver tabla), la Universidad del Tolima recibe cerca de 1900 millones de pesos, que ingresan a hacer base en el presupuesto general.

En este modelo de convergencia educativa encontramos la clave para superar los índices de exclusión de formación superior de nuestro departamento, porque dejarle la tarea solamente a la universidad o al IDEAD es no comprender las variables del momento y las necesidades educativas en contexto. Si la universidad diseña y oferta programas pertinentes para el desarrollo de las regiones, bienvenidos sean los esfuerzos del gobierno nacional, departamental y municipal en esa misión. Esperamos que las alcaldías de Planadas, Purificación y Chaparral emulen el buen ejemplo de Icononzo y no dejen solo al IDEAD y sus estudiantes en estos proyectos. Las necesidades son múltiples, como interconexión, apoyo psicosocial y bienestar.

Bajo estas premisas, muchos municipios cuyos indicadores de población que ingresa a estudios superiores son muy bajos pueden articular y activar este modelo, no solo para tener un Centro de Atención Tutorial (CAT) en su municipio, sino también para preparar a sus estudiantes para acceder a los cupos en el CAT más cercano, para subsidiar transporte y alimentación, para ofrecer una línea de apoyo institucional que garantice programas con manifiesto impacto en el desarrollo social, cultural y económico para sus territorios. Además, acercando la universidad a los contextos de los estudiantes, se minimiza la fuga de talentos y de profesionales formados. Igual, la normatividad de la universidad debe pensar maneras de priorizar los cupos para personas de esos territorios; lo que implica modificar el sistema de acceso.

Por ello, siendo el Sur y el Oriente del Tolima, y en particular Icononzo, el punto de avanzada de este modelo, justo en unas zonas cuyo historial de exclusiones condujo a la proliferación de violencias y que gracias al acuerdo de paz se generaron nuevas oportunidades, el impacto de esta propuesta es más que pertinente. Solo resta felicitar al IDEAD, en cabeza de su directora Marien Gil y su equipo de trabajo, al alcalde de Icononzo, Hugo Nelson Jiménez, al programa del gobierno nacional y a la Universidad del Tolima en su conjunto, por entender el panorama actual y apostar por una cobertura distinta, con enfoque territorial y equitativa.

No lejos estará el día en que los profesores de planta de la Universidad del Tolima, replicando el ejemplo del accionar de catedráticos durante más de 40 años, desborden el encierro de la sede de Santa Helena y vayan a los territorios a contribuir a estos procesos de formación tan urgentes, como otrora lo hiciera con el programa Extramuros. Para ello es necesario actualizar las normatividades internas, casi siempre estancadas frente a los cambios de la realidad. Quizás también con apuestas innovadoras se puedan replantear algunos programas de la modalidad presencial y, avanzando con la modalidad híbrida, llevarlos a dichos territorios. Esta es una manera efectiva de darle respuesta a las necesidades del momento, del entorno y de los nuevos modelos que deben delinear la universidad del futuro, pero del futuro inmediato.


julio 25, 2025

CUATRO MIRADAS SOBRE LA NUEVA LITERATURA COLOMBIANA

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Durante el siglo XXI, la literatura producida en el contexto colombiano ha continuado generando una multiplicidad de voces en los diferentes géneros. Más allá del Premio Nobel de Gabo, las letras colombianas han consolidado un corpus rico en nuevas temáticas, aunque la violencia sigue presente como leitmotiv en muchas obras. Pero ahora tiene cabida en la narrativa, poesía y teatro temáticas como las angustias de la posmodernidad, la ciudad, las relaciones en un siglo intercomunicado, la mirada feminista, entre muchas otras más. No obstante, falta ahondar más en el estudio y la crítica a dichas producciones, para que de esa manera se consoliden los autores y sus obras y, además, estos estudios sirvan como referentes a los lectores.

En esa línea, recientemente ha sido publicado el libro titulado “Cuatro miradas sobre la nueva literatura colombiana”, el cual se desprende de la investigación “Múltiples miradas críticas a la literatura colombiana del siglo XXI (2000-2015)”, liderado por el Grupo de Investigación Argonautas del Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima. Este nuevo libro se constituye en un compendio de cuatro apartados, los cuales son resultantes de la construcción de textos críticos por parte de los investigadores, ejercicio previsto en la última fase de la investigación señalada. Sobre esa base, cada uno de los textos da cuenta de una problemática específica de la literatura colombiana estudiada, aspecto que justifica la unidad estructural del libro en su diversidad.

