marzo 03, 2021

Para avanzar, primero hay que recordar

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universitario

 

El Wéstern es uno de mis géneros cinematográficos preferidos, creo que alrededor de estas historias de caballos, pistolas, llanuras polvorientas, indios, trenes y disparos se ha logrado trasmutar el relato de la lucha de los seres humanos por domar lo indomable, por desentrañar la condición humana.

Después de muchos años es difícil contar algo que no haya sido narrado a través de este género, pero afortunadamente las mixturas generan nuevos productos de calidad como la película “Noticias del gran mundo”, del cineasta Paul Greengrass y con una actuación especial de Tom Hanks, de quien no recuerdo otra participación en este género.

La historia está basada en la novela de la escritora Paulette Jiles, con la que fue finalista en el 2016 en los National Book Awards. Trata de un viejo capitán (Kidd) quien debe vivir los terribles desencantos y secuelas de la posguerra, para lo cual se dedica a recorrer los polvorientos pueblos contando noticias de otros lares, las cuales son recibidas con beneplácito por los curtidos habitantes de estos perdidos pueblos.

Un día Kidd encuentra una niña abandonada que había sido raptada por los indios y criada por ellos. De origen alemán, Johanna debe padecer una doble pérdida familiar pues sus padres indios también fueron asesinados en esa lucha sin cuartel que siempre se relata en el oeste. Kidd decide llevar a aquella niña desprotegida de regreso los vestigios de un hogar lejano a cientos de kilómetros y en ese camino de regreso vemos, como a través de un calidoscopio, transcurrir la miseria y la ternura de un mundo que debe ser reconstruido.

 La película gira entre balazos bien dosificados y lentas travesías, para hacernos ver a través de los ojos de la niña el dolor y las consecuencias del desarraigo, la pérdida del entramado familiar y el cruce de culturas, logrando activar las fibras temblorosas en el relato, cuestión que siempre logra el cine bien elaborado.

Mención especial merece la actuación de Helena Zengel, la precoz actriz que logra condensar el dolor de la violencia y la ternura de la edad y que, con pocas palabras, más bien usando los ojos, la mirada y las expresiones corporales, nos regala una actuación digna de aplausos, y quizás hasta de premios. A su lado un curtido Tom Hanks no desentona y nos regala un sobrio papel de hombre en busca de historias para seguir narrando historias.

Relatar las noticias, contar historias, ese es el leitmotiv de la película. Y a fe que logra hacerlo, llevándonos de regreso a la imposibilidad del mundo arrebatado a Johanna, pero que consigue recrearse a través del universo de las palabras, las nuevas historias que siempre la vida, a pesar de las dificultades, nos depara.  Ella le permite al viejo capitán volver a narrarse a sí mismo y crear un nuevo escenario para darle las posibilidades a las historias que faltan por contar, porque como dice uno de sus diálogos: “para poder avanzar, primero hay que recordar”.

En buena hora a Tom y Greengrass se les ocurrió juntarse para llevar al cine esta novela. Los invito a encantarse dejando que, a los sentidos, penetre una bien contada historia.

febrero 05, 2021

LA GRATUIDAD UNIVERSITARIA, UN RETO DE PAÍS

 














Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

La gratuidad educativa está hace décadas en la agenda pendiente del país, a pesar de los grandes movimientos universitarios ha sido imposible concretar la misma debido a la falta de voluntad política de la clase gobernante. Sólo cuando se entienda la potencia que la educación tiene en el desarrollo social, económico, cultural y científico de una nación, se podrá entender la gratuidad como la mejor inversión en su futuro.

 El año 2021 inicia con un coletazo profundo en la vida económica y social de Colombia, los cerca de 2.5 millones de estudiantes de Educación Superior están pendientes de los planes de bienestar y permanencia estudiantil que las Universidades le puedan brindar, no sólo las públicas, también las privadas, las cuales albergan más del 50 % de la población.

 El Ministerio de Educación Nacional anuncia ayudas para la IES en “un total de $98.800 millones para subsidiar el pago de la matrícula del primer semestre académico de los estudiantes con mayores condiciones de vulnerabilidad de las 63 instituciones públicas del país”[1]. Esto, a simple vista, resulta insuficiente si los gobiernos municipales y departamentales no concurren en una bolsa común que garantice la permanencia estudiantil y el ingreso de nuevos prospectos.

 Frente a ese panorama se teje una realidad que sólo puede ser intervenida mediante la transformación del sistema educativo y la forma de financiación del mismo, de lo contrario estaremos asistiendo a una de las mayores pérdidas de cobertura de la historia reciente, ya que las IES no podrían sobrevivir al panorama. Para ello debemos trabajar sobre las siguientes ideas fuerza:

 ·        Las universidades públicas no pueden cumplir por sí solas el derecho constitucional de la educación, es el Estado el responsable de garantizarlo, las Universidades son el medio.

 ·        La pandemia desnuda, una vez más, un sistema educativo inequitativo y le plantea al país el reto de construir una verdadera política educativa para el siglo XXI.

 ·        La gratuidad en los pregrados universitarios debe ir acompañada de una estrategia de exigencia educativa que asuma el reto del aprendizaje como una constante superlativa, o surtirá el efecto contrario, es decir, hará decaer el compromiso con el saber.

 ·        No se puede continuar construyendo un sistema federal para la educación y su financiamiento, estaríamos generando la imposibilidad de la construcción de una visión de nación. La responsabilidad de los departamentos y municipios debe continuar, pero es el Gobierno Central el encargado de generar las políticas y su financiamiento.

