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junio 21, 2025

Y DESPUÉS DE PETRO ¿QUÉ?

 


Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

La petrofobia[1] y la pretroeuforia[2] son dos extremos que emergen producto de la inmadurez política de un país que por vez primera se enfrentó a la posibilidad de ser gobernado desde una óptica distinta a las propuestas de liberales y conservadores (así bauticen sus partidos con otros nombres); que en esencia ha sido la misma: gobernar para unas élites en detrimento de las mayorías pobres. Eso lo dijo nuestro Nobel de literatura muy jocosamente: “La diferencia entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho”.[3]

Pero, si hacemos el esfuerzo en evitar esos extremos que reducen el pensamiento político, podemos decantar y valorar el resultado de este primer intento por romper la hegemonía del poder en Colombia, que no se ha roto, pero que ya presenta unas grietas que deben ser aprovechadas por un posible sucesor o sucesora en la línea del actual presidente.

Vivimos en medio de una marcada polarización entre un colectivo que está aprendiendo a ser poder y a gobernar, y otro que da tumbos experimentando cómo se hace oposición sin caer en el ridículo y la mezquindad. En medio de ese maremágnum, el país avanza en unos temas y se estanca en otros.

Ahora bien, está claro que ninguna de las seudoprofecías de quienes asustaban al electorado con el coco del comunismo, del castrochavismo, de la expropiación, de la entrega del país a la guerrilla, del dólar a 10 mil pesos y tantas otras mentiras, se hicieron realidad. El incumplimiento de estas falsas predicciones ha generado un gran detrimento político para sus anunciadores, que en esencia son la derecha y la extrema derecha que no se juntan en un solo partido, sino que están dispersos entre Conservadores, Centro Democrático, Liberales, Cambio Radical, Alianza Verde y, por supuesto, en el mismo partido del Pacto Histórico.

Con unos marcados avances en la política de distribución de tierras, la consolidación de la gratuidad educativa, el crecimiento de la economía y el repunte en sectores como el turismo y la agricultura, el aumento del salario mínimo, la disminución del desempleo, la lucha abierta y eficaz contra el narcotráfico y, recientemente, la aprobación de la reforma laboral; entre otras acciones que benefician a los menos favorecidos, el gobierno de Petro terminará por dejar una gran lección: es posible gobernar a Colombia sin mezquindad de clase y con un enfoque social. Es posible una política de Estado que desmonte los privilegios de los de siempre y le apueste por la equidad, germen de una paz real y duradera.

Así, quienes vengan después de Petro en el relevo del poder, van a recibir un país más informado, más consciente y con una base popular más preparada para hacer valer sus derechos. Deseamos que el próximo gobierno sea de corte social para que se genere el verdadero bucle del cambio, el cual no puede darse en uno o dos periodos presidenciales. El cambio es un proyecto constante, y para que se consolide la idea se requiere de una apuesta colectiva de por lo menos dos décadas seguidas en el poder.

Los problemas estructurales del país no se solucionan con discursos, sino con acciones, de ahí el bloqueo que los petrofóbicos han realizado, ya que en el fondo lo que querían era impedir que esa nueva visión de país arrojara buenos resultados. Para ellos, el fracaso total del gobierno actual era su triunfo, y ya no lo lograron. En eso la versión de Petro 2025 ha sabido apostarse entero a la idea de que el cambio es posible y eso solo se puede hacer jugándose los restos políticos, como lo hizo con la idea de la Consulta Popular y ahora con la Constituyente.

Así las cosas, le queda al presidente Petro esta cuarta parte de su periodo para seguir dejando semillas de cambio; ojalá los pretroeufóricos lo entiendan de este modo y se dediquen a trabajar con ahínco en este propósito y no derrochen la posibilidad política de unirse en la tentativa de ser un relevo responsable para el país. Querámoslo o no, lo compartamos o nos opongamos a esta idea, el país político después del gobierno de Petro será muy distinto, porque ha empezado a gestarse un giro inevitable de pasar de ser una república bananera dependiente casi en su totalidad de las disposiciones de EE.UU. a ser una república autónoma que habla y que establece relaciones con el mundo y con los principales problemas universales que lo aquejan.

Después de Petro, muchos entenderán mejor lo que este gobierno significó para la historia política de Colombia. La derecha deberá reconfigurarse y moderar su avaricia si quiere volver al poder, porque ya no le funcionarán sus viejas artimañas. Por su parte, las fuerzas alternativas deben comprender que sí se puede ser poder y que transformar un país construido bajo los designios de la desigualdad y la guerra requiere tiempo, voluntad y honestidad. Después de Petro no viene la hecatombe, como temen algunos; así como con Petro el país no se hundió, como se propagó por los medios del poder. Después de Petro queda una esperanza de seguir en la ruta de la reconstrucción; depende del pueblo y de sus líderes que esa semilla de esperanza que ya germinó crezca y dé mejores frutos.

[1] “Petrofobia” se usa como expresión para demarcar a aquellos quienes son incapaces de ver los aspectos positivos del gobierno de Gustavo Petro.

[2] “Pretroeuforia” se usa como expresión para demarcar a aquellos quienes son incapaces de ver los aspectos negativos del gobierno de Gustavo Petro.

[3] Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad”.

julio 12, 2021

Pensar y actuar en contexto: El papel de la universidad en la movilización social

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Educación, realidad y contexto

Cuando se habla de las dimensiones del currículo se suelen recordar con frecuencia dos conceptos: pertinencia y contextualización. El primero de ellos tiene que ver con la respuesta que desde los contendidos se da a las demandas del entorno, por lo cual se infiere que ningún currículo es fijo, que debe estar en constante transformación, ya que los entornos reclaman esa misma dinámica. El segundo concepto, el de contextualización, hace énfasis en los procesos, estrategias y metodologías que permiten la articulación al entorno antes mencionado.

Según múltiples postulados, dichas dimensiones son esenciales cuando se piensa en la educación como un factor de transformación social, cultural, económica y científica de una sociedad. Esta es la ruta fundamental del proyecto educativo moderno, que en términos de Durkheim consiste en avanzar en la formación de un mejor ser humano, quien, a su vez, contribuye a la formación de una mejor sociedad.

