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febrero 11, 2026

La adolescencia como autodestrucción

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Escritor colombiano / Docente Universidad del Tolima.

 

A veces en los anaqueles duermen los mejores libros sin ser abiertos; igual pasa con ciertas películas o series televisivas que no alcanzan un gran rating en el momento de su estreno, pero quedan alojadas en las plataformas y de vez en cuando algún curioso espectador da cuenta de ellas. Es lo que sucedió en este caso cuando encontré, en Netflix, la serie de dos temporadas y 16 capítulos titulada “The End of the F***ing World”, que data de los años 2017-2019.

La serie presenta la historia de dos adolescentes (James y Alyssa), quienes se encuentran palpitando en esa edad en la cual el mundo parece no contener los elementos mínimos para albergar la inquietud de esa esplendorosa y terrible etapa de la vida. Se encuentran para atraerse y rechazarse, pero no es simple encuentro hormonal; es la coincidencia de dos temperamentos guiados por la autodestrucción, el nihilismo y la búsqueda de un lugar fijo en el mundo. Lo que viene después de ese encuentro es cine puro, aunque sea una serie.

Huidas, preguntas, crímenes, dudas, fugas y todos esos elementos dramáticos de la historia convierten a los despabilados jóvenes en una reencarnación más letrada de Bonnie y Clyde, con un lenguaje más obsceno pero, por lo mismo, más sincero; con una búsqueda más desesperada y con la esperanza de hallar algo que aún no se sabe qué es. “The End of the F***ing World” nos muestra ese mundo actual en el cual los sueños juveniles poseen un destino claro y prefijado, pero cuya ruta no configura los deseos de los jóvenes. Las familias colapsadas son el síntoma de un tiempo en el cual se sobrevive, pero no se vive, atados a las demandas de una sociedad que pareciera estar dispuesta a que nadie sea feliz y que, en una especie de venganza colectiva, nos quiere conducir a todos al mismo pantano de la cotidianidad.

El humor negro y la ironía son los escenarios predilectos para contar la historia, acompañada de una banda sonora pulcra a cargo de Graham Coxon, quien fuera guitarrista de Blur. La fotografía también destaca, aportando unos tonos secos que van con la sensación de tristeza y pérdida constante que transmite la trama. Todo esto dirigido por Jonathan Entwistle y Lucy Tcherniak, quienes aciertan ordenando cada uno de los elementos.

La serie da vida a la novela gráfica del mismo nombre, de la autoría de Charles Forsman (1982), un dibujante estadounidense, quien es autor de otros trabajos llevados a la pantalla como “Esta mierda me supera”. Los actores principales que dan vida a los dos adolescentes hacen un trabajo superlativo y, en parte, gracias a ellos logramos conectarnos con ese mundo que nos proponen los directores y el autor; se trata de Jessica Barden y Alex Lawther.

En definitiva, “The End of the F***ing World” es una joya que da vueltas por ahí en el mundo algorítmico de las plataformas actuales en espera de que espectadores ansiosos de buenas historias y buenos montajes la saquen de su famoso anonimato.

octubre 10, 2025

Ed Gein, el monstruo desdibujado

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

La tercera temporada de Monstruos (2022-2025), la serie de Netflix ahora centrada en la vida de Ed Gein, generaba muchas expectativas para su estreno. Las dos apuestas anteriores se basaron en las historias criminales de Jeffrey Dahmer, en la primera temporada, y los hermanos Meléndez en la segunda, logrando elevadas audiencias por la cercanía de las series con las atormentadas vidas y larga lista de aberraciones de los personajes.

En esta entrega del 2025 apostaron por uno de los asesinos seriales más enigmáticos de la cultura estadounidense, país plagado de personajes enfermos y amantes de la sangre y el crimen: Edward Theodore Gein, quien llevó la sevicia a extremos inhumanos. Sus crímenes y comportamientos han sido objeto de cientos de estudios, películas y documentales; su nombre se incluyó en la cultura moderna como un arquetipo de enfermedad mental, apetito desbordado por la necrofilia y el profundo misterio comportamental de sus actuaciones.

Precisamente ahí es donde la serie Monstruo: La historia de Ed Gein (2025) pierde su rumbo. Escoger un personaje tan conocido para ahondar en su historia criminal trae sus problemas y los creadores, Ian Brennan y Ryan Murphy, pierden el control de la historia. Su apuesta, a diferencia de las temporadas anteriores, es irse por las ramas de las intertextualidades cinematográficas que ha generado el nombre y la vida atroz de Ed Gein; por lo tanto, abandonan el personaje central y evitan profundizar en los hechos particulares del asesino, su mentalidad, sus causas y traumas. Si bien le dan una pequeña pincelada a estos aspectos, se queda en lo superficial, nada que no hubiera abordado Alfred Hitchcock en su famosa película Psicosis (1960). Además, cuando se revisan los archivos históricos, encontramos una distancia abismal entre los hechos reales y lo contado en la serie. Es decir, se pierde verosimilitud y no se afianza la ficción; así la serie queda entre dos aguas, flotando a la deriva.

En esencia, la historia de Ed Gein se ha deformado aún más en esta apuesta, tanto así que aparecen personajes como la supuesta novia Adeline Watkins con un rol central en la vida del asesino, rol que en la vida real nunca tuvo; así mismo, la serie le atribuye asesinatos a Ed, crímenes que nunca fueron probados, como el de su hermano Henry. Lo que sí es de destacar es la actuación de Charlie Hunnam, quien es capaz de personificar la mente atormentada y desociada del carnicero de Wisconsin. La ambientación y la fotografía son otros elementos que hacen de la serie un producto audiovisual destacado.

La metodología de cruzar la vida de Ed Gein con sus aportes a la criminalidad y a la cultura cinematográfica es una buena idea; el problema es encasillar esa idea al formato que hasta ahora nos venía presentando la serie Monstruos. A veces la forma hace fracasar el contenido, porque, al menos en mi caso, me he quedado con las ganas de entender con más detalle una mente criminal tan sui géneris, cuyas acciones hacen palidecer a los más atroces asesinos.

octubre 05, 2025

Un poeta: la radiografía del malditismo poético en el cine

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Los llamados poetas malditos franceses (siglo XIX) se dieron a la tarea de la destrucción de todos los sentidos y con el zumo de sus escombros hicieron poesía. Rimbaud, quizás el mayor de sus exponentes, fue el más eficiente en ese oficio. Su legado quedó en la historia de las letras y su método se propagó por el mundo, generando imitadores a diestra y siniestra. En Colombia, esta semilla encontró buena tierra para su lamentable y pintoresco desarrollo.  A la par de los poetas malditos nacionales, se malformaron sujetos poéticos bastante sui géneris: los poetas malitos.

Ellos, ebrios en todos los sentidos, nocturnales hasta la médula, tocados por una extraña musa de la autodestrucción en busca de la metáfora perfecta, hacen parte de un enorme inventario de vidas arruinadas, y más bien pocos poemas destacados. Los nadaístas fueron parte de esa cosecha, quizás los más notorios. En mi opinión, el mejor y más coherente de ellos fue Darío Lemos, porque el bardo antioqueño fue capaz de llegar al límite del arrojo para terminar solicitando, al final de su trágica vida, que alguien le cambiara su obra por una silla de ruedas. Su autodestrucción estaba por encima de su producción poética: “Mi vida es mi obra, lo demás son papelitos”, dijo orgulloso mientras su pierna gangrenosa se amputaba.

