septiembre 06, 2021

Los colombianos y el síndrome del victimismo deportivo internacional

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

El sábado tres de septiembre, mientras transcurría la etapa 20 de la Vuelta a España, Miguel Ángel López, reconocido con el alias de Superman, protagonizó un hecho sin antecedentes en el ciclismo mundial de élite, abandonó la carrera estando en buenas condiciones físicas y encontrándose aún entre los mejores. El motivo nunca lo sabremos del todo, porque pertenece a ese mundo secreto de los entornos competitivos que pocas veces se filtra a totalidad.

El acto en sí tendrá muchas repercusiones mediáticas, más en este mundo hiperconectado, pero más allá del abandonó de Superman y las consecuencias en su vida de deportista profesional, me interesa escribir sobre un tema que he venido observando en la cultura colombiana aficionada y que me atreveré a llamar el síndrome del “victimismo deportivo internacional”.

En la década de los 80 se construyó un relato sobre que Fabio Parra había perdido la Vuelta a España porque Pedro Perico delgado le había pagado al ruso Ivanov para que lo llevara a rueda durante una etapa. Recuerdo, siendo un adolescente, que “todos nos indignamos”, incluso los periodistas colombianos, cuyo amarillismo deportivo ha hecho escuela, hablaban de haber visto a Perico Delgado entregando una bolsa con billetes al corredor comprado. Para los que saben de ciclismo, en las carreras hay aliados, equipos que comparten intereses y muchas veces nuestros ciclistas también se han visto beneficiado con ello.

El caso de Superman López desató la furia de miles de internautas que sin tener conocimiento de los sucesos (algo muy propio de los internautas), no dudaron en expresar sus “libres opiniones” y he aquí el tema de mi asunto. Una idea que proliferó bastante consiste en creer que lo que le sucedió al ciclista boyacense fue un complot de su equipo Movistar para que perdiera el podio a favor de Enric Más, el otro líder, de nacionalidad española como el equipo. De nuevo el “victimismo deportivo internacional” surgió como teoría explicativa del suceso.

Después de varios capítulos del novelón que se ha armado, digno de lloriqueos a lo Betty la fea, la gente sigue profundizando en la conspiración contra Superman, muy a pesar de que él mismo ya aceptó que cometió un error de estrategia en carrera y un error deportivo al abandonar la competencia. Entonces tuve que recordar otros antecedentes, incluido el ya mencionado de Fabio Parra.

James Rodríguez en el Real Madrid y la supuesta persecución por parte de Zidane. O el caso Nairo, en el mismo equipo de Movistar, conjunto que supuestamente contrata colombianos con un salario alto para después no dejarlos ganar, imagino la cara de los ejecutivos de Telefónica escuchando esto. O el famoso “fue gol de Yepes” que nos impidió, según la experta opinión futbolera de cafetín, ser campeones mundiales en Brasil.

En todas partes hay seres horribles que están impidiendo que los colombianos triunfemos, porque nosotros somos mejores en todo. El boxeador chino que en complicidad con los jueces dieron perdedor a Yuberjen Martínez impidiendo una olímpica medalla de oro, es un ejemplo de ello. Parece que olvidamos que, en el deporte, como en toda competencia, lo más factible es perder. De los 176 ciclista que iniciaron la Vuelta a España 2021, sólo uno ganó y no se debió a ningún complot, fue el mejor, a él le salieron las cosas mejor y fue quien contó con ese pequeño ingrediente de suerte que da triunfos, como el de Egan Bernal en el Tour 2019.

Pero nuestra paranoia colombianista es desmedida, vemos enemigos en todas partes, sacamos la bandera tricolor y nos llenamos de odio porque a Sebastián Villa no lo ponen de titular por indisciplinado o porque todos los que nos ganan están dopados, favorecidos por los jueces o han comprado sus triunfos. Como excelentes víctimas que somos, no somos mejores porque no nos dejan.

Alguna vez Maturana dijo que “perder era ganar un poco”, aludiendo que en el deporte no siempre se gana y que saber perder pasa por reconocer que hay otros mejores y que se deben pulir los procesos para algún día, si es posible, ganar. No somos las víctimas de una gran confabulación mundial para opacarnos, es que otros tienen mejores procesos deportivos, invierten más en deporte, forman mejor sus niños y jóvenes para ser deportistas de alto rendimiento.  Enseñan a ganar y a perder en las escuelas deportivas, para que manejen la frustración o él éxito cuando llegue el día. Muchos deportistas han arruinado su vida después de ser ganadores, ahí tenemos otro problema.

