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abril 27, 2026

VICKY DÁVILA: UNA LECCIÓN PARA EL PERIODISMO

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

Uno escucha a la actual Vicky Dávila y ya no sabe cuál voz escucha.

Ella empezó siendo una periodista referente en Colombia, admirada por un sector que la consideró como la imagen de una mujer independiente y exitosa en su campo.

Luego, con el pasar (y el pesar) de los años, terminó en Revista Semana siendo una voz panfletaria contra el gobierno de Petro. Hay quienes afirman que se debió a que ya la periodista había desaparecido y estaba incubándose la candidata del Grupo Gilinski, y claro, su periodismo ya no buscaba la imparcialidad, sino la construcción de su plataforma política.

Después, como se evidenciaba a pesar de sus negacionismos, se lanzó de lleno como candidata presidencial, con un prometedor inicio en su popularidad, pero sin la experiencia mínima en el sector público, ni en la política del mundo real, en donde no se perdona nada.

Con el tiempo se fue desinflando, hasta caer en esa amplia coalición que no era más que la plataforma que Álvaro Uribe diseñó para poder tener un protagonismo que de entrada no poseía. Por eso traicionó a Cabal y su esposo; debía imponer una candidata que pareciera de centro, así actuara en la rancia derecha, es decir, Paloma. Así Vicky Dávila terminó siendo la reina del “me divierte”, el único premio que cosechó de todo ese tiempo de embrujo.

Al perder estrepitosamente en aquella consulta, quedando con un déficit económico, político y profesional muy alto, le tocó reversar e intentar volver al periodismo, solo que la reversa no funciona como ella cree. Ahora carga el estigma de una voz demasiado parcializada, con deudas políticas, sin un lugar en el periodismo medio serio de este país y jugando a ser política, periodista y oposición, todo al mismo tiempo.

Por eso al escuchar a Vicky Dávila hoy, uno siente que está de frente a Gerión, aquel monstruo mitológico griego de tres cabezas y un solo cuerpo, el cual se desplaza penosamente, pues todo el tiempo recibe órdenes sensoriales contrarias e incoherentes. Sirva este trasegar de Vicky Dávila para entender cómo alguien se puede perder en los laberintos en los cuales se confunden fama, liderazgo, política y ambigüedad. Sirva también de ejemplo para quienes desean ejercer un periodismo ético; mejor espejo de lo que no se debe hacer no van a encontrar.

 


abril 10, 2026

SERVICIO MILITAR EN COLOMBIA, UNA RADIOGRAFÍA DEL CAMBIO

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

En Colombia, durante la guerra de los mil días, se hizo cotidiano el reclutamiento forzoso de jóvenes para su incorporación al ejército. Esta práctica se mantuvo vigente hasta la actualidad, con algunas flexibilizaciones parciales en diversos momentos de la historia. Lo cierto es que siempre fueron los pobres quienes engrosaron las filas del ejército legal, así como los grupos ilegales en Colombia.

Los más privilegiados, que en Colombia han sido los ricos y la gente del común con amigos influyentes, siempre evadieron el servicio militar; por lo tanto, nunca fue "obligatorio", como se predicaba comúnmente, aunque para los pobres sí. Al contrario, la objeción de conciencia rara vez era respetada, y miles de casos de maltratos, acoso, suicidio y evasiones se daban en el ejército, con una silenciosa aceptación social, porque siempre se promulgó el valor y la importancia de “servir a la patria”.

Incluso la Constitución Política de 1991 continuó asumiendo el servicio militar como un deber sagrado del ciudadano colombiano, eso sí, del ciudadano de a pie, porque nunca vimos a los hijos de los millonarios en Tolemaida, a no ser para dar un paseo en los helicópteros, acompañados del general amigo de turno.

Hoy las fuerzas militares parecen modernizarse (por fin) en este aspecto. Desde 2017, con la Ley 1861, se empezaron a flexibilizar las incorporaciones al servicio militar, se abrió paso al respeto (aunque no del todo) de la objeción de conciencia, y se empezó a generar una actitud diferente a la figura de "remiso", esa marca cainezca de quien por alguna circunstancia evadía el servicio militar. En el año 2025, mediante el Decreto 1075, se ahondó en esta flexibilización, avanzando también en el mejoramiento de las condiciones generales de la prestación del servicio, así como el aumento del salario para el soldado raso.

No obstante, es hasta ahora, (la noticia se emitió en marzo de 2026), que se anuncia que el servicio militar deja de ser obligatorio, se tornará 100% voluntario, tendrá una remuneración digna y los jóvenes ya no serán cazados en las esquinas de los barrios más pobres del país para ser reclutados. Este cambio se debe a que, con el mejoramiento de las condiciones del servicio militar, muchos jóvenes han optado por asumir este servicio de manera consciente y como una salida a las pocas oportunidades de subsistencia que existen para ellos.

Este nuevo enfoque traerá un cambio real y simbólico para las fuerzas militares, porque nada digno se construye con seres no dignificados. Esperemos que a futuro, sin importar la línea ideológica del gobierno de turno, esta idea se siga manteniendo y no volvamos a la manía que se tuvo de incentivar la guerra con jóvenes pobres, mal alimentados, mal remunerados y sin la libertad de decisión.

marzo 17, 2026

LA MASACRE DE LA RUBIERA, UN DOLOR QUE PERVIVE

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente universitario

 

La historia colombiana está llena de atrocidades, muchas de ellas condenadas al olvido, lo cual nos hace más atroces. Una de estas dolorosas realidades ocurrió un 27 de diciembre de 1967 en el hato La Rubiera, ubicado en el departamento de Arauca, en límites entre Colombia y Venezuela.

Los hechos narran que varios colonos, con el fin de apropiarse de las tierras de la comunidad de la etnia Sikuani, elaboraron una celada digna de los libros de los horrores humanos. Invitaron a los indígenas a un agasajo, con el pretexto de establecer lazos de amistad. Una vez allí, procedieron a matarlos a sangre fría con pistolas, machetes y garrotes. El saldo: 16 indígenas masacrados, entre ellos mujeres y niños. Al parecer, dos de ellos que sobrevivieron fueron quienes dieron a conocer el resultado de aquella barbarie.

Es increíble pensar que esto sucedió dos años antes de que los humanos fuéramos a la luna, un hecho que refleja nuestra agónica lucha entre civilización y barbarie. Pero es más aterrador aún recordar la defensa que establecieron los abogados de los victimarios que dio origen a aquella sentencia que, no más de escucharla, hiela la sangre: “Yo no sabía que era malo matar indios”. Al final, debido a la tenacidad de la comunidad indígena, los culpables recibieron condena, aunque no tan ejemplar como debió ser.

