junio 22, 2022

Petro y la educación ¿hacia dónde virar?

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Rápidamente se hizo viral un tuit de Gustavo Petro en donde invita a gobernadores y alcaldes a disponer de lotes saneados para construir sedes universitarias y así darle cabida a su propuesta de convertir a Colombia en una sociedad de conocimiento. Sin haber tomado posesión, Petro anuncia que las promesas de campaña se convertirán en políticas de Estado, algo fundamental para unir el país y derrotar definitivamente el discurso del miedo que la oficialidad se niega a soltar como banderita de batalla.

Lo que diré a continuación no es nada nuevo, son viejas discusiones en torno a la definición de hacia dónde se debe encaminar la educación pública en Colombia. Estos debates los hemos dado desde la década de los noventa, no más aprobada la Ley 30 que ya se avizoraba, en su primera infancia, como un remedio peor que la enfermedad. Se dio en movimientos posteriores como la recordada MANE, en el gran debate nacional de la Constituyente Universitaria, en las organizaciones estudiantiles, en cientos de Asambleas Universitarias, en el Seno de la Asociación Sindical de Profesores Universitarios, en fin, en mil eventos. Lo nuevo acá es el presidente y el enfoque que le va a dar a la educación del país ¿hacia dónde virar?

Construir nuevas universidades públicas en un país en donde el acceso total a la educación es una utopía, es más que plausible. Miles de jóvenes, pero también adultos, porque la formación superior debe recuperarse como derecho para todos, tienen aplazados sus sueños de educación universitaria. Pero ese proceso, que como se puede intuir de manera fácil es un plan a mediano plazo, debe ir acompañado de acciones inmediatas que oxigenen el sistema educativo y lo dispongan para contribuir a diseñar el devenir.

En el caso de las Universidades Públicas es urgente dar respuesta a las necesidades de inversión en infraestructura, dotación tecnológica y fortalecimiento de la labor docente. El mundo pospandémico nos ha generado una nuevas dinámicas y retos a los que se debe responder con audacia. La política de gratuidad educativa (lo que existe no es una política) debe ir acompañada de una considerable inversión en planes de permanencia estudiantil, en fortalecimiento del bien-estar de la población universitaria para que se pueda “estudiar sabroso”. Pero también toca invertir en tecnología de punta, laboratorios, escenarios culturales y deportivos, abriendo los campus a las nuevas formas de aprendizaje, con plataformas interactivas y simuladores en todas las disciplinas. Esto es urgente, porque la brecha del conocimiento se ensancha cuando no se reacciona de manera inmediata.

Otro tema urgente para las universidades tiene que ver con las políticas Ministeriales y sus organismos de control que tienen ahogadas a las universidades con indicadores, lineamientos y políticas obtusas, como los de acreditación, o el Decreto 1279 del régimen salarial de los profesores. Estas proliferaciones de normas no responden a la realidad colombiana, en su mayoría son importaciones deformadas de otros contextos, que buscan cumplir las exigencias internacionales pero que lejos están de atacar los males endémicos de nuestras necesidades educativas.

Lo que debe promover el MEN y demás organismos afines es la actualización de los programas de formación, la cualificación de los actores y la proliferación de programas pertinentes para el desarrollo nacional y regional. Para ello se deben motivar los nuevos enfoques de formación, programas pensados para la vida, la convivencia, el desarrollo sostenible, la producción rural y urbana, programas que permitan consolidar el país como un escenario para productividad solidaria.

Igualmente, en el campo de los posgrados, fortalecer “las investigaciones” con escenarios reales para que el conocimiento genere el impacto en la transformación de los territorios, las geografías y los problemas de la cotidianidad. Miles de estudiantes que lograron su formación en pregrado esperan oportunidad de avanzar en sus procesos formativos, la oferta del país es escasa, costosa y en muchos casos, poco pertinente para las necesidades urgentes. En esa misma línea, se debe promover y fortalecer los modelo de la educación a distancia, la educación virtual, la formación técnica y la educación continuada, así se construyen pilares de diversidad para que los ciudadanos puedan escoger sus propias líneas de formación.

 Un aspecto vital consiste en reformar la carrera docente, se hace necesario establecer un sistema que le permita a los niños y adolescentes tener la mejor educación posible, con infraestructuras adecuadas, pero con los mejores docentes. Dignificar y delinear la carrera docente permite que el profesor en Colombia deje de ser un profesional del rebusque, para convertirse en actor fundamental de la transformación política, cultural, científica y económica de la nación.

Quizás quedarán muchas otras líneas en el tintero, pero es urgente que los docentes, las universidades y sus actores, así como las Instituciones Educativas de toda índole, generen debates, propuestas y se activen en la dinámica de transformación educativa. El equipo que Gustavo Petro designe para liderar estos procesos debe tener claro este panorama, lo urgente y lo estructural, para dar respuesta a ese sentir colectivo de tener un país con mayores índices de formación en todos sus niveles.

Bien vale la pena recordar esa frase de Mandela que tantas veces hemos visto en las marchas de los jóvenes exigiéndoles a los gobiernos de turno: “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”, pues hoy más que nunca, en Colombia, se debe dimensionar la potencia de su significado.

junio 06, 2022

NO MÁS PRÓCERES

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima.

 

Por estos días de agitada confrontación política y desaforado antagonismo, días cuando la muchedumbre colombiana busca desesperadamente un nuevo prócer, -porque el último ya no posee más que el olor nauseabundo de los próceres caídos en desgracia-, quiero recomendar la lectura de un libro.

Se trata de “Adiós a los próceres” del escritor colombiano Pablo Montoya. Un compendio de veintidós semblanzas de hombres y mujeres que fueron erigidos como héroes nacionales y que una larga tradición de adoradores ciegos, como los que hoy están en pugna, se encargaron de mantener incólumes, como semidioses de un lamentable Olimpo criollo. Pero a esos nombres, Pablo Montoya agrega el mayor villano de nuestra historia patria, Pablo Morillo, el pacificador. Quizás esto lo hace para recordarnos que sin enemigos no hay gloria.

Los próceres deambularon entre libros de historia, versos grandilocuentes, poetastros e historiadores oficiales y profesores de historia formados en repetir libros de historia que escribieron historiadores formados en la adulación. Y así sobrevivieron hasta estos días; y la pasan colgados en las paredes de nuestros colegios o mirando fijamente desde los bustos que pululan en las plazas y parques que llevan sus nombres. La mayoría de ellos murieron jóvenes y de esa manera lograron arraigarse en el imaginario popular de un país dado a la especulación como forma de vida.

