mayo 01, 2020

Carta de cuarentena


Por: Karol Liseth Barrero
 Estudiante Licenciatura en Literatura y Lengua Castellana
IDEAD –Universidad del Tolima
Apreciado extraño:

Hoy, desde lo más remoto de mi corazón he decidido escribirte unas líneas, sé que estos no son tiempos fáciles, todos estamos tratando de llevar nuestras cargas, a nuestra manera. Como humanidad huimos de un virus que, mientras nos mata, salva el planeta e irónicamente no resulta tan malo después de todo.  Ahora los pajaritos cantan libremente, las ballenas se muestran espléndidas ante la marea, la naturaleza reclama lo que es suyo.
Mientras tanto empezamos a conocernos a nosotros mismos. Extrañamos lo que hace unas semanas llamábamos rutina, pedíamos a gritos descanso de ella con la excusa de compartir en familia, esa misma familia que hoy, por el auge de las redes y el insomnio, en muchos casos ignoramos teniéndola al lado. Hemos descubierto que nuestro mayor temor es perder la vida y que mantener los abrazos ausentes se convirtió en el arma profunda de supervivencia, ante este recelo que, sin importar clase, raza o cultura, a todos inunda.
Hoy la vida con sus vueltas, casualidades o causalidades nos encierra. A ti en tu mundo y a mí, en el mío. Los días nos muestran frágiles y grises. Hoy extrañamos los detalles más simples que en su momento nos aturdían. Recuerdo que, en algún un momento nos burlábamos de los niños que con su manta huían a los monstruos de la noche, y ahora tuvimos que huir de la muerte y refugiarnos en casa, ella representa nuestra manta. ¿Acaso no somos hoy esos niños?
Con este gesto temerario que implica confinamiento total, estamos reviviendo lo más sincero y humano de cada uno. Hay quienes desatan sus monstruos internos y quienes los reprimen como de costumbre. Algunos aprovechan para sonreír y compartir en familia; otros, por su parte, comprenden que aquello que creían tener está lejos de ser una familia. Y así todos dibujamos y desdibujamos nuestros horizontes.
Las horas son eternas, las noticias dramáticas, los libros resultan ser nuestra única alternativa aventurera. Por ello querido extraño, te invito para que emprendas tu aventura y te des cuenta de que, en medio de este caos, leer reconforta la vida. Necesitamos hallarle sentido a este encierro, como si él fuera el suceso que nos dotará de sentido. Sentido por la vida, por el todo y por la nada.
Como diría Gabo: “Nadie debe conocer su sentido mientras no haya cumplido cien años”. Por eso ando en busca del mío, de mi existir y te invito a indagar el tuyo, porque sé que tú al igual aún no has recorrido esas diez décadas de vida.
Sin más ni menos, agradezco el tiempo que te has tomado para leerme, extraño. Y espero de verdad que tus días se llenen de color y alegrías, para que luego compartamos, no como extraños ya, sino como allegados o amigos. Un abrazo virtual desde la cercana distancia. Nos reencontraremos pronto.

abril 28, 2020

Un país que dejó de llamarse Polombia


 Por: Yolanda Díaz Rosero
Catedrática IDEAD CAT - Neiva

El mundo está lleno de peces.
Hay peces para todos;/ tantos que
nadie tendría que quedarse sin pez para comer.
Pero hay gente que tiene muchos peces
y otros que apenas tienen.
Hay personas que pescan mucho
porque tienen muchas cañas de pescar
y otros que no tienen peces porque no tienen caña.
Las personas con muchas cañas de pescar
no dan sus cañas a los que no tienen,
pero les venden los peces.
Los peces se venden muy caros.
Las personas con muchas cañas de pescar
no quieren que los otros tengan caña.
Si los que no tienen caña la tuvieran,
podrían pescar sus propios peces
y no tendrían que comprar los peces que les venden tan caros.
Miguel Ángel Arenas

En Polombia, de repente, se escucharon declaraciones de uno, dos, tres… muchos dirigentes políticos. Todos tenía que ver con un virus. En el mundo las voces enérgicas hablaban de distanciamiento social, cuarentena, teletrabajo… Entonces fueron noticia los supermercados con sus filas interminables, los precios desmedidos de los alimentos. Muchos sintieron miedo, algunos eligieron la incredulidad, otros tantos optaron por la negación; unos cuantos, la rumba clandestina porque si del fin de los tiempos se trata, prefieren morir bebiendo.

Las urbes silenciaron sus majestuosos motores, las calles pararon su ajetreo; los hogares fueron colegio, empresa, industria, iglesia, oficina de gobierno, universidad, consultorio, sitio para todas las formas sublimes y monstruosas del ser humano: solidaridades, redescubrimientos, violencias, desigualdades, maltratos. La casa ya no fue nido; para muchos nunca lo había sido. Cientos y cientos revisaron los ahorros una, dos, tres… muchas veces. Miles y miles soólo habían capitalizado su energía y el día a día para trabajar. Unos cuantos siguieron devengando cinco, diez, veinte millones. Incluso dicen que un expresidente suma en sus arcas mensuales esto y más.

Solo bastaron un par de semanas para que el hambre se apoltronara categóricamente a la mesa de tantos y tantos que casi nunca tuvieron tiempo para el miedo a la muerte porque desde hace mucho lidiaban con ella. Una de esas cifras del DANE publicada en los periódicos dice que son el 47% del total de polombianos y los llama empleados informales. Para el presidente de este país, uno de estos empleados, el panadero, es un afortunado porque puede ganar hasta dos millones de pesos. Resulta que, cansados de tanta solvencia económica, los panaderos y gente como ellos van a las calles a vender frutas y verduras solo para hacer deporte. Muchos sacan trapos rojos para ventilarlos y un número increíble de ciudadanos (haciendo gala de la creatividad del rebusque), vende cloro dosificado porque otro presidente ha dicho que es la cura para el virus. Seguramente lo que quiere es exterminar a los pobres incautos que por desinfectar su cuerpo llegaron ‘límpidos’ a la muerte (nótese cómo es de necesaria la educación).