El caso de Superman López dará mucho de qué hablar en los entramados amarillistas, lo cierto es que este tipo de hechos no son ajenos en el deporte de alto rendimiento y quizás él, un talento salido de las entrañas campesinas, hubiese reaccionado de otra forma si hubiese tenido esa formación que dan las escuelas deportivas. No es que haya fuerzas oscuras en el planeta impidiendo que los colombianos seamos mejores, para ser mejores debemos prepararnos mejor, no sólo en el deporte, en todos los campos. No debemos olvidar que, como dijo Séneca: “Es imposible ganar sin que otro pierda”.

agosto 31, 2021

Un presidente para el país ¿pero cuál país?

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Se acercan las elecciones de periodo presidencial en Colombia, el acontecimiento más trascendental de la democracia colombiana y el más insustancial. Ver la lista de los últimos presidentes es asistir a una decepción tras otra, los buenos presidentes de este país sólo existen en las cartillas de historia con las que se oculta la verdadera historia.

 Y ahora, como cada cuatro años, asistimos a la teatralización de los sueños, las promesas y la venta de caudillos del marketing electoral. Cada grupo quiere “imponer” su dirigente y para ello utiliza todas las estratagemas; la preferida, destruir al otro y sus adeptos. Lo más escaso: las ideas, la política.

La puja de los últimos años ha estado atravesada por el miedo y la mentira de una parte, y por la incomprensión de la masa, por la otra. Por el medio (centro) han ido las buenas intenciones disfrazadas, pero no diferenciadoras, por eso la guerra siempre ha sido entre los extremos.

Para el 2022 nos preparamos a elegir un nuevo presidente ¿pero de cuál país? Somos muchos países dentro de esta mezcla llamada Colombia y algunos de esos países han tenido presidente, mientras que la gran masa, la mayoría, no. Uribe fue presidente (y sigue siendo) de los latifundistas y sus doce hacendados empresarios, una pequeña porción de país que es dueña del 80 % del país.

Pastrana fue presidente de ese país cachaco, ese país que se cree de mejor país y cuyos bordes detestan porque les recuerda de dónde huyeron. Samper fue presidente del país tramoyero, el de las mafias en ascenso, herencia que supo capitalizar Uribe y ese sector proclive a la cultura narco, que no se limita sólo al tráfico de drogas, si no que se ha instalado como un modus vivendi: amor al dinero fácil, extravagancia, moralismo extremo y religiosidad hipócrita.

Durante el siglo XXI han disputado el poder varios sectores. Un liberalismo decadente con tinte social que aún sueña con la reencarnación de Gaitán, quien se ha erigido como un mito del prócer ideal, pero cuya muerte impidió que hubiésemos vivido el desencanto de su gobierno. Lo mismo pasó con Galán, otro liberal cuya muerte aún arrastra el país en investigaciones y cuyas banderas se reencauchan a todo tipo de servicios. No es banal que estas dos figuras del imaginario ideal de gobernante sean dos caudillos.

La intención transformadora de la Constitución Política del 91 fue aplastada por las reformas y las triquiñuelas del poder, esas mismas “jugaditas” que vimos hacer en el Senado a Ernesto Macías sin ningún asomo de vergüenza. Muchos votan por ese tipo de políticos, porque hay un país en donde las triquiñuelas son sinónimo de “viveza” y esos comportamientos son celebrados.

La izquierda, y sus diversos tintes, ha intentado consolidar un candidato, obviamente también de corte caudillista, que recoja el descontento de las mayorías, sin entender que las mayorías también son-mos el problema. Esos caudillos son defendidos enardecidamente por sus seguidores y esos seguidores no se diferencian de otros seguidores de otros caudillos que también son defendidos enardecidamente por sus seguidores. Este país en conjunto es un trabalenguas.

El problema radica en que todos esos países que habitan en el país llamado Colombia, no necesita un presidente, necesita una fuerza transformadora. Los caudillos siempre serán figuras del desencanto, no importa la banderita que carguen en su chaleco.

La transformación de una nación va más allá de un líder, se gesta en la multitud, en la construcción de un sujeto que piense más allá del eslogan de un partido y del odio por el diferente, lección primera que les enseñan a trasmitir sin asomo de autocrítica. Muestra clara de esto es la guerra entre “godos y liberales” que pervive y se reencarna de manera distinta cada cuatro años.

