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noviembre 14, 2025

Nunca me sirvió ningún sombrero: breve reseña

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Cada vez son más los escritores que cultivan la minificción, aunque pocos llegan a dominar el arte del minicuento. La escritura breve requiere la sencillez de la concreción y la profundidad de una historia concisa pero bien contada. En un minirelato debe pervivir el arte de saber contar, de impactar, de permitirle al lector que se haga partícipe de la onda posterior a la lectura, eso que algunos llaman interpretación. Recuerdo lo anterior para resaltar el trabajo de la escritora bogotana María del Rosario Laverde, en el libro titulado Nunca me sirvió ningún sombrero, publicado por la editorial Cuadernos Negros, en el año 2024.

En este compendio de cincuenta minificciones, María del Rosario nos pasea por sucesos cotidianos de la vida moderna, con reflexiones acertadas sobre el amor, las relaciones de pareja, el trabajo y la ciudad. Estos son aspectos que la autora convierte en materia prima para dejarnos, en la mayoría de los casos, sucintos y bien logrados minicuentos.

La mayoría de estos textos pocas veces superan las 100 palabras; curiosamente, pierden potencia cuando sobrepasan dicha extensión. En general, María del Rosario deja entrever un trabajo juicioso y decantado que permite a un texto no convertirse en simple chiste, o una frase de superación, o quizás un pensamiento suelto, algo que muchas veces se confunde con el microrrelato.

Para mayor ilustración, veamos algunos ejemplos de su escritura en este libro, que sobra decir que recomiendo para una cuidada biblioteca sobre minificción:

Mal de ojo

Ese desconocido que pasa sin quitarme los ojos de encima, es el mismo que me decía en otra vida que nunca se iría de mi lado.

 

Circense

Ahora tengo una vida común y corriente, cada noche duermo en la misma cama y voy al trabajo de ocho a cinco. Pero no me importa. Alimentar a los leones nunca me divirtió y jamás pude caminar por la cuerda floja, tampoco me recuperé de la infidelidad del payaso, y me harté de empacar y desempacar. De vez en cuando sueño con que soy una estrella...

 

Fijación

No olvido el día que se fue de casa. Empaqué sus maletas, le ayudé a ponerse su abrigo, aunque todavía no comenzaba el invierno. Y lo vi alejarse desde la ventana. Desde entonces, todos los días son ese día.

 

marzo 03, 2021

Para avanzar, primero hay que recordar

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universitario

 

El Wéstern es uno de mis géneros cinematográficos preferidos, creo que alrededor de estas historias de caballos, pistolas, llanuras polvorientas, indios, trenes y disparos se ha logrado trasmutar el relato de la lucha de los seres humanos por domar lo indomable, por desentrañar la condición humana.

Después de muchos años es difícil contar algo que no haya sido narrado a través de este género, pero afortunadamente las mixturas generan nuevos productos de calidad como la película “Noticias del gran mundo”, del cineasta Paul Greengrass y con una actuación especial de Tom Hanks, de quien no recuerdo otra participación en este género.

La historia está basada en la novela de la escritora Paulette Jiles, con la que fue finalista en el 2016 en los National Book Awards. Trata de un viejo capitán (Kidd) quien debe vivir los terribles desencantos y secuelas de la posguerra, para lo cual se dedica a recorrer los polvorientos pueblos contando noticias de otros lares, las cuales son recibidas con beneplácito por los curtidos habitantes de estos perdidos pueblos.

Un día Kidd encuentra una niña abandonada que había sido raptada por los indios y criada por ellos. De origen alemán, Johanna debe padecer una doble pérdida familiar pues sus padres indios también fueron asesinados en esa lucha sin cuartel que siempre se relata en el oeste. Kidd decide llevar a aquella niña desprotegida de regreso los vestigios de un hogar lejano a cientos de kilómetros y en ese camino de regreso vemos, como a través de un calidoscopio, transcurrir la miseria y la ternura de un mundo que debe ser reconstruido.