Nuestro último prócer, de ruana y sueños dictatoriales, no ha muerto joven, se está pudriendo en vida y eso ha permitido ver el trasfondo de su fingida gloria. Por eso la sombra de una nación nunca terminada de construir, sigue en esa eterna pugna, buscando salvadores, neo patriotas, libertadores, machotes gritones, militares que hagan tronar sus armas y saquen suspiros de los pechos de las damas de bien. Todo esto pasa mientras el último prócer agoniza de exceso de poder en su finca y da órdenes aquí o allá con el ánimo de mantener su casta, pero olvida que la miseria se cierra con ciclos de miseria. Algunos historiadores, como los de otrora, estarán esculpiendo las líneas de su falsa gloria, para seguir haciéndonos creer que este es un país de patriotas sacrificados por su pueblo.

La virtud del libro de Montoya es que hace reír, de esa manera que la fina ironía delinea una sonrisa en los labios del lector. Nos muestra esa verdad que siempre estuvo a nuestra vista, pero que la tradición oral y la tradición académica deformadora nos impidieron ver. Esos grandes próceres, fundadores de una patria que se diluye en el tiempo, son puestos a la palestra pública con sus agonías, sueños, delirios, intereses disfrazados, megalomanías y muchas miserias más.

Pablo Montoya nos da una lección de historia sobre la histeria patriotera. Al mejor estilo de la terapia de la regresión, nos lleva a los inicios de la llamada gesta independentista de España y bajo la magia de unas bien buscadas palabras, deja al desnudo esa lista de rábulas, leguleyos, lenguaraces, músicos, poetas, guerreros, soñadoras y traidores que dieron forma a esa amorfa época, de la cual aún cargamos el peso de sus decisiones.

Consciente de su oficio de destructor de mitos, Montoya busca dardos para cruzarnos el pasado con el presente, para incitarnos a pensar que “desde siempre hemos estado jodidos”, que nuestra historia es un montón de hojas mal reescritas para hacernos creer lo que no somos. Que olvidando la mortalidad de nuestros próceres nos metimos en la tarea de perpetuar sus errores y exaltar las falacias que de ellos nos narraron.

Aún, en el siglo XXI, seguimos peleando entre nosotros, como protagonista de una espectral saga milenaria. Santander sigue buscando a Bolívar para matarlo, Bolívar sigue fusilando inocentes, los indios y los negros siguen siendo usados para alimentar el gran ejército patriotero que llevará a nuevas conquistas de riquezas que repartirán entre los privilegiados. El país sigue en constante ebullición, una nación que no termina de parirse a sí misma.

Por eso el libro “Adiós a los próceres” me parece de una luminosidad increíble, logra con ese lenguaje iconoclasta hacer lo que los nadaístas soñaron, develar la podredumbre de la realidad; pero acá lo hace con la historia de nuestros héroes de papel, similares a los actuales.

Quizás la lectura de este texto sea urgente para todos, deberían hacer una serie sobre estos perfiles. Descabezar tanto ídolo incrustado en los relatos nacionales y entender que tenemos una tarea pendiente con la historia, dejar de adorar los próceres y construir la nación desde las diferencias, las necesidades de las regiones y los hechos de nuestra, casi siempre, absurda realidad.

junio 03, 2022

Rodolfo Hernández y William Ospina: el político y el intelectual en campaña

 


Por: Nelson Romero Guzmán

Poeta colombiano 

Rodolfo Hernández, el aspirante a la presidencia de Colombia en la segunda vuelta y William Ospina, candidato a ocupar el llamado Ministerio de Cultura y Medio Ambiente en el mandato Hernández, son almas gemelas que se encontraron en uno de los momentos más miserables de la historia de elecciones presidenciales en nuestro país. Hicieron una química perfecta, donde las frases bien hechas del escritor y las groserías peor mal dichas del político, se hallaron felizmente, por una ósmosis extraña. Pero en amores ciegos son esas las terribles paradojas del destino. Hernández se confesó sin pudor furibundo admirador del genocida Hitler y —entre otras perlas— trata a las mujeres de invasoras del poder, no sin usarlas siempre para las más bajas comparaciones; por su parte Ospina, que hace giros preciosistas con su estilo literario, acepta adorar a Hernández como político y se identifica plenamente con su discurso, adorándolo como a un Mesías. 

El uno simplemente se declara fanático furibundo del otro. Ambos se han hecho querer de la gente por decir frases de cajón: el político en Tik Tok, el intelectual en los libros. Hernández pretende darle fuerza a su programa político trayendo frases dichas por boca de su abuela; Ospina, experto en citar a los poetas Whitman, Hölderlin o Borges, ahora le parecen superiores, sabias y por demás prodigiosas las frases de Hernández. Así, ambos han sabido llegar a la gente (uno como escritor y otro como político) y por su parte Hernández espera ganarse el respeto y la simpatía de las mayorías en la segunda vuelta de las presidenciales que se avecinan. Hernández populariza sus frases con ademanes agresivos, como quien se hace sentir y ver físicamente fuerte a pesar de su edad; por su parte, Ospina contrarresta hábilmente a su antípoda y a la vez su complementario, posando de intelectual elitista respetuoso. El uno por lo bajo y el otro por lo alto, ocupan los extremos, como en los versos de Antonio Machado: “Busca a tu complementario /que marcha siempre contigo / y suele ser tu contrario”. 

Así, mientras el uno es grosero y agresivo, el otro pasa por decente. También Hernández respaldado por una gruesa chequera se hace pasar por excelente administrador, que públicamente se vanagloria de aumentar sus estradas con el sudor de la frente de sus hombrecitos que dice gobernará; por otro lado, Ospina se vanagloria de homenajear a los sangrientos conquistadores de América en sus novelas y poemas, como bien lo expresa en su libro Auroras de sangre: “Este libro sobre Juan de Castellanos quiere ser un homenaje a los antiguos habitantes del territorio americano y también a los ejércitos invasores que aquí dejaron su sangre y su vida”. De esta manera se encontraron el uno para el otro, es decir, el decente trabajando para el patán, que ha sido la burla eterna en Colombia y entonces la postura del intelectual sumiso quiere hacer ver como lúcidas las frases misóginas y depravadas de su modelo Hernández. Ospina, admirador del universal escritor inglés William Shakespeare, parece pasar por alto en estos momentos —cuando más se necesita de la lectura— la astucia política de personajes como Hamlet frente al poder, quien desenmascaró a los poderos de Dinamarca en una de sus tragedias, incluyendo a su propia madre. Después de haber leído a Ospina, ahora sí entiendo que es el escritor pomposo como lo dijo alguna vez el escritor Pablo Montoya, de frases bonitas para hacerse querer, pero sin pellejo. En sus libros se hace ver como un escritor erudito, refinado e inconforme que conoce y denuncia las trampas de la modernidad y del capitalismo. En sus ensayos Ospina se nos presenta como un humanista que sojuzga la historia y la sociedad actual anclada en el espejismo del progreso, pero en los momentos más críticos de la política colombiana, como estos que estamos viviendo de profundas heridas y contradicciones, cuando es la hora de que el intelectual tome decisiones responsables e históricas, el aspirante a Ministro prefiere irse por los caminos llanos, fáciles y trillados y se acomoda en posturas egoístas, dando la espalda a sus propios libros y a la realidad del mundo, al optar por el candidato presidencial que hace campaña denigrando de los seres humanos más desvalidos, un Hernández que habla de los pobres y de la  mujer como mercancía de explotación. Es cuando el intelectual Ospina se deja ver sin la máscara de sus metáforas, como quien ya no trabaja para el alma, sino para el administrador adinerado que le prometió una ínsula en el país de Barataria.