 Ahora de nuevo vemos emerger las figuras de caudillos que se aprestan a “pelear por la presidencia”, pero la verdad pocas cosas nuevas veremos bajo el sol. Un caudillo de izquierda cuyos seguidores saben odiar a los que no son adoradores de su caudillo. Otro caudillo emergente de centro-derecha que empieza a edulcorar su imagen y que atraerá a ese pequeño país intelectualoide de educados y propositivos. También tendremos otros candidatos caudillos, herederos del señor hacendado mayor, cuyos tentáculos mafiosos aún sostienen su aparato que se niega a ceder el poder desgastado que muy bien dibujo Gabriel García Márquez en “El otoño del patriarca”.

¿Y las alternativas? Pasan por la concientización de las masas, por la acción en las urnas de los cansados e indignados, por los grandes grupos de mujeres, hombres y diversos que constituyen ese otro país, el más grande de todos. El país que no cree en las Instituciones, que odia la política porque la asocia, con toda razón, a la corrupción, la pereza, la sinvergüencería y el descaro.

Ese otro país, enorme y necesitado que clama por salud, educación y oportunidades para poder desarrollar su potencia y sensibilidad humana. Ese gran país que se queda en casa el día de las elecciones y reniega de todo, porque el hastío le ha llegado al cuello. Ese país no necesita un presidente, ningún caudillo animará el despertar de esa masa. Sólo necesita “un gobierno decente” que les haga recuperar la fe en un país que asusta por la desigualdad y falta de oportunidades; un país en donde te matan por pensar diferente, por expresar la opinión, por denunciar la corrupción, por cruzar una calle y ser embestido por un borracho, por robarte el celular. Un país en donde por todo y casi nada te pueden matar.

Ese país que necesita ser reinventado es responsabilidad de todos y cada uno, no sólo de un caudillo, por muy bonito que hable o por muy bien presentado que salga en la foto de campaña. Lo triste de todo esto es que para el 2022 que se aproxima, muchos ya han desempolvado su caudillo favorito, incluso muchos de los que apenas hace unos meses llamaban a la total transformación y tumbaban estatuas obsoletas.

agosto 14, 2021

La política en el Tolima: entre la hegemonía de hoy y el desencanto de siempre

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

 

Siguen retumbando en las acuosidades del gran Magdalena la pregunta del maestro Echandía: “¿El poder para qué?”. Tantos años soportando la ausencia de un proyecto de región nos han conducido a perder la fe en los gobernantes, las instituciones y la política. Para muchos decir «política» equivale a sentir las arcadas, ese malestar que precede al vómito.

Se añora el pasado “glorioso” del Tolima, que es casi decir un pasado de líderes decentes que antepusieron algunos de sus deseos en pro de colocar a la región “en el concierto nacional” y de solucionar los problemas concretos de la vida cotidiana. De eso poco queda. Ahora asistimos a las rencillas, al maridaje politiquero, a la componenda, a la comidilla de cafetín, a las alianzas programáticas para desfalcar el erario, a la pérdida de la política y el triunfo desorbitante de la politiquería.

Y en ese inventario desolado no importan los colores, ni los directorios, mucho menos las ideologías. Da igual, lo importante es la lucha desaforada por el poder; pero, volvamos a Echandía: ¿para qué? El fin de la política es la búsqueda del bien común, el consenso por la construcción de ciudadanía a través de la solidificación de lo público, el lugar de todos y de ninguno. Hoy asistimos a la era de la gran ausencia de políticos y la necesidad urgente de la política.

Veamos el momento actual del departamento del Tolima a la luz de las anteriores premisas. El llamado liberalismo, cada vez más alejado de las clásicas ideas y postulados liberales, arrastra una larga cola de desaciertos y errores. Sus “líderes” fueron incapaces de gestionar la ciudad y el departamento, las necesidades de hace cinco décadas siguen latentes: Brecha enorme entre lo rural y lo urbano, desorganización de la urbe, ausencia de servicios básicos, pobreza en el centro y miseria en los bordes, corrupción a todos los niveles; todos estos indivisos indicadores del fracaso.

