agosto 29, 2015

CRUCI-CRISIS

Por: Carlos Arturo Gamboa B.

Entrada: Esto hace parte de los materiales pedagógicos para entender la crisis de la Universidad del Tolima. Espero sea más fácil de solucionar que la crisis...




HORIZONTALES

A. La del Tolima, en crisis y en reversa.
B. Estos casi siempre son los causantes de las crisis. Invertido: ¿Estamos … dinero?
C. Los dineros que no aparecen.
D. Este es el culpable, señala el bebé. Un rico sin palo. Prefijo para gran insulto.
E. Sacar adelante la Universidad del Tolima, lo es. Nota musical que odian los culpables.
F. Invertido: Organice algo para salir de todo esta inmovilidad. Se emberracó el profesor Girafales al enterarse del recorte. Trabajadores Sin Norte, como la labor del catedrático.
G. Normativa Académica de los Estudios de Grado, otra norma desactualizada. Sigla para una posible Asociación de Obreros de la UT.
H. El aire gringo. Invertido: Instrumento musical de la India.
I. Un rolo sin bolas. Cóctel de champaña y vino espumoso, como con los que celebran los que trastean voticos en elecciones a decanos.
J. Exclamación de los profesores cuando se enteraron que congelaban los proyectos de investigación. Sinónimo para lucha, como la de los docentes por recuperar la academia. Ernesto Borrego.
K. Invertido: Los que en este país realizan contratos de trabajo sin garantías laborales, como les ocurre a los catedráticos.

VERTICALES

1. Se deben respetar en un una comunidad académica para no fraguar persecuciones sin sentido.
2. El que denuncia puede ser tratado como tal por los arzobispos del poder. Interjección para llamar la atención sobre algo. Nombre de letra.
3. Lo que tocará hacer con la palabra c-r-í-s-i-s, a ver si la entienden sus protagonistas.
4. Instituto Para Torpes. Invertido: Obligado como lo dice el costeño.
5. Una estrella gringa, como se creen muchas funcionarias por estos lares y por eso no atienden bien. Rudo pero desvocalizado.
6. Tipo de bebida salsera que no se puede beber debido a la austeridad. Se orina el cobarde.
7. Pronombre para señalar una cosa no determinada. Lo que un buen rector hacer con los destinos de la universidad.
8. La comida típica de las jornadas electoreras, como las que se aproximan para rector.
9. Lo es el IDEAD.
10. Medio niño. Invertido: algunos no asumen la responsabilidad de salvar la UT y esperan uno de estos.
11. ………quién soy yo, diría un pedante dirigente ante los reclamos airados de los profesores.