Sabemos que el ingeniero Hernández es incapaz de debatir ideas, los debates no son sus escenarios, pero se naturalizó en las redes, donde es capaz de hacerse viral con actitudes groseras utilizando la fuerza que le da el poder sobre los demás, al ser empresario rico, displicente y disciplinado; es así como se ha hecho querer por muchos colombianos. Si una grandeza tiene Hernández, es haber llegado al fondo de lo trivial y conquistar el corazón de las gentes con un lenguaje grosero, de expresiones oprobiosas, opiniones irresponsables y soberbias. En una sociedad donde prima la chequera antes que los valores humanos, todo se vuelve gratuito para el empresario. Es la gratuidad que pregona Hernández, donde el ahorro seguirá significando ganancia para unos pocos. Es, justamente, lo que admira, prefiere y apoya Ospina, el exigente escritor de frases lapidarias y estilo pulcro en la sociedad del consumo; el cultor de una prosa brillante, pero que como en el verso de Guillermo Valencia dedicado al poeta José Asunción Silva, sacrifica un mundo para pulir un verso.

Todo indica que si gana Hernández (suponiendo que ganara) y si es cierto que hará lo que dice, por ejemplo, declarar el estado de conmoción en Colombia en el primer día de su mandato, es indicio de que las cosas seguirán peor que antes en un país que ha sido gobernado por la fuerza antes que por la razón y donde no se acepta el principio de contradicción. Seguiremos viviendo en el país de los mismos para los mismos. Los cómodos, que son una minoría potente y pedante, continuarán con dientes y uñas aferrados al poder; en el otro extremo, los satisfechos de no ser Venezuela, pero igual sin oportunidades, seguirán siendo los humillados y ofendidos que eligen en una democracia, pero agitando la bandera del miedo. Queda así demostrado que cuando las posturas de un intelectual frío se someten a las aspiraciones del poder ciego a cambio de un cargo ministerial ofrecido de antemano, se debilita la resistencia y queda reinando la fuerza y la brutalidad. Por eso si Hernández gana en la segunda vuelta, es arrasando también con los valores del intelectual frágil que se puso en su camino. Y entonces se construye así la más ominosa mentira del cambio.

                                                                                                Junio 2 de 2022

abril 03, 2022

EL DERECHO A DECIR Y DISENTIR

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima.

 

Resulta extraño, anómalo, incoherente y casi fuera de lugar tener que escribir sobre la necesidad e importancia de decir y disentir en el mundo universitario. Nada que se considere riguroso, científico o académico se construyó desde una sola mirada, al contrario, la pluridiversidad de voces son las que generan la posibilidad de trasformación, creación y cambio. Los relatos únicos de la realidad, los fenómenos o las cosas siempre terminan en totalitarismos discursivos, que impiden el diálogo con los demás, con el Otro.

No hay mayor riqueza en la interacción que cuando esta se hace con el distinto, porque el diálogo con uno mismo, en el espejo de nuestra propiedad, sólo genera un reflejo y este esconde lo que no queremos ver. Lanzarse al otro, como lo propone Mélich[1], implica tener la capacidad/posibilidad de desnudar la cara oculta de lo que pretendemos auscultar. Por eso, resulta casi antinómico tener que reclamar el derecho a disentir en la universidad.

En la acción cotidiana del mundo universitario, se han instalado unas formas de decir que construyen sus autónomas maneras de tramitar los conflictos, ya sean estos académicos, científicos o políticos. Figuras como las asambleas de los actores (estudiantes, profesores, trabajadores), organizaciones informales, colectivos, grupos de interés más allá de lo institucional, comunicaciones no-oficiales y otras formas de expresión, son válidas en la construcción de un proyecto público.

No obstante, estas “otras formas” son desconocidas en la mayoría de las veces por los entramados oficiales, quienes consideran que, si una comunicación, propuesta o proyecto no está en los “formatos” discursivos institucionales, no tienen validez. Por ello desautorizan y anulan constantemente esas otras formas de decir y, sobre todo, de disentir.

Un matemático que resuelva un teorema no se considerará enemigo de la junta de científicos, al contrario, se admirará como un aportante al desarrollo y consolidación de ese campo de la ciencia. Entonces ¿por qué un sujeto universitario que asume una posición distinta dentro de un debate político en la vida universitaria es, casi siempre, considerado un enemigo? Debería ser escuchado, contra-argumentado o derrotado en el campo de la discusión. Pero no es así, constantemente nos “volvemos enemigos” por decir y disentir.

Hay que tener la valentía, sobre todo desde las estructuras de poder y gobierno, de respetar y dialogar con esas otras formas válidas de hacer universidad. Por ejemplo, reconocer los espacios asamblearios como legítimas maneras de tramitar las diferencias, reconstruir los derroteros y poner en tensión el estado de las cosas. ¿Cómo pedirle, por ejemplo, a una asamblea profesoral que reconozca un “acto institucional”, si la institución ignora el trascurrir de la asamblea? En la diversidad está la ganancia, la posibilidad de consensos y la reafirmación de los disensos. El mundo no es sólo de una tonalidad, mucho menos de la tonalidad que quiere imponer el grupo de poder de turno.

Para que la Universidad conserve su esencia de centro de construcción del saber, la ciencia, la cultura y la formación de lo humano, debe prevenir el silenciamiento como estrategia y, en consecuencia, promover el decir, respetar el disentir. Hoy, en nuestra Alma mater, debemos reclamar ese derecho, para mí, para el otro, para el distinto e incluso para el oponente, de lo contrario estaremos asistiendo a la consolidación de la anti-universidad.

La historia cíclica y reciente de la Universidad del Tolima escenifica cuáles son los caminos que deparan la soberbia y el autismo. No más en los años 2014-2015 asistimos, muchos de quienes construimos universidad desde distintas miradas, a una crisis que no queremos repetir. Negar los avances y/o ocultar las enormes necesidades que aún tenemos por resolver, es abrir el camino que de nuevo nos conduzca al abismo. Salir de ahí es lo más difícil, evitar la caída es una propuesta.

Pero para que el diálogo fluya se deben aprestar los oídos. La sordera institucional impide que el otro pueda decir, y, sobre todo, disentir.



