abril 18, 2020

El desempeño docente frente a la didáctica digital: una reflexión

Luz Stella Sánchez Álvarez
Docente Universidad del Tolima - IDEAD
La sociedad actual de la información enuncia las diferentes formas de la construcción del conocimiento en las instituciones de educación o formación, mediante técnicas, procedimientos y características del proceso de aceleración económica y política que vive el mundo entero. Necesariamente ello impacta el rol del docente en aras de la excelencia en la ejecución de su desempeño.
La pedagogía evolucionó, hacia finales del siglo XX, desde la gramática y la semántica, hasta la inserción de toda una era digital, que desafortunadamente no fue tan contundente en el impacto del desempeño de docentes y facilitadores en los procesos de enseñanza y aprendizaje, lo que sí logró el Coronavirus en el primer trimestre del 2020. El cambio repentino permitió reflexionar sobre las habilidades representadas en siglas del argot pedagógico como NTIC, -nuevas tecnologías de la Información y la Comunicación, TIC –tecnologías de la Información-, TAC-Tecnologías de Aprendizaje y conocimiento y el lenguaje E-Learning que es el aprendizaje en línea.
Es así que, el momento requiere de docentes, facilitadores, estudiantes y aprendices que vivencien los conceptos de aprendizaje, enseñanza y evaluación desde la resignificación de la «didáctica digital» y de la tendencia de autogestión mediante el uso y aplicación de plataformas y herramientas como E-learning en la modalidad a distancia. El E-learning, presenta características propias para los procesos de formación en la modalidad presencial y también a distancia, centradas en el uso de máquinas, equipos y redes de comunicación y de telecomunicación.
Además, el rol del docente cambia a facilitador de procesos de una manera contundente, generando una la relación dialógica del constructo, forjando un mundo de posibilidades en relaciones de equilibrio, comunicación más personalizada y mayor exploración en mundo de las redes propias del pensamiento global. El E-learning invita hoy al compromiso del docente en la estrategia, ya que como concepto “La didáctica no pasa de moda”, sino que ubica al profesor en plataformas y aplicaciones educativas con todas sus herramientas de difusión a nivel asincrónico y sincrónico.
Esto permite el desarrollo y la mejora del trabajo cooperativo y colectivo reflejado en los denominados CIPAS en el modelo del IDEAD. Gracias a la comunicación e interacción que genera sinergia, simbiosis entre los estudiantes y el docente-tutor-, las comunidades virtuales dinamizan la enseñanza y el aprendizaje, virando hacia la autoevaluación, coevaluación y heteroevaluación en la formación a distancia, pero es un reto que debe instalarse también en la modalidad presencial.
Esta pandemia evidenció la potencia de la formación E-learning o aprendizaje electrónico, sin descuidar la “didáctica”, porque ella permanece independiente de la modalidad, sea esta presencial, a distancia o virtual: con acercamientos a herramientas de interacción como el chat, sesiones en línea, videoconferencias, anuncios, mensajerías, notificaciones, entre muchas más. Todo esto, a través de dispositivos que permiten enviar mensajes, recomendaciones, instrucciones, compartir videos en entornos como el casco urbano y rural del país, siempre y cuando se posea conectividad y herramientas de trabajo. 
En este sentido, sin que fuera esa su intención, el Coronavirus impactó en el uso de tecnologías y acciones de formación en línea, con estrategias y técnicas metodológicas que dejen huella en el tiempo y que retan a los docentes del IDEAD, y de la universidad en su conjunto, a estar preparados para dar respuestas asertivas, de cobertura, calidad y de alto impacto.

abril 15, 2020

Los nuevos escenarios de la universidad en tiempos de virus

Guiomar Machado González
IDEAD – Universidad del Tolima
Coordinadora Centro de Atención Tutorial Ibagué y Cajamarca

En este tiempo de pandemia mundial nos correspondió asumir, en medio de la improvisación global, la planeación estratégica de la universidad, lo cual que implica cambios abruptos en las relaciones entre los actores y los procesos académicos-administrativos, entendiendo que todo lo nuevo actúa como desafío a la zona de confort, construida en medio de la costumbre y la institucionalidad propia que nos diseña el sistema.

En medio de lo posible y de la realidad actual, debimos ajustar desde lo más sencillo hasta lo más complejo de nuestras múltiples actividades, acciones, conversaciones, interacciones. Desde saludar, besar, abrazar, pasando por dejar de salir libremente, hasta dejar de ver a otras personas físicamente, dejar de compartir espacios comunes como nuestros sitios de trabajo, y actividades de la vida cotidiana como el estudio, diversión, deporte, entretenimiento, religiosidad, vida social y costumbres.

En estos días se refleja, de manera más contundente, la fragilidad de creernos dueños absolutos de la verdad, la única razón y la obsesiva terquedad, para abrirnos en una invitación al diálogo, a escuchar a los otros y abandonar la intolerancia como discurso y acción.  En este tiempo en que nos estrellamos contra “el muro del Corona”, la invitación es a reencontrarnos, a reaprender, a reconsiderar, a reutilizar, a reciclar, a revaluar, a recomponer, a reinventar.

La presente realidad sacó de tajo esas pequeñas luchas por habitar espacios físicos abiertos y la ansiedad de todos por compartir el mismo lugar, por marcar y apropiarse de un territorio bajo la justificación de lo común. Así se alteraron los intereses personales y particulares por conservar las ideas cautivas de quienes inician en las lides universitarias y se ven identificados para posesionarse de un espacio que era de todos y de nadie a la vez. Hoy el debate y la lucha se dan en otros contextos, pero buscan garantizar la vida universitaria.

Bajo el nuevo escenario de la marca registrada Coronavirus-Covid 19, se nos permitió generar transformaciones instantáneas de chip, cambios de comportamientos, adopción de medidas de autocontrol, autoprotección y autorregulación; hasta permitió flexibilizar procesos y procedimientos que sólo y únicamente se tramitan en original y varias copias, abriendo por fin las mentes. Obligó a los procesos a mutar como el virus, de lo físico a lo digital, demostrando la teoría de que la virtualidad siempre fue viable como un soporte legal ante la realidad que nos cubre con su manto.

Para el Instituto de Educación a Distancia de la Universidad del Tolima, sin ser la excepción del Corona, generó otras dinámicas, para las cuales debió ponerse a tono y acelerar la marcha de la estrategia del uso de herramientas tecnológicas. Pero, además asumir, por parte de docentes y estudiantes, una actitud de fraternidad, disposición, amor e invitación a remar juntos en esta barca. Ello implica acompañar a miles de estudiantes que, con su ingenio, creatividad, emprendieron el camino de la adecuación de tecnología en la modalidad distancia; en medio de las innumerables incertidumbres e inquietudes, pero que ya tenía unos antecedentes válidos y un recorrido histórico de gran realce, aunque desconocido para muchos miembros de la comunidad.