Uno de los ensañamientos contra los indígenas (aunque también contra los campesinos) ha sido la posesión de la tierra. Esa guerra por el despojo ha sido una constante en nuestra historia de violencias; de ahí surge el desplazamiento, la desaparición y los múltiples vejámenes que sus efectos producen. Estos fenómenos también han producido nichos de resistencia, defensa de los territorios y, por supuesto, han sido caldo de cultivo para nuevas violencias.

No obstante, aún pervive en la población colombiana un resquemor hacia los indígenas, afortunadamente cada vez menor, pero en la cultura subyace ese racismo disfrazado que surge en momentos como el de la actual coyuntura política. Hace unos meses aparecieron carteles amenazantes y bloques de energúmenos promoviendo la agresión contra la Minga indígena en los alrededores de la Universidad Nacional en Bogotá.   No pocas personas, con formación universitaria, he escuchado expresarse verbalmente y en escritos en redes, tildando a los indígenas de viciosos, zánganos y mil cosas más.   Calificativos que evidencian que aún estamos lejos de aceptar que somos un país pluriétnico, como lo dictamina nuestra Constitución Política. Hay que recordar hasta la saciedad que, por muy blanquitos o españolizados que nos sintamos, somos aborígenes.

Recordar la masacre de la Rubiera como un hecho atroz y real es avivar nuestra memoria y pensar que aún necesitamos afirmarnos como nación, porque si el dolor pasado y el actual de nuestras etnias no nos conmueven, algo sigue muy dañado en el seno de nuestra sociedad.

Posdata: El cantautor llanero Nelson Morales compuso una elegía popular que narra aquella masacre. Pueden escucharla en este link: https://www.youtube.com/watch?v=44g8avUO5Ug&list=RD44g8avUO5Ug&start_radio=1

septiembre 09, 2025

La política tiene un lugar en el deporte

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Por estos días se corre la Vuelta a España, uno de los eventos ciclísticos más importantes del año y, como aficionado que soy del deporte de las bielas, he estado al tanto de los equipos, los corredores, las etapas y el acontecer diario de las mismas. Solo que esta vez el ciclismo ha pasado a un segundo plano porque las protestas de miles de ciudadanos han desbordado el entorno mediático del ciclismo para darle un lugar a la política.

Esto se preveía, ya que las acciones barbáricas de Benjamín Netanyahu y su ejército depredador han venido generando un efecto de tsunami mediático, lo cual ha construido una gran ola de rechazo al genocidio que allí se lleva a cabo contra el pueblo de Gaza. En ese sentido, la Vuelta a España se convirtió en caja de resonancia de quienes reclaman medidas planetarias que detengan al gobierno del primer ministro israelí y sus cómplices por acción u omisión.

Desde la antesala de la Vuelta a España se avizoraba el conflicto en cuestión, especialmente debido a la inclusión del equipo Israel Premier Tech, que se encuentra activo desde el año 2015 y que desde el año 2020 hace parte de la máxima categoría en este deporte, el denominado World Tour. Por pertenecer a esta última categoría, el equipo tiene un cupo asegurado en todas las carreras del calendario bajo esa etiqueta, entre ellas la Vuelta Ciclística a España.

Ahora bien, si las protestas arreciaban en varias partes del mundo, era muy predecible que en este evento deportivo seguirían creciendo, más teniendo en cuenta que el equipo corría con la bandera israelí en su indumentaria, y agregando a ello que la península ibérica es un epicentro activo de concientización en torno a los actos bárbaros ocurridos en suelo de Palestina.

Inicialmente, la dirección de la Vuelta, en cabeza de su director, Javier Guillén, escudado en el reglamento de la Unión Ciclística Internacional (UCI), restó importancia a los primeros brotes de inconformismo de la ciudadanía en torno a la participación del equipo en cuestión, lo cual fue alimentando la ola de indignación. Fue así como, desde el 23 de agosto, cuando la carrera dio inicio en Torino (Italia), ya se sentía el palpitar de una protesta que crecería cuando la Vuelta llegara a territorio español, y así fue.

Carteles de solidaridad con Gaza, banderas palestinas, abucheos al equipo en los cruces de los pueblos, rechiflas en las llegadas y muchos otros actos pacíficos fueron aumentando la indignación que creció ante el silencio de la organización en general. La estrategia de «hacerse el de la vista gorda» no hizo que el problema desapareciera; al contrario, avivó el desconcierto. El director del equipo Israel Premier Tech, el canadiense y abiertamente sionista Sylvan Adams, se negó a retirar el equipo, aun sabiendo que su presencia en tierras ibéricas generaba un alto grado de confrontación y se constituía en una ofensa a las oleadas de propalestinos. Su accionar se hizo equivalente a ondear una bandera con la cruz esvástica en Tel Aviv.

Por su parte, los organizadores de la Vuelta a España siguieron escudando su actuar con la disculpa de que no podían desvincular el equipo de la carrera, lo cual no es del todo cierto, pues ya existen antecedentes con la expulsión de un equipo ruso del World Tour debido a la guerra en Ucrania. ¿Por qué no se siguió la misma ruta en este caso? Uno sospecha que es por el alto poder económico que posee la comunidad sionista en Europa y en todo el mundo. En Colombia ya vimos cómo la derecha se arrodilla ante Netanyahu, ignorando las atrocidades cometidas en la franja de Gaza, mientras clama democracia y justicia por Venezuela. La doble moral está en todo, en este caso hasta en el deporte.

Muchos alegaron infructuosamente que el deporte debe estar aislado de la geopolítica, argumentando que lo que ocurre en ciclismo no debe ser afectado por lo que pasa en Palestina, lo cual puede ser síntoma de dos cosas: una alta ignorancia de lo que implica la política o un cinismo extremo adobado con hipocresía. En primer lugar, el deporte es político, tanto así que en los grandes eventos deportivos las banderas ondean, los himnos nacionales suenan y las confrontaciones entre países alimentan la pasión de los espectadores y los competidores. Nada más político que los trasnochados nacionalismos que, bajo las banderas del deporte, se edulcoran haciéndonos creer que quienes allí compiten son asexuados políticos. Deporte, poder y política están tan imbricados que desde la antigua Grecia los Juegos Olímpicos se erigieron bajo esa primicia.

Ahora, cuando nos encontramos en la última semana de la Vuelta a España, las protestas han tomado tal fuerza que la muchedumbre es incontrolable. Ya en Bilbao, durante el desarrollo de la jornada once, la etapa fue suspendida porque en la meta programada la gente traspasó las barreras de protección y con arengas y banderas reclamaba la salida del equipo israelí y llamaba a la solidaridad con Palestina. Y el día nueve de septiembre la etapa tuvo que ser recortada porque cientos de manifestantes cerraron la carretera camino a Castro de Herville, impidiendo la culminación de la jornada como estaba programada. Faltan más etapas por correrse; hay una crono individual en Valladolid durante la cual es imposible garantizar seguridad a cada uno de los 154 corredores que siguen en la Vuelta, mucho menos a los siete (7) integrantes del equipo centro de la gran controversia.

