agosto 14, 2021

La política en el Tolima: entre la hegemonía de hoy y el desencanto de siempre

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad del Tolima

 

Siguen retumbando en las acuosidades del gran Magdalena la pregunta del maestro Echandía: “¿El poder para qué?”. Tantos años soportando la ausencia de un proyecto de región nos han conducido a perder la fe en los gobernantes, las instituciones y la política. Para muchos decir «política» equivale a sentir las arcadas, ese malestar que precede al vómito.

Se añora el pasado “glorioso” del Tolima, que es casi decir un pasado de líderes decentes que antepusieron algunos de sus deseos en pro de colocar a la región “en el concierto nacional” y de solucionar los problemas concretos de la vida cotidiana. De eso poco queda. Ahora asistimos a las rencillas, al maridaje politiquero, a la componenda, a la comidilla de cafetín, a las alianzas programáticas para desfalcar el erario, a la pérdida de la política y el triunfo desorbitante de la politiquería.

Y en ese inventario desolado no importan los colores, ni los directorios, mucho menos las ideologías. Da igual, lo importante es la lucha desaforada por el poder; pero, volvamos a Echandía: ¿para qué? El fin de la política es la búsqueda del bien común, el consenso por la construcción de ciudadanía a través de la solidificación de lo público, el lugar de todos y de ninguno. Hoy asistimos a la era de la gran ausencia de políticos y la necesidad urgente de la política.

Veamos el momento actual del departamento del Tolima a la luz de las anteriores premisas. El llamado liberalismo, cada vez más alejado de las clásicas ideas y postulados liberales, arrastra una larga cola de desaciertos y errores. Sus “líderes” fueron incapaces de gestionar la ciudad y el departamento, las necesidades de hace cinco décadas siguen latentes: Brecha enorme entre lo rural y lo urbano, desorganización de la urbe, ausencia de servicios básicos, pobreza en el centro y miseria en los bordes, corrupción a todos los niveles; todos estos indivisos indicadores del fracaso.

Por su parte las denominadas fuerzas alternativas, que van desde un centro con vocación social hasta la izquierda- izquierda, se sumen en sus eternas luchas internas por imponer sus idearios. Expertos en identificar los males sociales son incapaces de generar un acuerdo para plantear las soluciones. Es muy fácil criticar el desfile desde el balcón, el problema es ponerse las alpargatas y bailar. Juntarse es algo impensado, son tan puristas algunos grupúsculos que, como dice el viejo chiste de cafetín, se reúnen cinco y salen seis vertientes distintas.

Su dispersión siempre ha sido favorable a los partidos tradicionales, a donde muchos terminan saltando con ánimo o esperanza de realizar alguna gestión. Casi siempre son devorados por el Leviatán de provincia. Ahí siguen, convocando, criticando, denunciando, todas ellas labores loables, pero sin un proyecto de poder claro y concreto, es decir, sin política.

Los conservadores, que se mixturaron con varias vertientes del orden nacional que depositaron sus huevos infestados en las regiones, lograron después de muchos años de alzar su cabeza hacia el Palacio del Mango, habitarlo con toda su artillería. Liberales desencantados, uribistas camuflados, seudo-independientes sin línea nacional y otros personajes pertenecientes a la fauna tropical que han engordado sus huestes. Con el trajinado modelo del caudillo de antaño hoy dominan el panorama departamental y sueñan avanzar en la construcción de un poder extraterritorial, tesis del siglo XIX que arrastran como un penoso legado.

Ahora, con el panorama despejado se enfrentan a la cruda realidad, deben gobernar, pero muchos de ellos no lo saben hacer, porque en el Tolima el arte de gobernar hace rato se quedó enterrado en su “pasado glorioso”. Ahora muchos saben hacer politiquería, firmar contratos, repartir puestos, generar tácticas para atrapar dineros, echar discursos, pero pocos, muy pocos saben gestionar las necesidades de la región. Esas mismas carencias que denuncian las fuerzas alternativas y que fueron incapaces de arreglar los liberales y que, de seguro, no subsanarán los conservadores.