agosto 17, 2015

YO SÉ LO QUE HICIERON EL VERANO PASADO

Por: Carlos Arturo Gambo B.
En la Universidad del Tolima, como en la ciudad y el departamento, están rondando varios candidatos a decanaturas y rectoría que se disfrazan detrás de los discursos correctos, pero que solo engañarán a incautos, acomodados y cómplices… bueno, engañarán a muchos.
En el gobierno de lo público deberíamos seguir la premisa de Bernard Shaw quien dice que “a los políticos como los pañales hay que cambiarlos seguido… y por las mismas razones”, por lo cual no se entiende por qué terminamos eligiendo siempre a los mismos, con base en las mismas promesas y en los mismos desencantos. Para el caso dos botones, los demás pa´ la camisa:
1.
El rector actual, Herman Muñoz, fracasó estruendosamente al frente de la Universidad, pero no solo él, sino ese entramado de funcionarios enceguecidos por el poder que lo rodearon, y que hoy posiblemente huyan desesperados a buscar otro escampadero. Lo peor que le puede pasar al adulador es ver a su líder caído en desgracia. La soberbia, la gula burocrática y la ausencia de un proyecto colectivo universitario, llevaron a la Universidad del Tolima a derrochar una oportunidad de avanzar hacia la consolidación de lo público y, por el contrario, terminamos esclavos de las afujías económicas, el descuadernamiento de lo académico y con un INRI social difícil de borrar, pues no estamos acreditados ante el Ministerio de Educación y menos ante la sociedad, que a la larga es lo que importa.
Aun así, quizás alentado por sus asesores desenfrenados, el rector busca su reelección; es que la insensatez es hermana gemela del poder. ¿Quién podrá creerle? ¿Cuál será su plan de gobierno? ¿Empezará a hacer lo que debió hacer hace tres años? ¿Será capaz de dar un giro radical? No le puedo creer, yo sé lo que hizo el verano pasado.
2.
El otro candidato es Germán Rubio, conocido por sus posiciones déspotas y visión administrativista, lo cual lo perfilaría bien para gerenciar un voraz banco, pero no la única Universidad Pública de la región. Recuerdo acciones suyas al frente del Instituto de Educación a Distancia, como la contratación de catedráticos a 2 meses y medio, dejando a cerca de 1000 tutores presos del mundo laboral precarizado, sin seguridad social, sin prestaciones y sin esperanzas. Así mismo, sin ningún reparo académico y sin escuchar los argumentos pedagógicos, hizo que los cursos de distancia pasaran de ser orientados cada 15 días a que se ofertaran semanalmente, con lo cual echó al traste el proceso de investigación formativa, calamidades que aún hoy padecemos y no hemos podido reparar. Igual sucedió con la revista Ideales, que para el tiempo en que él fue Director tenía listo el número 3, pero se negó a apoyarla con el argumento de que se requería una revista indexada, dos años estuvo al frente y nunca salió la nueva revista e Ideales perdió su continuidad, lo cual afectó su proceso de indexación. Otra acción que habla de su talante es esta: Cuando llegó ordenó, (sí, él ordena, no concierta), que sacaran todos los documentos, libros e informes que reposaban en los estantes de la Dirección, mandó a remodelar. Lo triste es que toda esa memoria escrita institucional fue a parar a la basura, algo de eso pude rescatar de la mano de los recicladores. Hay personas que piensan que la historia empieza con ellos. ¿Cuál será su propuesta para la Universidad? ¿Cerrar programas de artes por no ser productivos? ¿Precarizar aún más la labor de los catedráticos? ¿Mandar a instalar rejas altas para rodear a la Universidad? ¿Fortalecer la política de la mano dura? ¿Haremos de lo poco público que queda un fortín para el mercado? No le puedo creer, yo sé lo que hizo el verano pasado.
3.
¿Entonces? Ante la complejidad, bienvenida sea la creatividad. Volvamos a sentirnos universitarios, construyamos un sendero y concertemos una salida a la crisis, retomemos la idea de la Universidad del Tolima, no dejemos que el futuro educativo de la región siga de mano en mano, tranzando puestos para los politiqueros de la región. Encontrémonos, no para destrozarnos, sino para reconstruir la Universidad del Tolima. Volvamos a la Asamblea Universitaria decisoria y abandonemos las discusiones de circo, pensémonos como colectividad de estudiantes, docentes y funcionarios, todos ocupados por aportarle a la región el mejor proyecto para la formación de miles de jóvenes que, en un futuro cercano, nos ayuden a trasformar esta región atrapada en la peste de la desolación politiquera.

No es utópico, es real. Si somos capaces de encontrarnos en la diferencia, de perfilar un proyecto por encima de nuestras ambiciones personales y grupusculares, quizás seamos recordados como la generación que activó el cambio, porque como dijo Nelson Mandela: “Todo parece imposible hasta que se hace”.

agosto 05, 2015

TRANSCURRIR UT (AGOSTO 5 DE 2015)