Ya es imposible seguir argumentando que deporte y política no se mezclan; esos son mensajes en los cuales la ciudadanía del siglo XXI no cree. En este siglo todo es político porque todo determina la existencia del ser humano en el planeta; así como dijo Eisenhower, “la política es la profesión a tiempo parcial de todo ciudadano”. El ciclismo no puede ser ajeno a la barbarie desatada en Gaza; algunos ciclistas ya lo han enunciado entre dientes, los grandes medios deportivos lo saben y lo callan por miedo a la polarización en un mundo que ya no puede seguir siendo neutral.

Javier Guillén insiste en que la Vuelta terminará en Madrid como está programado, poniendo en riesgo la caravana ciclística y asumiendo una hipócrita neutralidad. Los aficionados estamos divididos, pero la mayoría es consciente de que la política tiene un lugar en el deporte, porque como humanos, sin importar nuestra profesión, el dolor, la barbarie y los estragos de la guerra nos deben conmover. Permanecer neutral es el peor camino; los judíos lo saben por su historia, pero hoy parecen olvidarlo cuando pasaron de víctimas a victimarios.   El silencio no puede ser la forma de contrarrestar el horrible detonar de las bombas en Gaza. 

agosto 30, 2025

Cuando se trata de educar niños, hasta los libertarios se vuelven godos

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Esta reflexión la hago a partir de un hecho noticioso. La noticia que se divulgó por redes el 21 de agosto de 2025 anunciaba lo siguiente: “El Salvador impone nuevo reglamento escolar. Saludo obligatorio, uniforme impecable y corte de cabello adecuado”. La nota parecía extraída de un viejo manual educativo digno del siglo XIX, con una visión bastante retrógrada de lo que debe ser un modelo educativo para el siglo XXI. Desconozco la reglamentación general aprobada que contiene estos elementos, por lo cual no comentaré nada al respecto; lo que sí me causó gran inquietud como educador que soy es ver la cantidad de comentarios favorables en torno a los aspectos mencionados.

Muchos usuarios de la red avalaban, casi con histeria, la acción de imponer el saludo obligatorio, el uniforme y el corte de cabello adecuado, como fundamental para la educación de una generación que, en palabras de ellos, se está perdiendo por falta de valores, lo que está destruyendo la sociedad. Y es ahí donde quiero resaltar algunos aspectos.

Primero toca recordar que “imponer” no es educar, al menos en el diccionario de una pedagogía que busca la construcción de un mejor sujeto, para un mejor mundo. Imponer implica desconocer el deseo del otro, su individualidad, su particularidad. El sujeto, sujetado por unas reglas como imperativo educativo, desconoce el yo para construir una sociedad uniforme en la cual todos piensen lo mismo y actúen igual. Es la arcaica idea de la educación como fábrica, decantada en aquella imagen que hizo famosa la agrupación Pink Floyd en su video “Another brick inthe wall”.

La escuela hace años experimentó esa idea retrógrada que acá se celebra como gran novedad. No más recordemos la advertencia que hacía Hannah Arendt en “La banalidad del mal” sobre cómo se construyeron las personalidades de los administradores de los campos de concentración nazis: Bien educados, bien peluqueados, bien hablados, bien instrumentalizados en función del mal. En el modelo que muchos celebran, se cree que un niño que saluda es mejor que uno que no lo hace, que llevar el pelo distinto al corte impuesto es una falta y que el uniforme determina al sujeto.

Más allá de la discusión pedagógica, que se puede solventar invitando a leer tantas páginas de discusión en torno al verdadero valor de educar; lo que más alerta es ver cómo la democracia sigue siendo asediada por discursos mesiánicos, totalitarios y dictatoriales. La historia nos muestra cómo restringir la educación ha sido el sueño de todo totalitarismo para imponer la “escuela del pensamiento único”, como lo devela George Orwell en su aclamada novela “1984”, en un mundo en el cual el Ministerio de la Verdad y la Policía del Pensamiento velan por ese ideal.

Pero lo que más me sorprendió en el seguimiento que hice en redes de esta noticia es que muchos educadores estaban de acuerdo con las tres sentencias: saludo respetuoso, uniforme limpio y corte adecuado. Es como si esos docentes añoraran el viejo manual de urbanidad que calificaba a los sujetos según el cumplimiento de sus líneas, sin importar su personalidad. Decía los viejos: «Lo importante es la fachada, no ser, sino aparentar». ¿Cuántos asesinos bien vestidos, bien hablados, bien educados ha visto desfilar la historia?

Ahora bien, la noticia se logra entender a profundidad cuando descubrimos que la ministra de Educación de El Salvador es una militar, quien tiene la misión de “fortalecer la disciplina y los valores cívicos”. ¿Para qué privilegiar el conocimiento en las escuelas públicas? Con que los niños se sepan comportar y obedecer, el futuro del régimen está garantizado. A los profesores obnubilados por estas medidas les recomiendo leer algunos textos como “Pedagogía del oprimido” o “La educación como práctica de la libertad” de Paulo Freire, aunque, si no se quieren sentir muy extraños leyendo libros de gente sospechosamente de izquierda, pueden leer “Lecciones de los maestros” de George Steiner, o “Mal de escuela” de Daniel Pennac.  Y si gusta poco de la lectura, al menos vean una película como “La lengua de las mariposas”, “La ola” o “El último vagón del tren”, para que logren entender que educar es todo lo contrario a encasillar en un uniforme, en un corte de cabello o en un saludo.

Por mi parte, lo que noto en esta medida de Bukele es el advenimiento de una dictadura light impuesta por un sujeto cuya melomanía y creencias religiosas ha proyectado la imagen de un país creado a su semejanza. Bukele, más allá de tener contentos a muchos habitantes de El Salvador, ahora se considera un mesías capaz de cambiar la conducta de los niños para crear la sociedad del futuro. Ojalá los adoradores de este sujeto, que por ahora abundan, se puedan ver la serie “El cuento de la criada” antes de que Bukele, mediante otro decreto, empiece a prohibir este tipo de relatos por contradecir su visión de mundo.