Como hacen las enfermeras y los médicos, que quieren inventar e inyectar la vacuna que mitigue tantos miedos y preguntas sobre el virus, los directivos y docentes del IDEAD, y la Universidad del Tolima, deben hacerlo con las mediaciones tecnológicas. La vacuna es urgente porque el virus mata,  por su parte, la tecnología permite avanzar garantizando el derecho de la educación, permitiendo que la educación siga viva.

abril 14, 2020

COVID-19: EDUCACIÓN Y POSTMODERNIDAD



Por: Álvaro Ríos
Docente Instituto de Educación a Distancia. CAT Bogotá

En estos días de cuarentena, en los que a través de cadenas de WhatsApp se reivindica la importancia del aula presencial de clase como elemento vital en el aprendizaje y como aquello que añoran los estudiantes en su situación de encierro, vinieron a mi mente algunas líneas que recordaba de un texto de Jean Francois Lyotard titulado La condición postmoderna. En este texto, Lyotard afirma que sólo desde la perspectiva de la modernidad el reemplazo de enseñantes por máquinas podría parecer injusto o incluso intolerable. Han pasado casi treinta años desde esta afirmación y hoy, en nuestro presente marcado por el COVID-19, compruebo más que nunca que Lyotard tenía razón: los profesores podrían llegar a ser reemplazados por máquinas.
El profesor hoy día no es indispensable como actor de legitimación del Estado y sus políticas, como se concebía en la modernidad. Incluso, se podría pensar que su razón de ser es, si acaso, la de ser crítico y contestatario, lo cual implica ya un distanciamiento sustancial de la concepción moderna del maestro. Hoy, como vislumbraba Lyotard, quizás el maestro no es indispensable en el aula de clase. Hoy no solo se cuenta con infinidad de herramientas para favorecer los encuentros virtuales, sino que también los estudiantes, autónomos y deseosos de aprender y conocer, tienen a la mano muchas plataformas que ofrecen posibilidades de conocimiento que en muchas ocasiones no requieren la mediación de un profesor.
Aristóteles comienza su metafísica diciendo que todos los hombres desean por naturaleza saber y conocer. Un estudiante investigador con esta característica, porque parece no ser característica de todos los estudiantes, tiene acceso a cualquier cantidad de información a la que puede acceder sin poner un pie fuera de su casa, así como a películas, libros, enciclopedias digitales, museos, tutoriales y plataformas como YouTube entre otras. Incluso, es posible acceder sin costo a las mejores ediciones de algunos libros en formato PDF. En ese sentido, más importante que la presencialidad, se hace necesario capacitar a los estudiantes en el manejo de la información y garantizar el buen acceso a la misma a través de un buen artefacto y una buena conexión de internet.
En este escenario de pandemia mundial y gracias a la necesidad de buscar alternativas virtuales para trabajar con los estudiantes del IDEAD, en la Universidad del Tolima, y con estudiantes de secundaria de un colegio distrital en Bogotá (donde soy profesor de tiempo completo), conocí y aprendí a usar herramientas como Google Meet. Las posibilidades que ofrece esta herramienta para hacer una clase con todos los recursos que se usan en una clase presencial (como exposiciones, interacción y discusión grupal) me hicieron entender el planteamiento del filósofo francés. No es que en los últimos años no hubiéramos usado las TIC, pues siempre han sido útiles los correos, las redes sociales y los blogs; es que estoy convencido de que la coyuntura hace evidente que trabajar y asesorar a los estudiantes se puede hacer sin necesidad de reunión presencial, lo cual no implica desconocer la importancia de los procesos de socialización que ofrece lo presencial.
Las universidades y los colegios, en donde hay más rezago, irán entrando poco a poco a estas alternativas de ofrecer a los estudiantes cursos a través de plataformas virtuales como las que ofrecen muchas instituciones en la actualidad, con cursos en donde la mediación docente es mínima, ya que todo está programado para que no se requiera el docente. En este sentido, me llama la atención los cursos que ofrece la UNAM en México en su plataforma aprendo+, cursos que están dirigidos a miles de personas y en donde usted puede estudiar y adquirir certificaciones, sin entrar en contacto con ningún profesor, ya que todo se da a través de procesos estandarizados informáticamente, lo cual puede ser un poco inquietante para el medio y para el oficio de la docencia. ¿Podremos ser reemplazados por máquinas? Las máquinas no se cansan, están disponibles las 24 horas y se puede repetir una y otra vez la lección sin que nadie le recrimine nada, no te gritan, no te discriminan. Realmente si es o puede parecer bastante inquietante todo esto, ¿qué nos deparará a los docentes el futuro? Seguramente reinventarnos y seguir haciendo de la escuela y nuestras aulas de clase (físicas o virtuales) espacios más llamativos y motivantes para los estudiantes.

abril 12, 2020

LA VENTANA AL REVÉS


Por: Carlos Vicente Sánchez H.
Docente Universidad del Tolima CAT Pereira
Director del Bibliobús Trazasueños Pereira