 ·        Hoy nos enfrentamos a un Frankenstein compuesto por Generación E, jóvenes en acción, becas estatales, ICETEX, aportes especiales procoyuntura y demás fondos, lo que genera una engorrosa tramitomanía de recursos y una lenta respuesta burocrática. Por lo tanto, se debe unificar una política educativa y su financiamiento.

 ·        Algunas universidades de corte regional tienen un alto impacto nacional, aportan significativamente en la consolidación del derecho a la educación, pero no se refleja dicho impacto en las transferencias de corte nacional que reciben.

 ·        El sistema es inequitativo al privilegiar mayores montos para las universidades de las grandes capitales en comparación con otras denominadas «menores». Este actuar amplía la brecha y no genera igualdad de oportunidades para la formación de los menos favorecidos.

·        Se debe hacer una fuerte inversión tecnológica en el campo de la enseñanza y garantizar la gratuidad de conectividad para fines educativos. En ese mismo sentido, la brecha tecnológica hace que tengamos poblaciones en el siglo XXI y otras en el XIX.

 ·        Las modalidades a distancia y virtuales se erigen como alternativas reales para avanzar en cobertura y garantizar el acceso a educación superior, pero el sistema debe adaptarse, reinventarse y revisar una serie de las normas que están más enfocadas en la presencialidad tradicional. 

 ·        Se deben establecer políticas de bienestar para el profesorado, el sistema actual salarial, los mecanismos de evaluación y promoción y los escenarios de capacitación/ formación no han dado los frutos que se requieren para soportar un sistema educativo en el siglo XXI.

enero 17, 2021

MATRÍCULA CERO 2021: PANORAMA INICIAL



                                                                                        Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla
                                                                                                Docente Universidad del Tolima 

La realidad

La pandemia sigue, sus efectos crecen. Lejos se dibujan los panoramas de solución para el coronavirus en el territorio colombiano, basta con revisar las medidas que se han implementado en los pocos días de este 2021, para observar que se sigue actuando casi a la ciega.

El Sistema Educativo Público ha logrado sobrevivir con mil afugias[1]. El año 2020 puso sobre el tintero nuevos retos educativos que las Instituciones (en todos sus niveles) lograron ir sorteando para garantizar el derecho a la educación. Los docentes asumieron tareas de actualización y apuestas pedagógicas con el fin de responder al reto de educar remotamente. Los estudiantes asumieron la necesidad de continuar en el nuevo modelo. Muchas instituciones ofrecieron planes de bienestar universitario que incluyeron conectividad y herramientas tecnológicas (tabletas, pc). El gobierno hizo algunas apuestas de ayudas que en algo contribuyeron, pero, como siempre fueron escasas frente a las enormes necesidades. Mientras tanto el gasto militar continuó como si nada, igual el derroche en burocracia y en lavado de imagen presidencial.

Llegado el año nuevo sólo hay silencio frente a las necesidades educativas que se aproximan. Desde el Ministerio le apostaron al retorno con alternancia, estrategia que se ha venido derrumbando frente a la dura realidad del crecimiento del número de contagiados y el precario sistema de salud que en poco se ha visto robustecido en un año de pandemia. Los hogares cada vez pierden más poder adquisitivo y la educación no forma parte de la canasta básica de los hogares, por el contrario, es un servicio suntuoso.

El panorama universitario

Ante la ausencia de una política estatal vigorosa que respalde el sistema publico educativo del país, las universidades tuvieron que zozobrar la tormenta. Muchas lograron solventar sus finanzas en una apuesta de corto plazo (semestres A y B de 2020). Realizaron descuentos en matrículas, dieron subsidios, aumentaron impactos de becas, financiaron semestres, entre otras estrategias. Pero el crecimiento de la desfinanciación del sistema que viene en constante aumento desde la expedición de la Ley 30, genera que las universidades no pueden sostener una crisis que se desplaza en el tiempo y crece de manera exponencial.

Si los indicadores de cobertura en educación superior lograron solventarse medianamente durante lo corrido de la pandemia, (desde el 2019 presentaban la mayor caída en 18 años),[2] lo que se avizora para este nuevo año es un descenso alarmante, sobre todo en el nivel de posgrados. Y esa responsabilidad no se le puede dejar solamente a las universidades, ya que ellas están en números negativo ante la ausencia de nuevos ingresos por venta de servicios y otras actividades, esto debido a que el “mercado de servicios educativos” también cayó abruptamente.

Es decir, estamos de cara una realidad contundente, o el gobierno y su Ministerio de Educación asumen la responsabilidad de financiar el sistema para mantener los estudiantes matriculados y recibir los nuevos, o las universidades tendrán que trasladar ese costo a las familias. Como lo último no es una opción, se tendrá que sacrificar la cobertura y con ello el derecho a la educación. Se acaba enero y no se ven propuestas para darle vida al primer semestre y el descontento crece al ritmo de las necesidades.

El caso de la Universidad del Tolima

Gracias al buen manejo de las finanzas internas que se ha venido dando en los últimos años, se inició el año 2020 con un mediano superávit y, a partir de allí, la Universidad del Tolima pudo crear un plan de choque que, conjuntamente con los aportes de la Gobernación y el MEN, permitió soportar inscripciones y matrícula gratuitas durante dos semestres. Esto favoreció a cerca de 20 mil estudiantes de pregrado con matrícula cero. Los más de mil estudiantes de posgrado también obtuvieron descuentos hasta del 40 %.