La hegemonía de hoy será la fragmentación del mañana. Sumidos en una lucha interna por los botines del poder, ni cuenta se dan que la ciudad se torna caótica y el departamento sigue cuesta abajo en su rodar. Como apenas les interesa la burocracia en su esplendor, porque para ellos los puestos son sinónimos de poder, olvidan, como lo hicieron los liberales (incluidos los liberales alternativos que gobernaron recientemente la ciudad), que el fin de la política es el bien común y la consolidación de sí misma como expresión ciudadana, no de un gamonal o un trapito de cualquier color.

Y en medio de ese vaivén la inseguridad y el desempleo aumentan. Los crímenes de Estado se mezclan con los crímenes del narcotráfico, las bandas emergentes y los residuos rearmados del colapsado proceso de paz, moviendo la violenta región de antaño hacia un círculo vicioso de miseria y barbarie. El descontento general crece, que sumado a los efectos de la pandemia y los años de atraso en las políticas públicas están configurando un gran «coctel de malestar social», que explota cada cuando y que los gobernantes ven pasar desde las ventanas de sus oficinas, pero que no intervienen porque están pendientes por las disputas de las nóminas, los contratos y los convenios. Pensando en los puestos del mañana han olvidado los retos del presente.

Mientras tanto, el antiguo Tolima con aquellas melodías “de canciones viejas” sigue a la deriva, con sus sueños frustrados de región que nunca pasó de ser una maqueta. Sólo basta ver la desconfiguración de su triste capital para imaginar cómo están todos esos hermosos territorios olvidados que habitan bajo la sombra silenciosa de su nevado.

¿Hay una salida? En política siempre existe una posibilidad, sólo que ella pasa por juntar los restos del naufragio y, acudiendo al principio de necesidad compartida, vislumbrar un lugar para desde allí construir. Los impedimentos están a la vista: las viejas maquinarias de todos los colores, los egos de caudillos trasnochados y los odios infundados por las mezquindades del poder y heredados a los jóvenes militantes; pero, sobre todo, la desesperanza, porque pareciera que estamos atrapados en un remolino de incapacidades.

Volver a la política es entender que se puede construir con el otro, con el diferente, derrotar los odios y otear más allá de las limitantes que han construido nuestras miradas, eso sí, sobre los principios fundamentales del bien común. Cuando el reto es grande se necesitan seres grandes, lamentablemente estamos rodeados de pigmeos.

julio 12, 2021

Pensar y actuar en contexto: El papel de la universidad en la movilización social

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

Educación, realidad y contexto

Cuando se habla de las dimensiones del currículo se suelen recordar con frecuencia dos conceptos: pertinencia y contextualización. El primero de ellos tiene que ver con la respuesta que desde los contendidos se da a las demandas del entorno, por lo cual se infiere que ningún currículo es fijo, que debe estar en constante transformación, ya que los entornos reclaman esa misma dinámica. El segundo concepto, el de contextualización, hace énfasis en los procesos, estrategias y metodologías que permiten la articulación al entorno antes mencionado.

Según múltiples postulados, dichas dimensiones son esenciales cuando se piensa en la educación como un factor de transformación social, cultural, económica y científica de una sociedad. Esta es la ruta fundamental del proyecto educativo moderno, que en términos de Durkheim consiste en avanzar en la formación de un mejor ser humano, quien, a su vez, contribuye a la formación de una mejor sociedad.

Ahora bien, estos postulados no siempre se cumplen. La educación está determinada por múltiples aspectos que condicionan el currículo a otros intereses que se decantan en indicadores, rankings. Mediciones y determinantes casi siempre ajenos al entorno y, por supuesto, descontextualizados. Cuando, por ejemplo, el MEN aprueba la apertura de un programa, este queda sujeto a una serie de condicionantes de “calidad” que, en muchos casos, riñen con los entornos en donde el programa va a operar. Se pide el cumplimiento de unos indicadores que por sí solos no generan un impacto transformador en la realidad. La mayoría de los indicadores son enunciados, no realidades.

¿Por qué esta discusión? En el escenario del estallido y la movilización social acaecidos en Colombia durante el año 2021, que es un acumulado de muchas décadas de ausencias de políticas que de verdad impacten positivamente la realidad, estos aspectos toman profunda importancia. Han surgido de nuevo esas preguntas antiguas: ¿para qué la universidad? ¿Qué es lo se debe enseñar? ¿Cómo se debe articular la educación con la realidad?