Ahora bien, estos postulados no siempre se cumplen. La educación está determinada por múltiples aspectos que condicionan el currículo a otros intereses que se decantan en indicadores, rankings. Mediciones y determinantes casi siempre ajenos al entorno y, por supuesto, descontextualizados. Cuando, por ejemplo, el MEN aprueba la apertura de un programa, este queda sujeto a una serie de condicionantes de “calidad” que, en muchos casos, riñen con los entornos en donde el programa va a operar. Se pide el cumplimiento de unos indicadores que por sí solos no generan un impacto transformador en la realidad. La mayoría de los indicadores son enunciados, no realidades.

¿Por qué esta discusión? En el escenario del estallido y la movilización social acaecidos en Colombia durante el año 2021, que es un acumulado de muchas décadas de ausencias de políticas que de verdad impacten positivamente la realidad, estos aspectos toman profunda importancia. Han surgido de nuevo esas preguntas antiguas: ¿para qué la universidad? ¿Qué es lo se debe enseñar? ¿Cómo se debe articular la educación con la realidad?

De algún modo estas preguntas han estado siempre en los entornos educativos y muchas veces las respuestas han sido suplantadas por los tecnócratas de los indicadores, quienes, aunque parezca increíble, tienen grandes aliados en la universidad pública y viven “midiendo” la importancia de la institución a través de los puestos que ocupe en esos listados. Lo que poco se “mide” es precisamente la pertinencia y la contextualización, quizás porque transformar la realidad no les interesa tanto a los actores, es mejor exhibir galardones, primeros puestos, diplomas, indicadores de gestión, buenas notas, certificados y un largo etcétera de artilugios. 

Ahora, cuando la mayoría de universidades públicas han quedado atrapadas en el mutismo propio de la sin salida del momento actual, mucho se discute si volver a la actividad académica o seguir en paro permanente. Para responder a esta disyuntiva habrá entonces que repreguntar: ¿De qué manera se cumple la función social de la universidad, estando en paro o estando activa? Intuyo que la respuesta es unánime. Pero entonces ¿Cómo responder a las necesidades del entorno? ¿Cómo articular la universidad colombiana del siglo XXI para que de una vez por todas se vuelque a contribuir con todos sus esfuerzos a la reconstrucción del país? Volver a pensar estas dos dimensiones del currículo es una de las tantas posibilidades.

La propuesta

El Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima, igual que casi todo el sistema educativo colombiano, suspendió actividades académicas después del 28 de abril de 2021. Ese día se concretó la hora cero que generó la reacción en cadena del tsunami de indignación de millones de habitantes, ciudadanos, campesinos, estudiantes, jóvenes, hombres, mujeres y diversos azotados por la precariedad que se profundizó por los efectos del Covid-19.

Después de un mes de paro y sabiendo que las soluciones a las demandas del mismo tardarían en llegar, empezó la discusión sobre el retorno o no. Para algunos el retorno a clases era una traición, para otros, era necesario garantizar el derecho a la educación aún en medio de la crisis, no en vano la educación siempre ha pervivido en medio de una sociedad en permanente convulsión. Desde el Consejo Directivo del IDEAD se realizaron varias sesiones de trabajo debatiendo los pro y contras de cada medida, se procedió a diseñar un sondeo de opinión para los estudiantes y profesores de posgrado obteniendo una marcada tendencia a retornar, (73% en estudiantes y 83% en profesores), pero bajo unas condiciones distintas a las que se realizaban en un periodo de “normalidad”.

Uno de los aspectos resaltados en la Circular No 1, expresaba tajantemente que el retorno se haría: “Retomando los principios propios del modelo pedagógico de flexibilidad, pertinencia y coherencia, los docentes deben dialogar con los estudiantes sobre la coyuntura del momento y generar acuerdos que permitan armonizar las tutorías de cara al importante movimiento social que vive el país”. (Consejo Directivo IDEAD, mayo 26 de 2021). Este llamado fue la clave para construir el proyecto que acá se comenta.

La experiencia

Bajo esos parámetros establecidos por el Consejo Académico y ratificados por el Consejo Directivo, se dio la reactivación académica de todos los posgrados del IDEAD (4 especializaciones y 2 maestrías). Y bajo esas mismas condiciones se dio el aprestamiento del seminario “Narrativas Literarias Digitales”, perteneciente al plan de estudio de la Maestría en Pedagogía de la Literatura, en el cual se encontraban matriculados 14 estudiantes.

Se empezó por plantear un Acuerdo Pedagógico encaminado a articular la realidad social, los ejes del seminario (literatura, medios digitales y pedagogía) y desde esa unión plantear la posibilidad de dar trámite al seminario sin abandonar la movilización, por el contrario, priorizando los elementos del entorno como componentes fundamentales de la actividad curricular. Después de una fructífera discusión colectiva, se llegó a la conclusión que era posible y que, en esencia el proyecto final del seminario, debía dar cuenta de estos aspectos propuestos, con lo cual necesariamente se adecuaron los tiempos, la evolución, la secuencia y otros temas esenciales para el nuevo rumbo adquirido.

Describir los pormenores de cada sesión, los profundos debates sobre la realidad que vivían los otros, los estudiantes y la sociedad en general, así como el seguimiento al proceso, haría muy extenso este artículo; lo que sí nos permite evidenciar y valorar los alcances son las producciones finales del seminario.

La primicia que sirvió como derrotero consistía en articular los proyectos finales usando como referentes algunos de los múltiples aspectos presentes en la movilización social, la categoría de literatura y por supuesto el de narrativas digitales, todo esto propendiendo por un enfoque pedagógico, es decir que dichos insumos o artefactos, se constituyeran en insumos para otros contextos educativos formales o informales. De ahí que sea necesario la divulgación de los mismos que a continuación se realiza.

Los productos

Cada uno de los proyectos elaborados en el marco del seminario “Narrativas literarias digitales”, contaba con los insumos epistemológicos provistos a través de las lecturas básicas propuestas en el microcurrículo. Se dio la opción que fuesen pensados, diseñados y elaborados por parejas de estudiantes o de manera individual, se contó con un procedimiento constante de asesoría y verificación durante el transcurso de los encuentros mediados por TIC, además de las asesorías extracurriculares. Estos son los resultados:

MAESTRÍA EN PEDAGOGÍA DE LA LITERATURA

Seminario: Narrativas literarias digitales

Docente: Carlos Arturo Gamboa B.