 La película gira entre balazos bien dosificados y lentas travesías, para hacernos ver a través de los ojos de la niña el dolor y las consecuencias del desarraigo, la pérdida del entramado familiar y el cruce de culturas, logrando activar las fibras temblorosas en el relato, cuestión que siempre logra el cine bien elaborado.

Mención especial merece la actuación de Helena Zengel, la precoz actriz que logra condensar el dolor de la violencia y la ternura de la edad y que, con pocas palabras, más bien usando los ojos, la mirada y las expresiones corporales, nos regala una actuación digna de aplausos, y quizás hasta de premios. A su lado un curtido Tom Hanks no desentona y nos regala un sobrio papel de hombre en busca de historias para seguir narrando historias.

Relatar las noticias, contar historias, ese es el leitmotiv de la película. Y a fe que logra hacerlo, llevándonos de regreso a la imposibilidad del mundo arrebatado a Johanna, pero que consigue recrearse a través del universo de las palabras, las nuevas historias que siempre la vida, a pesar de las dificultades, nos depara.  Ella le permite al viejo capitán volver a narrarse a sí mismo y crear un nuevo escenario para darle las posibilidades a las historias que faltan por contar, porque como dice uno de sus diálogos: “para poder avanzar, primero hay que recordar”.

En buena hora a Tom y Greengrass se les ocurrió juntarse para llevar al cine esta novela. Los invito a encantarse dejando que, a los sentidos, penetre una bien contada historia.