Es necesario aclarar que, junto al saneamiento financiero que permitió superar un déficit que arrastraba desde el 2015, también hubo austeridad del gasto durante todo el año. Además, se lograron redireccionar algunos dineros que por el nuevo método de trabajo (mediado) no podían ejecutar como gastos por servicio de restaurante, pago de algunas infraestructuras en arriendo, viáticos, salida a prácticas, participación académica nacional e internacional de docentes, entre otros rubros.

Por el otro lado, crecieron los rubros de gastos en bienestar para estudiantes, apoyos a los docentes en capacitación, adquisición de paquetes y soportes tecnológicos, becas y demás ayudas que garantizaran la matrícula cero. Un gran esfuerzo que se convirtió en ejemplo nacional. Siendo justos el gobierno departamental y el MEN concurrieron y de esa manera se pudo cumplir la labor misional de la UT.

La coyuntura del 2021

Hace varios meses el gobernador del Tolima, Ricardo Orozco, anunció que asumiría la matrícula cero hasta el año 2023 de la Universidad del Tolima y el ITFIP,[3] lo que ese titular no dejaba claro era el cómo. Luego se supo en detalle que esa propuesta cobijaría los estudiantes de estratos 1 y 2 solamente en el Tolima y hasta el momento no se sabe exactamente quiénes y cuántos serán los beneficiados. No creo que el problema actual sea de estratos, es un problema integral que necesita soluciones sistémicas, conduciendo a que la matrícula cero se convierta en política de Estado.

La apuesta política del gobernador, pareciendo loable, segmenta la Universidad del Tolima y de tajo genera un problema de inequidad, pues la UT cuenta con presencia de estudiantes en nueve departamentos del país, de los cuales ocho quedan por fuera de su propuesta. Igual el gobernador comete un error a no trabajar en conjunto con el MEN para darle la cobertura en bienestar a toda la población, lo cual genera un tinte populista en su propuesta, más allá del diseño de una solución integral y duradera. A la hora del desembolso veremos de cuánto se trata el nuevo aporte, que debe ser adicional y muy superior al que le corresponde por ley.

En ese sentido, considero que el Gobierno departamental no debe condicionar estos recursos a determinada población porque los estudiantes se matriculan en la Universidad del Tolima, no en la gobernación. En los otros departamentos los aportes han sido escasos, cuando no nulos. Recientemente el gobernador de Risaralda, en donde la UT tiene cerca de 500 estudiantes, anunció el apoyo para apenas el 10 % de ellos (48 cupos). Algunos municipios en donde hacemos presencia empiezan tímidamente a estudiar posibilidades de apoyo a los estudiantes, pero de ahí no avanzan. Se podría alegar que las apuestas en gasto público son prioridad para salud, prevención y ayudas económicas, aunque en muchos casos no se ven tampoco sus verdaderos impactos.

En ese sentido, nos encontramos ante una disyuntiva, debemos avanzar en la consolidación de la matrícula cero si queremos garantizar el derecho a la educación, pero la Universidad del Tolima ya no cuenta con los recursos propios para financiar más allá de las becas, la inscripción cero para pregrado y posgrado y los descuentos en posgrados, así como las políticas de bienestar que siguen creciendo. Si el gobierno nacional no asume la cifra restante nos encontraremos ante un panorama en el cual unos estudiantes no pagarán su matrícula y otros si, esto ocurriría en las dos modalidades; claro que el mayor impacto sería para los estudiantes del IDEAD, sobre todo para aquellos que están en las sedes por fuera del departamento del Tolima. En ese sentido, sería mejor que con los nuevos recursos prometidos por la gobernación se tramitara un descuento similar para todos y no caer en la estrategia inequitativa de unos en la cama y otros en el suelo.

No obstante, la verdadera y definitiva solución está en que, trabajando en conjunto el Gobierno Nacional y el Gobierno Departamental asuman el pago total de la matrícula cero durante el año 2021 y que la Universidad con sus esfuerzos financieros se encargue de suplir otros campos de los gastos. No se trata solamente de tener las posibilidades de ingresar a la universidad, sino que los docentes, estudiantes y personal administrativos deben contar con las herramientas, insumos y escenarios pedagógicos adecuados para desarrollar los procesos con excelencia, y para ello se necesita flujo de caja disponible.

El semestre está ad portas, los estudiantes ya reclaman justamente ayudas equitativas. Esperemos que la pandemia por fin haga entender a los gobiernos que la educación es prioritaria, más aún cuando vemos la gran fractura social y económica que se extiende angustiosamente sobre nuestros territorios.

enero 14, 2021

¿ENCERRAR O GOBERNAR?



Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Gobernar en tiempos de pandemia se está reduciendo a determinar la fecha cuándo se debe encerrar a la población, lo cual en sentido estricto no es gobernar. Vivimos escenarios que requieren de diversas medidas para asumir los retos de dirigir, administrar y controlar los destinos de un territorio, y para ser justos este no es un problema local o nacional, estamos asistiendo a una crisis de gobernanza global.

Como los Estados se encuentran deteriorados y las instituciones públicas totalmente deslegitimizadas, los ciudadanos van sin rumbo, sumidos en la sociedad de la falsa información, carentes de rutas claras y ajenos a las posibilidades de construcción colectiva. Ante esa maraña de sucesos los gobernantes de turno se limitan a copiar o imitar acciones de otros lares, sin información verídica y sometidos a la fluctuación de los hechos.

Por estos días en Colombia asistimos a ese vaivén de toma de decisiones que ante los ojos de la mayoría son la muestra del fracaso de una política real de contingencia. Aunque ha transcurrido un año el gobierno nacional, y casi todos los locales, avanzan al garete y le apuestan casi todo a endurecer las medidas de confinamiento de la población, hecho que demuestra su fracaso.