Autores y proyectos

Descripción

 

Karen Natalia Arias / Pedro Giraldo:

 

Resignificación: pasajes literarios de protestas

A través de un video documental se recrean textos de trasfondo religioso para darles una resignificación en el marco de la movilización social. Combinan creación literaria, imágenes y música, para hacer un homenaje a los procesos de resistencia en Villahermosa (Tolima)

 

Edna Salazar / Camila Páramo:

 

Mini-crónicas: Relatos de resistencia

Las autoras crean una miniserie a través de Instagram, en la cual, amanera de crónica, dan cuenta de 5 momentos fundamentales de la movilización social en Colombia. En “Relatos de  resistencia” se plantea la memoria como eje pedagógico de la formación crítica.

 

Cynthia Torres:

 

Concursando por los sesos del ero guro de Colombia

Usando el comic y en particular la propuesta de Shintaro Kago, la autora presenta una obra cercana al realismo sucio y a partir de esas imágenes construye mini-relatos que tienen un alto contenido social, totalmente articulado a los aspectos del actual estallido social en Colombia. Nos da a conocer una obra y la articula con la realidad de nuestro momento de estallido social por medio de la creación literaria.

 

Ana María Homez / Elizabeth Homez.

 

Mamás en la resistencia desde la primera línea: Crear, moldear y capturar historias

Rescatar el significado de las madres de la primera línea, a través de testimonios, imágenes, música y usando la técnica del stop motion, es la apuesta de este sensible trabajo que muestra con precisión las expresiones legítimas de la resistencia.

 

Vanessa Delgado:

 

Ensayo-blog: lenguajes de la resistencia

Usar el blog como un artefacto dinámico es la apuesta de este proyecto, retomando de base el ensayo académico, aborda la caricatura (Matador) como expresión crítica que constituye un discurso en la movilización social. Al final nos presenta un blog interactivo que da cuenta de las diversas expresiones mediadas en conjunto.

 

Vicky Alejandra:

 

Despertando sueños Literarios a partir del uso de la Biblioteca digital

Este proyecto asume la construcción de un reservorio de diversos textos literarios, usando las herramientas digitales que permiten enlazar diversas formas de lecturas. Además presenta una estrategia didáctica mediada para que los niños puedan construir sus propio comic sobre la movilización social.

 

Viviana Torres / Viviana Mendoza:

 

Diccionario literario infantil para entender la movilización social.

El diccionario es una apuesta por reconstruir los significados de las palabras para que ellas actúen como testimonio de la construcción cultural de la crisis social. Recrea el uso de las palabras preguntándole a los niños sus significados, lo cual permite rastrear la apropiación infantil del momento actual. Usa diversas mediaciones para hacerlo dinámico y navegable y muy pedagógico.

 

Hernán Ruiz / Laura Zamudio:

 

El color de la palabra

En palabras de sus autores: “La movilización establece distintos espacios de expresión desde el arte y la palabra, es entonces en este proyecto que se analiza el grafiti como una manera de denuncia hechos atroces y violación de derechos humanos. El uso del cuerpo, la palabra, la imagen y el baile genera nuevas perspectivas y condensa los elementos en favor de la protesta”.

 

De esta manera se genera una apuesta sonora y visual que impacta y recrea las estéticas de las resistencias.

 Finalmente, dejando la invitación para que visiten cada uno de los espacios, se puede concluir que mediante este ejercicio se recuperaron esas dos dimensiones curriculares que poseen todos los programas académicos (pertinencia y contextualización) y al hacerlo, encontramos una manera de mantener vivos los espacios de los encuentros tutoriales sin desconectarnos de la realidad. En otras palabras, cumplimos con los fines de la educación que plantean la construcción de conocimiento para entender la vida, las cosas y los fenómenos, y de esa manera aportar al individuo y a la transformación social.

Por tal razón, retornar a las actividades académicas tiene sentido cuando desde las disciplinas pensamos y actuamos en consonancia con el tiempo y las crisis que padecemos. Esperamos que de estas iniciativas surjan muchas más, en otras disciplinas y bajo variadas ópticas.

Colectivo Seminario Narrativas Literarias Digitales


junio 01, 2021

La meta de la movilización es la transformación social y la transformación es lenta

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Cuando se opta por la movilización social, como ejercicio político, se plantean dos objetivos esenciales: 1. Sumar cada vez más sujetos al movimiento. 2. Usar la fuerza de la movilización para transformar la realidad que indigna y agobia.

Ambas acciones quedan sujetas a la capacidad del movimiento para saber tensar la cuerda y lograrlas. Si el movimiento pierde la empatía de las masas, entra en desgaste, y si no se logran ganancias en las tempranas negociaciones, se pierde el empuje social. ¿Cómo leemos estos fenómenos en el momento histórico que vive Colombia en este turbulento 2021?

Hay que empezar por recordar que el gran movimiento de indignación nacional que se ha gestado hoy, es el acumulado de muchas décadas de desidia institucional y de malas prácticas de los estamentos gubernamentales. Sumado, por supuesto, a la falta de conciencia política de las mayorías que han terminado entregándole el poder, mediante el sufragio o la ausencia en las urnas, a las élites de siempre.

No todos los males de un país se pueden solucionar mediante una movilización, aunque con el entusiasmo de las masas en movimiento terminemos por creer que sí. Los problemas estructurales de Colombia son tan grandes que necesitaremos un buen tiempo para darle un giro hacia el bienestar de sus habitantes. Para ello debemos cambiar las prácticas políticas que han sumido el país en manos de las mafias (corrupción, narcotráfico, negociantes de la guerra, depredación del ambiente, concentración de la tierra, entrega de lo público a la banca, desconocimiento del diferente, entre otros males más).

Al tener una movilización que se prolonga en el tiempo, se corre el riesgo de caer en la ausencia de una organización efectiva. Aunque los males no aquejan a todos los excluidos por igual, las soluciones se deben plantear en consenso, algo que es muy difícil de construir, sobre todo en una sociedad con una escasa tradición democrática y con baja participación real en las decisiones estructurales del país.

En ese escenario, aparecen las “vanguardias” que ven el momento propicio para imponer su agenda o aquellos que buscan “cambiar el sistema global” con un movimiento local. En ese sentido, consolidar una agenda común es clave para “mantener viva la movilización” e impedir que caiga en el caos de múltiples agendas, (incluso algunas contradictorias entre sí).