No olvidemos que el deseo de un dictador es que todos se parezcan a lo que él cree, empezando por su aspecto físico, de ahí la idea de limpieza del uniforme y del corte de cabello adecuado. El "otro" debe ser una prolongación de sus deseos, una copia. Si no lo logra con modelos educativos llamativos ante el amplio público, lo hará más tarde con la imposición de otras fuerzas más represivas. Y el día lejos no está; ya logró un cambio en la Constitución para perpetuarse en el poder; ahora quiere modelarlo todo a su antojo, contando con el beneplácito de muchos sujetos en cuyo espíritu no hay cabida para la libertad humana. Ver que muchos aplauden esta medida me hizo acordar del adagio que reza: “Cuando se trata de educar niños, hasta los libertarios se vuelven godos”.

agosto 27, 2025

Drogas ilícitas: guerras perdidas y excusas perfectas

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Por estos días vuelve a los medios el discurso sobre certificación en la lucha contra las drogas, y viene acompañado de la pretensión de Trump de intervenir a Venezuela bajo la acusación de promover el narcotráfico. Es decir, las drogas ilícitas siguen estando en el centro del debate geopolítico, como ocurre desde el año 1971, cuando Richard Nixon introdujo el tema en la agenda internacional.

A estas alturas del siglo XXI, todos sabemos que las drogas ilícitas son un gran negocio y los carteles son multinacionales muy rentables. Pero lo que muchos olvidan es que estas empresas ilegales son la representación más contundente del capitalismo. Generan un producto que posee alta demanda y se comportan como una estructura transnacional. Existen, dentro del negocio, los obreros rasos que reciben la menor parte de la plusvalía, mientras que los intermediarios y, sobre todo, los dueños del macrobusiness son quienes se enriquecen de verdad. Si el tráfico de drogas ilegales se parece tanto a las empresas legales, ¿por qué están prohibidas?

Hay múltiples razones que siempre se arguyen, como que este tipo de drogas son dañinas para la salud; pero la Coca-Cola también, y los alimentos procesados, y el azúcar y mil productos más que circulan libremente por el mundo. También se suele decir que los consumidores de drogas se ponen locos, igual que hacen los defensores de caudillos religiosos o líderes políticos, y cada día estos abundan más y nadie los prohíbe.

También se afirma que las drogas ilícitas hacen que las personas caigan en un estado de enajenación, como pasa con el exagerado consumo de las redes sociales o los adoradores ciegos de guías charlatanes, sin importar la ideología que vendan. Y para enajenados tenemos millones de espectadores que siguen los más banales realities frente a las pantallas que adormecen.

Muchos, desde el punto de vista jurídico, afirman que las drogas terminan generando un entramado que multiplica los problemas legales, aunque no superior a los impactos legales de la política, esa otra droga peligrosa y adictiva. Hay quienes afirman que las drogas ilícitas bajan la productividad laboral, desconociendo que en entornos laborales como Wall Street se presentan los más altos consumos de cocaína y nadie puede decir que WS no es productivo. Y si la excusa es que el consumo de drogas produce problemas mentales, no se han detenido a ver lo angustioso y enfermizo que resulta vivir en pleno siglo XXI.

Así pues, la actitud frente a las drogas ilícitas pasa por la mayor hipocresía construida en estos siglos. Sí, hacen daño, como el alcohol y el cigarrillo. Sí, producen muertes, como las grasas saturadas. ¿Prohibiremos entonces todos estos productos? ¿Meteremos a la cárcel a alguien por atragantarse de papas fritas, hamburguesas y Coca-Cola, las causantes en gran parte de los problemas de obesidad crónica? Hay algo en esta supuesta lucha que no cuadra. ¿Qué se esconde entonces detrás de tan cacareada y poco efectiva lucha contra las drogas ilícitas?

Es muy conocida aquella afirmación de John Ehrlichman, antiguo asesor de Nixon, quien dijo sin sonrojarse, por allá por el año de 1994, que “La guerra contra las drogas en sí misma fue diseñada para atacar a los negros y a los hippies”, es decir, fue una estrategia encubierta con fines distintos a los mostrados al gran público. Esa es la razón de ser de que, después de 54 años y de un total fracaso en el balance global, la llamada lucha contra las drogas siga siendo un eje central de la geopolítica de EE. UU. contra países, especialmente de Latinoamérica. Este eslogan cubierto de una falsa moralidad sirve como escudo de guerra para intervenir en otros países, sobre todo si esos países poseen bienes materiales necesarios para alimentar la gran máquina de fabricar dinero en el Norte y pobreza en el Sur.

Hoy en día, la variedad de drogas sintéticas inunda el mercado, muchas de ellas producidas en laboratorios que funcionan en suelo estadounidense; por eso las drogas clásicas como la marihuana y la cocaína son apenas el génesis de un negocio soportado por la cultura del consumo de productos malsanos que agobia el mundo. El tabaco, por ejemplo, reportó alrededor de 8 millones de muertos en el año 2024, mientras que cerca de 11 millones de personas murieron por consumo de comida chatarra en el mundo ese mismo año. De los cerca de 300 millones de consumidores de droga que existen actualmente en el mundo, cerca de unos 3 millones mueren por causas directas como sobredosis o enfermedades concomitantes, pero incluyendo el alcohol entre las drogas causantes.

En donde sí se presentan aumentos de muertes por causas de las drogas ilícitas es en el campo directo del tráfico; es decir, en las diferentes subdivisiones de la gran empresa. La lucha entre carteles, el asesinato de policías, la muerte de cultivadores, de transportadores, de distribuidores, entre muchos actores, marca una tendencia al aumento, que claramente se corresponde con el aumento del consumo. Es un hecho real: el consumo recreativo crece de manera regulada, mientras que el consumo prohibido se dispara de manera incontrolada. Al no existir una regulación, el mercado crece a sus anchas y el neoliberalismo es feliz con estas divisas que penetran infinidad de negocios, campañas políticas, jueces y organizaciones encargadas de su control.

En el fondo, si el Informe Mundial sobre las Drogas 2024 de las Naciones Unidas muestra un crecimiento de población consumidora y de producción de drogas ilícitas, se está ratificando lo que muchos sabemos: esta es una guerra perdida, pero que sirve como cortina para otros intereses. Solo basta ver el tablero geopolítico para entenderlo más claramente.   El futuro de las drogas en el mundo pasa por la regulación y la legalización, como ocurrió con el alcohol, el cigarrillo y, más recientemente, la marihuana en muchos lugares del planeta. Solo que mantener el eslogan de “lucha contra las drogas” sirve a otros intereses y cuenta con la falsa moralidad de quienes aún las conciben como un símbolo de maldad, no como parte de la cultura de consumo; más en un tiempo esquizoide en el cual muchos requieren estar narcotizados para soportar la realidad.

julio 31, 2025

UT-ÓXICA

 


Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Hace un buen tiempo he venido reflexionando sobre la calidad de vida emocional de quienes hacemos parte de la Universidad del Tolima, esto debido a varias situaciones que, a mi parecer, han convertido los espacios universitarios en un escenario tóxico para la estabilidad emocional. Es cierto que no es un fenómeno nuevo, pues las universidades públicas siempre han sido territorios de disputas que, más allá de ser meramente académicas o políticas, se tornan personales y, por lo tanto, mediadas por las emociones.