mayo 21, 2020

DE LA UNIVERSIDAD DE PAPEL A LA UNIVERSIDAD EN RED


Por: Carlos Gamboa Bobadilla
Docente Universidad del Tolima

El 8 de mayo de 1945, Alemania se rendía definitivamente ante el ejército aliado, dando paso al comienzo del fin de la Segunda Guerra Mundial. 13 días después, a miles de kilómetros de allí también se daba fin a una batalla, más generosa y humana: la creación de la Universidad del Tolima.  El 21 de mayo, la Asamblea Departamental del Tolima firmaba la Ordenanza que constituía, al menos en el papel, el Alma máter de los tolimenses.
Ese lejano lunes, sin saber quizá la trascendencia de lo que allí se rubricaba, el esfuerzo del diputado conservador Lucio Huertas Rengifo se hacía realidad entre los folios que permanecerían traspapelados durante una década. Harían falta la iniciativa popular y la voluntad política de un militar, el gobernador César Cuéllar Velandia, para que aquella Ordenanza volviera a ver la luz, justo en 1955[1]. Un parto largo, dirían las abuelas, el que tuvo la Universidad del Tolima.
Veinte años no es nada, cantaba Gardel, pero el tiempo de la nostalgia no es el mismo que el de la necesidad de educación. Una década perdida entre escritorios y archivos duró la Universidad del Tolima. Como si al nacer estuviese poseída por un extraño designio, propio de los cuentos de los hermanos Grimm, su nombre deambuló a la deriva de la desidia burocrática, ese mal tan antiguo del cual no tenemos fecha inaugural. Una institución de papel, solo con un nombre, errante y sin un lugar fijo donde abrevar, sin programas, sin el bullicio de los estudiantes a la hora de la salida, sin docentes, sin tertulias, sin protestas, sin trabajadores. Diez años de olvido.
La Universidad de papel era un sueño escrito en un pergamino, pero al fin y al cabo un sueño. Ya sabemos que mientras los deseos sean encarnados por alguien, algún día encontrarán el humus necesario para germinar. Por eso en 1955, en el mes de marzo, se daba apertura a los estudios superiores con la Facultad de Agronomía. La espera había dado un buen fruto.
Hoy, 75 años después, la Universidad del Tolima enfrenta otra batalla, una de las tantas que ha tenido que lidiar en su existencia. Esta vez el enemigo es universal, se hace llamar Covid-19 y muchos afirman que llegó para quedarse. Este virus ha logrado lo que no pudieron hacer los militares, los malos gobiernos, los largos paros, las desfinanciaciones y otros trastornos que han inoculado la vida universitaria: logró que todos abandonáramos el campus de Santa Helena, no sabemos por cuánto tiempo.
Un día normal la noticia se hizo masiva… todos deberíamos resguardarnos en nuestras casas. Los estudiantes dejaron vacío el parque Ducuara, las cafeterías aledañas, las fotocopiadoras y los bares. Los profesores no estarían más conversando entre clases, o degustando un buen tinto a la entrada de la Universidad. Los trabajadores tuvieron que marcharse con cientos de folios debajo de sus brazos a realizar «trabajo remoto» desde sus casas-oficinas.
Todo sucedió de repente, y como dice Silvio Rodríguez aprendimos que: “Lo más terrible se aprende enseguida / Y lo hermoso nos cuesta la vida” … entonces, nos tocó empezar a reinventar la Universidad en la Red. Los acrílicos se volvieron tabletas, los escritorios se trasformaron en PC. Las bibliotecas mudaron a la web, las conversaciones al chat. Tuvimos que aprender a encontrarnos en los espacios virtuales, esos mismos en los cuales quizás estuvo atrapada la Ordenanza de creación durante 10 años.
Desempolvamos los teclados y nos conectamos al gusano digital del mundo. Muchos con miedo, prevención y asombro. Otros con desencanto. Otros creyendo que eso sería pasajero, cuestión de un par de días. Pero todos atónitos, la Universidad, sus árboles frondosos, sus sedes lejanas con esos actores que nunca vimos, sus egresados diseminados por el mundo entero, sus producciones, sus investigaciones, sus conflictos y afujías, su gente, todo había sido trasladado, como por un acto de magia, al no lugar: La red.
75 años después del nacimiento nos vemos obligados a nacer de nuevo. Reinventar los currículos, las prácticas, las interacciones, las formas de encontrarnos, las formas de hacer arte y hacer ciencia. Todo es antiguo, pero tiene que hacerse de otra forma, lo cual necesariamente conducirá a lo nuevo: programas, pedagogías, normatividades, todo parece tener que ser readecuado.
Quizás ya no podamos visitar las tiendas universitarias, hacernos debajo de un árbol a leer, jugar microfútbol en el Coliseo, atragantarnos de calor en los “galpones”, estrujarnos en la fila del restaurante, pasearnos por el silencio de la biblioteca Rafael Parga Cortés, mirar el nuevo grafiti que ha inundado las paredes o encontrarnos un rato en cualquier esquina a conversar.
No sabemos cuándo podamos viajar a uno de los tantos Centros de Atención Tutorial que tiene la Universidad del Tolima en todo el país, o la Graja de Armero, o al bajo Calima. No tenemos certeza de casi nada, solo de que debemos conservar la idea de Universidad Pública, su alto designio, la de formar y abrir sus escenarios para los más desfavorecidos, esos mismos que clamaron hace años para que la revivieran de esa muerte transitoria en un papel. Quizás todo deba ser reconstruido en el espacio de la red. Lo único seguro, y esto sí es una certeza, es que el Ethos de la Universidad del Tolima, hoy 75 años después, sigue vivo.



[1] Fuente: Jaime, Beatriz. Fragmentos de memoria. Luchas, tragedia y vidas que forjaron la Universidad del Tolima. 2018.