Igual se puede generar un efecto sociológico contrario a los intereses que gestaron la movilización, esto puede suceder al destruir la empatía con la ciudadanía mediante acciones lesivas como saqueos a los pobladores, agresiones a la gente del común, inmovilización social y agresión ideológica del otro. Contar con los otros es fundamental, ya que ese sujeto es necesario para activar una transformación real.

Lamentablemente este gran movimiento, que va más allá del paro nacional y que se caracteriza por un despertar de conciencia social sumando una variedad de sujetos en las calles, ha ido cayendo en estas sin salidas. Jóvenes, taxistas, indígenas, camioneros, estudiantes, profesores, trabajadores de lo público y gente del común, los de a pie, han generado una acción propicia para el cambio ¿cómo lograr el cambio? Tener una agenda que dé respuesta a esa es la pregunta garantiza la vida del movimiento.

El Estado, conocedor de estas formas y acciones de la movilización, ha retardado la consolidación de la mesa de negociación, ha dilatado la agenda y, por otro lado, ha contribuido a aceitar la agresión estatal a los actores. Ese actuar ha impregnado y activado la cultura paramilitar, la cual esta vez ha actuado sin máscaras en las ciudades, respaldada por las fuerzas oficiales del gobierno, algo que viene haciendo hace décadas en lo rural.  Incluso, ha logrado mover un sentir en sujetos que, preocupados en esencia por “la propiedad privada”, se convierte en motor de contra-movimiento, generando enfrentamientos ciudadanos y pérdida de respaldo en algunos sectores. Todo ese panorama favorece al Estado e impide avances contundentes en la construcción de una agenda de transformación.

Así, la movilización se debate entre la radicalización, con las futuras consecuencias de incumplir sus objetivos debido a la pérdida de respaldo de las mayorías y a la imposibilidad de mostrar logros concretos que animen el mismo movimiento. Igual le pasa a la otra opción, la de la negociación, sujeta a la dilación del gobierno y la dificultad para construir un derrotero que unifique el movimiento e impida que se fragmente y diluya. Por eso el tiempo de las decisiones apremia.

Para el momento que vivimos, creo que lo mejor sería concretar una agenda nacional incluyente, que dé cuenta de los temas esenciales que gestaron la indignación colectiva. Esa agenda debe estar pactada y firmada por el presidente y debe contar con un cronograma de trabajo acompañado de la movilización periódica, con la veeduría masiva del pueblo. En términos concretos se negocia en la mesa, se pacta con la movilización y se hace seguimiento y veeduría en las calles.

Mientras tanto, hay que darle aire a la masa que se moviliza, propiciar formas organizativas y generar la consolidación de nuevos liderazgos individuales y colectivos que constituyan un grupo cualificado que se apreste a ganar espacio en las formas democráticas de gobernanza. Creo que el movimiento más reciente de Chile nos da un buen ejemplo en esa dirección.

Esperemos que la efervescencia del momento no se constituya en la trampa que nos devora a nosotros mismos e impida avanzar en la transformación de un presente social que agobia cualquier idea de futuro. Ese panorama ya lo hemos vivido antes y no sólo en Colombia.

julio 26, 2020

UT: VERSIÓN 2020


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima – IDEAD-

En Colombia las instituciones públicas padecen el karma de ser consideradas ineficientes. Son sinónimos de tramitomanía, procesos engorrosos, burocracia desaforada y corrupción.  De seguro el sector se ha ganado estos motes con creces, porque muchas de las instituciones públicas son focos diarios de noticias que las siguen ubicando como pioneras de esos males organizacionales.

No obstante, las instituciones no son entes abstractos, están conformadas por una serie de individuos quienes las direccionan, por unas regulaciones que las limitan (y ahogan) y por una cultura, la cual determina su transcurrir. Las instituciones públicas hacen parte del inventario de las organizaciones que se suponen están al servicio de la ciudadanía, en esencia prestan servicios sin ánimo de lucro y están articuladas al Estado. Si lo privado está destinado a la productividad, a lo público le compete dar respuesta positiva al contrato social.

La Universidad del Tolima, como parte del sistema estatal de educación superior, se mueve en ese mundo de lo denominado público. Está destinada a garantizar un derecho, el de la educación superior, aunque la economía del mercado ha hecho de éste, un servicio. El Estado, quien debe garantizar su funcionamiento en un 100 %, ha venido abandonado su responsabilidad frente al sistema y, como toda institución pública, ha tenido que realizar piruetas de subsistencia.

El Estado no sólo ha descuidado su deber de mantener la universidad pública, sino que, respondiendo a dinámica globales, ha contribuido a imponer metas difíciles de cumplir, conduciéndola a su lenta agonía. Muchas veces la ha estigmatizado, como solía hacerlo un mal recordado expresidente quien la consideraba como foco de terrorismo.  Y entre suma y suma, con dificultades financieras, con abultadas burocracias, sujeta a señalamientos y atafagadas por el cumplimiento de los indicadores, los entes educativos fueron perdiendo el rumbo.

Cuando una institución posee el rótulo de pública no significa que debe ser de calidad dudosa, o que el producto o servicio ofertado no deba tener las mejores cualidades para quienes son los directamente beneficiados. Al contrario, lo público debe mostrar que se construye como opción de beneficio general, comunitario y productivo en términos de impacto social. De no ser así, no tendría razón de ser. Y para lograrlo debe responder a las necesidades de la sociedad, en este caso, a la formación de sujetos, cuyo accionar ayudará a transformarla en sus múltiples campos de acción.

Así, la Universidad del Tolima, con 75 años de historia, es un alto referente institucional para el departamento, incluso mucho más allá de sus fronteras regionales. Su Misión, cuyo principal axioma es la formación integral permanente para el desarrollo del arte, la ciencia y la cultura, la ubica como institución fundamental para la transformación social. No obstante, dicha Misión ha sido opacada en ciertos momentos de su existencia, debido a múltiples factores de índole interno y externo, que en varias ocasiones la han llevado a desviar su rumbo.

Para fortuna, la UT versión 2020 muestra otro rostro, uno que refleja su gran potencia. Justo cuando cumple 75 años de historia puede mostrar todo su esplendor. Supera un enorme déficit arrastrado desde hace apenas 4 años, avanza en la construcción de proyectos de impacto social como el Hospital Veterinario, -que hace un par de años era ejemplo de los elefantes blancos que abundan en lo público-, amplía su oferta de programas en pregrado y posgrado con nuevos y necesarios campos del saber, extiende su cobertura en nueve departamentos del país, consolida sus procesos de investigación, entre muchos logros más que podríamos enumerar.