No obstante, después del periodo de hacinamiento debido a la pandemia, la salud mental ha venido en picada, causando silenciosos pero agudos problemas entre los actores de la vida universitaria. Casos de estrés agudo, ansiedad, depresión y hasta suicidios hacen parte de este lamentable inventario. ¿Las causas? Muchas, y corresponde a los expertos darnos luces sobre el tema, pero se hace necesario dejar en evidencia algunas ideas en torno a este fenómeno, que de alguna manera hemos normalizado y, por lo tanto, se torna más peligroso.

La noticia más reciente al respecto sobre este tema llegó a mi correo, cuyo remitente es el profesor Robinson Ruiz Lozano, quien en una sentida carta de renuncia a la representación profesoral ante el Consejo Superior nos informa que:

(…) he decidido dar por terminada mi representación profesoral. Esta decisión responde a una necesidad personal: priorizar mi estabilidad emocional y procurar una vida tranquila, alejada de ambientes marcados por el conflicto, el odio y el rencor que, lamentablemente, se han hecho presentes en algunos espacios académicos.

Si bien en la vida universitaria, y en un país tan polarizado como el nuestro, es muy difícil conseguir una vida tranquila, es cierto que el entorno afectivo y académico en la Universidad del Tolima parece más un escenario de riesgo constante que un ethos. Y comparto con el profesor Robinson que, más allá de tramitar los problemas por la vía del diálogo, el argumento y el consenso, los actores universitarios hemos privilegiado la agresión, el grito y el irrespeto del Otro, devastando los principios de una comunidad cuya razón de ser está en la construcción del conocimiento, la solución de problemas y la apuesta por la transformación social.

Ante la incapacidad del argumento, solo queda transitar el territorio de la destrucción del Otro y para ello contamos con muchas herramientas: El viejo pasquín que atenta contra la dignidad de los actores, panfleto sin rostro que abunda en la academia, ese territorio que se jacta de construir pensamiento científico. El señalamiento sin pruebas, otra de las formas predilectas de agresión, mediante el cual pongo en duda los valores del Otro, solo basado en mi opinión sin fundamentos. Ocultarse tras un membrete para despotricar de los demás es un ejercicio vano, pero lamentablemente genera simpatías; es que el morbo vende. Las redes sociales, territorio propicio para el anonimato y la opinión irresponsable. Y últimamente los mismos medios de comunicación, que carentes de todo rigor periodístico se convierten en altoparlantes de “denuncias anónimas” cuya finalidad es la destrucción de alguien, no de informar o investigar un asunto. Algo reciente al respecto se vio con cierta “noticia” divulgada en donde enlodaban el nombre de una colega, la profesora Martha Núñez, sin aportar pruebas, solo opiniones de un juez sin rostro que ya daba por culpable a la docente.

Estas formas mercenarias de tramitar los conflictos solo generan silencio, ausencia de debate real y encaminan la vida universitaria hacia la judicialización permanente, lo cual amputa la argumentación como fuente de construcción del saber y la posibilidad del consenso como ruta para el cumplimiento de la misión universitaria y de la solución a los problemas que nos aquejan como comunidad. A este ritmo, para asistir a una asamblea, un comité o un consejo, tocará llevar abogado.

De esa forma, la salud mental también se va deteriorando, no solo la de los involucrados directos en estos hechos, sino la de toda la comunidad que se pregunta en silencio (porque expresarse sobre estos temas también se volvió un riesgo) si esta situación se corresponde con el ambiente que debe cohabitar en una universidad. ¿Y de quién es la culpa? Pues de algo estoy seguro: es que la salud mental es un bien colectivo y nos corresponde a todos velar por ella.

Estudiantes, docentes, funcionarios y, por supuesto, los directivos, todos debemos entender que la mejor manera de cuidar mi salud mental es cuidar la del Otro, evitar hacerle al Otro lo que no deseo que me hagan a mí, evitar el ambiente Twitter en donde el respeto está en vía de extinción y el insulto es el rey de la pradera. No se trata de evadir la discusión de los problemas propios de la vida universitaria o de construir un documento más que dormite en los anaqueles. Se trata de recuperar el espíritu universitario dándole cabida a la crítica con fundamento, a la discusión con pruebas y a la argumentación con rostro, como elementos para tramitar los conflictos y consensuar soluciones. No es fácil, pero debemos luchar contra esa nueva imposición cultural; al fin y al cabo, somos una universidad y de ella deben surgir propuestas transformadoras.

Postada: Al profesor Robinson Ruiz, mi solidaridad en su decisión; la vida tranquila es un alto valor.

abril 02, 2025

Humanos y muñequitos animados

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 Hace un buen tiempo, muchos teóricos vienen hablando de los grandes impactos (positivos y negativos) que la inteligencia artificial tendrá sobre la cultura humana. Casi todos coinciden en que serán muchos los oficios, actividades y profesiones que se verán intervenidos ante la capacidad de ser ejecutadas de manera más “eficiente” por la IA.

En ese sentido, estos días ha surgido una gran polémica por la generación de imágenes con el formato de los estudios Ghibli que han inundado las redes, causando alarma entre los dibujantes tradicionales de caricaturas y cómics, lo que evidencia de alguna manera el tamaño del debate que debemos asumir como especie.

Viendo lo que está sucediendo, aún no alcanzamos a calcular los desarrollos de la IA en campos como la medicina, la industria armamentística, el derecho, la política, el periodismo, la industria del entretenimiento, la música y el arte en general. Libros escritos por la IA, películas, candidatos diseñados para atraer a los votantes con algoritmos que extraen las tendencias de la ciudadanía, diagnósticos médicos mucho más precisos, valoraciones y asesorías jurídicas con un ilimitado backup de normas, creación de pinturas, retratos, imágenes y un sinfín de artefactos que hasta ahora eran dominio de la mente, creatividad y habilidades humanas, ahora se pueden generar y multiplicar hasta el infinito.

En el campo educativo, el impacto de la IA será también trascendental, aunque la educación dada a permanecer estancada ante los cambios de la cultura aún no reacciona del todo. Lo cierto es que hasta ahora los humanos habíamos creado herramientas que usábamos, en la mayor parte de los casos, para mejorar nuestras condiciones de vida en el planeta, pero durante la segunda mitad del siglo XX emprendimos una carrera desaforada por crear artefactos letales, de los cuales la bomba atómica detonada en Hiroshima era hasta ahora la más representativa. Pero hoy tenemos drones de precisión matando niños en Gaza y sí, son operados por la IA; ese es el nivel de nuestro desafuero.

El reto que nos depara el futuro es enorme, ya que, si el miedo de que la IA logre su total autonomía y se pueda redefinir a sí misma se concreta, traerá consigo el apocalipsis que se pronosticaba en “Terminator” por allá en el distante año de 1985. Pero antes de eso, muchos elementos cotidianos de nuestra cultura mutarán inevitablemente, siguiendo la línea de evolución (o involución en muchos casos) a la que hemos asistido sin darnos cuenta durante las últimas cinco décadas.

