febrero 07, 2013

TRANSCURRIR UT (FEBRERO 7)



Por: Carlos Arturo Gamboa B.

1.

Ante la toma de decisiones inconsultas por parte de algunos decanos, en especial en estos días se comentan las supuestas arbitrariedades del decano de la Facultad de Educación quien desconoce la voluntad y sentir de la colectividad de docentes y asume posiciones antidemocráticas propias del régimen politiquero que agobia la región, cabe volver a formular la pregunta: ¿quién regula las actuaciones de los decanos? No puede ser el Consejo Académico, que está compuesto en gran parte por ellos mismos; debería ser la Comunidad Académica en su conjunto, pero la mayoría se encuentra sumida en las cotidianidades a-críticas, otros dependen de la buena voluntad o amaño de los decanos y una minoría lucha contra las lógicas institucionales que, con su silencio, «parecen» favorecer las actuaciones anti-éticas, desconociendo el “ser universitario” como una categoría que debe guiar al sujeto que vive y actúa en la Universidad del Tolima. Ojalá los decanos no olviden que fueron elegidos por una comunidad, (bajo un sistema poco participativo, con los vicios de nuestra seudo-democracia), pero que al fin y al cabo, se deben a la Academia, no a sus votantes, voluntades o caprichos; y quizás la comunidad, cuando se hastié de sus actuaciones, pueda echar mano de los mecanismos de revocatoria. Sería bueno sentar precedentes para recordarles la axiología que debe guiar lo público.

2.

La democracia sigue en estado de coma. Los discursos enarbolan la palabra, pero hacen omisión en la práctica. La verdadera democracia no es un concepto abstracto, debe ser el sentir cotidiano de los sujetos, por eso no se puede creer que la democracia se construye invitando a participar, pero no invitando a tomar decisiones en conjunto. Cuando los sujetos que encarnan el poder olvidan su razón de ser, empiezan a crear escenarios totalizantes y no sólo los dictadores son anti-democráticos. Por eso en la Universidad del Tolima no avanzan los procesos participativos, porque existe una desconfianza histórica en los actores que siempre elaboran discursos pero no incorporan transformaciones. Se habla de democracia y se ejerce el poder sin reparos. Esperamos que las construcciones del Plan de Desarrollo, los lineamientos curriculares, el PEI y demás bitácoras institucionales, no re-caigan en esa lógica de: “tú participas, él participa, nosotros participamos, yo decido”, aunque por lo observado hasta ahora, ese será el camino. Por el bien de un proyecto sólido que saque a flote el Alma Mater, espero equivocarme.

3.

“Los Provisionales II” parece ser la serie de moda del 2013 en la Universidad del Tolima. La reforma laboral del año 2012, que más que reforma fue, como se denunció por parte de ASPU en su momento, una reacomodación de las estructuras burocráticas y un crecimiento desaforado de “puestos politiqueros”, sigue el rumbo que se le trazó desde sus inicios: la ambigüedad laboral. En aras de ser ecuánimes, la reforma hizo justicia con muchos que llevaban años trabajando en silencio por la Universidad, pero les abrió las puertas a otros que como caídos en paracaídas se entronizaron en la nómina, la verdad sea dicha, sin merecimiento. Ahora puede crearse un panorama de “ilegalidad” que terminará por afectar a los más vulnerables, porque la burocracia saber aferrarse como rémoras al poder de turno, o a la politiquería regional, para garantizar sus plazas. ¿Qué pasará cuando se realicen las convocatorias nacionales abiertas para todos estos cargos? ¿Habrá garantías y transparencia? Me temo que estamos poniendo en riesgo la estabilidad de los más débiles, todo por los caprichos de una reforma que no fue concertada, ni evaluada en sus impactos, y cuyos responsables deben dar la cara. Más aún cabe preguntar: ¿Cuántos de los “beneficiados” por dicha reforma ya fueron despedidos? ¿Cuántos nuevos funcionarios han sido nombrados sin que medie ninguna norma de meritocracia? Esto demuestra que no sé realizó una reforma adecuada a un proyecto de universidad, porque ni están todos los que son, ni son todos los que están.