Al respecto, se debe considerar que cada texto es autónomo, toda vez que ha surgido de la reflexión y la crítica de sus autores, quienes han contado con la decisión propia para la escogencia de la temática, la estructura textual y la expresión estilística. Cada uno se convierte en un capítulo y estos son:

• Una mirada a la poesía colombiana escrita por mujeres en lo corrido del siglo XXI.

• Reflexiones en torno al devenir literario de la poesía colombiana del siglo XXI.

• El reflejo de la realidad social en la narrativa colombiana del siglo XXI.

• La literatura en la escuela y la escuela en la literatura: un diálogo posible.

El libro que fue ganador de la Convocatoria 09-2023 para publicación promovida por la Vicerrectoría de Investigación-Creación, Innovación, Extensión y Proyección Social, (UT) ya se encuentra disponible en el repositorio en línea del Sello Editorial de la Universidad del Tolima. Los invitamos a su lectura, estudio y uso pedagógico. Pueden acceder a la descarga gratuita en el siguiente link: https://repository.ut.edu.co/entities/publication/3f6d6c3d-ebdb-414a-844b-5cbce383168d

mayo 21, 2025

EDUCAR EN TIEMPOS AGOTADOS

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla[i]

Docente Universidad del Tolima

A veces tengo la impresión de que las universidades ya no requieren de líderes académicos, sino de psiquiatras, que el máximo reto de un profesor está en competir contra YouTube, Facebook, Tik Tok o Instagram, que los estudiantes están más preocupados por sus fotos de perfil que por un diploma.

Los curtidos docentes de hoy, los veteranos, nos formamos en un tiempo en el cual el conocimiento era lo más importante, sudábamos gotas de aceite para aprobar una materia y sentíamos el vértigo de la evaluación. Siempre supimos que para que existiese un escenario de aprendizaje real debían confluir, mínimo, tres actores: el conocimiento, los estudiantes y los docentes, en ese orden de importancia. Pero agobiados por los indicadores, los formatos, las reuniones y mil artilugios más, fuimos descuidando el conocimiento y los saberes, sin los cuales ni docentes ni estudiantes tienen un lugar de enunciación en el mundo educativo. Terminamos educando en un tiempo agotado.

Las instituciones que educan se han enfrentado durante décadas a las mismas preguntas, para las cuales las respuestas ya son conocidas, pero las acciones siempre van en contravía de la necesidad. El mundo educativo está sobrediagnosticado, pero como pacientes de una EPS, no recibimos los remedios indicados y seguimos curando los síntomas profundos de la enfermedad educativa a punta de acetaminofén.

En las facultades de educación, en los programas de formación docente, en las licenciaturas, en los eventos académicos y hasta en las cafeterías, citamos a Freire, a Mélich, a Posner, a Montessori, a Bruner, a Vygotsky, a Steiner, a cientos de maestros que hablan con maestría sobre las formas de enseñar, las maneras de educar y las estrategias para transformar las prácticas pedagógicas, pero cuando nos asomamos a las aulas, el paisaje parece ser el mismo y a veces más desalentador que el de hace décadas.

Los chicos no quieren estudiar, dicen los profesores a diario; los niños no quieren ir a la escuela, dicen los padres agobiados; los jóvenes no desean estar en las universidades, dicen las últimas noticias y los indicadores recientes, y todos ellos tienen la razón. ¿Se ha vuelto acaso la institución que educa un lugar poco deseable? ¿Por qué?

Ante este panorama, ser educador parece ser el oficio optimista de un pesimista consumado. ¿Qué hacemos ofreciendo manzanas a un niño que desea colombinas? Somos los testarudos de un tiempo de alertas universales, de mentiras que pululan a la velocidad de la luz, de incomunicaciones y fragilidades.

Ahora el currículo flota en las redes sociales, la lección está sintetizada en un meme y la evaluación es un reality show. En el mundo de la cibercultura, los docentes parecemos un avatar caprichoso flotando en la red infinita de los mensajes cifrados. Como el grito de auxilio atrapado en una botella que ha lanzado un náufrago, seguimos esperando que alguna vez ese mensaje tenga un receptor, y que acuda a salvarnos de ese pesimismo que se ha incrustado en nuestra diaria labor.