Esta es la gran encrucijada que, junto a una posible extinción masiva de la vida, se convierte en uno de los elementos centrales del debate y de los cuales pocos hablan, porque la mayoría están viviendo, sin saberlo, un gran cambio cultural reflejado en una total inmersión que impide apreciar la urgencia central del planeta. Así, la lucha menor es contra los dibujos animados producidos por la IA; es más bien la concepción de quienes promueven la IA, concibiendo la humanidad como simples muñequitos.

febrero 01, 2025

La guerra de los grafitis: ¿la imposibilidad de la paz?

 

 

Por: Carlos Arturo Gamboa

Docente Universitario

 

La paz más desventajosa es mejor que la guerra más justa

Erasmo de Rotterdam

 

Si quieres la paz, no hables con tus amigos, sino con tus enemigos

Moshé Dayán

 

El año 2025 inició con una gran controversia nacional cuyo epicentro fue Medellín debido a la orden, por parte del alcalde Federico Gutiérrez, de borrar un grafiti construido con el fin de mantener viva la memoria de las atrocidades y violencias cometidas en la ciudad, en especial en la zona denominada La escombrera. El grafiti estaba ubicado en el sector del deprimido de la Terminal del Norte y la disculpa de la alcaldía era muy difusa, se alegaba que dicho trabajo artístico no contaba con permisos y no cumplía las normas de uso del espacio público.

 Vale recordar que el grafiti moderno nació en el mundo urbano por la época de los años sesenta y se convirtió en una forma de comunicación muy usada en los años ochenta, especialmente en las grandes ciudades de Estados Unidos, luego se difundió por todo el mundo. Este artefacto estético es definido por la RAE como: “Firma, texto o composición pictórica realizados generalmente sin autorización en lugares públicos, sobre una pared u otra superficie resistente”, y sus mensajes varían dependiendo del contexto y el momento histórico. En términos generales no hay nada que no pueda ser objeto de un grafiti.

 Así, la arbitrariedad de la alcaldía de Medellín generó múltiples reacciones, entre ellas que colectivos artísticos y políticos se dieran cita para repintar el mural. Del mismo modo, el expresidente Uribe, en una intervención al respecto, validó lo hecho en la Comuna 13 durante la denominada Operación Orión, operación que ha sido objeto de miles de denuncias y que es el símbolo central de la controversia del grafiti. Esto provocó mayor división entre las diversas opiniones, ya que una hoguera no se puede apagar con gasolina. Está claro que el proyecto de la oposición (que por vez primera en Colombia es la derecha), consiste a toda costa en recuperar el poder en el 2026 llamando a la confrontación y el resurgimiento de la desgastada “seguridad democrática”. Por lo tanto, se necesita un discurso de caos y hecatombe para poder posicionarla, algo que les funcionó durante todo el siglo XXI, hasta que las fuerzas progresistas llegaron al poder.

 En ese sentido, el tema central del grafiti refleja un momento de eclosión surgido del largo proceso de búsqueda de la verdad sobre la operación Orión, incluso sobre los denominados falsos positivos y las desapariciones de líderes sociales en todo el país, pero en especial en Antioquia, cuna de las estrategias paramilitares. Pintar el mural no fue una acción surgida de la espontaneidad, fue claramente una acción artística, y toda acción artística es política, así algunos nos quieren hacer creer que no.

 La controversia creció rápidamente gracias a los medios de comunicación alternativos y oficiales y, sobre todo, a las redes sociales que empezaron a replicar el debate. En diferentes ciudades surgieron colectivos quienes articularon acciones para replicar el mural “La cuchas tienen razón”, y a la par, colectivos de derecha empezaron a borrar los mismos. Mientras la pintura de los murales se hace de manera pública y en ambiente artístico y festivo, las borradas se hacen casi siempre en horas de la noche o madrugada y por sujetos incógnitos. Estas acciones se han venido dando en cada uno de los lugares en donde se replicó el mural y la controversia no parece terminar. Recientemente en Ibagué un grupo de exmilitares decidió borrar el grafiti y, a diferencia de otros casos, no se ocultaron ante el hecho, lo cual marca una nueva escalada del “debate/conflicto”.

 ¿Qué hay detrás de todo esto? Algunos afirman (la derecha y algunos de centro) que es una estrategia política montada por el petrismo para empezar la campaña política a la presidencia del año 2026. Pero si vemos con detenimiento fue un abierto contradictor del Petro, como lo es el alcalde de Medellín, quien empezó la polémica, lo cual inválida esta tesis. Más allá de los enfrentamientos, debates y señalamientos de lado y lado, lo que queda en claro es que una enorme zanja se abrió (o se hizo evidente porque ya estaba abierta) entre dos bandos; quienes luchan por mantener viva la memoria de las víctimas y quienes niegan que dichos actos atroces hayan sucedido.

 Entonces evidenciamos dos versiones distintas de país, y este el punto clave del debate. Para construir un escenario de paz los contrarios deben escucharse y acordar medidas conjuntas que permitan aceptar los errores, reparar las víctimas y construir un derrotero que conlleve a la transformación de esa realidad que alimentó la guerra. Lo que observamos hoy, en estas manifestaciones que acá denomino “la guerra de los grafitis”, hace evidente que aún no hemos podido establecer un acuerdo nacional para alcanzar la paz. Hay una gran fractura en el proyecto de país, fractura reiterada en la imposibilidad de “acordar una voluntad colectiva de paz”. Durante el plebiscito por la paz quedó en evidencia que no hemos podido entender, como sociedad, que la paz es un deseo necesario y seguimos usando la palabra PAZ para imaginarnos un país construido desde una única orilla, cuando la paz, como acción concreta, debe ser el barco que una nuestras posibilidades y les permita compartir espacios a nuestras diferencias.

 En contravía al proyecto de paz, la guerra de los grafitis es un síntoma preocupante de una sociedad que vuelve otra vez a insistir en el discurso de la guerra. Guerra que prospera en acciones cotidianas como el desconocimiento de la diferencia, la anulación del otro, el uso del lenguaje ofensivo en detrimento de la argumentación, el odio sin miramientos y la idea precaria de que para que unos puedan construir sus sueños, los otros deben ser eliminados.