4.

Contraloría y Autonomía son palabras que riman, pero que se diferencian. Se supone que los entes externos de control de lo público se deben asumir como apoyo institucional para blindar lo público y lo común. Ustedes juzgarán si lo hacen, pero el concepto de Autonomía Universitaria no puede ser soslayado, porque el concepto es sí mismo contiene las posibilidades de autogobernarse y autorregularse. Que hagan un mapa de riesgos tomando como insumos los “hallazgos” es muy válido y sirve como referente para que la comunidad active los mecanismos de veedurías frente a los mismos. Hasta ahí su función. Lo que no se puede permitir es que legislen sobre aspectos netamente académicos como la libertad de cátedra y la producción académica, aspectos fundantes de la Autonomía Universitaria; o que trasladen jurisprudencias a “rajatabla” sin una interpretación del contexto real universitario agobiado por las políticas nacionales, en donde muchas disposiciones del orden nacional generan o profundizan la crisis universitaria. Si se trata de regulación tenemos a disposición los mecanismos, otra cosa es que no los cumplamos, en ese caso ni Contraloría ni Autonomía podrán dotar a la comunidad de la ética que le debe ser inherente.

febrero 04, 2013

EL PLAN "B" DE LAS UNIVERSIDADES PÚBLICAS



Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Catedrático Universidad del Tolima
Secretario ASPU-Tolima

En 1988, antes de la muy famosa y muy lesiva Ley 30 de 1992, se publicó el texto titulado La universidad a la deriva[1], el cual planteaba una serie de interrogantes sobre el futuro de la universidad pública, los cuales hoy, 25 años después, siguen latentes y sin respuesta. Desde entonces la universidad ha seguido, ya no tanto a la deriva, sino más bien timoneada por los intereses del macro-mercado internacional, cada vez más lejos del puerto en dónde su «razón de ser» espera, como Penélope, la llegada de un Odiseo que se perdió en las aguas turbulentas del capitalismo de los servicios.

La situación de la educación pública en general es compleja, pero casi siempre lo complejo es de una sencillez desconcertante¸ y en ese marco de reflexión el futuro que le espera a la Universidad Pública está condicionada a los avatares de un Estado cada vez menos autónomo y por lo tanto, heterónomo a las disposiciones del mercado. La cuestión no es de diagnósticos, consiste en «desobedecer para existir» o de subordinarse para desaparecer. Al contrario de lo que creen muchos tecnócratas de turno, quienes mediante argucias discursivas elaboran leyes, decretos y resoluciones para dar cumplimiento a los mandatos del Banco Mundial y demás estamentos del orbe-poder, la cuestión de la existencia de la Universidad Pública radica en abandonar el cauce de los ríos predeterminados y proponerle nuevas rutas. Obedecer las disposiciones es convertir la Universidad en un centro de reclutamiento en donde sólo se aprende lo que será usado en la guerra del conocimiento, por eso se invoca la eficiencia como principio regulador del aprendizaje. Desobedecer es reinventarse. El problema es que nadie quiere hacerlo, al menos los que regulan la educación a nivel nacional, incluyendo el MEN, Colciencias, el ICETEX, el ICFES, y por supuesto los rectores. Todos estos entramados de los eslabones del poder sólo obedecen y garantizan la desaparición de la Universidad Pública, así la sigan llamando igual.