marzo 29, 2020

EL VIRUS DE LA NORMALIDAD

Imagen: El Bosco

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima –IDEAD-

0.0
Mientras me desplazo de link en link, de web en web, de chat en chat, voy intentando procesar esta nueva realidad que a todos nos acometió, como la incertidumbre que te acecha a la vuelta de la esquina.
Los estudiantes, los docentes y los trabajadores de cientos de campos productivos, tratamos de responder a esas nuevas lógicas que la pandemia nos ha hecho redireccionar. Algunos ya están agobiados, otros perplejos y otros entienden que este es el inicio de una cadena de sucesos que conducirá a la aceleración de transformaciones en la educación, el trabajo, la vida.
Muchas de las cosas ya estaban ahí transformándose de manera lenta, como lenta es la evolución, que siempre sufre aceleraciones, como cuando un meteorito impactó la tierra y precipitó el ciclo evolutivo. Hoy el virus impacta desde adentro y eso actuará significativamente en el sistema llamado tierra, porque créanlo o no, estamos interconectados, somos parte de un solo y enorme organismo.
1.0
Mientas en todo el mundo los médicos, las enfermeras, los bacteriólogos y muchos otros profesionales están en este momento salvando vidas o intentando hacerlo, los demás parecemos a la expectativa. Aún bloqueados por el shock, por el resplandor del meteorito que cayó y alteró nuestra cotidianidad.
Ya no nos levantamos como hace un par de meses, a tasar nuestra existencia en el marco de un modelo que hábilmente nos había enseñado a mostrar lo generoso del mundo y tapar lo horroroso. Muchos se sentían seguros de la existencia, sin ver los márgenes, sin observar el deterioro camuflado entre las multitudes. Lo importante era producir, consumir y volver a producir.
Mientras miles de mujeres y hombres de ciencia están en laboratorios buscando una cura contra el virus o diseñando algún medicamento que mitigue su avance ¿qué hacen los profesionales de las ciencias humanas y sociales? Los filósofos, dados a la constante reflexión ya han dicho algunas cosas importantes, hasta Zizek cuya productividad discursiva se asemejaba a la productividad del sistema que critica, ya se atrevió a publicar un libro sobre el Covid-19 y sus consecuencias. ¿Y los demás?
Quienes llaman al pánico de las ideas y a diario hacen circular sus escritos digitalizados, memes, diatribas, audios saturados de miedo y demás artefactos discursivos, en su mayoría pertenecen al mundo de las ciencias sociales. Aún no logramos atrapar en nuestras manos el “objeto de estudio”, por eso vamos de aquí para allá, como bipolares el día del apocalipsis. Un día se piensa en los retos del nuevo estado de las cosas y los fenómenos, otro día lanzamos alaridos de angustia ante la desolación y la catástrofe. Otros días simplemente enmudecemos.
2.0
En el campo de la educación nos enfrentamos, de entrada, a nuevas formas de hacer el oficio, pero acá está cambiando la educación como un todo, de fondo debe mutar el proyecto de formación humana. Quizás desde la gran revolcada que el humanismo le dio al mundo de las ideas, no había existido otro momento de tan profundo debate. ¿Para qué estamos formando? Pregunta iniciática que volverá al estrado de los juicios pedagógicos. ¿En qué estamos formando?, será la pregunta consiguiente, y de ahí se derivarán muchas más.
La primera instancia de miedo y resistencia se ha dado frente a los medios digitales, al menos en nuestro contexto. Y es obvio que así sea, porque a pesar de que el uso y acceso a dispositivos tecnológicos es una categoría que aparece hace más de treinta años en los diseños curriculares, la adaptación había sido muy lenta.
Resistidos por quienes afirmaban que esos “usos” deterioraban la calidad de la educación, solo los programas virtuales y a distancia habían logrado profundizar en los escenarios de las mediaciones pedagógicas de manera amplia y concreta. También en la antigüedad muchos se negaron a abandonar los monasterios en donde eran guiados por monjes, para llegar a las escuelas y sus aulas dirigidas por maestros. Los dibujantes en sus inicios odiaron y temieron la cámara fotográfica, los docentes de tiza y tablero desconfiaron del video beam. Hoy nadie duda de la necesidad de la escuela, la cámara y el video proyector.
Ahora causa gran preocupación que los estudiantes no tengan un computador, un medio digital e interconectividad para asumir los cambios de la mediación pedagógica, y esa preocupación es real, hay datos, discursos y pruebas para constatarlo. Muchos usan esta evidencia para que las clases se suspendan, sobre todo en los modelos de la presencialidad, para quienes el campus aún es (era) un territorio fijo, limitado y físico. Ese campus ya no existe (existía) en esas dimensiones, ahora lo estamos descubriendo.
4.0
Antes del virus y la aceleración del uso de mediaciones pedagógicas para que la educación sobreviva a la cuarentena obligatoria, ya existían males peores que la falta de un PC o un plan de datos.  En Colombia, el índice de deserción académica está por el orden del 45 % y más. Gran parte de esta deserción se da porque el alumno no tiene la manera de mantener los mínimos para estudiar: fotocopias, compra de libros, apoyos para subsistir, un buen almuerzo, el transporte, el arriendo para mantenerse en una ciudad capital siendo de provincia, entre muchos factores más.
No escuché de un movimiento estudiantil y profesoral que planteará que no iniciaría clases hasta que el último estudiante no tuviera estas condiciones mínimas para subsistir durante el semestre. No obstante, hoy en todo el país, vemos cómo crece la idea de que los programas, sobre todo los de presencial, no inicien hasta que haya normalidad. ¿Cuál normalidad? ¿La que acabo de describir?
Tendríamos que incluir en este inventario dos aspectos más, la exclusión del ingreso a la educación superior, sabiendo que de cada cien jóvenes apenas al sistema ingresan entre 20 y 30, de los cuales ya dijimos el 45 % nunca culmina el proceso. Además, la mortandad académica, ese otro monstruo silencioso que expulsa estudiantes de las aulas universitarias y que nadie diagnóstica y corrige.
5.0
El virus nos ha ayudado a quitarnos muchas vendas que cubrían los ojos con los que contemplamos la realidad. Las precariedades con las que muchos estudiantes se mantenían en las carreras universitarias era (es) el pan cotidiano de los campus. Ahora han mutado a otro lugar, el estudiante que está en la provincia ya no tiene que conseguir la plata del transporte o el pago del arriendo en la capital, ahora debe poseer un PC moderno y un plan de datos.
Y es cierto que muchos no podrán acceder a estas nuevas formas de mediación pedagógica como antes otros no pudieron acceder a la educación superior, pero ahí está el reto, en no dejar que todo vuelva a la “normalidad”, sino que el coletazo del asteroide Covid-19 nos permita repensar las garantías de la educación y el porqué y para qué de la misma. Por eso detenernos no puede ser la salida inteligente, el sistema debe seguir activo, porque al parar alimentaríamos el algoritmo de la exclusión. La tarea consiste en incluir y la lucha debe darse en ese campo. ¿Internet gratis para estudiantes y docentes? ¿PC para educar desde el Ministerio de las Tics? El camino debe ser construido y transitado.
El virus nos hizo ver el mundo como era, ahora los muertos se contabilizan bajo la supervisión de elaborados algoritmos de la Big Data. Asistimos al espectáculo mediado de la pandemia con drones en cada rincón del planeta. No obstante, los muertos de antes se contaban por miles, morían por muchas causas y variadas enfermedades, pero no se llevaba una contabilidad planetaria de los mismos.
6.0
La realidad actual tiene mucho de la antigua, solo que ahora es más visible. Esperemos que cuando culmine la nueva jornada de pánico la vida no vuelva a la normalidad, porque esa normalidad fue la que puso en riesgo la vida.