Por su parte las denominadas fuerzas alternativas, que van desde un centro con vocación social hasta la izquierda- izquierda, se sumen en sus eternas luchas internas por imponer sus idearios. Expertos en identificar los males sociales son incapaces de generar un acuerdo para plantear las soluciones. Es muy fácil criticar el desfile desde el balcón, el problema es ponerse las alpargatas y bailar. Juntarse es algo impensado, son tan puristas algunos grupúsculos que, como dice el viejo chiste de cafetín, se reúnen cinco y salen seis vertientes distintas.

Su dispersión siempre ha sido favorable a los partidos tradicionales, a donde muchos terminan saltando con ánimo o esperanza de realizar alguna gestión. Casi siempre son devorados por el Leviatán de provincia. Ahí siguen, convocando, criticando, denunciando, todas ellas labores loables, pero sin un proyecto de poder claro y concreto, es decir, sin política.

Los conservadores, que se mixturaron con varias vertientes del orden nacional que depositaron sus huevos infestados en las regiones, lograron después de muchos años de alzar su cabeza hacia el Palacio del Mango, habitarlo con toda su artillería. Liberales desencantados, uribistas camuflados, seudo-independientes sin línea nacional y otros personajes pertenecientes a la fauna tropical que han engordado sus huestes. Con el trajinado modelo del caudillo de antaño hoy dominan el panorama departamental y sueñan avanzar en la construcción de un poder extraterritorial, tesis del siglo XIX que arrastran como un penoso legado.

Ahora, con el panorama despejado se enfrentan a la cruda realidad, deben gobernar, pero muchos de ellos no lo saben hacer, porque en el Tolima el arte de gobernar hace rato se quedó enterrado en su “pasado glorioso”. Ahora muchos saben hacer politiquería, firmar contratos, repartir puestos, generar tácticas para atrapar dineros, echar discursos, pero pocos, muy pocos saben gestionar las necesidades de la región. Esas mismas carencias que denuncian las fuerzas alternativas y que fueron incapaces de arreglar los liberales y que, de seguro, no subsanarán los conservadores.

La hegemonía de hoy será la fragmentación del mañana. Sumidos en una lucha interna por los botines del poder, ni cuenta se dan que la ciudad se torna caótica y el departamento sigue cuesta abajo en su rodar. Como apenas les interesa la burocracia en su esplendor, porque para ellos los puestos son sinónimos de poder, olvidan, como lo hicieron los liberales (incluidos los liberales alternativos que gobernaron recientemente la ciudad), que el fin de la política es el bien común y la consolidación de sí misma como expresión ciudadana, no de un gamonal o un trapito de cualquier color.

Y en medio de ese vaivén la inseguridad y el desempleo aumentan. Los crímenes de Estado se mezclan con los crímenes del narcotráfico, las bandas emergentes y los residuos rearmados del colapsado proceso de paz, moviendo la violenta región de antaño hacia un círculo vicioso de miseria y barbarie. El descontento general crece, que sumado a los efectos de la pandemia y los años de atraso en las políticas públicas están configurando un gran «coctel de malestar social», que explota cada cuando y que los gobernantes ven pasar desde las ventanas de sus oficinas, pero que no intervienen porque están pendientes por las disputas de las nóminas, los contratos y los convenios. Pensando en los puestos del mañana han olvidado los retos del presente.

Mientras tanto, el antiguo Tolima con aquellas melodías “de canciones viejas” sigue a la deriva, con sus sueños frustrados de región que nunca pasó de ser una maqueta. Sólo basta ver la desconfiguración de su triste capital para imaginar cómo están todos esos hermosos territorios olvidados que habitan bajo la sombra silenciosa de su nevado.

¿Hay una salida? En política siempre existe una posibilidad, sólo que ella pasa por juntar los restos del naufragio y, acudiendo al principio de necesidad compartida, vislumbrar un lugar para desde allí construir. Los impedimentos están a la vista: las viejas maquinarias de todos los colores, los egos de caudillos trasnochados y los odios infundados por las mezquindades del poder y heredados a los jóvenes militantes; pero, sobre todo, la desesperanza, porque pareciera que estamos atrapados en un remolino de incapacidades.