[1] Mélich, Joan-Carles. Del extraño al cómplice. La educación en la vida cotidiana.

marzo 28, 2022

Extralimitación de funciones y riesgos institucionales

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

En las Instituciones Públicas abundan personajes que suelen creerse plenipotenciarios, todopoderosos y dueños de los cargos, algo que en sí mismo contradice el concepto de lo público como un bien común, con responsabilidad compartida y cuya administración debe centrarse en el cuidado y bien recíproco.

Como dice un viejo dicho popular, “Entre más mal jefe se es, menos merecimiento se tiene para serlo”, y ese parece ser el inri de quienes acuden a todo tipo de argucias para ascender en los organigramas institucionales, casi siempre mediante acciones de subalternidad y menoscabo de los objetivos comunes. Creerse dueño de un cargo es uno de los males que profundizan la inoperancia de los procesos administrativos de las instituciones públicas.

Dentro la normatividad que direcciona el empleo público existe un concepto bien interesante para regular la toma de decisiones institucionales y clarificar la ruta “de mando” de las mismas, se denomina «extralimitación de funciones». En el nuevo código disciplinario[1] (Ley 1952 de 2019) se plantea que:

La falta disciplinaria puede ser realizada por acción u omisión en el cumplimiento de los deberes propios del cargo o función, o con ocasión de ellos, o por extralimitación de sus funciones. (Artículo 27)

Del mismo modo, según concepto 228441 del Departamento Administrativo de la Función Pública (2019), se recuerda que: “(…) a todo servidor público le está prohibido extralimitar las funciones contenidas en la Constitución, las leyes y los estatutos o reglamentos de la entidad, caso en el cual podría ser sujeto de una investigación disciplinaria”.

 No obstante, en la vida cotidiana de lo público, la extralimitación de funciones es pan de cada día. A ciertos funcionarios les encanta dar órdenes que no le competen, tomar decisiones más allá de las que han sido impartidas en el manual de funciones, parece que de esa manera disfrazan su incapacidad de liderazgo. En la administración del siglo XXI las formas obsoletas de mando quedaron relegadas a estructuras poco flexibles como las fuerzas armadas o las iglesias, lamentablemente lo público (en especial las universidades) es casi igual de rígido, como diría Gutiérrez Girardot. Por eso en el mundo universitario pulula la leguleyada como síndrome.

Para el caso de la Universidad del Tolima, la extralimitación de funciones genera un escenario de ingobernabilidad que hace la vida cotidiana administrativa caótica. Este fenómeno, sumado a una estructura premoderna, que alarga los procesos y aumenta las normatividades, hace lento la toma de decisiones y paquidérmica la ejecución de las mismas. “Acá todos se creen jefes”, me dijo una vez una señora de servicios generales y en sus palabras estaba poniendo de plano lo que aquí comento.

La proliferación de este fenómeno genera varios riesgos institucionales. El primero de ellos es que crea “cuello de botellas” de los procesos, oficinas en donde se acumulan “aprobaciones pendientes” por capricho del “sub-jefe” de turno. Casi siempre son los mandos medios quienes más generan estos reprocesos. Un segundo aspecto es la pérdida de liderazgo institucional y, por ende, de credibilidad. Al nivel directivo le compete, como su nombre lo indica, direccionar de manera estratégica el cumplimiento de la Misión Institucional, pero ante el aumento de la extralimitación de funciones, el nivel directivo pierde funcionalidad y credibilidad.

Es normal encontrar, en la vida cotidiana de la Universidad del Tolima, a niveles medios tomando las decisiones estratégicas y a sub-alternos dándole órdenes a los jefes. Estos deterioros de las líneas de decisión crean caos operacional y, por lo general, es el culpable de que lo académico quede supeditado a lo administrativo. Un nuevo diseño curricular, un proyecto de investigación, una acción direccionada desde un órgano académico, son acciones que pueden quedar truncadas por el efecto de este fenómeno.

Esta es una de las razones por las cuales se hace necesario modernizar los procesos, asumiendo las formas organizacionales del siglo XXI, eliminando pasos incensarios, usando herramientas digitales que aligeren los procesos y, sobre todo, fortaleciendo una cultura organizacional que entienda el valor y uso de lo público.

Lamentablemente, siempre tendremos esa clase funcionaria que por “un tiempo” se cree dueña de los puestos y de la Institución, pero la historia nos muestra claramente cuál es su destino, sólo basta mirar hacia atrás.

Referencias

Departamento Administrativo de la función Pública. Ley 1952 de 2019. Disponible en: https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=90324

https://www.funcionpublica.gov.co/eva/gestornormativo/norma.php?i=100783

Sentencia del Tribunal Administrativo de Cundinamarca, Sección Segunda, Subsección A, 12 de julio de 2012. M. P. José María Armenta Fuentes. Exp. 2006-03691.



[1] Este código empieza a regir a partir del 29 de marzo de 2022.

febrero 14, 2022

De regreso al carnaval pictórico-poético

 


Por: Carlos Arturo Gamboa[1]

 

Nelson Romero nos tiene acostumbrados a sus dardos punzantes cada vez que publica un nuevo poemario. Con Proverbios & Carnavales, no podía ser distinto.

Su voz se hace inagotable y, sobre todo, asombra. Nelson no es un escritor que se repita así mismo, aunque aborde puntos de partida similares en algunas obras.  De vez en cuando el arte sirve para atar de pies y manos al diablo, pero sin alejarlo tanto de nuestra juerga[2] nos recuerda el poeta de Ataco cuya voz cada vez se hace más universal.

De nuevo, usando la pintura como enclave poético, el autor nos llama la atención al decirnos que “Mi arte no es más que un cielo invertido. Donde los cerdos se volvieron serafines y los ángeles se revuelcan en el lodo”. Así se hace presente ese empuje desacralizador siempre retumbando en su obra.

Esta vez se adentra en la reconstrucción simbólica de la obra de Brueghel el Viejo, un pintor desconocido para casi todos nosotros. De seguro, en algún momento cuando se cuece la génesis de una obra, el pintor le habló desde la distancia de los años a Nelson, para provocarlo, para sumirlo en los insomnios de la creación. Quizás le haya dicho “Es maravilloso ver como tu arte ensancha el mundo”.

Y así, en ese diálogo cultural separado por miles de kilómetros y años, Nelson vuelve a repasar ese juego visual carnavalesco que propone el pintor, para darle una nueva reencarnación a su propuesta. Hace arder sus cuadros y bocetos, pero no importa porque la voz retumba: “No te preocupes por la casa que se quema mientras puedas calentarte en sus llamas”.

Y es que así uno se puede imaginar el arte, como un oficio que destruye y reconstruye para al final exclamar al unísono, pintor y poeta: “Gasté la fortuna de mi alma, pintando este infortunio”. Y ni siquiera nos debe una respuesta de sus juegos paralelos entre mundos artísticos, porque: “… el arte no es una explicación, no tiene por qué vivir de explicaciones”.