Por todo esto, como sumatoria de esfuerzos de la comunidad en su conjunto, la UT recibe la Acreditación Institucional de Alta Calidad por 4 años, lo cual, más allá de ser un indicador de eficiencia o de cumplimento ante el sistema estatal, es el reconocimiento de su importancia como proyecto de formación superior para toda una nación. Un proyecto regional con impacto nacional.

Y adicional a esto, en un momento de enorme dificultad económica, logra, en otra gran sumatoria de esfuerzos, ofrecer la gratuidad de la matrícula de pregrado para el semestre B de 2020 y unos considerables descuentos en matrícula de posgrado (hasta 40 %), más las inscripciones gratis y los beneficios con sólidos planes de bienestar. Aquí confluyen las voluntades y las necesidades, un ejemplo de que la formación superior debe ser una apuesta conjunta de la sociedad y todos sus actores. Es decir, a la acreditación institucional le sumamos la reacreditación como proyecto de alto impacto social.

Como actor activo de la Universidad del Tolima, durante más de 25 años desde que inicié mi pregrado en el Instituto de Educación a Distancia, he vivido momentos dignos de ser celebrados y otros de enormes crisis, pero siempre he sido un convencido de que el proyecto de educación pública es un campo de trabajo para la construcción de un mejor país, un mejor porvenir.

Por eso hoy, ante estas buenas noticias debo regocijarme colectivamente, porque contemplar esta versión UT 2020 es prueba fehaciente que es posible administrar con cuidado lo público, luchar para construir lo oficial, defender y potenciar lo de todos. De seguro faltará mucho por hacer, nuevas dificultades que enfrentar, pero indudablemente nosotros y otros estaremos y estarán prestos, en su momento, a seguir fortaleciendo el legado de la educación superior para las generaciones venideras.

A los que han aportado para hacer posible esta versión de universidad debemos reconocerles sus esfuerzos: a los Estudiantes con sus ejemplos de lucha y aprendizaje, a los Docentes comprometidos con la academia, la cultura y la ciencia. A los Directivos que trabajan en silencio y a quienes casi siempre se culpa de todo lo que no funciona y casi nunca se les reconocen los aciertos. A los Trabajadores forjadores de la vida cotidiana administrativa, a los Egresados que enaltecen el legado y a aquellos que, desde diversos sectores sociales, políticos y estatales, siguen apostando por ella como un proyecto de formación para el siglo XXI.

A todos quienes nos reclamamos universitarios, y quienes confluyen para darle vida al sistema educativo superior, invito a que aplaudamos de pie estos éxitos y continuemos trabajando, con capacidad de acción colectiva, porque los retos de estos tiempos son de la misma dimensión de nuestros logros, enormes.

mayo 27, 2020

La Universidad del Tolima al servicio de los más necesitados


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima

Es muy reconfortante escuchar que la Universidad del Tolima no es noticia porque sus dineros se usaron para hacer una enorme fiesta para los egresados, en donde hasta orquesta de vallenato hubo. O porque, con su erario, se compraron miles de helados para un desfile. O porque su déficit creció, de la noche a la mañana, hasta presentar un hueco de cerca de 24 mil millones y cesaron los pagos a docentes y trabajadores. Esos eran los aciagos años de 2014, 2015 y 2016. Y siempre toca recordarlo, porque al parecer algunos que padecieron esos tiempos, hoy ya lo han olvidado.
Ahora, en medio de la incertidumbre de un virus que ha desbarajustado el mundo, las noticias que produce la UT son de otro talante. Iniciando en el año 2020 se informó que el déficit era cosa del pasado, habíamos logrado superarlo. Se consiguió en sólo 3 años, con esfuerzos de la comunidad y un buen plan de manejo de sus finanzas. Lo anterior es prueba de que las entidades públicas pueden ser bien orientadas financieramente, en medio de sus carencias.
En enero de este año los planes eran otros, como lo eran los de la humanidad entera. Con la aparición de Covid-19 en escena, las universidades públicas del país debieron emprender nuevas rutas de acción. El lema central de la Universidad del Tolima fue mantener viva la universidad, garantizando el derecho de la educación. Y a fe que lo ha logrado.
Empezó avalando la contratación a sus catedráticos, acto que significó un esfuerzo financiero pero que permitió salvaguardar de cerca de 1500 familias en todo el país. Hay que recordar que hacemos presencia en 8 departamentos a través del Instituto de Educación a Distancia. Pero, además, destinó el pago de 10 horas adicionales por curso, para que se dispusieran los esfuerzos académicos para adoptar y adaptar el uso de mediaciones. Todos sabemos, con certeza, lo que implica usar las herramientas digitales en las acciones pedagógicas, siempre demanda más tiempo de dedicación.
Luego gestionó un programa especial de Bienestar Universitario, el cual radicó y fue aprobado en el Consejo Superior, con el que se garantizó un monto cercano a los 1.000 millones de pesos para becas por calamidad, aprovisionamiento de tabletas para los estudiantes y planes de conectividad. Miles de estudiantes se beneficiaron con estas ayudas y ahora se gestiona una nueva fase de beneficios en esos aspectos.
Pero a medida que el confinamiento avanza, la economía se deteriora, las familias de escasos, recursos que es la mayor población que envía sus hijos a nuestras aulas, ven disminuidos sus ingresos. Los estudiantes que trabajan para pagar sus estudios, muchos de ellos en la modalidad a distancia, se encuentran desempleados. El empleo informal cae abruptamente, fuente de ingresos de muchos de quienes aspiran a iniciar una carrera universitaria. Entonces las Directivas de la UT empiezan a pensar en las posibilidades reales de un semestre académico B de 2020.
Las altas tasas de deserción académica, del sistema universitario colombiano, amenazan con duplicarse, creando un colapso mayor. Por eso, desde el mismo Ministerio de Educación Nacional las alarmas están encendidas y se han dispuesto recursos cercanos a los 97 mil millones para ayudas a estratos 1 y 2. Parece una gran suma, pero al observar las condiciones de los estudiantes del país, esta cifra resulta insuficiente, más aún con los modelos desiguales de distribución entre universidades nacionales y regionales. En la Universidad del Tolima el 81 % de ellos pertenecen a estos estratos, es decir, cerca de 13.900 estudiantes en las dos modalidades.
 Y si mantener la continuidad de los estudiantes ya es un enorme reto, lo es más aún pensar en nuevos estudiantes. Muchos aplazarán sus deseos y sueños de una carrera universitaria, ahora la prioridad es la salud, la sobrevivencia y el retorno al mundo productivo para subsanar la ausencia de ingresos que ya completa casi 70 días.
Por tal motivo, el plan de ayudas financieras que diseñó las Directivas de la Universidad del Tolima, en cabeza del profesor y rector Omar Mejía, demuestra una vez más que cuando una institución de verdad se asume pública piensa en lo público, es decir, piensa en el beneficio de los más necesitados. La Universidad del Tolima durante sus tres últimos años se dedicó a sanear sus finanzas y hoy puede poner este logro al servicio de sus estudiantes actuales y los futuros. Nada más plausible.
Fue así como, el día 25 de mayo, en horas de la noche, el Consejo Superior, por unanimidad, aprobó el plan de ayudas financieras, que incluye el no cobro de valor de inscripción para estudiantes nuevos de pregrado y posgrado para el semestre B de 2020. Así mismo, el descuento de un 20 % para matrículas en estudiantes de pregrado, que sumado al 10 % de votación hará que el costo para el semestre B se reduzca en un 30 %.
Es de recordar que, los estudiantes de posgrados quienes son egresados de la Universidad del Tolima, siempre han tenido un apoyo significativo para la continuidad de sus estudios. Y con las nuevas ayudas tendrán un descuento acumulado del 40 % en pago de matrículas para el semestre B de 2020. Para aquellos estudiantes que son egresados de universidades distintas a la nuestra, se aprobó una ayuda acumulada del 30 %.
En definitiva, estamos ante un gran plan de apoyo económico para estudiantes antiguos y nuevos. Quizás el mejor plan de ayudas diseñado por alguna Universidad de corte regional en el país. Todo esto, sumado a los programas y políticas de bienestar, apoyo y soporte académico, hace que el sentido de lo público resalte, justo en este momento cuando el mundo entiende que el modelo económico imperante ha sacrificado lo esencial para los humanos.
¡Qué buen ejemplo de lo público está dando la Universidad del Tolima!, como para levantarse y aplaudir.