De algún modo estas preguntas han estado siempre en los entornos educativos y muchas veces las respuestas han sido suplantadas por los tecnócratas de los indicadores, quienes, aunque parezca increíble, tienen grandes aliados en la universidad pública y viven “midiendo” la importancia de la institución a través de los puestos que ocupe en esos listados. Lo que poco se “mide” es precisamente la pertinencia y la contextualización, quizás porque transformar la realidad no les interesa tanto a los actores, es mejor exhibir galardones, primeros puestos, diplomas, indicadores de gestión, buenas notas, certificados y un largo etcétera de artilugios. 

Ahora, cuando la mayoría de universidades públicas han quedado atrapadas en el mutismo propio de la sin salida del momento actual, mucho se discute si volver a la actividad académica o seguir en paro permanente. Para responder a esta disyuntiva habrá entonces que repreguntar: ¿De qué manera se cumple la función social de la universidad, estando en paro o estando activa? Intuyo que la respuesta es unánime. Pero entonces ¿Cómo responder a las necesidades del entorno? ¿Cómo articular la universidad colombiana del siglo XXI para que de una vez por todas se vuelque a contribuir con todos sus esfuerzos a la reconstrucción del país? Volver a pensar estas dos dimensiones del currículo es una de las tantas posibilidades.

La propuesta

El Instituto de Educación a Distancia (IDEAD) de la Universidad del Tolima, igual que casi todo el sistema educativo colombiano, suspendió actividades académicas después del 28 de abril de 2021. Ese día se concretó la hora cero que generó la reacción en cadena del tsunami de indignación de millones de habitantes, ciudadanos, campesinos, estudiantes, jóvenes, hombres, mujeres y diversos azotados por la precariedad que se profundizó por los efectos del Covid-19.

Después de un mes de paro y sabiendo que las soluciones a las demandas del mismo tardarían en llegar, empezó la discusión sobre el retorno o no. Para algunos el retorno a clases era una traición, para otros, era necesario garantizar el derecho a la educación aún en medio de la crisis, no en vano la educación siempre ha pervivido en medio de una sociedad en permanente convulsión. Desde el Consejo Directivo del IDEAD se realizaron varias sesiones de trabajo debatiendo los pro y contras de cada medida, se procedió a diseñar un sondeo de opinión para los estudiantes y profesores de posgrado obteniendo una marcada tendencia a retornar, (73% en estudiantes y 83% en profesores), pero bajo unas condiciones distintas a las que se realizaban en un periodo de “normalidad”.

Uno de los aspectos resaltados en la Circular No 1, expresaba tajantemente que el retorno se haría: “Retomando los principios propios del modelo pedagógico de flexibilidad, pertinencia y coherencia, los docentes deben dialogar con los estudiantes sobre la coyuntura del momento y generar acuerdos que permitan armonizar las tutorías de cara al importante movimiento social que vive el país”. (Consejo Directivo IDEAD, mayo 26 de 2021). Este llamado fue la clave para construir el proyecto que acá se comenta.

La experiencia

Bajo esos parámetros establecidos por el Consejo Académico y ratificados por el Consejo Directivo, se dio la reactivación académica de todos los posgrados del IDEAD (4 especializaciones y 2 maestrías). Y bajo esas mismas condiciones se dio el aprestamiento del seminario “Narrativas Literarias Digitales”, perteneciente al plan de estudio de la Maestría en Pedagogía de la Literatura, en el cual se encontraban matriculados 14 estudiantes.

Se empezó por plantear un Acuerdo Pedagógico encaminado a articular la realidad social, los ejes del seminario (literatura, medios digitales y pedagogía) y desde esa unión plantear la posibilidad de dar trámite al seminario sin abandonar la movilización, por el contrario, priorizando los elementos del entorno como componentes fundamentales de la actividad curricular. Después de una fructífera discusión colectiva, se llegó a la conclusión que era posible y que, en esencia el proyecto final del seminario, debía dar cuenta de estos aspectos propuestos, con lo cual necesariamente se adecuaron los tiempos, la evolución, la secuencia y otros temas esenciales para el nuevo rumbo adquirido.