No pocos señalaron que el virus vino a mostrar agudamente la estupidez política. Por ejemplo, una senadora polombiana dice que el virus proviene de los vampiros y una ministra cree que no se deben cerrar las ciudades a las que aún no ha llegado la epidemia. Declaraciones como estas revelaban que la educación de calidad sí que hace falta para desinfectar las mentes de estos personajes, pero en Polombia la educación es otra de las formas de segregación: en el campo, en el que escasamente hay saneamiento básico, transporte adecuado, carreteras o centros de salud, qué va a existir conexión a internet, teléfonos inteligentes o computadores. Lo que sí hay son miles de estudiantes que ayudan al ordeño, a cultivar o que recolectan café o quizá sufren de hastío temprano. Sí hay estudiantes que cuidan a sus hermanos menores, ayudan a preparar la comida, juegan, quizá riñen o buscan qué hacer con tanta vida por delante tras las rejas de lo que era su hogar. En las zonas urbanas empobrecidas o clase media polombiana, muchos padres y madres, además de lidiar con un virus, deben sortear las clases de sus hijos, intentan conciliar los turnos para el único computador o celular que hay en casa y, sobre todo, tienen que vérselas para combatir el hambre.

En Polombia, como en otros países, no se escucha la voz de la naturaleza, no se escucha al pobre, al obrero, a quienes trabajan por la educación y la salud; no se escucha al vigilante, tampoco al campesino que tiene el saber para hacer germinar la vida de la tierra. Hay tantos a los que no se oye realmente.

Uno de esos días hubo pequeños síntomas de inconformidad y resonaron las cacerolas en los balcones; al siguiente día, nada. Otra de esas ocasiones, de nuevo, una manifestación de descontento con una twitteratón, luego, nada. Después, surgieron brotes de rebeldía creativa con memes. Varios conatos de inconformidad se dieron en las calles, pero nada tan contundente que forzara a los mandatarios al diseño de políticas públicas más equitativas. Parecía que en muchos jóvenes el virus había logrado aplacar su rebeldía e incrementar su desidia.

Sin embargo, fue cuestión de tiempo porque, en aquel país donde casi todo tiene un sentido invertido y abunda la imbecilidad, hubo oportunidad de tejer formas de solución colectivas y en ello, los maestros y maestras tuvieron una responsabilidad política determinante: desde la pedagogía hicieron frente a los retos que demandó el virus. Uno de ellos, aportar soluciones a lo que gritaban los jóvenes desde el Parlamento Andino Universitario: “Clases virtuales sin internet son exclusión”. Entonces, unos y otros, éstos y aquéllos se juntaron para tejer alternativas. Obraron desde verdades a Perogrullo, pero que no se escuchaban: lo público es fundamental para librar las brechas de pobreza; el campo asegura el alimento; de la Naturaleza no podemos tomar a saco roto; los politiqueros y la guerra son males endémicos del país; la solidaridad debe ser el tronco de las políticas sociales redistributivas y justas.

Sin soluciones como ases bajo la manga, fueron a lo concreto: necesitaron de los ciudadanos inquietos e inconformes; evitaron que la rabia y la precariedad los condujera a la postración y a la resignación; no se quedaron en el lamento y el hondo disgusto fue principio, pero no fin. Y así, de a poco, miles y miles de polombianos entendieron que la Historia es un constructo colectivo que necesita ciencia, educación, tecnología, medicina; obreros y médicos; panaderos y abogados; campesinos e ingenieros. La otra Historia necesitó a tantos y tantos… Como colectivo, poco a poco entendieron que no querían un paraíso, pero sí una nación viable y cada vez menos segregadora. Solo hasta entonces su país dejó de llamarse Polombia.

abril 27, 2020

Hacia el reencuentro de la cultura con la naturaleza, la humanidad y el cosmos


Por: Jairo Rivera Morales
Catedrático universitario
Ex -Senador de la República

No existe una "normalidad" a la cual debamos regresar. Lo que hay es un antes y un después. El antes es causante, el después es consecuencia. Pero nada es inamovible en el presente infinito, compendio y substrato del antes y el después; por el contrario, su elemento esencial es el cumplimiento inexorable de la ley universal del movimiento. El movimiento se manifiesta a través de evoluciones e involuciones, avances y retrocesos, retrasos y aceleraciones, quietudes que confirman el cambio y sobresaltos que lo precipitan.
En la sucesión de los hechos no siempre es visible la frontera entre causalidad y casualidad. La historia no obedece a una programación, no es determinada por ganas o voluntarismos ni está escrita de antemano. Pero los seres humanos todos los días hacemos nuestra historia y el mayor catalizador de los cambios que la necesidad histórica reclama es la conciencia esclarecida; aquella que sabe y refleja una gran verdad: no nos conservamos sino transformándonos, no nos transformamos sino conservándonos.
La inconsciencia y el irracionalismo consumista, extractivista y depredador, nos han llevado a asumir la destrucción como destino. Lo deseable es que la parada en seco ocasionada por la pandemia sea el preludio del nacimiento de una nueva consciencia. Una consciencia que genere actitudes, actuaciones y conductas que posibiliten el reencuentro de la cultura con la naturaleza y la reconciliación entre la humanidad y el cosmos. Sinceramente siento y pienso que esperar más que eso sería un exceso de optimismo.
Sin libertad y sin equidad el futuro humano será inviable. Pero solamente la solidaridad hace compatibles la libertad y la equidad. Estamos en la hora del despertar; la hora de justificar nuestros sueños. No obstante, esa justificación necesaria e inaplazable, no será posible sin los informes de la ciencia, sin los recursos del arte y sin la presencia de la poesía.
Al margen de dichos supuestos, no habrá lugar para la esperanza. A partir de ahora, los proyectos políticos deberán ser proyectos culturales, vitalistas, ambientalistas, en los que la justicia redistributiva no sea un simple enunciado sino un inaplazable imperativo categórico. Todo esto no podrá lograrse sino a partir de la superación de la codicia, y del estulto narcisismo de los humanos, y del afán acumulador, y de las demás lógicas perversas del capital. Recordemos lo dicho hace dos milenios por el hijo de un humilde carpintero de Galilea: "¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?"
Cuántas razones de las sinrazones no proclamadas, cuántas reacciones de la vida contra la razón instrumental, cuánto humanismo contra las monstruosidades cometidas en nombre de las causas más laudables, imaginadas por el "rey de la creación", cuánto naturalismo contra el antropocentrismo hirsuto y ramplón. El poeta español León Felipe lo explicaba desde el recurso de la poesía:
"Pero el hombre es un niño laborioso y estúpido
que ha hecho del juego una sudorosa jornada.
Ha convertido el palo del tambor en una azada,
y en vez de tocar sobre la tierra una canción de júbilo
se ha puesto a cavarla.
¡Si supiésemos caminar bajo el aplauso de los astros
y hacer un símbolo poético de cada jornada!
Quiero decir que nadie sabe cavar al ritmo del sol
y que nadie ha cortado todavía una espiga
con amor y con gracia.
Ese panadero, por ejemplo, ¿por qué ese panadero
no le pone una rosa de pan blanco a ese mendigo hambriento
en la solapa?".