Aún en este siglo pervive ese malditismo, no solo entre poetas, también entre pintores, escritores de todos los géneros y los desgéneros, artistas del trampolín de la vida y de las artes. Parece que el malditismo es una agria etapa de quienes aspiran a hacer sangrar las musas del arte. Algunos se quedan toda su existencia habitando aquella oscura noche, otros huyen a los brazos de la religión -porque el camino a las iglesias está empedrado de vicios-; pocos, muy pocos alcanzan el fulgor de la palabra.

Esta reflexión la escribo como emoción posterior a mi encuentro con la película "Un poeta" (2025), la cual se erige como artefacto estético que encumbra ese personaje estereotipado. Este es un filme hecho con fragmentos de mil vidas que se le asemejan y, como un espejo, refleja la angustia, la desolación y la agonía de sentirse poeta en un mundo sin poesía, pero con enormes toneladas de material para hacerla brotar si los poros dejaran de supurar tristeza.

El director, Simón Mesa, logra construir una ópera que nos conduce a los senderos de la lástima, la desesperación, la risa y la solidaridad con el personaje central Óscar Restrepo, quien se erige como la reencarnación de todos los poetas malditos y malitos de estas latitudes. Como espectadores sabemos de su tragedia, pero nos declaramos impedidos para extender una mano solidaria que lo ayude a brotar de su mísera cotidianidad. Eso sí, guardamos la esperanza de que la poesía lo asista en cualquier momento, porque la película también funciona como metáfora de la creación, del trance del artista entre la realidad y la obra. Para encontrar las palabras adecuadas se debe bucear en lo profundo y no siempre las aguas son claras; por lo general permanecen putrefactas.

De "Un poeta" se han escrito ya una buena cantidad de reseñas, análisis, elogios, todos ellos merecidos; ahondar más en esas visiones es redundar. Va a convertirse en una producción de esas que cada tiempo surgen en Colombia para recordarnos que la mejor materia prima para el arte es la introspección de la mirada para recrear la realidad. Por ello, esta película será premiada y recordada, porque es un homenaje transparente a quienes siguen buscando las palabras para hacer un poema, en medio de las urbes atestadas de dramas humanos que cada vez repelen más la poesía y naufragan en la triste prosa de los días.

septiembre 15, 2025

Un poeta (en estado crudo), la reciente película colombiana de Simón Mesa Soto

 


Por: Nelson Romero Guzmán

Profesor Universidad del Tolima, IDEAD

 El título de la película es escueto: Un poeta, como si desde ya nos anunciara su retrato. Y precisamente, uno de los logros del cortometraje es la verosimilitud del protagonista Óscar Restrepo con el estereotipo del poeta fracasado en vida y obra. Por su parte, el acierto del actor Ubeimar Ríos, pareciera coincidir de manera física y existencial con la realidad y la fábula del personaje que encarna. Además, el realismo de las escenas se muestra en la ambientación del marco de la Medellín marginal de sus zonas urbanas con sus nichos de bajo mundo. De esta manera, el director colombiano Simón Mesa Soto crea un personaje poeta que no encaja en la familia, en la sociedad ni en la poesía misma. Con la aparente sencillez de un poeta crudo, que se mueve en escenarios callejeros lánguidos y una narración sarcástica punzada por el humor burlesco, Simón Mesa logra llevarse el premio de la Sección Un Certain Regard del Festival de Cine de Cannes.

 Una de las grandes apuestas del director de la película, fue haber optado por la construcción precisa del prototipo del poeta visto como el artista fracasado, al que Óscar Restrepo encarna de manera perfecta: un ser crudo, feo, grotesco, bufón, contrahecho, pero fascinante,  venido como anillo al dedo para mostrar la imagen social desgarradora del poeta que nos heredó el siglo XIX, configurado por Rimbaud como "el gran maldito, el que se siembra verrugas en el rostro" o como “el Gran Criminal”, que se vale del método visionario de la autodestrucción, pero que, en el caso de Óscar, contrario al genio de Rimbaud, a sus 54 años vive vaciado de la Musa, proscrito de la poesía y mantenido por su anciana madre, su único refugio de comprensión y ternura. De ahí que su papel sea el de exponerse permanentemente al rechazo social, a la burla, a la expulsión del cenáculo literario, a la explotación de los avivatos de los festivales de poesía, al veto de la familia, hundido en el alcoholismo y hasta soportando la violencia física y el señalamiento de mal poeta. Se trata de una película donde todos los actores sufren al poeta y nadie se ríe; solo reímos los espectadores una risa cómplice, cortada de repente por escenas truculentas que provocan la conmiseración y la repulsión por el personaje.

 Lo que por otra parte enriquece al protagonista de Un poeta (porque la mayor fuerza de la película es su personaje protagónico), es la atmósfera melodramática del humor negro, la estética del grotesco y la extravagancia, acentuados estos rasgos por el manejo del primer y primerísimo plano de las fotografías que hacen ver el alma turbada del poeta a través de la exageración de sus más mínimas expresiones: la mirada profunda y desencantada detrás los lentes de sus gafas, sus gestos de frustración, su barba descuidada, sus ademanes de aflicción, su dentadura irregular, su figura maltrecha, su indumentaria descuidada, su caminar caricaturesco y la intemperie de cuerpo y espíritu, en fin, su profunda soledad y rechazo, como apuesta visual de los valores más decadentes de un poeta, tal como aparece en la representación de la sociedad misma que lo juzga y rechaza. Los bares, el alcohol, la noche y los andenes son sus hábitats naturales.