Uno podría empezar este artículo con la estrofa de la canción de Fito Páez “Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón” Pero a riesgo de caer en un lugar común, peor aún; en un sacrificio reiterativo que suele hacer el docente, diré que, en estos días de peste y cuarentena, es precisamente el corazón lo que no se puede dejar guardado.
Ante la avalancha de bits, megas, redes sociales, mentiras y actividades que se sobrevino con el Covid 19, también surgieron los retos, y uno de ellos es el de saber cómo aprovechar la coyuntura para replantear nuestras existencias y de paso nuestro devenir pedagógico. Es decir, que esta crisis nos empujó de manera brusca e inevitable a un futuro tecnológico que estábamos tratando de evitar a toda costa y para el cual no estábamos preparados.
Con la pandemia se evidenciaron dos cosas que no son menores: La terrible desigualdad social que padecemos en nuestras aulas y universidades. Lo segundo ha sido la presión que ha recaído sobre el cuerpo docente del país, que ante la emergencia han tenido que soportar una carga laboral repentina y no prevista que los ha puesto frente a la ventana negra, tratando de cerrar los huecos dejados.
De cara a lo primero, hay mucho qué decir y todo tiene que ver con la corrupción. Pero, quizás lo más complicado es abrir los ojos y descubrir que durante años no fuimos capaces de construir una sociedad equitativa, gracias a… bueno ya saben a quiénes.  Pero, alguien podría decir que estamos mejor que hace dos décadas atrás. Quizás tenga razón y debamos asentir con una insoportable resignación. ¿Si estamos mejor? Se preguntará un profesor que debe transitar los senderos rurales por horas para ver el colegio abandonado. U otro que no solo debió soportar el miedo de la violencia por décadas, sino ahora el de un virus invisible que terminó por ahuyentar a sus estudiantes.
Frente a este tema de inequidad y desolación, surge la necesidad de brotar de entre el fango, no bajo los criterios del coaching, que tanto quiere imponer un ministerio de educación y un mercado monstruoso, sino del superviviente que solo anhela mantenerse de pie, con un soplo de vida, sin un plan claro. Lo paradójico es que en este momento todos quisieran estar lejos, en el campo, pero es en el campo en donde precisamente no están todos. Es decir, ese “todos” que son como fantasmas, voces, bits, pixeles que se hacen y deshacen en una nube lejana que orbita sobre nosotros, esa piel de fantasma que llamamos red. Y ese, es precisamente el terreno a conquistar, no importa lo efímero, falso, inconsistente que pueda ser. Un lugar de arenas movedizas en el cuál deberemos intentar sembrar, ante todo, un nuevo ser. Bauman debe estar revolcándose de risa en su tumba líquida.
Pero, la corrupción, porque no fue otra cosa, no solo impidió que nuestros avances tecnológicos, representados en computadores para la gente, zonas wifi, tablets, bibliotecas virtuales, tan propios del sector urbano, no llegaran a las periferias ni a las zonas rurales en las proporciones requeridas, sino que nos dimos cuenta que estábamos parados sobre cifras falsas de los prodigiosos alcances de unos gobiernos que hacían fiesta con sus inflados programas virtuales. Ahora lo tecnológico resultó ser la medida de una brecha social que dejamos abrir con nuestra falta de educación ciudadana, democrática y ética.
Alguien dirá que, (siempre alguien dice) en las comunidades hay niños y jóvenes con más celulares y televisores, en vez de comida. Y pude ser verdad. Pero, también es cierto que durante años nos olvidamos de darle un buen uso pedagógico a semejante herramienta, (preferimos exigir que no ingresaran con esos aparatos a clase, en vez de hacer provecho de ellos para el aprendizaje, los satanizamos) y tampoco el Estado hizo mucho para dejar un escenario posible, como consecuencia perdimos años de avance y ahora nos enfrentamos a un hecho inédito, en el que cualquier uso tecnológico podría ser útil. Pero también es cierto que el reto debe ser una apuesta pedagógica sin precedentes en la cual lo último que podemos perder es la libertad, como invita los postulados de Freire y Foucault.
Saltamos repentinamente de un pensamiento binario, en el que éramos sujeto y significado, a un pensamiento unario, en el que somos sujeto y espejo, atados a una ventana en donde me simulo, y el Covid-19, esa cosa orgánica descifrable solo por científicos, terminó siendo un bucle que nos adelantó el vacío. Ahora todos deben estar conectados y el papel del docente deberá ser el de impedir que se pierda la humanidad frente a esta realidad, el maestro deberá lograr por encima de cualquier cosa, formar sujetos sensibles que sepan trabajar, estudiar, interactuar en red, no imbuirse en ella para terminar esclavos a los intereses de algo o alguien. Es decir, deberá ejercer un papel revolucionario, no reproductor.
Hay pruebas de la manera cómo viven los esclavos de Japón, jóvenes encerrados en pequeños cubículos de enormes edificios de cajones y cuyo único asomo es una pantalla de computador que hace las veces de ventana, pero al revés. Esclavos asalariados a los que no les interesa vestir de manera diferente y que, en caso de crisis, pueden asistir al bosque de los suicidios y liberarse. Dicen que hay maquilas flotantes en el mar, en enormes barcos adecuados para ser fábricas de dinero, ocupadas por miles de chinos obreros que en caso de rebeldía terminan arrojados al mar, como en los viejos tiempos. Marx tenía razón.
En Colombia no distamos mucho de esa realidad que nos sobreviene, pero, paradójicamente nuestro atraso, es nuestra posible ruta de escape. Sin embargo, esta no se puede trazar sino logramos configurar un escenario pedagógico diferente, basado en la lectura y la mediación consiente, y ante todo en un postulado de libertad y ética que se logra a través de la solidaridad. Es necesario que la presión de las reivindicaciones sociales también le apueste a la consolidación de una red, representada no solo en una interconectividad, sino en dimensionar el concepto de red que será el que va a regir el futuro social de nuestras comunidades.
El docente, por su lado, ya no puede ser un foco de poder, deberá bajarse del pedestal y convertirse en un inspirador de conocimiento, no un coaching, ni un depositario de conocimiento (ya google nos sobrepasó), sino un mediador entre la red y el sujeto, un guía que ayude a traspasar semejante mar y salir airosos y transformados. Margarita Maass habla de la red como una capa neuronal en la que una idea poderosa estimula otras neuronas, activándose así una transformación social y cultural. En ese sentido, el docente debe convertirse en parte de esas neuronas, no en la gran neurona, Nigromante ciber punk portador de poder, al servicio de esa Inteligencia Artificial que se convierte en un monstruo, porque sufrirá del rechazo y no encenderá la capa. Esa red es humana, física, con sentido. Pero, el problema para alcanzar una revolución cultural de estas dimensiones radica en la lectura.
Ong (2011) clasifica la oralidad en dos momentos, dos oralidades, la primera cuando traspasábamos el conocimiento voz a voz, a través del ritual del encuentro, una oralidad propia de las tribus primitivas y civilizaciones que aún mantienen apartadas del mundo. La otra devino con la invención de la imprenta, que exigió la decodificación de las palabras, la congelación de las mismas a través del texto impreso, para que el conocimiento pudiera permanecer en el tiempo y traspasar a través de los siglos el conocimiento. Pero, Havelock (2008) plantea que hemos llegado a una tercera oralidad y los dispositivos ya no son los libros. Todo inició con la radio, según Havelock, luego la tele, los computadores, la red… ahora, los twitteres, el youtube, el Facebook, etc. Nuestra historia de la educación a distancia ha hecho uso de estas herramientas con cuestionables alcances, uso inadecuado de las mismas, aburridísimas apuestas pedagógicas, etc.; pero que ha funcionado para sostener a medias una modalidad que ahora exige lo que en más de cincuenta años no se ha logrado alcanzar. El problema en nuestro país es que parece que saltamos de la primera a la tercera oralidad sin mediar o traspasar el libro de manera exitosa, con serios vacíos en la comprensión lectora que no es otra cosa que la comprensión del mundo, y esto nos deja en serios aprietos, más ahora, en medio de una pandemia que exige al docente leer (cuestión que no ha sido fácil) en todas las dimensiones que el joven ahora lee.
No es cierto, dijo el chileno Cristian Celedón experto en educación digital, que esta sea una generación nativa digital, esta es una generación nativa de redes sociales. Pero poco aportan en la construcción o lectura de un sistema de conocimiento en red. Sin embargo, se mueven en ella con gran habilidad. Pueden ser convocados de manera clandestina a conciertos de rap en un parque, encuentro de combos, juegos online y hasta marchas de protesta. De alguna manera están interconectados, han construido sus propios sistemas de comunicación. El profesor, por el contrario, no, y peor aún, está proscrito de esos sistemas, porque su figura de poder le impide imbuirse en ella y comprender los parámetros bajo los que se mueven culturalmente en las comunidades.
Esta situación global ha puesto a los docentes en actitud nerviosa, aun así, considero que surgen grandes ventajas que no pueden ser desaprovechadas.
La primera, y quizás la más importante, ha sido la exigencia de la sistematización del conocimiento que el docente debe alcanzar bajo esta modalidad. Es decir, sus métodos de impartir conocimiento que poco se han escrito. Escribir ha sido una necesidad a la cual le hemos dado aplazamientos irresponsables. No es lo mismo el método que utiliza un maestro de una comunidad periférica de la costa para impartir conocimiento que el que usa uno del centro de Bogotá, pero, no conocemos dichos contextos metodológicos, sus secuencias, sus conclusiones, porque tanto leer como escribir, ha sido una apuesta en deuda por parte de varios, no todos, los docentes colombianos y Latino americanos, tan acostumbrados a la primera oralidad, como forma enseñanza. Ahora, con el apogeo de la internet en tiempos del Covid-19, nos vemos obligados a planear, escribir, bajar de google el conocimiento y luego ponerlo en contexto a través de un sin número de apoyos tecnológicos; videos, fichas, textos, exposiciones, etc… para que el niño y el joven puedan comprender y ante todo acceder. El conocimiento queda al fin consignado, sistematizado, expuesto a la reflexión, crítica, y por qué no a la construcción colectiva. Ya se es parte de una red de conocimiento compartido, ya el aula no es un laboratorio secreto para el sometimiento de poder. Ahora cualquier docente puede delatarse. El panóptico de Foucault está más vigente que nunca, pero esta vez la ventana se pone al revés.
En esa medida, también el estudiante se verá en la obligación de hacer argumentaciones más precisas, de escribir, de hacer uso de todas las técnicas, juegos y búsquedas posibles para expresar lo aprendido. Escribirá, sin duda alguna, incluso para oponerse, para mostrar su inconformidad, otros modos de ver el mundo, con terrible o buena ortografía. Y en ese ejercicio todos; profesores, padres, estudiantes, deberán aprender a ser asertivos en la comunicación, porque la red no lee ironías, solo memes, ni tiene matices grises de doble intencionalidad, las suele censurar, y las susceptibilidades flotan a flor de esa piel del fantasma.  Los afectos entonces se verán en riesgo. Habrá que ser cuidadosos en extremo. El docente ya no será impartidor del conocimiento, ni de sus propias apreciaciones políticas de la vida, sino un guía que navegará entre ambos mundos para tratar de construir un saber conjunto, reformular viejas creencias, establecer nuevas transformaciones, pero, ante todo, generar un sentido de Autodeterminación en el otro, para mantener viva la llama de la humanidad desde los preceptos de libertad, no de post verdad. Un docente capaz de tener criterio para ayudar a definir cuando una cuestión es verdad o no, cuando un saber es el correcto.
Esto hará más exigente el quehacer docente y los horarios establecidos no serán suficientes, incluso el celular se convertirá en un aparato invasivo en el que se deberá atender a padres y estudiantes sin posibilidad de escape. Entonces se desatarán nuevas exigencias dentro de los pliegos, nuevas reivindicaciones económicas que alerten sobre la inmediatez. Los gastos de grandes infraestructuras educativas, mega colegios, deberán replantearse para una infraestructura de redes. Cambia el paradigma.
El otro reto será el de educar sin el excesivo afán de contenidos, una educación diferente, adecuada a los tiempos, una formación amparada en el ser, no en el tener. Eso es una ruptura que dejo abierta a múltiples opciones.
La ventana se ha puesto al revés, ahora es un paisaje al interior de nosotros mismos, una mirada introspectiva e íntima que va a cuestionar nuestra vocación, que va a exigir mayor humanismo y criterio ético que nunca, porque de lo contrario esa cosa llamada Inteligencia Artificial nos vencerá y la pandemia será peor, arrojará esclavos sin ton ni son que perderán en primera instancia, su propia autonomía.  
Es ahora, más que nunca, ahora que se funda un nuevo universo pedagógico, atravesado por lo tecnológico en todas sus dimensiones, en el que se debe poner el corazón, es decir que ese monstruo de microchips llamado red, deberá tener alma, y en ella está un docente humano, intenso, activo, precioso, capaz de darle un impulso a esta humanidad que exige mayor sensibilidad y sentido en vez de extraños mercados, con sus campanas, guerras, violencia y destrozos. El mundo ya habló y pide que nos miremos a través de esa ventana al revés.
Referentes bibliográficos
Bauman, Z. (2013). La cultura en el mundo de la modernidad líquida. México, Buenos Aires: Fondo de cultura económica.
Maass, M. (2006). Gestión cultural, comunicación y desarrollo. México.
Foucault, M. (1999). Los intelectuales y el poder. En Estrategias de poder. Obras esenciales. Volumen II (págs. 106-115). Barcelona: Paidós
Havelock, Eric A. (2011) La musa aprende a escribir
Ong, Walter J. (1997) Oralidad y escritura, tecnologías de la palabra.
Havelock, Eric A. (2011) La musa aprende a escribir.