febrero 11, 2019

Abierta la convocatoria para participar en la Revista Ústelee, hojas para reciclar. No .6

Introducción
La Revista Ústelee, Hojas para reciclar, es un proyecto editorial encaminado a salvaguardar la palabra agonizante. Esa palabra  borrosa de los trabajos académicos los cuales, después de sopesados por el ojo del docente, terminan en las canecas de la basura. Muchos de esos trabajos fueron intentos por decir algo y no hay que olvidar que toda obra nace con esa misma pulsación.
Durante cinco entregas, Ústelee se ha alimentado de esos textos producidos en los cursos del programa de Comunicación Social y Periodismo de la Facultad de Ciencias Humanas y Artes; así como del programa de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana del Instituto de Educación a Distancia, con algunas participaciones externas a la Universidad del Tolima. Poco a poco se ha ampliado el rango de participación, con aportes de diversos Centros de Atención Tutorial del IDEAD y de otras Facultades y Programas de la UT. Esperamos que esta lógica siga creciendo.
Convocatoria
Hoy empezamos la construcción de la sexta entrega. Los textos e imágenes pueden ser remitidos al siguiente correo: cgamboa@ut.edu.co. El plazo dado para el envío de trabajos es hasta el 15 de abril de 2019. Para revisar cada una de la sesiones y sus respectivos tipos de textos, dejamos los links en donde encontrarán los cinco número anteriores. Contamos con su participación porque estamos convencidos de que Ústelee…