Volver a la política es entender que se puede construir con el otro, con el diferente, derrotar los odios y otear más allá de las limitantes que han construido nuestras miradas, eso sí, sobre los principios fundamentales del bien común. Cuando el reto es grande se necesitan seres grandes, lamentablemente estamos rodeados de pigmeos.

julio 12, 2021

Pensar y actuar en contexto: El papel de la universidad en la movilización social

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Educación, realidad y contexto

Cuando se habla de las dimensiones del currículo se suelen recordar con frecuencia dos conceptos: pertinencia y contextualización. El primero de ellos tiene que ver con la respuesta que desde los contendidos se da a las demandas del entorno, por lo cual se infiere que ningún currículo es fijo, que debe estar en constante transformación, ya que los entornos reclaman esa misma dinámica. El segundo concepto, el de contextualización, hace énfasis en los procesos, estrategias y metodologías que permiten la articulación al entorno antes mencionado.

Según múltiples postulados, dichas dimensiones son esenciales cuando se piensa en la educación como un factor de transformación social, cultural, económica y científica de una sociedad. Esta es la ruta fundamental del proyecto educativo moderno, que en términos de Durkheim consiste en avanzar en la formación de un mejor ser humano, quien, a su vez, contribuye a la formación de una mejor sociedad.

Ahora bien, estos postulados no siempre se cumplen. La educación está determinada por múltiples aspectos que condicionan el currículo a otros intereses que se decantan en indicadores, rankings. Mediciones y determinantes casi siempre ajenos al entorno y, por supuesto, descontextualizados. Cuando, por ejemplo, el MEN aprueba la apertura de un programa, este queda sujeto a una serie de condicionantes de “calidad” que, en muchos casos, riñen con los entornos en donde el programa va a operar. Se pide el cumplimiento de unos indicadores que por sí solos no generan un impacto transformador en la realidad. La mayoría de los indicadores son enunciados, no realidades.

¿Por qué esta discusión? En el escenario del estallido y la movilización social acaecidos en Colombia durante el año 2021, que es un acumulado de muchas décadas de ausencias de políticas que de verdad impacten positivamente la realidad, estos aspectos toman profunda importancia. Han surgido de nuevo esas preguntas antiguas: ¿para qué la universidad? ¿Qué es lo se debe enseñar? ¿Cómo se debe articular la educación con la realidad?

De algún modo estas preguntas han estado siempre en los entornos educativos y muchas veces las respuestas han sido suplantadas por los tecnócratas de los indicadores, quienes, aunque parezca increíble, tienen grandes aliados en la universidad pública y viven “midiendo” la importancia de la institución a través de los puestos que ocupe en esos listados. Lo que poco se “mide” es precisamente la pertinencia y la contextualización, quizás porque transformar la realidad no les interesa tanto a los actores, es mejor exhibir galardones, primeros puestos, diplomas, indicadores de gestión, buenas notas, certificados y un largo etcétera de artilugios. 

Ahora, cuando la mayoría de universidades públicas han quedado atrapadas en el mutismo propio de la sin salida del momento actual, mucho se discute si volver a la actividad académica o seguir en paro permanente. Para responder a esta disyuntiva habrá entonces que repreguntar: ¿De qué manera se cumple la función social de la universidad, estando en paro o estando activa? Intuyo que la respuesta es unánime. Pero entonces ¿Cómo responder a las necesidades del entorno? ¿Cómo articular la universidad colombiana del siglo XXI para que de una vez por todas se vuelque a contribuir con todos sus esfuerzos a la reconstrucción del país? Volver a pensar estas dos dimensiones del currículo es una de las tantas posibilidades.

La propuesta

El Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima, igual que casi todo el sistema educativo colombiano, suspendió actividades académicas después del 28 de abril de 2021. Ese día se concretó la hora cero que generó la reacción en cadena del tsunami de indignación de millones de habitantes, ciudadanos, campesinos, estudiantes, jóvenes, hombres, mujeres y diversos azotados por la precariedad que se profundizó por los efectos del Covid-19.

Después de un mes de paro y sabiendo que las soluciones a las demandas del mismo tardarían en llegar, empezó la discusión sobre el retorno o no. Para algunos el retorno a clases era una traición, para otros, era necesario garantizar el derecho a la educación aún en medio de la crisis, no en vano la educación siempre ha pervivido en medio de una sociedad en permanente convulsión. Desde el Consejo Directivo del IDEAD se realizaron varias sesiones de trabajo debatiendo los pro y contras de cada medida, se procedió a diseñar un sondeo de opinión para los estudiantes y profesores de posgrado obteniendo una marcada tendencia a retornar, (73% en estudiantes y 83% en profesores), pero bajo unas condiciones distintas a las que se realizaban en un periodo de “normalidad”.