 El hecho principal que desencadena los componentes de la trama, ocurre cuando Óscar llega a ser contratado en la Escuela de Poesía donde es profesor de un taller, en la temporada en que se organiza un Festival de Poesía. Es justamente en dicha escuela donde conoce a la adolescente Yurlady, estudiante de bachillerato que también asiste a las secciones de los talleres. Aquí vale la pena preguntarse: ¿es un rodaje sobre el poeta sin poesía en una “sociedad de poetas”? La cinta intriga fuertemente a este despropósito. Yurlady, la antagonista de Óscar, es una muchacha talentosa para escribir poesía, pero a su vez manifiesta abiertamente que sus rumbos en la vida son otros. Sin embargo, Yurlady se convierte para Óscar en una obsesión, ya que él transfiere en ella la conquista de sus ideales, al pretender transparentarse y verse en el talento de su estudiante como un poeta verdadero, donde por fin cree encontrar alivio a sus frustraciones literarias. Óscar, entonces, viene a ser el perfecto poeta sin poesía; Yurlady, por su parte, es la otra cara: la poesía sin poeta. Al final ella renuncia a ser la media naranja poética de Óscar. Aquí el director Simón Mesa construye un juego cautivador y una crítica oculta demoledora, poco perceptible, sobre el destino del poeta. El sacrificio de Óscar por Yurlady lo lleva a ponerla por encima del bienestar material y afectivo de su propia hija Alisson, quien vive con su madre en estrechez económica, pero Óscar prefiere convertirse en protector de Yurdaly al descubrir su talento poético y concentra sus esfuerzos materiales para que la muchacha pueda tener momentos holgados que le permitan dedicarse a la poesía, lo que al final resulta siendo otro de sus sueños frustrados. Así que la gesta de este antihéroe del cine es vivir la poesía como una hazaña superior a su propia vida, sacrificando los valores de su familia, aunque en lo más profundo llega a descubrir que no representa los ideales de la poesía, porque sus versos son bastante pobres, como se muestran en la película. Así, Óscar resulta siendo el sacrificado por la poesía, el gran fracasado que encuentra en Yurlady el talento que él mismo no tiene y lo hace por momentos suyo como rey en cuerpo ajeno. Pero los sueños de la adolescente están en otra orilla, ya que para ella son más importantes los proyectos materialmente vitales que los artísticos. La poesía, entonces, para citar al poeta Hölderlin, reencarna en Yurlady el más inocente de todos los bienes y, por el contrario, en Óscar, el más peligroso. Moraleja: No vale la pena sacrificarse, entregar su vida por la poesía. Si bien la poesía anda errante por el mundo, la morada de su ser está definitivamente en el lenguaje, como lo escribió Heidegger, y es allí donde hay que ir tras su encuentro; su sacrificio impone la sencillez y el silencio, solo así el poeta podrá convertirse en la casa de su ser. Por eso Óscar es más el bufón del arte que el poeta auténtico; encarna el escándalo del poeta y no el silencio de la poesía, en fin, resulta engañado por la poesía y pasa a ser un espejismo del poeta, su cascarón vacío. 

 Pues bien, esta parte de la trama de la película Un poeta nos lleva a pensar que el protagonista Óscar, es un poeta con carencia de poesía, aunque la sienta en lo profundo de su alma y la viva de una manera tragicómica. Pero si aceptamos que funge de poeta, con todo, es un poeta sincero, porque al menos reconoce no tiene talento. El anverso de Óscar en esta “sociedad de poetas” es el poeta burócrata, que al igual carece de poesía, aunque viva aplaudido y coronado de banquetes; el artista burócrata, que el ojo del espectador no ve, pero lo atisba o se le revela muy en su interior, es quien vive de las mieles del poder, sabe ocultar su fracaso y se escuda en la higiene, en los buenos modales, pasa por decente, aplica las reglas de glamour en sus relaciones sociales, es respetado y hasta admirado por los incautos. Este poeta burócrata es el rescate de Óscar al menos en su apariencia física. Generalmente es excelente para fundar Festivales y Escuelas. Encaja perfectamente en la sociedad, se le cree y además vive de la producción comercial de la poesía. Este poeta burócrata (oculto detrás de Óscar), es el que Simón Mesa Soto deja entrever y denuncia en su película a través de sus personajes secundarios que lo sugieren. Fíjese que, en la película, el protagonista los expone, pues ellos ven en el mismo Óscar la mancha de la Escuela de Poesía como institución. Esto ocurre cuando en la Fiesta del Festival de poesía, Yurdaly termina borracha por su propia cuenta, pero culpan al poeta de la embriaguez de la joven, además de ser golpeado por los mismos dueños del festival, quienes ofrecen dinero a los padres de la adolescente para no ser denunciados ante la ley. Óscar defiende su inocencia y se opone a la entrega del dinero, sometiéndose a la verdad, pues es claro que defiende la poesía, poniendo así la inocencia del poeta por encima de los peligros del poeta burócrata quien, a través de la promoción de la poesía, busca su propia riqueza económica.

 El director de Un poeta nos arrastra a reconstruir la imagen del artista en el contexto social de la gran ironía del capitalismo, esto es, el poeta instrumentalizado, mercantilizado, pese a que el verdadero artista no es un mercader. De ahí que en la película se deslicen de manera sutil, planos de personajes icónicos de la literatura colombiana convertidos en estampas de billetes: el poeta José Asunción Silva y el novelista Gabriel García Márquez, de los que Óscar es devoto, principalmente de Silva, de quien aspira ser su réplica y por eso en una escena aparece dibujándose el corazón en su pecho. Pero vuelvo a la gran ironía que es la del poeta captado por el capitalismo: Silva, suicidado por la insolvencia económica mientras agonizaba el siglo XIX, ahora puesto a circular en el mundo del mercado como un valor de cambio: el billete de $5.000; por su parte, Gabo, arruinado económicamente mientras escribía Cien años de soledad, es rescatado con su sonrisa de costeño satisfecho en el billete de $50.000, siendo estas las formas socarronas del homenaje, a través de las cuales el capitalismo explota la figura del artista, creando a su vez una plusvalía simbólica del capital. Así es como el capitalismo voraz copta el espíritu del artista sufrido y, al poner su estampa en el billete, le devuelve al arte su falsa recompensa. 

 Al haberse logrado en la película la puesta en sociedad del estereotipo del artista fracasado, con los tintes de humor y tragedia a través de un personaje que lo encarna con fuerza, como tomado directamente de la realidad, sin maquillajes, ¿es permitido preguntarse, ya en las afueras del cinema, si en la película de Simón Mesa Soto ganó el cine, pero perdió la poesía? Pues sí y no. Es indudable que la poesía del cine está presente en la película de diferentes maneras: la semiótica de planos en movimiento, piezas musicales intercaladas a la narración, el recaudo fotográfico de los primeros planos del protagonista convertidos en poesía visual que emana emociones, entre otros recursos. Más bien la ausencia de la poesía está muy a propósito en el poeta protagonista, que es otra cosa. Entonces la poesía no es el fracaso, es su liberación, y esto lo logra el cineasta Simón Mesa a través de sus personajes Óscar, el poeta, y de Yurdali, su aprendiz, que son a su vez contradicciones y complementos de la trama.

marzo 18, 2025

LA FRAGILIDAD Y LA VIOLENCIA: NOTAS SOBRE LA SERIE “ADOLESCENCIA”

 


Por: Carlos Arturo Gamboa

Docente Universitario

 

If blood will flow when flesh and steel are one
Drying in the colour of the evening Sun
Tomorrow's rain will wash the stains away
Something in our minds will always stay

Perhaps this final act was meant
To clinch a lifetime's argument
Nothing comes from violence
And nothing ever could
For all those born beneath an angry star
Let's we forget how fragile we are

Sting (Fragile)

 

Hay un lugar común que se repite hasta la saciedad cuando se habla de arte y es que toda expresión artística verdadera procura reflejar la condición humana. Pero, ¿qué es la condición humana? Se podría decir que es la forma en que los humanos expresamos esa tensión única que nos diferencia de las demás especies, y se compone de esas pulsiones propias que nos hacen, al mismo tiempo, amar y odiar, llorar y reír, asombrarnos y embotarnos. En sí, la condición humana es la esencia de la misma contradicción que poseemos al nombrarnos seres humanos. En ese sentido, el arte lo que hace es recordarnos que somos humanos, contradictorios, frágiles, depredadores, amorosos… que somos la mejor y la peor especie de la que hasta hoy se tenga conocimiento en el universo.