¿Sueno demasiado pesimista? ¿O más bien estoy siendo muy realista? La respuesta la dejo flotando por ahí como otra de esas preguntas que no se deben responder sin reflexionar. Lo cierto es que en medio de este panorama hemos decidido ser educadores y esa es nuestra responsabilidad. Los tiempos han cambiado de manera revulsiva y ahora asistimos a la profecía final contra la escuela, el apocalipsis de la educación con su anticristo encarnado en la inteligencia artificial. Terminator se pasea por los pasillos de las universidades; sus pisadas asustan y muchos se esconden detrás de sus viejos pizarrones, resguardando en el pasado sus miedos al futuro. Les alerto desde ya: esconderse no es la solución; hay que enfrentar el presente; solo así es posible construir un futuro o cambiar ese que parece inevitable.

No hay que temerles a los nuevos modelos, a las nuevas didácticas, a las herramientas que a diario se recrean; ellas nunca reemplazarán al docente auténtico, aunque los que corren riesgo son los profesores simuladores; de ellos no será el futuro. ¿En cuál de esos grupos estamos? He ahí el dilema.



[i] Palabras de apertura del Panel “Escenarios y voces del IDEAD: diálogo y reflexión sobre el rol del docente en la educación superior a distancia”, celebrado en el marco del Primer Encuentro Nacional de Profesores IDEAD – UT. (mayo 15-18, de 2025).


enero 31, 2024

Humboldt: un puente de diálogo entre Europa y América

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla[1]

 

Ese tejido de montañas y selvas, de flores y pájaros que Humboldt mostraba, era una prueba que la naturaleza tenía cosas nuevas que decir a los humanos, de que la vieja Europa perdida en sus laberintos de sangre y de fuego podían encontrar rostros distintos con quienes dialogar, mentes distintas con las cuales examinar la historia.

 

 William Ospina

William Ospina se ha convertido en uno de los autores colombianos, del siglo XXI, más exitosos. Sus libros abarcan una serie de cuestiones que pasan por la reflexión profunda de este tiempo convulsionado, su mirada retrospectiva que incluye el bucle de la historia del continente americano y un repaso a la realidad de colombiana, sus causas y consecuencias. Su más reciente libro titulado “Pondré mi oído en la piedra hasta que hable”, publicado por Penguin Random House Grupo Editorial, será el objeto de las siguientes líneas.

Lo primero por decir es que me sorprendió la variedad lingüística del libro, esa capacidad para ir a la época del relato y describir con nombres propios los utensilios, labores, modismos y entornos allí narrados. Lo primero que un lector puede intuir es un enorme trabajo archivístico detrás de ese resultado. Al basarse en la vida de Alexander von Humboldt (1769-1859), debe retrotraer su relato y jugarse a la construcción de una narrativa en contexto, de lo contrario se haría poco verosímil, contradiciendo una de las leyes intrínsecas de la literatura de ficción. Se puede inventar lo que se desee, pero el relato debe ser creíble y, para ello, el lenguaje debe ser soporte de la acción.

De seguro haber leído los diarios de Humboldt, sus libros y muchos relatos de la época, -los cuales han estructurado otras de sus apuestas narrativas-, ha ido convirtiendo a Ospina en un experto en los usos lingüísticos de aquellos tiempos, cuestión que en este caso pone en juego con total apropiación. Esto apunta a favor del libro, más aún en este momento de la historia narrativa llamada postmoderna, en la cual la fugacidad se ha entronizado en la realidad y el lenguaje con que se narra este tiempo tiende a ser ligero, carente de esfuerzos y dado a enumerar lo apenas visible.

Ahora bien, “Pondré mi oído en la piedra hasta que hable”, no es un libro clasificable dentro de los géneros canónicos de la literatura, se escapa a los ornamentos de la forma, eso es agradable para el lector. Aunque en su contra carátula se anuncie como una novela, lo cierto es que su estructura es maleable, vas desde la prosa poética a la novela histórica; pasa por la crónica y se bifurca en la ficción; es relato de viajes y testimonio. Su riqueza y variedad, que ponen en función de la construcción de la visión de mundo de una época, de una ideología y de un personaje, se compagina con esa apuesta “desgenerada”[2]. Incluso logra emerger la sensación de estar frente a un documento histórico verídico, -si eso es posible de escribirse-, llevando al lector acucioso a verificar las fuentes que soportan el relato. Y es ahí en donde toca aclarar que evidentemente echa mano de los diarios de Humboldt, de Carlos Montúfar, de crónicas de aquellos tiempos y de relatos históricos, pero permitiéndose las licencias propias de quien asume la narrativa desde un juego que busca recrear el pasado, sin limitarlo al pasado.