abril 11, 2020

NOS QUEDÓ GRANDE


Por: Richard Eduardo Hayek
Egresado Universidad del Tolima – IDEAD-

¡¡¡Qué felices éramos!!!- leí hace días en uno de los tantos post que abundan en Facebook. Abro un paréntesis (pareciera que esas publicaciones se multiplican como verdaderos virus, bacterias y demás organismos del microcosmos que nos rodea, evidenciando una otra pandemia: la del estupidismo generalizado, porque se encuentra uno con unas cosas) Cierro el paréntesis.

Volviendo al tema, decía algo sobre la felicidad… ah, sí, que leí por ahí lo felices qué éramos, supongo que antes de la pandemia, aunque vale la pena preguntar(nos): ¿realmente éramos felices? Y sí lo éramos, entonces ¿a qué se debía nuestra felicidad? ¿Acaso cambió tanto el mundo para abandonarnos a la tristeza (sí, no es una obviedad, inclusive (re)pregunto: ¿cambió tanto el mundo, más allá de no podernos movilizar ni consumir libremente?)? ¿No será que ni al borde del comienzo de nuestro final podemos dejar de ser tan fútiles, hipócritas y banales? ¿O es que a nadie le parecen extrañas las ínfulas de hermandad que se han desatado por estos días: que aplausos, que mercados, que comederos para los perros callejeros, que carreras gratis para los empleados de la salud…? ¿Es necesario llegar a una situación extrema para reconocernos en –y como– otros, para legitimar la presencia de aquellos a quienes siempre mirábamos por encima del hombro? ¿Es así el nivel de egoísmo que nos habita?

Pues miren, amigos(as), camaradas o compañeros(as) para quienes no gustan de la camaradería, voy a serles sincero, y perdonen si sueno un poco imprudente, pero es que la oportunidad lo amerita: yo pienso que estamos más locos de lo que creíamos, descabelladamente locos porque ninguno que esté en sus cabales podría afirmar que hace dos meses era feliz; quizás la pasábamos bien porque teníamos un empleo y podíamos salir de la casa, comprar el desayuno en la tienda sin llevar cédula, echarnos nuestras polas en el bar de siempre, visitar prostíbulos o centros comerciales para ver jugar a la selección en pantalla gigante, ir a rezar a la Catedral y en fin, hacer y deshacer lo que nos viniera en gana… pero qué fuéramos felices, eso la verdad me parece una exageración exageradísima, tan exagerada que ni el propio Coelho creería semejante arranque de positivismo en un panorama tan sombrío como lo es pertenecer a la patria boba colombiana.  

Y es que cómo vamos a ser felices en un país como el nuestro, por favor. Ya ni recuerdo cuántos líderes sociales habían sido asesinados, crímenes que siguieron mientras andábamos fumigando con alcohol todos y cada uno de los rincones de la casa, o revisando el último dígito de la cédula para salir a mercar sin preocuparnos por el comparendo… Por tales motivos no paro de repetirme: ¿felices? ¿En serio lo éramos? ¿Acaso podemos serlo? ¿Pueden existir colombianos felices, además del innombrable, el presentador de televisión que tenemos como presidente y el grupo de esbirros del gobierno que todas las tardes se reúnen a tomar café, maquinar y olerse los pedos en la Casa de Nariño? Felices los banqueros, los que administran el aeropuerto El Dorado,  los amigos del concejal ibaguereño (tan magnánimo él, repartiendo mercados a diestra y sin siniestra), los que salían en los audios del Ñeñe y que ahora no solo ya nadie recuerda, sino que además le montaron la perseguidora a los periodistas que los pillaron enmelotados de m… y bien lejos del agua… esos, mis amigos, sí que eran felices, y siguen siéndolo, como nunca lo fueron ni lo serán el vendedor de empanadas, ni los punkos que se ganaban la vida a punta de malabares en los semáforos, ni un vecino mío que cambiaba motiladas por pesos, ni el cieguito del barrio que desapareció como por arte de magia, etcétera.

