Carlos
Arturo Gamboa B.
Docente
Universitario
Desde su aparición, las redes
sociales se fortalecieron rápidamente como escenarios comunicativos y, en
parte, esto se debió a la sensación de libertad que se tejió en ellas. Decir lo
que el hablante desea decir, sin grandes restricciones, era el sueño que la
«sociedad de opinión» no esperaba cumplir tan pronto. Pero se dio, y este
fenómeno desató el delirio colectivo comunicativo que hoy vivimos y padecemos.
Y si el panorama ya era
preocupante para la posibilidad de construir relatos veraces, ahora aparece en
escena la inteligencia artificial como herramienta propicia para darle forma a
los delirios. Si deseas que alguien muera, tienes una herramienta digital y un
clic disponibles para que tu deseo se haga noticia falsa con encubrimiento
verdadero, porque sabemos que "una imagen vale más que mil palabras".
¿Y si la imagen es falsa? Pues parece que no importa, mientras y cuando el
deseo individual o colectivo sea satisfecho.
De esa manera, las denominadas
redes sociales se van tornando en antisociales, porque el objetivo de comunicar
con veracidad se desplaza para mentir, para satisfacer el oscuro pozo de los
deseos. Ya no se trata solo de luchas ideológicas, se trata del sacrificio de
la veracidad a cambio de la concretización de los perversos deseos que habitan
en la conciencia social.
Por eso abundan (y son
consumidas) millones de noticias falsas que en el fondo satisfacen el deseo de
quienes las producen y quienes las difunden. ¿Quieres matar al tirano
que odias? ¿Deseas ver prisionera a una mujer que está por fuera de tu gama de
valores? ¿Añoras ver un ídolo caer en desgracia? ¿Quieres ver triunfar al
político que admiras? Es muy fácil, todos esos deseos están a tu alcance; haces
clic y la imagen construye el muerto, la prisionera, el ídolo caído, el
político triunfante. Hoy los humanos actuamos de co-creadores de falsedades,
como si fuésemos hijos de Loki, el dios mitológico nórdico de la mentira.
Hoy todos nuestros deseos, individuales y colectivos, se pueden escenificar en el teatro virtual; el problema es que ya muy pocos somos conscientes de la ficción y sus implicaciones; ahora todo parece ser real y verdadero. De seguro, con esta manía desbordada, estamos fortaleciendo una sociedad esquizofrénica.
La verdad
yace enterrada y ni siquiera tenemos certeza de dónde está su tumba, para ir a
visitarla.