Por: Carlos Arturo Gamboa B.
1.
“Usted no es un estudiante válido”, es el mensaje que la plataforma de la Universidad del Tolima les da en estos días a sus usuarios.  En épocas de matrículas recordamos que los discursos de la tecnología siempre esconden un duro rostro: la realidad. Parece increíble que un problema tan sencillo de resolver se convierta en el karma semestral de los estudiantes. ¿Quién responde por estas ineficiencias?
2.
A muchos docentes no pudieron tramitarnos las evaluaciones que realizan los estudiantes en la plataforma, dicen que porque no estaba habilitada. Dicen también que porque no se contrató el encargado de tal función. ¿Quién responde por estas ineficiencias?
3.
Los estudiantes regresan a las aulas y de una a votar. El eslogan de la UT en estos días es: “lleva una urna en tu corazón”. No habrá debate, para qué, la mayoría esta hastiada de esa forma antidemocrática de hacer “democracia”. Se reelegirán algunos decanos que desde sus cargos han amordazado la academia, se elegirán autoridades académicas al Consejo Superior, cargo que solo sirve para votar por el próximo rector. El próximo rector se elegirá también este semestre, el actual aspira a reelegirse, me imagino que mostrando indicadores que no reflejan la realidad. Muy pocos quieren hablar de la Universidad, sus problemas, sus sueños y sus retos, todo esto no cabe en las urnas. La democracia en estos territorios es un chiste. ¿Quién responde por estas ineficiencias?
4.
Los catedráticos de la Universidad del Tolima, que son 5 veces más que los docentes de planta, también viven cada semestre su karma. Los sacan de sus cursos sin previo aviso, les recortan horas sin tener en cuenta su desempeño, los docentes de planta toman sus cursos y ni las gracias les dan y, últimamente, les atrasan los sueldos. Imaginemos que un día los catedráticos toman conciencia y deciden parar sus labores. Colapso universitario, el 85 % de los cursos no tendrían profesores. ¿Quién responde por estas ineficiencias?
5.
A los profesores Alexander Martínez Rivillas y Jorge Gantiva Silva, miembros de la Asociación Sindical de Profesores de la Universidad del Tolima, los sometieron al escarnio público durante dos años. Los demandaron, los vilipendiaron, dijeron que “tenían diplomas falsos”, mejor dicho, montaron todo un falso positivo jurídico contra ellos. Ahora el Ministerio de Educación otorgó la convalidación de los estudios que el profesor Martínez realizó en España, y el Tribunal Superior del Tolima declaró improcedente la demanda contra el profesor Gantiva. Uno esperaría un acto de desagravio por parte del rector, pero no se le pueden pedir peras al olmo. ¿Cuánto se invirtió en pago de abogados, tiempo institucional y desgaste administrativo? En tiempo de crisis financiera valdría la pena obtener estos datos. ¿Quién responde por estas ineficiencias?
6.
La cultura de la mediocridad crece cuando nadie se responsabiliza de la ineficiencia.

agosto 03, 2015

PALABRAS DE PABLO MONTOYA AL RECIBIR EL PREMIO RÓMULO GALLEGOS

Por la importancia del discurso y el valor literario del premio, este blog reproduce las palabras del escritor colombiano Pablo Montoya al recibir el Premio Rómulo Gallegos. Tomado de AQUÍ.

Señor Presidente de la República Bolivariana de Venezuela: Nicolás Maduro.

Señor Presidente y señora directora de la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos: Roberto Hernández Montoya y Mariclen Stelling.

Señores y señoras integrantes del Celarg

Señores miembros del Jurado Rómulo Gallegos: Javier Vásconez, Mariana Libertad Suárez y Eduardo Lalo.

Señor Gabriel Iriarte y señora Ana Roda: Editores de Penguin Random House, Colombia.

Señora María Elena Rodríguez: directora editorial de Monte Ávila editores. Alejandra Toro, esposa mía, Sara Montoya y Eloísa Montoya, hijas mías.

Amigos y lectores. Respetable audiencia:

Desde tiempos antiguos el hombre ha puesto de manifiesto su sensación de desamparo ante el horizonte que el mundo y sus sociedades le han ofrecido. Es una permanencia tan inobjetable que me atrevería a pensar que es ella la que sostiene ese particular tinglado que hemos convenido en llamar arte. El desamparo está, como una marca indeleble, en el tramo que va del nacimiento a la muerte. Yo me he apoyado en esta certeza para escribir la novela que ha sido merecedora del premio Rómulo Gallegos este año. La frase “nuestra condición es el desamparo” la tomé de Reinaldo Arenas, ese cubano alucinante que atravesó un mundo poblado de persecuciones. Pero sé que ella la pudo haber dicho Homero, Ovidio o Marco Aurelio. Que fue el asidero de Dante, Villon o Pascal. Que se envolvieron en sus pliegues Montaigne, Shakespeare y Cervantes; y más tarde Melville, Dostoievski y Kafka. A ese desamparo de la existencia que provocan la naturaleza y los mismos hombres también lo hemos llamado exilio o destierro; desgracia o infortunio. Pero si nuestros ancestros, aquellos que van desde la antigüedad hasta el siglo XIX, conocieron bastante bien esas inclemencias del cuerpo y del espíritu, quienes habitamos el planeta ahora tenemos suficientes razones para creer que desde el siglo XX hasta hoy nos ha correspondido la suerte de vislumbrar algunos extremos de la intemperancia. Pero esto, repito, no es nada nuevo. Ya Sófocles lo decía hace más de dos mil quinientos años: “No es la sabiduría la que se obstina entre nosotros, sino la necedad”. Esta continuidad en las tribulaciones que nos visitan es lo que yo he tratado de recrear en Tríptico de la infamia. Y lo he hecho tomando como ejes la vida de tres artistas del siglo XVI que padecieron los acosos de las pugnas religiosas europeas y las jornadas bélicas de la conquista americana.