Los trazos de Nelson siempre son voces que indagan, preguntan, que usa pre-textos y post-textos para dejarnos provocados más allá de la lectura. Es ambivalente, por eso nos dice con la misma claridad que Brueghel elaboraba trazos: “No me arrepiento de haber pintado, al mismo tiempo al lobo y al cordero”.

Darle forma a la poesía es oficio propio de los seres pacientes, de esos que pueden tomarse el tiempo necesario para encontrar la palabra correcta, el adjetivo preciso. El arte poético es casi hechicería, porque “el diablo es mañoso, no se deja pintar por fuera”. No obstante, pintor y poeta, en distintos mundos y distintos tiempos, logran la conexión.

Así es, son tiempos distintos los de la pintura y los del poema, sin embargo, ambos sentencian esa memoria antigua que sigue vigente, por eso ambos exclaman: “Es fácil cagarse en el mundo. Lo difícil es limpiarlo”. Siglos y siglos han transcurrido en esa penosa labor y cada día, durante un sin-tiempo ambos exclaman: “Esta mañana me asomé al mundo. Sólo vi espinas y cardos y todo estaba sucio y desordenado y vacío”.

Este es el balance del carnaval, es la sentencia de los proverbios. Ahora debemos celebrar, darle forma al festín de la existencia, porque somos inocentes: “Que el amor sea el culpable del cerdo desollado entre el blanco rebaño de ovejas”.

Por eso estamos acá, en este otro tiempo y en este otro espacio, para celebrar, porque “el sombrero es un mundo encantado cuando está puesto sobre tu cabeza”. Así es la vida y el arte. Es el descubrimiento de las pequeñas grandes cosas. Es la lección que me dejan Nelson Romero y Brueghel, desde los trazos sobre el lienzo y sobre el papel.

Esta edición de Proverbios & Carnavales, publicada por Frailejón Editores es en sí de una redondez estética muy extraña en estos tiempos de prisas y fugacidades. Los invito a degustarla, y sólo tendría como cierre repetir unos versos del poeta: “Llegó el momento de brindar a tu salud y a la salud del Reino de este mundo”. SALUD POETA.



[1] Texto leído en el lanzamiento del libro. Febrero 12 de 2022

[2] Todas las citas (entrecomillados) corresponden a: Romero, Nelson. (2021) Proverbio & Carnavales. Frailejón Editores.

febrero 06, 2022

NO TODO VALE

 


Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Estos días he tenido algunas “discusiones” en redes sociales debido a mis opiniones en tres temas específicos: la “música” de Bad Bunny, el fútbol como mecanismo de alienación de masas y la valoración estética de artefactos que se hacen llamar arte. Me ha causado curiosidad que en todas esas discusiones algunos interlocutores me han “conminado” a que debo aceptar a rajatabla las opiniones contrarias: que lo que Bad Bunny vende es música, que el fútbol, más allá de ser un deporte de masas regido por los principios comerciales, no debe ser valorado desde una óptica crítica, por ejemplo, como mecanismo de distractor social para ocultar los problemas “reales” del país.

En el caso del arte, algunos han sugerido que se debe valorar toda expresión “artística” como tal, sin importar que la historia cultural de la humanidad haya fijado unos cánones para el mismo y que dicho artefacto no lo respete, como el famoso busto de Quintín Lame que colocaron en reemplazo del genocida Galarza. Todas esas conversaciones me hicieron acordar del debate de la posmodernidad, en donde se planteó que, con el fin de la historia y la modernidad, ahora todo valía.

Si hay algo que potenció las redes sociales es la posibilidad de que mucha gente opine sobre muchas cosas, algunos a esto lo han denominado “democratización de la opinión”. Sobre lo mismo hay posiciones a favor y en contra. Algunos afirman que estamos viviendo el apocalipsis de la verdad y otros que las redes son la mejor expresión de que hemos alcanzado la capacidad de comunicarnos a nivel planetario y eso favorece el entramado comunicativo y, por ende, las relaciones sociales.

Personalmente creo que las redes y los entramados digitales, siendo herramientas inventadas por los seres humanos, pueden traer beneficios o problemas, todo dependen del uso que hagamos de las mismas. Usar los medios para posicionar una idea no es nuevo, forma parte de la historia universal, y, sobre todo, del proyecto humanista que consideró la razón como el eje central de la construcción de las múltiples verdades. El tema es que han cambiado los medios y ahora millones de personas puede usarlos para expresarse, con el efecto de pérdida del rigor de lo que se dice.

Así, lo que está en juego no es sólo la deconstrucción de valores antiguos, formas estéticas obsoletas o cambios de paradigmas, lo cual es consecuente con la evolución de la vida y de lo humano, el problema está en pretender “imponer” el relato de que todo vale en medio de una discusión sin moderador. Así, una producción musical que no sea producto de una construcción estética (ritmo, letra, melodía, ensamble) debe ser aceptada como tal, sólo porque es consumida por millones de seres que la consideran “música”. De no aceptar eso se puede ser calificado de “policía del gusto musical”, como alguien lo afirmó en una de las conversaciones. Yoko Ono estará muy feliz ahora con esta medida estética sin parangón. Como dijo el poeta Rabindranath Tagore: “La verdad no está de parte de quién grite más”.

Igual pasa con las opiniones sobre política, vida social, mundo de la vida, deportes o cualquier otro tema que abordemos, porque el principal argumento que se esgrime esconde una trampa, es que “todo vale”. Tratar de defender una idea, un punto de vista, una tesis, ha sido el sustento de la modernidad, atrás quedaba la aceptación a priori de los fenómenos como expresiones místicas o divinas de la existencia. Aceptar que todo vale es negar la autonomía del pensamiento, la discusión y el debate y la búsqueda de “las verdades” que rigen los fenómenos, las leyes y las cosas del universo.

Por expresar la opinión, en otros tiempos algunos eran conducidos a los campos de concentración, expulsados de sus países, condenados a Siberia o desaparecidos. Hoy la opinión está vulgarizada y cada vez pierde más valor especifico, justo porque creemos que cualquier opinión es válida.

Lo siento si hiero susceptibilidades, pero no todo vale. Hay lugar para el rigor del pensamiento y para la argumentación, así el mundo transite por lo que Bauman denominó acertadamente, el efecto líquido. No importa que lo que se exprese esté en un tratado científico, en una columna de opinión o en un estado de Twitter. Si queremos contribuir en la construcción de un entramado social que piense y actúe en consonancia de la posibilidad de un mundo mejor, debemos entender que hay formas válidas y ciertas que configuran la existencia y otras no. De eso se trata el debate.

diciembre 10, 2021

El IDEAD de la Universidad del Tolima hoy ¿un nuevo déjà vu?

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima –IDEAD-

 

El Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima cumplirá 40 años de existencia en el año 2022. Durante esas cuatro décadas ha enfrentado múltiples retos para sostenerse como proyecto educativo válido para la formación superior, y, aunque parezca contradictorio, los principales obstáculos han surgido desde el seno mismo de la comunidad, en especial de las direcciones universitarias de turno. Lo que sí es una constante es que el mayor factor de error frente a la toma de decisiones ante el IDEAD se debe al desconocimiento estructural del mismo.