Hace un año era entendible que tocaba entrar en confinamiento, sobre todo debido a que no se tenía conocimiento exacto del virus, su comportamiento e impacto; además, se hizo evidente que la estructura de salud era incluso más precaria de lo que los críticos de la Ley 100 planteaban. Pero ha pasado un año, no se puede seguir improvisando.

No se dispusieron planes de trabajo organizado para contrarrestar los contagios en tiempos de festividades, la gente salió como si el tal virus no existiera y las normas o protocolos creados y dispuestos fueron en su gran mayoría pantomimas. En muchos lugares la toma de temperatura, el limpiado de calzado y el lavado de manos se asemejaba al oficio de culebreros. Parecía que al virus lo pudieran engañar como engañan a los electores. Nadie supervisó, de manera seria, los protocolos y sólo unos pocos los cumplieron, esos pocos no pudieron detener el crecimiento de infectados, y como suele suceder en Colombia, todos asumimos las consecuencias de los irresponsables.

¿Qué pasó con los planes de subsidio a los más necesitados? Flor de un día. La reactivación económica fue otra parodia, lo cual impidió crear un plan de sostenimiento de largo aliento, sólo remedios esporádicos como abrir una semana, para cerrar después. Este es un modelo cortoplacista muy propio de nuestras obsoletas formas de gobierno. Pensamos en el pan de hoy y no en el hambre de mañana.

Y hay un problema más grave aún, es que la ciudadanía, si eso existe, o la gente en general, no sabe a ciencia cierta a qué se enfrenta. Hablamos del virus como de un relato lejano, algunos creen que no existe, otros que se cura con menjurjes y muchos otros que existe, pero es inofensivo. Al final, cada cual se mueve dentro de esos relatos y por eso abundan los actos irresponsables poniendo en jaque al ya deleznable sistema de salud. Los médicos no sólo luchan contra el virus, también lo hacen contra la ignorancia de la gente y la precariedad del sistema.

Mientras tanto los gobiernos central y local creen que poniendo multas e inmovilizando carros el problema se puede frenar, nada más alejado de la realidad. El problema ya nos desbordó, el contagio seguirá creciendo y si las vacunas son efectivas la pandemia aún tardará un par de años en amainar, si no, como afirman algunos expertos, tendremos que convivir muchos años en este habitad.

Para tiempos difíciles, medidas creativas. Como solía decir Einstein, uno no puede esperar resultados distintos haciendo siempre lo mismo. Debemos empezar por hacer campañas pedagógicas reales y contextualizadas (en los barrios, comunas, con líderes locales, jóvenes capacitados y enganchados para tal propósito) que trabajen sobre la idea del autocuidado como valor individual y colectivo, reforzar el cumplimiento de los protocolos de tapabocas, lavado de manos y distanciamiento, que están comprobados son eficaces y evitan la dispersión más rápida del virus.

Un caso de eficiencia de tales reforzamientos culturales lo vemos con las gripas tradicionales, la gente ya sabe que debe abrigarse en invierno, reforzar la toma de vitamina C, evitar contactos directos con gente agripada y cuidarse cuando se infecte, eso ya hace parte del ADN cultural. Igual debe pasar frente al coronavirus.

Las multas son inútiles en una población que se empobrece cada día más, hay que explorar otras formas ejemplarizantes como el trabajo social para los infractores. Si alguien viola los protocolos poniendo en riesgo la vida de otros debería, por ejemplo, servir durante un tiempo en los hospitales o albergues, ser capacitado y hacer campañas de prevención, visitar las comunas para hacer publicidad de autocuidado, entender que el problema es de todos. Esto es más efectivo que acumular multas que nadie pagará o que generará mayor descontento social.

Estar encerrados durante más tiempo no cambia en nada las cosas, lo que hacemos es aplazar la solución del problema. Eso ya lo experimentamos con temas como el narcotráfico y la guerra, para darles solución los problemas se deben enfrentar en su real dimensión. Es tiempo de encerrar menos y gobernar más. Educar y trabajar colectivamente se me antojan dos elementos claves para ello.

diciembre 27, 2020

“Rompan todo”: la geografía rockera de un continente de líricas diversas

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Quiero gritar latino soy

desangrándome en mil guerras

rompo cadenas de opresión

un hombre nuevo tienes hoy

escúchame Latinoamérica

Nacimos hijos del sol

brotando sobre nuestra tierra

somos fruto que gime.

 

Kraken (Hijos del sur)

 

Al final de la miniserie “Rompan todo”, Charly García afirma “no se diga más”, pero detrás de esa afirmación queda un eco a manera de exigencia que nos lleva a pensar que aún falta mucho por decir sobre ese gran movimiento y acumulado cultural denominado «rock latinoamericano».

Esta miniserie es un estructurado homenaje a tantos años de buena música, elaborada desde varios rincones de este mundo tan diverso y multifacético llamado Latinoamérica, si algo con ese nombre puede ser caracterizado. Como era de esperarse deja muchos intersticios, pero en apenas seis capítulos era imposible atrapar más. 

Gustavo Santaolalla, como productor, se da a la tarea de evocar casi 70 años de rock en el idioma de Cervantes, como dice Alex Lora (El Tri), y a través de ese recorrido nos deja ver la variedad cultural de esa enorme mixtura latina, los problemas sociales que nos son comunes al continente y unos sonidos que evolucionan para dejar de ser simple imitación de Inglaterra y EE. UU., para convertirse en sonido auténtico, aunque diverso.