 Ojalá pudiéramos, entre todos, pintar un gran muro en donde quepan todos nuestros sueños de país, pero eso parece ser poco probable a corto plazo. Lo que observamos actualmente es un intento de construir un muro de alegría, multicolor y que sirva de memoria para no cometer los mismos desafueros, mientras otros lo borran con el negro y gris de la imposibilidad de la paz y el accionar de las armas. La simbología en este caso es muy diciente.


octubre 21, 2024

DE LIBROS Y LIBROS EXTRAÑOS

Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

 


Hay libros que provocan ser leídos de una sola sentada, otros, por el contrario, son para leerlos gota a gota, con la incertidumbre placentera de nunca concluirlos. Hay libros que llegan a nuestras manos por accidente, no sabíamos de su existencia, si acaso algo de su autor. Cuando seleccionamos libros se actualiza el ritual que conecta a los lectores con nuestros antepasados recolectores: ellos iban por ahí probando nuevos alimentos, supongo que muchos murieron envenenados por hongos antes de descubrir el champiñón.

Las formas accidentales en que accedemos a algunos libros también tienen una fuerte relación con los flujos del mercado, ese mismo del que algunos ilusos aún siguen creyendo que se autorregula. El libro hecho mercancía cumple su ciclo y se devalúa, porque todo lo que sube baja, excepto lo que se queda arriba. Y cuando el libro pierde valor en términos comerciales se vuelve accesible en términos culturales. La mayoría de los libros merecen esa devaluación, incluso debieron no haber sido escritos o al menos no haber sido publicados, pero en el mundo de las mercancías también hay espacio (de por sí ese es el mayor lugar que existe) para la fugacidad y la obsolescencia. Nada más generoso, para un libro banal, que continuar en el anonimato a pesar de ser publicado y promocionado.

Aun así, existen excepciones. Hay libros que merecieron mejor suerte (lectores), pero el capricho editorial y las leyes del mercado (es decir de quienes lo controlan), no se basan en la plusvalía estética, sólo les interesa el valor comercial, aunque ellos saben que no todos los valores se miden en pesos. Hay una leyenda de un libro y un autor famoso, tan famoso que muchos citan apartes sin haberlo leído, como ocurre con La Biblia. Ese libro se titula Una temporada en el infierno, y alguna vez escuché o leí, (eso que importa) que Arthur Rimbaud financió la edición de 500 ejemplares y que 490 de ellos permanecieron casi tres décadas en una bodega. Alguien los encontró por allá avanzado el siglo XX y dio a conocer esa joya de la literatura moderna que iba a generar un tsunami en la poesía. De pasó ese alguien que lo recuperó generó un buen escenario para su plusvalía.

Los datos de esa historia pueden variar. Quizás fueron menos ejemplares, no imagino al vaciado e imberbe poeta Rimbaud autofinanciando todos esos libros. O quizás sí y por esa deuda fue que tuvo que huir hacia Abisinia a traficar con marfil. Quizás no pasaron tantos años para el descubrimiento de esos libros, o quizás no fue un descubrimiento sino una estrategia de marketing editorial. Quizás toda la historia es una distorsión surgida en mi época de lecturas de los poetas malditos y mi caprichosa bohemia buscando su rastro estético. Lo único cierto es que aún los poetas seguimos autofinanciando la edición de nuestros libros y muchos de ellos (por no decir casi todos) merecíamos seguir inéditos.

Pero vuelvo al punto, disculpen que me enredé un rato en el siglo XIX y de allá uno corre el riesgo de no salir ileso. Decía que los libros llegan a uno también porque pierden valor comercial y terminan en ventorrillos, canastas de rebajas y remates. Sabemos que el papel reciclado sirve para hacer cartón, lo irónico que esas cajas luego se usarán para empacar nuevos libros cuyo único destino es convertirse en cartón. Es como la ley del eterno retorno de mala escritura. Sí Nietzsche viviera enloquecería de nuevo.

Bueno, la verdad es que todo eso que dije en los párrafos anteriores fue una excusa para contarles que me encontré un libro extraño en una remate de libros. No digo el nombre de la librería para no comprometerme comercialmente, aunque les diré que fue en una librería de Ibagué (Hay tan poquitas que es imposible no acertar). El autor es el periodista Gustavo Gómez Córdoba y el título del libro es 41 mil palabras sobre Colombia, el dinero, el sexo, la masturbación, el infierno, los bebés, el periodismo, la pereza, el fútbol y Twitter. Sí, ese el título y es la primera razón por la que mis ojos se fijaron en él. Al principio creía que la carátula era un abstract de esos que tenemos como manía hacer los escritores de la academia y que sirve para que el lector no lea más de nuestros sosos artículos. Pero no, ese era el título. Luego husmeé su contracarátula, ahí (si está bien hecha) encontramos la información necesaria para cerrar la compra. Aunque para ser sincero, lo que me terminó de convencer fue el precio, ya les había dicho que estaba en la sección de rebajas.

Ahora voy por ahí con el libro, leyéndolo por pedazos. Es un inventario de palabras y frases, pariente del Diccionario del diablo, de Ambrose Bierce, pero este tiene algo más de misterio, porque está construido con frases, fragmentos e ideas extraídas de los medios de comunicación colombianos, no sólo los tradicionales como periódicos, revistas actuales y extintas, televisión, radio; sino también de redes sociales, blogs y sobre todo Twitter (también extinto por ley inevitable del mercado y uno de sus controladores, un tal Elon Musk). Y en ese divertido inventario de 180 páginas, se reconstruye de manera escrita parte de la idiosincrasia de este infernal y paradisiaco país. Hay humor, citas de autores universales parafraseados, ironía, realidad a chorros, verdades que provocan risa y luego llanto, historia de nuestras alocadas ideas como país y no poca estupidez de esa que se cultiva sin esfuerzo en nuestra extensa terraza cultural. Todo ello lo ha compilado meticulosa (y paranoicamente) Gustavo Gómez.

Valió la pena el esfuerzo de buscar entre tanto libro devaluado y cosechas de ácaros, al fin y al cabo, ahora tengo en mi poder un texto que no leeré de una sentada, sino que lo dejaré por ahí en el escritorio, en la mesita de noche o en la guantera del carro y de vez en cuando lo abriré en cualquier página para recordar que soy colombiano y formo parte de este circo. Un libro que no se lee de una sentada adquiere mayor vigencia y tendré réditos de ello, es decir, me generará plusvalía cultural.

 






septiembre 24, 2024

¡MISERABLES!

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

Afiliado ASPU – Tolima

 

Puedes engañar a todas las personas una parte del tiempo y a algunas personas todo el tiempo, pero no puedes engañar a todas las personas todo el tiempo.

Abraham Lincoln


No encontré otra forma de titular esta columna, esa fue la palabra que retumbó varias veces en mi cabeza después de leer y releer la Carta de Renuncia motivada, irrevocable e inmediata que presenta (y hace pública el 19 de septiembre) Saray Moreno, hasta entonces secretaria de la Asociación Sindical de Profesores Universitarios (ASPU) de la Universidad del Tolima. En esas once (11) páginas se comprimen todo el dolor, la angustia y el desamparo a la que fue sometida esta joven mujer, cabeza de familia y madre soltera. 