¿Por qué me he preocupado por tres pintores en cierta medida desconocidos? ¿Por qué, en mis anteriores novelas, he puesto como protagonistas a un poeta romano libertino, a un fotógrafo francés obsesionado por la desnudez humana y a un naturalista neogranadino extraviado en las guerras de Independencia? La respuesta es sencilla: porque todos ellos intentan crear –los unos pinturas, el otro poemas, el de más allá daguerrotipos y el último herbarios- en medio de ámbitos turbulentos y represivos. Porque creo que, como una antorcha, que está siempre a punto de apagarse, el arte es una de las maneras que existen para dignificar al hombre en su capacidad de resistencia y la más paradigmática para mostrar su deterioro. La labor del artista es necesaria: iluminar algún pedazo de ese territorio en brumas que siempre, a toda hora, está circundándonos. Sé que llevo en mi sangre y también en mi conciencia una cierta inclinación hacia la desesperanza.

Hasta tal punto que muchas veces, y esto me lo ha enseñado el tránsito por Voltaire, he concluido que ser optimista en estos tiempos es ser ingenuo, o estar atrapado en las trampas de la sociedad de consumo, o en esas otras que tejen los populismos políticos, religiosos y culturales. Sí, les confieso, soy un escritor fascinado por observar el lado oscuro de la humanidad. Pero no he caído, al menos en los libros que he escrito hasta hoy, y sé lo atractivo que son tales fondos, en la fascinación de la catástrofe, ni me he arrojado, enardecido y vociferante, al túnel del nihilismo.

Lo que he intentado hacer en Tríptico de la infamia, permítanme contarles, es asomarme, y de mi mano he procurado que el lector a su vez lo haga, al horizonte renacentista y extremista del siglo XVI. Un siglo vandálico como pocos. Un siglo en el que los hombres se enfrascaron en guerras fieras por problemas teológicos, y no lograron superar su ambición desproporcionada de riqueza. Pero, en estos tiempos modernos, ¿hemos superado esas dos trabas enormes, el dinero y la religión, para para que podamos tener un digno bienestar? El ser humano sigue siendo manipulado por esas tres grandes imposturas de la fe monoteísta, como las llamaba Marguerite Yourcenar, el cristianismo, el judaísmo y el islamismo. Ante ellas seguimos inclinando nuestro ser y padeciendo castigos terribles cuando nos oponemos o criticamos sus designios. Y en el caso de las coordenadas americanas, sigue campeando, incesante y poderosa, una colonización económica y espiritual. La espada y la cruz continúan, sin duda, ejerciendo su doble expoliación.

En el siglo XVI América, muchísimo más que Europa, sufrió hasta límites inconcebibles. La población indígena padeció el que es tal vez el genocidio más implacable de todos los que el hombre dominador ha infligido sobre el hombre dominado. Y luego vino el destino de la población negra que arribó a este continente. Los mares se tiñeron de sangre por un comercio espurio que unió a Europa con África y América. Y de él, de los milagrosos sobrevivientes de la esclavitud, habría de surgir una clave más, atravesada de ignominia, de nuestro sincretismo. No hay primeros, segundos o terceros puestos en estas calamidades que atraviesan de principio a fin la historia de las civilizaciones. Creo que es infausto gritar, con un dolor cierto por supuesto, que nuestra pesadumbre es mayor que la de los otros. En estos ámbitos todos los daños son equiparables y aunque aparecen actualmente aquí y allá perdones simbólicos de los representantes de los pasados victimarios, vacilo en creer si ellos serán capaces de provocar un consuelo en los descendientes de las víctimas que siguen siendo ultrajados sistemáticamente. Sí, nuestra raíz fundacional, en tanto que americanos, está envilecida. Envilecimiento que se ha nutrido desde antaño de una arrasadora avidez espiritual y material. Por un lado, el control religioso de las almas y, por el otro, el control de las riquezas de la tierra. A mi generación, e inexplicablemente continúa sucediendo esto con los niños y adolescentes de ahora, se le enseñó que la conquista de América había sido un acto heroico, la gesta de un grupo de valientes conquistadores que lograron imponer su cultura y crear así uno de los pilares de la civilización latinoamericana. Algo de esto puede ser cierto. No desconozco los valores del mestizaje que ya muchos han encomiado. Pero nada ni nadie logrará negarme la evidencia de que ese acontecimiento, que atravesó con un puñal vergonzoso el horizonte del siglo XVI, está cimentado no en la desgracia de una tragedia humana, sino en la consternación de un crimen gigantesco. Crimen en el que todos, los del pasado, el presente y el futuro, debido a la sucia continuidad histórica de la impunidad, estamos inevitablemente involucrados.