No obstante, hoy el IDEAD parece vivir una nueva época dorada, después de la última crisis que atravesó la Universidad del Tolima, crisis que tuvo un alto componente negativo debido a las malas decisiones en el orden de la cobertura y el fortalecimiento del IDEAD, lo que repercutió de manera contundente en las finanzas generales de la UT. De antaño es sabido que los aportes que ingresan por el Instituto, contribuyen a balancear los débiles presupuestos de la universidad.

Desde el 2018, el IDEAD empezó una constante recuperación de cobertura, generando nuevas ofertas, ampliando los programas y los Centros de Atención Tutorial. Se abrió con decisión a los posgrados, con nuevas especializaciones y maestrías. Esta apuesta tuvo mucho que ver con el plan del rector Omar Mejía y su compromiso de fortalecer el IDEAD, compartiendo la apuesta estratégica de “Cobertura con responsabilidad”. A cifras de hoy, el IDEAD alberga el 70 % de los estudiantes de la UT, el otro 30 % lo poseen las nueve (9) Facultades de la modalidad presencial.

Con la llegada de la pandemia y los nuevos retos, el IDEAD, que ya venía creciendo de manera sostenida, disparó su oferta. Lo anterior se debió a que con el buen uso de las mediaciones tecnológicas el proceso formativo pudo continuar su marcha rápidamente y, además, la matrícula cero hicieron que miles de estudiantes en 9 departamentos del país y 24 sedes, vieran muy atractiva la oferta del IDEAD. 

Al día de hoy, dicho crecimiento favorece a cerca de 18 mil estudiantes de todo el país en programas de pregrado y posgrado, entonces ¿en dónde está el asunto de la preocupación? Pues es muy sencillo, al crecer en oferta educativa se necesita crecer en otros indicadores como: infraestructura física y tecnológica, puntos o sistemas de atención a los estudiantes, procesos de matrículas, laboratorios para atender programas con altos contenidos de prácticas, necesidades de nuevo personal para atender a los estudiantes y a los docentes, que obviamente también aumentan por vía de la contratación de hora cátedra, soportes de todos los programas de bienestar, financiación para proyectos de investigación y semilleros, protocolos de salud para las 24 sedes en el plan de retorno seguro, entre muchos aspectos más propios de la administración educativa de un proyecto de tal magnitud e impacto como es el IDEAD.

A la par de los elementos anteriormente enunciados, la autoevaluación constante ha llevado al IDEAD a repensar su oferta desde otros aspectos como la viabilidad de programas que ya han saturado ciertos municipios y cuyo impacto en los planes de desarrollo de las regiones no es el adecuado, es decir, no se trata de formar por titular, si no de articular las necesidades de la región con los currículos ofertados. Por ello, la nueva apuesta se vislumbra con mayor impacto en posgrados en áreas en donde se tienen muchos graduados de pregrado y nuevos programas de pregrado para oxigenar la oferta.

Como dije antes, el IDEAD parece estar en nueva época dorada. ¿Cuáles son los riesgos? De nuevo el desconocimiento estructural de un proyecto por parte de quienes están al frente de la Universidad del Tolima. Durante los dos últimos años el crecimiento en inversión ha sido supremamente inferior al crecimiento en cobertura, lo cual genera un desequilibrio en el proyecto. La escasa adquisición en tecnología para los CAT por ejemplo, ha sido una constante en este último periodo, por no nombrar si una sola línea de trabajo, pero así podemos tomar cada indicador y encontrar un saldo negativo. Esto es todo lo contrario a lo que el rector Omar Mejía le planteó a la comunidad del IDEAD y asumió como compromiso del último periodo rectoral.

Para rematar, el día 9 de diciembre, el rector encargado John Jairo Méndez y la secretaria de la Vicerrectoría Académica, Yolanda Ospina, presentaron un proyecto de oferta académica para el semestre A de 2022 sin tener en cuenta los elementos de planeación estratégica plateados desde el Consejo Directivo del IDEAD. En dicha oferta se desconocen de fondo las necesidades sentidas de los Centros de Atención Tutorial, los programas académicos y por supuesto, las necesidades de los cerca de 18 mil estudiantes y 1200 docentes. Estos elementos ya han sido abordados en tres documentos de planeación estratégica que la comunidad del IDEAD ha venido construyendo, como son: “En la marea de las transformaciones. Política de acciones pedagógicas mediadas por TIC”; “Propuesta de alternancia educativa: por un retorno seguro, responsable y progresivo" y “Requerimientos para oferta académica del IDEAD –A2022”. Estos documentos están disponibles a la comunidad para verificación de una apuesta seria y responsable.

Ahora bien, aprobar una oferta que puede generar el ingreso de cerca de 3.000 estudiantes nuevos, en principio, puede parecer el camino indicado, el problema llega cuando a esos estudiantes se les deba proveer todos los derechos que se adquieren cuando realizan su matrícula: soporte tecnológico, espacio virtuales y físicos, laboratorios, nuevos tutores (sin nombrar la deficiencia en número de profesores de planta) y todo el soporte académico administrativo para atender los múltiples procesos de la vida universitaria.

Todo esto último pasa mientras el Rector Omar Mejía se encuentra en comisión en España y obviamente este no era lo presupuestado en su plan de gobierno que termina en el año 2022. Uno puede preguntarse ¿será que ante la usencia del gato los ratones hacen fiesta?, o ¿estás fueron las instrucciones que dejó?

El IDEAD el año entrante celebrará 40 años de existencia, motivo para encontrarnos como comunidad, valorar nuestros logros y solidificar los retos. Esperemos que el rumbo se enderece, de lo contrario esta visión chata de un proyecto de la estatura del IDEAD nos puede hacer pensar, como dirías Borges, que la realidad es circular, es decir, que retornamos a cometer los mismos errores del pasado. Sólo espero como egresado, docente, director del IDEAD y como sujeto comprometido con el fortalecimiento del proyecto de educación pública, que este no sea un nuevo déjà vu.

 Posdata:

Es grato compartir que en esa línea de fortalecimiento posgradual, en la sesión del 9 de diciembre, el Consejo Superior Universitario aprobó dos nuevos programas para el IDEAD, estos son: Especialización Virtual en Ambientes y Recursos Digitales para la Educación y Especialización en Seguridad e Higiene en el Ámbito Laboral.

noviembre 27, 2021

Grupo de investigación Argonautas del IDEAD-UT, presenta Revista dedicada a la recuperación escritural


El grupo de investigación Argonautas del Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima, presenta la Revista Ústelee, hojas para reciclar No. 8. Esta publicación está dedicada a recuperar trabajos que los estudiantes realizan en el marco de sus espacios de formación universitaria y que, casi siempre, se desechan después de cumplir su misión de actividad de curso. Recuperar textos y evitar que terminen en los archivos del olvido o en las bandejas de reciclaje es una oportunidad para acrecentar el trabajo sobre la escritura. Dejamos acá la Editorial y el archivo en pdf para que pueda ser descargado.