A la par de la narración del viaje demencial y maravilloso que emprende Alexander von Humboldt en busca de las aventuras que sacien su deseo de saber, Ospina se detiene en algunos episodios propios de la historia de ese nuevo mundo que para entonces (y en parte aún), era un misterio para esa Europa que se debatía entre revoluciones sociales e ideológicas. En ese sentido, el libro articula hechos históricos del viejo continente que tienen pequeñas réplicas en el mundo nuevo y acciones del mundo nuevo que dialogan o ponen en tensión el orden del viejo mundo. La Ilustración, las luchas por las independencias de las naciones de América, la reafirmación de los pueblos ya descubiertos, pero aún ignotos, el inventario de una realidad que emergía con asombro ante los ojos auscultadores de los europeos y la desconfianza de las mitologías y cosmovisiones de ese nuevo continente que reñían con la agonía de una Edad Media que aún se negaba a morir, sobre todo en España.

Y en ese camino de exploraciones nos muestra la grandeza de Mutis, el acartonamiento de Caldas, las ilusiones de Bolívar y las tiranías del régimen colonizador manteniendo la esclavitud de negros e indígenas, negando el protagonismo de esa América mestiza que empezaba con fuerza a reclamar su lugar en el mundo. Pero, sobre todo, lo que más estremece es el relato de ese encuentro mágico con Carlos Montúfar, ese prócer criollo sin gran protagonismo en la historia de las valentías latinoamericanas, pero cuyo encuentro con el sabio alemán generó una serie de sucesos que demarcaron la historia de la lucha de independencia como si fuera un capítulo digno del realismo mágico. Ese encuentro extasiado de dos genios, de dos mundos, de dos cosmologías, resumen la intención de Ospina por hacer dialogar a Europa con América, cada uno con un destino, pero abocados al abrazo que provocó la historia.

Ahora bien, la descripción constante con un detalle minucioso, -como si Ospina estuviese reescribiendo un diario y las imágenes poéticas que usa constantemente-, convierten la lectura en un viaje de ensoñación. Como lectores vamos de la mano del narrador, prestos a dejarnos sorprender por vistosidad de una Guacamaya o la certeza de una metáfora colgando de los riscos inmensos de la geografía americana. Para oídos finos, imágenes bien talladas.

Aun así, debo resaltar algunos factores disonantes del libro, entre ellos que me sorprende que tomando como base ese viaje demencial y telúrico de Alexander von Humboldt, no se narren con mayor ahínco sus angustias humanas, esos tropiezos enormes que debió tener al enfrentar una empresa de tal magnitud. Ese descuido -u omisión voluntaria- da la idea de que estamos ante un ser semidiós, casi un híbrido griego hijo de la ciencia y la aventura, una progenie de Atenea y Apolo. Esto le da un aire mítico al libro, pero sacrifica el relato de las penurias de andar en un continente agreste, en un tiempo de muchas limitaciones para los viajeros, para los exploradores y, sobre todo, para una mente tan abierta y arriesgada como la de Alexander.

El cierre también me parece apresurado, quizás ya se habían escrito muchas páginas y las editoriales modernas también prefieren obras no tan extensas para estos tiempos. Pero Ospina no se detiene mucho en narrar con más aliento ese retorno a Europa y el impacto de la monumental obra que Humboldt presentaba a la humanidad. Apenas le dedica unas breves descripciones de ese otro periplo de quien retorna después de muchos años a su terruño y debe readaptarse. Un hombre con tantas experiencias vividas debió resultar fascinante para la sociedad europea y las historias surgidas de esos momentos pudieron ser múltiples. Empero, me agradó sobremanera descubrir la relación entre Humboldt y Edgar Allan Poe, Ospina me provocó la lectura de Eureka, ese extraño ensayo del genio del terror (aunque qué no era extraño en Poe); y esa ganancia de lectura es propia de los libros que quedan resonando en el lector una vez agotada su página final.

A manera de cierre, debo decir que William Ospina nos deja un nuevo libro que enriquece la biblioteca colombiana y americana, de paso les brinda a otros entornos la posibilidad de asistir a la narración de esa América que tanto desearon narrar Andrés Bello, Simón Rodríguez, Mutis, Bolívar, Yupanqui, y cientos de miles de pobladores de este continente cuyas vidas aún tienen muchas mitologías por recuperar.

Referencias bibliográficas

Lopera, Jaime. (2023). Humboldt en Herveo. (sobre Pondré mi oído en la piedra hasta que hable, de William Ospina). Disponible en: https://letralia.com/lecturas/2023/07/28/pondre-mi-oido-en-la-piedra-hasta-que-hable-de-william-ospina/

 

Ospina, William. (2023). Pondré mi oído en la piedra hasta que hable. Penguin Random House Grupo Editorial. Bogotá: Colombia.