Sin embargo, frente a ese pasado execrable y ante un presente que para mí es inciertamente promisorio, hay una circunstancia a la que me he aferrado con una convicción absoluta. Esa circunstancia es la palabra, tanto la dicha como la escrita. Creo en el poder restaurador de la palabra a sabiendas de que ella también es un arma que hiere y provoca rencor. Creo en su capacidad de hundirnos en el centro mismo del tormento, pero también en su poder supremo de cicatrización. Sé que ella me ha permitido salir avante cuando he decidido sumergirme en las tinieblas del ayer. Y entiendo que este logro en mi proceso creativo se ha dado porque no he olvidado jamás que su condición está afincada en la belleza. Soy, y esta es una confesión que me permito hacerles con todo respeto, un escritor que cree en la belleza. O al menos que piensa que la existencia, ciertos momentos intensos de la vida, están insuflados por la incesante búsqueda de ella. Y que son esos momentos, apurados en soledad o en compañía, los que han impedido que yo haya tomado el camino del total escepticismo. Sí, la novela en la que generosamente se ha detenido el jurado del premio Rómulo Gallegos, está atravesada de masacres y el dolor palpita en esas páginas como un corazón malsano. Pero también la nutre la búsqueda infatigable de los secretos de la creación artística. La belleza, la sensación permanente de que ella se levanta como un acertijo y un enigma, es ese ardor que siempre ha estimulado mi escritura.

Quisiera por un momento, y sería imposible no hacerlo, referirme a mi procedencia. Ella se une, irremediablemente, a mi labor de escritor. Vengo de un país llamado Colombia, que es como decir vengo del fuego y el oprobio, del resentimiento y la rabia. Es verdad, por lo demás, que he tenido como uno de mis credos esenciales las palabras de Séneca cuando este le dice a su amigo Lucilio: “Hay que vivir con esta persuasión: no he nacido para un solo rincón, mi patria es todo el mundo visible”. Y que la experiencia del exilio que me ha dejado el paso por otras latitudes me hace sentir un hombre de todas partes y de ninguna. Pero, ¿Qué sucede cuando ese territorio visible, más o menos inmediato que llamamos patria, está degradado? ¿Podemos sentirnos acogidos por él? ¿Podemos sentirnos vivos y plenos en una patria enferma? En realidad, formo parte de una generación de colombianos que ha atravesado un campo minado en el que la vida no ha tenido valor. Y si ha tenido alguno, este ha sido rebajado a niveles vergonzosos. La violencia ha caído sobre nosotros como un animal hambriento.