abril 26, 2020

El derecho al pesimismo / La necesidad del optimismo


Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Docente Universidad del Tolima –IDEAD-

Los seres humanos enfrentamos, durante el transcurso de nuestra existencia, momentos cruciales los cuales nos impelen a decidir entre claudicar o reconfigurarnos. Esa condición agonística del individuo es vital en la evolución de la vida misma, necesaria para re-afirmar el ser y el estar en un tiempo determinado.
Al realizar un inventario de los contratiempos que ha padecido un ser adulto, de seguro tendrá que retornar hasta el momento inaugural que lo arrojó al mundo. Somos producto de la agonía, del éxtasis del amor, del deseo desaforado de nuestros padres, del clamoroso pero sufrido proceso de gestación, del estrangulamiento que genera el parto. Por eso, instintivamente, procuramos el cuidado del niño frente al mundo inhóspito y peligroso al cual debe adaptarse, y lo que llamamos vida transcurre hasta que un día debemos enfrentamos a la hora final de la existencia. La agonía última.
Somos seres leves, pero la mayoría no tiene conciencia de su levedad. Somos finitos, estamos expuestos. Solo en los mitos, (incluida la religión), trascendemos y vivimos más allá de la muerte. Pero la religión solo es un relato. La eternidad es una invención discursiva para ilusionarnos con la idea de que somos invulnerables al tiempo, cuando de plano sabemos que nuestro transcurrir es un chispazo en medio del insondable tiempo universal. Kairós siempre será superior a Cronos.
La historia de los humanos está plagada de catástrofes, hecatombes, destrucciones, reinicios, tragedias, guerras innecesarias, decadencias evitables, pero sin ellas no seríamos lo que reflejamos en el espejo del presente. No somos la mejor versión anhelada, la realidad está ahí para corroborarlo. Pero quizás en algo nos hemos superado con relación a nuestro pasado o al menos lo creemos y a eso llamamos civilización. ¿Pudimos ser distintos? Seguro que sí. ¿Podremos ser distintos? Seguro que sí. Eso lograrán corroborarlo otros, quizás nos-otros ya no.
Ineludiblemente sobreviviremos como especie. Seremos distintos, quizás más depredadores, quizás más bondadosos con el universo, ese Otro Nos que aún desconocemos en su real dimensión. El ahora nos convoca a Estar, a asumir la existencia como el valor supremo de la especie. Es la tarea histórica que enfrentamos hoy.
Enumerar las vicisitudes que este momento ha desplegado sobre lo humano me parece un trabajo arduo y necesario, pero no es mi prioridad aquí. Los pesimistas ya han mostrado las cartas de un negro tarot con imágenes mortuorias, llantos, desigualdades y miserias. No olvidemos que todo eso lo hemos causado nosotros como especie, no nos llamemos a engaños, cada uno ha contribuido, de alguna manera, a forjar ese pandemonio de sistema que algunos añoran en sus encierros, otros padecen en cuarentena y millones lo sufren arrojados a la intemperie de un gran mal-estar.
No somos solo víctimas, concurrimos victimarios del mundo natural que hoy vemos resurgir mientras agonizamos. Curiosa imagen esta: Algo de nosotros muere en el mundo cada día y al morir algo renace en el planeta. Los pesimistas solo ven la muerte, yo creo e invito a ver el renacer. No seremos los protagonistas del mismo, a nosotros nos tocó sobrevivir, a otros le tocará transmutar. Quizás alcancemos a ser la semilla de la transformación.
¿Por qué ver solo el gris si aún sobre lo alto se despliega el arcoíris? Daremos nuevos abrazos o inventaremos otras formas de abrazar. Besaremos, soñaremos, iremos por ahí distraídos mientras la tarde nos sorprende con un ocaso. Contemplaremos el cielo destellante de otros amaneceres.
Entonaremos, otra vez, la melodía de los enamorados, correremos sobre el verde césped de nuestra existencia una vez más. Como después de la afrenta de Troya, regresaremos a Ítaca con la ansiedad del viejo terruño. Como después de las fratricidas guerras, retornaremos a nuestras casas, valoraremos el afuera y resignificaremos el adentro. Lo haremos como especie, y ojalá eso nos enseñe a tomar mejores decisiones. Menos egoístas, más humanas, más colectivas, si no es así quizás necesitemos más catástrofes para aprender.
Dentro de poco tendrán que existir otras formas de aprendizaje, otra escuela, otras formas de organizarnos, otras formas de alimentarnos, otras formas de asumir el trabajo, otras formas de habitar el planeta. Creer que nada va a cambiar, para bien o para mal, es negarse a mirar por la ventana que el virus abrió para mostrarnos lo que la cotidianidad impedía ver. No más piensen en el mundo de hace cien años y podrán comparar lo mucho que hemos cambiado como especie. Ahora imaginen a Covid-19 como un acelerador del tiempo. Este encierro transcurre en días, pero su impacto debemos asumirlo en décadas.
Creo que todos tenemos derecho al pesimismo, el momento actual muestra su balance en cifras, agonías, carencias y lamentos. No obstante, me concedo el optimismo e invito a él. Antes de que la pandemia diera origen a este tsunami de miedo, ya era consciente de mi levedad, de mi finitud como ser humano, sabía que un día moriría, tenía certeza de ello y no me producía miedo. Por eso siempre procuré hacer de mi vida, y lo siguiere haciendo mientras aún respire, un elogio a la mortalidad.
Aun sabiéndome finito, preso de la levedad, me concedo el optimismo.