mayo 25, 2020

EL MENTIROSO


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima

Todos conocemos la fábula del pastorcito mentiroso y por eso no la repetiré. La historia que contaré también tiene un mentiroso, compulsivo diría un psicólogo, es decir, alguien que engaña para sentirse importante. O más bien un mentiroso instrumental, quien miente para obtener réditos individuales, así los disfrace mediante argucias de colectividad. Quizás posea las dos características.
Lo cierto es que este personaje miente y miente sin importar el tamaño de su mentira. Uno suele verlo, hace muchos años, en el campus de Santa Helena de la Universidad del Tolima, revoloteando por todas partes, pegado de su celular y auto vociferando engaños. Busca orejas desesperadamente, eso les encanta a los mentirosos. Una mentira sin oreja es igual inofensiva un celular sin plan de datos.
Francis Bacon solía decir: “Calumniad con audacia, algo siempre quedará”, y esto lo tiene claro el protagonista de esta parábola real. Por eso no se avergüenza de mentir, es más, ha hecho de la mentira su forma de vida. Mentir le ha permitido deambular entre oficinas, atraer incautos y hasta ocupar cargos de representación. Engañar es un arte y engañar electores, un arte calificado.
“De todas las formas de engañar a los demás, la pose de seriedad es la que hace más estragos”, escribió Santiago Rusiñol, por eso el mentiroso se asume como «intelectual», se siente conocedor de los secretos institucionales, se declara ávido y defensor de las causas nobles, sabe camuflarse. Pero algo sí es seguro, y Abraham Lincoln hace años lo advirtió: “Nadie tiene la memoria suficiente para mentir siempre con éxito”.
Por esta razón, el mentiroso de esta historia suele siempre buscar nuevos nichos, sujetos neófitos para engendrar en ellos su larva de apariencia inofensiva. Incautos siempre ha habido, incautos siempre habrá. Pero no importa, la mentira tiene su talón de Aquiles: es la verdad. Y como dijo el señor Félix, pero Lope de Vega por supuesto: “No hay tan diestra mentira, que no se venga a saber.”
¿Y por qué la mentira tiene asidero en el mundo universitario? Pues es que muchas de las supuestas verdades que construyen el saber, son falacias. Lamento desencantarlos, la verdad es la primera víctima de las pasiones, los intereses particulares y alguna que otra tesis doctoral.  La academia también está plagada de mentiras, como las plazas de mercado, las alcaldías, las cantinas o los noticieros.
Hay un viejo proverbio que reza: “Con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver”, el problema es que el viaje del mentiroso tiene una ventaja, cada vez encuentra nuevos lugares donde acampar. Y uno que otro fruto cosecha quien riega semillas de odio a la vera del camino.
El mentiroso también intimida, nada más requiere de una estrategia de miedo que la mentira. La mentira siempre va acompañada de amenazas, en este caso las más frecuentes son: “te voy a demandar”, “me están persiguiendo”, “me quieren acallar”. En el mundo universitario estos enunciados son letales amenazas, porque como lo dijera Séneca: “El que recibe lo que no puede pagar, engaña.”
Yo quisiera regalarle a este mentiroso, que no es pastorcito ni hace parte de un cuento maravilloso, esa frase de Alfred De Vigny que dice: “La vida es demasiado corta como para perder una parte preciosa fingiendo”. Por eso, ya pare de engañar, los que ahora le creen por ingenuidad luego lo olvidarán, como ya lo olvidaron los que algún día le creyeron. Los que ahora se acomodan a sus mentiras tratando de configurar un complot, luego lo rechazarán.  Mire hacia atrás, el reguero de mentiras que ha dejado desaparece cada vez que ingresa al bosque de la verdad. Luego no tendrá a dónde regresar.
A los ingenuos los invito a aproximarse a la verdad. Dejen que sus llamas los calienten. Es placentero ser parte de esa institución que se hace llamar universidad, pero no olviden que en ella siempre se procura la certeza. No seamos la paja en donde la mentira anida, no olviden a C.C. Coton y su sentencia: “El mayor amigo de la verdad es el tiempo; su más encarnizado enemigo, el prejuicio; y su constante compañera, la humildad”.