Uno de los aspectos resaltados en la Circular No 1, expresaba tajantemente que el retorno se haría: “Retomando los principios propios del modelo pedagógico de flexibilidad, pertinencia y coherencia, los docentes deben dialogar con los estudiantes sobre la coyuntura del momento y generar acuerdos que permitan armonizar las tutorías de cara al importante movimiento social que vive el país”. (Consejo Directivo IDEAD, mayo 26 de 2021). Este llamado fue la clave para construir el proyecto que acá se comenta.

La experiencia

Bajo esos parámetros establecidos por el Consejo Académico y ratificados por el Consejo Directivo, se dio la reactivación académica de todos los posgrados del IDEAD (4 especializaciones y 2 maestrías). Y bajo esas mismas condiciones se dio el aprestamiento del seminario “Narrativas Literarias Digitales”, perteneciente al plan de estudio de la Maestría en Pedagogía de la Literatura, en el cual se encontraban matriculados 14 estudiantes.

Se empezó por plantear un Acuerdo Pedagógico encaminado a articular la realidad social, los ejes del seminario (literatura, medios digitales y pedagogía) y desde esa unión plantear la posibilidad de dar trámite al seminario sin abandonar la movilización, por el contrario, priorizando los elementos del entorno como componentes fundamentales de la actividad curricular. Después de una fructífera discusión colectiva, se llegó a la conclusión que era posible y que, en esencia el proyecto final del seminario, debía dar cuenta de estos aspectos propuestos, con lo cual necesariamente se adecuaron los tiempos, la evolución, la secuencia y otros temas esenciales para el nuevo rumbo adquirido.

Describir los pormenores de cada sesión, los profundos debates sobre la realidad que vivían los otros, los estudiantes y la sociedad en general, así como el seguimiento al proceso, haría muy extenso este artículo; lo que sí nos permite evidenciar y valorar los alcances son las producciones finales del seminario.

La primicia que sirvió como derrotero consistía en articular los proyectos finales usando como referentes algunos de los múltiples aspectos presentes en la movilización social, la categoría de literatura y por supuesto el de narrativas digitales, todo esto propendiendo por un enfoque pedagógico, es decir que dichos insumos o artefactos, se constituyeran en insumos para otros contextos educativos formales o informales. De ahí que sea necesario la divulgación de los mismos que a continuación se realiza.

Los productos

Cada uno de los proyectos elaborados en el marco del seminario “Narrativas literarias digitales”, contaba con los insumos epistemológicos provistos a través de las lecturas básicas propuestas en el microcurrículo. Se dio la opción que fuesen pensados, diseñados y elaborados por parejas de estudiantes o de manera individual, se contó con un procedimiento constante de asesoría y verificación durante el transcurso de los encuentros mediados por TIC, además de las asesorías extracurriculares. Estos son los resultados:

MAESTRÍA EN PEDAGOGÍA DE LA LITERATURA

Seminario: Narrativas literarias digitales

Docente: Carlos Arturo Gamboa B.

Autores y proyectos

Descripción

 

Karen Natalia Arias / Pedro Giraldo:

 

Resignificación: pasajes literarios de protestas

A través de un video documental se recrean textos de trasfondo religioso para darles una resignificación en el marco de la movilización social. Combinan creación literaria, imágenes y música, para hacer un homenaje a los procesos de resistencia en Villahermosa (Tolima)

 

Edna Salazar / Camila Páramo:

 

Mini-crónicas: Relatos de resistencia

Las autoras crean una miniserie a través de Instagram, en la cual, amanera de crónica, dan cuenta de 5 momentos fundamentales de la movilización social en Colombia. En “Relatos de  resistencia” se plantea la memoria como eje pedagógico de la formación crítica.

 

Cynthia Torres:

 

Concursando por los sesos del ero guro de Colombia

Usando el comic y en particular la propuesta de Shintaro Kago, la autora presenta una obra cercana al realismo sucio y a partir de esas imágenes construye mini-relatos que tienen un alto contenido social, totalmente articulado a los aspectos del actual estallido social en Colombia. Nos da a conocer una obra y la articula con la realidad de nuestro momento de estallido social por medio de la creación literaria.

 

Ana María Homez / Elizabeth Homez.

 

Mamás en la resistencia desde la primera línea: Crear, moldear y capturar historias

Rescatar el significado de las madres de la primera línea, a través de testimonios, imágenes, música y usando la técnica del stop motion, es la apuesta de este sensible trabajo que muestra con precisión las expresiones legítimas de la resistencia.