abril 23, 2020

Pandemia y destino


Por: Mitón Fernando Dionicio
Docente Catedrático UT
I
En las vacaciones de pascua de 1862, Nietzsche escribe Fatum und Geschichte (Fatum e historia), donde discute los conceptos filosóficos de libertad y determinismo. En sus obras de juventud, Hegel realiza un análisis histórico-sistemático de la noción de destino. Dilthey, gran conocedor de los escritos hegelianos tempranos, muestra que la fuente de esta concepción se remonta a la Grecia homérica. La preocupación fundamental de los griegos fue la pregunta por el ser de la existencia, por la estructura constitutiva esencial de la vida. La respuesta a esta cuestión es, en sí misma, un misterio, un acertijo oracular: la existencia es destino (vita est fatum). La filosofía moderna intentó interpretar y comprender este dictum. Algunos pensadores modernos sostienen que el hombre tiene libertad en la toma de decisiones. Sus acciones, en consecuencia, son producto de la fuerza de su voluntad. Los hechos del mundo, los sucesos históricos, se fundamentan, pues, en los actos de los hombres, sobre todo, de los grandes personajes de la humanidad, en los que el fuego interno es brutalmente destructor y transformador.
Contrariamente, Schelling y Schopenhauer, que parten de la Ethica ordine geométrico demostrata de Spinoza, han evidenciado el carácter absoluto del mundo. No existe la libertad, es una quimera religiosa y moral, estamos determinados por una substancia (substantia) universal y plena. Damos pasos a través de un camino sellado desde antiguo, como miserables entidades fantasmagórica, que se acercan, entre lamentos, a los campos infernales del olvido y la desaparición. La historia no es propiedad del hombre, ni su obediente sirviente. Todo lo que ocurre ya ha sido dicho y posee una finalidad específica. La historia, en tanto télos y búsqueda de un horizonte despejado, tiene un mensaje, un lógos eterno, esperando salir a la luz.
La pandemia del Covid-19 no es la primera en el tiempo. Ha habido muchas otras en el pasado. ¿Posee este nuevo virus un propósito existencial? ¿Tiene un mensaje, un lógos oculto, que nosotros, debamos descifrar? ¿Hay algo que nos quiera enseñar? Para responder estas cuestiones, iniciaré mi reflexión con el examen de una epidemia similar que tuvo lugar hace dos mil años en la Roma Clásica.
II
Del 165 al 180 d.C., se desató en el Imperio Romano la Peste Antonina, también llamada la Plaga de Galeno. El reputado médico describió por primera vez la enfermedad de manera científica. Galeno se convirtió en médico a los veinte años. Amplió y completó sus estudios en Esmirna y Corinto, donde tuvo contacto con la obra de Hipócrates de Cos, su fuente principal de conocimiento. En la mágica y misteriosa Alejandría, estudió anatomía y fisiología. Con la disección de cadáveres animales, aprendió los métodos empíricos y el funcionamiento de los órganos del cuerpo. Sus análisis se centraron en los riñones y la médula espinal. Al morir su padre, regresó a Pérgamo, su ciudad natal, donde fue médico de la escuela de gladiadores durante un lustro. Ganando experiencia en traumatología, viajó en 162 d. C. a la Capital Imperial.
En Roma escribió y publicó varias obras, en las que puso de manifiesto su erudición en anatomía, obteniendo fama de científico experto. La relación con el cónsul Flavio Boecio, uno de sus más importantes e influyentes pacientes, le permitió acceder al tribunal romano y convertirse en médico oficial de la corte del emperador Marco Aurelio y su corregente, Lucio Vero. En el 168, Galeno fue convocado por los dos Augustos y estuvo presente en uno de los fuertes brotes de la peste entre las tropas militares, estacionadas en las cercanías de Aquileia, una pequeña población romana en el Mar Adríatico.
La pandemia antonina fue llevada al Imperio por el ejercito romano, de campaña en el Cercano Oriente. Los historiadores antiguos consideran que la plaga apareció en el asedio a Seleucia, o Seleucia del Tigris, una de las ciudades de mayor tamaño en la época helenística, comparable en los siglos III y II a. C. con Alejandría o Antioquía. Seleucia se ubicaba en Mesopotamia, a la orilla oeste del río Tigris, cercana a la población de Ctesifonte, en la actual República de Irak. En Rerum gestarum[1], el historiador romano Amiano Marcelino sostuvo que el virus se había propagado por todo el territorio romano, extendiéndose a la Galia y los territorios del Rin.
En el tratado Methodus medendi vel de morbis curandis libri XIV, Galeno describe los síntomas de la plaga antonina[2]. Inflamación de faringe, fuerte e incontrolable diarrea, fiebre alta y terroríficas e impactantes erupciones cutáneas, secas y purulentas; esto añadía una fuerte impresión visual al brote. Sensación de abrasamiento, fetidez en el aliento, tos violenta, piel enrojecida e irritada, ardor en ojos, boca y fosas nasales; una tremenda sed, sudor, gangrenas en la garganta, delirios y visiones. Las erupciones aparecían a los nueve días de contraer la infección. Con la supuración y pudrición de Roma se escuchaban cercanos los pesados pasos del ángel de la muerte, que con su tenebroso y inmenso manto cubría de oscuridad y miseria las calles de la città eterna. Los datos de Galeno no son suficientes para determinar con certeza la naturaleza de la epidemia. Sin embargo, los científicos contemporáneos sostienen que se trató de viruela, cuyas únicas formas de prevención en la actualidad son la inoculación o la vacunación. Tuvieron que pasar casi dos milenios para que en 1959 se aprobase una campaña mundial de erradicación. El último caso de viruela contagiada de manera natural fue reportado en 1977 en la población de Merca, Somalia, y la muerte más reciente a causa del virus, una médica de Gran Bretaña, Janet Parker, infectada por la mala manipulación de una muestra de laboratorio en la Universidad de Birmingham.