mayo 21, 2020

DE LA UNIVERSIDAD DE PAPEL A LA UNIVERSIDAD EN RED


Por: Carlos Gamboa Bobadilla
Docente Universidad del Tolima

El 8 de mayo de 1945, Alemania se rendía definitivamente ante el ejército aliado, dando paso al comienzo del fin de la Segunda Guerra Mundial. 13 días después, a miles de kilómetros de allí también se daba fin a una batalla, más generosa y humana: la creación de la Universidad del Tolima.  El 21 de mayo, la Asamblea Departamental del Tolima firmaba la Ordenanza que constituía, al menos en el papel, el Alma máter de los tolimenses.
Ese lejano lunes, sin saber quizá la trascendencia de lo que allí se rubricaba, el esfuerzo del diputado conservador Lucio Huertas Rengifo se hacía realidad entre los folios que permanecerían traspapelados durante una década. Harían falta la iniciativa popular y la voluntad política de un militar, el gobernador César Cuéllar Velandia, para que aquella Ordenanza volviera a ver la luz, justo en 1955[1]. Un parto largo, dirían las abuelas, el que tuvo la Universidad del Tolima.
Veinte años no es nada, cantaba Gardel, pero el tiempo de la nostalgia no es el mismo que el de la necesidad de educación. Una década perdida entre escritorios y archivos duró la Universidad del Tolima. Como si al nacer estuviese poseída por un extraño designio, propio de los cuentos de los hermanos Grimm, su nombre deambuló a la deriva de la desidia burocrática, ese mal tan antiguo del cual no tenemos fecha inaugural. Una institución de papel, solo con un nombre, errante y sin un lugar fijo donde abrevar, sin programas, sin el bullicio de los estudiantes a la hora de la salida, sin docentes, sin tertulias, sin protestas, sin trabajadores. Diez años de olvido.
La Universidad de papel era un sueño escrito en un pergamino, pero al fin y al cabo un sueño. Ya sabemos que mientras los deseos sean encarnados por alguien, algún día encontrarán el humus necesario para germinar. Por eso en 1955, en el mes de marzo, se daba apertura a los estudios superiores con la Facultad de Agronomía. La espera había dado un buen fruto.
Hoy, 75 años después, la Universidad del Tolima enfrenta otra batalla, una de las tantas que ha tenido que lidiar en su existencia. Esta vez el enemigo es universal, se hace llamar Covid-19 y muchos afirman que llegó para quedarse. Este virus ha logrado lo que no pudieron hacer los militares, los malos gobiernos, los largos paros, las desfinanciaciones y otros trastornos que han inoculado la vida universitaria: logró que todos abandonáramos el campus de Santa Helena, no sabemos por cuánto tiempo.
Un día normal la noticia se hizo masiva… todos deberíamos resguardarnos en nuestras casas. Los estudiantes dejaron vacío el parque Ducuara, las cafeterías aledañas, las fotocopiadoras y los bares. Los profesores no estarían más conversando entre clases, o degustando un buen tinto a la entrada de la Universidad. Los trabajadores tuvieron que marcharse con cientos de folios debajo de sus brazos a realizar «trabajo remoto» desde sus casas-oficinas.
Todo sucedió de repente, y como dice Silvio Rodríguez aprendimos que: “Lo más terrible se aprende enseguida / Y lo hermoso nos cuesta la vida” … entonces, nos tocó empezar a reinventar la Universidad en la Red. Los acrílicos se volvieron tabletas, los escritorios se trasformaron en PC. Las bibliotecas mudaron a la web, las conversaciones al chat. Tuvimos que aprender a encontrarnos en los espacios virtuales, esos mismos en los cuales quizás estuvo atrapada la Ordenanza de creación durante 10 años.
Desempolvamos los teclados y nos conectamos al gusano digital del mundo. Muchos con miedo, prevención y asombro. Otros con desencanto. Otros creyendo que eso sería pasajero, cuestión de un par de días. Pero todos atónitos, la Universidad, sus árboles frondosos, sus sedes lejanas con esos actores que nunca vimos, sus egresados diseminados por el mundo entero, sus producciones, sus investigaciones, sus conflictos y afujías, su gente, todo había sido trasladado, como por un acto de magia, al no lugar: La red.
75 años después del nacimiento nos vemos obligados a nacer de nuevo. Reinventar los currículos, las prácticas, las interacciones, las formas de encontrarnos, las formas de hacer arte y hacer ciencia. Todo es antiguo, pero tiene que hacerse de otra forma, lo cual necesariamente conducirá a lo nuevo: programas, pedagogías, normatividades, todo parece tener que ser readecuado.
Quizás ya no podamos visitar las tiendas universitarias, hacernos debajo de un árbol a leer, jugar microfútbol en el Coliseo, atragantarnos de calor en los “galpones”, estrujarnos en la fila del restaurante, pasearnos por el silencio de la biblioteca Rafael Parga Cortés, mirar el nuevo grafiti que ha inundado las paredes o encontrarnos un rato en cualquier esquina a conversar.
No sabemos cuándo podamos viajar a uno de los tantos Centros de Atención Tutorial que tiene la Universidad del Tolima en todo el país, o la Graja de Armero, o al bajo Calima. No tenemos certeza de casi nada, solo de que debemos conservar la idea de Universidad Pública, su alto designio, la de formar y abrir sus escenarios para los más desfavorecidos, esos mismos que clamaron hace años para que la revivieran de esa muerte transitoria en un papel. Quizás todo deba ser reconstruido en el espacio de la red. Lo único seguro, y esto sí es una certeza, es que el Ethos de la Universidad del Tolima, hoy 75 años después, sigue vivo.