Bitácora de los recolectores

 

Hemos tardado un poco en volver a escena, pero hemos estado por ahí tratando de sobrevenir a la pandemia, al caos social y a la pérdida de rumbo.

Durante el año 2021, luego de haber recibido un buen número de textos para esta edición, debimos frenar el proceso debido a que el antiguo equipo de redacción también entró en reciclaje.

La Revista Ústelee, hojas para reciclar, es un proyecto que nació en los ejercicios de clase de «Escritura creativa» en el programa de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad del Tolima. Luego, con el ánimo de sobrevivir, se trasladó al Instituto de Educación a Distancia y finalmente, fue apadrinada por el grupo de Investigación Argonautas.

Desde allí y alimentada especialmente por estudiantes del programa de Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana, así como por la Maestría en Pedagogía de la Literatura, el proyecto debe adquirir nuevos aíres.

Por esta razón, y como parte integral del lanzamiento de la edición No. 8, queremos extender una abierta invitación a los estudiantes que deseen hacer parte de este proyecto, para que se inscriban y formen parte del Comité Editorial. Allí, como desde el génesis de esta revista, el objetivo es formar nuevos editores, productores textuales y amantes de las letras.  

Reciclar los textos que dormitan en las gavetas del olvido, sigue siendo nuestro derrotero. En eso estamos, por ahí nos vemos y seguiremos insistiendo porque estamos convencidos de que Ústelee. 

LEER EN LÍNEA O DESCARGAR AQUÍ



noviembre 14, 2021

TODOS PERDIERON LA CABEZA

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

La Corona de Castilla fue la primera en perder la cabeza, quizás enloquecida por la fiebre del oro que ya había inundado toda Europa. Por eso nombró a Andrés López de Galarza como tesorero de la Real Hacienda en el nuevo continente. Muy de buenas don Andrés quien a duras penas había hecho unos cursitos de economía, y no precisamente en la San Marino, pero quien además de conquistador terminó haciendo una nutrida carrera burocrática.

Sin necesidad de llevar el cartón bajo el brazo, López de Galarza llegó a las nuevas tierras conquistadas y le fue encomendado abrir camino por la cordillera, topándose en esta lid con los Pijaos. Con su aguerrida resistencia los indígenas de estas tierras estuvieron a punto de hacerle perder, y rodar, la cabeza. No obstante se dio mañana para fundar Ibagué, eran esos los años de 1550.

Muchos años después, aunque no frente a un pelotón de fusilamiento, pero si ante una turba enfurecida, Andrés López de Galarza, por fin perdería su cabeza. Aunque entonces era lo único que poseía, porque sus restos seguían guardados en la Catedral Basílica Metropolitana Santiago de Tunja, libre de los manifestantes y glorificado por los adoradores de conquistadores en nombre de una fe antigua, por la cual muchos también han perdido la cabeza.

La turba de manifestantes, en su mayoría jóvenes, arrastró la cabeza de López de Galarza por las calles de Ibagué. (Arrastrar cadáveres es una tradición heredada de los conquistadores, aunque en este caso se trataba más de un simbolismo que de un acto de sevicia). Fue así que la cabeza perdida del conquistador terminó en el campus de la Universidad del Tolima y fue sometida a un “juicio histórico”. Un transeúnte que observaba a través de las rejas exclamó: “dizque juzgando un montón de chatarra, estos jóvenes perdieron la cabeza”.

Después de muchas horas de juzgamiento, la cabeza fue condenada a permanecer encerrada en el campus universitario, acto bastante atroz para un conquistador que odiaba la academia, recordemos que apenas hizo unos cursitos de economía.  Cerrado el juicio sólo quedaba por determinar ¿quién vigilaría la cabeza de Galarza?, cuestión que aún ignoramos.

Los restos de la cabeza de Galarza terminaron rondando por el vacío campus azotado por la pandemia y de vez en cuando hacía apariciones para asustar a los viejos historiadores que se negaban a aceptar la caída de sus antiguos monumentos. A ese ritmo, decían, todos perderemos la cabeza. Ante estas afirmaciones, otros docentes formados en otros ritmos de la historia, querían tumbar las cabezas añejas de sus antecesores, pero en la academia el parricidio es mal visto, mucho más que la negligencia.

Los días pasaron, las vacunas contra el Covid-19 llegaron, el campus empezó a recobrar un poco de vida y desde la Alcaldía de la ciudad llegó la notificación para que la cabeza del antiguo colonizador fuera devuelta. Quizás por falta de recursos, la Secretaría de Hacienda quería chatarrizar la historia y obtener algunos dividendos. Se supo que en el antiguo lugar en donde estaba la cabeza del susodicho, ahora habían erigido otra cabeza, una que, según los promotores, si poseía un símbolo respetuoso con los antepasados. Aunque a ojo de buen cubero, parecía que los creadores de la nueva cabeza habían sometido la estética a otro juicio histórico, declarándola inexistente.

¿Y la cabeza? No aparecía. En el campus de la Universidad del Tolima nadie daba razón de sus restos. Los posmodernos, quienes aseguran que la historia ha llegado a su fin, decidieron dar por inexistente la susodicha cabeza. Los señalamientos empezaron a ir de aquí a allá, algunos culparon a los jóvenes que protestaban, otros a los profesores que lideraron el juicio, incluso algunos culparon a la administración por ocultar la cabeza, entre otras cosas. A tal deliro llegó el asunto, que se supo que una de las tantas abogadas contratadas para vigilar, enredar y castigar el mundo de la vida universitaria, terminó poniendo una demanda en la Fiscalía por la pérdida de una cabeza.

Ahora todos deambulamos sin saber por qué perdimos la cabeza. Los jóvenes de vez en cuando gritan que irán detrás de más cabezas. Los viejos profesores, al parecer, hace mucho les importan poco lo que pase por las cabezas. Los nuevos docentes están construyendo una categoría de análisis para estudiar el fenómeno y publicar un artículo en algunas de esas revistas indexadas que nos hacen perder la paciencia y la cabeza. La abogada espera la respuesta de la Fiscalía mientras impaciente se rasca su atribulada cabeza. La Alcaldía espera que le devuelvan la cabeza que anda embolata, tan embolatada como la pobre gestión del mismo alcalde.

Y mientras tanto, de noche, en el campus de la Universidad del Tolima algunos dicen ver rodando una cabeza. Va pregonando una vieja letanía que aún estremece el Valle de las Lanzas. Nadie puede traducir de manera exacta lo que murmura, pero de seguro que, si te detienes a escuchar sus lamentos, también perderías tu cabeza.

octubre 24, 2021

¿Qué está pasando en Galilea?