Ahora bien, frente a un producto artístico (poema, novela, cuadro, obra de teatro, cine, serie, etc.), siempre tendemos a buscar una marca identitaria que nos identifique y cuando esta aparece se presenta como un temblor estético — extrañamiento le llaman algunos teóricos— y nos deja resonando ciertos aspectos durante mucho tiempo más allá del momento mismo del encuentro con la expresión artística.

Incluso sin saberlo, millones de personas experimentan el síntoma que deja el arte cuando nos encontramos con él. Sentimos el vértigo frente a una pintura, una película, una melodía, ante cualquier expresión artística; es algo así como el descubrimiento de «la música oculta de las cosas». Que un producto artístico alcance esa capacidad de resonancia requiere que muchos elementos estéticos se hayan conjugado adecuadamente. Algunos logran emocionarnos durante un breve periodo, luego la curva del asombro desciende, por eso rara vez un producto logra mantenernos levitando de placer estético durante todo el tiempo de la contemplación. Como sujetos imbuidos en la cibercultura, a diario nos enfrentamos a la admiración o consumo de cientos de productos que pretenden ser arte; es decir, que pretenden ir más allá del simple entretenimiento; pocos alcanzan dicha pretensión.

Ese goce estético, ese temblor o ese extrañamiento es lo que ocurre al ver una obra como la miniserie “Adolescentes”. De entrada, el espectador siente que se encuentra ante un producto cuya dimensión explora la condición humana y logra trasmitirnos ese sentir, generando un estado de inmersión que sigue rondándonos incluso cuando culmina. La historia es sencilla y, lamentablemente, cotidiana: un joven de trece años apuñala a una compañera del colegio, es detenido y procesado por homicidio mientras nos van narrando el drama social, familiar y jurídico. Acá lo importante no es responder la pregunta ¿qué pasó?, el interrogante central que mueve el guion, y a nosotros como espectadores, es: ¿por qué pasó?, como en la novela “A sangre fría” de Truman Capote. Y de ahí surge toda la tensión que se compendia en cuatro capítulos.

Entonces podemos ver los dramas que se cruzan: la familia de cara a la ley como en una encrucijada kafkiana. La ley estupefacta ante su propia inutilidad que sólo se limita a castigar bajo unos cánones que resultan obsoletos frente a la cruda realidad, de ahí que los investigadores den tumbos constantemente. La escuela como institución oficial retratada como el lugar inviable para la formación de estos adolescentes puestos en trance por unas urgencias generacionales que el mundo adulto ya no entiende. Los lenguajes cifrados de un mundo juvenil que remite a sus deseos, sueños y frustraciones y que ya no le dice nada a esa sociedad envejecida.

El gran choque de mundos que allí presenciamos es el de diferentes generaciones. Unos padres educados bajo los parámetros de la corrección moral, en donde el agravio era amonestado físicamente, frente a una juventud producto de una tendencia a eliminar la violencia formativa que desaparece para dejar un vacío que es reemplazado por la inseguridad, dando espacio a la fragilidad. Es memorable la ambientación musical de la clásica canción de Stign titulada “Fragile”, para recordarnos dicha tensión generacional y mostrarnos la inevitable levedad de vivir en un tiempo sin raíces profundas.

El tercer capítulo es una oda psicológica que da cuenta del comportamiento humano de este adolescente puesto en situación de abismo. Sus deseos, frustraciones e iras contenidas generan una de las mayores implosiones narrativas que se hayan visto en series recientes. En esos 45 minutos se condensa un llamado de alerta que podemos intuir como el rasgo universal adolescente que impera en esta década del siglo XXI, el siglo de las soledades intercomunicadas.

La serie es un artefacto redondo en el cual cada pieza, cada actuación, cada plano está dando cuenta de esa totalidad discursiva guiada por la pregunta constante: ¿qué significa ser adolescente en un mundo como el actual? Obviamente, ese contexto narrado es Inglaterra, pero de ese mundo podemos extrapolar muchos elementos de nuestras sociedades en situación de alarma permanente.

Ver “Adolescencia” es una bocanada de aire fresco ante tanto producto light, pero también una señal de que el arte sigue presente en los artefactos audiovisuales y que los emisarios que profetizaban el fin del arte debido a la proliferación de los contenidos en las plataformas no han acertado. “Adolescencia” es un asombro, un llamado de alerta, una loable provocación para que miremos de cerca nuestra realidad y entendamos lo que a veces no logramos comprender: la condición humana.

Posdata: Esta serie debería convertirse en una disculpa para promover una reflexión pedagógica que conduzca a repensar la cuestión de ser joven hoy, algo que urge en nuestras instituciones de formación.


octubre 14, 2022

AL FONDO DE LA OSCURIDAD, SIEMPRE LA LUZ

 

Afiche promocional

Por Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Vamos heredando violencias, construyendo círculos de sombras que nos atenazan a un destino. ¿Cómo huir? ¿Es posible deshacer los nudos y romper el ciclo? Estas dos preguntas permiten adentrarnos en la reflexión de la Ópera Prima de Andrés Ramírez Pulido: La jauría.

En el cine latinoamericano, y por supuesto el colombiano, la violencia es leitmotiv, eje narrativo recurrente. No obstante, en La jauría importa más la construcción de una atmósfera agreste que nos cuestiona como espectadores, que nos sumerge en esa piscina oscura de la naturaleza humana. Más allá de los cuerpos violentados, a los que no rehúye, la cámara se afina en mostrarnos el drama mental, la psiquis agónica de la víctima y el victimario, quienes al final comparten el mismo drama: padecer los efectos de la violencia.

Siete jóvenes, quizás siete marionetas atadas a un pasado inevitable, intentan ser reeducados por un extraño sistema carcelario que nada tiene que ofrecerles, más allá de una leve gota de esperanza en la boca de un proscrito que funge como maestro desesperado en busca de algo que él nunca encontró.

Por eso la culpa se pasea como anfitriona en la narrativa de la película. Es invisible, pero está ahí, se asoma en los intersticios de las sombras y los colores, camina entre los arbustos agobiantes e inunda los cuerpos juveniles condenados a sufrir el antiguo rito humano: sobrevivir a toda costa en un mundo agreste.

Con una apuesta técnica bien lograda, un sonido que captura el mundo natural, sus ruidos, sus sinfonías tropicales y sus murmullos agonísticos, La Jauría conmueve pausadamente, hasta elevarnos en un clímax, por un momento agotador, por lo cual trasmite con eficacia el mundo ficcional que el director nos propone. El guion plantea una línea cuyo desenlace intuimos, pero que igual nos sorprende, eso también es virtud.

Actores naturales, paisaje tolimense, tonalidades suburbanas y deseo honesto de narrar hacen de esta película un buen metraje para recordar que el cine de verdad es arte, y el arte siempre esconde una profunda reflexión.

Se estrena en la cartelera colombiana (Cine Colombia) el cercano 20 de octubre. Tuve la oportunidad de asistir al preestreno en Ibagué y sorprenderme, así que los invito a que llenen las salas y se zambullan en esa piscina de emociones.