 

Vanessa Delgado:

 

Ensayo-blog: lenguajes de la resistencia

Usar el blog como un artefacto dinámico es la apuesta de este proyecto, retomando de base el ensayo académico, aborda la caricatura (Matador) como expresión crítica que constituye un discurso en la movilización social. Al final nos presenta un blog interactivo que da cuenta de las diversas expresiones mediadas en conjunto.

 

Vicky Alejandra:

 

Despertando sueños Literarios a partir del uso de la Biblioteca digital

Este proyecto asume la construcción de un reservorio de diversos textos literarios, usando las herramientas digitales que permiten enlazar diversas formas de lecturas. Además presenta una estrategia didáctica mediada para que los niños puedan construir sus propio comic sobre la movilización social.

 

Viviana Torres / Viviana Mendoza:

 

Diccionario literario infantil para entender la movilización social.

El diccionario es una apuesta por reconstruir los significados de las palabras para que ellas actúen como testimonio de la construcción cultural de la crisis social. Recrea el uso de las palabras preguntándole a los niños sus significados, lo cual permite rastrear la apropiación infantil del momento actual. Usa diversas mediaciones para hacerlo dinámico y navegable y muy pedagógico.

 

Hernán Ruiz / Laura Zamudio:

 

El color de la palabra

En palabras de sus autores: “La movilización establece distintos espacios de expresión desde el arte y la palabra, es entonces en este proyecto que se analiza el grafiti como una manera de denuncia hechos atroces y violación de derechos humanos. El uso del cuerpo, la palabra, la imagen y el baile genera nuevas perspectivas y condensa los elementos en favor de la protesta”.

 

De esta manera se genera una apuesta sonora y visual que impacta y recrea las estéticas de las resistencias.

 Finalmente, dejando la invitación para que visiten cada uno de los espacios, se puede concluir que mediante este ejercicio se recuperaron esas dos dimensiones curriculares que poseen todos los programas académicos (pertinencia y contextualización) y al hacerlo, encontramos una manera de mantener vivos los espacios de los encuentros tutoriales sin desconectarnos de la realidad. En otras palabras, cumplimos con los fines de la educación que plantean la construcción de conocimiento para entender la vida, las cosas y los fenómenos, y de esa manera aportar al individuo y a la transformación social.

Por tal razón, retornar a las actividades académicas tiene sentido cuando desde las disciplinas pensamos y actuamos en consonancia con el tiempo y las crisis que padecemos. Esperamos que de estas iniciativas surjan muchas más, en otras disciplinas y bajo variadas ópticas.

Colectivo Seminario Narrativas Literarias Digitales


junio 15, 2021

Movilización social y disputa simbólica

                                                                             


                                                                                                            Por: Carlos Arturo Gamboa B. 

Docente Universidad del Tolima – IDEAD- 

 

La historia de las movilizaciones sociales está acompañada de múltiples expresiones que las dotan de unas características que trascienden más allá del movimiento y se convierten en sellos culturales. Por eso vivirá en la memoria colectiva la expresión «prohibido prohibir» que inundó las calles en los años 60, primero en Francia y luego en miles de urbes más. Estos símbolos se arraigan en la cultura durante un tiempo, pero pueden mutar, cambian, están en constante disputa. 


Cuando los «Panteras Negras» gritaban por las calles de Filadelfia “Todo el poder para el pueblo”, estaban abrevando de la vieja propuesta de la Revolución Rusa “Todo el poder a los soviets”, dos tiempos comunicados por una consigna. Sin embargo, no siempre los símbolos perviven con sus significados primarios, a veces pierden su legado original. 


Un caso típico es el de la cruz esvástica, cuyo nombre proviene del sánscrito y significa “buena fortuna” o “bienestar”, algo muy distinto a lo que encumbró Hitler y el fascismo en su discurso de masas. El símbolo era usado en Eurasia y tenía una clara relación con el movimiento del sol. En muchas otras culturas ese tipo de cruz tiene fuertes connotaciones religiosas. No obstante, el movimiento völkisch la asumió como símbolo de la supremacía Aria, con las consecuencias que hoy la cultura asume de la misma. 