[1] Docente de planta de la Universidad del Tolima, adscrito al departamento de Estudios Interdisciplinarios del Instituto de Educación a Distancia. Magister en Literatura Universidad Tecnológica de Pereira. Director del Grupo de Investigación Argonautas. Sus libros más recientes como coautor son: Memorias pedagógicas del IDEAD (2023) y El ensayo: cuatro modelos para su composición (2023).

[2] Expresión usada para caracterizar un texto cuya construcción formal desborda los límites clásicos impuesto para los géneros literarios.

enero 22, 2024

Elogio a la palabra escrita: 30 años en la UT

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universitario

 

En enero de 1994 ingresé a trabajar en la Universidad del Tolima. Lo hice apoyando la revisión de material editorial que se producía para los procesos de formación de los programas del Instituto de Educación a Distancia. El corto contrato (tres meses) estaba direccionando por Martha Faride Stefan Upegui a quien había conocido como docente de escritura mientras estudiaba Mercadotecnia en la Cooruniversitaria, hoy Universidad de Ibagué.

El trabajo consistía en recepcionar el material impreso (módulos, cartillas, guías), proceder a realizarle control de calidad, empaquetar y entregar a los estudiantes de los diversos programas del IDEAD, que entonces estaba dirigido por Luis Alberto Malagón. Éramos unos cinco “muchachos” los que nos encargábamos de este proceso. Para entonces mis aspiraciones académicas pasaban por estudiar literatura, por lo cual pensaba en migrar a Bogotá o Manizales, lejos estaba de imaginar que ya había pisado el territorio en el cual mis sueños empezaban a tomar forma.

En junio de 1994 el IDEAD abrió el programa de Español y Literatura, el cual operaba en convenio con la Universidad de Quindío, y para entonces, ya como supernumerario en las funciones de auxiliar de bodega del Fondo Rotatorio, decidí inscribirme al programa, el cual culminaría sin contratiempos. Durante esos años tuve la oportunidad de ver surgir algunos espacios comunicativos en los cuales me fui articulando como la Revistas Tertulia Circular, Universidad Abierta, El Salmón, y muchas más expresiones que se convirtieron en parte de mi pasión como universitario y en donde publiqué mis primeros textos.

En el año de 1996 gané un concurso de cuento y otro de poesía, los cuales fueron convocados por el Centro Cultural de la Universidad del Tolima en el marco de la celebración del día del idioma. El cuento ganador se titulaba “El teorema de Jorge” y los poemas llevaban por título “La rendija de los tiempos”, el cual terminó siendo mi primer libro de creación (poesía) publicado con el dinero obtenido en los premios y editado por Grafilasser Impresores. En 1998, siendo aún estudiante de la licenciatura, obtuve el Premio nacional de poesía para talentos menos de 30 años, convocado por Ministerio Nacional de Cultura, en representación del departamento del Tolima. Todos estos avances en mi formación literaria se iban moldeando desde los espacios académicos y extracurriculares que siempre ha tenido la Universidad del Tolima y que en cada época ha contado con adalides, talleristas, publicaciones y demás entramados formativos. La cultura, con sus agonías presupuestales, sus luchas colectivas e individuales, sus confrontaciones y logros, se ha erigido a lo largo de la vida universitaria en un bastión y un paradigma. Los ejemplos son muchos y valdría la pena un día hacer el esfuerzo de documentarlos de manera más sistematizada.

Hacia el año 2001, tuve la oportunidad de ingresar como docente catedrático (tutor) en el Instituto. Empecé con cursos de extensión, de los cuales recuerdo la experiencia de enseñar escritura creativa con un grupo de presos en la cárcel de Picaleña, labor de proyección social que generaba un impacto importante en términos sociales, abarcando poblaciones excluidas. Allí, desde el IDEAD, la Universidad del Tolima cumplía, como siempre lo ha hecho, -algunas veces con más ahínco y otras con timidez-, la función de entablar diálogos sociales con las realidades. Luego gané una convocatoria para orientar cursos en el Nivel Introductorio, un semestre que obligatoriamente cursaban todos los estudiantes que ingresaban a los programas de la modalidad a distancia. A la par seguía laborando en el Fondo Rotatorio, ya como Técnico Administrativo-Almacenista. Mi relación con los libros crecía, y desde allí veía fortalecerse la producción académica de los docentes quienes elaboraban material didáctico, guías de clase, compilaciones y módulos tanto para distancia como para presencial.