Andrés Ramírez entrevistado para la Radio UT 

Presentación de actores

marzo 03, 2021

Para avanzar, primero hay que recordar

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universitario

 

El Wéstern es uno de mis géneros cinematográficos preferidos, creo que alrededor de estas historias de caballos, pistolas, llanuras polvorientas, indios, trenes y disparos se ha logrado trasmutar el relato de la lucha de los seres humanos por domar lo indomable, por desentrañar la condición humana.

Después de muchos años es difícil contar algo que no haya sido narrado a través de este género, pero afortunadamente las mixturas generan nuevos productos de calidad como la película “Noticias del gran mundo”, del cineasta Paul Greengrass y con una actuación especial de Tom Hanks, de quien no recuerdo otra participación en este género.

La historia está basada en la novela de la escritora Paulette Jiles, con la que fue finalista en el 2016 en los National Book Awards. Trata de un viejo capitán (Kidd) quien debe vivir los terribles desencantos y secuelas de la posguerra, para lo cual se dedica a recorrer los polvorientos pueblos contando noticias de otros lares, las cuales son recibidas con beneplácito por los curtidos habitantes de estos perdidos pueblos.

Un día Kidd encuentra una niña abandonada que había sido raptada por los indios y criada por ellos. De origen alemán, Johanna debe padecer una doble pérdida familiar pues sus padres indios también fueron asesinados en esa lucha sin cuartel que siempre se relata en el oeste. Kidd decide llevar a aquella niña desprotegida de regreso los vestigios de un hogar lejano a cientos de kilómetros y en ese camino de regreso vemos, como a través de un calidoscopio, transcurrir la miseria y la ternura de un mundo que debe ser reconstruido.

 La película gira entre balazos bien dosificados y lentas travesías, para hacernos ver a través de los ojos de la niña el dolor y las consecuencias del desarraigo, la pérdida del entramado familiar y el cruce de culturas, logrando activar las fibras temblorosas en el relato, cuestión que siempre logra el cine bien elaborado.

Mención especial merece la actuación de Helena Zengel, la precoz actriz que logra condensar el dolor de la violencia y la ternura de la edad y que, con pocas palabras, más bien usando los ojos, la mirada y las expresiones corporales, nos regala una actuación digna de aplausos, y quizás hasta de premios. A su lado un curtido Tom Hanks no desentona y nos regala un sobrio papel de hombre en busca de historias para seguir narrando historias.

Relatar las noticias, contar historias, ese es el leitmotiv de la película. Y a fe que logra hacerlo, llevándonos de regreso a la imposibilidad del mundo arrebatado a Johanna, pero que consigue recrearse a través del universo de las palabras, las nuevas historias que siempre la vida, a pesar de las dificultades, nos depara.  Ella le permite al viejo capitán volver a narrarse a sí mismo y crear un nuevo escenario para darle las posibilidades a las historias que faltan por contar, porque como dice uno de sus diálogos: “para poder avanzar, primero hay que recordar”.

En buena hora a Tom y Greengrass se les ocurrió juntarse para llevar al cine esta novela. Los invito a encantarse dejando que, a los sentidos, penetre una bien contada historia.

enero 13, 2020

PARÁSITOS: LA ARQUITECTURA DE LA DESIGUALDAD


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima

Hay un mundo destellante construido sobre la miseria de otro mundo. Debajo del resplandor, del confort y el bienestar de una minoría, se dislocan los subterráneos de los desprotegidos del sistema. Esto lo sabemos hace muchos años, incluso antes de que se formulara la teoría de la lucha de clases, y hoy el director de cine  Joon-ho Bong nos vuelve a poner en el primer plano esa arquitectura de la desigualdad, en su más reciente y aclamada película titulada “Parásitos”.
Utilizando el humor (con la ironía como epicentro), el suspenso y hasta el gore, el director surcoreano logra esbozar una pieza que sin duda dará mucho por interpretar. Me interesa hablar por ahora de la forma en que los espacios y la arquitectura se tornan metáforas para darle trascendencia a un relato en donde se enfrentan dos mundos, de manera que se cruzan el plano de la historia con el plano semiótico, y se van dejando huellas en nuestros sentidos, en este caso haciendo protagonista central el campo visual.
Desde una lujosa mansión diseñada por un arquitecto famoso, se teje la trama que une a los suburbios de la ciudad con los espacios de los ricos, juntando los cuerpos protagonistas: dos familias, una acaudalada, del tipo ejecutivo, y la otra en el borde del sistema, los desposeídos. Paulatinamente, esos espacios se encuentran y van dejando al desnudo la grafía de sus habitantes. Como es de suponerse los pobres están al servicio de los millonarios, quienes pueden darse el lujo de contratar la familia completa para sus servicios domésticos, debido a una serie de engaños de estos últimos; así, el guión nos muestra cómo en los suburbios se debe sobrevivir a costa incluso de la ética.
La mansión contrasta con la cloaca en donde habitan los excluidos, para ir de un lugar a otro los planos ascienden o descienden según el sentido del viaje. En una escena crucial que muestra la forma en que el espacio teje un lugar en el mundo, los protagonistas pobres regresan a su hábitat y descienden por escaleras, luego por callejones que se van oscureciendo hasta, finalmente, llegar al suburbio que encuentran inundando debido a un fuerte aguacero. Ese tránsito dibuja los planos de la existencia, la verdad de las clases sociales con sus arquitecturas.
Al día siguiente de la gran inundación la esposa millonaria le dice al chofer, quien ha pasado la noche en un albergue al perder lo poco que tenía debido a la tormenta: “La lluvia de anoche fue una bendición”. Los dos mundos distantes asumen los fenómenos de manera distinta, lo que para los pobres es una maldición, para los ricos es su base de felicidad.
Otro plano interesante en esta construcción de la arquitectura de la desigualdad se presenta en la mansión. Debajo del lujo extremo y del alto confort subyace un mundo laberíntico en donde sobrevive el esposo del ama de llaves, viviendo de manera parásita a costa de los dueños. Allí en medio de la oscuridad y las carencias, los expulsados del sistema encuentran un lugar para sobrevivir, incluso ese precario espacio es objeto de disputa por las dos familias pobres. Es esa lucha de subclases el detonante para el final del relato.
No es un dato menor que los ricos nunca se enteren de la existencia de aquel subespacio y vivan ajenos a las cotidianidades del mismo. Es el lugar en donde habitan los fantasmas, por eso el hijo de la pareja millonaria presenta un trauma psicológico al ver una aparición, que no es más que un desvalido quien en horas de la noche ha subido hasta la mansión a extraer comida. Así son los pobres para la gran clase social, espectros, amenazas para sus cálidas comodidades.
En “Parásitos” el espacio, el escenario y el lugar siempre actúan como metáforas que recuerdan constantemente que cada quien ocupa su lugar y que si se aspira a ocupar el del otro, vendrán las desgracias y las adversidades. El olor a pobre que tanto desespera al hombre acaudalado dueño de la mansión, es síntoma de que a los ricos los miserables les producen una alergia insoportable.
El desenlace semiótico de la película lo deja claro, el lugar final en donde la lucha de clases se desarrolla es el vistoso patio de la mansión que Joon-ho Bong usa con gran despliegue para juntar a los ricos y los pobres desatando un sangriento final.  ¿Qué más puede esperase de una lucha de clases? ¿Un final armonioso? Imposible.
A los pobres únicamente les queda una salida, la aspiración a ser ricos para tener una mansión en donde la familia se pueda recomponer. Es el único, y fallido plan, que les espera. El espacio de los millonarios seguirá siendo para ellos porque la arquitectura ha sido cuidadosamente diseñada por ellos.
La película, como dije antes, puede tener múltiples lecturas pues estamos ante una obra cinematográfica de gran calado. Por ahora dejo estas líneas sobre el manejo de sus espacios, algo que indudablemente me impactó sobremanera en su construcción. No queda más que verla y degustarla.