Algo parecido ha venido pasando en el contexto colombiano, entendiendo que el cambio de significado tarda un poco, pero se va haciendo efectivo en la memoria cultural. La bandera blanca, cuya connotación esencial hace alusión a la paz, fue usada por los guerreristas liderados por Uribe para posicionar un mensaje de “retoma del país”, frente al entonces enemigo único encarnado en las Farc. Ese giro ha ido haciendo mella en la cultura. 


Hoy vemos como los denominados “ciudadanos de bien”, asumen dicho color como su estandarte, para desde allí convocar a un “orden social”, que supuestamente es el estatuido. Si el color blanco es asumido por el “bien”, al mal le queda el color negro, vieja concepción religiosa que sigue imperando en el entramado cultural. Si quienes ostentan el color blanco agreden, hay permisividad en ese acto, puesto que está defendiendo el orden social y moral establecido como imaginario. Si el color negro lo hace, sus portadores deben ser juzgados con todo el peso de la ley, porque están trasgrediendo el orden establecido. 


El mismo concepto de “ciudadano” ha sido estrangulado para darle un nuevo significado. En él no caben los campesinos, los indígenas, mucho menos los desheredados de la tierra; en su deformación terminó haciendo referencia a una clase media en ascenso, con unos rasgos clasista bien definidos, amantes acérrimos de la propiedad privada como fin único de sus existencias. Nada que ver con la tradición de ciudadanía que desde los griegos se ha venido construyendo y que tiene que ver con la coexistencia de sujetos con derechos y deberes colectivos que conforman un proyecto de sociedad. 


Por ese mismo camino transita el término “vandalismo”, veamos un poco de su historia. En el año 455 Roma es saqueada por los Vándalos, un pueblo Germano con antepasados vikingos, cuyas tradiciones de poder se soportaban en el despojo de lo que encontraban en su camino. Durante la revolución francesa se estableció una política nacional para proteger las obras de arte de los actos vandálicos, según el edicto, muchos de ellos realizados al furor del movimiento revolucionario debido al escaso conocimiento sobre el valor de las obras. En el mundo moderno, el vandalismo tuvo expresiones estéticas trascendentales en movimientos denominados iconoclastas, cuyas afectaciones se hacían en el concepto y en la intervención de obras artística consideradas acartonadas. En Colombia aún son recordadas ciertas acciones de los Nadaístas. 


Ya desde el punto de vista judicial, existe una amplia tipología de vandalismos que va desde el saqueo y el hurto menor, hasta el vandalismo ideológico, pasando por el ideológico y táctico.  Es decir, el vandalismo se configura como un delito que incluso se ha desplazado al mundo cibernético de la red. Por eso aceptar que quien protesta es un “vándalo” es aceptar que se está cometiendo un crimen al hacerlo, algo que de esa manera se convierte en símbolo equivalente. Pueda que algunos sujetos realicen actos  vandálicos como expresiones propias de su frustración social, o simplemente aprovechan la efervescencia para actuar en ese sentido, pero no se puede generalizar a todo un movimiento social bajo esta primicia. 


Algunos jóvenes y figuras públicas, en especial en las redes sociales, han decidido asumir el discurso de aceptación de “ser vándalo”, como un juego de palabras de contra-asociación, no obstante, considero un error seguir este camino. Es como si ante un juez alguien acusado de matar un hombre dijera, yo lo maté, pero no soy asesino. 


Los símbolos contienen un enorme poder cultural, la disputa de ellos es parte de la reconstrucción del mundo de la vida, por ello, debemos entender que más allá de la euforia, la indignación, el calor del movimiento, la provocación, el constante ataque de las fuerzas estatales, la satanización de la protesta y mil hechos más, debemos encarnar la idea de que somos distintos a lo que queremos cambiar.  


Asumir como derroteros la paz, el derecho a la diferencia, la búsqueda de la equidad y el respeto por el otro, son discursos que reconstruyen un símbolo que nos conduce a ser diferentes y desde allí es posible mover a las mayorías hacia un nuevo constructo de país. De lo contrario sólo seríamos una horda más que sobrevive en donde otra horada fue derrotada. 

 

Posdata 1: El tema de la confrontación de los símbolos traslapados en los monumentos derribados y por derribar, es un amplio campo de análisis en esta misma línea, que bien merece una disertación aparte. 


Posdata 2: El comunicado del levantamiento del bloqueo de la Comuna 20 en Cali, es un documento digno de estudio de la acción política, muy alejado de los pobres pronunciamientos que ruedan sin futuro por la red. Invito a que lo lean.