«Desobedecer para existir» es la gran lección al margen de la historia del capitalismo; sólo pervive aquello que responde a la necesidad de construir una mejor sociedad, lo demás es tragado por la máquina tragamonedas que todo lo transforma en capital constante y sonante. Pero lo que no entra en la lógica del capital es tildado de subversivo, anacrónico, terrorista; por eso hoy estos calificativos acompañan a quienes claman por educación gratuita, currículos descolonizadores y transformación social. Al contrario, los grandes adalides de la educación son quienes siguen el plan “B”: acreditaciones a los estándares del mercado, diseño de currículos por competencias, incremento de posgrados amparados en la flexibilidad, venta de servicios (diplomados, cursos, créditos), internacionalización de la academia a costa de la construcción de saberes para la solución de los problemas del contexto y demás conceptos que no son más que la traslación sin argumentación del lenguaje empresarial al mundo académico. El plan “B” de las Universidad Públicas no es más que cumplir con el mandato del Plan Bolonia; y el plan Bolonia responde a la lógica del mercado, razón de la cual se infiere…

No existe un proyecto de nación sin su soporte vital en un plan educativo, pero como el propósito consiste en seguir sumidos en una eterna heteronomía, seguiremos conduciendo nuestro barco a las costas de la mediocridad; esto no parece importarle a muchos, mientras nuestra embarcación tenga el permiso “acreditado” de los capitanes del capital.

 En 1994 Colombia tuvo la selección de fútbol “mejor acreditada” de la historia y en el mundial de fútbol en EE.UUU ejecutó uno de los más grandes fiascos futboleros. Quizás no se haya estudiado mucho el principio fundante de su técnico Francisco Maturana: “perder es ganar un poco”, pero si pensamos en ello y en el porvenir de la Universidad Pública, es mejor no imitarlo, porque en este caso «perder es perderlo todo», y es preferible desobedecer la lógica del mercado que subsumirse a ella, a no ser que la bitácora que guie nuestra embarcación sea la de entregarle al mercado uno de los bastiones de la libertad del pensamiento (hoy casi totalmente enajenado); entonces el plan “B” sería el mejor, no para nosotros, sino para ellos, los amos del mercado.






[1] Escrito por: Luis Enrique Orozco Silva, Rodrigo Parra Sandoval, Humberto Serna Gómez. Tercer Mudo Editores.

enero 31, 2013

EL MUNDO DE LOS CÍNICOS




Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Vivimos en el tiempo de los cínicos, aquellos que definiera Oscar Wilde como “hombres que conocen el precio de todo y no dan valor a nada”, excepto a aquello que satisface su pequeño ego. Vivimos en un eterno presente, anclados al no futuro y al no pasado. Poco importan en nuestro balance las lecciones de la historia y los pálpitos del devenir. En tiempos de incertidumbres nos aferramos a la peor de las verdades: la cotidianidad y su nauseabundo transcurrir en donde todo sucede y nada cambia.

Coleccionista de imágenes superfluas creemos en las leyes de la banalidad, por eso corremos tras las cifras, tras los ruidos de las falsas comodidades, tras el espejo que ofrece una figura deformada, haciéndonos ver líricamente adaptados.  Se fuésemos capaces de romper el velo de hierro que cubre nuestros ojos, el horror nos enloquecería. Por eso preferimos estar dopados en nuestras casas o en los cubículos que nos heredaron en las oficinas o en las pequeñas baldosas de lo que llamamos propiedad y libertad.

Somos capaces de incinerar el mundo si alguien se atreve a desafiar nuestra verdad, pero nada nos altera, ni el rumor del mundo agonizante, ni el grito lastimero de quien muere en la miseria, ni la espada electrónica que devora cuerpos en las grandes avenidas. Nada nos asombra, somos perfectas estatuas que vociferan los eslóganes propicios para la soledad de las grandes multitudes.

Nacemos antes de tiempo, crecemos pronto, nos diplomamos rápido, nos procreamos de acuerdo a las leyes del mercado y morimos jóvenes, pero nuestro cadáver deambula mucho tiempo al ritmo aleccionante de la nada en la ciudad. Un día nos ofrecen una caja para guardar nuestra vergüenza. La vejez es la maldición del aparato productivo.