marzo 26, 2019

Nosotros los encargados de destruirnos a nosotros mismos


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima

Nada existe allá afuera que nos
 ayude a salvarnos de nosotros mismos.
Carl Sagan


Hay un mundo ahí debajo de nosotros. Está habitado por Nos-Otros, nuestras sombras. Se alimentan de lo que pueden, sobreviven como pueden, no están en capacidad de tomar ninguna decisión sobre sus vidas y van acumulando un odio descomunal por los de arriba. Su único anhelo es subir y cobrar venganza.
Los de arriba, los otros (nosotros), viven ignorando sus sombras. Compran, viajan, consumen sus días a la velocidad que el sistema les dice. Van de aquí a allá, acumulando bienes materiales, depredando el plantea e ignorando que hay otros, parte del Nos, que necesitan incluso lo que desechamos.
Las anteriores líneas componen un resumen del correlato de la última película de Jordan Peele titulada, así no más, “Nosotros”. No me detendré a analizar la historia (guión) que se plantea y se desarrolla teniendo como base una familia negra norteamericana, quienes han logrado alcanzar un nivel de vida cómodo e ignoran (excepto la madre) que hay un mundo allá abajo en donde las cosas no son tan placenteras.
La idea no es nueva, ya muchos relatos han construido su atmósfera con base en la imagen del doble, el doppelgangers o gemelo fantasmagórico. Lo que logra Jordan Peele es involucrar esa idea en la trama de un mundo pre-apocalíptico, al que curiosamente sitúa como inicio en la década de los ochenta.
La pobreza y el suburbio son el caldo de cultivo perfecto para que la desigualdad tome el mando. En la película los dobles son producto de la clonación y fueron abandonados a su destino por los humanos-dioses creadores de vida. La rebeldía futura de los de abajo se construirá con base en el odio que genera ser excluidos. El hombre jugó a ser Dios, creó unas criaturas que ahora saldrán para vengarse. Afirma Mullor al respecto:
 (…) unos tienen que sufrir para que otros puedan vivir cómodamente. Unos tienen que vivir en la sombra para que otros puedan disfrutar de la luz. ¿No es esa la definición perfecta del capitalismo? La revolución de los doppelgangers se siente como una lucha contra unos privilegios de los que han carecido siempre. Son parecidos a los humanos, pero no exactamente iguales. En esta ocasión, Peele va más allá del discurso racial y mete en el saco a todas las comunidades que hacen la vista gorda al sufrimiento ajeno -y a la memoria del sufrimiento histórico- sólo para vivir un poco más tranquilos. (2019)
El correlato de la película narra los días previos a la gran revolución. Los de abajo han decidido, organizados por una antigua humana que fue intercambiada, subir y tomar las riendas de un mundo que los ignoró. Igual que en Batman. El caballero de la noche asciende, desde los subterráneos de la ciudad moderna la furiosa masa de inconformes solo desea ver morir a sus victimarios. No hay tiempo para la piedad.
Un guante en sus manos derechas, unas tijeras y un vestido rojo identifica a la horda que asciende. Estos tres elementos constituyen un backup de símbolos de la rebeldía. La mano unificada que castiga, las tijeras con las que se cortará la historia de la inequidad y el vestido rojo, el cual no requiere mayores explicaciones. Es casi que la traslación de la hoz y el martillo sobre la flamante bandera roja.
Así, el mundo cómodo, con sus calles relucientes, sus vitrinas llenas, sus edificios deslumbrantes, sus yates y sus casas de veraneo, un día amanecen sometidas al riesgo de los diferentes, esa plaga que no habla nuestro idioma, no comprende nuestro modus vivendi y por eso amenaza destruirnos para ocupar este plácido lugar que hemos construido.
Como en el mundo real, la película no ofrece un final único y verdadero, deja al espectador mirando en lontananza esa larga fila de seres unidos en una cadena infra-humana, que se dirige en busca de algo que no aún no sabemos. Lo que si intuimos es que el final no será feliz, porque desde las cloacas las sombras han emergido para recobrar su lugar en el mundo.
Ellos son productos de nosotros, somos nosotros los principales enemigos de la especie, somos nosotros los encargados de destruirnos a nosotros mismos.
Referentes bibliográficos
MULLOR, Mireia. (2019). Guía para entender ‘nosotros’, la nueva película de terror de Jordan Peele. Disponible en: https://www.fotogramas.es/noticias-cine/a26921100/nosotros-pelicula-jordan-peele-explicacion/
PEELE, Jordán. (2019). Nosotros. Universal Pictures International Spain: EE. UU.
SAGAN, Carl. (2015). Cosmos. Ediciones Gustavo Aguilera: España.
ZORRILA, Mikel. (2019). “Nosotros” es aún mejor que '”Déjame salir”': una gran película de terror donde sobresale Lupita Nyong’o. Disponible en: https://www.espinof.com/criticas/nosotros-mejor-que-dejame-salir-gran-pelicula-terror-donde-sobresale-lupita-nyong

diciembre 19, 2018

Roma, en busca del México perdido


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universitario

La sensación que tuve al terminar de ver Roma, la última película de Alfonso Cuarón, fue que estuve durante dos horas y quince minutos releyendo, en la pantalla, a un Marcel Proust mexicano.
Para regresar a los años setenta había que hacerlo en blanco y negro, con la delicadeza del tiempo ido que debe ser rescatado por la frágil memoria. Había que traer las baladas de Leo Dan y un joven Juan Gabriel, el bullicio del barrio con sus pájaros enjaulados y sus perros ladrando. Había que redimir la plaza de mercado, las calles y sus bocinas, el deseo de cambio y la siempre presente represión. Tenía que estar en primer plano el radio transistor, el televisor a blanco y negro, la casona de la clase media y su contraste del tugurio. Todos esos elementos, y más, nos los presenta el director acertadamente.
No obstante, Cuarón usa un correlato para recordar ese México perdido en la memoria, un país que por entonces era la avanzada latinoamericana en el mundo. Y para activar la lenta narración, con el detalle pulido hasta el cansancio, usa los ojos y la vida de Cleo, una empleada (nana) del servicio doméstico, cuya humildad y humanidad estremece al espectador sensible.
El cuadro que enmarca esta evocación es una familia, cuatro niños, una abuela, una madre encargada del cuidado del hogar y un padre proveedor. En la otra orilla, casi al margen de la existencia, dos sirvientas, de esas internas que tantas familias latinoamericanas acostumbraban. Y una de ellas es Cleo, joven de origen indígena, humilde y servicial, cuyo amor por la familia hace que su vida esté al margen porque su objetivo es la felicidad de los demás.
Desde esos pequeños ojos aindiados Cuarón nos pasea por los males y desgracias sociales, por la cotidianidad del hogar y sus pequeñas cosas, por la ciudad y sus hechos trágicos, por el mundo que recobra desde el lente de la cámara que tiene como extensión las pupilas de la empleada.
En Roma lo sencillo se hace profundo, lo elemental cobra vida para hacerse trascendental en la mente del espectador. Ese es el verdadero Cine, el que se escribe con C mayúscula. Cuarón es un cineasta de los elementos, ya lo dejó claro en Gravedad, en donde no solo nos pasea por los cuatro elementos griegos, sino que además nos propone uno nuevo, el vacío.
En Roma la tierra y el agua son vitales, son los que le dan forma al recuerdo, al pasado y sus artilugios, al sueño y a la represión, a la maternidad frustrada pero también a la catarsis. La escena en la playa, en donde Cleo rescata los niños del voraz mar, quedará tatuada en la pupila de muchos, no en vano parte de ella es usada en el afiche promocional.
De las actuaciones, la fotografía y demás elementos técnicos de la película, ya tendremos noticias en las distintas nominaciones a los premios Óscar. Como dato a destacar, Yalitza Aparicio Martínez, quien encarna a Cleo, ya está reconocida entre las mejores diez actuaciones del cine en el 2018.
El realismo depurado de Cuarón ha producido otra gran película, ojalá los asiduos devoradores de Netflix aprovechen para deleitarse, ya que esta plataforma virtual ha comprado sus derechos de distribución. Aunque siendo sinceros, hace falta una gran pantalla, el silencio de la enorme sala y la oscuridad del cine para acompañar al director en busca de ese México perdido que logra recobrar.