Describir los pormenores de cada sesión, los profundos debates sobre la realidad que vivían los otros, los estudiantes y la sociedad en general, así como el seguimiento al proceso, haría muy extenso este artículo; lo que sí nos permite evidenciar y valorar los alcances son las producciones finales del seminario.

La primicia que sirvió como derrotero consistía en articular los proyectos finales usando como referentes algunos de los múltiples aspectos presentes en la movilización social, la categoría de literatura y por supuesto el de narrativas digitales, todo esto propendiendo por un enfoque pedagógico, es decir que dichos insumos o artefactos, se constituyeran en insumos para otros contextos educativos formales o informales. De ahí que sea necesario la divulgación de los mismos que a continuación se realiza.

Los productos

Cada uno de los proyectos elaborados en el marco del seminario “Narrativas literarias digitales”, contaba con los insumos epistemológicos provistos a través de las lecturas básicas propuestas en el microcurrículo. Se dio la opción que fuesen pensados, diseñados y elaborados por parejas de estudiantes o de manera individual, se contó con un procedimiento constante de asesoría y verificación durante el transcurso de los encuentros mediados por TIC, además de las asesorías extracurriculares. Estos son los resultados:

MAESTRÍA EN PEDAGOGÍA DE LA LITERATURA

Seminario: Narrativas literarias digitales

Docente: Carlos Arturo Gamboa B.

Autores y proyectos

Descripción

 

Karen Natalia Arias / Pedro Giraldo:

 

Resignificación: pasajes literarios de protestas

A través de un video documental se recrean textos de trasfondo religioso para darles una resignificación en el marco de la movilización social. Combinan creación literaria, imágenes y música, para hacer un homenaje a los procesos de resistencia en Villahermosa (Tolima)

 

Edna Salazar / Camila Páramo:

 

Mini-crónicas: Relatos de resistencia

Las autoras crean una miniserie a través de Instagram, en la cual, amanera de crónica, dan cuenta de 5 momentos fundamentales de la movilización social en Colombia. En “Relatos de  resistencia” se plantea la memoria como eje pedagógico de la formación crítica.

 

Cynthia Torres:

 

Concursando por los sesos del ero guro de Colombia

Usando el comic y en particular la propuesta de Shintaro Kago, la autora presenta una obra cercana al realismo sucio y a partir de esas imágenes construye mini-relatos que tienen un alto contenido social, totalmente articulado a los aspectos del actual estallido social en Colombia. Nos da a conocer una obra y la articula con la realidad de nuestro momento de estallido social por medio de la creación literaria.

 

Ana María Homez / Elizabeth Homez.

 

Mamás en la resistencia desde la primera línea: Crear, moldear y capturar historias

Rescatar el significado de las madres de la primera línea, a través de testimonios, imágenes, música y usando la técnica del stop motion, es la apuesta de este sensible trabajo que muestra con precisión las expresiones legítimas de la resistencia.

 

Vanessa Delgado:

 

Ensayo-blog: lenguajes de la resistencia

Usar el blog como un artefacto dinámico es la apuesta de este proyecto, retomando de base el ensayo académico, aborda la caricatura (Matador) como expresión crítica que constituye un discurso en la movilización social. Al final nos presenta un blog interactivo que da cuenta de las diversas expresiones mediadas en conjunto.

 

Vicky Alejandra:

 

Despertando sueños Literarios a partir del uso de la Biblioteca digital

Este proyecto asume la construcción de un reservorio de diversos textos literarios, usando las herramientas digitales que permiten enlazar diversas formas de lecturas. Además presenta una estrategia didáctica mediada para que los niños puedan construir sus propio comic sobre la movilización social.

 

Viviana Torres / Viviana Mendoza:

 

Diccionario literario infantil para entender la movilización social.

El diccionario es una apuesta por reconstruir los significados de las palabras para que ellas actúen como testimonio de la construcción cultural de la crisis social. Recrea el uso de las palabras preguntándole a los niños sus significados, lo cual permite rastrear la apropiación infantil del momento actual. Usa diversas mediaciones para hacerlo dinámico y navegable y muy pedagógico.