Nuestros padres fueron asesinados, nuestros abuelos despreciados y nuestros bisabuelos una vez más humillados y exterminados. Hemos sido una nación ejemplarmente agresiva y ajena a creer que solo en fundamentos cívicos y éticos es posible construir algo parecido a una sociedad justa. Desde que se logró eso que llamamos Independencia no hemos parado de hacernos la guerra. Y la de ahora, es una mentira amañada afirmar que lleva cincuenta años. Ella no es más que una continuación sórdida de las guerras del siglo XIX, surgidas siempre por leyes arbitrarias que han repartido la tierra en manos de unas pocas y devastadoras familias. Y como ocurre en todas las guerras, esta tiene un rostro deforme y sus pretensiones están enraizadas en el engaño. Demuestra, con amplitud, que en Colombia hemos sido gobernados por una clase política voraz y corrupta. A la cual ha respondido una subversión frenética y errática. Y entre ellas, o al lado de ellas, o producto de ellas, porque desde la Colonia hemos sido un territorio sometido por el contrabando y la rapiña, se ha instalado el narcotráfico. Y de esta confabulación han surgido las bestias del paramilitarismo y las bandas criminales. Nuestra geografía se ha llenado de muchedumbres que huyen porque implacablemente se les ha despojado no solo de sus seres queridos, sino de la tierra, el paisaje y hasta de la lengua misma. Esta última, la morada que amamos y que es la que nos convoca en este momento bajo la figura tutelar del escritor Rómulo Gallegos, también ha sido reducida a condiciones grotescas. A veces he pensado que a Borges, quien escribió una historia universal de la infamia, le faltó para que su compendio fuera más cabal referirse a las coordenadas colombianas.

Con todo, la sociedad civil ha enfrentado esta coyuntura aniquiladora en medio de la impotencia, la indiferencia y la resistencia. Y es difícil entender cómo hemos tenido fuerzas para amar, para reír y asombrarnos ante la vida que surge desbordante e imparable. Porque es verdad que también vengo de un país en el que el abrazo y la fraternidad son una permanencia irrebatible. Y es que así ha sido siempre la criatura humana. Entre el vaho y los abismos que la cercan, sigue empecinada en aferrarse a la esperanza y el sueño. Esta doble faz, la del horror y la epifanía, la de la belleza y el sufrimiento es la que he tratado de reflejar en mis libros y muy especialmente en la novela que hoy se premia en esta sala. Y la verdad es que, aún sorprendido por este inmenso reconocimiento, debo manifestar a los miembros del jurado, al Celarg y a los venezolanos mi entera gratitud. Su gesto, a la vez magnánimo y temerario, ya que se ha premiado a un escritor completamente desconocido en el panorama hispanoamericano, me conmueve y me honra. Y entiendo que el Rómulo Gallegos, el más prestigioso en la narrativa en lengua española, se le ha otorgado a un libro dueño de ciertas particularidades. Su fuerte vínculo entre investigación histórica e imaginativa recreación del pasado. Su factura estética que se la juega sin vacilaciones por los abrazos entre narración, ensayo y poesía. Un universo, en fin, que ha bebido de Alejo Carpentier, Pablo Neruda y Álvaro Mutis, mis maestros en los primeros años del aprendizaje literario; y de Augusto Roa Bastos, Juan José Saer y Manuel Mujica Láinez, otros guías fundamentales de los años de la madurez.

Mi obra, y así concluyo estas palabras, ha sido escrita desde hace más de veinte años desde una cierta periferia. La periferia que representan todas las ciudades colombianas que no son Bogotá. La periferia de mi condición de inmigrante latinoamericano en Europa. Tal coyuntura la ha lanzado a unas zonas de silencio que me han parecido ásperas pero también afortunadas. Distante de las ferias de las vanidades letradas, desdeñoso del poder cultural, el ocultamiento me ha brindado la coraza de la autonomía. He escrito y seguiré haciéndolo con la conciencia de que escribir, como decía Albert Camus, es un acto solitario y solidario. Sabiendo que mi atalaya está sembrada en el cotidiano ejercicio de la disidencia. Y teniendo en cuenta que la única responsabilidad que tiene el escritor con sus lectores, es decir, cuando se sienta ante el azaroso vacío de la página en blanco, es trazar de la mejor manera la escurridiza palabra.
Pablo Montoya
Caracas 2 de agosto de 2015