Escuchar ese tipo de expresiones me siembran unas cuantas dudas, interlocutores míos, hasta he llegado a imaginar que ese “¡¡¡qué felices éramos!!!” es parte de un chiste inconcluso, pues no le encuentro otra explicación: ¿acaso podíamos ser felices con la Amazonía reducida a cenizas, con los niños y niñas que se morían –y siguen muriéndose– de hambre en la Guajira, con el fraude electoral que recién se había descubierto? Seamos serios, carajo, serios y  un tantico coherentes, a no ser que el dinero sí lo sea todo en esta vida invivible e ingrata, y cómo ahora escasea, entonces la ausencia de felicidad es más que obvia. Sin embargo, vuelvo a preguntar con el ánimo de parecer cansón y cantaletudo, como mi vieja en estos días que no puede ni salir a comadrear con la señora de la tienda: ¿cuál será el grado de infelicidad actual de los que no tenían ni cinco antes de la pandemia? ¿Cuántos puntos de felicidad traen consigo los miserables 160.000 del (agro)ingreso solidario? ¿Qué es la felicidad en una sociedad tan inhumana, desigual y corrupta como lo es la sociedad colombiana? ¿Cómo se puede añorar una felicidad fundada en la mismidad, en el rancio y tradicional culto al yo, porque no me vengan a decir que ahora todos andan de “pipi cogido” en la casa, o que el encierro fue una especie de retorno al huevo familiar y que se la pasan jugando al papá y la mamá desde que amanece hasta que anochece? ¡Ay, del que me salga con algo así porque no respondo de mí!… ¿acaso no siguió creciendo la cifra de feminicidios en el país? ¿Y el maltrato infantil, o el abandono de mascotas? ¿Quién supo de los incendios en la Sierra Nevada de Santa Marta o en el Catatumbo? ¿O es que siguen desprogramados porque el fútbol se suspendió a nivel mundial?

Frente a todo ello, solo atinaré a manifestar lo siguiente: no seamos tan hijos de premium, a lo bien, y por primera vez en la vida aceptemos que nos quedó grande ser humanos, experimentar la humanidad como algo que se construye, no como algo que se da por osmosis y a causa de una pandemia mundial. Porque no me imagino ser un buen vecino hoy (que si lo fuera sería aparentar serlo); y mañana, cuando se descubra la cura del Covid-19 y empiecen a mercadear con la vacuna, regresar a mi versión huraña y resentida de toda la verraca vida. ¡Ay, no!, ahora sí saludo, aplaudo a los señores y señoras del aseo, además me preocupo por mis padres, por mis hermanos, por mis mascotas, por el perro de la esquina, por el viejito de la calle… ¿y antes, cuando el pinche virus estaba haciendo de las suyas en un mercado plagado de animales vivos? ¿Por qué entonces ni nos atrevíamos a tomarnos un tiempo en la mañana para despedirnos de beso de nuestra vieja, de nuestra pareja, de nuestros hijos? ¿Tiene que decretarse el fin del mundo, con propagandas de miedo, tendientes a la histeria colectiva, para atesorar lo pasado y decir a los cuatro vientos  “¡¡¡qué felices éramos!!!”, cuando esa supuesta felicidad no obedece sino al instinto primario del consumidor promedio, del hombre moderno por excelencia?

Qué vergüenza me da el raciocinio humano, el intelecto que nos ha llevado milenios desarrollar, raciocinio e intelecto que no nos alcanza para comprender que todo tiene que ver con todo; que todos, bien sea directa o indirectamente, estamos vinculados con todos y habitamos un espacio que es, a fin de cuentas, una mismidad en busca de un nosotros: de una otra mismidad (con)formada por el retrato multitudinario que hemos sido, que somos y que seguiremos siendo. Así como vamos, nadies y ningunos, ninguneados de siempre, será necesario desarrollar, fabricar o rezarle a nuestros ancestros por una pandemia cada año, pues está visto que el hombre solo reacciona ante la caída inminente al abismo, o en medio de una alarma mundial con visos de apocalipsis, aunque sería interesante comprobar la (in)humanidad de tal reacción y entonces decidir qué hacer cuando las cosas vuelvan a ponerse de cabeza, ¿no creen? Ah, pero qué preguntas las mías, sí ahora lo único que interesa es la felicidad perdida, la triste añoranza por una risa falsa, por un te quiero enmascarado, por un “¡¡¡qué felices somos!!!” reluciente, perfumado y, muy en el fondo, decorado para nuestra última cena.

abril 10, 2020

Literaturas del encierro: una isla en medio del naufragio.


Por: Omar Alejandro González Villamarín
Docente IDEAD - CAT Ibagué-

No es desconocido para nadie que, en términos literarios, todo acto de escritura provenga de una caverna, en todo el sentido que pueda tener la palabra “Caverna” en tanto representación platónica o como lugar de aislamiento desde el que se ve el mundo. El escritor Santiago Kovadloft nos refiere en su libro El silencio primordial, que en sentido estricto el escritor es un lugar, la más de las veces, aislado y en ruinas, y que el acto de escritura es entonces un intento por recomponer, con los pedazos, con el lenguaje, ese lugar para los otros. Añadiría a esto la idea de que el lugar se encuentra en ruinas porque fue consumido por el fuego y que escribir es revelar lo que el incendio interior hizo cenizas.
Por estos días en que nos encontramos confinados puede la literatura ser el aliciente que saque nuestra bien temida claustrofobia,  y en vez de exorcizarla como a un demonio, haga de ella la base sobre la que reposa el pensamiento. Precisamente esa es la idea que me ha permitido movilizar, a través de las redes, un espacio que he denominado Literaturas del encierro, espacio para el disfrute vertiginoso de textos literarios que tengan por trama y argumento circunstancias de encierro, bien sea físico, mental, emocional, hasta aquellas en las que se explora con más hondura el aislamiento social, político y económico; literaturas en las que sale a relucir la condición humana propia de las crisis existenciales, o aquellas que vaticinan tiempos de catástrofe moral, de rupturas culturales y filosóficas.
Explorar la literatura desde la condición de soledad y aislamiento durante esta crisis de salud pública mundial, no debiera ser visto como un acto de oportunismo, antes bien, se esperaría que se entendiese la voluntad de urgente remedio que desea ofrecerse para los cientos y miles de personas que soportan con tedio los días. Por eso la iniciativa de compartir una narración corta o un poema y, a través de ellos, tender puentes de interpretación que nos acerquen  a dimensionar las crisis como algo que hace parte de nuestra evolución, como algo que resulta intrínseco en nuestra naturaleza finita y vulnerable.
Una dosis de humor, un poco de tragedia, algo de maravilla, quizá una pisca de incertidumbre, se esconde en cada uno de los textos que a diario se comparten en Literaturas del encierro. Nos son dádivas salvadoras, son humanas píldoras que en su breve sustancia acarician un poco del tiempo que  parece irse  y en su aplastante paso nos deja inermes.
Quizá no sea mayor cosa este impulso virtual, nacido también, como es natural, de mi condición de aislamiento, pero es un honesto llamado, una búsqueda ansiosa de dialogar y tener contacto con los otros, con esos mundos que aún sostienen deseos vitales y aunque aislados, bullen por manifestar sus ideas y pensamientos… ¿por qué no, entonces, reunirnos en las posibilidades de la virtualidad, por qué no ceder ante las redes si estas movilizan el fluctuar de lo sensible?
Que sea pues Literaturas del encierro ese lugar en el que hermanemos desde la distancia.
Les comparto los enlaces en los que pueden encontrar las primeras cinco intervenciones que se han realizado hasta el día de hoy.