 

Hernán Ruiz / Laura Zamudio:

 

El color de la palabra

En palabras de sus autores: “La movilización establece distintos espacios de expresión desde el arte y la palabra, es entonces en este proyecto que se analiza el grafiti como una manera de denuncia hechos atroces y violación de derechos humanos. El uso del cuerpo, la palabra, la imagen y el baile genera nuevas perspectivas y condensa los elementos en favor de la protesta”.

 

De esta manera se genera una apuesta sonora y visual que impacta y recrea las estéticas de las resistencias.

 Finalmente, dejando la invitación para que visiten cada uno de los espacios, se puede concluir que mediante este ejercicio se recuperaron esas dos dimensiones curriculares que poseen todos los programas académicos (pertinencia y contextualización) y al hacerlo, encontramos una manera de mantener vivos los espacios de los encuentros tutoriales sin desconectarnos de la realidad. En otras palabras, cumplimos con los fines de la educación que plantean la construcción de conocimiento para entender la vida, las cosas y los fenómenos, y de esa manera aportar al individuo y a la transformación social.

Por tal razón, retornar a las actividades académicas tiene sentido cuando desde las disciplinas pensamos y actuamos en consonancia con el tiempo y las crisis que padecemos. Esperamos que de estas iniciativas surjan muchas más, en otras disciplinas y bajo variadas ópticas.

Colectivo Seminario Narrativas Literarias Digitales


junio 15, 2021

Movilización social y disputa simbólica

                                                                             


                                                                                                            Por: Carlos Arturo Gamboa B. 

Docente Universidad del Tolima – IDEAD- 

 

La historia de las movilizaciones sociales está acompañada de múltiples expresiones que las dotan de unas características que trascienden más allá del movimiento y se convierten en sellos culturales. Por eso vivirá en la memoria colectiva la expresión «prohibido prohibir» que inundó las calles en los años 60, primero en Francia y luego en miles de urbes más. Estos símbolos se arraigan en la cultura durante un tiempo, pero pueden mutar, cambian, están en constante disputa. 


Cuando los «Panteras Negras» gritaban por las calles de Filadelfia “Todo el poder para el pueblo”, estaban abrevando de la vieja propuesta de la Revolución Rusa “Todo el poder a los soviets”, dos tiempos comunicados por una consigna. Sin embargo, no siempre los símbolos perviven con sus significados primarios, a veces pierden su legado original. 


Un caso típico es el de la cruz esvástica, cuyo nombre proviene del sánscrito y significa “buena fortuna” o “bienestar”, algo muy distinto a lo que encumbró Hitler y el fascismo en su discurso de masas. El símbolo era usado en Eurasia y tenía una clara relación con el movimiento del sol. En muchas otras culturas ese tipo de cruz tiene fuertes connotaciones religiosas. No obstante, el movimiento völkisch la asumió como símbolo de la supremacía Aria, con las consecuencias que hoy la cultura asume de la misma. 


Algo parecido ha venido pasando en el contexto colombiano, entendiendo que el cambio de significado tarda un poco, pero se va haciendo efectivo en la memoria cultural. La bandera blanca, cuya connotación esencial hace alusión a la paz, fue usada por los guerreristas liderados por Uribe para posicionar un mensaje de “retoma del país”, frente al entonces enemigo único encarnado en las Farc. Ese giro ha ido haciendo mella en la cultura. 


Hoy vemos como los denominados “ciudadanos de bien”, asumen dicho color como su estandarte, para desde allí convocar a un “orden social”, que supuestamente es el estatuido. Si el color blanco es asumido por el “bien”, al mal le queda el color negro, vieja concepción religiosa que sigue imperando en el entramado cultural. Si quienes ostentan el color blanco agreden, hay permisividad en ese acto, puesto que está defendiendo el orden social y moral establecido como imaginario. Si el color negro lo hace, sus portadores deben ser juzgados con todo el peso de la ley, porque están trasgrediendo el orden establecido. 


El mismo concepto de “ciudadano” ha sido estrangulado para darle un nuevo significado. En él no caben los campesinos, los indígenas, mucho menos los desheredados de la tierra; en su deformación terminó haciendo referencia a una clase media en ascenso, con unos rasgos clasista bien definidos, amantes acérrimos de la propiedad privada como fin único de sus existencias. Nada que ver con la tradición de ciudadanía que desde los griegos se ha venido construyendo y que tiene que ver con la coexistencia de sujetos con derechos y deberes colectivos que conforman un proyecto de sociedad. 