En las Meditaciones[3], un pesimista Marco Aurelio acepta que la infección se había esparcido y dominaba la totalidad del aire que respiraba el Imperio. Agonizando, en Vindobona Austria, el 17 de marzo del 180, pronunciaría las famosas palabras: “No lloréis por mí. Pensad en la pestilencia y la muerte de tantos otros”[4]. Según la opinión del Eunuco Eutropio[5], funcionario romano en Oriente, y de Amiano Marcelino[6], la epidemia cobró la vida de millones, se calculan cinco. Dion Casio[7], el político, militar, historiador y Consul de Roma desde el 229, registra dos mil muertes al día en la Capital y una gran mortandad en los barrios de esclavos y pordioseros. Como es constumbre en nuestro mundo, en la desgraciada historia gobernada por demonios capitalistas, por un sistema que obedece las leyes del liberalismo, la fuerza, la imposición sobre otros, la destrucción y el aniquilamiento de los débiles y vulnerables, los que más sufren son los pobres, humillados, ofendidos y desposeidos. Se debe aceptar, no obstante, que la infección también afectó a la nobleza, a los adinerados, aunque en menor medida. No discriminó por razas, credo, profesión o ideología. 
En Historiae adversus paganos, Commonitorium y Liber apologeticus, el teólogo e historiador cristiano Paulus Osorius[8], figura intelectual y cultural de su tiempo, a la altura de Agustín de Hipona y Jerónimo de Estridón, ilustra la situación social de Europa durante la tragedia. Las ciudades imperiales de mayor tamaño perdieron la mitad de su población. En Roma, los cadáveres eran apilados por cientos, pudriéndose unos sobre otros, destilando el repugnante aroma de la muerte y la miseria humana, insoportable, angustioso, como si de un terrible castigo de los dioses se tratase o de los efectos de un poderosísimo hechizo de magia negra, cuyo propósito fuese la eliminación de la vida humana sobre la faz de la tierra. A estas actitudes supersticiosas y desesperadas, que reflejan la perplejidad de los romanos ante la lamentable situación y la absoluta falta de una explicación coherente, científica y racional de las causas de la enfermedad, se refiere de forma irónica y burlesca el humorista sirio Luciano de Samósata en varias de sus composiciones literarias[9]. Por otra parte, en las poblaciones rurales, los efectos no fueron más alentadores que en territorio urbano; todo lo contrario. Hubo territorios en la Península Ibérica, Asía Menor, el río Danubio y tierras galas, en los que no quedó un solo habitante. Se convirtieron en pueblos fantasmagóricos, desolados y melancólicos. La pesadilla del exterminio y la ruina se materializó como destino fatal.
Algunas de estas ciudades se localizaban en las fronteras al norte del Imperio. Las tropas estacionadas en los límites fronterizos, cuya función era la contención de los bárbaros, se vieron seriamente afectadas y diezmadas por el virus. Esto les impidió frenar y rechazar los continuos avances de las tribus germanas, que reclamaban nuevas tierras y posesiones en suelo romano; también venganza, por las afrentas y humillaciones; no soportaban más el yugo de los Emperatores, bajo el cual habían estado por siglos.    
Las dificultades del ejército para defender las fronteras hicieron que Marco Aurelio dirigiese personalmente las legiones Felix, que combatían en cercanías del Danubio. Si bien el genio estratégico del Sabio consiguió un éxito relativo en la empresa de defensa, la escasez de soldados romanos y la pérdida de poder activo de contienda y conflagración al interior de las filas de combate constituyeron el inicio del fin del Imperio Romano.
Con el ascenso de Cómodo, inicia la ruina de Roma, como afirman Gibbon y Rostovtsev[10]. En Römische Geschichte, Niebuhr, uno de los fundadores del historicismo y la ciencia filológica en Alemania, mantiene una actitud melancólica y pesimista con respecto a la Peste Antonina[11]. El reinado de Marco Aurelio habría significado un punto de inflexión en el arte, la cultura y el espíritu del Imperio.  La peste le asestó un golpe mortal a Roma, una puñalada letal que la desangró y aniquiló, como años atrás a Julio Cesar, asesinado vilmente en el Pórtico del Teatro de Pompeyo por Decimo Junio Bruto Albino y otros veintidós miembros del Senatus Romanus[12]. El majestuoso Imperio Romano, modelo de la Antigüedad, jamás llegó a recuperarse de la enfermedad. Sus órganos internos se corroyeron hasta desaparecer por completo. Solo sobrevivió el recuerdo de la grandeza, plasmada en las eternas ruinas del Forum Romanum. Todos los hombres, todos nosotros, tras esfumarse la imagen del trono imperial, somos y seremos hasta el final de los tiempos simples sombras en búsqueda de la belleza perdida. La humanidad murió con Roma.
III
En la época de la pandemia, el Imperio Romano era la potencia máxima del planeta. Existen al menos tres ámbitos en los que esto se evidencia. En lo filosófico, había bebido de las caudalosas aguas griegas. Si bien ninguna nación ha superado ni superará las intuiciones puras, la verdad de los helenos, los romanos supieron hacer de la filosofía una forma de vida, un manual de comportamiento para alcanzar la templanza del ser, la serenidad en medio de furiosas tempestades. Este aspecto, por sí solo, es suficiente para que todo hombre, en cada nueva generación, vuelva a los escritores latinos. No hay mejor opción educativa que atender el llamado del estoicismo, la voz clara, concreta, sin arandelas, de Séneca o Cicerón.