abril 08, 2020

LA PESTE DEL MIEDO

Por: Elmer Hernández
Docente Universidad del Tolima
Coordinador Maestría en Pedagogía de la Literatura

No temas ni a la prisión, ni a la pobreza,
 ni a la muerte. Teme al miedo.
Giacomo Leopardi
 
Ante un peligro que amenace su integridad como organismo, el animal huye, ataca o se mimetiza. El animal humano hace lo mismo, pero, también, en una dimensión diferente: fantasea, imagina y crea mitos. Ante el peligro, la huida, el ataque y la mimesis, en el animal humano están condicionados a lo que cree. Es decir, el miedo es consubstancial al animal humano, razón por la que nada lo produce. Solo basta que algo aparezca para despertarlo: un poder, una ley, una actitud, un virus. ¿Quién no lo ha sentido?
¿Pero a qué le teme el animal humano? En principio, a la muerte como desintegración, igual que el animal. Sin embargo, en ocasiones, no es esa muerte la causa de su miedo. El animal humano le teme al desbarajuste que un peligro le cause en su interior, su yo, su integridad como sujeto. Acostumbrado a su yo, cómodo en una subjetividad que cree conocer y tranquilo en la convivencia con sus mitos, el animal humano se resiste a que lo molesten, lo conmuevan y le exasperen sus fantasmas, porque ellos, los fantasmas, pueden desordenarle la casa. 
Por lo general, los dos miedos se juntan y el animal humano se paraliza: es un manojo de nervios, un ser atormentado, derrotado, aferrado a un mito que le ofrezca seguridad. En mitad de la ansiedad, si acaso invoca a la razón, lo hace para asegurarse de que ninguno de los dos miedos golpee a su puerta. Pero la razón no le presta ningún auxilio porque ya fue puesta al servicio del miedo. Y es triste.
Por supuesto, hay miedos, cuyas causas son reales, y ante las cuales el animal humano debe cuidarse para conservar su integridad, a menos que quiera parecer un idiota. Pero toda causa tiene sus contornos. Hay causas de muerte y, las más de las veces, hay que evitarlas. Y hay causas que desacomodan al yo, interrogan la subjetividad y ponen en duda la realidad de los fantasmas.
Ambas causas campean hoy por el mundo y se simbolizan en el Covid - 19. Ante esta amenaza, el proceder es cuidarse, ni más ni menos, pero, también, llevar a cabo las transformaciones del ser interior, de modo que sea posible triunfar sobre el miedo paralizador. No hay que olvidar que el miedo, en cuanto sentimiento irreflexivo, pude ser más nefasto que la propia amenaza que lo provoca.
En ese sentido, debe considerarse que el Covid – 19 es una amenaza real que viene del mundo exterior, un mundo que ya no será el mismo mundo conocido y en el que, de una u otra forma, vivíamos los sujetos con nuestras rutinas y nuestras creencias. Ahora se trata de un mundo diferente en todas las esferas (la economía, la política, el tejido social y la educación, entre otras) y que, por ello mismo, se constituye en un mundo que, desde ya, le exige al sujeto que lo habita unas transformaciones necesarias, dirigidas a impedir la aniquilación de su deseo de ser en todas las dimensiones de la existencia.
Sin embargo, dichas transformaciones no son posibles si no son el resultado de la reflexión que antecede a la acción. Esto es, el uso de la razón para examinar y comprender la causa del miedo, la amenaza y sus contornos, y el despliegue, en consecuencia, de la acción dirigida a neutralizarla y superarla. Se trata de sobrevivir mientras se espantan los fantasmas interiores. En ese caso, sin duda, la reflexión y la acción ofrece mayores probabilidades para conservarnos vivos.
Ahora bien, debe considerarse lo siguiente: ¿qué poderes sonríen hoy detrás de la peste y que ya se subieron a la cresta de la ola de la peste para afianzarse como poderes absolutos? Debe recordarse que, desde la invasión europea de 1492, no hemos dejado de sentir miedo. Los poderes sucedáneos han aprovechado nuestro humano miedo para imponerse, puesto que el miedo tiene la facultad de demolernos y arrodillarnos.
Se sabe que todo poder autoritario recurre al miedo para someter y Colombia da cuenta de ello en su historia reciente. El poder omnímodo señala a una etnia, a un demonio, a una enfermedad, a un modo de pensar, como el enemigo a quien hay que temer, y el miedo cunde como la peste. Y los humanos, dueños de sus propios fantasmas, buscan la seguridad, la defensa y la tranquilidad, de modo que le conceden al poder más poder, renunciando a su libertad, dimensión que, quizá, nos caracterice como humanos. El poder se alimenta del miedo de los pueblos, dirían los pensadores del Renacimiento.
Hoy el porvenir aparece envuelto en una nube de incertidumbre y confusión. Y no es para menos, pues están dadas todas las condiciones para que se operen cambios abruptos en los destinos del planeta. Alrededor del planeta, extensas masas humanas, aguardan entre el miedo y la esperanza. Las verdades se desploman, son evidentes las perversiones de los sistemas económicos y se desenmascaran los valores utilitarios de algunas ideologías dominantes. Tal inestabilidad provoca el miedo que termina en desesperación.
En mitad del marasmo, aparecen “salvadores” de distinta calaña, entre los que se destaca el fascismo, que no ha abandonado su risita taimada desde la Segunda Guerra Mundial y que se agazapa hoy en los intestinos del neoliberalismo. Pero también se abre paso la posibilidad de fortalecer aquellos valores que, en todos los órdenes del quehacer humano, se constituyen en los cimientos y los ideales de comunidades más equitativas, más justas, más democráticas, más humanas.
Y por supuesto, en ese panorama de confusión, el papel del sujeto es determinante, toda vez que, para la construcción de una sociedad donde sea posible la vida en toda su complejidad, se requiere un sujeto de reflexión y de acción, firme, empoderado de su propia existencia. Lo demás, es alimento para el caldo de cultivo del fascismo.
Cada quien es dueño de su miedo. Cierto. Pero cada quien es dueño también de su voluntad de transformación.