En el año 2005, ingresé a la Especialización en Gerencia de Instituciones Educativas, el primer posgrado en modalidad a distancia que ofertó la Universidad del Tolima. Por entonces el IDEAD había crecido de manera consistente y hacía presencia en múltiples territorios, incluso más allá de las fronteras del departamento del Tolima. La vocación de ofrecer formación contextuada, en las regiones y con programas que coadyuvan al desarrollo local y nacional, siempre ha estado en el ADN de la Universidad del Tolima, incluso desde 1969 cuando a través del programa Extramuros decidió romper los diques de Santa Helena e ir a los municipios del departamento. Hoy cuando se habla de educación con pertinencia regional, con enfoque rural y territorial, bueno es recordar este valor agregado, en especial con los programas de modalidad a distancia, las granjas, el Bajo Calima y tantos esfuerzos que constituyen un legado y un sello particular del Alma mater de los tolimenses.

En el año 2012, tuve la posibilidad de estar a cargo de la dirección del Centro Cultural de la Universidad del Tolima, en reemplazo de Julio César Carrión, quien estaba en licencia por enfermedad, allí hice parte del Comité Editorial de la Revista Aquelarre, en cuyos números también aparecen varios artículos de mi autoría. El entonces rector Héctor Villarraga (q.e.p.d) me nombró en ese cargo directivo, una vez retornó el titular y en el marco de la reorganización de la planta dada ese mismo año, pude volver al IDEAD como profesional a cargo de las publicaciones. Por entonces la directora Dra. Liliana del Basto me encomendó el reto de fortalecer dicho proceso. Ya había publicado mi primer libro de cuentos “Sueño Imperfecto”, en una convocatoria que realizó en 2009 el naciente sello Editorial de la Universidad del Tolima, el cual es hoy símbolo de producción académica, científica y cultural de la comunidad universitaria. También había participado en la creación de la Revista “Ideales, otra forma de pensar”, durante la dirección de Gerardo Montoya, la cual se editó para la celebración de los 25 años del IDEAD. Esta revista aún se edita, a finales de 2023 presentamos el número 16.

En el Sindicato de profesores universitarios (Aspu – Tolima), del cual hago parte desde el año 2008, como afiliado, secretario y luego presidente de la Junta Directiva de la Seccional Tolima, siempre lideré la construcción de pensamiento a través de publicaciones, como el blog y el Boletín Aspu Presente, en los cuales aporté como editor y muchas veces autor. En el año 2013 gané el concurso nacional de cuento RCN modalidad docente con el texto titulado “Díganle a Julio que la guerra terminó” y al año siguiente gané la convocatoria de docente de planta. Mi producción escritural académica y de creación ha estado ligada en gran parte a la Universidad del Tolima, más de diez libros publicados en su Sello Editorial dan cuenta de ello. Muchos escritos en compañía de otros docentes, productos de proyectos de investigación, ensayos, artículos y, por supuesto, poesía y cuentos.

Desde el año 2018, cuando fui nombrado en el cargo de Director del IDEAD, he procurado contribuir al fortalecimiento de la línea editorial de la Universidad y en particular del IDEAD. Por ello hemos abierto convocatorias de libros para docentes catedráticos, avanzamos en el fortalecimiento de 5 publicaciones seriadas (revistas de divulgación) de diferentes áreas del conocimiento en las cuales publican estudiantes, docentes, egresados y autores del orden nacional e internacional, y hemos apostado por la consolidación del proyecto IDEAD a través de la palabra escrita en boletines, separatas, libros institucionales, entre otros.

Ahora que hago balance de mi estadía en la Universidad del Tolima, y que celebro 3 décadas habitando sus sueños, viene a mi memoria la importancia de la palabra escrita en este largo y fructífero periplo. Quizás en este escrito olvide algunos proyectos en los que participé durante estos años, lo que sí es seguro es que las palabras hacen parte de la historia de la universidad y a través de ellas yo he podido cumplir mis sueños. Podría decir que en la Universidad del Tolima he escrito mi vida y ella, en gran parte, me ha dotado de las palabras.

agosto 10, 2023

La infancia evocada en los poemas de Alex Silgado

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Hace apenas unos días llegó a mis manos, de las mismas manos del autor Alex Silgado Ramos, el libro titulado “Antología Inacabada”. Sé que es costumbre colombiana no leer todos los libros que se compran, mucho menos los que se obsequian, pero en mi caso me ha gustado siempre contradecir las costumbres. Aunque muchos de los libros que se obsequian, y no pocos de los que se compran, no trascienden en el lector más allá de las primeras páginas, debo decir que la “Antología Inconclusa”, -que ni es antología ni está inconclusa-, logró sentarme a leer.