En el terreno artístico, Roma constituye el primer lugar-espacio-momento-tiempo de Occidente en el que surge un arte universal, cosmopolita, multiculti; de diversas tradiciones, diferentes lenguajes y expresiones religiosas separadas ideológicamente por abismos insondables. Este arte del devenir no es el resultado de un diálogo de saberes, de una comunicación cordial, racional y prudente, de una dinámica dialéctica organizada según una estructura originaria y esencial del universo, donde los opuestos se unifican, configurando una totalidad armónica, absoluta y móvil. Nada de esto ocurre en el Imperio Romano. La diferencia, la separación, el alejamiento, la monstruosidad abisal de lo artístico, se presentan atadas a la guerra y la confrontación sin tregua. La multiculturalidad del arte latino, su universalidad, su cosmopolitismo hallan su ser en el gusto incontrolable por la sangre, vertida en la lucha a muerte de los espectáculos de gladiadores de la arena del Coliseo.
En el plano científico, se hace evidente su supremacía a partir del análisis de un caso histórico. En el 165 d. C., la ciudad egipcia de Alejandría se encontraba bajo dominio romano. Alejandría fue fundada por Alejandro Magno el 331 a. C., después de vencer al dictador Darío III de Persia, en una batalla inolvidable. Los egipcios aceptaron al glorioso Alejandro con cánticos de alabanza y magníficos festejos, llamándolo libertador y proclamándolo Faraón plenipotenciario. Al cabo de pocas décadas, Alejandría se convirtió en una ciudad rica, próspera y poderosa. El trono de la emblemática ciudad fue heredado por Ptolomeo I, amigo cercano de Alejandro y uno de sus insignes generales durante las famosas campañas de conquista. La Dinastía Ptolemaica se mantuvo tres siglos. Ptolomeo I construyó el palacio real que daría aposento a sus descendientes. Su hijo, Ptolomeo II, erigió el Museo, una obra dedicada a las musas griegas, diosas de las artes, la sabiduría y las ciencias. La edificación fue el fundamento de la Paideia alejandrina. En su configuración y diseño, se encuentran las raíces de la universidad moderna. Se trataba de un centro de educación superior, que en su cumbre tuvo más de catorce mil estudiantes y cientos de investigadores y maestros, quienes dictaban cursos públicos de diversas materias.  
El Museo tenía varias divisiones; un ensoñador jardín botánico, que contó con una colección completa de plantas de todos los países conocidos, una sección de zoología, un observatorio astronómico y una sala de anatomía. Sin duda, la parte más conocida y románticamente recordada es la Biblioteca, ese kósmos del espíritu, devenido cenizas, desperdigadas en el viento para siempre, a causa del fuego destructor, que le robó a la Humanidad su memoria, su elemento vital y su alma. No hay un lugar que represente con mayor claridad la grandeza y elevación humanas y a un mismo tiempo su estupidez, brutalidad, maldad y bajeza que la Biblioteca de Alejandría.
Cuando Julio César, por pedido de Cleopatra, se apoderó de la ciudad en el 47 a. C. y su heredero, Octavio Augusto, durante el 30 a. C., hizo del majestuoso Egipto una provincia romana más, terminando así con cuatro milenios de independencia política, social y religiosa, por el Museo y la Biblioteca alejandrinos habían pasado las mentes científicas más brillantes del mundo antiguo. Filósofos, poetas, literatos y retóricos; geógrafos, matemáticos, físicos, astrónomos y médicos, quienes habitaron sus salones o cuyas obras fueron recopiladas, editadas y traducidas, es decir, estuvieron presentes en el Museo, ya en cuerpo, ya en mente y espíritu. En Alejandría fueron publicadas cientos de libros, que contenían los resultados intelectuales más portentosos de la Antigüedad. Bajo el dominio de Roma, que se extendió por siglos, la magnificencia de la ciudad no decayó, sino llegó a su cúspide. ¡A la altura de las deidades inmortales!
Al arribo de la Peste Antonina, el Imperium se hallaba, pues, en posesión del conocimiento, químico, farmacéutico y médico más avanzado de su tiempo. Sin embargo, los romanos no pudieron hacerle frente a la enfermedad. La gran ciencia fue vencida de manera categórica por la infección.
La causa de esta estrepitosa derrota radica en la esencia misma del conocimiento científico, en la naturaleza de la razón humana. El progreso de la ciencia estriba en la existencia de preguntas y cuestiones que ella no puede responder de inmediato. La resolución de estos problemas se convierte en la meta y el reto a alcanzar y superar por parte del conocimiento científico. Cuando los grandes científicos superan estos retos, resolviendo los enigmas y las máximas preguntas, se habla de un avance científico, se da un salto en el proceso evolutivo de la ciencia. El avance científico será mayor, en la medida en que se resuelva una pregunta más grande o compleja. Las revoluciones científicas, los cambios de paradigma, que ocurren muy pocas veces en la historia del conocimiento, son el resultado de la resolución de cuestionamientos que parecen imposibles de resolver, que pertenecen más al ámbito de la metafísica que al orbe de la empereia.
Aquellos que descubren estos misterios dan la impresión de haber tenido contacto con dioses antiguos, que les comunican verdades secretas a través de visiones y trances religiosos. Una inexplicable intuición, un noûs platónico, surge en conexión con el universo sagrado de lo absoluto. Los científicos metafísicos que han sido iluminados por el poder de la totalidad del noûs, transforman por completo la interpretación de la realidad y configuran un horizonte alternativo. Súbitamente, las oscuras nubes de la tormenta se apartan, el azul eterno del cielo infinito se presenta ante los ojos y el pico nevado de una nueva montaña, inmensa y majestuosa, colma de júbilo y ambición el alma de los nuevos hombres, quienes así hablan: “he ahí una gigantesca, inexplorada y desconocida cima, hacía ella marcharemos, sin freno, hasta quedarnos sin aliento”.