 

Bosque Galilea -Foto tomada de la red-

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

El Bosque de Galilea cuenta con alrededor de 33 mil hectáreas, de las cuales, la Universidad del Tolima posee cerca de cuatro mil. La cifra exacta no la conocemos, precisamente por el hermetismo con el que distintas administraciones han manejado el tema: “(…) ubicado al oriente del Tolima, es un corredor natural que conecta con el páramo más grande del mundo, Sumapaz, y ahora es ahora una zona de reserva y parque natural regional”.[1]

La Universidad del Tolima hace años viene teniendo relación directa con el desarrollo de este proyecto, y hoy, tiene mucho que explicar a la región sobre su presencia en el Bosque de Galilea, declarado recientemente por Cortolima como zona protegida. De eso es importante hablar, saber qué está pasando y esa es la razón de esta columna.

El Parque Natural Regional Bosque de Galilea - denominado así por la Corporación – tiene más de 26 mil hectáreas. Eso quiere decir que la zona protegida es menor que la extensión toral del territorio, y deja por fuera su zona de amortiguación biológica y social, según lo determinado por investigadores de la UT, desde la Facultad de Ingeniería Forestal.

Según informes recientes, la comunidad en esas veredas no está conforme con el manejo que le están dando al proyecto, las razones no son del todo claras, pero es necesario indagar. Cortolima se lava las manos y la universidad no puede asumir el síndrome de Shakira: ciega, sorda y muda.

Las hectáreas de las que es “dueña” la UT están dentro del área protegida del Bosque, cuyo Plan de Manejo Ambiental es adelantado actualmente por la Universidad Tecnológica de Pereira a través de un convenio con Cortolima. Pero en esa zona protegida no sólo “tiene tierras la UT”, sino otras organizaciones privadas, cooperativas y viven un número indeterminado de colonos campesinos que, por supuesto, no cuentan con títulos de propiedad sobre las mismas y que tampoco lograron iniciar procesos legales de pertenencia.

Haciendo pesquisas, se puede determinar que la historia de las tierras de la UT en el Bosque se remonta a 2003, cuando algunas empresas más grandes del país se las donaron para mitigar (¿evadir?) impuestos ante la DIAN. Es decir, la UT, su administración para la época, se prestó para que empresas como Hyundai, Mayagüez, entre otras, rebajarán ostensiblemente sus impuestos de renta argumentando que le estaban donando a la ciencia. Es la lógica del capital, destruir el planeta y hacer pequeñas donaciones de arrepentimiento.

Hasta 2021 es realmente poco lo que la ciencia ha avanzado en Galilea, no hemos conocido sus esperados impactos, pero los ahorros en impuestos merecen un balance serio. Ahora, por cuenta del loable discurso de la conservación, resulta que esas tierras están sirviéndole a unos pocos para un negocio multimillonario: la venta de bonos de carbono, o, lo que, en jerga pseudocientífica, los negociantes del medioambiente denominan: compensación de gases de efecto invernadero, o negocios/mercados verdes, una de las últimas panaceas del capitalismo.

La protagonista de ese negocio es la Fundación AMÉ, o FUNDAME, como aparece en los papeles, que, según voces autorizadas, administra a través de una fiducia en España (lejos del ridículo control fiscal de la DIAN) cerca de $20.000 millones, en el marco del proyecto RED++. Al igual que la adquisición de las tierras por parte de la universidad en Galilea, FUNDAME también arrastra un pecado original: el de la puerta giratoria. Al parecer, Rafael Vargas, decano de la Facultad de Ingeniería Forestal para la época en que se realizó la donación de las tierras, fue miembro fundador y el primer representante legal de la Fundación Amé. Dice un viejo refrán, que algunos achacan a Maquiavelo: piensa mal y acertarás.

Detrás de todo hay muchas cosas que aclarar, para ello se requiere tener acceso a la información. Información a la que, al día hoy, no posee la ciudadanía, ni la comunidad universitaria ni siquiera quien escribe, en calidad de miembro del Consejo Superior. Todo parece indicar que los negocios de FUNDAME y la Universidad del Tolima, en nombre de la ciencia, es el privilegio de algunos pocos. ¿Por qué? ¿Acaso qué se esconde?

En hechos más recientes, el Director del CERE, Andrés Tafur, hizo llegar al CSU una misiva en donde brindaba un informe de su participación en la Mesa comunitaria e interinstitucional para la formulación del plan de manejo ambiental del PNR Bosque de Galilea. Lee uno allí entre líneas, que la comunidad está siendo desconocida, vulnerada y quizás, hasta timada, el viejo código colonialista. Ya ha sido enviada la agenda del CSU del 29 de octubre y la discusión brilla por su ausencia.

De igual manera, el pasado 11 de octubre, la comunidad organizada que quiere participación en el marco de la construcción del Plan de Manejo Ambiental de la zona protegida del Bosque, invitó a la Universidad a participar de una mesa interinstitucional y comunitaria el próximo 30 de octubre, y a su vez, le solicitó información a la Universidad acerca de sus relaciones con la FUNDAME. La respuesta, 11 días después y firmada por el actual decano de la Facultad de Ingeniería Forestal, genera varias preocupaciones:

Primero, porque no confirma su participación en la mesa, y segundo, porque solicita 30 días más de plazo para responder a la petición. Ante esta clara dilación, me uno a la petición y a las preocupaciones todavía no resueltas de la comunidad, y dejo los siguientes interrogantes:

¿Quién o quiénes son los responsables directos de la relación Universidad del Tolima - FUNDAME? ¿Existen convenios y/o contratos en la Universidad del Tolima y FUNDAME? La camioneta que dicha Fundación le donó a la Universidad ¿es parte de esos convenios? ¿Qué recursos reciben la universidad por parte de FUNDAME aparte de apoyos para la “ciencia”? ¿Qué trabajos, obras y actividades ha llevado a cabo la Universidad con las comunidades que habitan en el Bosque y su área de influencia? ¿Con qué recurso se paga un contratista quien, según las comunidades, lleva 14 meses en el territorio (vereda La Colonia) haciendo talleres de empoderamiento comunitario a nombre de la Universidad del Tolima? ¿Qué viene haciendo el Centro de Estudios Regionales y el Observatorio de Paz y Derechos Humanos en esta zona?

Espero que den respuesta a estos y otros interrogantes que viene haciendo la comunidad. La protección de los ecosistemas es de vital importancia para el futuro de la humanidad, pero con esa manía de todo volverlo negocio quizás lo que menos importa es la vida. No hay que olvidar que las comunidades también forman parte del ecosistema y si las grandes empresas contaminantes del mundo desean pagar por sus pecados, que las limosnas no vayan al bolsillo de los curas.

[1] https://canaltrece.com.co/noticias/parque-natural-bosque-galilea-ubicacion-cortolima-tolima/