Vamos por ahí, sin decir nada, porque el mundo está poblado por los cínicos y más le vale a la sabiduría huir; porque como decía Confucio “el sabio sabe que ignora”, pero los cínicos sólo pregonan sus verdades y con ellas construyen la perfección de su cinismo.

enero 25, 2013

¿POR QUÉ NO NOS INTERESA LA PAZ?



Por: Carlos Arturo Gamboa

¿Por qué no nos interesa la paz? Si no hay armas las ideas pueden empezar a ser más relevantes, por eso queremos que sigan imperando los fierros, en un país en el cual es más importante un fusil que un libro, los guerreros prevalecen. Y si hay guerreros la tierra será de ellos y ellos serán la ley.

Un territorio sin disputas armadas hará que muchos piensen en la injusticia de la tenencia de las tierras, en la inequidad del uso que permite un millón de vacas en los enormes potreros mientras los campesinos mendigan un pedacito de carne. Un país en donde las armas sean propiedad de un ejército al servicio del pueblo, no daría cabida a mercenarios dispuestos a disparar al mejor postor. ¿Qué haremos los narcos en país sin grupos armados? ¿A quiénes contrataremos para asesinar, desplazar y sembrar terror?

Por eso es mejor la guerra. Podremos matar a quien no esté de acuerdo con nosotros. Si alguien se cree con la libertad suficiente para reclamar equidad, justicia, igualdad o cualquier otro concepto que riña con nuestra idea de progreso, pues las armas estarán dispuestas para hacerlo desistir.

Un país sin actores armados será peligroso, abundarán los que exijan cambios sociales, los que pidan educación, los que pidan mejores salarios, los que eviten que los gobiernos desarrollados del mundo inviertan para llevarse nuestras riquezas. Un país en paz es un país sin posibilidades de hacer lo que queremos la clase de los poderosos, por eso deseamos la guerra.

La guerra es nuestro destino, desde que los españoles llegaron. La guerra ha enriquecido a unos pocos que vedemos armas, que tenemos latifundios, que hacemos empresa a costa del bienestar de la mayoría; un país sin guerra puede cambiar esto y sería altamente peligroso.

Por eso quienes desean la paz están locos, la única salida son las armas, un pueblo sin guerras corre el peligro de hacerse verdaderamente democrático. Por eso no nos interesa la paz y haremos lo posible por evitar que un día las armas sean objetos de museo.