Por ese mismo camino transita el término “vandalismo”, veamos un poco de su historia. En el año 455 Roma es saqueada por los Vándalos, un pueblo Germano con antepasados vikingos, cuyas tradiciones de poder se soportaban en el despojo de lo que encontraban en su camino. Durante la revolución francesa se estableció una política nacional para proteger las obras de arte de los actos vandálicos, según el edicto, muchos de ellos realizados al furor del movimiento revolucionario debido al escaso conocimiento sobre el valor de las obras. En el mundo moderno, el vandalismo tuvo expresiones estéticas trascendentales en movimientos denominados iconoclastas, cuyas afectaciones se hacían en el concepto y en la intervención de obras artística consideradas acartonadas. En Colombia aún son recordadas ciertas acciones de los Nadaístas. 


Ya desde el punto de vista judicial, existe una amplia tipología de vandalismos que va desde el saqueo y el hurto menor, hasta el vandalismo ideológico, pasando por el ideológico y táctico.  Es decir, el vandalismo se configura como un delito que incluso se ha desplazado al mundo cibernético de la red. Por eso aceptar que quien protesta es un “vándalo” es aceptar que se está cometiendo un crimen al hacerlo, algo que de esa manera se convierte en símbolo equivalente. Pueda que algunos sujetos realicen actos  vandálicos como expresiones propias de su frustración social, o simplemente aprovechan la efervescencia para actuar en ese sentido, pero no se puede generalizar a todo un movimiento social bajo esta primicia. 


Algunos jóvenes y figuras públicas, en especial en las redes sociales, han decidido asumir el discurso de aceptación de “ser vándalo”, como un juego de palabras de contra-asociación, no obstante, considero un error seguir este camino. Es como si ante un juez alguien acusado de matar un hombre dijera, yo lo maté, pero no soy asesino. 


Los símbolos contienen un enorme poder cultural, la disputa de ellos es parte de la reconstrucción del mundo de la vida, por ello, debemos entender que más allá de la euforia, la indignación, el calor del movimiento, la provocación, el constante ataque de las fuerzas estatales, la satanización de la protesta y mil hechos más, debemos encarnar la idea de que somos distintos a lo que queremos cambiar.  


Asumir como derroteros la paz, el derecho a la diferencia, la búsqueda de la equidad y el respeto por el otro, son discursos que reconstruyen un símbolo que nos conduce a ser diferentes y desde allí es posible mover a las mayorías hacia un nuevo constructo de país. De lo contrario sólo seríamos una horda más que sobrevive en donde otra horada fue derrotada. 

 

Posdata 1: El tema de la confrontación de los símbolos traslapados en los monumentos derribados y por derribar, es un amplio campo de análisis en esta misma línea, que bien merece una disertación aparte. 


Posdata 2: El comunicado del levantamiento del bloqueo de la Comuna 20 en Cali, es un documento digno de estudio de la acción política, muy alejado de los pobres pronunciamientos que ruedan sin futuro por la red. Invito a que lo lean. 





junio 01, 2021

La meta de la movilización es la transformación social y la transformación es lenta

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Cuando se opta por la movilización social, como ejercicio político, se plantean dos objetivos esenciales: 1. Sumar cada vez más sujetos al movimiento. 2. Usar la fuerza de la movilización para transformar la realidad que indigna y agobia.

Ambas acciones quedan sujetas a la capacidad del movimiento para saber tensar la cuerda y lograrlas. Si el movimiento pierde la empatía de las masas, entra en desgaste, y si no se logran ganancias en las tempranas negociaciones, se pierde el empuje social. ¿Cómo leemos estos fenómenos en el momento histórico que vive Colombia en este turbulento 2021?

Hay que empezar por recordar que el gran movimiento de indignación nacional que se ha gestado hoy, es el acumulado de muchas décadas de desidia institucional y de malas prácticas de los estamentos gubernamentales. Sumado, por supuesto, a la falta de conciencia política de las mayorías que han terminado entregándole el poder, mediante el sufragio o la ausencia en las urnas, a las élites de siempre.