Música y sociedad, dos ejes que se van mezclando para dar cuenta de un sinnúmero de resonancias que dejan en evidencia las formas en qué amamos, vivimos, padecemos los males y exploramos los deseos. Con entrevistas de primera mano con los protagonistas vivos y auscultando los archivos sonoros y audiovisuales de los que ya partieron, se logra recrear un tiempo ido, evocado con la nostalgia de quienes tuvimos la fortuna de crecer al ritmo de los “/Hermosos ruidos que salen de las tiendas / Atraviesan a la gente y les mueven los pies / Baterías marchantes, guitarras afiladas / Voces escépticas que cantan de política/”; como vociferaban Los Prisioneros en aquel memorable tema que abrió la transmisión de MTV Latino (1993) y le dio una voz más amplía al continente.

El documental va y viene entre Argentina y México, pasando algunas veces por Chile, Uruguay y una que otra vez por Colombia. He ahí una de sus fallas, porque al pretender dar cuenta de la historia de este género en el continente, olvida más de la mitad del mismo, incluyendo a ese monstruo sonoro llamado Brasil.

Además, parece que hay otro filtro y es que muchas bandas insignes de este gran movimiento no quedan dentro del radar de Santaolalla y otros de gran calibre apenas son enunciadas, como Caifanes, agrupación cuyo álbum “El nervio del Volcán” (1994), generó un cisma en el sonido rocanrolero en español. 

Personalmente me pareció desacertado no encontrar en entre esos referentes a bandas y artistas como Los bunkers (Chile), Alcohol Etílico, La Sonora de Bruno Alberto, Rata Blanca y G.I.T (Argentina); Carlos Santana, Panteón Rococó, Elefante e Inspector (México); Kraken, Estados Alterados, Masacre y Doctor Krápula (Colombia); y mucho más no hallar indicios del rock peruano más allá de Los Saicos, cuando de tradición sabemos de los aportes de cantautores como Pedro Suárez-Vertiz y bandas como Autocontrol y Libido, por reducir la lista. Hablo acá desde gustos y líricas que hicieron parte de mi formación sonora, pero también de muchos rocanroleros de este continente.

Igual suerte corre Venezuela, la cual es olvidada en su riqueza musical tan conocida por toda Latinoamérica y que constituyó un aporte al género con agrupaciones como Sentimiento Muerto (punk), HAZ, Caramelos de Cianuro y Los Amigos Invisibles entre muchas más, y en cuya lista no dudaría en incluir a cantautores como Yordano y el mismo Franco de Vita, cuyos trabajos cercanos al rock generaron todo un ambiente armónico de nuevas exploraciones.

Igual pasa con Ecuador y Bolivia, países en donde también se engendraron y siguen creciendo semillas de este género que rápidamente se mixturó forjando esa hibridación tan propia de nuestros territorios. Semejante suerte corre varios países de Centroamérica en ese inventario de ausencias.

Al final, creo, no se trata de olvidos malintencionados, si no de apuestas y cada vez que se selecciona se excluye. Una de esas omisiones imperdonables me parece Robi “Draco” Rosa, cuyo álbum “Vagabundo” (1996) le dio un nuevo sonido y una nueva atmósfera al rock del continente, pero de nuevo insisto, son apuestas respetables y criticables.

Lo cierto es que “Rompan todo” es un trabajo bien elaborado, con una intención clara que al final se logra: rescatar del olvido entre la multiplicidad de los sonidos y las letras actuales, un género que marcó por lo menos cinco generaciones y cuyas líricas nos hicieron volcar la mirada sobre nosotros mismos, ingresando así a la modernidad musical, con todos sus bemoles. Algunos lo dan por muerto, yo creo que se sigue transformando y aparece cada vez con mayores mutaciones.

Quedan muchos espacios vacíos para llenar con nuevas apuestas, ojalá sirva este ejemplo para otros proyectos que deseen ahondar en esos bucles sonoros que contiene nuestras raíces. Recordando reconstruimos las hélices del aeroplano que nos permitirá elevarnos hacia el futuro, no sólo musical, porque contradiciendo a Miguel Mateos, no estamos solos en América, nos acompañan miles de voces que aun reclaman un lugar en el mundo y el «rock en nuestro idioma» es una de esas partituras que nos congregan a ser el gran continente unido en la diversidad.

diciembre 14, 2020

Crisis global, educación e incertidumbre: a propósito de una conversación con J.C Mèlich

 


Por: Carlos Arturo Gamboa Bobadilla

Docente Universidad de Tolima - IDEAD

 

Vivíamos en un mundo demasiado luminoso. Desmedidas verdades controlaban la existencia, el trabajo, el comercio, las relaciones humanas, las formas de habitar el planeta…

De un momento a otro “algo” (lo inesperado) alteró nuestro confort, modificó las cotidianidades, fuimos conscientes de que los seres morían, de que también nosotros podríamos morir.

Como no estábamos conscientes de la finitud de la existencia, vivíamos, o creíamos vivir, en una burbuja de inmortalidad, lo que equivale a decir que no vivíamos, estábamos atrapados en un sistema absoluto. Dice Mèlich:

Los humanos somos seres que conocemos nuestro propio fin pero también que rechazamos la idea de la muerte. Vamos a morir pero no sabemos cómo ni cuándo moriremos. Vivir consiste en enfrentarnos a lo que no somos capaces de afrontar. Por ello no tenemos más remedio que construir «máscaras», espacios para protegernos del tiempo. (Ética de la compasión)

Esa forma de vida ha sido reproducida por “La Escuela”, en cuyo seno las certezas están a la orden el día. “La Escuela” ama las respuestas, más si son las respuestas adecuadas, y por lo tanto rehúye las preguntas. Los profesores vamos por ahí sembrando verdades, abonando paradigmas, cosechando dogmas.