enero 15, 2013

LA DIGNIDAD DE CUBA EN LA MEMORIA LATINOAMÉRICANA


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Cada vez me sorprendo más ante la capacidad de olvido que tenemos los latinoamericanos. Quizás nuestra obra cumbre debería llamarse Cien años de  indiferencia y soledad, porque la historia en estos territorios empieza cada día, dejando al garete nuestro pasado. Esto me viene a la cabeza mientras termino leer el libro Cien horas con Fidel, un documento histórico como pocos que dan cuenta de muchos sucesos trascendentales para Latinoamérica, los cuales están recreados desde el verbo de uno los líderes más connotados del siglo XX, Fidel Castro, y que además cuenta con la sagacidad de un entrevistador como Ignacio Ramonet. En las más de 800 páginas se puede asistir a un recorrido de la memoria de un pueblo, que a pesar de las afujías, es quizás el único que en estos lares se puede dar el lujo de haber alcanzado la verdadera independencia, claro, con los riesgos que ello acarrea.
Mi objetivo en estas líneas no es defender a Fidel Castro a quien la historia ya absolvió, sino más bien comparar un poco los hechos históricos de Cuba con lo que sucede en el resto del continente. Al desentrañar la historia de Cuba, sus luchas, los bloqueos, sus alcances y sus equivocaciones, uno siempre obtendrá un balance a favor de la revolución, eso si abandonando las fuentes mediáticas que siempre han dicho lo contrario sin sólidos argumentos. Cuba sigue siendo el país con mayor dignidad en Latinoamérica, sus índices de educación, salud y bienestar social lo confirman. Aquellos quienes predican los mandamientos del capitalismo y el consumo no leerán más, para ellos es imposible bienestar sin grandes supermercados, autos lujosos y derroche de dinero.  El problema está ahí, en que hace rato confundimos el significado de la palabra libertad. Llamamos libertad a nuestra esclavitud disfrazada, por algo de Colombia se suele decir que es el país con la democracia más antigua y uno de los más felices, con esa falacia soportamos la injusticia, la miseria, la violencia y la inequidad reinante desde tiempos inmemoriales.
Cuba significa para mi la dignidad en un siglo de arrodillados. Un país bloqueado por la mayor potencia económica, sin la ayuda “condicionada” de la antigua Rusia y sometida a una de las más grandes expediciones mediática de desprestigio, sigue siendo hoy, entrado el siglo XXI, un ejemplo de que es posible construir otra forma de «estar» en el mundo. La historia de Cuba no se puede archivar en los anaqueles del olvido, debe ser relatada, debe redificarse como suceso trascendental, para valorarla con sus grandes aciertos y sus equivocaciones, debe ser narración que construya futuro. Esto es más vital hoy cuando en el continente se gestan intentos y realidades de cambio, como en Bolivia, Venezuela y Ecuador, y con menor gado en Brasil y Argentina. Esos sucesos deben servir de aprendizaje, pero lamentablemente no recurrimos a ellos, porque de alguna manera el discurso dominante nos ha impedido verlos decantados. En ninguna escuela, al menos en las colombianas, se estudia la revolución cubana como paradigma, sino apenas como simple dato deformado por el currículo dominante, es decir, el currículo del capitalismo.
Coincide esta lectura con los sucesos en Venezuela, cuyo debate sospechosamente ha sido bastión de los medios dominantes, y es que la estrategia mediática sigue vigente, descalificar cualquier proceso que atente contra el modelo de capitalismo y consumo; porque atacar ese sistema es atacar los dueños del poder y el poder también es el dueño de los grandes medios. Por eso cuando alguien tiene el carácter de enunciar, como lo hizo William Ospina (2013), que: “Venezuela es el único país de América Latina en donde los pobres están contentos y los ricos están molestos. Eso debería significar algo”, muchos se escandalizan y desatan sus sogas buscando a quién ahorcar, pero otros valoramos ese papel de intelectual; porque sólo develando las grandes falacias, podremos recuperar fragmentos del pasado. La Venezuela de hoy no es la Cuba de los años 60, pero es un proyecto que intenta dignificar lo humano, por eso entra en el umbral de las sospechas, como Bolivia y Ecuador; y como no será vista Colombia, en donde aún sometemos nuestra dignidad a las disposiciones del mercado encabezado por EEUU.
En Cien horas con Fidel, se recrean los hechos históricos de más de medio siglo de un proyecto de emancipación que aún está inconcluso, pero que sirve de espejo retrovisor a esa idea de libertad que aún hierve en nuestras venas latinoamericanas. Hoy cuando el mundo pierde su cauce, el imperio se tambalea, los recursos que sostuvieron el capitalismo se agotan y en muchos rincones del planeta la muchedumbre se pregunta ¿y ahora qué?, volver los ojos sobre la historia de Cuba es ampliar el panorama de posibilidades, es rescatar la dignidad humana que hace rato fue subastada en el mercado de las ignominias. Ahora es cuando menos debemos resignarnos, ahora es cuando debemos hacer nuestras esas palabras de Fidel (2006) “…los que no luchan, los que no combaten, ésos están perdidos de antemano, y en nosotros nunca encontrarán ese tipo de gente” (p, 497), invaluable lección para la memoria y la sed de cambios que requiere Latinoamérica.