diciembre 11, 2017

INCENDIES, CUANDO EL PASADO ARDE

Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente IDEAD -UT

En el año 2003, Wajdi Mouawad, autor dramático canadiense de origen libanés, estrenó Incendies y como sucede en el mundo del arte, su impacto se limitó a un pequeño grupo de expertos que la calificó como una obra maestra contemporánea. En algunas partes se conoció la misma con el título La mujer que cantaba. Años más tarde (2010) el director de cine canadiense Denis Villeneuve, la presentó en el celuloide logrando un impacto mayor; tanto así que fue nominada a los Premios Óscar en la categoría de mejor película extranjera, el cual no ganó, pero sí dejó una huella imborrable en el público que cada vez es mayor.
La historia, viniendo del teatro, tiene una clara estructura narratológica de tragedia. Lo primero que impacta es la banda sonora de Radiohead, esa agrupación que supo llevar la tristeza del nuevo siglo a sus más altos acordes. El tema melódico central es You and whose army, y desde allí el espectador sabe que, al ver las primeras escenas de la película, estará sometido a un relato sobre la atrocidad de la guerra. La sinopsis de la película la refleja muy bien el sitio filmaffinity:
Jeanne y Simón Marwan son dos gemelos que viven en Canadá cuya madre Nawal, tras pasar sus últimos días sin hablar, acaba de fallecer. En el acto de apertura del testamento, el notario les da dos cartas que deben ser entregadas a un padre al que creían muerto y a un hermano cuya existencia desconocían. Jeanne decide entonces emprender un viaje al Líbano para intentar localizarlos y encontrar respuestas a su existencia, pero Simón no quiere saber nada del tema.
Y en esa búsqueda ese par de adolescentes van a descubrir, junto con el espectador, los más grandes horrores y misterios de la guerra. El pasado viene como oleadas de asombro y dolor para recrear los tiempos de la confrontación religiosa del Líbano que se dio entre grupos cristianos y musulmanes, iniciado una cruel desolación en 1975, la cual se extendería hasta 1990.
La huella imborrable de las atrocidades que genera la guerra logra que las creencias se vuelven dogmas y los dogmas muten en barbarie. De esa manera, las imágenes van cruzando vertiginosamente ante los ojos del espectador, bien ambientadas en un paisaje desolado, hambriento, sofocante y lleno de retratos dolorosos que nos recuerdan la idiotez de los conflictos bélicos. Nawal Marwan, la protagonista, cruza los senderos del sufrimiento, de la intolerancia racial y religiosa, padece el horror y se convierte en horror para llevar a cabo la venganza que, en cada giro, genera más violencia, hasta cercarla en una vida construida con cimientos de ira. Por eso antes de morir enmudece, porque descubre que la atrocidad siempre puede ser mayor y el legado que le deja a sus hijos, nacidos del horror, es la posibilidad de que en esa búsqueda de su pasado curen sus almas y superen el eslabón de la ira.
Al final, como un compungido asistente, uno no sabe ni puede diferenciar entre buenos y malos, porque todos los personajes están cruzados por el dolor, por la venganza, por el odio inadmisible que generan las creencias. La luz de esperanza surge cuando esa nueva generación sea capaz de recorrer los viejos caminos y superar las delgadas líneas que hacen de una creencia el parto de la barbarie.
Incendies, es una película necesaria para volver la mirada al pasado de la guerra y sus estragos y, mediante la elaboración de evocaciones, entender los absurdos de lo humano que sacrifican su esencia por relatos banales. Qué bueno verla en estos tiempos colombianos cuando algunos persisten en anclarse al pasado de las armas y sus sandeces. Tiempo cuando el pasado arde.
Referencias bibliográficas
FILMAFFINITY. (2011). Qué dice la crítica. Disponible en: https://www.filmaffinity.com/co/film551964.html
MOUAWAD, Wajdi. (2003). Incendies. Coedición Leméac/Actes Sud-Papiers. Edición española de Eladio de Pablo publicada por KRK.
RADIOHEAD. (2001). You and whose army. En: Amnesiac. EE.UU: XL Recordings

VILLENEUVE, Denis. (2010). Incendies. Canadá: TS Productions.