julio 29, 2015

“A LOS JÓVENES NOS CORRESPONDE REHACER LA POLÍTICA”: CAMILO PADILLA



Por: Carlos Arturo Gamboa B.
Algunos recordamos a Camilo Andrés Padilla Zapata como un estudiante irreverente de la palabra y de la acción cuando cursaba su pregrado de Comunicación Social-Periodismo en la Universidad del Tolima; no pocos profesores, directivos y compañeros de aulas, tuvimos que hacerle frente a sus irónicos y acertados comentarios sobre academia, política e incluso sobre la vida cotidiana en el campus de la universidad. Convencido de que la vitalidad de la juventud y de las ideas deben estar al lado de las trasformaciones sociales, siempre ha fungido como un crítico mordaz de la estólida academia que parece ciega y sordomuda ante la realidad. Terminado su pregrado, se especializó en Pedagogía, y actualmente, con apenas 24 años, con una alta formación académica y mucho empuje social, este joven cajamarcuno es candidato al Concejo de Cajamarca por el Polo Democrático Alternativo. Desde este blog propenso al pensamiento crítico, se le ha querido extender una invitación a conversar.
Carlos Arturo Gamboa: ¿Por qué un joven ingresa al mundo de la “política” cuando estos escenarios están tan desprestigiados?
Camilo Andrés Padilla: Precisamente porque es necesario rescatar la política, convertirla en un ejercicio digno desde el cual se pueda transformar nuestro contexto, que deje de ser un juego para los beneficios personales y se convierta en una herramienta de las comunidades para lograr su bienestar. Por ahí dicen que la política hay que hacerla o padecerla, a los jóvenes nos corresponde rehacerla.
Carlos Arturo Gamboa: Como egresado de la universidad pública ¿cuál es su opinión acerca de la relación universidad y sociedad?
Camilo Andrés Padilla: Lastimosamente la universidad es una isla en el contexto político, y es un fiel reflejo de los males que afectan a la sociedad, sigue en manos de las maquinarias politiqueras que invaden las instituciones de burocracia y desfinancian la academia, hay apatía y una ‘suficiencia inmovilizadora’ de los estudiantes; sin embargo, es un escenario también valioso para la comprensión de la realidad, para crear propuestas y buscar alternativas. Concluiría que el gran reto político de la universidad es lograr salir del campus universitario.
Carlos Arturo Gamboa: ¿Cuáles son las tareas políticas de los jóvenes de la segunda década del siglo XXI?
Camilo Andrés Padilla: La primera es defender los recursos naturales, el modelo de desarrollo extractivista pone en riesgo la vida, acaba con los ríos, las montañas, contamina el aire, pone en riesgo la producción de alimentos; el reto fundamental es garantizar que las futuras generaciones tengan un lugar para vivir. Por otra parte, debemos quitarle el poder a quienes todo lo han convertido en un negocio: la salud, la educación, la política y el medio ambiente.
Carlos Arturo Gamboa: ¿Por qué iniciar pretendiendo ser Concejal de Cajamarca?
Camilo Andrés Padilla: Porque es mi pueblo natal y hoy está amenazado por una alianza peligrosísima entre la politiquería tradicional y la megaminería, si los jóvenes no asumimos el reto que nos corresponde van a acabar con nuestros recursos naturales, a desplazar a los campesinos, a cambiar la vocación agrícola y a quedarse con las prebendas y las regalías. Tenemos un reto político inmenso y es defender la Despensa Agrícola de Colombia.
Carlos Arturo Gamboa: ¿Cuáles son eso males de la política tradicional que se deben combatir?
Camilo Andrés Padilla: Es muy poco lo que se puede rescatar de la política tradicional, el sectarismo, la mentira, la corrupción, son males de los cuales ya estamos cansados, y lo peor es que llevan a la desesperanza, la gente ya no cree en la política como una posibilidad. Eso es grave porque desencantan a la gente que podría protagonizar verdaderos cambios, creando un círculo vicioso, decepción- apatía-continuismo.
Carlos Arturo Gamboa: ¿Y existen algunas virtudes la política tradicional que se deban conservar?
Camilo Andrés Padilla: Los políticos tradicionales tienen una gran facilidad para superar sus diferencias y luchar por sus intereses, que lastimosamente son intereses personales. Nosotros debemos aprender a superar las diferencias y luchar por los intereses comunes; eso no implica abandonar los principios, sino adquirir madurez política que permita hacer un cambio real. Los políticos tradicionales sí tienen conciencia de clase. 
Carlos Arturo Gamboa: Dejémosle unas palabras a sus votantes
Camilo Andrés Padilla: Quiero invitar especialmente a los jóvenes para que dejen la apatía y se empoderen de procesos políticos, eso no se reduce al terreno electoral, debe ir más allá. Debemos ser críticos y propositivos, la oposición se vuelve cerrera y no trasciende cuando carece de una propuesta alternativa. En cuanto a las elecciones, los invito a que voten conscientemente, que revisen propuestas, hojas de vida, perfiles, planteamientos para no tener que lamentarnos después.