 Conocí a Saray Moreno como estudiante del programa de Comunicación Social-Periodismo de la UT, fui testigo de su talento para la escritura y la música, en especial para el canto. Siempre se mostró proclive y sensible ante las causas sociales y ante la infamia social de la cual sería presa en carne propia. Después de muchos avatares que la obligaron a retornar a su querida Santa Isabel, regresó a Ibagué y obtuvo un empleo como Secretaria Administrativa de la Asociación Sindical. ¿Qué mejor lugar podría tener para curarse de las heridas machistas y continuar la forja de sus sueños?, podría uno pensar.

 Un sindicato de profesores universitarios debe ser un espacio en cuyo seno reposan altos valores para la defensa de la dignidad humana, valores que se derrumban de un sólo golpe al leer los improperios, vejámenes y argucias a la que fue sometida por una Junta Directiva indolente. Porque toca aclarar de entrada, se trata de una acción ejecutada (según las evidencias que aporta Saray) en gran medida por la presidenta actual, la profesora Clara Pradilla; pero con anuencia cómplice de los demás integrantes. No se trata acciones propias de los y las afiliados quienes desconocíamos de fondo estos atroces hechos, aunque en el ambiente rondaban sospechas que fueron rápidamente “desmentidas” por diferentes miembros de la Junta en Asambleas y conversaciones propias del chat de afiliados. Insisto: La complicidad o silencio cómplice de la Junta queda al descubierto cuando uno escudriña las múltiples pruebas aportadas por Saray en un archivo que hizo público en su cuenta X (Twitter). Pruebas que dan muestra de la felonía a la que estaba siendo sometida.

 No puedo dejar de imaginar la mano temblorosa de Saray escribiendo cada una de aquellas palabras, porque ellas evocan momentos de angustia, de zozobra, de ignominia vividos durante casi dos años. Creo que en este caso la infamia subió un escalón más. Saray denuncia acoso laboral, maltrato psicológico, amenaza de despido, acusaciones de traición, entre algunas otras que un lector juicioso, y con más conocimientos jurídicos que yo, podrá recabar.

 Hace unos de días la presidenta de la Junta Directiva de ASPU, Clara Pradilla, a propósito de los recientes hechos de violencia y agresión dentro del campus universitario, escribió esto en el chat de afiliados:


Hola grupo. Como presidente de esta asociación sindical rechazo enfáticamente la violencia física, simbólica, al patrimonio público, la mediática y la laboral. Ellas no contribuyen a la construcción de un diálogo constructivo ni a la resolución de conflictos en comunidad.

Un abrazo fraterno.


Hoy uno puede erigir estas líneas como monumento a la doble moral, pues de la lectura de los cientos de líneas que Saray nos entrega, es la profesora Pradilla la mayor responsable de los hechos denunciados. También, como afiliado y defensor del sindicalismo, expreso un dolor inevitable por las acciones que enlodan a ASPU-Tolima, un Sindicato con alta trayectoria en la defensa de la Universidad Pública, siempre respetuoso de la dignidad humana, incluso en los momentos de mayor crisis. Hoy su nombre también ha sido mancillado.

 Llamo a todos los conocidos y conocidas de Saray Moreno a construir un cinturón de solidaridad con ella y su hija; a la comunidad universitaria a blindar su ejercicio de denuncia; a la Universidad del Tolima, mediante sus órganos pertinentes a acoger a Saray Moreno y brindarle la protección, la asesoría y los apoyos necesarios para que su valentía sea ejemplo de que ya las cosas no son cómo antes, que una nueva cultura está en construcción y en ella no debe existir espacio para el acoso, el ultraje y la infamia.

 A los afiliados de ASPU – Tolima los convoco a llamar a cuentas a esta Junta Directiva, ellos deben renunciar, han traicionado los principios básicos del sindicalismo y del espíritu universitario.A los integrantes de ASPU Nacional, de quienes se colige por las pruebas que aporta Saray, conocían de este caso, deben actuar inmediatamente, el buen nombre de este gran colectivo nacional está en la picota pública. 

 A los perpetradores y cómplices de este terrible episodio sólo les puedo decir: ¡Miserables, mil veces miserables!

 Posdata 1:

Escribe Saray en uno de los apartes de su carta:


El 7 de junio del presente año, publiqué en mi red social privada de Facebook el siguiente mensaje: “Yo debo ser la única administrativa trabajando en estos momentos en la Universidad del Tolima porque mi empleador no me permite asistir a la Marcha Carnaval”. Este comentario fue capturado mediante un pantallazo y compartido por uno de los afiliados del sindicato en el grupo de WhatsApp de afiliados (Ver Anexo 12). La publicación generó malestar entre varios miembros del sindicato, especialmente en la profesora Clara Lucía Pradilla Torres, quien posteriormente envió un correo a ASPU Nacional solicitando la suspensión de mi contrato, alegando que la Junta Directiva había decidido no recomendar mi continuidad laboral. Además, se me acusó falsamente de compartir información confidencial de la junta directiva con personas externas, una afirmación que carece de cualquier fundamento o prueba…

 

Ese afiliado del cual habla Saray fui yo, Carlos Arturo Gamboa, quién con pantallazos de la publicación pedí explicaciones a la Junta. A cambio obtuve descalificaciones y señalamientos. El mismo Fiscal, profesor Alexander Rivillas escribió esto ese día:


Si tiene pruebas de acoso laborales en el sindicato debe exponerlas de inmediato, o deberá retractarse profesor. Acabo de mencionar que en mi calidad de fiscal de asputol revisaré los hechos, espero que usted tenga otros como pruebas. Pronto daré un informe.  

 

En ese mismo sentido, el profesore Ever Edrey, miembro de la Junta, acotó:


Doy fe de que se ha dado buen trato a todas las personas vinculadas desde ASPU Nacional como es el caso de la secretaria…

 

Con esos enunciados “concluyeron” que los pantallazos que yo envié no se correspondían con la verdad y que se constituían en una calumnia. Horas después la Junta Directiva emitió un comunicado en mi contra en donde calificaban mi actuar de tendencioso sólo por solicitar aclaración, aclaración que también pidieron otros afiliados. ¿Con estas irrefutables evidencias el profesor Ever Edrey seguirá dando fe de que esta ignominia no ocurrió? Casi cuatro (4) meses después el Fiscal sigue guardando silencio. Al parecer aún no ha visto nada, o se ha hecho el ciego, o la política del odio que ahora determina sus acciones lo han convertido en alguien que sólo ve la paja en el ojo ajeno e ignora la viga en su propio ojo. Mal que, al parecer, padecen todos los miembros de la Junta actual, todos ellos y ellas, profesores universitarios.

Posdata 2: Ver anexos en los links y las imágenes que aporto.

Posdata 3.¿Por qué tanto silencio? ¿Miedo, complicidad o cálculo político ? ¿Y los medios?