marzo 13, 2017

LA MUJER DEL ANIMAL O EL HORROR DE NUESTRA REALIDAD


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

“El cine es una verdad 24 veces por segundo”
Jean Luc Goddard

Debo confesar que hace un buen tiempo una película no me generaba tantas contrariedades como La mujer del animal, del cineasta colombiano Víctor Gaviria. Lo primero que rememoré, después de esos 120 minutos de agonía, fue la pesadumbre que me alertó los sentidos cuando vi Saló o los 120 días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini; aunque las estéticas distan entre sí, la crueldad de la imagen emparenta estas dos obras que logran colocar frente a nuestros ojos el zumo horrorizado de la condición humana; por eso se torna arte, doloroso, propio del realismo sucio.
Con una apuesta estética y actoral que ya dejó huella en el cine, esta vez Gaviria se adentra en esa realidad de las otras violencias, la del género, que pervive como hermana siamés de la miseria, la delincuencia y la insolidaridad. La mujer violentada es una metáfora cruel que hace crispar los nervios y logra el efecto de hacernos sentir que no estamos frente a una pantalla, sino que asistimos como testigos indefensos (igual que todos los coprotagonistas), a la gran función de la barbarie patriarcal, en donde la injustica danza al ritmo de una sociedad destrozada. Pegados a la silla del cine soportamos el horror de la inmovilidad. Uno quisiera levantarse, apagar el proyector para evitar que la protagonista siga sufriendo y, quizás, en una especie de necesidad catártica, deseamos que al “anti-héroe” lo ajusticien pronto, solo así nuestra mente podrá soportar que tanta inhumanidad siga taladrando los sentidos.
Hay un paisaje en el cual sucede la película y es el territorio de la ignominia. Miseria, ausencia del Estado y sus instituciones y crueldad, encarnada en “El animal”, ese siniestro personaje que merodea por todos lados dejando una estela de dolor por donde cruza y que cada vez vuelve a Amparo, el cuerpo violentado, la vida desgarrada; pero también esa crueldad habita en los ojos de “los otros”, incapaces de actuar al ver tanta atrocidad, quizás porque eso es lo primero que genera la violencia; inmovilidad.
La actriz española Ana Diosdado alguna vez expresó que “Los auténticos actores son esa raza indomable que interpreta los anhelos y fantasmas del inconsciente colectivo”, y acá sí que logran darle vida a nuestros fantasmas, porque uno podría afirmar, sin temor a fallar, que no existe un colombiano que no haya sido testigo cercano de la violencia contra una mujer; porque en la película se narra:
(…) la historia de un maltrato, pero a la vez es la historia de cómo se ha hecho del abuso de la mujer un tema común y corriente, cómo de puertas para adentro se convirtió en normal el acto abominable de pasar por encima del otro. Quizá lo más difícil en la película no sean los golpes, sino la indiferencia de los testigos: una mujer humillada en público, sacada de los pelos de una taberna, y todos en silencio, como si todo fuera un paisaje atroz y común. (Rivera, 2017, párraf. 4)
El mismo Víctor Gaviria dijo en alguna entrevista que durante la investigación para la película se encontró de frente con tantos casos de este tipo, que sintió la necesidad urgente de culminar el proyecto, porque: “A medida que íbamos investigando nos dábamos cuenta que animales hay muchos, y todos muy crueles, todos terribles: tíos, abuelos, padres”. Y ese es el mayor efecto que causa la película en los espectadores, recordarnos que ese animal desaforado, violento y sanguinario, está tan emparentado a nosotros que quizás podría llevar el mismo apellido, al menos ya tenemos la certeza de que lleva el mismo gentilicio: colombiano.
La mujer del animal es una película necesaria para Colombia, porque muestra la verdad de frente y sin anestesia. Si Gabriel García Márquez nos enseñó a vernos a través de la metáfora del realismo mágico, hace rato que Víctor Gaviria nos construyó un espejo fílmico en donde al asomarnos nos asustan nuestros propios horrores.
Referencias bibliográficas
GAVIRIA, Víctor. (2017). La mujer del animal. Colombia: Polo a Tierra / Viga Producciones
PASOLINI, Pier Paolo. (1975). Saló o los 120 días de Sodoma. Italia: United Artists
RIVERA MARÍN, Daniel. (2017). La mujer del animal: la brutalidad de la indiferencia. En. Revista Arcadia. Disponible en: http://www.revistaarcadia.com/cine/articulo/la-mujer-del-animal-pelicula-de-victor-gaviria/62498

enero 24, 2017

COGER EL TORO POR LOS CUERNOS

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Para empezar este texto es necesario aclarar que jamás he asistido a una corrida de toros, mi más cercano interés por este tipo de actividades se limita a la ansiedad de ver la película “Sangre y arena” (1989) - que en realidad era un deseo de ver una corrida de Sharon Stone- y el asistir como televidente a algunos episodios de la serie “Puerta grande” que se hizo como homenaje a César Rincón, pero la mala actuación de Julio Sánchez Coccaro me ahuyentó rápidamente. Tampoco soy vegetariano radical y creo que nunca lo seré porque tengo una dependencia cárnica comprobada. Sin embargo, me interesa el tema que esbozaré a continuación:

Hace poco pregunté en mi muro es Facebook lo siguiente:


¿Quién sufre más?
A- El toro torturado por el banderillero y traspasado por la espada del torero
B- La vaca desangrada por el cuchillo en el matadero
C- La gallina despescuezada por la abuela para el sancocho
D- El marrano desangrado para la lechona

La reacción de mis inter-lectores fue variada, lo cual hizo más interesantes sus respuestas. Leerlas y contestar algunas provocó el deseo de escribir este texto un poco más elaborado sobre el tema, usando, por supuesto, algunas ideas de lo debatido allí. No pretendo dar cátedra, solo exponer algunos puntos de vista, en el sentido literal de la palabra “exponer”.
Según entiendo, la tauromaquia o toreo, tal como la conocemos hoy, es una actividad que pertenece a la tradición española; llegó a nosotros junto a otras barbaridades que trajeron los conquistadores en sus barcos. Como tradición la podemos juzgar imposición del colonialismo, como afirman algunos de los participantes de la discusión, lo cual no significa que los habitantes de nuestros pueblos aborígenes fueran unos santos, ellos también tenían costumbres y tradiciones que hoy podríamos llamar inhumanas; hacían sacrificios de animales a sus dioses, incluso Mayas e Incas sacrificaban seres humanos en algunas de sus festividades. Creer lo contrario es caer en la inocente teoría del “buen salvaje” promovida hace mucho por Rousseau, y que a la luz de los estudios actuales no tiene asidero.
De igual manera, alimentarse de animales es una tradición tan antigua como la aparición del homo sapiens sobre la faz de la tierra. Estudios serios afirman que el consumo de carne generó un escenario propicio para la evolución del cerebro humano, con las consecuencias positivas (o negativas) del surgimiento de la especie como la conocemos hoy.
Entonces, las tradiciones son estereotipos culturales no despojados de violencia, como el matrimonio católico, la circuncisión y el castigo físico a los hijos (y a los guardaespaldas). El hecho de que sean tradición, tanto la tauromaquia o el consumo de carne de animales, no implica que se deba aceptar ese alto simbolismo y realismo de violencia, más cuando los humanos están dotados de una capacidad de pensamiento, lo cual nos hace únicos en el planeta.  El libre albedrío que llaman otros. ¿Entonces cómo dirimir la disputa frente al toreo? Siendo radical deberíamos volvernos todos veganos, en el sentido de la total protección de las especies, lo cual tampoco garantiza la supervivencia, no olvidemos que a los dinosaurios no los mataron los humanos.
Las tradiciones deben cambiar, ese es el devenir inevitable de la evolución humana. Y deben cambiar para la preservación del yo y de lo otro. Hoy no solo los animales peligran, nosotros también ante la inevitable catástrofe que se nos avecina como un apocalipsis provocado por auto-desaforado sistema de consumo. ¿Seguimos evolucionando? Seguro, solo que el tiempo de la evolución ocurre en otras medidas más universales. Quizás, si sobrevivimos a nosotros mismos, al transcurrir algunos años la tauromaquia solo sea un hecho histórico visto como salvaje por quienes lo practicaban, de la misma manera que vemos hoy la forma en que la iglesia católica quemaba en hogueras a las llamadas brujas. En ese tiempo también una minoría se oponía, la mayoría lo disfrutaban. Lo que si no debemos olvidar es que como humanos estamos construidos de violencia y con violencia, quizás el estado último de la evolución sea vivir en paz, con nosotros y los otros. Sin devorarnos.