Me gusta pensar en la profesión docente desde esa vieja parábola del sembrador. Él riega semillas indiscriminadamente, algunas germinan otras no. Pero la culpa siempre es del terreno, no del sembrador ni de la semilla. En esa lectura instituida quedan por fuera preguntas como: ¿y si el sembrador escogió mal la semilla? ¿Y si no era tiempo de la siembra? ¿Y si la semilla no estaba buena? Los profesores, y las instituciones educativas, casi nunca formulan esas otras preguntas, siguen instalados en un relato inmodificable. Hay una fe ciega en lo que se sabe y por eso no se le hacen preguntas al oficio.

Occidente nos heredó una mirada dual del mundo y los fenómenos, con ello quiso suprimir el espacio para la incertidumbre, pero entre el bien y el mal, por ejemplo, concurren muchos grises, la existencia es claro-oscura.

Hemos leído el mundo y la existencia como se leen los textos sagrados, desde una visión dogmática y quizás, en clave de los que nos propone Mèlich, debemos leer el presente y atrever el futuro desde lo incierto, como se asume la lectura de un texto venerable, perdiéndonos en él para asumir un lugar real que genere mutación.

De manera global asistimos a un momento de transformación porque lo que estamos viviendo ocurrió de manera “inesperada”, aunque continuamos usando toda nuestra fuerza colectiva para volver a ese estado de total luminosidad, no queremos habitar la incertidumbre, deseamos que nos devuelvan nuestras certezas, no importa que sean falsedades.

¿Acaso sea necesario volver a la caverna platónica y degustar las sombras, sentir el vacío de no saberlo todo, ser conscientes de nuestra finitud y empezar a vivir realmente? Las certezas están en crisis y por ende lo humano.

noviembre 22, 2020

Del desencanto futbolero a la emoción ciclística

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima

 

Hace apenas unos días el país futbolero se lamentaba de las desastrosas presentaciones en las eliminatorias al mundial de Catar. Incluso muchos aficionados parecían más indignados por el papel de la Selección Colombia que por un país que marcha al garete por el desgobierno y la falta de un proyecto claro de nación.

Es que el fútbol, desde los años 80, cuando los carteles compraron varios equipos del rentado nacional, empezó a ser un proyecto de espectáculo que refleja en gran parte la colombianidad.  Los futbolistas se han endiosado, como en casi todo el planeta, y a esos dioses nuevos se le ha pedido que respondan por el destino de nuestra felicidad. Los equipos han permitido el lavado de dinero y la explotación de los mismos futbolistas, sin garantías laborales, pero deseosos de alcanzar el altar de la fama; luego de estar allí todo es ganancia.

Mientras el futbol produce innumerables ganancias por la venta de derechos de televisión, por las transferencias en un mercado que constantemente está al alza y por el marketing que rodea a los protagonistas, existe otro deporte en Colombia que parece habitar el lado oscuro de la luna deportiva: el ciclismo.

Este año se celebró la edición número 70 de la Vuelta a Colombia, un evento que ha estado a la altura de los mejores eventos ciclísticos europeos, pero que también ha tenido sus momentos de decadencia. Mientras al fútbol se le invierte millones y millones en patrocinios, el ciclismo vive del esfuerzo de las medianas empresas. Pocas veces ha tenido la fortuna de contar con el apoyo total y cuando lo ha tenido los resultados han sido históricos. Cómo no recordar el equipo Colombia Pilas Varta, el Café de Colombia o Postobón Ryalcao.

En términos concretos, los momentos de felicidad colectiva otorgados por el fútbol son breves chispazos en la historia deportiva del país comparado con las grandes gestas de los escarabajos colombianos en los cinco continentes. ¿Imaginemos que el ciclismo contara con el mismo apoyo estatal y empresarial? Seríamos algo así como el Brasil del ciclismo.

Como dijimos antes, la Vuelta a Colombia, una de las tantas carreras del país con una larga historia en la cual se han forjado atletas de dimensiones internacionales, este año celebró su edición 70, y cuando uno ve la premiación siente que está atrapado en la ficción de Macondo: ganador clasificación general: 31 millones de pesos; subcampeón general: 17 millones de pesos y tercero en la general: 11 millones de pesos.

Esto para 10 días de competencia, recorriendo medio país con los gastos que implica una carrera de este nivel. Pregunten cuánto gana un jugador de primer nivel en la liga colombiana por partido y hagan las cuentas. Ahora piensen en la inversión que se le hace a la Selección Colombiana de Fútbol. Nada qué decir. El ciclismo con menos da más, el futbol se ha vuelto la mejor muestra de nuestra parafernalia.

Y una vez más, este año el ganador de la Vuelta ha sido un joven humilde campesino, esta vez de Boyacá. Joven que tuvo la fortuna de contar con el apoyo del equipo Colombia Tierra de Atletas, un proyecto que busca consolidarse como semillero de deportistas, y a fe que con Diego Andrés Camargo ya está recibiendo excelentes resultados.