El hecho de que la ciencia haya llegado, en buena medida, a controlar y dominar, por ejemplo, la viruela, el sarampión, la tuberculosis o el cólera significó un avance científico de primer orden. Pero este logro no fue inmediato. Se requirieron cientos de intentos fallidos, hubo de pasar siglos, se dieron millones de muertes y catástrofes humanas para que la creación de vacunas y tratamientos efectivos fuese una realidad. Es cierto que la ciencia avanzó significativamente con los geniales aportes del alemán Robert Koch. El precio fue, empero, demasiado alto. 
IV
Al leer las descripciones de guerras y batallas históricas en los grandes poemas épicos, el alma se emociona hasta el llanto. Nos identificamos con aquellos personajes heroicos, colocándonos sus armaduras y uniformes militares; experimentamos el poderío de la espada y la lanza del guerrero. Habitamos el campo de fuego y admiramos la destrucción, el caos, la miseria y la muerte, mientras cabalgamos un noble caballo azabache. En verdad, a los poetas, como dice el Divino Platón, les ha sido impuesta una misión oracular: “dejad que los niños saboreen la sangre”. De igual manera, sufrimos con las pobres y desamparadas gentes, que se consumen en las poblaciones aniquiladas tras la invasión de las tropas enemigas. Mujeres, niños y ancianos, campesinos, asesinados de manera infame. Los inocentes se hunden en la oscuridad y el horror de la contienda. Con ellos nos hacemos puro dolor, devenimos por completo las lágrimas que salen de sus tiernos y nostálgicos ojos.
Pese a la empatía catárquica ofrecida por el arte y las letras, a ese páthos de la consumación, salimos de aquellas obras con la firme convicción de que aquellos conflictos bélicos son materia del ayer. Nuestra civilización, nos libra de toda posibilidad, en la actualidad – Aktualität –, de un estado de guerra, de un cruel y salvaje bellum omnium contra omnes. Nos convencemos completamente de que la guerra pertenece al ámbito de la ficción y la imaginación, no, por supuesto, a la realidad del presente.  
Este mismo escenario teatral aparece en el caso del virus. La confianza plena en la ciencia contemporánea, en la tecnología y en un estado de bienestar diseñado por el neoliberalismo de hoy, nos habían conducido a la férrea idea de que las catástrofes causadas por enfermedades infecciosas eran algo superado, enterrado, una pesadilla de la Edad Media, o de épocas de suciedad, donde las ratas se amontonaban en la basura y fetidez de las urbes europeas, contagiando a millones y haciendo del Viejo Continente un infierno dantesco sobre la tierra.  Con la aparición del Covid-19, el tenebroso pasado romano renace en un organismo poderoso. Por ejemplo, la sintomatología de la infección es similar a la Plaga Antonina. Como si no hubiesen pasado casi veinte siglos, la virosis cobra dos mil doscientas vidas en un día en New York al igual que la Peste de Galeno lo hiciese en la Capital Romana. También Galeno vio como única salida para contrarrestar el mal la medida de cuarentena en las tropas castrenses que se agrupaban y esperaban en las fronteras del Imperio.
Los científicos y los líderes de estado son optimistas frente a la crisis del 2020. Afirman que la ciencia encontrará una vacuna. En Oxford – particularmente, Sarah Gilbert del Jenner Institute/Nuffield Department of Medicine, Medical Science Division – dicen septiembre de este año, si se dan condiciones óptimas. Melanie Brinkman del Helmholtz Zentrum für Infektionsforschung piensa en abril del 2021. ¡Puede ser! Quizá la infección llegue a ser una anécdota más, que ocupó los medios un corto de tiempo, pero fue olvidada con rapidez. Por el contrario, veo el virus como el anuncio de la caída y destino fatal del Imperio de Occidente. Esta dolencia es el primer síntoma de un inmenso cáncer que corroerá desde su interior el sistema capitalista de consumo humano, la civilización de la esclavitud. Los emperadores romanos nunca creyeron que la magnífica estructura de su reino había iniciado el recorrido oscuro hacia el abismo y la desaparición. Así los hombres del Ahora, que fijan su mirada en el aquí (hic et nunc), cierran sus ojos frente al trágico futuro. ¡No es fácil aceptar la destrucción!
Ésta, con todo, constituye el resultado lógico de la esencia y la naturaleza intrínseca del hombre. La ciencia y la razón son suicidas. El logro último de la razón pura – del conocimiento pleno –: verse doblegada, aplastada, desmembrada por el poder de lo desconocido, lo oculto, lo entre la niebla, frente a lo cual cabe simplemente cerrar la boca, inclinar la dócil cabeza y decir adieu.
Epílogo
En Guerra y paz, Tolstoi acepta haber relatado el conflicto entre Rusia y Napoleón no como un historiador, sino con voz de poeta, de artista espiritual[13]. Yo no vislumbro el porvenir de la humanidad desde la perspectiva de la ciencia y la lógica. Su final aparece escenificado en una dramática obra teatral. Todo gran drama tiene un doloroso END, The end. Soy feliz ante esta circunstancia. Tiene una moraleja, una enseñanza, esconde un mensaje. La infección hace parte de la naturaleza, siempre lo ha sido, quiere decirnos algo. La vida en sociedad, junto a otros seres, tocar la piel, aspirar el sudor, los fluidos, crear planes comunes, construir comunidades, administrar, la miserable política, el orden económico internacional, ser dependientes de aquel, aquella, este o esta, la esclavitud, estar en el mundo para ti y contigo, crear inmensos imperios y fortunas, hallar el éxito y la felicidad… todo eso representa el camino errado, es una guillotina, el arma preferida de Dios, el gran verdugo. El nuevo hombre, el Übermensch, debe regresar a la soledad, a su yo interior, apartado. Vivir en la separación, en la calma del bosque de niebla, hacer de la desidia hacia el humano bandera de liberación. Es en este sentido que somos lobos, no en el de Hobbes. Viejos lobos esteparios (Steppenwölfe).



