Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla
Docente universitario
La historia colombiana está
llena de atrocidades, muchas de ellas condenadas al olvido, lo cual nos hace
más atroces. Una de estas dolorosas realidades ocurrió un 27 de diciembre de
1967 en el hato La Rubiera, ubicado en el departamento de Arauca, en límites
entre Colombia y Venezuela.
Los hechos narran que varios
colonos, con el fin de apropiarse de las tierras de la comunidad de la etnia
Sikuani, elaboraron una celada digna de los libros de los horrores humanos.
Invitaron a los indígenas a un agasajo, con el pretexto de establecer lazos de
amistad. Una vez allí, procedieron a matarlos a sangre fría con pistolas,
machetes y garrotes. El saldo: 16 indígenas masacrados, entre ellos mujeres y
niños. Al parecer, dos de ellos que sobrevivieron fueron quienes dieron a
conocer el resultado de aquella barbarie.
Es increíble pensar que esto
sucedió dos años antes de que los humanos fuéramos a la luna, un hecho que
refleja nuestra agónica lucha entre civilización y barbarie. Pero es más
aterrador aún recordar la defensa que establecieron los abogados de los victimarios
que dio origen a aquella sentencia que, no más de escucharla, hiela la sangre:
“Yo no sabía que era malo matar indios”. Al final, debido a la tenacidad de la
comunidad indígena, los culpables recibieron condena, aunque no tan ejemplar
como debió ser.
Uno de los ensañamientos
contra los indígenas (aunque también contra los campesinos) ha sido la posesión
de la tierra. Esa guerra por el despojo ha sido una constante en nuestra
historia de violencias; de ahí surge el desplazamiento, la desaparición y los
múltiples vejámenes que sus efectos producen. Estos fenómenos también han
producido nichos de resistencia, defensa de los territorios y, por supuesto,
han sido caldo de cultivo para nuevas violencias.
No obstante, aún pervive en la
población colombiana un resquemor hacia los indígenas, afortunadamente cada vez
menor, pero en la cultura subyace ese racismo disfrazado que surge en momentos
como el de la actual coyuntura política. Hace unos meses aparecieron carteles
amenazantes y bloques de energúmenos promoviendo la agresión contra la Minga
indígena en los alrededores de la Universidad Nacional en Bogotá. No
pocas personas, con formación universitaria, he escuchado expresarse
verbalmente y en escritos en redes, tildando a los indígenas de viciosos,
zánganos y mil cosas más. Calificativos que evidencian que aún estamos
lejos de aceptar que somos un país pluriétnico, como lo dictamina nuestra
Constitución Política. Hay que recordar hasta la saciedad que, por muy
blanquitos o españolizados que nos sintamos, somos aborígenes.
Recordar la masacre de la
Rubiera como un hecho atroz y real es avivar nuestra memoria y pensar que aún
necesitamos afirmarnos como nación, porque si el dolor pasado y el actual de
nuestras etnias no nos conmueven, algo sigue muy dañado en el seno de nuestra
sociedad.
Posdata:
El cantautor llanero Nelson Morales compuso una elegía popular que narra aquella
masacre. Pueden escucharla en este link: https://www.youtube.com/watch?v=44g8avUO5Ug&list=RD44g8avUO5Ug&start_radio=1