[1] Fuente: Jaime, Beatriz. Fragmentos de memoria. Luchas, tragedia y vidas que forjaron la Universidad del Tolima. 2018.

mayo 14, 2020

El Instituto de Educación a Distancia: un camino de mil posibilidades educativas


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente IDEAD – UT

Si le preguntamos a un integrante del Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima, ¿cuál ha sido respuesta a la crisis académica generada por el Covid-19?, de seguro la respuesta estará en el campo semántico del siguiente enunciado: “en tiempos de pandemia seguimos transitando el camino de las posibilidades.”
Recordemos que el IDEAD nació, en el año de 1982, como una alternativa de formación para la población adulta que, por sus condiciones socioeconómicas, de contexto y falta de oportunidades, había aplazado el sueño de formación superior. Heredero del bachillerato por radio, los cursos por correspondencia y los programas de extensión de las universidades públicas, el modelo de educación a distancia se pensó bajo la premisa de acortar las distancias. El IDEAD, hoy en pleno siglo XXI, sigue la ruta de su génesis, procurando llegar a donde se presentan las mayores necesidades de educación superior.
Miles de personas, en Colombia, no pueden migrar a los centros de formación, es decir, hacia las capitales, para realizar una carrera. Otros no cuentan con los recursos económicos para pagar las altas matrículas de las universidades privadas. Algunos no alcanzan los puntajes necesarios para competir por un exiguo cupo en las universidades de élite, en esencia porque la educación básica que recibieron no les permite obtener un mayor puntaje en esos exámenes de Estado, elaborados más para la exclusión que para la verificación de conocimientos.
Por eso el IDEAD se ha venido consolidando como un proyecto de inclusión social para la formación superior. Desde su fundación estamos encaminados para llegar a los territorios más abandonados, a la población más vulnerable, a las comunidades que tienen el derecho de educación superior pero que no cuentan con muchas oportunidades para acceder a ella.
En tiempos de pandemia volvemos a ser protagonistas, esta vez visibilizados por las necesidades de la coyuntura. Durante muchos años la educación a distancia se miró por encima del hombro, se catalogó como “educación de segunda”, de baja calidad, como si la calidad fuese un mojón inamovible más allá de los indicadores del mercado. Como si llevar la educación a los lugares más inhóspitos y a los más necesitados no fuera per se una variable de «calidad», quizás la más vital, sin importar que quienes diseñan los indicadores le den poca o nula importancia.
Hoy los ojos viran de nuevo al IDEAD y encuentran una larga tradición de modelos flexibles, currículos capaces de adaptarse a los contextos con sus necesidades y alto aprestamiento para el uso de las mediaciones en los procesos de enseñanza/aprendizaje. Sus estudiantes son consecuentes y asimilan mejor los procesos de autoformación, son conscientes de que los viejos modelos de transmisión están en desuso porque fueron pensados para un mundo que hacer mucho mutó.
No obstante, con todas las potencias descritas, tenemos que aceptar que aún carecemos de una infraestructura tecnológica capaz de soportar el reto en su total dimensión y así poder acoger mayores poblaciones. La ausencia de inversión constante y programada nos sorprendió carentes de algunas herramientas necesarias para avanzar con mayor tranquilidad en el camino de los retos actuales. No obstante, nunca nos inmovilizó, la tradición del IDEAD es la de avanzar por encima de las dificultades, renovando, recreando, repensando…
En la década de los noventas usamos material instruccional, luego avanzamos al uso de módulos impresos como apoyo pedagógico/didáctico. Casetes, cartillas y guías formaron parte de nuestros inventarios para llegar con el conocimiento a zonas rurales, municipios lejanos, veredas, pueblos distantes de las mínimas comodidades del tradicional bienestar universitario de la presencialidad.
Más tarde, con el auge de los dispositivos digitales, usamos CD, material digitalizado, memorias USB. Posteriormente, emprendimos la construcción de Portafolios Pedagógicos, cuyo escenario de Ambiente Mediado nos preparó para que hoy le pudiésemos hacer frente a la necesidad que el Covid-19 nos impuso.
Ahora, en este atribulado 2020, enfrentados al futuro adelantado que tocó a nuestra puerta, le abrimos para garantizar que la idea de universidad pública incluyente siga viva. Necesitamos una vez más repensarnos, lo cual no es un escenario nuevo para el IDEAD, enseñado a autorreformarse. Necesitamos garantizar un «mínimo vital pedagógico» para nuestros estudiantes y docentes, para que los procesos académicos se instalen de lleno en las posibilidades de formación usando mediaciones TIC, sin detrimento de un futuro de encuentros cara a cara, lo cual dependen de cómo evolucione el virus y las posibilidades de combatirlo con nuevas formas de habitar los lugares.
Esperamos que el Ministerio de Educación Nacional, y los demás órganos que regulan la educación en Colombia, no sean inferiores a estos retos. Necesitamos que el MEN reconsidere su inversión en la educación a distancia, que ofrezca apoyos para el fortalecimiento del modelo, que, juntamente con el Ministerio del TIC, disponga de planes de equipamiento y conectividad para todos los estudiantes, sobre todo en las zonas rurales en donde el IDEAD es casi la única opción de formación superior, sin que los estudiantes tengan que emigrar a las zonas urbanas.
Igualmente, para la Universidad del Tolima, siendo del orden regional, es clave el apoyo de la Gobernación del Tolima, aún más para el IDEAD quien hace presencia en municipios como Chaparral, Rioblanco, Planadas, Melgar, Líbano, Honda, Cajamarca, Girardot - que recoge población del Tolima y Cundinamarca- y por supuesto Ibagué. Si queremos conservar los índices de impacto de educación superior en los municipios, es necesario que se plantee la financiación de estudiantes, tanto antiguos como nuevos, sin dejar de lado la formación posgradual.
Por supuesto, internamente, la Universidad del Tolima también debe aupar el proyecto del IDEAD, debido a la potencia que posee para enfrentar el escenario de futuro que el mundo, el país y la región nos plantean. Con una población cercana a 13 mil estudiantes y 900 docentes, el IDEAD es la Unidad Académica más robusta de la UT. Cuenta con 11 programas de pregrado, 3 especializaciones y 2 maestrías. Opera en 24 Sedes de Atención Tutorial y hace presencia en 8 departamentos. Bien vale la pena cuidar y apalancar este proyecto.
Es así que, casi siempre las crisis abren los senderos de las grandes transformaciones y el IDEAD ha estado ahí, al frente de los ojos de todos, a veces vituperado, a veces exaltado. Hoy como protagonista central del hecho pedagógico, en medio de la urgencia, reclamamos la consolidación institucional. Para ello todos estamos trabajando: los estudiantes desde sus diferentes lugares de acceso, en los ciudades, municipio y veredas. Los docentes aprendiendo cada vez más sobre el uso pedagógico de las herramientas digitales en los procesos de formación, confinados en sus casas, pero abiertos a la resignificación de los modelos educativos. Y los funcionarios y directivos, asumiendo trabajado remoto desde sus diversas regiones, explorando las opciones para darle trámite a los problemas que van surgiendo en la misma medida que el virus avanza en los territorios, dispuestos y moviendo las poleas para seguir haciendo real y posible esta idea de IDEAD.