Diego Andrés Camargo - Campeón Vuelta a Colombia 2020-

Diego Andrés Camargo, con apenas 22 años, ha repetido por tercera vez la gesta del ser el ganador de la Vuelta a la Juventud y la Vuelta a Colombia en el mismo año. Un super talento que se ha hecho con el apoyo de mecenas de su región, las precarias ligas de ciclismo y pequeñas empresas que como tercos soñadores siguen impulsando el ciclismo en sus municipios. Ojalá este logro sirva para que se potencien los semilleros, se fortalezcan los equipos, las carreras ganen en dimensión y así retornen al lugar de la historia de los grandes hitos. De seguro Camargo podrá disfrutar el año entrante en contrato sólido en un equipo de Word Tour, pero miles de Diegos estarán montando hoy sus “caballitos de acero”, soñando tener al menos una posibilidad de mostrar sus talentos.

Ya es hora de dejar de sufrir colectivamente por los desencantos del fútbol, sus parafernalias y sus expectativas desmedidas. La cantera es el ciclismo, allí habitan los sueños y las emociones de un país de múltiples geografías.

octubre 25, 2020

POLÍTICA, VIRUS Y SIMULACIONES

 


Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Docente Universidad del Tolima


Colombia siempre ha sido un país de simulaciones. Hemos simulado ser el segundo país más feliz del mundo, a veces el primero. Creo que esa falacia aceptada por muchos demuestra cuánto nos gusta aparentar.

Somos la supuesta democracia más antigua del continente, cuando lo que hemos padecido son dictaduras edulcoradas que han dejado más miseria y víctimas que las dictaduras de frente que tuvieron, por ejemplo, Argentina y Chile.

También simulamos saber de música y catalogamos nuestro himno, repleto de mensajes anacrónicos, como el segundo mejor del mundo, sólo superado por la Marsellesa, que muy pocos han escuchado pero que fingen saber que es el mejor.

Y entre simulación y simulación engendramos el engaño como forma de vida. De esa manera creemos que es real lo que no es: Que las FARC eran el origen de todos los males, un engaño. Que la paz era un proyecto para entregarle el país a la izquierda, un engaño. Que los campesinos son flojos e incapaces de generar escenarios productivos, un engaño. Que los indígenas quieren todo gratis y son guerrilleros disfrazados, un engaño.

El mismo escudo nacional es la construcción simbólica de otro engaño, lleno de cóndores que se extinguen, canales que hace siglos no son nuestros y abundancia que escasea. En el país de los engaños, el mentiroso mayor es el rey y tiene un presidente, una clase política y un entramado económico bajo sus pies. Todos aman ser parte del gran engaño que favorece a unos pocos, mientras la masa, la mayoría de ella adicta a las simulaciones, creen que ese modelo de engaño de país, es válido… y claro que lo es, ese país es el que perpetúa la comodidad de nuestro engaño histórico y los actores de la treta.

Y mientras el poder con sus dobleces disfraza, engaña, y simula, los problemas afloran dejando ver la verdadera cara de la realidad. El virus letal del país no es el Coronavirus, es la ceguera heredada, anquilosada y muchas veces voluntaria de las mayorías, incluso de los mismos movimientos de oposición que innumerables veces han simulado ser propuestas serias y en miles de ocasiones han caído en la simulación.

Mientras el odio sea el síntoma que marca el derrotero para hacer política entre los que buscan-mos construir plataformas alternativas, estaremos supeditados a ser parte de la gran simulación. Se aproximan las elecciones y las falsedades saltan a la vista, parece que el proyecto no es transformar la realidad, sino ganar elecciones. La democracia se basa en la confianza en un proyecto, en unos líderes y en una masa que apoya ese plan, pero en Colombia rara vez asistimos a un escenario democrático alejado del engaño. Preferimos odiarnos que juntarnos.

El virus anda por todos lados, como los deseos de cambio, pero sólo incuba cuando encuentra el escenario que le permite desarrollarse. El virus invade el sistema, lo pone en jaque, lo lleva a cuidados intensivos, pero el sistema reacciona, ya sea de manera natural o de manera artificial por efectos de los medicamentos y, en la mayoría de los casos, sale victorioso. Eso mismo pasará si los movimientos vuelven, por enésima vez, a ser incapaces de crear alternativas de cambio, articulando un proyecto distanciado de los egos de los gamonales alternativos, que terminan imponiendo su personalidad y deseos particulares sobre la acción transformadora que requiere la realidad.

Para derrotar el engaño hay que invitar a la verdad a la fiesta, sólo así dejaremos de ser el país de las simulaciones de derecha, de izquierda, de centro o de cualquier lugar, para empezar a ser el país de todos, para todos. Un país en el cual el odio no sea el primer ingrediente de la política.

Posdata: Si quieren ver un ejemplo cotidiano de cómo nos gusta simular, observen la manera en que falseamos las reglas de cuidado ante el Covid-19. Toda una parodia de autocuidado… ni siquiera nos angustia engañarnos a nosotros mismos, sabiendo que simulando que nos cuidamos, nos puede sorprender la muerte.

julio 26, 2020

UT: VERSIÓN 2020


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima – IDEAD-

En Colombia las instituciones públicas padecen el karma de ser consideradas ineficientes. Son sinónimos de tramitomanía, procesos engorrosos, burocracia desaforada y corrupción.  De seguro el sector se ha ganado estos motes con creces, porque muchas de las instituciones públicas son focos diarios de noticias que las siguen ubicando como pioneras de esos males organizacionales.