abril 07, 2020

CARTA AGOTADA


Por: Alex Silgado Ramos
Docente Universidad del Tolima – IDEAD-

Querido amigo y colega, te escribo desde el confinamiento, pero también desde el agotamiento, apenas en este breve espacio de tiempo que me queda de la jornada. Qué tristeza; tú no te mereces una palabra agotada ni agobiada, pero no encuentro otro lugar para escribirte; pareciera que con el confinamiento algunas cosas se van desgastando, se van cansando, pese a nuestro optimismo de mantenernos en pie y estar a la altura cada día. Parece una ironía; veníamos quejándonos del ritmo acelerado de una vida que apenas nos daba tiempo para llegar a la casa e intentar recuperar fuerzas para la jornada del próximo día. Pero ahora el asunto ha empeorado, con esta virtualización del trabajo nuestro hogar ha perdido cierta calidez de hoguera y ha devenido en ahogo, en espacio de virtual indiferencia; ya no tenemos la forma de tomar distancia entre el espacio-tiempo laboral y el espacio-tiempo definido para la casa, para el descanso, para estar con los nuestros. Pareciera que todo ha devenido en un horroroso Aleph en el que todo confluye, pero de una sola forma: la forma del trabajo, la rutina atroz de lo virtual. Toca estar activo todo el tiempo. Horroroso y doloroso: un tiempo para ejecutar tareas que nos deja sin tiempo para contemplar-nos. Hace apenas unos días, le decía a un compañero que con esta presión social de dar clases virtuales desde el confinamiento hasta mi existencia se estaba virtualizando. Decía esto, porque al estar todo el tiempo conectado para atender a la demanda de los estudiantes (que también viven su propio drama) ya casi ni duermo, ni tengo tiempo para hablar con los míos. Pareciera que no nos va a exterminar la pandemia, sino estos excesos de la virtualidad.
A todo esto, te escribo como una forma de detenerme. Quisiera que este pedazo de vida no se marchara con la velocidad de un clic en la pantalla de la existencia. Te escribo también, para compartirte estas inquietudes: ¿Qué quiere decir educación virtual? Más específicamente: ¿Qué quiere decir educación virtual en tiempos de pandemia? ¿Qué tanto queda de la educación y qué de la virtualidad en esta pandemia? ¿No será esta forma de la educación desde la virtualidad otra pandemia que nos exterminará antes que el mismo virus? En últimas, lo que quisiera preguntarte es: ¿en estos momentos dónde queda la vida que tanto hemos venido reclamando?; porque a veces siento que estamos tratando de luchar contra la mortalidad del virus, no con gestos solidarios y reposados, sino con más muerte: esa forma de agonía que nos inyecta este sistema productivo en el que hay que estar conectado todo el tiempo. Me digo entonces, qué tanto tiene que ver la educación (desde y para las competencias) que hemos estado recibiendo con el desarrollo de esta pandemia. Y me da miedo que continuemos en lo mismo, educando de la misma forma tan brutal y horrorosa en que lo hemos venido haciendo.
Querido amigo, no te quito más tiempo; sé que también estás bastante ocupado con esta nueva dinámica laboral. Deseo en lo más profundo que volvamos a tener la oportunidad de vernos y podernos dar un cálido abrazo, aun cuando este virus nos haya privado hasta de esos mínimos gestos en que situábamos la dimensión de lo humano. Me despido, no sin antes recordarte que la educación es memoria. Memoria, no en el sentido de la educación bancaria que criticaba Freire; sino memoria en tanto posibilidad de conjugación del recuerdo y el olvido. La educación como memoria nos dice que debemos recordar los horrores y errores de una educación instrumental que nos trajo a este momento de crisis. Que no debemos olvidar tales errores y horrores para estos no se vuelvan a repetir. Y, así, parafraseando a nuestro nobel de literatura: las estirpes condenadas por esta pandemia tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Un fraternal abrazo desde el cuerpo de la virtualidad,
Tercera semana de cuarentena, Ibagué, abril 6 de 2020.


Todo lo que los microbios saben de nosotros



Por: Nelson Romero Guzmán
Profesor Universidad del Tolima –IDEAD-

Super-ciencia
Por medio de los microscopios
los microbios
observan a los sabios.