Debo decir también que la poesía posee una estrategia oculta que facilita su lectura y son la brevedad y el impacto de sus imágenes los ejes que guían esa provocación. Los dos artificios los encontré de plano en el poemario en cuestión, que tampoco es sólo poemario, es también bitácora de palabras narradas para viajar al pasado en donde la evocación es la trampa, porque “Un recuerdo es la piel de la infancia”[1]

Aunque el libro se divide en dos grandes capítulos (El patio y Retorno), creo que la división es sólo un pretexto para tomar aire y seguir mirando el pasado a través de la ventana del lenguaje. El libro todo es una evocación, porque quizás toda obra literaria no sea más que eso, un recuerdo que va tomando forma en un presente que lo convoca, como el médium hace con los fantasmas que habitan las habitaciones de la existencia.

Para Silgado esos fantasmas perviven en la “ancha tierra / que es mi infancia”. Es un mundo intemporal, que conecta el presente y va y viene trayendo esquirlas de la felicidad que la vida desgastó. La voz poética es consciente de ello al expresar: “El tiempo ha causado estragos en la piel que ahora visto”

Recordar, volver al patio de la infancia, escuchar de nuevo la voz de los abuelos, contemplar el mundo joven a través de los ojos asombrados de aquel niño que era capaz de ver que, “/el árbol de mangos / está cargados de canarios /o / que el canto de los canarios / tiene el sabor del mango maduro/”. Ese mundo distante es un mundo sinestésico, lejano pero vivo en la memoria de los sentidos. Traer de nuevo ese espacio es el clamor porque “ese patio era nuestra infancia” y lo recalca al recordar: “Habité ese patio como mi propia piel”.

El presente, el lugar desde donde se evoca, está construido de otros materiales porque la misma vida ha trastocado los paisajes, los entornos y por eso ahora se siente:

Un silencio entre tanto ruido

Una soledad entre tanta compañía

Un aroma entre tantos olores

 

De esa manera, el pasado es materia perfecta para darle forma a la nostalgia, podemos evocar para intentar sobrevivir, pero al final nos sentiremos lejanos de ese camino transitado, todo se ha transformado, los elementos han mutado y hasta:

La lluvia que

apenas ayer cantábamos

Hoy inunda todas las cosas.

 

Por eso la única redención está en recordar los rostros idos, los olores mixturados, los espacios diluidos en el tiempo; el presente sólo es posible si volvemos la mirada a lo evocado, por eso: “Ahora / es como caminar de espaldas”.

Tratar de explicar el tiempo ido es inútil, las palabras sólo sirven para construir un dique que ayude a soportar el presente. No es función de la poesía construir respuestas a esas antiguas conjeturas porque: “Los poetas no tenemos respuestas claras, sino que poetizamos para encontrar la oscuridad en la claridad y oscurecerla aún más”.

Los poemas compilados en “Antología Inacabada” de Silgado, son un pretexto completo para caminar el tiempo actual con el bordón del pasado, porque como afirma Jorge Gallarza: “El arte siempre ha sido un espejo, un medio de catarsis: da consuelo a aquel que se siente abrumado y abruma a aquel que tiene paz, no podría ser de otra manera, por eso es fascinante.”



[1] SILGADO RAMOS, Alex (2023). Antología Inacabada. Poemas. Editorial Caza de Libros. Colombia. En adelante todas las citas corresponden a esta edición.

noviembre 08, 2022

Deterioro de la salud mental y vida universitaria

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

El deterioro de la salud mental es como un fantasma que se pasea por la ciudad, los centros comerciales, los parques, la universidad. Se instala en las mentes, corroe los cuerpos y asfixia la cotidianidad. Está ahí latente, sentimos su presencia, pero, en la mayoría de los casos, estamos impotentes ante sus consecuencias y ni siquiera conocemos sus causas.

Según Medical News Today: “El cuidado de la salud mental puede preservar la capacidad de una persona para disfrutar de la vida. Hacer esto implica alcanzar un equilibrio entre las actividades de la vida, las responsabilidades y los esfuerzos para lograr la estabilidad psicológica”. Y ese equilibrio precisamente es el que está en riesgo y el riesgo aumenta ante la inoperancia de las instituciones encargadas de generar acciones que preserven la salud mental comunitaria.