[1] Marcelino, A., Historias. Obra completa, Gredos, Madrid, 1999. 
[2] Los síntomas de la enfermedad según Galeno: “exantemas de color negro o violáceo oscuro que después de un par de días se secan y desprenden del cuerpo, pústulas ulcerosas en todo el cuerpo, diarrea, fiebre y sentimiento de calentamiento interno por parte de los afectados, en algunos casos se presenta sangre en las deposiciones del infectado, pérdida de la voz y tos con sangre debido a llagas que aparecen en la cara y sectores cercanos, entre el noveno día de la aparición de los exantemas y el décimo segundo, la enfermedad se manifiesta con mayor violencia y es donde se produce la mayor tasa de mortalidad”. Galeno, Methodus medendi vel de morbis curandis libri XIV, Hittorpius, 1519, p. 200.
[3] Véase Marco Aurelio, Meditaciones, Gredos, Madrid, 2000, p. 89. “Propio de un hombre bastante agraciado sería salir de entre los hombres sin haber gustado la falacia, y todo tipo de hipocresía, molicie y orgullo. Pero expirar, una vez saciado de estos vicios, sería una segunda tentativa para navegar. ¿Continúas prefiriendo estar asentado en el vicio y todavía no te incita la experiencia a huir de tal peste? Pues la destrucción de la inteligencia es una peste mucho mayor que una infección y alteración semejante de este aire que está esparcido en torno nuestro. Porque esta peste es propia de los seres vivos, en cuanto son animales; pero aquélla es propia de los hombres, en cuanto son hombres”.
[4] Véase Historia Augusta, “surgió una epidemia tan grande que los cadáveres se transportaron en distintos vehículos y carruajes. Los Antoninos promulgaron entonces leyes severísimas respecto a la inhumación y a las sepulturas, pues prohibieron que nadie las construyera a su gusto, reglamentación que se observa todavía hoy. Por cierto, dicha epidemia acabó con muchas miles de personas, muchas de ellas de entre los primeros ciudadanos”. Magie, D., The Historia Augusta. London & Harvard: Loeb Classical Library, 1921, p. 79.
[5] Eutropio, Breviario/ Libro de los Césares. Madrid, 2000.
[6] Marcelino, A., Historias. Obra completa, Gredos, Madrid, 1999. 
[7] Dion, Casio. Historia Romana. Obra completa, Gredos, Madrid, 2005
[8] Osorius, Paulus, Historiae adversus paganos, Colonia, 1952; Osorius, Pablo, Commonitorium, Colonia, 1561. Osorius, Paulus, Liber apologeticus, Colonia, 1561.
[9] En la época de la peste existió un curioso y estravagante personaje llamado Alejandro que sostenía que ésta se debía a un hechizo maligno y a un castigo de los dioses. Alejandro se hizo pasar por profeta sanador. Se volvió millonario vendiendo unos oráculos que protegían supuestamente a los moradores de las casas contra la pestilencia. Al respecto, dice Luciano de Samosata, "el verso era el siguiente: Febo, el de incortable cabellera, aleja una nube de peste. Y en todas partes se podía ver el verso grabado en los portales como fármaco para rechazar la epidemia. Pero para la mayoría de las casas, las cosas salían al revés. Con la suerte de espaldas, se quedaban vacías las casas en cuyo portal estaba grabado el verso". Luciano, Obras. Obra completa, Gredos, Madrid, 1997, p. 128. Al parecer, los romanos no encontraban otra solución a la enfermedad diferente a la superstición y las falsas esperanzas de algunos charlatanes religiosos.
[10] Gibbon, E., The History of the Decline and Fall of the Roman Empire, London: Strahan & Cadell, 1789. Rostovsev, M., The Social and Economic History of the Roman Empire, Harvard, 1926.
[11]El reinado de Marco Aurelio es un punto de inflexión en muchas cosas, y más en la literatura y el arte; no tengo duda alguna de que esta crisis fue provocada por aquella plaga. El mundo antiguo jamás se recuperó del golpe asestado a ella por la peste, que lo visitó en el gobierno de Marco Aurelio” . Niebuhr, B. G., Römische Geschichte, 3 Bände, Berlin, 1811, p. 56.
[12] En 2019, Kyle Harper publicó un libro muy importante para la historia del mundo clásico, El fatal destino de Roma, en el que defiende una tesis similar a la de Niebuhr. Pese a esto, varios estudiosos del mundo greco-romano han recibido la obra de Harper como una novedad en las investigaciones clásicas. 
[13] Tolstoi, L. Guerra y paz, Aguilar, Madrid, 2003, p. 1018.