No todos los males de un país se pueden solucionar mediante una movilización, aunque con el entusiasmo de las masas en movimiento terminemos por creer que sí. Los problemas estructurales de Colombia son tan grandes que necesitaremos un buen tiempo para darle un giro hacia el bienestar de sus habitantes. Para ello debemos cambiar las prácticas políticas que han sumido el país en manos de las mafias (corrupción, narcotráfico, negociantes de la guerra, depredación del ambiente, concentración de la tierra, entrega de lo público a la banca, desconocimiento del diferente, entre otros males más).

Al tener una movilización que se prolonga en el tiempo, se corre el riesgo de caer en la ausencia de una organización efectiva. Aunque los males no aquejan a todos los excluidos por igual, las soluciones se deben plantear en consenso, algo que es muy difícil de construir, sobre todo en una sociedad con una escasa tradición democrática y con baja participación real en las decisiones estructurales del país.

En ese escenario, aparecen las “vanguardias” que ven el momento propicio para imponer su agenda o aquellos que buscan “cambiar el sistema global” con un movimiento local. En ese sentido, consolidar una agenda común es clave para “mantener viva la movilización” e impedir que caiga en el caos de múltiples agendas, (incluso algunas contradictorias entre sí).

Igual se puede generar un efecto sociológico contrario a los intereses que gestaron la movilización, esto puede suceder al destruir la empatía con la ciudadanía mediante acciones lesivas como saqueos a los pobladores, agresiones a la gente del común, inmovilización social y agresión ideológica del otro. Contar con los otros es fundamental, ya que ese sujeto es necesario para activar una transformación real.

Lamentablemente este gran movimiento, que va más allá del paro nacional y que se caracteriza por un despertar de conciencia social sumando una variedad de sujetos en las calles, ha ido cayendo en estas sin salidas. Jóvenes, taxistas, indígenas, camioneros, estudiantes, profesores, trabajadores de lo público y gente del común, los de a pie, han generado una acción propicia para el cambio ¿cómo lograr el cambio? Tener una agenda que dé respuesta a esa es la pregunta garantiza la vida del movimiento.

El Estado, conocedor de estas formas y acciones de la movilización, ha retardado la consolidación de la mesa de negociación, ha dilatado la agenda y, por otro lado, ha contribuido a aceitar la agresión estatal a los actores. Ese actuar ha impregnado y activado la cultura paramilitar, la cual esta vez ha actuado sin máscaras en las ciudades, respaldada por las fuerzas oficiales del gobierno, algo que viene haciendo hace décadas en lo rural.  Incluso, ha logrado mover un sentir en sujetos que, preocupados en esencia por “la propiedad privada”, se convierte en motor de contra-movimiento, generando enfrentamientos ciudadanos y pérdida de respaldo en algunos sectores. Todo ese panorama favorece al Estado e impide avances contundentes en la construcción de una agenda de transformación.

Así, la movilización se debate entre la radicalización, con las futuras consecuencias de incumplir sus objetivos debido a la pérdida de respaldo de las mayorías y a la imposibilidad de mostrar logros concretos que animen el mismo movimiento. Igual le pasa a la otra opción, la de la negociación, sujeta a la dilación del gobierno y la dificultad para construir un derrotero que unifique el movimiento e impida que se fragmente y diluya. Por eso el tiempo de las decisiones apremia.

Para el momento que vivimos, creo que lo mejor sería concretar una agenda nacional incluyente, que dé cuenta de los temas esenciales que gestaron la indignación colectiva. Esa agenda debe estar pactada y firmada por el presidente y debe contar con un cronograma de trabajo acompañado de la movilización periódica, con la veeduría masiva del pueblo. En términos concretos se negocia en la mesa, se pacta con la movilización y se hace seguimiento y veeduría en las calles.

Mientras tanto, hay que darle aire a la masa que se moviliza, propiciar formas organizativas y generar la consolidación de nuevos liderazgos individuales y colectivos que constituyan un grupo cualificado que se apreste a ganar espacio en las formas democráticas de gobernanza. Creo que el movimiento más reciente de Chile nos da un buen ejemplo en esa dirección.

Esperemos que la efervescencia del momento no se constituya en la trampa que nos devora a nosotros mismos e impida avanzar en la transformación de un presente social que agobia cualquier idea de futuro. Ese panorama ya lo hemos vivido antes y no sólo en Colombia.