En países como el nuestro, el cuidado de las emociones no está en las priorizaciones de las mayorías de proyectos de vida, sólo un pequeño grupo es consciente que este aspecto es vital para un buen vivir. ¿Y qué afecciones ponen en riesgo el equilibrio emocional? Los más importantes son el estrés, la depresión y la ansiedad, un tridente de mucho cuidado.

Una vez terminado el periodo de cuarentena por efecto del coronavirus, todos empezamos a retornar a los espacios colectivos sin ni siquiera pensar qué tanto habíamos sido afectados por esos dos años de encierro, pantallas, teletrabajo, estudio mediado y disrupción de la vida cotidiana. Se puede decir que pasado el encierro asistimos a un estado de estrés postraumático, ya que este puede ocurrir “después de que una persona experimenta o es testigo de un evento profundamente estresante o traumático” (MNT). El pánico, el miedo generalizado, el temor a morir, el aislamiento y muerte de familiares o personas del entorno cercano, el vacío total de la incertidumbre y muchos aspectos más, hicieron que el periodo de cuarentena fuera traumático para millones de seres cuya realidad quedó encerrada en una pantalla de PC o TV.

Volver a los espacios abiertos, las oficinas, las calles, el mundo del habitad moderno, trajo consigo el aumento del deterioro de la salud mental. Durante el confinamiento circularon informaciones importantes para cuidar las emociones colectivas. Las familias encerradas se fueron adaptando a una nueva manera de ser y estar, descubriendo en gran medida que se podían continuar realizando las actividades propias de las mayorías de los oficios. No obstante, un día cualquiera, de nuevo fuimos llamados al retorno, como soldados que regresan de la guerra.

David Anderson, director del School and Community Program del Child Mind Institute, afirmaba, cuando empezamos el retorno a los espacios escolares, que es frecuente que los más jóvenes sientan un particular cansancio para retomar las actividades de la antigua normalidad, entre ellas, los horarios los compromisos presenciales y otras. El psicólogo analizaba la afectación en la población estudiantil, pero podemos extrapolar estos mismos síntomas, para nuestro caso, en los docentes y el personal administrativo de la Universidad del Tolima.

Un ejemplo claro de ello es que, durante el primer semestre de retorno a labores académicas con encuentros presenciales, en el Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima, renunciaron a sus clases cerca de 130 docentes, más del 10 % de la población total de catedráticos.  Muchos afirmaron que ellos podían asumir los cursos si seguían mediados por TIC, pero que no querían retornar a los campus de manera presencial.

En esa misma línea, ya hace un año que Nubia Bautista, subdirectora de Enfermedades No Transmisibles del Ministerio de Salud, advertía, refiriéndose al retorno, que:

Es posible que esto genere estrés en algunos trabajadores, ya que se trata de un nuevo proceso de adaptación, que incluye preocupación por el riesgo de contagio, incertidumbre por la efectividad de las vacunas. También es posible que algunas personas hayan adaptado su vida familiar al trabajo desde casa y ahora les resulte difícil cambiarlo. Algunos estarán ansiosos por volver a la presencialidad, otros tendrán mucha resistencia o les costará mucho hacerlo. (2021)

No obstante, son pocos los programas diseñados, sobre las bases de estas predicciones, para mitigar el estrés de los empleados; la mayoría de las Instituciones simplemente “ordenaron” el retorno sin reparar demasiado en las problemáticas de la readaptación.

Es por esa razón que estamos atravesando por un delicado momento en donde la salud mental de las comunidades está en constante deterioro. El estrés rutinario, el agravamiento de la crisis económica mundial, la falta de empatía generalizada y la ausencia de una atención contundente, ha generado un gran caldo de cultivo de mal vivir emocional.

En el caso de la Universidad del Tolima son varios los síntomas que claman medidas inmediatas para que podamos establecer un mejor bienestar emocional. Los tejidos colectivos se rompen cuando las cargas laborales se convierten en un agobio constante debido a la falta de un adecuado ambiente emocional. Claro está que la tarea es de todos y todas, no se trata simplemente de “pedir” o “exigir” acciones y actividades que conduzcan al mejoramiento del ambiente laboral, se trata de entender la salud mental como una obligación de la comunidad en general. Cuidar nuestras emociones es un deber colectivo. Eso sí, se espera que los líderes, directivos y especialistas sean quienes tomen la iniciativa, nada se soluciona metiendo la cabeza en la tierra para no ver el llamado contundente de la realidad.