diciembre 05, 2017

EL PODER DE LA PALABRA

En el II Concurso nacional universitario de microrrelato 2017, convocado por la Universidad EAFIT, destacan como uno de los 8 trabajo seleccionados un minincuento de mi autoría el cual comparto aquí:

El poder de la palabra
Aldemar nunca creyó en el poder de la palabra, para él las frases eran solo vacíos en el vacío, murmullos carentes de autoridad. Nada más le agradaba que lo concreto y, según él, el lenguaje era muy ambiguo.
La noche que fue detenido, como sospechoso de dar refugio a un rebelde, firmó el formulario de la comisaría con su puño y letra. Alegó que lo confundían y pensó que todo se aclararía pronto.
Durante los dos meses que estuvo en los calabozos de la Sexta Brigada, guardó la esperanza de que los gobernantes reconocieran el marco de su ideología. Odiaba los discursos de cambio, ellos deberían notarlo en sus pesquisas. Sin embargo cada tres días era torturado, aunque no tenía nada que “cantar”.
Pasaron los meses. Las batidas aumentaron en la misma proporción que la resistencia. Pronto los calabozos estaban saturados. Aldemar ya no era útil. No tenía nada que decir. El comandante firmó la orden.
De pie frente a los cuatro soldados Aldemar reiteró su inocencia. Entonces entendió el poder de la palabra, justo cuando escuchó al comandante, sin ambigüedad, gritar:

-¡Alisten, apunten, fuego!

agosto 17, 2016

La realidad del periodismo en Colombia en la novela "Suicídame" de Andrés Arias




Por: Carlos Arturo Gamboa B.

