Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Apenas
te vas aproximando desde el aire te sorprende a lo lejos el hermoso perfil de
su paisaje. Luego empiezas a descender sobre una corta pista en donde un gran
avión no podría meter sus narices. El pequeño aeroplano aparca mientras una
despistada ayudante de vuelo (azafata en aviones más grandes) te traduce la
felicidad del aterrizaje, felicidad que todos compartimos porque en esta pista
con nombre de aeropuerto todo podría ser posible.
Desciendes
y mientras caminas entre conos rojos ves a tres o cuatro despistados esperando
tras las rejas a que algún conocido descienda. Deben llevar horas esperando. Vas
al estrecho cuarto en donde la banda ruidosa te entrega las maletas y sales sin
que nadie verifique tu propiedad. Solo un anciano dormita en la puerta y mira
pasar brazos y maletas, el problema de este viejo vigilante es que ya debería
estar jubilado, pues sus manos contienen la huella de muchas horas laborales.
Las
ciudades empiezan a hablarte desde sus puertas. El aeropuerto es una de ellas,
la preferida en tiempos de aires, conexiones y vidas aglutinadas por el ir
venir de los horarios. Este aeropuerto parece un barco lacerado. Sus baños,
cuando no están cerrados, están sin agua y sin papel. Los taxistas merodean sus
risas en los bordes y los operadores dormitan en los pasillos. Si llegas unos
minutos tarde te regañan, pero te piden paciencia ante una espera de tres horas
en las mañanas, porque casi siempre se presentan problemas de bruma, tráfico
aéreo o cosas de esas…
Si
abres la puerta y recorres los primeros pasillos de esta ciudad, encontrarás un
taxista malgeniado que ni te saluda; una carretera repleta de las cicatrices
por la desidia estatal y un taxímetro que no corre, sino que corroe. Entonces a
la altura de Mirolindo, descubres que has regresado a Ibagué, la ciudad
pujante, llamada así porque aquí todos pujamos ante la escasez de agua, ante la
malversación de lo público, ante el descuido de las calles. Ciudad en la cual
desde que estás descendiendo sobre el aeropuertico pujas para que un chulo no
se pose en tu ventanilla y recuerdas que ser ibaguereño es tener la capacidad
de aceptarlo todo y de vez en cuando pujar.