No obstante, las instituciones no son entes abstractos, están conformadas por una serie de individuos quienes las direccionan, por unas regulaciones que las limitan (y ahogan) y por una cultura, la cual determina su transcurrir. Las instituciones públicas hacen parte del inventario de las organizaciones que se suponen están al servicio de la ciudadanía, en esencia prestan servicios sin ánimo de lucro y están articuladas al Estado. Si lo privado está destinado a la productividad, a lo público le compete dar respuesta positiva al contrato social.

La Universidad del Tolima, como parte del sistema estatal de educación superior, se mueve en ese mundo de lo denominado público. Está destinada a garantizar un derecho, el de la educación superior, aunque la economía del mercado ha hecho de éste, un servicio. El Estado, quien debe garantizar su funcionamiento en un 100 %, ha venido abandonado su responsabilidad frente al sistema y, como toda institución pública, ha tenido que realizar piruetas de subsistencia.

El Estado no sólo ha descuidado su deber de mantener la universidad pública, sino que, respondiendo a dinámica globales, ha contribuido a imponer metas difíciles de cumplir, conduciéndola a su lenta agonía. Muchas veces la ha estigmatizado, como solía hacerlo un mal recordado expresidente quien la consideraba como foco de terrorismo.  Y entre suma y suma, con dificultades financieras, con abultadas burocracias, sujeta a señalamientos y atafagadas por el cumplimiento de los indicadores, los entes educativos fueron perdiendo el rumbo.

Cuando una institución posee el rótulo de pública no significa que debe ser de calidad dudosa, o que el producto o servicio ofertado no deba tener las mejores cualidades para quienes son los directamente beneficiados. Al contrario, lo público debe mostrar que se construye como opción de beneficio general, comunitario y productivo en términos de impacto social. De no ser así, no tendría razón de ser. Y para lograrlo debe responder a las necesidades de la sociedad, en este caso, a la formación de sujetos, cuyo accionar ayudará a transformarla en sus múltiples campos de acción.

Así, la Universidad del Tolima, con 75 años de historia, es un alto referente institucional para el departamento, incluso mucho más allá de sus fronteras regionales. Su Misión, cuyo principal axioma es la formación integral permanente para el desarrollo del arte, la ciencia y la cultura, la ubica como institución fundamental para la transformación social. No obstante, dicha Misión ha sido opacada en ciertos momentos de su existencia, debido a múltiples factores de índole interno y externo, que en varias ocasiones la han llevado a desviar su rumbo.

Para fortuna, la UT versión 2020 muestra otro rostro, uno que refleja su gran potencia. Justo cuando cumple 75 años de historia puede mostrar todo su esplendor. Supera un enorme déficit arrastrado desde hace apenas 4 años, avanza en la construcción de proyectos de impacto social como el Hospital Veterinario, -que hace un par de años era ejemplo de los elefantes blancos que abundan en lo público-, amplía su oferta de programas en pregrado y posgrado con nuevos y necesarios campos del saber, extiende su cobertura en nueve departamentos del país, consolida sus procesos de investigación, entre muchos logros más que podríamos enumerar.

Por todo esto, como sumatoria de esfuerzos de la comunidad en su conjunto, la UT recibe la Acreditación Institucional de Alta Calidad por 4 años, lo cual, más allá de ser un indicador de eficiencia o de cumplimento ante el sistema estatal, es el reconocimiento de su importancia como proyecto de formación superior para toda una nación. Un proyecto regional con impacto nacional.

Y adicional a esto, en un momento de enorme dificultad económica, logra, en otra gran sumatoria de esfuerzos, ofrecer la gratuidad de la matrícula de pregrado para el semestre B de 2020 y unos considerables descuentos en matrícula de posgrado (hasta 40 %), más las inscripciones gratis y los beneficios con sólidos planes de bienestar. Aquí confluyen las voluntades y las necesidades, un ejemplo de que la formación superior debe ser una apuesta conjunta de la sociedad y todos sus actores. Es decir, a la acreditación institucional le sumamos la reacreditación como proyecto de alto impacto social.

Como actor activo de la Universidad del Tolima, durante más de 25 años desde que inicié mi pregrado en el Instituto de Educación a Distancia, he vivido momentos dignos de ser celebrados y otros de enormes crisis, pero siempre he sido un convencido de que el proyecto de educación pública es un campo de trabajo para la construcción de un mejor país, un mejor porvenir.

Por eso hoy, ante estas buenas noticias debo regocijarme colectivamente, porque contemplar esta versión UT 2020 es prueba fehaciente que es posible administrar con cuidado lo público, luchar para construir lo oficial, defender y potenciar lo de todos. De seguro faltará mucho por hacer, nuevas dificultades que enfrentar, pero indudablemente nosotros y otros estaremos y estarán prestos, en su momento, a seguir fortaleciendo el legado de la educación superior para las generaciones venideras.

A los que han aportado para hacer posible esta versión de universidad debemos reconocerles sus esfuerzos: a los Estudiantes con sus ejemplos de lucha y aprendizaje, a los Docentes comprometidos con la academia, la cultura y la ciencia. A los Directivos que trabajan en silencio y a quienes casi siempre se culpa de todo lo que no funciona y casi nunca se les reconocen los aciertos. A los Trabajadores forjadores de la vida cotidiana administrativa, a los Egresados que enaltecen el legado y a aquellos que, desde diversos sectores sociales, políticos y estatales, siguen apostando por ella como un proyecto de formación para el siglo XXI.

A todos quienes nos reclamamos universitarios, y quienes confluyen para darle vida al sistema educativo superior, invito a que aplaudamos de pie estos éxitos y continuemos trabajando, con capacidad de acción colectiva, porque los retos de estos tiempos son de la misma dimensión de nuestros logros, enormes.