La novela realista cumple una función vital para entender el espíritu del tiempo en que se realiza y en la que habita el autor, pero no siempre logra, sin sacrificar la estética, combinar ficción y realidad. La novela Suicídame de Andrés Arias es un buen ejemplo de que se puede lograr equilibrio entre denuncia social y literatura, tal vez rememorando los postulados que Jean-Paul Sartre nos hacía sobre la necesidad de establecer una mirada de crítica en la literatura y desde allí establecer interpretaciones artísticas del fenómeno social, porque:
La literatura está penetrada de socialidad. Los materiales que utiliza provienen esencialmente de la sociedad, de la historia de la sociedad. Resulta inconcebible escribir el texto más mínimo sin que por él, de un modo u otro, pase la historia y, desde luego, la sociedad, con sus divisiones, sus conflictos, sus problemas (Citado por Hombravella, 1973, p. 16).
Ahora bien, Andrés Arias es comunicador social y literato, con una vasta experiencia en los medios de comunicación en Colombia, lo que dota la historia de una verosimilitud absoluta, pero sin ser copia total de la realidad; acá la narrativa como representación se regodea con la realidad y le permite al lector, por momentos, pensar que está leyendo un testimonio del tiempo aciago en que habitamos, pero no podemos olvidar que la literatura vas más allá de ser simple copia o duplicado de la realidad.
Divida en 18 capítulos, Suicídame plantea la historia de un periodista veterano, subsumido en los poco honestos entramados de los medios de información, atrapado entre sus sueños pasados de realizar un buen oficio: “Durante casi veinte años trabajé en La Libertad. Cuando me fui hastiado de tanta sangre, ya llevaba mis buenos años como editor de la sección judicial” (Arias, 2010, p. 16), nos dice el personaje central, Antonio Fandiño, no más despunta la novela. Ese tono pesimista sobre el oficio del periodista cruzará totalmente la novela. Ese hombre cansado de ver la realidad opacada en los medios, la manipulación de las noticias, los medios al servicio obsecuente del poder y la desmitificación del oficio, se encuentra de pronto obnubilado por la valentía de una joven practicante que llega a la revista Vistazos. Ella es Margarita, quien le dará vueltas al mundo de confort que construye un medio sometido a los caprichos de un gobierno corrupto hasta la médula y que le recuerda a Fandiño la razón de ser del oficio: “Soy periodista, los periodista investigamos y escribimos” (p. 50), algo que no sucedía en la revista Vistazos.
Por lo tanto, en ese encuentro se gesta la trama, las historias están frente a los ojos de los todos, pero ellos, en su mayoría, son medios de Palacio, dedicados a contar lo que el poder de turno desea que se cuente y a ocultar lo innombrable; la realidad se ignora porque “…es mil veces más compleja que la ficción, y por lo tanto escribirla también lo es” (p. 62). Entonces, el viejo periodista ve aparecer ante sus ojos las visiones de un pasado militante, crítico, soñador y deseoso de cambio, pasado que llega para confrontar ese mundo que de comodidad y alienación que construyó. Margarita aparece para recordarle que algún día fue distinto y ahora solo es un espíritu domado por el establecimiento y sus métodos, “era el mejor de los empleados porque era incapaz de desobedecer” (p. 135).
Como era de suponerse, el espíritu inquieto de Margarita la lleva a escribir un artículo en contra del establecimiento, en contra del mismo presidente de la república, alguien que está en el poder reelegido, alguien que está cuestionado por los métodos violentos que usa contra la oposición, alguien que manipula todo desde el Palacio, alguien que logra adormilar a todo un pueblo, lo cual conlleva a preguntar al narrador:
¿Por qué la gente no lo notará? ¿Por qué seguirán comprando felices la revista y leyéndola fascinados de comienzo a fin sin reparar en que lo que se tragan como periodismo no es más que el directo mensaje subliminal de la gente de Venero… como olvidarán también al que ha tenido que huir, al desaparecido y al silenciado? (p. 148)
Y Margarita entonces desaparece luego de la publicación, Fandiño es despedido por actuar como cómplice de aquel artículo y empieza un periplo por establecer la verdad de todo. En un país de miles de desaparecidos, Margarita es apenas un número más, alguien que quizás huyó, renunció o se fue del país; sin embargo, sabemos que fue desaparecida porque “… la muchachita se atrevió a publicar lo impublicable” (p. 185).
Ahora bien, la novela sigue su curso en una fatal coincidencia con la realidad del país, la desaparición de la practicante solo le interesa a su familia, su círculo cercano de amigos y a Fandiño, quien se obsesiona con saber la verdad que ya sospecha, aunque: “Las noticias parecían las mismas de siempre, como si el mundo no hubiera cambiado…La mismas guerras, las mismas masacres, los mismos muertos, los mismos robos, la misma publicidad encubierta, las mismas mentiras. La misma basura” (p. 204). Y sin la verdad queda la certeza de la realidad, así lo reconoce el viejo periodista: “Ahora que lo pienso, a Margarita no la mató meterse en el bajo mundo; lo que la mató fue hacer público lo que había de bajo en el más alto de los mundos: el del poder” (p. 231).
Para finalizar, basta decir que la novela juega de manera magistral con la realidad, nos transporta a nuestro presente como si él fuera un tiempo ido, nos recuerda la miseria de país que han construido unos pocos y que padecemos las mayorías, nos enfrenta a la manipulación de la que somos objeto y nos conduce por los laberintos de nuestra cotidianidad. Si existe un lector que desee ver nuestra terrible realidad novelada, Andrés Arias nos regala este agradable espejo. Toca leerla, en otro tiempo no muy lejano hubiese sido prohibida, o su autor hubiera corrido el mismo destino que la protagonista.
Referencias bibliográficas
ARIAS, Andrés. (2010). Suicídame. Bogotá: Ediciones B Colombia. S.A.
HOMBRAVELLA, Francisco J. (1973) Qué es la literatura. Barcelona: Biblioteca Salvat Grandes Temas.