Luis Vidales

Este poema-flash, titulado Super-ciencia y escrito por el poeta colombiano Luis Vidales (los microbios mirando por la lente del microscopio a los sabios), contiene una imagen impactante, más que suficiente en estos días de pandemia, bastante sugerente, sarcástica, irónica y risible, que a su vez nos proyecta a la imagen de un mundo al revés. Quizá los microbios hayan necesitado de un microscopio provisto de una lente superpotente para podernos ver. Puede ser que, a los ojos de los microbios, el tamaño de un sabio quede reducido casi a la nada. Y como esta vez los microorganismos logran vernos, decidieron experimentar con nosotros, poniendo a toda prueba el poder de su sabiduría y toda la fuerza posible de su frágil membrana para remover los cimientos de esta “frágil maquinaria del mundo”, como escribió Shakespeare.
Curiosamente, los microbios descubrieron que somos millones de veces más pequeños que ellos (pues manejan otras escalas de proporciones del tamaño de las cosas) y esto es muy peligroso, nos pone a temblar, nunca nada nos había hecho temblar tanto. En el mundo de los humanos, es normal y ventajoso que existan hombres más pequeños que otros, lo cual trae consigo muchos progresos y ventajas políticas y económicas. En una de las novelas de viajes del siglo XVIII, Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift, el personaje Gulliver se pierde en una isla donde sus habitantes, con relación a su tamaño, resultan pareciendo muy pequeños; luego el personaje se ve perdido en otra isla donde ahora es visto como un grano de nuez frente al exagerado gigantismo de estos nuevos habitantes; Gulliver, fácilmente, podría vivir con holgura en la punta de la nariz de un monarca. Esta novela nos proporciona –a manera de lentes de un microscopio del mayor sarcasmo contra el hombre de la Ilustración- estas imágenes monstruosamente invertidas de lo pequeño aumentado a lo más grandes, y a su turno lo grande reducido a lo más pequeño, tal como ha ocurrido con los imperios o con algunas acciones humanas.
Por estos días no solo los sabios de este planeta, sino todos los hombres, estamos siendo observados por los microbios para quienes somos puntos casi invisibles. Ven solas las calles de las ciudades, como si de repente hubiéramos desocupado el asfalto a causa de un error macabro; ven cerradas las empresas, las industrias, los centros comerciales, los aeropuertos, los bancos… como si todos estos talleres y vertederos de la humanidad se hubieran convertido en cementerios del progreso; por el microscopio ven nuestros hogares adaptados a celdas de confinamiento, huyendo de un enemigo invisible al que no podemos dispersar ni atacar con bombas lacrimógenas, ejércitos terribles, misiles de alta destrucción, bombas nucleares o biológicas.
El poder, entonces, quedó convertido en una tela de aire que puede ser atravesada y rota por un simple corpúsculo. Los microbios están observando todo esto, y ellos no se arrepienten, es más, creo que se burlan. Dirán estas frases: “Les hicimos cerrar sus bancos, sus iglesias, sus tabernas, sus prostíbulos, sus casas de Ley, sus agendas, sus escuelas, sus campus universitarios”. Se ríen al considerarnos lo absurdo del universo.
Ser observados por los microbios a través de un microscopio nos proporciona muchos motivos de reflexión. Una reflexión desde otro lugar, pues ellos nos han hecho pensar ahora con otro cerebro. Un cerebro que los hombres no habíamos estrenado aun, pero que ha estado siempre ahí, esperando estos momentos.
Debo decir que los microbios no son crueles ni vengativos. Y creo, más bien, que nos quieren proteger. La muerte, para ellos, no es un asunto de egoísmo, como la pensamos nosotros; pueden morir en un instante y en otro multiplicarse; los microbios no necesitan leer las Cartas a Lucilo de Séneca para buscar consuelo en la filosofía, porque aceptan la vida como es. La muerte es un asunto de risa para los microbios.
La risa es una de sus mayores facultades y su única posibilidad de pensamiento. La sola razón no debiera serlo todo para los humanos, según piensan los microbios, que igual son seres pensantes, pero con un cerebro nada cruel. Yo me pasaría con todo gusto y agradecimiento a ese mundo, pero estar allá no es fácil y es todo un privilegio: se requiere una virtud especial, una bondad especial, una justicia especial, en fin, facultades especiales que nosotros solo creemos poseer y que no hemos podido pasar del papel a la realidad.
Los microbios que por esta época nos observan a todos a través de sus microscopios, le están haciendo un chip a nuestros cerebros dormidos, el que casi nunca usamos, lo despierta y se ríen mirándonos actuar, mirándome escribir estas líneas. Ese cerebro que no usamos es todo lo contrario al que ponemos a funcionar a diario, con el que hemos fabricado tanta cosa inútil y tantas parejas monstruosas: David y Goliat, el rey y el esclavo, el Demonio y el Ángel, la mejilla y la bofetada.
Este es el cerebro que los microbios me han permitido usar para hacer estos cuestionamientos: “¡caramba!, ¿por qué antes no habíamos pensado todos en protegernos a todos y se hubieran evitado guerras y hambrunas, discriminaciones, vejámenes, humillaciones e insomnios?, ¿por qué ante una posible amenaza de guerra, de invasión, de explotación, no entramos en cuarentena, no nos encerremos a conjurar esos peligros, por qué no nos rebelamos frente a lo que todos los días nos destruye como individuos y como comunidad?, ¿por qué entendemos hasta ahora que el otro vale tanto como yo, que un pueblo vale tanto como el otro, que no somos diferentes, o todo esto no es más que una máscara terrible en el escenario de la tragedia de Eurípides donde la madre descuartiza al hijo y después trata de recomponer inútilmente sus pedazos?, ¿será que en esta tragedia que protagonizamos a diario nos comportamos como actores de teatro donde el estadista se pone la máscara del Estado, el cura la máscara de la Religión, el juez la máscara de la Justicia, el pedagogo la máscara de la Educación, el amante la máscara del Amor y así sucesivamente actuamos en un macabro juego de máscaras? ¿por qué ahora nos estamos protegiendo unos a otros?,¿es que el otro no valía antes de que los microbios nos observaran?, ¿y de dónde vino a aparecer tanto respeto por la vida en todos los lugares de este planeta?, ¿será que un microbio tiene el poder de rompernos la máscara y mostrarnos ahora tan frágiles y tan desnudos en este escenario del mundo?
Y nosotros, legión de microbios, sin tanto alboroto, por un momento hemos atravesado un palo a la rueda, para que la humanidad se detenga un poco, y en ese detenerse pueda desarmar su carro y cambiar piezas, moverlas o detectar sus fallas, pues los habitantes de la tierra parecen no saber de abismos. ¡Caramba! ¿Y por qué todos se protegen como si fueran a desaparecer del planeta en un mismo instante?, ¿cuál es el miedo si se han venido matando sin tregua unos a otros? Según estamos viendo por el microscopio moverse a los hombres, hemos podido entender que para ellos la muerte es un lujo, un logro perfecto, celebran el matar, se ríen del matar cuando lo hacen ellos mismos contra ellos mismos, la muerte enriquece según parece, qué raros sus comportamientos. ¡Cobardes son los hombres! Tienen purificadores para la crueldad, vino con sangre, copas… Pero ahora todos buscan salvarse. ¿Y será que una vez dejemos de observarlos dejarán de protegerse y volverán a sus andanzas?”. Los virus callan su risa, pero no dejan de observar a los sabios y a los demás hombres por el microscopio.
De la manera que sigue nos piensa un microbio, que en pocos días han estudiado nuestra estructura cerebral: En esta cuarentena han descubierto que realmente los humanos tenemos dos cerebros: uno con el que funcionamos a diario y a lo largo de toda la historia, y otro dormido, que no activamos, más pequeño que el primero, pero más poderoso y efectivo. Nos están dando la oportunidad de que con la pandemia nos pasemos a ese otro cerebro, con el que muchos están pensando y actuando en estos momentos, que es el verdadero cerebro humano. Este otro cerebro es como una luz al final del túnel.
Desgraciadamente, será desconectado de nuestras vidas una vez pase la pandemia, porque tenemos asuntos serios que resolver con el cerebro verdadero. Ese cerebro maravilloso, que funciona perfectamente en comunidad, nos protege ante cualquier peligro, funciona como una red a la que todos los individuos estamos conectados, y lo que pueda pasar aquí, pasa allá. Este cerebro está enlazado directamente con el corazón y uno no puede funcionar sin el otro. Es con ese cerebro que actúan los microbios que están experimentando con la humanidad, quieren saber si realmente somos capaces de pasarnos al otro cerebro.
¡Ojalá así fuera! No creo.
-Otra fábula, dirán los Graciosos, que ya empiezan a abandonar sus confinamientos y se dirigen a sus cómodas oficinas a retomar las lógicas de sus manuales, mientras ordenan cruzar fronteras, se apoderan, humillan y destruyen, dejando a su paso más muertes que las causadas por el coronavirus.
Les dejo a manera de Pos escríptum, este cuento de Franz Kafka.


Comunidad

Somos cinco amigos, hemos salido uno detrás del otro de una casa; el primero salió y se colocó junto a la puerta; luego salió el segundo, o mejor se deslizó tan ligero como una bolita de mercurio, y se situó fuera de la puerta y no muy lejos del primero; luego salió el tercero, el cuarto y, por último, el quinto. Al final formábamos una fila. La gente se fijó en nosotros, nos señalaron y dijeron: «Los cinco acaban de salir de esa casa». Desde aquella vez vivimos juntos. Sería una vida pacífica, si no se injiriera continuamente un sexto. No nos hace nada, pero nos molesta, lo que es suficiente. ¿Por qué quiere meterse donde nadie lo quiere? No lo conocemos y tampoco queremos acogerlo entre nosotros. Si bien es cierto que nosotros cinco tampoco nos conocíamos con anterioridad y, si se quiere, tampoco ahora, lo que es posible y tolerado entre cinco, no es posible ni tolerado en relación con un sexto. Además, somos cinco y no queremos ser seis. Y qué sentido tendría ese continuo estar juntos. Tampoco entre nosotros cinco tiene sentido, pero, bien, ya estamos juntos y así permanecemos, pero no queremos una nueva unión, y precisamente a causa de nuestras experiencias. ¿Cómo se le podría enseñar todo al sexto? Largas explicaciones significarían ya casi un a acogida tácita en el grupo. Así, preferimos no aclarar nada y no le acogemos. Si quiere abrir el pico, lo echarnos a codazos, pero si insistimos en echarlo, regresa.
                                                                 Franz Kafka, 1.920